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Supongo que como otros muchos clamo contra dios por no serlo. Pero no me asemejo a la mosca que Nietzsche menciona en Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, ensoñándose reina del universo.

Lo diré de otra manera: anhelo la eternidad, incluso fantaseo y ficciono con ella, pero no me engaño y me reconozco aunque me duela, mortal, falible, triste instante.

Así que sí, soy un triste instante incapaz de trascender. Quizá por ello he comprendido que la esencia de la felicidad humana está en los momentos, y que si un momento me hace feliz, entonces debo dar gracias al Misterio que lo hizo posible, sea cual sea, acogiéndolo como una armadura futura.

Una armadura de momentos que estará presta a resistir cuando los malos vientos azoten, pues hay que saber que al igual que lo bueno, lo malo te zarandea para un lado y para otro, e incluso (o sobre todo), lo hace contra el suelo. Pero qué agradable me resulta saber que siempre hay rachas que me elevan a las nubes. Entonces, hasta con descaro miro a dios a los ojos. Y sonrío, gozoso de saber que mi fugaz sonrisa de comprensión es cuanto hay reservado para mí, y que esto precisamente no es poco.

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