Catarsis


I

El loquero no paraba de insinuar que se trataba de una obsesión, de un trastorno obsesivo compulsivo, lo llamaba. Y yo que no, que aquello era real, y él que no podía ser así y que si así fuese, por qué entonces acudía a él y no a un dermatólogo. Que en mi visita a su consulta había reconocimiento implícito y que eso era un claro criterio de mi enfermedad y que no era el único. Y yo contestaba que no sabía por qué acudía a su puta consulta y que se metiera sus criterios por donde le cogiesen y que no quería galimatías por respuesta y que quizá tan sólo quería desahogarme y que puesto que era un psiquiatra debía escucharme. Y él que para eso mejor un psicólogo, y yo que qué más daba si todos eran matasanos de la cabeza y que su clínica prometía resultados… Y al final volvimos al principio y le conté de nuevo mi caso y más sosegado, con más aire, y con mayor lógica le conté así.

II

La primera vez que me ocurrió fue tras una llamada al móvil, yo estaba entonces follando con una puta y tras la llamada no pude concentrarme y fui a mear y a quitarme el condón. Y al mirarme en el espejo vi hincharse de golpe un trozo de mi brazo derecho, luego sentí un sofoco extraño en esa zona y al fijar la atención observé cómo se me cerraba una roncha amplia de esas cosas que llaman poros. Se me cayeron los pelos de la zona y el brazo pesó terriblemente.

Aparté la vista del espejo y no quise saber nada de mi brazo, pero me cegué de furia y saqué a la puta medio desnuda y a patadas a la calle, y yo todavía con el condón puesto, qué escena. Esa noche la pasé entre cervezas e insomnio.

Al día siguiente, en la mierda de mi trabajo, con la resaca, y con el sueño devorándome, apenas si me preocupé del brazo en un principio, pero según pasaban las horas no pude alejar ni el dolor ni los ojos. Dios santo, cómo pesaba. Además seguía hinchado y parecía correr pus por dentro. Aquello cada vez era más grande y más negro… y yo más pequeño. El pelo se me caía a ronchones y no creo que hubiera un puñado de poros abiertos. Dios santo, qué frío me empezó a entrar, y apenas si podía moverlo.

Mi encargada, al verme en ese estado avisó a su encargada, que llamó a su jefe, que habló con otro, y tras una puta eternidad me mandaron a casa por fiebre y sin mirarme el maldito brazo, como si no se me notara a la legua que aquello no andaba nada bien.
Esa noche, mi brazo recostado sobre el sillón estuvo a punto de explotar, ya no quedaba nada sano por salvar, la pinta era monstruosa; gordo, negruzco, sin pelo, totalmente liso, sin poros por ningún lado, y como lleno de bilis por dentro. A punto de reventarme el brazo como estaba decidí ir a la cocina a por un cuchillo, cuando comencé a sentirme mejor. La cabeza me temblaba pero la clavé en el brazo y poco a poco comenzó a respirar de nuevo, enseguida el maldito empezó a sudar y a expulsar algo purulento. Fue asquerosamente bueno, un alivio repugnante, un orgasmo desde el brazo.

El sofá se puso perdido pero ni entonces ni después me moví. Dormí lo que quedaba de noche con una sonrisa en los labios y entre un reguero de pus con olor a angustia muerta.
Así le conté al loquero, pero él me miraba incrédulo, yo quizá también lo hubiera hecho en su situación pues cuando me presenté, mi brazo había vuelto a la normalidad sin ningún signo extraño. Con todo pareció interesarse por mi caso, quizá por la novedad, quizá por aburrimiento, quizá porque tal vez fuera en realidad un muerto de hambre, y yo le pagaba bien.

III

Durante un mes más o menos acudí a su consulta, no paraba entonces de preguntarme que si no había vuelto a sufrir episodio alguno. Y yo le decía que no, pero que notaba que volvería, de algún modo mi cuerpo lo presentía. Sin embargo todo lo enfocó mal, buscaba traumas, enfermedades de la cabeza, y nunca causas reales. Además no paró de hacerme preguntas personales. Y yo, que busqué información por mi cuenta no encontré nada, ningún caso parecido, y tan sólo aprendí que los poros sirven para que la piel respire y expulse toxinas y sudor.

Un día empezó a mostrarse muy reacio para tratarme, como si apestara o como si le diera miedo. Así que llegamos a la última sesión donde me dijo que a lo mejor tenía suerte y no volvía a repetirse, pero que en cualquier caso cancelaba la terapia. Le dije de todo menos profesional y guapo, y me marché furioso de su consulta con la intención no regresar jamás. Al cerrar la puerta del despacho con violencia observé la cara de la secretaria, comprensiva y buena conmigo. 

Bien sabía yo que aquello regresaría antes o después, y fue más bien antes. Cómo no recordarlo dios santo, si fue tras leer aquella carta. Yo no podía parar de darle vueltas al asunto mientras manejaba la vieja carretilla elevadora del trabajo, entonces fue cuando el dolor volvió pero esta vez fue directo a la pierna derecha, que se encasquilló y se negó a obedecer por lo que no pude frenar ni evitar chocar de frente contra la pared del almacén.
Me sacaron de un amasijo de escombros y metal y el médico me mandó a casa por leves contusiones. Cerdo, yo con mi pierna de aquella manera y el tipo me decía que había tenido mucha suerte y que en unos días podría volver… si no me echaban. Para terminar de rematarlo todo me pusieron una absurda venda en la pierna que le impedía todavía aún más poder respirar. Fue llegar a casa y me faltó tiempo rajar la venda.

A partir de ahí traté de aliviar mi pierna pero poco a poco se me fue despeluchando, se me hinchó desmesuradamente. Al tocarla además algún líquido inmundo se removía por dentro, no podía parar de imaginar ríos de pus recorriendo mi pierna.

A base de pastillas y más pastillas conseguí pasar la tarde y dormir algo por la noche, pero el despertar fue una auténtica pesadilla. El dolor se extendió a la otra pierna, y al poco lo hizo al brazo que lo empezó todo. La hinchazón estaba descontrolada. Mi cabeza me imaginaba como un globo asqueroso purulento y llagoso. El pelo de mis extremidades me había abandonado casi por completo. Me sentía terriblemente pesado. Apenas si cabía en el sofá.
Es entonces cuando pensé en rebozarle mi estado al medicucho ladrón. Al parecer cogí algunas cosas que metí en un bolso y conseguí sin saber muy bien cómo arrastrarme hasta su consulta. Nada más verme se arrepentiría y me pediría perdón, no podía pensar en otra cosa.

III

Cuando llegué el loquero acababa de abrir y parecía un chulo de barrio agobiando a su secretaria fuera del despacho. No le hizo ninguna gracia atenderme pero no le quedó más remedio, y al sentarnos trató de aparentar tranquilidad… pero yo no le iba a dar ningún respiro. Cuando me miraba se movía nervioso mientras yo jugaba con mi único brazo sano dentro del bolso.

Los dos estábamos sofocados ¿Por qué no me pedía perdón, acaso no  me veía, acaso no le impresionaba la piel muerta, las inflamaciones, mi deformidad? Entonces empezó a decirme no se qué de vínculos negativos, que me prohibía volver a su consulta, que yo estaba ahí por otros motivos al margen de mi enfermedad. Y todas estas desfachateces las decía mientras intentaba guardar en un cajón fotos y otros objetos.

El ahogo y la agonía me hicieron sacar entonces el cuchillo del bolso que al parecer me había guardado de modo inconsciente, y es que desesperado había decidido clavármelo delante de él. Dios santo no encontré otro modo de alivio, debía abrir mis piernas y mi brazo derecho, tenía que respirar como fuese. El muy cretino sin embargo debió pensar en él, respingó al ver el arma, y dejó caer una foto al suelo, la suerte quiso que los dos quedaran de frente a mis ojos, apenas lo único que me quedaba sano.

Comprendí de golpe la llamada de ella, su carta, y el miedo de él cuando descubrió quién era yo. La furia se apoderó en ese momento de mí y me abalancé sobre el loquero. Descargué dios santo toda mi ira sobre su cuerpo, y según entraba el cuchillo en su piel, sentía liberarse la mía. Volví a respirar. Según me salpicaba su sangre y sus gritos se ahogaban, yo me liberé de la mortal pesadez que poco a poco me abandonó con cada puñalada.

La secretaria entró entonces por el escándalo del medicucho ladrón, y al ver la escena se marchó despavorida. Yo continué acuchillando más allá de los gritos, más allá del alivio, más allá de lo estrictamente necesario, hasta que la policía entró y me redujo con violencia.
Al caer al suelo volví a ver cómo se abrazaban felices, y me pregunté cómo habría reaccionado si no se me hubieran cerrado los malditos poros, si no me hubiera visto obligado a acuchillarle a él para poder respirar yo, si tan sólo hubieran sido unos tristes celos.

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