¿Y tú, a quién querías más?

No importa. Prueba otra vez.
Fracasa otra vez. Fracasa mejor.
Samuel Beckett
     
De pequeño no me importaba si tenía que morder y, cuando algún vecino o conocido de mis padres me hacían la estúpida pregunta de, ¿a quién quieres más, a papá o a mamá? Yo contestaba rápido y con una mirada desafiante, que a ninguno de los dos.

Recuerdo haber contestado por primera vez con esas palabras a mis 12 años, al considerar que ya había tenido mi desagradable ración de papá y de mamá. Por aquel entonces, cómo iba a imaginarme en este despacho a la espera de recibir a mi primer paciente del día, y cómo iba a imaginar que también a mí, me llegaría el turno de ser padre, y de serlo de un modo tan desastroso como lo habían sido conmigo.

Supongo que si escribo esto, es fruto de ese doble naufragio de ser hijo y de ser padre, aunque más si cabe del segundo que del primero, pues no hace más de tres días, que una mocosa amiga de mi hijo, le hizo la dichosa y desafortunada pregunta –creo que siempre lo es, y más si cabe cuando hay una separación de por medio, como es el caso−, de a quién quería más, si a papaíto o a mamaíta. Él contestó con seguridad a pesar de sus nueve años, que nos odiaba a los dos.

Me llamo Julián Miravés Cruz, soy padre, psiquiatra, hijo de mi tiempo y de mi país, y he tomado la decisión de enfangarme con las palabras para ver si durante la faena alcanzo algún tipo de explicación/justificación, que aún no me haya dado –cosa que dudo−; algún tipo de catarsis –cosa que me extrañaría−; o algún tipo de sonrisa de esas que no tienen por qué ser divertidas, pero que al menos siguen siendo sonrisa, y algo alivian.

Nací en el 73 y ahora cuento con 40 años, un divorcio, una carrera exitosa, y un niño al que cualquier colega de profesión diagnosticaría con un trastorno de conducta y un TDAH. A esto último sin duda, esos colegas añadirían una medicación a base de strattera y risperidona. Y, ¿acaso yo no lo hago? Pues ciertamente no. Veo lo mismo que verían ellos, pero no lo medico porque efectivamente es mi hijo ¿Me convierte eso en un mal psiquiatra? Seguro que sí ¿Y en un mal padre? Probablemente también.

Sin querer justificarme, creo que ha llegado el momento de que hable de mi época como hijo.

Fue en el verano del 84 cuando me encontré a mi madre, inconsciente, en el ascensor de mi portal. Yo tenía 11 años y regresaba del colegio, ella, ya era una adicta a varias sustancias en el Madrid de la Movida y, acababa de empezar con la heroína. Como prueba de esto último –algunas piezas las encajé posteriormente−, no omitiré el detalle traumático de que mi madre, desplomada en aquel ascensor, dejaba visible su brazo con un chute de caballo que le provocó al parecer un colocón, que le hizo pensar en la feliz idea de salir de su infierno, empezando por salir de su casa. Eso explicaría que junto a su vena picada y a sus babas, estuviera también su maleta. Vacía eso sí, salvo por un par de prendas íntimas negras, y un libro verde que no volví a ver, de un escritor cuyo nombre nunca conseguí recordar.

Tampoco pude saber si la casualidad quiso que yo fuera el primero en toparme con mi madre ese día y en ese estado, o si hubo otros vecinos previos, que prefirieron dejar allí tirada a la ex reina de la belleza que tanto molestaba al vecindario con sus gritos y broncas constantes, bien hacia mi curtido e indiferente padre, bien hacia el que se cruzara por el portal. No me extrañaría que más de uno hubiera usado del ascensor arriba y abajo, mientras ella se pudría por dentro, a modo de venganza, o tal vez solo de no querer complicarse. Lo que sí puedo asegurar, es que ese día lloré hasta secarme por dentro, de modo que pocas veces más en mi vida he derramado lágrimas.

Mi madre aún arrastró su tragedia cinco años más, hasta que a la enésima sobredosis su cuerpo dijo basta –para entonces su alma hacía mucho que lo había gritado− y encontró por fin la paz. Poco quedaba ya para el 89 de la mujer bella e idealista de la que mi padre se enamoró en el 72, cuando el mundo en general y España en particular, parecían lugares horribles, que sin embargo podían cambiarse a mejor si la gente se empeñaba mucho, y donde al parecer, había a cada paso mucha de esa gente, y muy empeñada.

Supongo que lo anterior me lleva a hablar de mi padre, Leopoldo Miravés. Él se enamoró de mi madre durante uno de sus discursos políticos. Aún le gusta recordar –y es de lo poco que ya le gusta hacer−, lo mucho que le costó centrarse en sus palabras una vez que observó entre las primeras filas a María Cruz, una de las bellezas oficiales del Régimen que parecía estar saliéndole rana a este, pues ocupaba el tiempo en mítines clandestinos catalogados por el ya cansado caudillo, de peligrosos.

Mi padre no era especialmente guapo, pero al parecer su idealismo y su don de palabra le hacían terriblemente atractivo en aquel mundo gris, también para aquella mujer, mi madre, radiante y deseosa de algo más que su fría y cómoda realidad. Se enamoraron perdidamente como en algunos grandes clásicos del cine, y, como en estos, el asunto se quebró pronto. Al bonito cuento, pronto le arrancaron las alas.

Leopoldo Miravés y María Cruz coincidían en su idealismo, pero chocaban en todo lo demás. Mi padre me ha llegado a confesar sin tapujos que para nivelar la balanza me tuvieron a mí. Simplemente necesitaban tener en común algo más que el deseo de un mundo medianamente justo… y está claro que fracasé tanto como su deseo.

Ahondando en las disonancias, diré que mi padre era un intelectual recalcitrante que gustaba de cargar sobre sus hombros con el peso del mundo. Y durante un tiempo, alimentado con sus propias palabras, por la muerte de Franco, con su docencia en la Universidad, con la Constitución del 78 y, con alguna que otra buena noticia de aquellos años, vino a pensar que efectivamente podría con el peso. Pero tamaña empresa exigía sacrificios, y pronto vino a desatender a su esposa, desquiciada poco a poco de ver cómo se consumía su jovial vida y su rutilante belleza entre cuatro paredes que por seguir con el tópico, se convirtieron en jaula cuando llegué yo. Mi madre buscó entonces algo de luz en sus adicciones y en otros hombres, hasta que en la carrera de fondo ella encontró la muerte y él, una realidad devenida en forma de transición burlesca que le dejó de lado, convirtiendo su esperanza en el mismo lema de otros muchos, más de lo mismo.

Hoy, mi padre tiene 61 años y aún respira el desencanto de los que no solo fueron derrotados, sino también humillados; de los que no solo perdieron la esperanza, sino también su orgullo. Aún me cuesta concebir que el hombre firme, enérgico, convencido, que me hacía estudiar hasta que reventaba de sueño y que me aleccionaba en la necesidad de la lucha contra todas y cada una de las injusticias de este mundo, sea la misma persona que el bulto que encuentro siempre frente al televisor cuando voy de visita.

Una madre para la que no fui suficiente en su lucha por sobrevivir, y un padre que me atormentó con su discurso, su disciplina, y sus fracasos… Cómo no iba a acabar siendo psiquiatra. Y cómo no iba a estar condenado a repetir muchos de los errores de mis progenitores. También yo, Julián Miravés Cruz, doctorado cum laude, creí por un tiempo que podría cambiar el mundo triunfando donde mi padre se hundió, también busqué la luz en más de una adicción con la que aún cargo, también me casé lleno de amor con otra María, y también junto a ella y poco antes del divorcio, trajimos al mundo a un niño –me resisto a llamarle “víctima” a pesar del primer impulso−, que llamamos Raúl, y que a sus nueve años ya sabe decir que odia a su madre, y por supuesto a su padre.

Y sin embargo y por suerte las cosas pueden cambiar, a veces incluso a mejor. Y sin embargo y por suerte después de un fracaso, suele aparecer la posibilidad de cuanto menos, repetir resultado. Apunté más arriba que escribía estas líneas sobre todo por mi derrota como padre, dejando entrever que también lo hacía por mi derrota como hijo. Pero nada dije del impulso al cambio que me proporciona Marisa. Ella ha sido la inspiración, reconozco que inesperada, que me ha hecho atisbar cuanto menos, la posibilidad de una mejora si me sigo empeñando en fracasar sin darme por vencido.

Marisa es una antigua amiga y amante de mi padre, que hace unos meses reapareció en su escena −ahora también la mía−, con la misma vitalidad inmarcesible con la que al parecer abandonó España y Madrid hace décadas, para irse a luchar por los derechos de diferentes comunidades indígenas de Latinoamérica. Ni siquiera la fuerza de esta mujer de más de 60 años que ahora regresa diciendo que se la necesita más aquí que en cualquier otro lugar, ha conseguido levantar el muro de frustración que aplasta el ánimo de mi padre… pero sí que está influyendo para deshacer el mío.

Cuando la conocí, mejor, cuando me topé con ella de improviso en la casa de mi padre, me dijo llamarse M., para acto seguido impresionarme con su incapacidad para rendirse. Hay mucho hijo de puta –dijo apenas nos habíamos presentado− que nos quiere convertir en cínicos o en descreídos, pero conmigo no lo van a conseguir. Esa fue su carta de presentación –sé que en triste referencia a mi padre− y, al acabar aquel encuentro casual solo deseé que M. no fuera el preludio de María, pues mi madre y mi ex mujer ya llenaban el cupo de las maríasque mi vida podía soportar. Cuando varios encuentros más tarde, ya nada casuales, descubrí que Marisa era lo que encerraba M., me terminé por prendar de ella. Y aún no sé bien cómo, pero parece que el asunto puede terminar siendo recíproco.

Como material para mi trabajo de psiquiatra, reconozco que no está nada mal acabar siendo el amante de una antigua amante de mi padre… pero volvamos a la senda que dio origen a estas líneas.

A mis 12 años dije que no quería a mis padres, pero hace mucho que puedo asegurar que mi sentimiento ha cambiado de raíz. Tal vez mi madre no fuera un modelo de amor ni de prácticamente nada cuando yo la conocí, pero hace mucho que aprendí a perdonarla, y desde entonces, solo me queda echarla de menos y rezar por ella, a pesar de que no crea en ningún dios. Y de seguro que mi padre tampoco ha sido un gran ejemplo a seguir, pero he llegado a comprenderle y a quererle –hasta acepto con una sonrisa de resignación que le consienta todo a su nieto en un requiebro que por típico, no deja de ser molesto−, y me duelen sus fracasos vivenciales casi tanto como a él.
Por lo tanto, tal vez mi niño diga que me odia, pero me afanaré en que mañanacambie de idea. Espero mejorar como padre, entre otras cosas, al recordarme como hijo. Creo que eso nos ayudará a ambos.

Mi secretaria me anuncia la llegada del primer paciente del día. No miento un ápice si escribo que se trata de un adolescente que no soporta su vida, el mundo, y por supuesto, a sus padres.

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