Confesiones

El problema no es que vivamos en la dictadura de la imagen,

el problema es la calidad de esa imagen… y que casi siempre

 tenga que explicar qué quiero decir con ello.

Eugenio Tore

Eran las dos de la mañana cuando supongo que algún transeúnte rezagado, o borracho, o qué sé yo, pero cívico, al verme con una barra de hierro y, frente a un escaparate repleto de televisores, proyectando en sus pantallas todo aquello que en el último mes me había enajenado/maravillado/desquiciado, decidió llamar a la policía al prever lo que en breve tendría lugar
            Lo que terminó por volarme la paciencia fue la casualidad. Uno de los nacionales resultó ser vecino y me reconoció al instante. Me dijo con toda la calma deseable que soltara la barra, que sabía que yo era una buena persona, que no tenía sentido que la emprendiera a golpes contra el escaparate ni contra nada. No me moví y él, junto a su compañero, se acercó despacio. Yo seguía con espumarajos en la boca, miraba hipnotizado hacia las múltiples pantallas protegidas por el cristal de la tienda. Mi vecino policía repitió eso de que yo era una buena persona, y se me terminaron de fundir los cables
            La tercera vez que oí la frasecilla, fue al mismo tiempo que los policías me golpeaban con su porra. Justo antes, yo me había lanzado hierro en mano contra el escaparate para hacer el mayor de los ridículos al no lograr siquiera mellar el cristal. Ellos en cambio tuvieron más éxito con mi cabeza. Luego llegaron las esposas por el bien de todos, como reconocí en mi declaración, ya en comisaría. Allí, mi vecino, su compañero, otros policías, y hasta los que no lo eran, me preguntaron, tras quitarme las esposas, las razones de mi conducta. Confesé de un modo deslavazado algo parecido a lo que sigue
            que hacía cosa de un mes que mi médico me había dejado claro que debía buscar una alternativa a mi modo de vida si quería tener alguna posibilidad de librarme de las agudas migrañas que con ceñuda persistencia me atacaban cada día con más virulencia
            que debía abandonar mis draconianos hábitos de lectura y de escritura
           y que, para la mayor de sus sorpresas (la de mi médico), mi último libro había vuelto a cosechar unas ventas admirables (a pesar de mí y de mis paranoias, no dejó de apuntar), lo que hacía que fuera el momento de permitirme un descanso, el momento para dejar de pensar, el momento de desconectar mi cabeza para que esta no reventara
           y eso es lo que me decidí a hacer, aunque para ello tuviera que solventar más de una dificultad
Mi casa, no tardé en darme cuenta, era el mayor foco y cultivo de mi enfermedad, y allí me resultaría imposible lograr el apagón intelectual que mi médico reclamaba para mi salud, rodeado como estaba de
libros
apuntes
revistas sesudas
y pósits cargados de ideas pegados a las paredes por doquier
Así que tuve que marcharme de mi apartamento y, tras fracasar con mi exmujer,
 
Carlos, te quise, aún te aprecio, y hasta deberías haber sido el padre de mis hijos… pero ni sueñes con quedarte en mi casa
Acabé en una habitación de hotel, neutra, aséptica, limpia y ordenada o, al menos, ordenada para el canon,
y pasé así a vivir, de un lugar donde tenía que mirar dos veces al suelo por cada paso que daba para no tropezarme con ningún libro, y donde el orden a base de mi tiempo/lógica imperaba, y donde no había lugar para la radio ni para internet ni por supuesto para la caja tonta, a una habitación sobria impoluta y con un televisor de plasma planchado a la pared
Cuando los policías, sobre las 3:30 de la madrugada, conectaron mi relato descosido a los hechos que esa noche me habían conducido hasta la comisaría, se relajaron un tanto (el número de oyentes, por cierto, había aumentado) al percibir que aquella lamentable declaración finalmente iba hacia algún lado productivo para sus informes, donde supongo que harían un debido resumen de lo que sigue
que el detenido, por nombre Carlos y por apellido M. y con 42 primaveras encima, declaraba que, libre de libros y buscando acabar con sus migrañas por consejo de su médico, había vuelto a encender un televisor tras años de un apagón tecnológico voluntario
que declaraba que los primeros días no obtuvo ninguna satisfacción, ni en cuanto a lo visionado, ni en cuanto a efectos positivos para sus dolores, sino más bien un claro aumento de su dolor de huevos y de estómago y hasta de alma, si se le permitía la exageración, por contemplar un constante y aberrante espectáculo
de carne
de morbo
de miseria de vidas ajenas
de periodistas que pululaban en multitud de cadenas pontificando su sapiencia harto torticera
de culto al fútbol
de festejar la estupidez más supina en las más inverosímiles formas
y de cotilleos sobre cotillas que cotillean mientras claman que no les gusta cotillear…
en fin, que el acusado, yo, Carlos M., declaraba que, durante los primeros días de su intento de curación, parecía haberse caído como de un guindo redescubriendo por otro lado todo aquello que en su momento, unos cinco años atrás, le había llevado a tomar la decisión de sacar el televisor de casa, prohibiendo la entrada no solo a este, sino también a la radio, a internet y a cuanto nuevo cachivache 2.0 apareciese
me pregunto qué le pasaría por la cabeza a mi vecino según me escuchaba, yo, que no le había dado nunca ningún quebradero de cabeza al vecindario y sí el motivo de orgullo de ser un escritorzuelo que, paradójicamente, debía salir entrevistado de vez en cuando en algún medio de esos que declaraba aborrecer
me pregunto qué clase de pensamientos/insultos cruzarían las cabezas de mis oyentes policías cuando, petulante hasta decir basta, hacía mi declaración con frases tipo, tras cinco años, nihil novum sub sole… pero el sol en mi nueva habitación y ante ese moderno televisor me parecía quemar más aún que en el pasado
y me pregunto en definitiva cómo tuvieron la santa paciencia de escuchar mi relato hasta el final, pues de haber estado yo en su piel y de haber tenido una porra en la mano tal vez no habría actuado tan pacíficamente, aunque, en tal caso, me habría perdido lo que ellos sí obtuvieron, el pertinente giro narrativo
y es que resulta que mi mes de cura migrañal tomó un camino inesperado cuando tuve que reconocerles que al finalizar la segunda semana de mi experimento en aquella habitación de hotel junto a mi televisor de plasma, pasé de mi exacerbada misantropía y fobia tecnológica, a un sometimiento total del televisor
creo recordar, aunque no pondría la mano en el fuego más tibio, que a los policías les ahorré mi discurso sobre Éttiene de la Boétie y su Servidumbre voluntaria así como sobre Guy Debord y La sociedad del espectáculo, lo que supongo les haría más amena mi transformación de pardillo radical anti tele, a pardillo radical pro basura
y es que sí y lo repito y lo confieso:
a partir de mi tercera semana junto a la caja tonta, dejó de haber ser más tonto que yo, aunque, toda la verdad sea dicha, fui el mayor de los tontos pero sin migrañas
y así es como por unos diez días amé la telebasura como nunca había amado a ninguna mujer
y así es como por unos diez días me tragué deleitado a chonis y a contertutulios y a fútboltertulios y a ninis elevados al cubo y a teletiendas vende milagros de todo tipo y a personajillos incalificables
y así es como por unos diez días me complací en degustar mis instintos más bajos rechazando caer en programas o series o lo que fuese con la más mínima pinta de serios y razonables y de calidad, porque puestos a rebozarme en la tele, sentí más que pensé durante esos diez días, lo iba a hacer por todo lo alto: imantado hacia lo que siempre había considerado lo peor y, repudiando lo que siempre había considerado aceptable
en definitiva, fueron diez días sin migrañas y con un cambio de valores donde enterré lo que siempre había puesto arriba y, donde elevé a las nubes lo que durante buena parte de mi vida había considerado puro fango
como droga en calidad de depresivo/narcótico/estimulante/alucinógeno (y en este orden) debo decir que ha sido inigualable
como resaca… solo hay que recordarme con la barra de hierro frente al escaparate plagado de pantallas de televisor
como final, no queda mucho por añadir, desde mi día veinticinco de cura y empacho televisivo, hasta la hora de mi detención, anduve con conciencia de la gravedad de mi enajenación entendida como estar fuera de mí mismo/como estar dominado por otro, y luché contra esa sensación tratando de desenajenarme
pero fracasé una y otra vez regresando siempre ansioso a los productos televisivos de la más baja estofa
que me punzaban la conciencia
que me anegaban de remordimientos
que me llevaban a maldecirme por encima de otras maldiciones
(ni siquiera fui capaz de destrozar la habitación del hotel como tramé en multitud de ocasiones, ni llegué a golpear el maldito televisor y, por no hacer, no pude ni arrojar el mando contra el suelo)
y que finalmente me plantaron, ya desquiciado de tanta derrota, frente a la tienda de televisores, con el mismo resultado revolucionario inoperante de mis días precedentes, o aún peor, pues ni siquiera pude dañar el escaparate, lo que me llevó a preguntar a los policías, en el final de mi declaración, si conocían algún caso intencionadamente criminal más lamentable que el mío
ellos se miraron entre sí (conté ocho alrededor de mi figura, pues al parecer se trataba de un turno de noche tranquilo en el que no había mucho más que hacer que escuchar mis patéticas peripecias), se debieron de decir muchas cosas a base de silencios/carraspeos, y me comunicaron que, sin antecedentes, sin haber roto nada a pesar de mis intenciones, y sin ser acusado de resistencia a la autoridad, puesto que ni mi vecino ni su compañero lo consideraban oportuno, me podía marchar a casa, a la habitación del hotel o a donde prefiriera, pero que hiciese lo que hiciese, desearon/pidieron/ordenaron, no hiciese más el estúpido
¡Como si no hacer el estúpido fuese algo que me resultase fácil de hacer, como si supiese qué significa realmente no hacer el estúpido!
Ahora estoy en mi habitación del hotel frente al televisor, de momento apagado, de momento entero, con el mando a distancia a un lado y con un martillo al otro… la cabeza ha empezado a dolerme y me pregunto si este detalle decantará la balanza hacia alguna parte.

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