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Alguna vez lo he reflejado ya: no es lo mismo absurdo, que cinismo, que contradicción, por más que en ocasiones colinden sus límites. Vengo a hablar, porque me gusta hablar especialmente, de esta última, de la contradicción, y en concreto de una de sus manifestaciones más queridas para mí, en tanto que más me ocupan: la muerte.

No se asusten, que la querencia no va más allá del interés que me despierta como asunto filosófico, y que quiero llevar a su mínima expresión de tal modo que se raya al hacerlo, a mi parecer, la contradicción.

Y es que en el asunto de la muerte se dan según lo veo y en última instancia, dos pulsiones brutales, que están reflejadas a la perfección por un lado, en la idea estoica de que morir es algo que no nos debería preocupar ni ocupar, pues cuando uno vive, la muerte no está, y cuando ella llega, nosotros ya no estamos, y por otro, en la de Spinoza que señala que todo ser tiende a perpetuarse y que como dice Borges poéticamente siguiendo al maestro judío, la piedra eternamente quiere ser piedra, y el tigre, un tigre.

La vida así tiene una de sus muchas contradicciones en esa lucha, a muerte por supuesto, entre querer perpetuar la vida y querer olvidarse de que la muerte llega, sabiendo que es ineludible. Y este es el juego en el que andamos, y donde por supuesto, hay que poner en el tablero la muerte del otro, que viene a complicar la partida sobremanera.

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