Camino a Damasco

Tras tomarse el primer café de la mañana se plantó frente al enorme mapa del mundo estilo vintage, que colgaba en la pared de su despacho. Había llegado la hora de hacer la llamada, el día de la gran decisión: alrededor de seis mil trabajadores se irían a la calle, cerca de doscientas tiendas en diversos países echarían el cierre. La reestructuración de la compañía debía marchar por los cauces que exigía el mercado, y para eso le habían contratado a él, no para alcanzar beneficios, pues estos se habían dado incluso en la cresta de la crisis, sino para lograr una curva de ingresos y una bajada de gastos, que permitiera a la compañía crecer tan rápido, que escalaran decenas de puestos en el posicionamiento del sector.

Cálculos y previsiones, en eso él era el mejor a pesar de su juventud, y por eso los accionistas le habían elegido. Su currículo impresionaba, y era harto conocida su capacidad para tomar medidas implacables.

Después de recorrer con la mirada países del mapa que se verían afectados tras su llamada, acabó en Grecia, y cuando quiso mover la vista del país heleno, no pudo. Es entonces cuando vivió lo que algunos llamarían epifanía y otros paranoia, mientras que él, lo bautizó bajo el nombre de, El privilegio de mi generación.

Apenas logró salir del desconcierto se hizo con papel y bolígrafo, se acomodó en el suelo, y describió su vivencia:

«Tras unos segundos completamente paralizado en los que el terror a lo desconocido llenó cada poro de mi piel, pude al fin desclavar los ojos de Grecia justo al tiempo que sin saber cómo, recordé la máxima de Sófocles según la cual, “muchos son los misterios del universo, pero no hay mayor misterio que el ser humano”. Caí entonces sobre mi sillón ejecutivo, las piernas me temblaban. De inmediato otras descargas en forma de… intuiciones espasmódicas intelectuales, sacudieron mi cuerpo.

Esas descargas me hicieron sentir:

la enorme fortuna de haber nacido unos cientos de kilómetros más al norte que al sur, y dentro de ese norte, más en un barrio que en otro, y dentro de ese barrio, en el seno de una familia que me quiere, en lugar de en una en la que no;

la suerte de mi indeterminación religiosa, donde nadie me ha machacado la cabeza con la idea de ningún dios, fuese este terrible, bondadoso, o puro amor;

la pesadumbre feliz de la infinita levedad del ser y todas sus consecuencias;

el disfrute de mi sexualidad con libertad, dentro del privilegio de poder follar sin amor, de amar sin follar, y de haber llegado incluso a tener ambas cosas a la vez;

el profundo aguijonazo de vivir una época donde el hambre de millones de personas son el capricho de unas pocas, con la plena conciencia de habitar un tiempo, el primero en la historia de la humanidad, donde existen los medios suficientes para erradicar esa plaga que sin embargo no se desea erradicar;

el ardor de comprender que las lecciones de la Historia solo parecen servir de papel higiénico;

la certeza de la literatura frente a la incertidumbre de las matemáticas y la falsedad de la moralidad;

y cuando pensaba que ya nada más podía sacudirme, llegó la intuición de Walt Whitman para arrojarme a la cara el verso que aún puede aplicarse a mi generación: disfruta del pánico de tener toda la vida por delante».

Terminó de escribir su experiencia y se levantó del suelo. Volvió a mirar el mapa. Se sentía tranquilo, sereno, extrañamente feliz. Se encendió un cigarrillo y se sirvió un whisky. Sonrió, cogió el teléfono móvil e hizo la llamada que tenía que hacer.


[Publicado originalmente en DeKrakensySirenas, @krakensysirenas el 31.08.15]

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