Cobarde

I

Al llegar de la editorial se encontró la puerta de su casa abierta y, con inquietud, se preguntó si se trataría de uno de sus numerosos despistes o de un robo. De inmediato cayó en la cuenta de que no tenía copia alguna del archivo word que contenía su última novela, casi terminada. Si ha desaparecido el ordenador… se precipitó dentro y al dar la luz se topó con su familia y sus amigos.

−¡Feliz cumpleaños! –Le gritaron al unísono mientras él se serenaba.

Recibió besos, abrazos y tirones de orejas. Se mostró estoico. Incluso forzó su sonrisa para no resultar desagradecido, aunque no dejaba de pensar que cuarenta y dos años era una cifra lo suficientemente abultada como para ahorrarse todas esas zarandajas. Para sobrellevar mejor el trago y a los suyos se sirvió un whisky doble. Los demás no pasaron del vino o de la cerveza, y eso cuando lo hicieron, porque la mayoría optó por refrescos light que a él horrorizaban, si bien nadie conocía ese pueril secreto. La tarta esperaba.

Una hora más tarde en la casa del prestigioso escritor los asistentes se habían dividido en dos grupos. En uno, con mayoría de mujeres, se mezclaba la política con los pañales. En el otro, hombres sobre todo, el fútbol y también la política iban de la mano. El anfitrión, que siempre había escrito contra los tópicos, no pudo sino viajar hacia su mundo interior, aunque en apariencia fuera de un lado para otro repartiendo sonrisas y afecto. Sin embargo algo fuera del guión le impidió esta vez sobrellevar a los demás como tantas otras veces.

Comenzó a llover con fuerza y el repiqueteo de la lluvia contra las ventanas le anegó de nostalgia. El recuerdo de ella bajo la lluvia se hizo insoportable.

−Me voy –dijo sin dar ninguna explicación a los atónitos invitados−. Cerrad la puerta cuando os marchéis.

II

Nada más comenzar su paseo errático sintió el extraño alivio de la contradicción. La lluvia nunca golpea contra la ventana con suficiente fuerza, pensó mientras recordaba que su última conversación con ella había sido bajo una tormenta, que sus mejores noches llegaron bajo tormentas, que las lágrimas como mejor se ocultan es bajo la tormenta.

Con esa tempestad repleta de aristas caminó largo tiempo despreocupado de su salud e indiferente a los comentarios que dejaba atrás. Se envolvió en recuerdos y reflexiones. Habían pasado ya diez años desde que se vieran por última vez, y ocho desde que ni siquiera hablaban por teléfono. El mar les separaba pero el abismo definitivo era la conciencia de un proyecto de vida distinto al que ninguno de los dos quiso renunciar. Sin embargo él la seguía adorando y la consideraba su mejor fracaso. Ella había sido entre todas las mujeres que había conocido, la única que asumiera como él lo hacía, el radical absurdo de la vida y, por muy absurdo que resultara, la seguía queriendo. Del mismo modo podía considerarse un sinsentido que cada año le escribiese una carta que finalmente nunca enviaba, pero seguía haciéndolo bajo la idea de que al menos la acariciaría en cada palabra que le escribiese.

La expresión calarse hasta los huesos se le quedó corta después de una hora bajo la lluvia, y hasta el alma le resultó más conveniente a pesar de no creer en tal cosa. Sin duda fue esa imagen la que le llevó a pensar que estaba erigiendo un templo de preguntas con el que torturarse. El altar era evidente: ¿por qué se dijeron adiós? Su vía crucis terminó con la sentencia en la que siempre concluía, lo que ella dijo al despedirse: «somos valientes y únicos al sacrificar los sentimientos por nuestros proyectos».

Chorreaba de la cabeza a los pies. Tiritaba a cada paso. No tardó en decirse que merecía ahogarse allí mismo, que bendito sería el rayo que le fulminase. Pero no ocurrió tal cosa y sin saber bien cómo, se encontró de nuevo en su portal.

III

Su familia y sus amigos le habían hecho caso y cerraron la puerta al marcharse. La tarta seguía intacta, le pareció la viva imagen de la tristeza.

Entre temblores logró deshacerse de su ropa que sonó a charco al arrojarla sin miramiento contra el parqué. Desnudo, con la lluvia azotando los cristales, contempló su apartamento repleto de libros. Una idea se apoderó de él: había sometido su vida a muchos sacrificios por lograr su sueño de entregarse por entero a la literatura y, sacrificarla a ella había sido un error. Todo se le nubló.

Fue hasta la nevera y se abrió una coca light, la bebida que ella siempre tomaba, entonces encendió las velas de su tarta, y finalmente buscó el teléfono móvil. A pesar de los años y de que había borrado el contacto de la agenda, no le costó nada recordar las nueve cifras.

Con el primer tono lo tenía claro, le diría que quería ser digno de reconquistarla, asumiría que era un cobarde, pero que quería serlo a su lado. En el segundo tono se percató de que la lluvia ya no golpeaba contra la ventana, la tormenta había cesado por completo. La nostalgia se esfumó de golpe. La voz de ella sonó al otro lado de la línea, «¿Sí?».


Publicado originalmente en dekrakensysirenas.com, @krakensysirenas, el 28.01.16

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