La piedra soy Yo

A Esteban O´Higgins, allá donde hayas ido, ríe por nosotros

Ya no sé si soy la piedra o sigo siendo Yo

Ya no sé si Grecia perdura como templo de Europa

O si ambos somos una ruina que se engarza al tiempo imponderable,

inútil y sin motivo

 

Homero me llamó sabio y prudente

Bandido los dioses,

Pero me cuesta creer que los dioses sean dioses por algo más que su poder

No desde luego por su razón

No por su prudencia

No por su bondad

¿No serán ellos los juguetes de otros dioses, y estos, otros juguetes?

¿Cómo no pensarlo?

Estoy en su infierno en su montaña con su roca,

Pero sin su desprecio

Hace millones de veces que subo y bajo su justicia sin saber nada de ellos

Solo pueden estar muertos, ya no siento su soberbia

Los dioses han muerto pero yo sigo igual

Ya no sé si soy la piedra

 

Cuando rodamos cuesta abajo las preguntas se agolpan

Son la causa de mis desvelos y me aplastan

¿Qué habrá sido de mis hermanos de

pecado?

¿Qué de Prometeo, de su robo, de su hígado, de su águila?

¿Qué de Tántalo, de su río sediento de manjares?

¿Qué de tantos otros castigados por su afán de rebeldía?

La lucidez de mi absurdo me dice

que engañar a los dioses está sobrevalorado

Solo hay que ser lo que somos, libres

Solo hay que buscar el sentido que se debe

Solos

 

Estoy cansado de la eternidad y sin duda la piedra soy Yo

Hay viajes que incluso en mi delirio

Pienso que me han pensado,

Desde el filósofo ilustre

Hasta el más pobre

de los poetas

Y río

Pues tampoco ellos saben, si son ellos o son piedra.


Publicado originalmente en dekrakensysirenas.com, @krakensysirenas, el 11.07.16

Fuera de sí

Dentro de la nevera todo se disponía de acuerdo a su criterio. El bote de sangre estaba ligeramente a la izquierda, las tres bolsas a la derecha en los distintos estantes. Cerró la puerta y comprobó que el blanco del electrodoméstico estuviese impoluto. Lo estaba.

Ya en el salón seleccionó de su discografía  un vinilo de Rachmaninov, el poema sinfónico de “La isla de los muertos”. Lo puso en el reproductor y subió el volumen a treinta y tres. Se sentó en el sofá color marfil, la espalda muy recta. Miró su reloj varias veces. Ella llegaba tarde.

Cinco minutos después sonaba el telefonillo. Mientras ella subía él se examinó en el espejo del salón; las abultadas bolsas bajo sus ojos, la raya de su pelo canoso, la pulcritud de su afeitado, se ajustó la corbata y se alisó el traje azul cielo. Ella llamó a la puerta con insistencia.

Entró como un vendaval. Los tacones igualaban su altura. En lugar de darle dos besos lamió sus mejillas. Sonrió pícara. Empezó a curiosear el salón. Él se quedó asombrado. Con asco secó la saliva. Sin preocuparse de si ella le observaba o no, cerró la puerta con cerrojo y se guardó la llave.

−Eres más viejo de lo que imaginé por tu voz, pero no importa, eh, soy una profesional.

−¿Tienes veintiún años? –cerró y abrió su puño izquierdo pegado a la cadera, varias veces.

−Tengo más de dieciocho, eso es lo importante, ¿no? Oye, no está nada mal tu casa, pondría música más alegre, un par de cuadros coloridos, fotos… está desangelada pero supongo que no vivirás aquí. Tienes pasta, será tu refugio para estar con…nosotras. Eh, ¿dije pasta?

Él se echó mano al monedero y extrajo cuatro billetes amarillos. Los dejó sobre la mesa. La observó atentamente, casi con avidez. Las fotos de su perfil no mentían; rubia, melena larga y ondulada, pecosa por todo el rostro pero sobre todo en frente y pómulos, sonrisa perfecta, piel pálida, delgada pero con curvas… y se había traído el vestido de una pieza, beige, que él le había pedido.

−Anal ya te dije que no hago. No por nada, pero si la tienes grande me dolería mazo. Por lo demás, casi todo se incluye en el precio y si eres de los raritos podemos negociar.

Después de oírla hablar de esa manera estuvo a punto de echarla. No lo hizo. Quiso pedirle que se callara. Tampoco se lo dijo. Se sentó en el sofá mientras ella seguía de pie.

−Desnúdate. Y no me toques.

Se quedó quieta por un momento. Volvió a sonreír. Comenzó a desnudarse.

−Los zapatos no, el tanga sí. Bien. Ahora paséate por el salón.

Empezó a contonearse sin demora. Sus pechos eran firmes, las aureolas grandes y tostadas, los pezones enhiestos. El sexo rubio, rasurado en forma de corazón. Las piernas, largas, atravesadas por estrías cerca de los glúteos.

−No tan rápido. No te muevas con vulgaridad. Mejor.

−Oye, ¿voy a tener que estar mucho tiempo así, quieres el premio al más raruno?

Se paró en frente de él, subió una pierna al sofá, se acarició las ingles.

−Oye cariño, ¿por qué no me comes el coño? Seguro que te excitas más ¿Tienes problemas para que se te ponga dura? Déjame que te haga un buen trabajito en los bajos.

Le tocó la entrepierna. Comprobó al mismo tiempo que estaba empalmado y molesto. Vio su ceño fruncirse y forjarse una mueca de desagrado. Quiso retroceder pero no pudo, él le agarró de la muñeca. Apretó con fuerza.

−No te dije que hicieras eso.

Se miraron a los ojos. Los de él fríos, inexpresivos, los de ella titilaron.

Él soltó la muñeca de ella.

−Pasea y cállate.

De repente a ella la inundó una ola de miedo. Empezó a ir y venir de un lado al otro del salón con torpeza. Se trastabilló dos veces.

−Quítate los tacones, no puede ser tan difícil.

Supo que debía tranquilizarse, obedecer y salir de esa casa en cuanto pudiera. Ya sin los zapatos logró serenar los pasos, alejar el temblor de sus piernas, dominar su respiración. Con el rabillo del ojo vio que él también se relajaba. Había dejado de apretar los puños, las manos estaban sobre las rodillas, su semblante era otro por completo. La música acompañaba. Ella pensó que él estaba fuera de sí, pero no enfadado, sino de viaje en sus recuerdos. Ella quiso pensar que para eso la había llamado… deseó estar allí solo para eso, para nada más. Pero solo él podía saber tal cosa.

La música se agitó y trajo el miedo de vuelta. Ella recordó la puerta echada con llave. Se sintió como una cría estúpida. Tropezó y golpeó la colección de discos. Varios se cayeron al suelo. Él se levantó de golpe, volvió a crispar los puños. Se acercó a ella. Levantó una mano y la suspendió en el aire.

−Vístete y vete.

Ella asintió con la cabeza. Él miró hacia el dinero. Le hizo una señal. Ella balbuceó.

−Eh, soy una profesional. No he cumplido… no lo quiero.

Se terminó de vestir, no se atrevía a mirarle. Estaba aterrada, humillada y enfadada al mismo tiempo. Se plantó delante de la puerta. La música dejó de sonar. Él se acercó a la puerta, con parsimonia. Sacó la llave.

−No vuelvas nunca a hacer esto –dijo él.

Ella asintió en silencio. No preguntó a qué se refería exactamente. Se marchó.

Ya solo, se contempló de nuevo en el espejo. Se llamó estúpido por no haberse atrevido, se reprochó su última frase. Entonces la puerta volvió a sonar. Solo podía ser ella. Era ella. Solo podía querer el dinero. En ese caso…. Abrió.

−No volveré a hacerlo, eh.

Lo dijo desde el umbral. Lo dijo con orgullo y miedo. Lo dijo y huyó. Él no hizo gesto alguno. No intentó tocarla.

Al cerrar la puerta fue hasta su reproductor y puso a Debussy, “Preludio a la siesta de un fauno”. Colocó los vinilos que se habían caído. Regresó a la cocina y se plantó frente a la nevera, tres segundos más tarde la abrió. Se quedó mirando lo que había dentro.


Publicado originalmente en dekrakensysirenas.com, @krakensysirenas, el 06.07.16

Carta de amor a la Filosofía

¿Qué me ha enseñado la filosofía?

De Immanuel Kant aprendí que somos unos ineptos con cierta capacidad para la paradoja; nunca podremos resolver la pregunta de si hay dios o no, de si tenemos alma o nada, de si existe libre albedrío o todo está jodidamente escrito. La ciencia dirá que es cuestión de tiempo, la religión que tengas fe, Kant, que sencillamente nuestra capacidad para conocer esas respuestas tiene su límite, que no está preparada para resolver tales disputas, y que sin embargo, estamos programados para preguntarnos una y otra vez sobre eso mismo que no somos capaces de resolver. Podemos llamarlo también eternas arenas movedizas.

De Friedrich Nietzsche aprendí mucho. Por ejemplo, que si Kant hubiera escrito de modo más inteligible y literario, la Historia sería bien distinta, quizá mejor, seguro que más bella. Tal vez exagero. Tal vez no. Pero sigamos con Nietzsche y algunas de las enseñanzas que me ofreció, como esa  por la que el dolor físico y los fracasos rotundos (para ejemplo los suyos, especialmente los suyos) no deben importar, o incluso pueden llegar a anhelarse cuando a cambio se concibe el eterno retorno de lo mismo. Con su actitud aceptaba el sufrimiento, la enfermedad, la locura, a cambio de la intensidad, de la lucidez, de afirmar por encima de todo y a pesar de todo, la vida.

También me enseñó que leerle me hace más despierto, y que la idea del superhombre es la voluntad de una flecha lanzada al infinito, donde la flecha debe ser cada uno de nosotros, y el infinito nuestra capacidad de superarnos. El Übermensch es luchar por romper nuestras propias barreras y nuestros límites. No siempre se le enseña así. Lo sé. Así es. Es una pena. Es asombroso.

Al principio fue el asombro. Lo dijeron los presocráticos. Y por eso y porque fueron un paso más allá en las respuestas que hasta entonces daban las mitologías, mi total respeto. Por cierto, también un presocrático me enseñó a rechazar definitivamente la forma antropomórfica de dios con su argumento de que si los caballos tuviesen manos y supiesen dibujar, dibujarían a sus dioses con forma de caballo. Sencillo, brutal.

Brutales fueron Platón y Aristóteles. Hay que leerles a ellos y a los que llegaron después para entender esa frase que apunta que toda la filosofía occidental no es sino notas a pie de página a las obras de estos monstruos. Quizá no esté de acuerdo, porque habría que incluir también a la no occidental. Son una escalera a cualquier ventana que dé al conocimiento.

De la escalera del conocimiento habló Ludwig Wittgenstein para pedir que una vez estuviésemos arriba, la arrojásemos bien lejos. La filosofía ha muerto, proclamó en cierta manera. ¿Fue el último filósofo? Una respuesta es que él mismo no dejó de hablar filosóficamente después de pretender haberse deshecho de la escalera. Revolucionario, sí, brillante, también, saludable a la hora de introducir una sangría necesaria a tanta metafísica, por supuesto. ¿Pero acaso no le había contestado ya Kant? Estamos condenados a la filosofía (¿la escalera?). Peores condenas hay. Eso seguro. Además, no es tan fiera, ni tan aburrida, ni tan complicada como la pintan.

Sobre la complicación nos dio ya Occam el mejor de los consejos con su ilustre navaja, acero forjado por el siglo XIII y todavía perfectamente afilado; si hay dos o más explicaciones, en igualdad de condiciones la más sencilla será la más probable. ¿La filosofía no puede ser práctica? Prueba a aplicar este principio en tu vida y verás cuánta mierda te ahorras.

De otro cristiano de lo más fervoroso, san Agustín (no se pierdan eso sí su vida antes de su conversión), aprendí que el problema al que todos nos enfrentamos a diario no es precisamente nuevo: que sepamos lo que debemos hacer no sirve precisamente para que lo hagamos. En términos religiosos podemos expresarlo como que saber cuál es el camino del bien no sirve para mucho, si acaso, para culparte cuando eliges el camino del mal. Suele ocurrir que en cuanto tenemos conciencia del mundo, la fe no basta. Así fue al menos en mi caso.

A falta de fe tuve que aprender de otros que no fueran Dios. Sartre llegó en el momento justo ¿Cuánto no me ha mostrado? Sobre el peso de la libertad y de la responsabilidad, sobre la necesidad de elegir, sobre hacer, sobre qué hacer. Y con Sartre y el existencialismo, y con Camus y su Sísifo como paradigma de resistencia, aprendí a sonreír frente al absurdo. Es difícil pedir algo más intenso. Y sin embargo me lo ofrecieron. Me enseñaron el camino. Porque especialmente Sartre, Camus y de nuevo Nietzsche, me señalaron que literatura y filosofía pueden ir de la mano. Y deben ir de la mano. Al menos, otra vez, en mi caso.

No hay dos sin tres, y vuelvo al alemán para ponerle en otro trío, esta vez junto a Karl Marx y Sigmund Freud. Ellos fueron catalogados célebremente como los maestros de la sospecha. Sospecharon y demolieron la conciencia como hasta ese momento se entendía. Desde tres puntos de vista distintos. Para nunca más volver a ser nada igual. Solo un ignorante puede decir que la filosofía es inerme. Marx nos enseñó cómo la estructura de la economía domina y falsea las relaciones que nos damos entre nosotros. Por si fuera poco, dijo que había llegado la hora de cambiar el mundo y no solo de interpretarlo como había ocurrido hasta ese momento. Y todo cambió. Freud, por si no fuese todo ya suficientemente complejo, nos arrojó a la cara el inconsciente. Un siglo largo ha pasado desde entonces y todavía hoy no sabemos muy bien qué hacer con esa bomba que habita en nosotros, incómoda, inconmensurable. Nietzsche, que destrozó y desbrozó y desarmó tanto, construyó, como también construyeron sus parejas de baile (por eso se les recuerda especialmente y no solo por hacer con su dedo en la llaga, un infierno), una nueva música. Y en la desvalorización de todos los valores supo ver que teníamos mucho por hacer, y él desde luego construyó más sentido y me atrevería a decir que incluso esperanza, que la mayor parte de sus enemigos, declarados o encubiertos.

Sí, la filosofía es peligrosa y peligrosos son todos los que he mencionado antes y mencionaré ahora. Como Jung y su capacidad para alcanzar cualquier rincón con su mirada universal. Como Foucault por hacer arquitecturas de conocimiento casi imposibles que desestructuran lo que hasta ese momento había sido evidente. Como Unamuno por enseñarme a borrar los límites entre la ficción y la realidad en su niebla. Como Ortega y Gasset por mostrarme el corazón de lo español, de lo europeo, de la masa. Como Simone de Beauvior demostrando que el feminismo había venido para quedarse porque sencillamente es lo justo. Como Hanna Arendt enseñando que el mal es banal, que el mal es cada uno de nosotros huyendo de las decisiones éticas que debemos tomar. Como Stirner por dibujar el camino del anarquismo. Como Spinoza, como Hegel, como Schopenhauer…

Todos ellos y muchos más maestros de la Historia en el mejor de los sentidos y atacados y reducidos hoy en nuestro sistema educativo por la peor de las formas: desde el desprecio y la ignorancia. ¿O tal vez no se trata de ignorancia? Porque no se puede tratar de tanta ignorancia. No cabe tanta ignorancia sino en una estrategia interesada, tal vez burda, mediocre, pero nunca sin propósito, nunca ignorante.

Pero da (relativamente) igual. La Filosofía no ha muerto y no va a morir. Forma parte de nuestro ADN. La filosofía es muchas cosas, entre otras, buscar la pregunta adecuada y cuestionarse la respuesta que parece definitiva. Y en España no hay nada menos definitivo que un Plan de Estudios. En cualquier caso la filosofía traspasará las fronteras que se le pongan por medio y atravesará los muros que haga falta. Ya se encargará de un modo o de otro de seguir respirando, porque también, la filosofía es bella, y la belleza siempre encuentra un camino para resistir.

Todo esto, y mucho más, me ha enseñado la filosofía.


Publicado originalmente en dekrakensysirenas.com, @krakensysirenas, el 28.06.16