Maestros Antiguos, Thomas Bernhard

Empezaré por lanzar la siguiente panorámica del autor; es difícil encontrar una prosa más ácida que la de Thomas Bernhard. Hasta donde le he leído, nunca hace concesiones a la esperanza ni a la estética, y Maestros Antiguos, se dice que su último texto, es un claro ejemplo de esa prosa que menciono.

La novela está contada por un narrador testigo llamado Atzbacher del que apenas sabremos nada, pero que no cesará en su empeño de contarnos cómo ve el mundo su amigo Reger, musicólogo y crítico de arte que desde hace muchas décadas acude día sí, día no, al Kunsthistorische Museum de Viena, para sentarse en el mismo banco y frente al mismo cuadro, El hombre de la barba blanca, de Tintoreto. Desde la misma sala de ese museo, disparará sin piedad y sin cuartel sus ideas contra toda arquitectura humana, ya sea pintura, filosofía, educación, política, música… o incluso los mismísimos retretes vieneses.

La crítica de Bernhard a todo lo que se mueve en general, y a todo lo austriaco en particular, es de tal calibre, que mientras leía la novela pensaba que nuestros escritores nacionales más cáusticos (estoy pensando especialmente en los artículos de Pérez Reverte y Javier Marías), apenas si son simples aficionados a la hora de poner a caldo nuestras idiosincrasias patrias. Pero como ya he dicho, tiene para todo y para todos y especialmente ataca a los intocables en un ejercicio que desespera por su discurso bastante irreprochable desde un punto de vista argumentativo. Allá donde otros vemos tablas de salvación, llega él para prenderlas fuego.

Ejemplos de esa crítica furibunda hay a docenas a lo largo de las páginas y desde luego no se le puede acusar de no atreverse a atacar el establishment, especialmente el artístico. Así, el Greco será un pintor de segunda fila que no sabe trazar una mano, Beethoven un cursi de narices, Heidegger el filósofo más sobrevalorado de todos los tiempos… Y sorprende especialmente porque más allá de que estemos dispuestos a comprarle sus argumentos concretos, su punto de partida es inapelable: de cerca, ninguna obra de arte es perfecta. Si se analiza con tiempo y precisión, cualquier logro humano, hasta el mejor considerado, se cubre de fallos.

Y eso con respecto a lo mejor, porque, qué decir, nos dirá, de la mediocridad de los historiadores del arte, qué de las conductas zafias que llenan las vidas de las personas humildes, qué de la predisposición hacia la maldad de nuestra especie al margen de cualquier condición social. La novela por momentos me robó tanto el aire, que a pesar de la lucidez (oscura, ácida y amarga, pero lucidez al fin y al cabo) tuve que leerla con prisa para acabar con tanta atmósfera desagradable. De hecho, y aquí viene mi mayor crítica a la novela, hay un momento donde comencé a sentir que había una hoja de ruta por parte de Bernhard para ir despellejando todo lo humano. Y todo, especialmente si se hace de manera sistemática, probablemente sea demasiado.

Soy consciente de que llego al final de la reseña cometiendo un silencio, quizá imperdonable, hacia la figura de la mujer muerta del musicólogo, ¿no es acaso su pérdida el desencadenante de su radical visión fatalista? Si ella todavía estuviese a su lado, ¿acaso el arte todavía salvaría el sentido de la existencia, que es lo que el protagonista viene a negar al final de su vida? Y si es así, ¿no estaría Reger dispuesto a reconocer por tanto que el amor es el último y el primer motor? Lo dejo aquí, no vaya a convertir ahora a Thomas Bernhard en un romántico perdido.

Agosto 2018


 

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