Ordalía

Una palabra tuya bastará para que exista.

 

En 1775 el rey Carlos III prohibió la pena de muerte por ahorcamiento. Lo hizo a favor del garrote vil. Los motivos por los que se adoptó este cambio no están del todo claro, o al menos, así me lo parece a mí tras la investigación histórica que he realizado.

Muchos tratarán de poner en duda mis conclusiones y harán bien en intentar refutarme. Pero mientras no me aporten pruebas concluyentes, sostendré que la introducción del garrote llegó tras el fracaso de todos los demás medios de ejecución, en el misterioso incidente acaecido a finales de 1774 en Villaluz, pueblecito hoy desaparecido de Castilla la Vieja.

 

El reo perdió el control del esfínter.

La mañana era soleada. Corría una brisa fría pero agradable. En la plaza del pueblo comenzaron los vítores que celebraban la inminente ejecución.

−Pronto acabará todo –le dijeron los dos alguaciles al condenado−, así que no te vayas la pata abajo, que no tenemos por qué oler tu mierda.

El reo temblaba. A veinte pasos de la horca estuvo a punto de desmayarse. Los alguaciles le sujetaron cada uno de un brazo y consiguieron subirle medio a rastras hasta la plataforma de ejecución. Allí le esperaba el verdugo con gesto serio y profesional.

La palabra «cobarde» fue la más repetida por la muchedumbre. «Violador» y «asesino» iban un poco a la zaga. Un niño de rostro angelical acertó en la cara del desgraciado con un tomate. Hubo un estallido de risas.

El cura se abrió paso entre los aldeanos. Llegaba tarde. Impuso el silencio. Los asistentes fueron respetuosos mientras el cura hacía su trabajo. Concedió el sacramento y perdonó los pecados.

El reo pidió la capucha. El verdugo se la concedió. También le puso una mordaza. Sus últimas palabras fueron en un farfullo: «el mundo es un lugar muy sucio y yo soy lo más sucio de todo».

Los alguaciles y el cura bajaron de la plataforma. El verdugo le colocó sobre la trampilla, luego le ajustó la soga con meticulosidad. La muchedumbre se mostró expectante, excitada.

El verdugo tiró de la palanca. La trampilla se abrió.

El reo quedó suspendido en el aire. Las leyes de la lógica no hicieron su trabajo.

El verdugo perdió su imperturbabilidad, se le dibujó una cara de idiota. Expresiones de asombro llenaron la plaza. No tardaron en llegar gritos de «¡El demonio!» y, «¡Brujería!».

El cura reaccionó tras unos segundos de estupefacción. Ordenó al verdugo que acabara con el reo. El verdugo se alegró. En una esquina de la plataforma había dejado su hacha de ejecución y caminó hasta ella. Siempre la llevaba consigo a pesar de que las decapitaciones se habían abolido hacía años. Con el arma en la mano regresó hasta donde se situaba el reo. Este permanecía suspendido en el aire sin siquiera saberlo. Su cuerpo adoptaba un extraño escorzo. No podía ver ni hablar y lo que escuchaba carecía de sentido.

Tampoco el reo pudo ver cómo el verdugo levantaba el hacha, ni entender por qué la muchedumbre volvía a callarse. Fue el único que no vio cómo se abría la trampilla que había a su lado justo bajo los pies del verdugo, ni cómo este caía por ella, ni cómo la mala suerte se cebaba con el ejecutor, cuando el hacha, desprendida de sus manos con la inesperada caída, con una fuerza y precisión extraña, se le clavaba en la cabeza y la partía en dos.

Hubo varios gritos de espanto. Incluso alguna madre tapó los ojos a sus hijos. Asistían para ver la ejecución de un asesino, no la muerte horrible de un siervo de Dios y del Estado. Pero también hubo voces que jalearon sin quedar claro por qué lo hacían. Incluso una mujer comenzó a reírse, en Villaluz la tenían por loca. No le dieron mayor importancia.

Los dos alguaciles decidieron tomar cartas en el asunto. A los pies de la plataforma prepararon sus mosquetes de chispa. Pidieron autorización al cura. Este, cada vez más cariacontecido, lo concedió con un asentimiento de cabeza.

Dispararon los dos a la vez, desde abajo, a escasos tres metros del reo que seguía levitando. Los disparos acertaron de lleno en la cara de los propios alguaciles. Sin explicación posible se mataron entre ellos. La sangre llegó a salpicar al cura y a las primeras filas de la muchedumbre.

El espanto y los gritos se adueñaron de la plaza. La loca estalló a reír. El reo seguía sin entender nada, deseaba morir de una vez, acabar con la agonía de la espera. El cura volvió a reaccionar:

−¡Ordalía! ¡Es una ordalía de Dios que el reo ha superado! ¡Es inocente! ¡Dios se manifiesta ante nosotros!

Sin embargo la muchedumbre no pensó lo mismo. Ni siquiera sabían lo que significaba la palabra «ordalía».

−¡El diablo mismo es lo que es! –gritó un aldeano, y hasta se atrevió a decir: −¡Y el cura es su siervo!

−¡El fuego, el fuego, el fuego! – se coreó.

El cura intentó evitar que el pueblo siguiera adelante porque pensaba que Dios había sido claro en su mensaje. Sin embargo la muchedumbre no vio esa claridad y apalearon al cura hasta la muerte.

La loca se desternillaba de risa revolcándose por el suelo.

En unos pocos minutos los hombres y mujeres de Villaluz llenaron de paja la plataforma sobre la que quedaba suspendido milagrosamente el reo. Este se contorsionaba desesperado y lleno de angustia.

Prendieron fuego. En un primer momento las llamas agarraron la paja y la madera pero antes de lograr su objetivo se apagaron de golpe. De inmediato resurgieron, pero lamiendo las ropas de quienes habían contribuido bien con el fuego, bien con la simple idea de la hoguera. Pronto, todos salvo el condenado, la mujer loca que seguía riendo, y los niños, gritaban envueltos en llamas.

El humo, la carne quemada y el horror llenaron con su aroma la plaza pública. Cuando murió el último de los que ardían vivos, a la loca se le indigestó la risa y se ahogó en ella.

Fue entonces cuando el reo cayó por la trampilla como debía haberlo hecho mucho antes. No se rompió el cuello y agonizó durante más de una hora hasta morir.

Al caer la noche el único aldeano que no había querido asistir a la ejecución, regresó de trabajar en el campo. Se encontró de bruces con la plaza cubierta de cadáveres. Y con los niños. Al principio no podían articular palabra, luego contaron lo que se recoge en esta historia, la que el aldeano también contó a las autoridades, la que estas silenciaron hasta que husmeé en los archivos pertinentes.

Culpable

I

Finales de la segunda década del siglo XXI

Difícilmente se podía negar la pasión. La cama chirriaba desde hacía rato con cada embestida de él sobre ella. Los dos sudaban, los dos jadeaban, y sin embargo, algo no encajaba del todo.

Había cierta contradicción entre la luz encendida de la habitación, y que los dos estuvieran con los ojos cerrados, entre el supuesto placer de ambos, y sus caras; de sufrimiento en él, de cálculo en ella. Eso sin mencionar el asunto del cuchillo debajo del colchón.

Ella abrió los ojos y al leer el rostro de dolor que tenía frente a sí, supo que había llegado el momento. Entonces y a punto del orgasmo mutuo, susurró un nombre, susurró otro nombre, susurró el otro nombre. A él se le escapó el llanto que había contenido desde hacía mucho, y lo acompañó de un grito penoso y ridículo mientras su miembro se le contraía bajo el mazazo recibido. No lo soportó más y estiró el brazo hasta el cuchillo, lo alcanzó sin dificultad, y lo elevó de inmediato.

El miedo de ella resultaba extraño, parecía querer aparentar horror, pero un rictus malicioso de su expresión impedía su éxito. Él permaneció con el cuchillo en alto durante unos segundos, ella esperaba. Finalmente Lucrecio, desesperado y desbordada la rabia contenida desde hacía ocho meses, descargó el brazo y clavó el cuchillo hasta la empuñadura. Lo hizo sobre el colchón, no sobre Carmen.

 

II

Catorce meses más tarde

El portavoz del jurado popular fue llamado por el juez para leer la sentencia. Era un hombre robusto, de mediana edad y pelo cano, que se mostró decidido en sus gestos y no falto de pose, consciente como no podía ser de otra manera, de su momento de gloria en aquel juicio para unos histórico, para otros absurdo, y para todos rocambolesco.

−El jurado declara por unanimidad al acusado Lucrecio Cerca, culpable del cargo que se le imputa…

Mientras se leía la sentencia del jurado, la cara del juez perdió por un momento la absoluta seriedad petrificada que había mostrado durante todo el proceso, y dejó paso contra su voluntad, a una expresión donde cabía apreciar hartazgo e incomprensión.

El acusado por su parte, transmitía una extraña serenidad a pesar de la sentencia, y a pesar de los cientos de flases disparados contra él, que inmortalizaban cada segundo de los últimos coletazos del juicio «más banal pero necesario», como lo describía uno de los renombrados periodistas que informaba del proceso, «desde el inicio de esta década, y tal vez del siglo». Qué era lo que realmente cruzaba por la cabeza de Lucrecio en aquellos momentos, es algo sobre lo que se volverá al final de esta historia.

En cuanto a Carmen Luz, ya víctima oficial para la justicia, se encontraba en una de las últimas bancadas, también bajo los flases de los periodistas, y mostraba un gesto de satisfacción que, sin embargo, no anulaba su miraba de odio reconcentrado hacia el acusado y culpable. «Sigo viva y separada de Lucas Morrison, y ambas cosas son por culpa de Lucrecio Cerca. El daño que me ha hecho ese hombre es irreparable, y no hay  condena que me alivie». Estas fueron las únicas declaraciones que durante el juicio había realizado Carmen.

 

III

Veinte meses antes del incidente del cuchillo

Lucrecio estaba sentado un atardecer de primavera en uno de los bancos del Parque Olimpo. La cabeza entre sus manos denotaba un estado de ánimo pésimo, que confirmaban sus pensamientos, resumidos en la idea que apuntaban periódicos, revistas, y programas de televisión especializados o no, según los cuales el éxito más rotundo le había devastado. Por una vez, estaba de acuerdo con ellos.

Al sentir un lengüetazo en la rodilla alzó la cabeza con sobresalto. Acto seguido llegó el reproche de una dueña a su perro, un labrador color canela que miraba a Lucrecio con la lengua ladeada y satisfecho de sí mismo. La dueña hizo una disculpa muy sentida. Él tardó en reaccionar, primero por estar absorto en su mundo derruido, segundo por la sorpresa, y finalmente, porque desde hacía mucho tiempo no le dedicaban una sonrisa tan limpia.

Cuando al fin reaccionó, pidió a la mujer que fuera indulgente con aquel bonito y simpático labrador. La dueña, unos diez años más joven que Lucrecio, no tuvo ningún problema en perdonar a su perro y relajó la correa para que el animal pudiera recibir sin agobios las caricias que Lucrecio le prodigaba. Este por su parte, y a pesar de las innumerables entrevistas, reportajes y ferias de libros de los últimos años, se mostraba intimidado ante la candidez que desprendía la mujer. Ella se terminó por sentar en el banco totalmente relajada, y sin dejar de mirarle, le dijo que parecía estar triste, casi abatido.

«¿Tú crees?» Fue la respuesta en forma de pregunta que se le ocurrió a Lucrecio, a quien se le hizo a la vez patente, lo insulso que sonaba por un lado, y por otro, que de haber dado una respuesta Lucas Morrison, esa bonita mujer ya estaría rendida a sus encantos.

Sin embargo quien había contestado de un modo irremediable era él, y a pesar de su torpeza, ella le seguía sonriendo con candor. Lucrecio, en un juego de silencios alargados que a él le incomodaban pero que a ella parecían divertir, pensó que en ese rostro afable no había un ápice de reconocimiento hacia su persona, y nada le pudo parecer más salvífico.

 

IV

Cuatro años y medio antes del encuentro en el parque

            El joven escritor Lucrecio Cerca rebosaba ideas camino de la editorial. Se encontraba inspirado y tenía verdaderas ganas de reunirse con su editor para comunicarle que estaba en plena ebullición creativa y, que paladeaba de nuevo los orígenes de una novela tan rompedora y original como las otras dos publicadas anteriormente. Hasta tenía el nombre de su protagonista principal, una de las cosas que más esfuerzo le habían costado siempre.

Llegaba tarde porque se había tenido que parar a escribir en su libreta, las ideas, esbozos de personajes, y los requiebros de la trama, que llamaban a las puertas de su imaginación. Y eso sin mencionar su natural despiste por el que se confundió de tren.

El editor le recibió en su despacho, correcto como siempre pero sin el ánimo de otras veces. Además, le recibió con una mueca de seriedad que Lucrecio podría haber notado sin esfuerzo, si hubiera permanecido mínimamente atento, cosa que no hizo.

−Tenemos que hablar –dijo el editor.

−Por supuesto –contestó entusiasmado Lucrecio sin advertir el tono−. Creo que en un año o en un año y medio podré presentar un manuscrito excelente, revolucionario, cargado de…

−Lo que tendrás que hacer en seis meses, Lucrecio Cerca –le interrumpió el editor−, es presentar algo verdaderamente distinto a lo que has escrito hasta ahora.

El rostro de Lucrecio mudó de inmediato y se le borró de golpe la felicidad. Por fin pareció atisbar de qué iba aquella reunión concertada fuera de agenda.

−Amigo –continuó el editor con Lucrecio ya centrado−, tienes un talento prodigioso, una imaginación desbordante, y una prosa que ya quisieran para sí la mayoría de los escritores de hoy, pero has publicado tres novelas con nosotros, y eres nuestro autor menos vendido.

«He apostado por ti durante estos casi cinco años. Y lo he hecho porque creo en lo que haces… y porque tenía un prestigio que ya no me sirve de mucho. La editorial ha sido tajante conmigo, o consigo que presentes una obra comercial en poco tiempo, o me tengo que desprender de ti, para que no se desprendan también de mí».

Lucrecio trató de reponerse del golpe.

−¿Me estás pidiendo acaso un best seller o algo parecido? ¿Estás de broma? Sabes que estoy en las antípodas de manufacturar –dijo esta última palabra no sin desprecio− algo así, sabes que…

−Basta Lucrecio, ha llegado la hora de demostrarte a ti mismo si tu talento es tan grande como tú y como yo pensamos. Hacer dinero no es una tragedia. Usa tu don para crear un producto comercial, y cuando te llenes los bolsillos, podrás volver al camino que tú elijas.

«Amigo, la editorial lo tiene claro, no quiere kafkas ni van goghs, no quiere mártires del arte, quiere ingresos… y quién se lo va a reprochar hoy día.

 

V

Unos cinco años antes de esa reunión

El móvil comenzó a sonar en mitad de la entrevista de trabajo. Lucrecio se sonrojó y se disculpó nervioso mientras sacaba el teléfono del bolsillo para apagarlo. Sin embargo, antes de hacerlo miró por un instante la pantalla, vio que se trataba de un número desconocido, y contra toda lógica y educación, dijo al entrevistador que no estaba interesado en el puesto.

Lucrecio salió del despacho de recursos humanos de modo atropellado, consiguió atender la llamada en el quinto tono. Esta vez sí, su corazonada había resultado cierta.

Unos cuantos meses atrás el joven Lucrecio no podía disimular su entusiasmo, acababa de terminar de escribir su primera novela. Pensaba que el manuscrito era realmente bueno, pero no se engañaba y sabía que lo difícil consistía en hacérselo pensar también de ese modo a las editoriales. No se le pasaba por la cabeza apostar por alguna de las nuevas formas de edición ya bien asentadas, y por si fuera poco, no se conformaría con cualquier editorial, sino que solo enviaría su obra a unas pocas, aquellas con las que había crecido y donde se encontraban los escritores más grandes de siempre.

Tres días más tarde de la llamada que le había sacado de la entrevista de trabajo que narramos, Lucrecio se reunió por primera vez con quien sería su único editor. Este sobrepasaba los cincuenta años, desprendía confianza en su forma de hablar, y pensaba que aquel joven podía tener un futuro brillante. Lucrecio no conseguía disimular sus nervios.

El joven escritor hablaba atropellado y sin demasiado sentido. Justificaba su nombre por la pasión de su madre hacia el Rerum Natura del poeta romano Lucrecio, y lo mezclaba con los cronotopos que usaba en Tierra de todos, que así se llamaba su novela. Pasaba de Tolstoi a Sade sin respirar para hablar acto seguido de los alienantes trabajos que había desempeñado hasta la fecha. O alababa a la editorial por atreverse a publicarle cuando en su catálogo no había un solo autor sin prestigio, mientras pasaba a criticar de inmediato a este y a aquel escritor por repetirse, por faltar a su propia honestidad con autocensuras, y por someterse a lo comercial.

El editor le escuchaba. Le dejaba hablar lo máximo posible. Le gustaban esas muestras de inocencia. Y con respecto a otros discursos similares de otros escritores jóvenes, pensaba que al menos esta vez, quien lo hacía tenía verdadero talento.

          

 

VI

Tierra de todos fue un rotundo fracaso comercial. En cuanto a la crítica especializada, la mayoría la calificó de pretenciosa y de galimatías, aunque unos pocos la elevaron a la categoría de clásico moderno, sin dejar de reconocer, que su ostracismo estaba garantizado tanto por su temática como por el tratamiento que se hacía de ella.

Luego llegaron otras dos novelas que siguieron derroteros similares de venta y análisis. Ininteligibles para casi todos, y abrumadoras y luminosas para un puñado de entusiastas si sumamos a lectores y críticos.

La editorial se cansó de las ventas o más bien de la falta de estas. Dio un toque de atención a su editor estrella, quien se había estrellado en los últimos años por apuestas arriesgadas al estilo de Lucrecio, y así es como se llegó a la entrevista esbozada en el Capítulo IV, donde se le exigió al escritor no tan joven ya, que cambiara el signo de su éxito, o le dirían adiós.

Y vaya si logró cambiar su signo.

De todas las ideas y apuntes que Lucrecio Cerca había recogido en su libreta, de camino a esa reunión fuera de agenda con su editor, solo conservó dos palabras: Lucas Morrison.

Después de un mes mortificado por la decisión a tomar, de si acometía la propuesta de su editorial y renunciaba a sus principios, o de si los mantenía y comenzaba un camino de plena incertidumbre fuera del único apoyo que había encontrado durante años, se decantó finalmente por la primera opción.

Al mes llamó a su editor y le pidió consejo. Juntos comenzaron a trabajar en un proyecto de novela donde tal vez faltaba la fe, pero donde sobraba talento y buen hacer.

Durante las primeras entrevistas que Lucrecio concedió tras su éxito arrollador con, Lucas Morrison, agente inverso, lo dejó claro y lo decía sin pudor.

−He cocinado el libro siguiendo la receta conocida; un cuarto de aventura y acción, otro de intriga, la pasión necesaria entre los personajes, una pizca de oscuridad, los giros argumentales precisos…

El gasto enorme que la editorial realizó en márquetin y publicidad cuando tuvo la certeza de que tenían un best seller entre sus manos, cargado además de talento porque eso no se lo iban a negar, fue un punto que Lucrecio omitía en esas mismas entrevistas. Pero, ¿era justo acaso reprochárselo? Hubo quien sí lo hizo. Y es que aquellos pocos que le habían leído y alabado en el pasado, no entendieron su evolución calificándola en todos los niveles salvo en el comercial, de traición.

En los años siguientes −junto al dinero, los premios, los reportajes, las adulaciones, y los problemas personales más o menos públicos del escritor ya consagrado, que convirtió a Lucas Morrison en saga, en franquicia, en tendencia sociológica, y hasta en mito para muchos−, Lucrecio Cerca dejó hueco para esas aisladas críticas de sus viejos lectores, y estas añadieron un punto de profunda amargura en el crisol de sus triunfos. Tal vez eso ayude a explicar, él mismo nunca lo tuvo claro del todo, que siempre se negara a cruzar obstinadamente la “última frontera”, como él mismo describía en su círculo más íntimo la negativa de que Lucas Morrison saltara a la pantalla.

En esos años había puesto su talento al servicio del bien común, es decir, de su bolsillo y del bolsillo de su editorial. Pero por motivos incluso confusos para él mismo como queda dicho, y pese a que el bolsillo se le hubiera roto del peso si hubiera dicho “sí”, se negó siempre a aceptar que su personaje diera el salto fuera de sus páginas.

Nadie lo entendía, ni los encargados de hacerle llegar las suculentas ofertas, ni sus millones de fans, ni siquiera sus pocos detractores. Tampoco su viejo editor, quien le llegó a decir: «Ya estoy mayor para orgullos sin sentido… y no solo me refiero al tuyo; di que sí a una de las ofertas que nos hacen, y permíteme un retiro cinco estrellas. Aprendamos a lidiar con el cargo de conciencia». Pero en esta ocasión su editor no logró convencer a un Lucrecio cada vez más taciturno.

Su negativa sin embargo terminó por dar igual en términos de resultado, ya que pocos meses más tarde del último intento de su editor por convencerle, la editorial llevó a juicio el caso, y lo ganó tras basarse en argumentos como que el interés general quedaba por encima de la propiedad intelectual. Y así es como Lucas Morrison cruzó la “última frontera”, y llegó al cine, y a los videojuegos, a varias series de televisión, y a todos los que se le habían resistido porque leerle era una barrera que acababa de saltar por el aire.

 

VII

Ya se ha dicho, Lucrecio Cerca estaba cada vez más taciturno a pesar de haberse consagrado. Y la mala jugada que le hizo la editorial terminó por convertirse en la puntilla definitiva. Dejaron de divertirle las fiestas fueran del cariz que fueran; dejaron de interesarle los halagos y los premios; dejó de ser feliz cuando leía, lo que le dolió sobremanera; y ya no se sentía realizado al escribir, lo que le hundió del todo. Finalmente se sintió esclavo, primero del dinero, y después de su propio personaje.

Lucas Morrison ocupaba enormes carteles en las grandes y pequeñas ciudades de todo occidente y de buena parte de oriente. La imagen de Lucas forraba carpetas y cuadernos, y ocupaba los fondos de pantalla de ordenadores, móviles y tablets de millones de adolescentes, mujeres y hombres. Lucas se había convertido en un fenómeno de moda y de masas que parecía haber llegado para quedarse. Y es que Lucas Morrison en definitiva, se convirtió en el personaje de ficción más real que cupiese imaginar, sentir, y hasta tocar.

Lucrecio Cerca lo tuvo claro una madrugada lluviosa y solitaria que paseaba por el parque Olimpo, tiempo antes del atardecer primaveral con el que habríamos el Capítulo III. Al llegarle el fogonazo de la inspiración, cambió de inmediato su estado de ánimo, y pasó de lo depresivo a lo eufórico. Tardó apenas tres meses en escribir su cuarta y última novela de Lucas Morrison, donde este moriría con saña, a mitad de la obra, y sin heroicidad alguna.

La editorial puso el grito en el cielo cuando se enteró de la noticia. Su editor, que no terminaba de entender el fin perseguido aunque creía intuirlo, le citó en su despacho nada más terminar el manuscrito.

−No se te puede acusar de que a la novela le falte coherencia interna, garra narrativa e ingenio –comenzó a decir el editor a Lucrecio mirándole con más curiosidad que decepción o reproche−. El problema es, y lo sabes, que la obra va contra la lógica. Contra la lógica del mundo que decidimos abrazar en su momento. Y amigo, hay que ser consecuentes con las decisiones que adoptamos. En el libro vienes a retractarte de ese paso y se lo haces pagar a tu criatura, sin traicionar la verosimilitud gracias a tu talento. Lo que haces –terminó de decirle mirándole con fijeza−, para mí tiene sentido, pero no lo comparto. Y para el resto, no hay sentido que valga… y te van a destrozar.

Puesto que a la editorial no le interesaba destrozar a Lucrecio Cerca, porque si lo hacía con seguridad él destrozaría a Lucas Morrison, trataron de convencerle para que no siguiera adelante con su idea. Lo intentó quien quiso ser su nuevo editor después de que el editor estrella de la editorial, decidiera prejubilarse por no verse implicado en lo que se avecinaba, y lo intentaron los directivos con una increíble subida del porcentaje de ventas. Pero cuando ambas vías fracasaron, le prohibieron la publicación de la novela. O más bien lo intentaron.

Lucrecio no se dejó intimidar. Se despidió de su editorial, rechazó las ofertas de otras que vislumbraron el gran negocio a pesar de la muerte del héroe, y se autopublicó el libro.

La calle lloró y rugió con la noticia. Hubo actos de vandalismo contra muchas librerías que lucían en sus vitrinas la obra, amenazas de muerte contra un desbordado Lucrecio que tuvo que cambiar de domicilio, funerales multitudinarios por Lucas Morrison, y hasta se contabilizaron una docena de suicidios directamente relacionados con la novela. La muerte de los fans rubricó lo que resultaba evidente, que se habían traspasado los límites de la cordura, y borrado la línea entre ficción y realidad.

El libro por su parte no dejó de ser un total éxito de ventas, produciéndose un fenómeno típico con obras de otras épocas como El Quijote o La Biblia, pero novedoso con los best seller actuales. Esto es, se compraba pero en buena medida no se leía. El motivo no era la incapacidad de los lectores o que la obra resultase aburrida, sino que el morbo era derrotado, y se sustituyó por la siguiente idea viral: si no se llegaba hasta la página de la muerte de Lucas Morrison, este no moría realmente.

A Lucrecio lo que le tocó en poco tiempo fue envejecer a grandes pasos. Engordó más de diez kilos, se le arrugó la cara, y le crecieron unas enormes bolsas bajo los ojos. Cada vez que se miraba al espejo, se horrorizaba del cambio y se preguntaba cuáles de sus muchos problemas eran los causantes más directos de aquella transformación.

No sin cierta sorna contra sí mismo, concluyó que en el segundo puesto de su declive, se encontraban los sesudos análisis que siempre le crucificaban, mientras que en el primero, se hallaba el hecho de tener que cargar con el peso de la conciencia de las decisiones de otras personas, que por cientos se declaraban deprimidos por su culpa, y que en los casos más extremos, hasta se quitaron la vida como ya se dijo.

Por si fuera poco tuvo que ver cómo los tribunales se cebaban por segunda vez con él. La que había sido su editorial le denunció por  incumplimiento de contrato entre otros motivos, y Lucrecio Cerca perdió de nuevo. Con la sentencia tuvo que decir adiós a los millonarios ingresos de su última novela, confiscados por haber sido publicada fuera del marco legal al que se había comprometido, y perdió todos los derechos de autor de la saga de Lucas Morrison, por un retorcimiento jurídico que solo unos pocos llegaron a entender.

 

VIII

Toca regresar a ese momento en el que Lucrecio se encuentra en un atardecer primaveral, en uno de los bancos del Parque Olimpo, sorprendido de tener frente a sí la cara sonriente y llena de inocencia de una mujer que, parece guardar la promesa de un renacer justo cuando él más lo necesita, pues no se hundía en el pozo más negro y profundo, sino que estaba a punto de conformarse con permanecer en él.

El alegre perro labrador color canela les mira alternativamente y para Lucrecio, es la confirmación de los buenos augurios.

Pronto los tres se van a vivir juntos, y el escritor no tarda en recuperar la vitalidad que creía perdida para siempre. Carmen y el perro logran el milagro sin demasiado esfuerzo. El labrador se encariña del escritor desde el principio. La mujer, en los meses venideros, confirma su dulzura, su bondad, y hasta su atractiva inocencia en hechos como que asegura desconocer casi todo del personaje de Lucas Morrison, pues aunque como no podía ser de otra manera ha escuchado casi todo sobre él, nunca siguió sus historias al percibir, que tras su encanto había un prepotente insufrible, donde el resto del mundo veía a un prepotente, sí, pero al más sufrible y deleitable de cuantos habían existido.

Es más, Lucrecio lleno de vergüenza, incluso se atreve movido por la confianza que le otorga la relación, a enseñar a Carmen Luz las novelas de su primera época, y para deleite suyo, ella le dice tras leerlas ávida, que son maravillosas, dando muestras con sus juicios, de que entiende casi todo lo que él pretendía decir en su día.

Así es como Lucrecio Cerca recuperó la confianza en sí mismo y decidió volver a retomar la escritura, tras haber recorrido un camino tortuoso: el de la nada más absoluta después de haber saboreado las mieles de la gloria.

 

IX

El lector ya sabe desde el principio que esta bonita relación entre Carmen y Lucrecio acaba decididamente mal, pero, ¿cómo se llegó al punto de los dos primeros capítulos?

Con el suceder de los meses el mundo parecía olvidarse poco a poco de Lucrecio y su crimen. Mientras, la pareja discurría en una relación dichosa y placentera. Sin embargo, al cumplirse un año del feliz encuentro, todo comenzó a cambiar y los cimientos de la pasión, la confianza y el respeto, empezaron a resquebrajarse.

Y lo hicieron de un modo extraño, alejados de la ruta habitual, pues en todo ese proceso hubo algo perverso: el cálculo.

La pareja llevaba un año de su particular cuento de hadas cuando un encuentro en apariencia casual, pero como se desveló más tarde, programado hasta el mínimo detalle, comenzó a agusanar la manzana del paraíso.

Ocurrió que al atardecer de un sábado otoñal de paseo con el perro, se toparon de frente con una antigua conocida de Carmen, y ante la visible incomodidad de esta, iniciaron una conversación.

Apenas si entre las mujeres hubo un intercambio que fuera más allá de lugares comunes, y Lucrecio tuvo la agradabilísima impresión de que no fue reconocido, por más que de vez en cuando aún fuera recordado en los medios como el causante de tanta infelicidad, o que unos pocos días atrás, se hubiera celebrado otro multitudinario funeral en recuerdo de Lucas Morrison. Sin embargo, cuando el encuentro cargado de banalidades llegó a su fin, la conocida lanzó un comentario que llamó la atención de Lucrecio, al apuntar esta que no entendía cómo era posible que ellos tuvieran un perro, cuando Carmen siempre los había odiado. La respuesta de esta fue seca y la despedida abrupta.

Tras el encuentro, a Lucrecio le pudo la curiosidad y entre carantoñas al labrador, preguntó a Carmen cómo se había producido esa transformación en ella, por la que el odio hacia los perros, se había convertido a todas luces en pasión. La respuesta esta vez fue larga y sonó natural, aunque a él algo no le terminó de convencer, si bien no indagó más sobre el asunto.

A partir de ese momento comenzaron a aparecer cada vez más, grietas en la candidez de Carmen. Casi siempre en forma de respuestas hoscas y fuera de tono, que Lucrecio no comprendía, pero que perdonaba y olvidaba aunque cada vez con mayor esfuerzo.

Luego, a los dos meses de la conversación sobre los perros, llegó una llamada que Lucrecio no debería haber escuchado, pero que lo hizo tras una puerta. Carmen, quien nunca le había presentado a su familia y de quienes apenas hablaba, conversó con un hermano en un tono de enfado y dureza contrario a todas luces a la personalidad que él conocía de ella. Por supuesto, no hablaron sobre el asunto a pesar de que Carmen estuvo a punto de descubrirle tras la puerta. O eso pensó ingenuamente Lucrecio.

La primera puñalada grave que sufrió el escritor llegó un mes más tarde, cuando perdía poco a poco la inspiración recuperada así como sus disciplinas de trabajo. Una vez más el suceso fue como por casualidad, pero sin faltar a su cita periódica de la extrañeza. Sucedió que Lucrecio se encontró en el ordenador de Carmen la página de un blog que ella no había cerrado al irse a trabajar, y que resultaba ser una crítica de las primeras novelas de él. Era una de las pocas buenas críticas que se podían encontrar en toda la red, y descorazonadoramente similar a lo que Carmen le dijera en su día sobre sus primeras obras. Para rematar el golpe, el pobre infeliz del blog que parecía extinto desde hacía años, y que había cosechado a la luz del contador unas paupérrimas visitas, tenía un mensaje de una tal C. L., que le llamaba muerto de hambre a él, y a Lucrecio Cerca. Este, no pudo sino curiosear la fecha del mensaje, y correspondía a tres semanas antes de que él hubiera conocido a Carmen.

Lucrecio no tuvo valor para decir nada, pero no supo actuar con naturalidad, y ya no pudo ni perdonar ni olvidar como antes, por lo que cuando Carmen le sorprendía con una de sus acres respuestas, él no se callaba y la pelea resultaba monumental. Sin embargo, a él le costaba romper un presente mediocre cargado de un pasado edénico, y la reconciliación siempre llegaba al final.

A los seis meses y tres días de aquella conversación sobre los perros, y cuando por cierto, el labrador canela ya era asunto completo de Lucrecio y una clara molestia para Carmen, llegó la segunda puñalada, que vino a impactar directa en la línea de flotación de la estabilidad emocional y recuperación de Lucrecio. Este descubrió un diario de Carmen, y tras varios días luchando con su conciencia, finalmente perdió y comenzó a leerlo.

La Carmen Luz del diario confirmó todas las sospechas de Lucrecio, y mucho más. No solo había una personalidad de ella radicalmente distinta a la que él había conocido al principio, y no solo la segunda Carmen resultaba ser la verdadera de acuerdo con el diario, sino que desde el primer momento, Carmen había planeado una urdimbre oscura, a resumir en que primero quiso tener las ruinas de Lucas, y al no conseguirlas, quiso venganza.

Carmen, reflejaba en su diario, había sido una apasionada de Lucas Morrison, y como tantos otros millones de apasionados, se indignó con su final. No obstante y a diferencia de los demás, ella no había querido conformarse con la pataleta, la depresión, o el suicidio, y tramó conocer a Lucrecio. Su razonamiento recogido con letra frenética era el siguiente: si el escritor había sido capaz de crear a un personaje como Lucas, era porque tenía buena parte de los rasgos de esa creación, y si ella no podía tener a la obra creada, se conformaría con tener a su creador.

Hasta ahí llegaba la primera parte del diario. Luego, comenzaba una segunda tal vez menos delirante,  pero más oscura. Consistía en la constatación del error de cálculo de Carmen, por el que se mostraba cada vez más irritada al descubrir que entre criatura y creador no encontraba nada de lo que ella buscaba. Escribía a partir de entonces estar volviéndose loca a causa de su error, y terminaba apuntando en sus últimas entradas, pocos antes del desenlace, que iba a dormir con un cuchillo escondido debajo del colchón, con el fin de acabar cualquier día con Lucrecio, con el fin de acabar cualquier día con el impostor.

El tiempo que sucedió al descubrimiento del diario que no pudo dejar de leer durante los dos meses siguientes, fue un silencioso viaje al infierno para Lucrecio Cerca, que no se atrevió a decirle a Carmen que sabía su verdadera historia, que no tuvo el valor de dejarla, y que no supo huir.

Así es como se llegó a la noche fatal y a la escena del cuchillo y el sexo con la que se inició esta historia, cargados ambos de una morbosidad malsana y un exceso de alcohol por parte de Lucrecio, quien desde hacía tiempo bebía sin control. Él sabía que el cuchillo esperaba paciente desde hacía varias noches, y Carmen, como se desveló en el juicio junto a mucho más, sabía que él lo sabía. Ella decidió entonces que había llegado el momento, y susurró al asesino, el nombre de su víctima: Lucas Morrison.

Sin embargo y como se sabe, Lucrecio Cerca no la mató, sino que clavó el cuchillo sobre el colchón, provocando la ira por fin desatada de una Carmen Luz que propinó a Lucrecio golpes y arañazos, que este contestó con una pasividad insultante.

Al día siguiente se produjo la denuncia de ella, y el caso saltó a todos los medios.

 

 

 

X

El juicio desveló lo que faltaba por desvelar; el intento de venganza radical y extraño de Carmen, y que los tiempos en que vivimos son raros. O tal vez siempre haya ocurrido así, y en ocasiones, la línea entre ficción y realidad se borra mezclándose todo.

Resultó que solo una parte de lo que Carmen Luz escribía en su diario era cierto, pues su pasión por Lucas Morrison iba mucho más allá de lo razonable, y más allá incluso, de su idea de encontrar en Lucrecio (el creador), a Lucas (el ser creado). Así, al juntarse con aquel, no perseguía verdaderamente a este (y como no encontró nada de uno en otro, asesinarle), sino que su última intención era desquiciar a Lucrecio hasta que este la matara, logrando así ser asesinada por la misma mano que Lucas Morrison, lo cual en su trastornada cabeza (lo de trastornada lo corroboraron por unanimidad los informes psiquiátricos durante el juicio), la uniría en algún plano y de un modo eterno, con su anhelado Lucas Morrison.

Ya se sabe que el plan de Carmen fracasó porque el cuchillo no acabó en su pecho. Y ya se sabe que ella entonces denunció a quien no la había matado.

Las denuncias fueron dos, aunque solo prosperó una de ellas. La primera era tan disparatada que ni siquiera en esta década rocambolesca consiguió que se la aceptaran, y se resumía en que Carmen acusaba a Lucrecio por “no asesinato”. La segunda, que sí prosperó y que como también se sabe ganó ella, fue por ser “el causante directo de sus trastornos psíquicos y de conducta”.

Carmen Luz demostró sin lugar a duda sus trastornos. Relató pormenorizadamente cómo había diseñado su plan, que comenzaba con la compra «de un chucho de los más cariñosas que ofrecía el mercado» (así habló del animal que por cierto desapareció misteriosamente después de que ella negara a Lucrecio quedarse con el perro), que seguía por ofrecer un paciente año de paraíso, para luego tener el encuentro con la antigua conocida (en realidad una amiga de Carmen, también sedienta de venganza y de Lucas Morrison) y comenzara a cambiar todo, con la escalada de las malas contestaciones, con la llamada furibunda a su hermano, con la crítica vista en el blog, o finalmente, con la aparición del diario que también estaba manipulado para hacer pensar a Lucrecio lo que ella quería.

Carmen también relató y demostró con numerosos testigos, que hasta la aparición de la saga de  Lucas (de las primeras novelas de Lucrecio dijo que las había intentado leer mucho más tarde, y que le causaron asco), y sobre todo, hasta que el escritor no decidió asesinar a su protagonista, ella había llevado una vida ejemplar. Y a la luz de la sentencia también al jurado le quedó patente que la desaparición de Lucas Morrison la había vuelto loca, y que el máximo responsable, era precisamente Lucrecio Cerca.

Poco más cabe decir de todo este caso, salvo que Lucrecio, avezado en los juegos literarios, ha escuchado la sentencia y su condena con total calma. Por su cabeza, que nuevamente está empezando a salir del pozo donde recayó tras desvelarse la verdadera Carmen, cruzan tres ideas relacionadas. La primera apunta a que se ha convertido en personaje de su primera época: un eterno perdedor. La segunda, que Lucas Morrison ha cobrado definitivamente más realidad que él mismo. Y por último, que esa realidad no solo supera a la ficción, sino que la devora.

A Lucrecio Cerca no le cabe otra posibilidad que esbozar una sonrisa, mientras piensa que ha llegado el momento de volver al camino de la escritura.

La fila

Caía la noche pero esta vez eran los siguientes. Las semanas de espera llegaban a su fin. La puerta del apartamento que se había construido en una sola altura, en un solar en medio de la ciudad, estaba a punto de abrirse para ellos. La Cosa les esperaba.

Durante los largos y lentos días que se habían sucedido desde que se pusieron a la fila, las discusiones por ver quién entraba primero de los dos, habían sido constantes. Al final, la suerte de una moneda al aire decidió que fuese ella la primera en pasar.

La puerta se entreabrió. De nuevo el hedor que impregnaba el aire, de nuevo la luz blanca que se desparramaba fuera del apartamento. La pareja se miró por unos segundos con lágrimas en los ojos. Se despreocuparon de los impacientes rostros alineados detrás. Tras un cálido beso ella se dirigió hacia la puerta. Su cojera esta vez pareció un motivo de orgullo, saboreaban que el recuerdo agridulce perdería pronto su lado negativo.

Ella entró. Desde el interior alguien cerró la puerta de un portazo, como ocurría siempre cada vez que accedía el nuevo elegido. Él se quedó a la espera, calculó que bastarían cinco minutos. En breve la felicidad de ambos estaría asegurada. Comenzó a temblar.

Miró para atrás. Las luces amarillas de las escasas farolas que aún funcionaban, pintaban la acera de un gris extraño. Sobre esa lámina de color se extendía la fila hasta donde alcanzaba su vista. Su miopía pronto convertía a las personas que de modo escrupuloso y en silencio se colocaban de uno en uno, en manchas, pero si hubiese tenido la agudeza visual de un águila, tampoco podría haber abarcado la fila por entero. Esta reptaba de una calle a otra, rodeaba edificios, y no paraba nunca de crecer.

La fila se deshacía aproximadamente de un infeliz cada cinco minutos, pero cada cinco minutos llegaban de media a la ciudad tres o cuatro infelices nuevos,  venidos de cualquier lugar, y a los que había que sumar los que la propia ciudad generaba, rendidos antes o después a la promesa, como les había ocurrido a ellos.

Pronto la puerta se abriría para él y el pasado sería tragado en la forma en que lo había conocido. Quiso pensar por última vez en su vieja ciudad, transformada en un caos desde la aparición de La Cosa. Un caos específico y distinto al de cualquier otra ciudad. Hasta ese día se trataba de una ciudad a la vez triste y alegre como la mayoría, pero entonces se convirtió en dos ciudades irreconciliables. La de las personas infelices, a un lado, y la de las gentes felices, al otro.

Ellos habían tratado de resistir como muchos a la promesa de la fácil felicidad que ofrecía La Cosa, pero como la mayoría, pasaron de un entusiasmo resistente, a doblar sus voluntades con el paso del tiempo, los hechos y la evidencia. Al fin y al cabo, como rezaban los grandes carteles publicitarios que el alcalde había autorizado poner: luchar contra la felicidad carece de sentido. Convéncete. Conviértete.

Sintió que la puerta estaba a punto de abrirse para él. Sintió el pulso apagado del lado triste de la ciudad. Todo lo que quedaba vivo a ese lado parecía concentrarse en la fila, y todo lo que estaba en ella, lo estaba para huir hacia el otro lado. Lo demás había muerto o estaba en sus últimos estertores; en los supermercados los productos languidecían, en los hospitales ya no había enfermos, en las iglesias, no quedaba nadie para rezar y ni siquiera a quién hacerlo.

Ancianos, hombres, mujeres, niños… todos anhelaban llegar dos puertas más allá. El paraíso quedaba demasiado cerca como para ofrecer resistencia. Él sintió que había llegado la hora de olvidarse del pasado.

La puerta se entreabrió. De nuevo el hedor que impregnaba el aire, de nuevo la luz blanca que se desparramaba fuera del apartamento. Él se adelantó y llegó hasta la puerta. Bajo el arco de la misma vio cómo al fondo del apartamento, desaparecía ella tras otra puerta que desprendía un aura dorada, y que conducía hacia la parte feliz de la ciudad.

Ella no llegó a girarse. Ella se perdió bajo el aura. Él la vio caminar sin la cojera que le había acompañado desde los diecisiete años como secuela de un atropello por no respetar un semáforo. Él era el conductor que la atropelló, él quien no supo reaccionar a tiempo por su incipiente miopía. Así se habían conocido. La puerta que daba acceso a la ciudad feliz, se cerró con cuidado. Ellos pronto volverían a estar juntos.

Avanzó varios pasos dentro del apartamento y la primera puerta se cerró de un portazo. Él miró hacia atrás y se sorprendió al descubrir al alcalde. Este le sonrió y le señaló hacia un rincón. Hizo caso y su vista se topó de golpe con La Cosa. De un modo fugaz su cabeza se preguntó cómo era posible que en un espacio tan reducido, no hubiera prestado atención antes a aquello.

La Cosa era enorme, su cuerpo, viscoso, y devoraba el espacio del rincón que ocupaba. El elegido comprobó como lo hacían todos, que La Cosa no se llamaba así por casualidad. Los infelices habían escuchado rumores que no tenían confirmación, los felices no le daban mayor importancia física a su salvador. En cualquier caso, unos y otros nunca se mezclaban. Nadie infeliz había atravesado al otro lado de la ciudad sin pasar por el cuarto y por La Cosa. Nadie feliz había querido retornar a la infelicidad. El orden anulaba el caos.

La Cosa no parecía humana, pero no era descabellado pensar que lo hubiese sido en algún momento. Todas las partes de su cuerpo estaban hinchadas, su color era cetrino, sus articulaciones deformes. La cabeza sebosa no presentaba ojos aunque sí boca, no presentaba pelo aunque sí arrugas, no tenía orejas ni nariz aunque parecía escuchar y oler. Y hedía. La Cosa hedía, toda ella rezumaba un olor pestilente. A él ya no le quedaron dudas sobre la causa del olor que impregnara el lado triste de la ciudad. Cada vez que la puerta se abría para acoger a un infeliz, cada vez que un infeliz era depurado, dejaba su carga para el resto de infelices.

El alcalde leyó el recelo en el rostro del nuevo elegido. Nada a lo que el alcalde no estuviera acostumbrado, y tomó la palabra como había hecho tantas otras veces en ese mismo punto:

−Quemar el mal de la infelicidad conlleva consecuencias, este olor es una, otra es el color que le ves a la criatura, otra el dolor que padece y que debe digerir para sanarnos cada trauma, cada pérdida, cada tara, cada cicatriz… pero La Cosa es nuestro regalo, y se sacrifica por nuestra felicidad. Tú, como todos los que te han precedido, eres ahora el privilegiado. Acércate y tócala para que todos tus males, tus miedos, tus derrotas, desaparezcan y dejen paso a una permanente felicidad. Únete a la buena vida y al lado correcto de la ciudad.

El alcalde mostró su mejor sonrisa e hizo un claro gesto con la mano para que el elegido le hiciera caso. La Cosa también movió ligeramente su rotundo cuerpo y, pareció incitarle a que se acercara.

Él quiso ser feliz como todos, y quiso serlo junto a ella, y quiso estar al otro lado donde la esperanza se hacía realidad. Él estaba convencido y ya no temblaba como le ocurrió por un momento antes de entrar. La Cosa no le daba miedo, ni asco, apenas sentía su hedor, tampoco le molestaba la mirada apremiante del alcalde… y sin embargo.

Sin embargo no se acercó a La Cosa. Sin embargo dijo «no», y «lo siento». Sin embargo miró con angustia hacia la puerta por la que se había perdido ella, y renunció. Y se giró, y volvió sobre sus pasos. Y la mirada del alcalde fue amenazadora, y La Cosa se agitó, y el hedor…

Él sin embargo no reparó en todo eso y siguió hasta la puerta que le conduciría de nuevo hacia el lado triste de la ciudad. Al girar el pomo, le pareció oír que afuera, algo se desmoronaba.

Invitación

De un segundo para otro me olió a espliego y a lluvia recién caída. Ahí llegó mi primer pestañeo de incredulidad. Estaba en Madrid, a mitad de agosto, con su cielo azul sucio, y acababa de embocarme en el metro.

El olor agradable y fresco continuó hasta que llegué al vagón, en él viví unas historias que no creeréis, pero allá vosotros.

Un pasajero a mi derecha recitaba poesía, otro a mi izquierda subrayaba unas líneas de una obra de Marvin Harris. Enfrente de mí, un tipo con un bigote a lo Nietzsche dibujaba todas las escenas que ante él se le ofrecían, como por ejemplo, la monja que acalorada leía al marqués de Sade.

La boca se me terminó de abrir cuando el pestañeo y el pellizco fueron insuficientes: al fondo del vagón Paco Marhuenda y Mariano Rajoy desataban su amor fundiéndose en un apasionado beso.

Ningún pasajero de los restantes consultaba su móvil, nadie se restregaba las legañas, no había músicas impuestas… En mitad de un túnel se fue la luz por completo y supuse que con ella se marcharía la magia.

Cuando regresó la luz todo seguía igual, salvo la monja que en ese momento suspiraba, salvo la pareja besucona que en ese momento se abrazó, salvo el pintor, que en ese momento me pintaba a mí. Descarté soñar, las drogas no debían de ser, y mi imaginación no daba para tanto.

Al pintor le compré nuestro dibujo poco antes de llegar a mi destino, cuidé de no meter el pie entre coche y andén, y bajé.

Según enfilaba hacia la salida pensé que si no quedaba satisfecho de lo que escribiera después de tal viaje, sería prueba irrefutable de su verdad.

Mi insatisfacción es notable.

A vosotros os queda creerme o no, o preguntaros tal vez por capricho, qué es lo que os haría pestañear en el metro.

La azotea

Di un sorbo al cubata. Miré al maromo con altanería. Sabía que la noche iba a acabar muy mal…

El día había ido bien y esperaba terminarlo sin que se estropeara. Mientras hubo luz, las dos o tres veces que la nostalgia quiso entrar en mí, le cerré la puerta. Sin embargo me pasé de listo, de confiado, y de alcohol.

Lo supe de inmediato, en la pensión, al oscurecer. Lo supe en cuanto me vestí con la camiseta que reza: Yes, I’ve read Ulysses. Es un hecho objetivo que atrae problemas cuando me la pongo. Y con ella marché a la discoteca.

Todo podía haberse reconducido si el gorila de la puerta hubiese sido más estricto y me hubiera impedido el paso. Creo que se lo pensó dos veces pero al final decidió que cumplía con la etiqueta aunque fuese por los pelos. Y nunca mejor dicho, pues para variar me recogí los míos en una coleta.

Bajé las escaleras de La Noche y el Día como siempre bajo unos escalones; pensando en Dante y en la famosa inscripción a las puertas de su infierno: «Los que vais a entrar…»

Me instalé en la barra y comencé a beber con la intención de transmutarme en el tipo impresentable, que ya puedo llegar a ser si me esfuerzo un poco. Con el segundo cubata de vodka arribó mi desprecio hacia esa jodida música; en el cuarto la discoteca estaba llena y mis ganas de burlarme de todos también; con el sexto convertía al que se cruzaba conmigo en personajillo; con el octavo vodka, transformé a la rubia que se pidió una copa no muy lejos de mí, en una mezcla de Marilyn y de Virginia Woolf… aunque ella probablemente no hubiera oído hablar en su vida de la segunda, y quizá tampoco de la primera.

Sin embargo, de lo que no tuve dudas es que se trataba de una calientapollas de primera. Cuando se topó con mi mirada de borracho la sostuvo, y no la esquivó a partir de entonces ni una sola vez, por muy libidinosas que se tornaran mis pupilas. Tampoco dejamos de provocarnos cuando llegó su novio, su maromo, su chulo, o lo que fuese. Tampoco cuando lo que fuese se dio cuenta de mi presencia, digamos… amenazadora.

−¿Tienes algún problema? –preguntó lo que fuese acortando la distancia que nos separaba con tres pasos. Como mínimo su bíceps era el doble que el mío.

−Bueno, no tenía ninguno hasta que viniste a mí con tu asquerosa frase manida –le dije con una sonrisa.

Yo estaba muy satisfecho de mí. Eché mano al cubata.

−¿Qué coño dices?

Por un momento parecía haberse olvidado de lo que había venido a defender… el honor de su chica.

Recuerdo que pensé en decir, «solo contemplaba la fermosura de la doncella». Pero finalmente dije tras dar un sorbo al cubata, mirar al maromo con altanería, y saber que la noche iba a acabar muy mal:

−Mi problema es que la rubia con la que estás, tiene ganas de hacerme una mamada, y tú nos estorbas.

Ya había dicho bastante y añadir una sola coma me hubiera supuesto perder la iniciativa. Mi lado macarra está en fase de construcción, pero ya sé de modo sobrado que en estos casos, la iniciativa es lo más importante. Así que actué en consecuencia.

Le estampé el vaso de cubata en pleno rostro, a la altura de su oreja izquierda, cuando aún no había cerrado su bocaza, cuando aún no le había dado tiempo a reaccionar.

El vaso estalló y todo alrededor se llenó del pringoso vodka. Mi mano se rajó. El maromo se desplomó a mis pies, su oreja y su mejilla pronto fueron un surtidor de sangre. Ganada la guerra, salí por patas.

No presté atención a los gritos de la rubia, quien ya no tenía nada de Monroe ni de Woolf. Tampoco hice caso de los insultos de quienes habían presenciado la escena, incluida la camarera que debió caer en la cuenta de que me largaba sin pagar. Conseguí librarme de dos héroes que intentaron impedir mi fuga. Y logré mi objetivo porque los gorilas de planta estaban lejos, mientras que el de la puerta, a su pinganillo, le decía no escuchar bien cuando yo salí del averno a la carrera, burlándome de la amenaza dantiana, y recuperando la esperanza entre tropiezo y tropiezo.

Oí pasos detrás de mí, continué la carrera, y aún la aceleré al escuchar sirenas y sentirme el protagonista.

La imaginación no se elige y la mía trabaja muy por su cuenta, así que comencé a pensar, justo cuando di con un portal abierto, ¿el limbo?, que los mejores cuentos de Hemingway son aquellos en los que la palma el protagonista. Yo sin embargo no tenía pinta de que fuera a morir a pesar de la fea herida de mi mano.

Sabía que la noche iba a acabar mal, pero no en muerte para mí. ¿Y para el otro, para el maromo? Yo no soy un personaje de Hemingway, me salgo de sus esquemas, pero lo que fuese sí que lo era. Tal vez, pensé mientras subía al último piso, haya otro por ahí relatando la historia desde el punto de vista del maromo, para quien la noche sí que va a acabar mal de verdad… En ese momento envidié que su historia pudiera ser mejor que la mía, tropecé contra un escalón y casi me partí los dientes.

Para mi sorpresa llegué hasta la azotea. La puerta que daba acceso al cielo estaba abierta.

La cabeza me daba vueltas, nadie me seguía, las sirenas habían desaparecido. Me convencí de que el maromo no acabaría tan mal la noche, y yo tampoco. Me senté. La tranquilidad llegó después del vómito. Aún estuve despierto un buen rato. Mientras me dormía al amanecer, pensé que el Paraíso es siempre aburrido.

Romero (Apuntes, 2)

Homenajes

Proust me aburría. Desde hacía dos o trescientas páginas, Marcel estaba enfrascado en una de sus interminables y fatuas fiestas burguesas, sin lanzarme uno de sus abigarrados flashes llenos de genio y sensibilidad.

Fue entonces cuando me atravesó la frase de la chica:

−Hay hombres algunos años más tristes que yo.

La mesa de la pareja estaba cerca de mi mesa. Ella, rubia, me daba la espalda, pero gracias a un espejo podía ver su perfil, su bonito perfil. Él, quedaba por entero frente a mí, vistiendo impecable, con el pelo impecable, con un atractivo impecable, y con una sonrisa sin embargo que se perdió al escuchar la respuesta desconcertante de la chica.

Era sin duda su primera cita. El tipo pareció procesar la información poco a poco. No entendió el cambio de género, llegó tarde a la metáfora, ni por asomo se le ocurrió que se citaba una canción. Lo peor de todo es que no le encontró ninguna gracia a la frase.

Decidí ponerme al acecho. No tenía prisa, las viperinas lenguas que pululaban en las páginas festivas del francés  tampoco, y mi cerveza estaba a la mitad.

La conversación entre ellos no fluía, ella tiraba de ingenio que él no captaba, y él hacía gala de un ego que no iba a ninguna parte.

Años atrás me hubiera conformado con ser un simple voyeur, pero había crecido y quise convertirme en una amenaza. Arranqué una hoja de Sodoma y Gomorra, me puse a escribir en los márgenes, y esperé mi oportunidad.

Al acabar sus postres el tipo se marchó a los servicios, tal vez quería escaquearse de la cuenta, tal vez revisarse el pelo engominado, tal vez tan solo quería mear. Me importó poco salvo que era mi oportunidad. Doblé la página una, dos veces. De inmediato me puse nervioso y la arrugué hasta hacerla una bola. La lancé hacia la mesa donde la rubia había sacado la cartera para pagar. La bola de papel chocó contra su copa de vino, y quedó muerta.

Ella se giró y me examinó con descaro de arriba abajo por unos segundos. Luego se volvió hacia su mesa, desenvolvió la bola, curioseó, y leyó lo que le había escrito: en la ardiente oscuridad me gustaría invitarte a un dry Martini, y sexo anal.

El tipo regresó del baño, ella seguía mirando la nota, yo contemplaba la escena con todo el descaro del que era capaz. Pero ni siquiera así el impecable me consideró una amenaza, no se le ocurrió pensar que esa página arrugada se la hubiera podido alcanzar quien se sentaba a un metro escaso de ellos.

Cuando él le preguntó qué hacía, lo que ella hizo sin contestar fue rebuscar en su bolso. De allí sacó un boli bic azul y con verdadero garbo escribió en un margen libre de la hoja. Cuando acabó volvió a arrugar la página, se giró hacia mí, me sonrió, y me la echó encima de la mesa.

−Vámonos anda –dijo sin más explicaciones para nadie.

Estuve a punto de levantarme e irme con ella, pero la invitación era para el otro, quien la siguió con su boca abierta. Había perdido la impecabilidad.

Ya se habían marchado cuando leí lo que me había escrito: los freakis me gustáis para muchas cosas, pero, he trazado un ambicioso plan que consiste en sobrevivir, y en follarme a los guapos. Lo siento, pero Proust ya no tiene mucho que ofrecerme al respecto… eso sí, estoy de acuerdo contigo en que este tipo es demasiado tonto para hacerle el favor de tirármelo, aunque él todavía no lo sepa.

Con una sonrisa pagué y me marché. La victoria está sobrevalorada, y esa noche tampoco perdí.

Romero (Apuntes, 1)


Desvelo

Me desvelé a media noche y decidí levantarme para no molestarla. Fui hasta la nevera, cogí un par de hielos y me serví un whisky. Luego fui hasta el salón y me encendí un cigarrillo. Me acerqué al ventanal. Afuera estaba nevando. La luna llena ofrecía una luz plateada que se desparramaba por el parque y el lago helado. Me quedé absorto. El vaso de whisky en una mano y el cigarrillo en la otra.
De repente aparecieron dos figuras, una en cada extremo del lago. Comenzaron a acercarse el uno al otro. Caminaban con paso cuidado para no resbalarse por el hielo. Desde el ventanal no podía apreciar sus rostros pero sí, que los dos llevaban en la mano una especie de garrote. Se encontraron en mitad del lago. Se quitaron con parsimonia los abrigos que llevaban y estrecharon sus manos. Comenzaron a agredirse.
Yo no me moví y tampoco me alteré. Miraba fascinado la escena. Estuvieron intercambiándose golpes hasta que uno de ellos cayó al suelo y no fue capaz de levantarse. Recibió entonces un último garrotazo en plena cabeza. La sangre corrió por el hielo. Un pequeño charco se formó en torno a la víctima.
El vencedor cojeaba. Se tapó la boca rota con una mano e hizo un esfuerzo para ponerse el abrigo. Luego cogió por los pies a su víctima y comenzó a arrastrarlo. El cuerpo dejó una estela de sangre que pronto sería cubierta por la nieve.
Vi su reflejo en el ventanal antes de que vencedor y vencido llegaran a la orilla. Ella, hermosa, desnuda, sin prestar atención a lo que ocurría en la noche, me exigió que le acompañara de nuevo a la cama. No pude ni quise negarme, y no terminé ni el cigarro ni el whisky. Dejé que la luna llena, la nieve, la sangre, el lago, el parque, los hombres, se las entendieran ellos solos. Preferí rendirme a la sencillez de un cálido abrazo.

Lo fantástico, lo irreal, lo imposible

“Como las cosas son como son, las cosas

no pueden quedarse como están”

Bertold Brecht

Preludio

Postrado en la cama, sin apenas poder mover más que el cuello, mis labios y mi sonrisa, desearía que esta historia comenzara por el principio, pero no siempre resulta fácil lograrlo. Le he estado dando vueltas mientras espero la llegada de mi amiga N. −tenemos que hablar sobre la estrategia a seguir para salvar lo fantástico, conservar lo irreal y encauzar lo imposible− y por lo menos me he topado con tres principios diferentes.

El primero de ellos dataría del año 2003, cuando cursaba segundo de Filosofía, cuando todavía era un cuerdo convencional, cuando me explicaron que David Hume vino a cuestionarse el principio de causalidad, señalando que se trataba de una deducción humana fruto de nuestro conocimiento por la experiencia, pero nunca de una certeza o de una inferencia lógica. O lo que es lo mismo, que el Sol salga todos los días no nos garantiza que lo vaya a hacer mañana. Tal vez se tratara de una extraña epifanía, pero fue la primera y como se verá me marcó a fuego.

Retrocedamos hasta 1997 para otro comienzo. “En un agujero en el suelo, vivía un hobbit”; “Una gorra de cazador verde apretaba la cima de una cabeza que era como un globo carnoso”; “En una tarde extremadamente calurosa de principios de julio salió un joven de la pequeña habitación amueblada que ocupaba en una enorme casa de cinco pisos situada en…”. Son las primeras líneas de tres libros que me hicieron renacer. Con ellos comencé mi pasional relación con la literatura. Sin ella, ni siquiera me acercaría a la persona que he sido, ni que soy, ni que por supuesto seré. Sin ella, no estaríamos donde estamos.

Por último, cómo no pensar en un año antes, con la mano de mi amigo T. sacándome del río Henares, cuando yo ya me ahogaba, inconsciente y borracho. Salvar la vida constituye un principio tan claro como tener una epifanía, como el renacimiento al enamorarse, o como el propio nacer.

Sin embargo, antes y después de lo escrito mi vida tuvo un largo recorrido, con calma a veces, con prisa otras, de acá para allá, de los brazos de una mujer a la siguiente… Pues bien, todo comenzó a cambiar cuando decidí mirarme hacia dentro. Entonces descubrí que había nacido para romper los límites.

Lo fantástico

Acabé por vivir en el norte, a orillas del mar, cerca de las montañas. Quedé atrapado, sí, en una lucidez próxima a la locura, a la poesía. Estábamos en el año 2020. Aún no tenía el proyecto entero en mi cabeza pero comenzaba a clarificarse y trabajé con ahínco para alcanzar lo fantástico, para lograr traer a nosotros los seres mitológicos y legendarios que habían poblado mis historias y mis sueños.

¿Cómo fue posible lograrlo? Borges tuvo la culpa, el argentino fue esencial en la formación de mi mitológica metodología.

Borges escribió un relato donde el protagonista era un reo que estaba ante la última noche de su vida. Iba a ser ejecutado a la mañana siguiente. Para evitar la muerte, la única alternativa que el reo concibe es aferrarse a la arcana e insondable teoría según la cual, aquello que es pensado, se descarta consustancialmente de la realidad, y lo que el protagonista hará es pensar todas y cada una de las alternativas de su muerte para lograr esquivarla.

Yo simplemente me aferré a esa teoría con toda mi alma. Allá donde me encontrara –desde hacía tres años los derechos de autor de la venta de mis libros me otorgaban una independencia de acción fascinante−, fuese en mar, tierra o aire, imaginaba y cubría a cada paso y a cada instante todas las prosaicas realidades que quería descartar. Mi cabeza bullía, afanada en invertir en cierto modo ese lema pseudoiluminado, según el cual, cuando se quiere algo realmente el universo conspira para ayudarte a conseguirlo. Yo no quería la ayuda del universo, yo quería forzarlo, someterlo, que por una vez se subyugara a mis pies en lugar de ocurrir al revés. Se puede decir que deliraba, pero convertí mi delirio en carne.

Ocurrió por primera vez en mi quinta travesía de largo recorrido, en febrero del 2022, a bordo de un buque chino por el océano Índico. En estado febril, estado que me acompañaba desde hacía meses, logré avistar el primer unicornio. La tripulación no daba crédito cuando subieron el animal a cubierta. El pobre bicho tenía un color cetrino, estaba abotagado y su cuerno de la frente presentaba una deformidad que generaba una mezcla de lástima y asco. Mi primer logro era en buena medida un fracaso, pero siempre he coincidido con el axioma científico que apunta que ir de la nada a algo, es mucho más difícil que ir de algo a lo mejor. Vomité mientras contemplaba aquel engendro, supe que estaba en el camino correcto.

Aún tuvo que pasar otro largo año hasta que mi metodología obsesiva consiguió que el éxito se cerniera sobre el mundo. Era primavera y meditaba en el bosque cuando un ejemplar de ave roc atravesó el cielo y la barrera del mundo mitológico. La gran ave fue incapaz de hallar la grieta de regreso y fue avistada, perseguida, y finalmente capturada. Con una envergadura alar de quince metros, un pico capaz de atravesar el acero y unas garras que retorcían una y otra vez los barrotes que trataban de enjaularla, la rapaz terminó en un laboratorio, donde moriría, dijeron, de puro estrés. No puedo decir que me sintiera inocente.

Las dos sirenas que aparecieron en el Pico del Aneto cuatro semanas más tarde, mientras coronaba la cima, me confirmaron que lo fantástico se empezaba a desbordar. Los científicos estaban descolocados, los conspirólogos se frotaban las manos, los lunáticos veían la llegada del fin del mundo. Yo mismo no tenía una respuesta clara ni segura de lo que ocurría y aunque estaba convencido de ser el causante de tales fenómenos, me guardé de revelar nada.

Me trasladé a vivir a Nueva York, mi viejo sueño, y durante un año apenas respiré otra cosa que no fueran los humos del cuchitril donde me alojé. Tenía que cuadrar mis éxitos, es decir, tenía que lograr unicornios en los bosques, sirenas en los mares, brownies en los sueños… Cuando a finales del 2023 un ave fénix sobrevoló, primero la Estatua de la Libertad, para posarse después sobre su antorcha, y fundir el hierro y las láminas de oro de la misma, comprendí que lo fantástico había llegado para quedarse, y que yo, debía ir todavía más lejos.

Lo irreal

El derecho romano deja claro que nadie está obligado a lo imposible; pero pobre será de espíritu quien al menos no lo intente.

Para enero del año 2024 el mundo se había enriquecido con la presencia de seres librescos y muchos esquemas mentales se habían quebrado. Sin embargo, la avaricia, el hambre y la guerra seguían con nosotros.

Di entonces un paso al frente al considerar que a mis cuarenta y tres años había alcanzado la suficiente madurez como para acometer una empresa digna y útil al mundo: publiqué de modo anónimo mis estudios y estrategias que habían permitido lo fantástico.

La acogida de mi manifiesto fue fría. Lo esperaba; nada hacía resaltar mis teorías por encima de las otras cientos que ya habían aparecido. Salvo un detalle: funcionaba. Además, estaba convencido de que serviría para lograr el objetivo que me había marcado: antes o después lograríamos alcanzar lo irreal. Si se quiere, lo utópico.

Hubo una época en la que nadie, amigo o enemigo de Karl Marx, desconocía su famosísima undécima tesis. Según dicha tesis, hasta él los filósofos se habían dedicado a interpretar el mundo, pero había llegado el momento de transformarlo. Hubo una época, en la que esa idea no solo era conocida por todos, sino que se convirtió en la brújula que efectivamente cambió el mundo… aunque a menudo no en las direcciones que muchos anhelaron. Se aceptó la idea de que al final habíamos acabado más perdidos incluso que antes. Y esas épocas se olvidaron al sabor de los fracasos y al albor del siglo XXI. Pero a partir del año 2024 resucité la tesis, si bien cambié a los filósofos por locos cándidos e irreductibles.

Con mi obrita, en mi manifiesto, además de mis principios metodológicos recogí lo mejor de la tradición que nos impedía rendirnos y ayudé a extender la idea dolorosamente cierta que había aprendido en la facultad: lo peor de nuestro tiempo no era que la mayor parte de la población mundial pasase hambre (tal suceso no era ninguna novedad histórica), sino que por primera vez disponíamos de los medios para detener tal ignominia… Y sin embargo no se hacía nada al respecto.

Costó sueño, sudor y derroches de imaginación, pero al final los locos demostramos que el hambre es un enemigo con los pies de barro si las personas nos unimos contra él.

Muchos hechos extraños comenzaron a ocurrir de la noche a la mañana a partir del mes de junio del 2024, cuando mi obra anónima comenzó a ser reconocida y a circular de boca en boca. Ya en septiembre de ese año, la avaricia sistémica comenzó a ser derrotada cuando Mark Twain vino a resucitar quedando impreso en millones de paredes y escaparates de todo el mundo: “los banqueros son esas personas que te prestan un paraguas cuando hace sol, y te lo exigen cuando está lloviendo”, escribió a finales del siglo XIX con una lucidez y genio digna de recordarse. Y se recordó en el equinoccio de ese año.

En ese veintidós de septiembre en el que estalló la frase por el mundo, yo me encontraba en mi ciudad natal, Guadalajara (no de Méjico sino de España), visitando a mis ancianos padres. Como en todas las ciudades del mundo, ese día la gente aplaudió ante los grafitis que recogían a Twain, ese día la gente se abrazó aunque no se conociera de nada, ese día se lloró de rabia, pero ya no de impotencia. Al día siguiente las bolsas cerraron y ninguna catástrofe sobrevino. Lo irreal también había llegado para quedarse.

Ocurrieron entonces una cascada de hechos de los que solo recordaré algunos. Se firmó la paz entre israelíes y palestinos tras un acuerdo justo, en el que la palabra “justicia” fue compartida por todas las partes. El hambre estructural fue aniquilada. El poder dejó de corromper. La corrupción se quedó sin aliento.

Albert Camus pudo al fin sonreír desde su tumba al comprobar que la especie humana se había pasado a su bando: “Para la mayoría de los hombres la guerra es el fin de la soledad. Para mí es la soledad infinita”. Por fin esta frase era un error, por fin los hombres malos se habían quedado solos.

Con algo de retraso había llegado definitivamente el mejor de los mundos posibles, y sin embargo, quise ir todavía más lejos. Las consecuencias esta vez no me hicieron sentirme orgulloso. Escribo esto sin tener claro todavía cuánto me arrepiento.

Lo imposible

Una obsesión te persigue hasta que te alcanza, y si no te alcanza, es porque no se trata de una obsesión de verdad. La mía con Hume por fin me alcanzó. Según se acercaba el camión cobré plena conciencia de ello.

Era otoño del año 2030 y desde hacía dos vivía en Madrid.

Que el Sol hubiera salido hasta entonces todos y cada uno de los días de nuestra historia no significaba que fuera a seguir haciéndolo de modo indefinido. Análogamente, que plantarse delante de un camión en plena noche no hubiera sido nunca una buena idea, no significaba que no fuera a serlo algún día. Pues bien, ese día tampoco lo fue. El camión me arrolló y me dejó tetrapléjico. Lo increíble fue que sobreviviera, y me dejara roto pero vivo. En cualquier caso la causalidad, mi gran enemiga, seguía en pie.

Sin embargo hice lo que debía. En buena medida hice lo único que podía hacer. Siempre aborrecí a los que no paran de teorizar para que la práctica la realicen otros, a los que exigen sacrificios para todos, salvo para sí mismos. Yo había elaborado mi teoría y había obtenido increíbles resultados con ella, pero había llegado el momento de probarla en mis carnes y de desafiar cara a cara el principio de causalidad.

Es evidente (solo hay que verme postrado a esta cama para concluirlo sin género de dudas), que cometí un error al desafiar mi obsesión con una apuesta tan alta. Pero me consuela pensar que volvería a repetir lo que hice, porque como señalara Dostoievski, “solo temo no ser digno de mis sufrimientos”. Permítaseme añadir que mi otro temor está en no ser responsable de mis triunfos. Quienes me conocen pueden rubricar que a pesar de ciertas flaquezas, he sido digno y responsable de lo uno y de lo otro.

La tetraplejia no hizo que me rindiera pero sí que resintió mi orgullo y me llevó a aceptar la exigencia de mi amiga N., cuando esta descubrió en mis diarios que yo era el principal responsable de haber volcado buena parte de la lógica del mundo, y que colocarme delante del camión no había sido un intento de suicidio como pensaron todos, sino el intento definitivo de poner patas arriba todo nuestro conocimiento. N. lloró, me insultó, me abrazó, rió, y tras censurar de mil modos mi locura, me convenció, amenazas incluidas, para tirar por tierra mi anonimato.

Mi obra fue actualizada, ampliada y firmada. Y si atendemos a la cantidad de fanáticos que surgieron y que comenzaron a realizar sacrificios inútiles, también fue un error.

La culminación de un mundo exento de guerras y de hambrunas, la belleza de lo fantástico hollando las lindes de lo prosaico, de pronto −como me había ocurrido a mí−, fueron insuficientes para un creciente número de personas. Lo idílico dejó paso a lo obsesivo, y en un abrir y cerrar de ojos, miles de almas quisieron convertirse en ser la primera en alcanzar lo imposible.

Corría ya nuestro año, el 2031, y los imitadores se desbordaban por doquier. Docenas de personas eligieron mi apuesta frente a un camión y todas murieron atropelladas. Pronto la imaginación diversificó el desastre; saltos en paracaídas sin paracaídas, juegos de la ruleta rusa con el tambor de la pistola lleno, gente quemándose a lo bonzo con la convicción de no arder… mi metodología no funcionó en ningún caso, y por si fuera poco los logros pasados se resintieron.

Los seres fantásticos, que se habían asentado en la realidad de nuestro mundo, comenzaron a morirse sin razón aparente, y los viejos conflictos a gran escala amenazaron con regresar. Una vez más pareció cumplirse la máxima de que el ser humano es maravilloso, pero solo para un rato. No podía ser de otro modo, me sentí culpable de ese nuevo rato, como si después de llevar al clímax a la humanidad, hubiera provocado también su ruina. Sin demasiadas ideas, decidí tomar la iniciativa.

A diario salía en los medios de comunicación vendiendo mi improbable historia y tratando de convencer a la gente de que dejara de imitarme. Sin embargo, mi imagen de perdedor postrado en una cama no conmovió ni convenció. Fui indiferente a la mayoría y odiado por los que habían tenido fe en mí. Las muertes de imitadores siguieron creciendo. Lo fantástico y lo irreal a cada hora estaban más amenazados. Así es como me convencí, hace menos de quince días, de realizar mi último servicio.

¿Hubo alguien que no viera la entrevista en la que anunciaba un nuevo intento para quebrar el principio de causalidad? Mi muerte iba a servir para convencer al mundo de que lo imposible, es imposible, y además, es mejor que siga así. Sin duda alguna había perdido la fe.

Mi suicidio retransmitido presentaba una serie de problemas que fueron resueltos con presteza; había que encontrar un país donde se pudiera grabar sin trabas legales, un voluntario que condujera el camión, el propio vehículo quise que fuese el mismo que me atropellara la primera vez… Una semana bastó para todo eso y más.

Esperé el atropello con serenidad. Me habían plantado en mi silla de ruedas, con el Sol al horizonte en una carretera hermosa y desértica. En ningún momento puse en práctica mi metodología. Ahora sé que millones de personas lo hicieron por mí, pero en ese momento tampoco hubiera creído que eso bastara. Lo que ocurrió me sirvió como lección: en ocasiones se ha dejado de creer, y eso no impide que algo ocurra. El camión se estrelló contra mí y se aplastó como un acordeón. Salí ileso. La silla no se movió ni un milímetro. La lógica y la causalidad habían claudicado, habían saltado por los aires. Desde entonces están descontroladas.

Epílogo

Antes o después lograré volar. Esta obsesión las precede a todas.

El planeta Tierra nunca ha sido un lugar tan imprevisible como lo es desde hace unos días: las auroras boreales pueden sucederse en cualquier momento y lugar; los científicos registran variaciones gravitacionales, las matemáticas han dejado de ser una ciencia exacta, y yo, mientras escribo estas últimas líneas con la mano izquierda que ya logro mover, observo llover hacia el cielo…

Pero no todo es hermoso e ilógico, y toca luchar, como siempre.

Hasta que logre ponerme en pie, hasta levantar el vuelo, haré lo posible porque lo fantástico no se extinga, pues los seres mitológicos no se adaptan y siguen muriendo. Miro al pequeño dragón que me mira arrobado y tiemblo al pensar que puede morir sin más. Por si fuera poco, las guerras y la hambruna han renacido.

Siempre pensé que Dios era un patán pero comienzo a comprenderle. La creación y sus criaturas no somos tan fáciles de manejar.

Gritos

Si no tienen pan –dijo la reina− que coman pasteles

I

Antes de la entrevista vi una vez más las imágenes en youtube donde la mujer, aún sin identificar, cometió el intento de magnicidio que conocemos. Me afané por escuchar lo que dijo, pero no entendí nada más allá de un alarido que reflejaba el desquicie de la desgraciada. Una semana después de los hechos todo el mundo se preguntaba quién era la mujer y por qué intentó degollar al presidente del Gobierno.

Apagué el portátil y acudí al bar de las afueras donde habíamos quedado. Cuando llegué los clientes se ponían al día con la televisión, que informaba del entierro de la magnicida, muerta tras siete días de coma, y de las protestas de la tarde y la noche anterior. Yo no conocía al tipo que me había llamado horas antes, pero la seguridad y la ternura con la que habló brevemente de la mujer recién fallecida, me convencieron para presentarme en busca de la exclusiva.

Un hombre sentado al fondo me hizo gestos con la mano y me fui hacia él. Tomaba una cerveza. Quise romper el hielo.

−¿No es un poco temprano para beber?

Su mirada hizo que me arrepintiera de inmediato. Su desaliño, el temblor de las manos, la gabardina raída, la bolsa de viaje… Se trataba sin duda de un mendigo, o de un alcohólico, o de ambas cosas.

−Desde lo que ocurrió –me dijo− he recaído en mi fantasma y desde ayer no quiero luchar más. Así al menos no estoy solo.

No sé si para redimirme o para confirmar mi idiotez pedí dos cervezas cuando se acercó la camarera, más pendiente de las noticias del televisor que de hacer su trabajo. Como todos, estaba inquieta ante lo que podía venir.

−No hace falta emborracharme para que hable, tengo intención de contar su historia…  nuestra historia.

A punto de justificarme, me callé. Saqué mi cuaderno y la grabadora. Él terminó su primera cerveza y dejó el vaso.

−Esta ciudad es un vertedero y por eso me siento cómodo, soy basura. Rosa estuvo a punto de sacarme del fango, pero su derrota ha sido también mi derrota.

Lo que acababa de oír era enrevesado y le pedí que empezara por el principio, por su nombre. Yo apunté el de Rosa en mi cuaderno, era la primera vez que escuchaba cómo se llamaba la magnicida. Tampoco lo sabía ningún medio informativo, tenía delante una gran oportunidad.

−Está bien. Me llamo Leo y Rosa es el nombre de la mujer de quien todos hablan, aunque nadie salvo yo conocía. Ayer murió una persona maravillosa y he decidido que se sepa. Su historia merece la pena, más que su intento de… crimen.

El bar comenzó a llenarse, la televisión seguía dando cuenta de los disturbios en las ciudades del país. Se comentaba y se daba la opinión sobre lo que tenía que ocurrir. Leo siguió con lo suyo, traté de no interrumpirle.

−Desde que comencé a vivir en la calle hace ya demasiados años, no me importaba dónde caerme muerto cada noche, pero hace dos años encontré mi hogar al regresar a esta ciudad que me vio nacer. O al menos, cuando encontré la casa abandonada donde vivo desde entonces. Para llegar desde aquí solo hay que seguir el curso del río hacia el sur, cruzar el Puente de Otoño y atravesar la arboleda. Allí la conocí a ella hace seis meses.

Se quedó con la mirada fija en el vaso, contuve la lengua, ya preguntaría más tarde. Continuó.

−Encontré la casa por casualidad en una de mis borracheras. Creo que si la casa no hubiera estado allí esa noche habría acabado en el fondo del río. Reconozco que nunca la cuidé y que con el paso del tiempo se convirtió en una pocilga. En la casa había una habitación pintada de rojo. La habitación tenía vistas al río a través de una ventana rota, pero solo durante la mitad del año, porque durante el invierno la tapaba con maderos y cartones para protegerme del frío, y a mediados de la primavera la volvía a destapar para ventilar los fuertes olores. Fue en esa habitación, al destapar la ventana a primeros de mayo, cuando me di cuenta que alguien había estado en la casa en mi ausencia durante el día.  No era la primera vez que ocupaban la casa ocupada por mí, y como las otras veces pensé que debía evitar que se repitiese. Pintar las paredes con símbolos satánicos, ensuciarla todavía más y arrojar jeringuillas al suelo eran los recursos que antes había utilizado. Sin embargo en esta ocasión me quedé extrañado y tuve mis dudas porque el intruso había puesto algo de orden en la habitación pintada de rojo, y sin saber muy bien por qué, decidí que la noche siguiente no me emborracharía.

Leo me resultaba sincero a pesar de tener el discurso algo ensayado, de momento no le iba a exigir más y seguí escuchándole.

−Al despertar no cambié mi rutina, me marché temprano a la catedral y fui luego al ayuntamiento. Mendigaba durante horas y regresaba al caer la tarde o la noche, después de comprar algo de comida y mucho de alcohol con lo que hubiera sacado de pedir. Ese día fue mal, cada día en realidad iba peor, y al regresar comprobé de nuevo que alguien había estado en la casa. La habitación roja estaba aún más ordenada. Esa noche tampoco bebí. A la mañana siguiente me levanté temprano y antes de salir empecé a recoger la pocilga donde vivía.

Me acabé mi primera cerveza, él la segunda. Cada vez que Leo paraba de contar su historia daba cuenta de la mitad de su vaso. Le pedí otra.

−En menos de un mes la casa cambió por completo. Yo recogía por las mañanas, la otra persona lo hacía antes de que volviese. Regresaba cada día un poco antes pero siempre se había marchado ya. Desaparecieron los cartones y las botellas. Borré lo mejor que pude las pintadas de las paredes y una tarde, mi ocupa misteriosa había pintado parte de la casa con bastante destreza. Barrimos, fregamos, colocamos los muebles de una manera armoniosa y hasta desbrozamos las malas hierbas que rodeaban la casa. Quería que se tratara de una mujer, de una mujer dulce. Tenía que ser así. Pero me resistía a dejar una nota, o peor aún, a aparecer de improviso. Por fin, cuando la casa parecía habitable (sin agua corriente ni electricidad, eso sí), me atreví a dejar en el salón una margarita y El Principito. Ese día regresé temblando y comido por los nervios.  Lo que me encontré fue una nota que decía: «Me llamo Rosa y tu libro siempre nos ha parecido sobrevalorado, pero me gustó la flor y tu gesto. Un beso. Lo siento, no estoy preparada para conocerte». Tal vez no fuera tan dulce como había imaginado, el «nos» me dejó a cuadros. Que no quisiera conocerme me entristeció profundamente.

El bar se llenó. La gente parecía imantada a la televisión. El vicepresidente iba a dar una rueda de prensa. Esperé a que Leo retomara su historia, había hecho otro alto para beber. No hicimos caso a la tensión que se comenzaba a respirar.

−Por las tardes no paraba de releer la nota. Sin duda se trataba de una mujer con carácter y quise demostrar que yo tenía el mío. Decidí regalarle un libro cada semana. En una librería de viejo conseguí comprar MomoLa historia interminable, y las dos Alicias. A lo largo de cuatro semanas ella me dejó comentarios breves y mordaces. Y una orquídea y un cactus. Ya no podía decirse que la casa estuviera abandonada, ni ocupada, ni tampoco que fuera mía. Era nuestra y era nuestro hogar. Fue el primer viernes de julio cuando me atreví a dar otro paso, en el salón dejé una nota donde la citaba ese domingo para una cena en la habitación roja. Me marché de casa y a la vuelta encontré su respuesta: «Sí». Llegó el domingo, me vestí lo mejor que pude y me marché a mendigar. En las horas de espera me sentí afortunado. Yo, me sentí afortunado… De regreso compré una pizza para llevar y temí encontrarme con Rosa en el camino, que se perdiera la magia. No fue así. Al llegar pensé que no estaría, que finalmente no iba a aparecer. Tampoco fue así. Me esperaba en la habitación.

II

Pedimos más cerveza.

−Me esperaba en la habitación roja con vistas al río, sentada a la mesa que dejé lista antes de marcharme. Nos sonreímos con timidez y serví la pizza. Me sentí ridículo. Durante la cena apenas hablamos. La situación, lo confesaríamos tiempo después, nos llenaba de vergüenza al sentir que el otro merecía más que una casa abandonada, esa cena y esa compañía. Nos sorprendió descubrir que ambos teníamos estudios universitarios, que los dos tuvimos nuestra oportunidad familiar (ella incluso había estado casada), y que asumíamos nuestras miserias sin responsabilizar a terceros. Rosa tenía treinta y ocho años, siete menos que yo, y me resultó imposible no preguntarme cómo podía existir una mirada tan cansada, una mirada cargada con tantas ojeras  en un rostro tan repleto de arrugas para no haber cumplido los cuarenta. Tal vez en su día fuera bonita… El tiempo me haría ver que sus estragos físicos  no se debían, como en mi caso, al abuso del alcohol ni de las drogas, y aunque como yo vivía en la calle, su desgaste era fruto de batallas que yo terminaría por conocer. Al acabar la cena pensé que había decepcionado a Rosa como había hecho a lo largo de mi vida con todo el mundo.

−Debo irme, Leo –me dijo ella con tristeza−. Hemos hecho como La dama y el vagabundo pero sin dama.

−Y al decir la última palabra se rió. Pareció sentirse en paz consigo misma y yo supe que no podía dejar que se marchara sin más, que éramos nuestra última oportunidad y que entre nosotros había magia, tal vez extraña y rota, pero magia al fin y al cabo.

−No puedes irte –le dije, y con torpeza añadí: −llevo tanto tiempo durmiendo solo.

−Soy mala compañera de cama –contestó Rosa ruborizándose− y de sexo mejor ni hablar.

−Perdona, no quería decir…, no pretendía…

Leo agachó todavía más la cabeza. Le di tiempo sin decirle nada. La historia era triste, tenía su miga, pero de momento nada que ver con la noticia que podía cambiar el país. No mostré prisa.

−Al final se quedó a dormir. Rosa no paró de agitarse y de hablar entre sueños durante toda la noche. Cuando la intenté calmar con un abrazo o con susurros todavía fue peor, temblaba. Al levantarnos por la mañana me dio un beso en la mejilla. Nos caíamos de sueño. Apenas habíamos dormido ninguno. Era lunes. No teníamos nada. Y sin embargo a partir de ese momento y durante cuatro meses fuimos felices. Todo lo felices que podíamos ser. Luego su enfermedad venció.

El vicepresidente del Gobierno por fin comenzó la rueda de prensa. En el bar se apagaron todas las discusiones, se acabaron todos los murmullos. Incluso Leo prestó atención.

III

El vicepresidente dio el parte médico, dijo que el presidente permanecía estable, fuera de peligro y que pronto pasarían a retirarle el coma inducido. Luego informó de las protestas y calificó a los manifestantes de terroristas. Dio un paso más y creyendo tener el micrófono apagado añadió: «Estos idiotas se creen que van a lograr algo». El bar rugió indignado. Miré a Leo, regresé a su historia. En esa historia estaba la mujer que había puesto patas arriba el país. Como muchos decían, que nos había despertado.

−Rosa pronto me reveló su secreto, si se podía llamar así. Fue la quinta noche que pasamos juntos. Lo hizo para calmarme y para evitar que me emborrachara. Unos críos me habían pegado y robado a las puertas del mismo ayuntamiento. Rosa ofreció contarme su vida si yo desistía de mi intención de acabar con una botella de vodka. Accedí entre lágrimas. Me contó que era esquizofrénica de tipo paranoide desde hacía doce años. Me dijo que la enfermedad le vino a los veintiséis, después de un año de feliz matrimonio y embarazada de su primer y único hijo. Que una noche en su sexto mes de embarazo comenzó a escuchar voces dentro de su cabeza, que le murmuraban cosas de su marido y de su bebé. Me dijo que consiguió dar a luz sin acudir a ningún especialista por miedo a que le recetaran medicación que afectara al embarazo. Se vino abajo y comenzó a llorar cuando contó que al tener a su niño las voces no se marcharon sino que se hicieron más frecuentes y violentas. A partir de ese momento nunca volvió a dormir bien.

La camarera se pasó por nuestra mesa pero ninguno queríamos nada más.

−Acudió entonces a un psiquiatra, le diagnosticó la esquizofrenia y le recetó la medicación con la que podría llevar una vida, le dijo, normal. Pero las voces no desaparecieron. Cuando pensó que su hijo y su marido podían estar en peligro por culpa suya, la que desapareció fue ella. Sin explicaciones, sin un adiós, para siempre. Rosa abandonó su ciudad y se mudó a la capital donde por un golpe de fortuna comenzó a trabajar de profesora en un municipio cercano. Aguantó durante dos años las voces que no paraban de hablar de sus alumnos y de sus compañeros. Me contó que el primer año no le fue mal, que incluso creyó que podría someter a las voces a través de su voluntad y de la medicación. Las distintas personas que hablaban dentro de su cabeza no desaparecieron, pero se volvieron menos audibles y violentas. El segundo año sin embargo la enfermedad se agravó, las voces se multiplicaron y dejaron de hablar entre ellas para dirigirse directamente a Rosa. Los mensajes dejaron de ser críticas maliciosas para exigir sangre la mayoría de las veces. Rosa, al contármelo, pronunció la palabra «sangre» con tal intensidad que no pudo seguir. Rompió a llorar y esa noche se durmió en mis brazos sin apenas temblores.

El escándalo que se había formado en el bar por las palabras a supuesto micrófono cerrado del vicepresidente, amainó hasta generar una calma tensa. La tensión se respiraba. Algo estaba a punto de ocurrir, desbordarse.

−Al día siguiente regresé pronto a casa. Ella no había salido. Nada más verla le miré a los ojos y le dije lo que pensaba. Le dije que era una heroína, que un héroe no es quien hace grandes cosas por tener grandes capacidades, sino quien se rebela contra sus demonios y evita hacer el mal por mucho que se le empuje hacia él. Esa noche me besó por primera vez. Lo hizo como nadie me había besado nunca, con una mezcla de agradecimiento y derrota. Después del beso terminó de contarme cómo había llegado hasta la casa. La situación al finalizar el primer trimestre de su segundo año se hizo insoportable. Su lucha diaria contra las voces llenó su rostro de ojeras y arrugas. Pronto la mirada se le empezó a torcer. Los rumores entre los alumnos y entre sus propios compañeros terminaron por hacer que se marchara. Pocos meses más tarde perdió la casa y solo le quedó la calle. La calle y las voces. Unas voces fuera de control que solo conseguía dominar a base de gritos. Comenzó así a alejarse de la ciudad a diario, a recorrer el solitario río y a llenar con sus gritos la arboleda y el abandonado Puente de Otoño. Hasta que dio con la casa, hasta que me encontró a mí. Y no es que al conocerme dejara de gritar, sino que me confesó que lo hacía durante horas mientras yo estaba fuera, que cuando llegaba ella se encontraba tan agotada que podía ignorar las voces.

El final de la historia de Rosa llegaba, el principio de algo propiciado por ella con su intento de magnicidio daba comienzo. La televisión informaba con urgencia de manifestaciones espontáneas por todo el país, de mareas tranquilas pero indignadas, de policías que en muchos casos se unían a los manifestantes. El bar comenzó a vaciarse. Solo quedamos nosotros y la camarera.

−Rosa nunca me lo confesó pero creo que intentó matar al presidente porque las voces le pedían que acabara conmigo. Las últimas semanas apenas durmió, temblaba más y comenzó a gritar también en sueños. Dos días antes del suceso le dije que no tenía miedo, que me imaginaba lo que le exigían las voces y que no me separaría de ella. Intentamos hacer el amor por primera y última vez. Fue un desastre… hermoso. ¿Por qué eligió al presidente? Es posible que yo tuviera la culpa. Cada día le llevaba periódicos para que se evadiera lo máximo posible de su tortura. El país era una ruina y las voces supongo que también le pidieron que acabara con el máximo responsable de esa ruina. Lo que creo es que contra esa petición no pudo, o no quiso, seguir gritando. Tal vez aceptara hacerlo porque era el modo de salvarme a mí, o tal vez porque así acallaría de una vez las malditas voces. No sé, no me lo dijo. Solo sé que Rosa fue mi último hogar.

Solo supe decirle que Rosa era de verdad una heroína y que el país iba a vivir las consecuencias.

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