El mejor narrador del mundo

Partamos de que hay amigos que son unos verdaderos cabrones, aunque Alberto García, reconozcámoslo sin esfuerzo, es uno delicioso. Llevaba algo así como veinte años sin verle, compañero de facultad primero, y camarada de problemas más tarde, durante los últimos tiempos del por fin deseterno Paquito. Nos habíamos perdido la pista cuando inicié un periplo europeo que no viene al caso. Sí que viene el reencuentro, aquí, en esta pequeña ciudad en la que a nadie se le habría ocurrido situarnos cuando nuestros sueños se iban a comer el mundo.
La borrachera fue salvaje, si bien no tanto como la resaca. Cualquier tipo de mi edad sentenciaría cual hojarasca seca que ya somos viejos para estas cosas; yo también. Mas centrémonos pues aquí escribo no para contar mis penas sino para relatar una grande. Estábamos torcidos, somnolientos, sentados a la entrada del hotel M., y consideré que había llegado la hora de clausurar nuestras batallas pasadas para interesarnos por nuestros días más o menos recientes, así que le aburrí con mi vida desde que él saliera de ella. Escuchó atento pero apático y tras un güisqui de los peores (según él mano de santo contra la jeta de madera de la noche anterior), me contó tras un, tú lo has querido, el hecho-razón de estas líneas.
No estoy casado, no he tenido hijos que yo sepa, no caí en las falsas estabilidades del supuesto Bienestar. Poco tengo en definitiva, quizá sólo amigos, buenos y dolorosos amigos como tú, y hace poco que perdí a uno; el más extraño, el más genial. Su nombre me está vetado por él, condiciones, pues es o su historia o su nombre, y te concedo la primera. Te la presentaré de cuajo: él es el mejor narrador del mundo.
Tú y yo sabemos –continuó- cuanto nos apasiona la literatura, y ambos tenemos criterio para juzgarla; yo estoy vivo por ella, y tú has sacrificado casi todo por la misma. Simplemente te quiero decir que sé de lo que hablo, y que por una vez en mi maldita vida no exagero, sólo sufro.
La boca se me hizo agua amarga, esperaba ya entre mis yemas la obra del genial amigo pero algo no cuadraba. Su rostro parecía ahora dos resacas. ¿Dónde está el problema? –inquirí.
Él es el mejor narrador del mundo y sólo yo lo sé. También lo supo su tierna mujer Esperanza, y se suicidó precisamente porque sólo lo sabíamos ella y yo. Él es el mejor narrador del mundo, pero nunca escribió nada. Tratamos de convencerle para que lo hiciera pero no hubo manera. Incluso una vez le grabé sin su consentimiento (nunca me lo dio) en uno de sus accesos extáticos, pero Esperanza fue débil, o fiel, y confesó. Necesitó entonces siete el creador siete días de psiquiátrico hasta que destruí en su presencia la grabación, retornó ahí a su cordura, escasa, pero mágica.
Te lo puedes creer, -añadió con una mirada turbia- trabajaba de funcionario, sin apenas estudios, un hombre sencillo honrado humilde, sin pretensiones que se podía haber permitido, no como la mayoría, no como nosotros.
Si hubiera querido –interrumpí.
Tú lo has dicho. Tenías que haberle escuchado, era el arte mismo.
Haz que lo haga –supliqué- ¡Nárrame algo suyo!
No puede ser.
¿Por qué?
Por dos razones. Porque le traicionaría y porque me traicionaría; traicionaría sus palabras y traicionaría la mía, mi calvario ha sido asumirlo. Él es irrepetible, quizá, lo reconozco, habría perdido algo como escritor y se habría quedado a la altura de un clásico, pero en cualquier caso, y al margen de que le prometí el silencio sobre sus divinas palabras, no estoy dispuesto a manchar su gloria. Su recuerdo intacto es el paraíso más doloroso que quepa imaginar, pero un paraíso a fin de cuentas, y ya no me quedan muchos.
Al menos –insistí estúpidamente- dime de que hablaban sus historias.
De qué van a hablar, de la vida el amor la muerte el juego el viaje la pérdida, de todo aquello que habla la gran literatura, de cualquier cosa, bien sabes que el tema no importa, sino cómo lo haces.
Calló y callé. Tras unos minutos y una lágrima que nunca habría imaginado en el Alberto García que yo conocí, pregunté, ¿por qué me lo has contado?
Porque necesito compartir el dolor de la inútil sublimidad de mi amigo, su genio está perdido inexorablemente y me siento culpable por ello. Esto me está devorando por dentro y me has abierto la puerta para dejar de padecer yo solo.
Lo has conseguido, te compadezco, mas sabes que solamente en parte, yo tendré pesadillas por la pérdida de unas páginas magistrales que nunca conocí, pero tú, tú serás un sísifo, serás un tántalo ante esas páginas siempre cercanas, siempre visibles, pero nunca logradas, te compadezco y te doy las gracias.
Un silencio como réquiem, y salimos de ese ya para siempre triste hotel susurrando, él es el mejor narrador del mundo.

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