Entre bostezos laborales

Todos mis trabajos, pero en especial aquellos insulsos alienantes vacíos de los que tengo amplia experiencia, pueden convertirse observados bajo la óptica precisa en laboratorios del alma humana. Bajo mis tareas laborales de quitar grapas, recorrer interminables pasillos en busca de referencias soporíferas, o ver pasar las horas muertas sin clientes que atender y tras mostrador que sufrir, han ido siempre ascendiendo, subrepticiamente o con descaro, análisis profundos de los caracteres de mis compañeros. Modos y modales, palabras delatoras, gestos, muecas, silencios, y todo lo que mi magín pueda intuir es usado como material para juzgar o condenar, salvar o quemar, en las hogueras de sus supuestas vanidades, prejuicios, solidaridad, amistad, lujurias soterradas y vaya usted a saber que más.
Pero el glorioso momento deviene cuando invierto la mirada e introspectivamente me analizo. Entonces, todo lo que no sea Yo se borra de un plumazo prístino y límpido, el pseudo-psicólogo de tres al cuarto desaparece y emerge la figura del filósofo: más allá del juego, las primeras capas, y el error, nada, pues el alma humana es insondable.

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