Cuando la verdad es un tabú

No creo que España sea diferente, puesto que todos los países me parecen igual de estúpidos, compuestos como están por ese animal tan idiota que es el hombre. Sin embargo, hay noticias patrias que parecen rayar la “particularidad hispánica”. Veamos una reciente: el circo de Rajoy con su desfile coñazo.
Como en otras ocasiones, nuestros políticos muestran lo que son y piensan verdaderamente, cuando no están ante las cámaras, pero sí, cogidos en descuido, ante aviesos micrófonos. Y cuando esto ocurre, unos, beneficiarios del desliz, afilan las uñas, y otros, auto-agraviados, se lamen heridas. Pero aquí parece que lo histriónico alcanza cotas pocas veces vista, pues en la supuesta falta de uñas podemos percibir la hipocresía vestida de seda.
Resulta que el señor Rajoy, cuando cree no tener la lengua atada a su discurso de galería, suelta, lo que a mi entender, es de lo más sabio que ha dicho este tipo en su vida, que el desfile de las fuerzas armadas es un coñazo. Y se monta un revuelo en el que nadie parece decirle, “muy bien dicho señor mío”. ¿Y por qué no? Porque nuestros políticos son los seres acartonados que representan una sociedad de la misma condición: Rajoy no puede pensar eso, puesto que no es su papel; ¡es de derechas, su corazón debe de hincharse de orgullo ante el más grande de los himnos y cuánto no ante el desfile de nuestras valerosas tropas, con cabra y aviones a la par, protagonistas!
Además, tenemos el papel de ese rojo cejudo que es la personificación del mal, que si pudiera, lanzaría la cabra (este año al parecer carnero) desde nuestros flamantes aviones destructores de ejes malignos, para hacerla estrellar contra los bienaventurados norteamericanos.
Pero resulta que tanto tópico con patas salta por los aires por un simple coño, o coñazo (aunque bien mirado así funciona a menudo la historia). Y lo mejor de todo es que nadie dice, porque no lo ha dicho el representante adecuado, que sus palabras, al margen de ser de barbas o de cejas, son o pueden resultar, ciertas. Porque veamos, ¿de qué estamos hablando? No es que precisamente lo haya seguido alguna vez con devoción y a lo mejor me equivoco, pero si digo que se trata de estar sentado dos o tres horas viendo desfilar a gente gris y verde, a pasos aburridos, con marchas militares que no suelen ser la alegría de la fiesta, con aviones descoyuntadores de cuellos, y con una cabra final, no hierro mucho. Y aunque lo haga, aunque se trate de una fiesta nacional en la que se rinde homenaje a los hombres y mujeres de España que están dispuestos a defender su país con su vida y con un armamento que es imprescindible para hacernos respetar en un mundo plagado de enemigos. Y aunque aún haya una tercera, cuarta o enésima vía de motivos de esa celebración, ¿no es razonable pensar que a muchos no nos guste tal espectáculo, al margen de su sentido, al margen de su supuesta emotividad, y al margen de las ideas que nos circundan?
Pero no, la máquina debe continuar, ¡que no pare la pantomima! Que muchos supuestos izquierdistas se rasguen las vestiduras por tal oprobio contra el país. ¡Pero por dios, cuántas veces no habéis querido decir lo mismo! Mientras, desde el gobierno la campaña de marqueting parece indicar: “lamamos también nosotros la herida, pues nada les escocerá más”, y así sale la ministra “chaconiana” ¿¡disculpándole!? Por su parte la derecha y en su papel, ora quita hierro al asunto, ora recuerda verdaderas vejaciones a tan sagrado día, como aquél en el que el infausto presidente decidió mancillar el honor de cada español al quedarse anclado en su butaca al pasar la nación norteamericana.
¡Idos todos al cuerno! El desfile es un coñazo para mí, para Rajoy –por mucho que maquille ahora-, y para millones de españoles. Y ojo, al que le guste, felicidades y a disfrutarlo, pero lo patético es que parezca pecado decir que no, que no me siento identificado como español en tan aburrido y anquilosado pasacalles. Y como a mí me gusta pecar, pues cargaré con esa conciencia, ¡uy que miedo! Y quien tenga que guardar las formas que lo haga, y una vez más darán muestras por uno y otro lado del síntoma: si son los “bipolitizados”, que su estrechez de miras raya lo esperpéntico en una profunda incapacidad para analizar la realidad en su complejidad. Y si son los “politizadores”, que su preocupación por conservar el sillón les lleva a atar sus lenguas al compás del guión prefigurado, y que cuando se suelta, dejan escapar aparentes anécdotas que sin embargo dejan patente (aunque esto lo hagan día tras día con chascarrillos o con cosas más serias que chascar) la mierda que sus bocas lastran.
Guadalajara a 13.10.08

2 comentarios en “Cuando la verdad es un tabú

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