Ritmos del tiempo

El tiempo es una puta broma cruel –pensaba Emilio una y otra vez cuando moría aquella noche, anclado en el accidente que ocurriera unas horas atrás-. No fue mi culpa, no pude hacer nada, no fue mi culpa –se repetía enfermizamente sin poder dormir-. Y no es ningún consuelo –terminaba susurrando revolviéndose una vez más en la cama.
Su cabeza le torturaba recreando la escena. Nada fuera de lo común, nada que no hubiera pasado antes… a otros. Salir del hospital tras un día duro en el que había perdido a una paciente en el quirófano, coger el coche con aquella niebla intensa y enfermiza, buscar su sintonía de jazz en la radio para aligerar el solitario trayecto a casa, cruzar la carretera un peatón con total imprudencia en el segundo equivocado… y llevarse al joven por delante.
A partir de entonces el tiempo enloqueció. Primero fue una bala que le impactó tres veces, como el cuerpo del joven golpeando contra el choche: capó, luna, techo. Luego se dilató hasta hacerse insoportable, ¿debía huir del lugar o auxiliar a la víctima? El tiempo parecía demorarse para escuchar bien los gritos de la lógica del miedo que le exigía desaparecer. Sin embargo venció la ética, o tal vez la idea de que, hiciera lo que hiciera, su vida se acababa de joder, y en ese caso, al menos joderla haciendo lo correcto. Tras la perpetuidad anterior, un instante es lo que tardó ahora en bajarse del coche para corroborar lo que ya sabía, que no había nada que hacer por la víctima, un joven de unos treinta años, con toda una vida por delante momentos antes, ya arrollada para siempre. No tardaría en descubrir que había atropellado a un brillante residente de medicina.
El absurdo, que no la sangre, casi le causó el vómito, resultaba que las leyes físicas del impacto habían destrozado al muchacho, pero no habían sido capaces de apagar el mp3 que el joven iba escuchando. Un casco todavía quedaba en su oído, por el otro, Emilio creyó reconocer a Dire Straits, tal vez su Brothers in arms, no estaba seguro. No pudo evitar que la mueca de una sonrisa cruzara su cara, le fascinaba esa canción.
La ambulancia, la policía, el interrogatorio, los familiares de ambos bandos, las lágrimas, todo fueron eternidades sucesivas, intervalos imperecederos. Sin embargo todo eso también acabó, y le dejó la sensación psíquica de una niebla, que al igual que la de horas atrás, era intensa y enfermiza. Sólo se alzaron sobre ella tres claros momentos de esa noche, su coche abollado, la boca inerte del joven que pareciera tararear, y la broma definitiva, el libro que la policía encontró a unos metros del accidente, La insoportable levedad del ser. El chico lo tenía subrayado a colores por todas partes, para Emilio, desde que lo leyera por primera vez hace ya muchos años, justo cuando también él ejercía de residente, significaba un libro esencial.
A qué jodida mierda se había estado jugando esa noche –cavilaba Emilio retorciéndose- ¿Qué Ser había dispuesto los dados con tal crueldad? ¿Acaso se había sentido nunca tan unido a alguien como a ese chico en estos momentos? La vida ni siquiera les había presentado, pero la muerte, la muerte esclavizaba el uno al otro.  
Incomprensiblemente había pedido a la familia del joven poder quedarse con aquel libro, incomprensiblemente la familia había accedido.
El tiempo es una puta broma cruel –seguía pensando Emilio, cuando por fin pudo quedarse dormido al amanecer, logrando diluir por unas horas, la insoportable sensación del tiempo.

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