Circularidad

PRIMER FINAL

No me tengo ni mucho menos por un tipo horrible, pero cuando esa preciosidad me sonrió, mi respuesta fue de incredulidad y reaccioné automática y estúpidamente, mirando hacia los lados, como buscando otro receptor que no fuera yo, para esa boca dulce, roja, de película romanticona y vomitiva.

Ella acababa de esbozarme su pícaro gesto y el tren llegaba a su primera parada por lo que, confieso ateo como soy, recé para que tamaño encanto no tuviera que bajarse tan pronto. No lo hizo, y por supuesto olvidé darle las gracias al Señor.

La chica, con un cautivador escote y un exuberante y larguísimo pelo, había subido en la misma rutinaria estación en la que yo lo hacía cada día, por lo que reconozco que al verla en el andén me coloqué a su vera, paciente a que bajaran los viajeros para poder subir nosotros. Ya arriba me extrañó su decisión de sentarse frente a mí (mis ojos se habían desentendido de ella y mi culo se había impuesto para tomar descanso sin demora), al sobrar asientos por todas partes. Fue entonces cuando me sonrió.

Sonreí a su sonrisa, y me sentí estúpido. No sé si el rubor me cubrió, pero en cualquier caso, agaché la cabeza en plan avestruz. Para evadirme de ella y de mí, saqué de mi maletín un ensayo que andaba leyendo sobre el caos y que me estaba apretando las tuercas por su complejidad. Por supuesto no comprendí nada. Mi concentración rayaba cerca de cero mientras que la imaginación volaba casi tan alta como mi libido. Les dejé hacer sin remordimientos, pues mi magín no hacía daño a nadie, tampoco a mi novia, recuerdo que pensé. Al fin y al cabo, aquellas fantasías rijosas que me inundaban no pasarían de ahí. O eso supuse en ese momento.

El tren traqueteaba cuando furtivos, mis ojos, siguieron a sus manos hasta su bolso, de donde salió uno de mis escritores favoritos. Me empalmé sin remedio. En la tercera parada ya  hubiera vendido el alma en la que tampoco creo, a cambio de que esa chica no se bajase. No obstante, la venta no hizo falta, o quién sabía, reflexioné en un requiebro que me hizo esbozar una sonrisa al pensarlo, si ella seguía allí, frente a mí y con aquel libro, precisamente porque acababa de efectuarse la recurrente venta. De uno u otro modo, el esbozo de mi segunda sonrisa esta vez ella lo aprovechó para que no me escapara de nuevo como un cobarde, preguntándome a quemarropa si mi lectura resultaba tan interesante y divertida como prometía el título.

No tanto como ella, pensé mirando ese rostro que conjugaba simpatía, belleza, e inteligencia (cabe apreciarse que me había hecho ya la paja mental pertinente respecto a lo primero y a lo tercero), y contesté que sí, que era un libro con unas teorías tan peculiares como interesantes, o tal vez, interesantes precisamente por su peculiaridad. Ella celebró la ocurrencia y me la devolvió aún más elaborada y abstracta, o eso creo recordar, si bien a estas alturas no me atrevería a poner la mano en el fuego por la calidad de su ocurrencia, que no recuerdo en absoluto.

Ya se sabe eso de que una mujer es capaz de hacer varias cosas a la vez, y de hacerlas bien, yo desde luego, no, y puesto que andaba con cuatro quehaceres al tiempo, resulta fácil imaginar que bordeaba el desastre; hacía lo posible por bajar el bulto de mi pantalón, era ridículo, pero era real y no dejaba de pensar, no se te ocurra mirarte, no se te ocurra mirarte; quería aparentar ser un tipo agradable, culto y equilibrado, y estaba a punto de descojonarme dados los hechos; quería saber más cosas de ella sin aparentar ser un baboso, créaseme cuando digo que mis fantasías de revolcarme con aquella beldad en todos los lechos mullidos y sin mullir, quería dejarlas en ese intangible terreno; y por último, manoteaba para alejar lo que consideraba una injusta sensación de culpabilidad.

Nuestra conversación me hizo saber que ella, como yo, iba hasta el final del trayecto, pero además coincidíamos en bastantes más cosas que se pueden resumir fácilmente en que mis tonterías le hacían reír, y en que su rostro, por encima de todo lo demás, me hacía sudar. Cobré entonces plena conciencia de que tenía que parar aquello: yo era un tipo enamorado. De antes quiero decir, de mi novia se entiende. Así que cuando llegamos al final de la línea, en buena parte me sentí agradecido.

Fue al despedirme con una tibia y rutinaria frase cuando ella me soltó que necesitaba un favor. Con una dulzura irrechazable me dijo que vivía lejos de la estación y que ese día su compañera de piso no podía ir a recogerla porque no estaba en la ciudad, que si yo podía llevarla en caso de que tuviera coche, que si… No pude negarme.

Siempre he pensado que una mujer guapa e inteligente puede volver loco a los mismos dioses si se lo propone, por lo que cuánto no podría hacer esa chica, me pregunté camino del coche, con un pellejo como yo. Al arrancar mi viejo trasto, mientras ella se alisaba la falda y se quejaba del diabólico invento de los tacones que se quitaba en ese momento para darse un suave masaje en los pies cubiertos del panti, supe con una certeza implacable, que esa chica se había propuesto rendirme a sus pies. Pero yo no lo iba a permitir.

Vuelvo a decirlo, yo era un hombre enamorado, y aunque camino a su casa se me desbordaban las fantasías de follármela de mil maneras, cuando me preguntó si quería subir a tomar algo, contesté rotundo y algo seco, que no.

Pasado ya un tiempo me pregunto que pesó más en la respuesta, si mi concepto de fidelidad, el orgullo que me gritaba que aquella chica me estaba usando descaradamente, o esas palabras recalcitrantes de, subir a tomar algo, escondiendo eufemística e innecesariamente, a las de echar un polvo, imagen de la que desconozco su origen, pero que desnuda la incertidumbre y las dudas a las que tantas veces me han hecho jugar.

En cualquier caso, ya no hubo más juego. Ella se marchó confusa y lo último que vi de tamaña preciosidad, coqueteo e inteligencia, fue su fantabuloso culo alejándose de mí mientras rebuscaba en su bolso para coger antes que las llaves de casa, el móvil, haciendo una llamada que yo ya no podía oír, aunque no hubiera arrancado mi coche como hice, mirando el reloj en el salpicadero.

SEGUNDO FINAL

Al llegar a mi casa, reconozco que aún bastante confuso, llamé a mi novia. Esa tarde noche no habíamos quedado porque su trabajo lo hacía imposible, pero con todo me apetecía oírla. Contestó alegre, y con una sorpresa: podría escaparse antes de tiempo porque se cancelaba su reunión del curro. Quedamos en ir a cenar y dormir juntos. Esa noche lo pasamos en grande y follamos aún mejor. Sentí que mi renuncia de horas atrás se recompensaba con mi conciencia tranquila y su mirada de arrobo, que entre las sábanas combinó como pocas veces antes, con lubricidad y ternura. Nos dijimos todas esas cosas que tienden a decirse los enamorados, y nos dormimos como dos tortolitos.

Parece que fueron mis sueños quienes engendraron el gusano de la duda, y al despertar, todo había cambiado. Abrí los ojos antes que ella y al ver la dulce sonrisa de felicidad que se perfilaba en sus finos labios, nuestro firme edificio se tambaleó. Siempre he creído en las casualidades pero aquello olía demasiado, y mi lado neurótico emergió de las profundidades para cuadrarlo todo.

La chica del tren tenía demasiados de mis fetiches; pelo extremadamente largo, tacones, el lápiz de labios preciso, la falda… Y podría haberlo aceptado en mis inquisiciones incluso a pesar de que coincidiera conmigo en las estaciones de subida y bajada. Es más, podía incluso asumir que se sentara a mi lado, y su sonrisa, y su simpatía hacia mí, y hasta la lectura que se sacó del bolso y me hizo empalmarme tras un pensamiento de, todo completo. Y por qué no asumirlo, yo le había gustado a ella y ella a mí, en un golpe de suerte de esos que la casualidad te sirve en bandeja en muy pocas ocasiones, y cuyo guión nos hubiera conducido a la cama de no ser porque decidí romperlo, sintiéndome confuso pero feliz de hacerlo.

Ahora bien, si yo la noche anterior tenía motivos para una felicidad intensa, ¿por qué mi novia también? Su reunión se había cancelado, de acuerdo, estaba contenta de verme, perfecto, pero aquella mirada de dicha desde el mismo momento en que me vio, aquella entrega pasional desacostumbrada, aquella fe que sentí hacia mí.

De inmediato pensé en el móvil, sería la evidencia irrefutable. Cuando me dirigí a su bolso saltándome todas las reglas de buena conducta e intimidad para comprobar si ella había recibido una llamada en el mismo momento en que yo dejaba a mi prueba la tarde noche anterior, mi todavía novia, se despertó y me llamó melosa. Al darme la vuelta se asustó, y qué me ocurría fue su ansiosa pregunta, de verdad que mi cara debía resultar muy elocuente. Tras cuatro intentos por su parte terminé por contestar que sabía lo que había hecho, y que habíamos terminado.

Ella primero mostró incomprensión, luego pidió perdón sin llegar a reconocer nada, y finalmente aparecieron las lágrimas de impotencia e incomprensión según ella, de culpa según creo. Yo no fui más allá, ni siquiera considero que me llegara a mostrar críptico, y por supuesto, ya no existió la irrefutabilidad del móvil, tan solo me planté en el, lo sé, y su angustia, no me conmovió ni me hizo soltar prenda. Mi convicción de que me habían puesto a prueba me bastó para acabar con aquella relación en la que había creído firmemente, y lo cierto, es que yo he creído muy pocas veces.

TERCER FINAL O PRIMER PRINCIPIO

Ahora escribo estas líneas que no están siendo pocas, desde el tren, en el mismo recorrido que hace una semana me ofreció un supuesto y goloso sexo, pero al que terminé por renunciar para que en un requiebro inesperado, me viera de nuevo abrazado a mi soledad. Escribo y sonrío preguntándome si fui víctima del teatro que montaron ellas, o del que monté yo.

El tren hace otra parada y observo cómo una chica bastante mona se sienta frente a mí porque tampoco hay mucho más donde hacerlo. Me centro en esto porque estoy acabando, y escribo, recurriendo a ese tipo de palabras que a veces me resultan filosofía barata y otras oro puro (la imagen no me parece nada lograda), que poco me importa si fue mi ex quien nos abocó a la ruptura con su estúpido juego, o si fui yo con mi lunática perspicacia, pues cada principio es deleitable, cada final necesario, y el trayecto, mientras lo elija uno mismo y con autenticidad sea aún por los motivos más extraños, es la victoria que nos queda.

La chica sí que es mona, sí. Ha sacado de su bolso el libro de un escritor que aborrezco, y mientras la miro con descaro, mientras ella se ruboriza, mi libido creciente se descojona de mis prejuicios literarios.

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