Primera carta de Michel Houellebecq a Bernard-Henri Lévy en “Enemigos públicos”

Querido Bernard-Henri Lévy:

Todo, como se suele decir, nos separa, excepto un punto fundamental: tanto usted como yo somos individuos bastante despreciables.

Especialista de números descabellados y payasadas mediáticas, usted deshonra hasta las camisas blancas que lleva. Íntimo de poderosos, bañado desde la infancia en una riqueza obscena, es emblemático de lo que algunas revistas un poco de baja estofa como Marianne siguen llamando la «izquierda-caviar», y que los periodistas alemanes denominan con más finura la Toskana-Fraktion. Filósofo sin pensamiento, pero no sin amistades, es además el autor de la película más ridícula de la historia del cine.

Nihilista, reaccionario, cínico, racista y misógino vergonzoso: sería hacerme un honor excesivo encasillarme en la poco apetitosa familia de los anarquistas de derecha; fundamentalmente soy solo un patán. Autor insulso, sin estilo, accedí a la notoriedad literaria gracias únicamente a una inverosímil falta de gusto cometida, hace varios años, por críticos desorientados. Desde entonces, mis provocaciones jadeantes han acabado cansando.

Entre los dos simbolizamos perfectamente el apoltronamiento espantoso de la cultura y la inteligencia francesas, recientemente señalado, con severidad pero con justeza, por la revista Time.

No hemos aportado nada a la renovación de la escena electro francesa. Ni siquiera figuramos en los créditos de Ratatouille.

Se reúnen las condiciones del debate.


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