Una mojigata se puso a leer «Cincuenta sombras» en el autobús. La monja esbozó una sonrisa de desprecio, siguió leyendo a Sade.
Otra realidad
“Vivir sin leer es peligroso. Obliga a conformarse con la vida”.
Michel Houellebecq
El caos y los gritos desesperados del resto de pasajeros no afectaron en nada mi concentración. Solo al llegar a la última frase, “el cielo es una promesa que se incumple siempre”, dejé de prestar atención a la novela, levanté la cabeza y asumí con tranquilidad mi inevitable muerte.
Cabe preguntarse si fueron así, como acabo de imaginar en el párrafo anterior, los últimos minutos de vida de Orlando, el desgraciado protagonista de este relato, si pudo tener un final tan improbable (ningún testigo por otra parte sobrevivió para confirmar si acierto o si me equivoco por completo). Pero tampoco esbozo mi hipótesis sin fundamento alguno, y contaré su vida tal como él me la contó en el hospital. De acuerdo a lo que escuché, no creo que haya escrito una interpretación descabellada de sus últimos momentos (envueltos por cierto en un misterio que dejaré para el final).
Yo era un niño corriente hasta que un día apareció un libro. Tenía doce años y no era ni muy listo ni muy tonto, ni muy alto ni muy flaco, ni obediente ni rebelde. También era feliz, tenía un amigo e íbamos de una aventura a otra. En una de estas nos plantamos en una casa derruida de una pedanía abandonada cercana al pueblo donde había nacido y donde crecía sin contratiempos. Y en esa casa, escondida entre helechos y enredaderas, encontramos unas extrañas escaleras de caracol que nos condujeron a un pozo de agua mansa y negra. Permanecimos quietos e imantados a ese silencio hasta que nuestros ojos se hicieron a la escasa luz que se filtraba y descubrimos sobre una repisa, un cubo de latón vacío, una baraja de cartas del Tarot, y un libro, acartonado por la humedad, sucio, y que creí inerme, aunque por supuesto para entonces desconociera tal palabra, o qué eran esas cartas, y tantas otras cosas que por suerte se desconoce a esa edad. Pero vuelvo a donde estaba. Yo no era demasiado decidido y mi amigo se me adelantó con la baraja, por lo que no me quedó más remedio que llevarme el libro. Tal vez debería haber escogido el cubo.
Los días pasaron, y ni siquiera en un pueblo y en la infancia, uno puede estar siempre en casas abandonadas, cazando lagartijas, o metido en el pilón de la plaza, y llegó a ocurrir que una tarde de otoño, fría, huracanada, silbante, me aburrí. Y sin otra cosa mejor que hacer caí en el libro del pozo. Durante tres días no pude dejar de leer. Conecté mi imaginación de un modo extraño, mágico, a las cosas que contaban esas páginas cargadas de olor a tiempo cerrado que se liberaba. De repente ya no quería ser veterinario como mi papá, y quise tener la mejor profesión del mundo: lector.
Después de ese libro llegaron otros muchos y después de los doce los trece, los catorce y el adiós al pueblo. No tardé tampoco mucho en despedirme de la capital de provincia que me acogió, para acabar en la gran ciudad donde cumpliría con todas las metas que me había propuesto para entonces; casarme, tener un hijo y trabajar de bibliotecario.
Lo que no entraba en mis planes era atropellar a una pobre vieja por desviar mi atención hacia un libro abierto en el asiento del copiloto, y lo que todavía me pregunto hoy es cómo fui capaz de hacer lo que hice. No por el atropello, no porque ella chocara contra el capó, la luna, el techo y escuchara el impacto brutal contra el suelo, ni siquiera por los segundos de indecisión que siguieron, sino porque la balanza cayó del lado más cobarde y me di a la fuga. Pero lo peor es que sé la respuesta a esa pregunta que todavía hoy me hago, lo que descubrí de mí fue una terrible verdad: leer tanto no me hacía mejor que nadie, sino tan solo distinto, y si acaso.
Durante tres meses y un día no abrí un solo libro, ni siquiera en la biblioteca. La culpa, suponía. Esperaba que en cualquier momento me detuviesen. Pero eso no ocurrió. Mi mujer por otra parte nunca me vio más atenta con ella, más amoroso con el niño, y más apegado a esta realidad. Ella era también una lectora voraz pero al ver cómo me comportaba con mi abstinencia se alegró. Pero recaí. Y no lo hice al estado anterior, sino que traspasé todas las fronteras que antes me contenían. Empecé a leer camino del trabajo al que iba a pie, mientras clasificaba o atendía a la gente, mientras me bañaba, durante casi toda la noche, sin excepciones, sin cumplir con nada más que con las funciones vitales. A veces ni eso.
Mi mujer hizo todo lo posible por recuperar la cordura de su marido, hasta que me abandonó después de que una tarde me olvidara a nuestro hijo en un supermercado. No tengo excusa, estaba acabando un libro, él no dejaba de llorar… Luego me echaron de la biblioteca. Pronto rompí todo lazo con la realidad. No tardé en comprender que lo que te atrae inevitablemente te destruye.
Soy consciente de haberme hundido en mi particular círculo del infierno, sé de mi adicción literaria, sé que soy un yonki. He fracasado en mis intentos por desengancharme y es ridículo verme llorar por no ser capaz de cerrar un libro. Libros que pueden ser buenos o malos, novelas, ensayo, filosofía, ciencia, poesía, de un género o de otro, de un escritor consagrado o de cualquiera… Soy como los insectos que van a hacia la luz a morir irremediablemente chamuscados ¿A qué espero para arder?
Conocí a Orlando cuando (¿casualidad?) le atropellé. Yo iba algo más rápido de lo que debía y él iba por completo enfrascado en su lectura, cruzando un semáforo en rojo para los peatones. Le confundí con un vagabundo y la verdad es que a esas alturas ya era una buena definición para él. Le socorrí y en el hospital, al ver cómo le escayolaban la pierna mientras exigía a gritos que le devolviesen el libro que le habían quitado, comprendí que querría escuchar su historia. Una historia que me contó al día siguiente cuando volví a visitarle. Una historia que me contó (y me confesó, porque lo de la anciana era un posible asesinato) sin dejar de leer durante un solo momento. Al acabar le regalé la novela que me había autopublicado (sí, no seré ningún nobel de literatura y reconozco que no era el mejor regalo) y le convencí para que acudiera a la consulta de un psiquiatra amigo mío experto en adicciones que tiene su consulta en la isla. Cómo imaginar que le conduciría a la muerte con ello.
Ya lo dije, no puedo asegurar que los últimos momentos de Orlando ocurriesen como los describo al principio, pero quiero imaginármelo a pesar de todo leyendo hasta el final. Que sus restos no apareciesen entre los escombros, y que mi novela fuese uno de los pocos objetos que no sufrieron daño alguno, me hace divagar en la dirección de una hipótesis todavía más optimista, por la Orlando se convirtió en literatura y fue capaz de saltar hacia la otra realidad, esa que está en los libros, esa que nos permite vivir mejor en este lado. Tal vez.
Publicado originalmente en dekrakensysirenas.com, @krakensysirenas, el 25.04.16
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Por supuesto no ocurre siempre pero encuentro una tendencia que distingue los buenos libros de las buenas películas. Estas suelen acabar relativamente bien, aquellas suelen mostrar la desolación en sus últimas páginas. La necesidad de no tener que agradar a grandes públicos permite mayor sinceridad, mayor sintonía entre la ficción y la esencia misma de la naturaleza.
De Puskahr a Johdpur
Trato de llevar a cabo lo imposible: escribir de una manera legible mientras viajo en un autobús hindú. No será por falta de tiempo (me esperan varias horas de trayecto cubriendo la distancia que separa la sagrada Puskahr de Johdpuhr y su famoso fuerte), sino por el infernal traqueteo en donde el asfalto brilla por su ausencia y los baches decoran cada metro. Para hacerse una idea del estado de la carretera basta con decir que la distancia entre ambas ciudades es de ciento ochenta y cinco kilómetros y el tiempo estimado que nos espera será de cinco horas. Achacar la culpa al vehículo, destartalado, desconchado, con seis plazas en la cabina junto al conductor formando una especie de semicírculo, no me parece que se ajuste a la verdad. Bastante hace con no averiarse.
Confirmo que una de las mejores experiencias que se puede tener en la India es probar sus innumerables, y en ocasiones inefables, modos de transporte. Además y mientras viajas en uno de ellos, no se está a pie y se evita la posibilidad de morir atropellado por un autocar, un coche, una moto, una motoricksaw, una biciricksaw, una simple bici, una vaca, un elefante, o incluso una gastroenteritis. Definitivamente esta última opción puede ser lo peor de todas.
Hemos subido al bus un grupo de mochileros y estoy de suerte porque me ha tocado sentarme solo. Esto me permite recogerme en mí mismo y en la India, y soltar reflexiones a diestro y siniestro al tiempo que el asiento de al lado es ocupado sucesivamente por hindúes que no cubren el trayecto hasta el final, y que por tanto se suben y se bajan en las distintas paradas del camino. De las dos mujeres y del hombre que hasta el momento tuve por compañeros, me quedo con este último y su turbante, largo, blanco, y con su gesto que interpreto respetuoso (a saber si hago una buena hermenéutica). Así, cuando me vio sacar el diario de viaje se echó a un lado para que mi mano zurda pudiera ganar espacio en su lucha por escribir. Daría mi reino por estar en sus cabezas y saber lo que piensan de nosotros.
Es verdad que según pasan los días me encuentro más a gusto y en sintonía con el país, pero tampoco voy a engañarme, han caído algunas costras culturales con las que vine pero bien sé que no lograré pasar de la epidermis, que tan solo podré captar la India desde sus trazos más gruesos. A diferencia de otros países que he visitado, sí estoy en otro mundo. Quizá esperaba la sexta economía mundial y me topé con Nueva Dehli y su pobreza extrema, quizá me esperaba la espiritualidad de Puskhar y no supe mirar adecuadamente por encima de su mierda y de sus vacas, quizá pensaba que mi capacidad de sorpresa no se podía desbordar y entonces apareció Benarés…
Un bote que no se puede decir que sea inesperado, pero sí más brusco que la mayoría, me lleva a nuevos territorios y reseño la siguiente frase que escucho antes de que pueda olvidarla: “¡Cuánto daño ha hecho el plástico a este país!”. De inmediato asocio que Marvin Harris habría necesitado de esta actualización para abordar una nueva edición de su famoso Vacas, cerdos, guerras y brujas. Debería explicarme por si alguien tuviese la mala fortuna de leerme, pero se acaba de sentar a mi lado una señora con su hijo pequeño en brazos. Ambos llevan encima más color del que llevaré yo en toda mi vida. Decido cerrar el diario y disfruto del viaje que continúa entre zarandeo y zarandeo, como la vida. La sonrisa permanece.
Peligro de extinción
Hoy no vengo con un relato bajo el brazo, hoy vengo con una arcada, con una exageración. Pero no descarto con ello encontrar algo de verdad: en estos tiempos que corren los niños son una especie en peligro de extinción. Y no me refiero a un problema estadístico.
Uno puede pasear por la calle y encontrarse a muchos de ellos, en las escuelas e institutos todavía hay bastantes ejemplares, e incluso en los parques de toda la vida (esos de tierra y columpio) queda alguno. Pero no nos engañemos, son más bien niños de pega, de cartón piedra que si se les rasca se les desfigura la escasa inocencia y lo que viene a surgir son códigos de barras en miniatura.
Los niños, qué desastre, quieren ingresar cada vez antes en ese club llamado «ser adulto», y nosotros les empujamos ahí con nuestras acciones al tiempo que les decimos con nuestras palabras todo lo contrario, esto es, les decimos que deben vivir su infancia pero no hacemos que crean en ella. Nunca nos hemos sabido mejor la teoría y hemos aplicado peor la práctica.
¿Quién de nosotros (hablo de adultos responsables, formaditos y con las mejores intenciones) no sabe que el reino de la infancia es sagrado y que hay que hacer todo lo posible por conservar la magia? Y sin embargo las estadísticas arrojan una sombra tras otra; cada vez los niños comienzan a beber antes, a fumar antes, a follar antes, a pegarse antes, a matarse antes y a «querer ser mayores» cuanto antes.
Quizá mi visión pesimista (la es, por si no había quedado claro) viene forzada por el sector de niños con el que trabajo, aquellos que se encuentran en riesgo de exclusión social. Pero sospecho que no hay excesiva diferencia con respecto al núcleo que podemos llamar, «niños criados en condiciones de normalidad» y es que después de todo, unos y otros comparten los patrones comunes de nuestra sociedad.
Al menos en el primer mundo, a menudo resulta más fácil llevarse a edad temprana un móvil al bolsillo, que a la boca un pedazo de comida saludable. Y por supuesto el móvil es un símbolo de la sobreabundancia tecnológica que se filtra por cada poro, ese exceso que ha hecho desaparecer las formas lúdicas tradicionales (¿quién ve hoy en día en un parque unas chapas, unas canicas y hasta un escondite?) ese que permite acceder a imágenes y músicas y vídeos de todo tipo a menudo sin control, y ese que puede adoptar los nombres de tantos «dispositivos» que resulta difícil estar al día y hasta a la hora.
Y si el gusto por la tecnología es un patrón, qué decir de la sexualidad, o mejor, de la hipersexualidad que padecemos. Están muy bien todos los talleres, asignaturas y discursos grandilocuentes y adaptados que se imparten sobre la educación en igualdad y sobre la no discriminación por sexos, pero la realidad es que el machismo campea en las aulas como nunca, la homofobia entre muchos jóvenes es moneda de cambio y las relaciones sexuales se experimentan a menudo desde la desinformación, el riesgo y hasta el miedo.
Llegar a la violencia tras el camino andado no tiene mucho misterio. El acoso, el bullyng, los suicidios infantiles, la cantidad de niños diagnosticados con trastorno disocial, la cantidad de ellos que serían diagnosticados con ese trastorno o con alguno similar si todos acudiesen a consultas psicológicas, sería escandaloso, casi demencial.
Digo yo que algo estaremos haciendo mal y muy mal y que tanto padres, como agentes sociales y educativos, como esa otra especie en peligro de extinción llamada políticos honrados y consecuentes, deberíamos hacer y logar más de lo que logramos y hacemos.
Permitidme que termine de vomitar poniendo mi última arcada encima de la mesa: Hemos derribado los puentes que separaban la distinción entre el valor y el precio, y hemos dejado a los niños en la orilla equivocada, una orilla equivocada en la que también estamos varados los adultos.
Publicado originalmente en dekrakensysirenas.com, @krakensysirenas, el 22.03.16
Philip Roth
En las culturas con censura, donde todo el mundo vive una doble vida –de mentiras y verdades−, la literatura se convierte en un modo de preservar la vida, ofreciendo a la gente un resto de verdad a que aferrarse. También es cierto, creo, que en una cultura como la mía, donde nada sufre censura, pero donde los medios multitudinarios nos someten a una invasión de inanes falsificaciones de los asuntos humanos, la literatura también es un modo de preservar la vida, y ello aunque la sociedad apenas la tenga en cuenta.
El nuevo Nuevo Testamento

Año: 2015
Director: Jaco Van Dormael
“Dios existe y vive en Bruselas”
Sin duda una de las películas más originales y distintas de cuantas he visto, y también una de las que más me han gustado. Estoy sencillamente deslumbrado y no sé por dónde empezar, si por la divina niña de diez años cargada de un lenguaje poético que enamora al más ateo (es decir, a mí), si por la música, si por el humor ácido por momentos, surrealista en otros, directamente inclasificable en algunos, si por los protagonistas secundarios que llenan de color la pantalla, o si por Dios y JC. El caso es que este cuadro fílmico se merece mi admiración y que dé el coñazo a todos aquellos que me quieran escuchar o leer.
Para qué decir más, si acaso, pediría que esta noche Ea también me invente a mí un sueño. Visto el buen gusto que tiene le dejo elegir a su libre albedrío.
76
«Tú» es la palabra más bonita que conozco y «Yo» la más difícil. ¿Cómo íbamos a salir bien de ese «nosotros»?
Cría cuervos
Se asomó al borde del pozo pero, ¿quién no estuvo alguna vez en esa situación? Luego adelantó un pie y colocó medio cuerpo sobre el abismo. Ahí me preocupé y decidí intervenir.
Una hora antes había salido de mi casa tras pasar una mañana gris. Ni madrugar, ni ver amanecer, ni escuchar a Mozart, ni tan siquiera un vaso de whisky. Nada había conseguido inspirar la música que debía acompañar a la película. Me arrojé a la calle, o más bien al campo pues desde que me mudé a la Sierra, el campo es lo que me rodea. Sin rumbo, mis pasos erráticos pero no ciegos, me condujeron una vez más al camino que lleva al pozo. Esta vez sin embargo ese imán oscuro había atraído a otra presa que no era yo.
Había dejado el móvil en casa como siempre que salgo a caminar (mis dos únicas costumbres sanas), y tampoco tenía reloj, por lo que solo pude suponer que rayábamos el mediodía cuando el tipo hizo equilibrio sobre el pozo. Estaba nublado, amenazaba tormenta, si juntaba los dedos captaba la humedad en el ambiente. Quedábamos a unos diez metros el uno del otro (él de espaldas a mí) y había que sumar la bruma y la angustia que le supuse. Más me valía actuar con precaución y sin asustarle para no ser yo el motivo de que cayera al maldito agujero. Tras lo que me parecieron diez segundos eternos volvió a colocar su temerario pie en suelo firme. Me acerqué y a escasos tres metros carraspeé antes de hablar, luego dije:
−Este frío cala los huesos, ¿verdad?
El tipo se giró para mirarme, me sonrió por respuesta y volvió a su posición inicial. No tardé en situarme justo al otro lado, tendría mi edad. El agujero era lo suficientemente generoso para que nos pudiéramos caer los dos al mismo tiempo. Quedé bastante sorprendido del rostro de quien ahora me miraba con fijeza. Al instante me pregunté cuánto tenía que ver la cicatriz que atravesaba su mejilla derecha, para la situación en la que se encontraba. Me sentí mezquino por ello.
−Esto apesta –dijo él rompiendo el silencio.
−Es verdad, apesta –busqué rápido un asidero para no animarle hacia el lado fácil, cuando se llega a su situación, pensé, cualquier cosa puede desencadenar el último paso−, pero hay que buscar el lado bueno del asunto.
−¿Ah sí, y dónde está ese lado? Para tirar por él más que nada cuando me llegue la hora, porque por mucho que mire yo lo veo todo igual de oscuro y de apestoso.
Me estaba luciendo, me dije a mí mismo. Por un momento me pareció que su cicatriz brillaba plateada por efecto de la calina, quise incluso tocarla. Calculé que en cualquier caso mi brazo desde la posición en que me encontraba tampoco habría llegado. Necesitaba centrarme y en ese momento aparecieron tres cuervos. Los vi descender y posarse a escasos metros de nosotros, de otra manera habría resultado imposible verlos. Graznaron. Para nosotros, pensé.
−A veces uno cría cuervos y sí, es verdad que le devoran, pero…
De repente no supe qué añadir, o no quise, no me gustan los tópicos, ni repetirme, de golpe sentí que se marchaban las fuerzas, a ese paso nos tiraríamos juntos.
−¿A usted le ha pasado?
Me lo preguntó con exquisita educación, y me sonrió, la cicatriz no era tan horrible como pensé en un principio. Al menos otros tres cuervos se unieron a la escena. Me resultó fantasmal y cómica al tiempo.
−Lo cierto es que sí –dije, sincero, desarmado−. Y si le digo la verdad, más de un día y más de dos me he encontrado en su lugar, dándole vueltas a todo, mareado de que el mundo apeste.
Frunció el ceño pero no era enfado, supuse que había logrado enfatizar con él. Era un gran avance, todos necesitamos a alguien en los momentos más oscuros. Luego dijo:
−Bueno, lo siento, pero supongo que después de hoy cambiará de lugar para meditar. −Y sin que pudiera encajar la frase añadió:− ¿Tiene reloj? Creo que ha llegado mi hora.
Escuché el ruido de un coche, al levantar la vista observé atravesar la niebla a un todoterreno. Podía serme de utilidad llegado el caso. Alcé la voz al hablar.
−¡No tengo reloj, pero seguro que no es tu hora, siempre hay tiempo, ya habrá tiempo!
El todoterreno provocó que los cuervos levantaran el vuelo y nos dedicaran una sinfonía de graznidos.
−Pero hay que ser puntuales –dijo el tipo con una sonrisa que me descolocó tanto como que se diera la vuelta para acercarse al coche que ya se detenía a escasos metros de nosotros.
Mi cara de desconcierto creció cuando vi que el todoterreno era del ayuntamiento. No supe dónde meterme cuando mi falso suicida saludó a su compañero. Eran deshollinadores, iban a limpiar el pozo donde había caído hacía unos días un desafortunado corzo. Luego iban a cegarlo dado su peligrosidad. El tipo de la cicatriz simplemente había llegado antes y estaba reconociendo el terreno, sopesando la mejor manera de bajar a por el animal.
Dos días más tarde compuse la canción con la que conseguí la estatuilla del festival. Los cuervos que me habían sacado los ojos regresaron en son de paz y, para su propia sorpresa se la concedí. A veces regreso al pozo, ya ciego, y sonrío.
Publicado originalmente en dekrakensysirenas.com, @krakensysirenas, el 17.02.16
Cobarde
I
Al llegar de la editorial se encontró la puerta de su casa abierta y, con inquietud, se preguntó si se trataría de uno de sus numerosos despistes o de un robo. De inmediato cayó en la cuenta de que no tenía copia alguna del archivo word que contenía su última novela, casi terminada. Si ha desaparecido el ordenador… se precipitó dentro y al dar la luz se topó con su familia y sus amigos.
−¡Feliz cumpleaños! –Le gritaron al unísono mientras él se serenaba.
Recibió besos, abrazos y tirones de orejas. Se mostró estoico. Incluso forzó su sonrisa para no resultar desagradecido, aunque no dejaba de pensar que cuarenta y dos años era una cifra lo suficientemente abultada como para ahorrarse todas esas zarandajas. Para sobrellevar mejor el trago y a los suyos se sirvió un whisky doble. Los demás no pasaron del vino o de la cerveza, y eso cuando lo hicieron, porque la mayoría optó por refrescos light que a él horrorizaban, si bien nadie conocía ese pueril secreto. La tarta esperaba.
Una hora más tarde en la casa del prestigioso escritor los asistentes se habían dividido en dos grupos. En uno, con mayoría de mujeres, se mezclaba la política con los pañales. En el otro, hombres sobre todo, el fútbol y también la política iban de la mano. El anfitrión, que siempre había escrito contra los tópicos, no pudo sino viajar hacia su mundo interior, aunque en apariencia fuera de un lado para otro repartiendo sonrisas y afecto. Sin embargo algo fuera del guión le impidió esta vez sobrellevar a los demás como tantas otras veces.
Comenzó a llover con fuerza y el repiqueteo de la lluvia contra las ventanas le anegó de nostalgia. El recuerdo de ella bajo la lluvia se hizo insoportable.
−Me voy –dijo sin dar ninguna explicación a los atónitos invitados−. Cerrad la puerta cuando os marchéis.
II
Nada más comenzar su paseo errático sintió el extraño alivio de la contradicción. La lluvia nunca golpea contra la ventana con suficiente fuerza, pensó mientras recordaba que su última conversación con ella había sido bajo una tormenta, que sus mejores noches llegaron bajo tormentas, que las lágrimas como mejor se ocultan es bajo la tormenta.
Con esa tempestad repleta de aristas caminó largo tiempo despreocupado de su salud e indiferente a los comentarios que dejaba atrás. Se envolvió en recuerdos y reflexiones. Habían pasado ya diez años desde que se vieran por última vez, y ocho desde que ni siquiera hablaban por teléfono. El mar les separaba pero el abismo definitivo era la conciencia de un proyecto de vida distinto al que ninguno de los dos quiso renunciar. Sin embargo él la seguía adorando y la consideraba su mejor fracaso. Ella había sido entre todas las mujeres que había conocido, la única que asumiera como él lo hacía, el radical absurdo de la vida y, por muy absurdo que resultara, la seguía queriendo. Del mismo modo podía considerarse un sinsentido que cada año le escribiese una carta que finalmente nunca enviaba, pero seguía haciéndolo bajo la idea de que al menos la acariciaría en cada palabra que le escribiese.
La expresión calarse hasta los huesos se le quedó corta después de una hora bajo la lluvia, y hasta el alma le resultó más conveniente a pesar de no creer en tal cosa. Sin duda fue esa imagen la que le llevó a pensar que estaba erigiendo un templo de preguntas con el que torturarse. El altar era evidente: ¿por qué se dijeron adiós? Su vía crucis terminó con la sentencia en la que siempre concluía, lo que ella dijo al despedirse: «somos valientes y únicos al sacrificar los sentimientos por nuestros proyectos».
Chorreaba de la cabeza a los pies. Tiritaba a cada paso. No tardó en decirse que merecía ahogarse allí mismo, que bendito sería el rayo que le fulminase. Pero no ocurrió tal cosa y sin saber bien cómo, se encontró de nuevo en su portal.
III
Su familia y sus amigos le habían hecho caso y cerraron la puerta al marcharse. La tarta seguía intacta, le pareció la viva imagen de la tristeza.
Entre temblores logró deshacerse de su ropa que sonó a charco al arrojarla sin miramiento contra el parqué. Desnudo, con la lluvia azotando los cristales, contempló su apartamento repleto de libros. Una idea se apoderó de él: había sometido su vida a muchos sacrificios por lograr su sueño de entregarse por entero a la literatura y, sacrificarla a ella había sido un error. Todo se le nubló.
Fue hasta la nevera y se abrió una coca light, la bebida que ella siempre tomaba, entonces encendió las velas de su tarta, y finalmente buscó el teléfono móvil. A pesar de los años y de que había borrado el contacto de la agenda, no le costó nada recordar las nueve cifras.
Con el primer tono lo tenía claro, le diría que quería ser digno de reconquistarla, asumiría que era un cobarde, pero que quería serlo a su lado. En el segundo tono se percató de que la lluvia ya no golpeaba contra la ventana, la tormenta había cesado por completo. La nostalgia se esfumó de golpe. La voz de ella sonó al otro lado de la línea, «¿Sí?».
Publicado originalmente en dekrakensysirenas.com, @krakensysirenas, el 28.01.16