Soy un personaje

23.09.15

La palabra del Señor pesa menos de lo que pensaba. En la mochila también van Henry Miller y mi incombustible Enrique Vila-Matas. Me pregunto qué tal se llevará Dios, ahí dentro, con dos de sus criaturas más rebeldes. Me pregunto cómo me permite combinarle de tal manera sin abrir la tierra a mis pies y devorarme sin demora. Me pregunto tantas idioteces…

Hay anécdotas que se me transforman en gérmenes de relatos; otras, solo llegan a ocurrencias y mueren como tales; y la que aquí me trae, la que me saca de casa, me hace cargar la mochila de libros, y me lleva al Matadero de Madrid para ponerme a escribir estas líneas, es una de esas anécdotas de la que debo hablar de un modo u otro, para que no me reviente por dentro y lo ponga todo perdido de frustración. Porque vaya, para mis cosas, soy muy higiénico.

Ocurrió al salir de la Comisaría de Usera (no vayáis a pensaros que algo excitante, solo la renovación de mis documentos caducados –cualquier día me caduco yo sin darme cuenta). Regresaba a casa con la cabeza puesta en váyase a saber qué locura, cuando una señora me llamó, me dijo que se había fijado en que me gustaba la lectura (como acostumbro me acompañaba de un libro), y me soltó un papelito por si me interesaba echarle un vistazo. En los breves segundos de su discurso, reconozco que la prejuzgué, la juzgué, y la sentencié:

El papelito no puede ser sino de tinte religioso, ella es una beata convencida que busca hacer prosélitos en sus filas, y no digo que sea mala persona, ni mucho menos porque a tanto ni llego ni me atrevo, pero no puedo evitar que me genere desconfianza.

Acepté el papelito que efectivamente era de tinte religioso (muchas horas más tarde comprobé que de los testigos de Jehová). Nos miramos por un segundo, y ella tuvo la amabilidad de no añadir nada más. Nos dijimos adiós. El panfleto llevaba por título: “¿Dejaremos de sufrir algún día?”

Esta propaganda siempre me deja fascinado. Fascinado por su cutrez. Es impactante pensar que muchos mensajeros de Dios no sean capaces de ofrecer nada más que este tipo de panfletos de grafía horrible, dibujos de parvulario, y mensajes simplistas. Tal vez no se me crea por lo que suelo escribir, pero soy increíblemente respetuoso con las religiones, las he estudiado a fondo, y creo entender bastante bien su función histórica y hasta su legado, pero muchas veces es como si me pusieran a prueba, como si se empeñaran en que dude del paquete entero que ofrecen, y para muestra, solo hay que seguir leyendo.

Repito, “¿Dejaremos de sufrir algún día?”, es el título del panfleto, un díptico por las dos caras, que viene a ofrecer… ¿respuestas? Me contengo hasta llegar a casa, y aún en ella consigo calmar mi ansia de analizarlo por entero, hasta que horas más tarde he acabado en esta bancada de madera a la entrada del Matadero, desde donde escribo. El díptico es mucho de preguntas, y así lanza la siguiente: “¿Hay razones para creer lo que la Biblia dice?” Y contesta: “Sí, al menos dos: “Dios odia el sufrimiento y la injusticia”, y “A Dios le importa cada persona”, y estas aseveraciones son acompañadas de pasajes bíblicos… irrisorios. Pero claro, es mi opinión. Vayamos con algo que no lo es asistiendo a una pregunta aún más interesante: “¿Por qué permite Dios que suframos? Encontrará la respuesta bíblica en Romanos 5:12 y 2 Pedro 3:9”. Y por esto traje la Palabra del Señor conmigo. Busco y os copio:

“Pues bien, por un hombre penetró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte, y así la muerte se extendió a toda la humanidad, ya que todos pecaron” Eso en Romanos.

“El Señor no se retrasa en cumplir su promesa, como algunos piensan, sino que tiene paciencia con vosotros, pues no quiere que se pierda nadie, sino que todos se arrepientan” Eso en Pedro.

Me hierve la sangre. ¿Así que el sufrimiento según este panfleto escrito por gente de supuesta buena fe, se debe al pecado original? ¿Así que Dios no convoca su apocalipsis porque está esperando a que todos nos arrepintamos? Vaya por dios, más bien es él el que debería arrepentirse, el que debería pedirnos perdón por lo que ha hecho y permitido de nosotros… y si existiera realmente creo que sería capaz de mirarle a la cara y espetarle que mejor estaría muerto, pues entonces no sería responsable de tanta atrocidad. Sé que la teología es capaz de mejores argumentaciones, pero sus raíces son tan caducas por muy bellas y líricas y profundas que puedan resultar en otras ocasiones…

El monoteísmo, los tres grandes monoteísmos que nos sacuden con sus Libros llenos de supuestas verdades inmutables, están tan arraigado a un terruño y a una época histórica puntual, que seguir creyendo en ellos es… Pero qué estoy haciendo, a quién le hablo, mis argumentos han sido ya expuestos de forma mucho más brillante millones de veces, y sin embargo, la necesidad de consuelo está ahí, y la fe sincera, la beatería, y el fanatismo, prenden tan bien en ese consuelo…

Levanto la cabeza y sonrío. Guardo la Biblia en mi mochila, abro a Henry Miller y luego haré lo propio con Vila-Matas. Al menos para mí, no hay posibilidad alguna de salvación eterna, y eso tal vez sea una gran noticia para todos.

Visto para sentencia

Corría la Edad de Bronce en la Antigua Grecia y en sus jóvenes dioses cuando el más poderoso de todos ellos, Zeus, amo del rayo y señor del Olimpo, decidió arrebatar el fuego a esos frágiles seres, nosotros, a los que gobernaba con voluntad caprichosa. El motivo, castigar al titán Prometeo, máximo benefactor de la humanidad, por una burla supuestamente imperdonable. El dios supremo regalándonos la oscuridad dejaba visto para sentencia su venganza. O eso pensó, porque el fuego, gracias precisamente al titán, volvería a los hombres. Zeus esta vez no tendría clemencia con el intrépido Prometeo y lo condenaría a suplicio eterno, pero también este, de la roca y el águila, sabría escapar.

Poncio Pilato, quinto prefecto de la provincia romana de Judea entre los años 26 y 36 d.C, dejó visto para sentencia el caso del judío que se proclamaba a sí mismo el Hijo de Dios, cuando permitió al belicoso pueblo que gobernaba, que hiciese con ese Cristo al que no quería juzgar, lo que se les antojase. Pilato se lavó las manos creyendo que nadie le juzgaría a él. Todavía hoy debe estar revolviéndose en la tumba.

El 22 de junio de 1633 en una sala del convento dominico de Santa María sopra Minerva, en Roma, Galileo Galilei, a la edad de 69 años, abjuraba de rodillas del modelo cosmológico heliocéntrico que había defendido en su Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo. La Santa Inquisición en particular, y la Iglesia en general, dejaban visto para sentencia la peligrosa herejía que nunca más les volvería a dar quebraderos de cabeza. O eso esperaban, porque dijera o no dijera Galileo por lo bajo «… y sin embargo se mueve», lo cierto es que desde entonces no nos dejamos de mover, tratando, unos de expulsar el fanatismo, y otros imponerlo.

El año que murió Galileo, 1642, nació Isaac Newton. Cuatro décadas más tarde, en 1687, verían la luz los Philasophiae naturalis principia mathematica, por suerte también llamados simplemente los Principia. Fueron tres libros donde se contenían los fundamentos de la física y de la astronomía, explicados en un lenguaje de geometría pura. Newton conseguía dejar visto para sentencia la concepción matemática del mundo. Después de su hazaña, en Física solo sería posible escribir notas a pie de página de los Principia… Y sin embargo hemos visto que ni siquiera Newton puede tener toda la razón.

«De lo que no se puede hablar hay que callar». Así termina Ludwig Wittgenstein su Tractatus Logico-Philosophicus, redactado en 1918. Con esa frase lapidaria se quiere dejar vista para sentencia toda la Historia de la Filosofía, o al menos, toda la que se encuadra dentro de lo que podemos llamar metafísica, o lo que vendría a ser lo mismo, las investigaciones de la idea de dios, del alma, y si se me apura, de la libertad. Pero la Filosofía es un monstruo de mil cabezas como no puede ser de otro modo al venir de nosotros, y ni siquiera el genial vienés pudo privarse a lo largo de su vida, de seguir hablando sobre aquello de lo que no se puede hablar.

1992 alumbra entre otras muchas cosas, The end of History and the Last Man. En sus páginas Francis Fukuyama expuso que la Historia, como lucha de ideologías, había terminado. A partir de entonces, según el autor de esa supuesta conclusiva obra, la democracia liberal se imponía como única alternativa y realidad posible. Al documentarme para ser lo más fiel posible a los datos que he ofrecido, descubro que a estas alturas el propio Fukuyama reniega de la corriente neoconservadora donde se fundamentaba su tesis. Poco más cabe decir al respecto.

Finalmente, no hace mucho nos dijimos adiós. La vida me mostró sus fauces, se rió de mí y me gritó que lo nuestro quedaba visto para sentencia. No niego la lógica, tampoco tristeza y la desolación, pero también sonrío. Me atrevo a retar a la misma muerte mientras coloco nuestras nomeolvides sobre tu lápida.

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[Publicado originalmente en DeKrakensySirenas, @krakensysirenas el 15.09.15]

Camino a Damasco

Tras tomarse el primer café de la mañana se plantó frente al enorme mapa del mundo estilo vintage, que colgaba en la pared de su despacho. Había llegado la hora de hacer la llamada, el día de la gran decisión: alrededor de seis mil trabajadores se irían a la calle, cerca de doscientas tiendas en diversos países echarían el cierre. La reestructuración de la compañía debía marchar por los cauces que exigía el mercado, y para eso le habían contratado a él, no para alcanzar beneficios, pues estos se habían dado incluso en la cresta de la crisis, sino para lograr una curva de ingresos y una bajada de gastos, que permitiera a la compañía crecer tan rápido, que escalaran decenas de puestos en el posicionamiento del sector.

Cálculos y previsiones, en eso él era el mejor a pesar de su juventud, y por eso los accionistas le habían elegido. Su currículo impresionaba, y era harto conocida su capacidad para tomar medidas implacables.

Después de recorrer con la mirada países del mapa que se verían afectados tras su llamada, acabó en Grecia, y cuando quiso mover la vista del país heleno, no pudo. Es entonces cuando vivió lo que algunos llamarían epifanía y otros paranoia, mientras que él, lo bautizó bajo el nombre de, El privilegio de mi generación.

Apenas logró salir del desconcierto se hizo con papel y bolígrafo, se acomodó en el suelo, y describió su vivencia:

«Tras unos segundos completamente paralizado en los que el terror a lo desconocido llenó cada poro de mi piel, pude al fin desclavar los ojos de Grecia justo al tiempo que sin saber cómo, recordé la máxima de Sófocles según la cual, “muchos son los misterios del universo, pero no hay mayor misterio que el ser humano”. Caí entonces sobre mi sillón ejecutivo, las piernas me temblaban. De inmediato otras descargas en forma de… intuiciones espasmódicas intelectuales, sacudieron mi cuerpo.

Esas descargas me hicieron sentir:

la enorme fortuna de haber nacido unos cientos de kilómetros más al norte que al sur, y dentro de ese norte, más en un barrio que en otro, y dentro de ese barrio, en el seno de una familia que me quiere, en lugar de en una en la que no;

la suerte de mi indeterminación religiosa, donde nadie me ha machacado la cabeza con la idea de ningún dios, fuese este terrible, bondadoso, o puro amor;

la pesadumbre feliz de la infinita levedad del ser y todas sus consecuencias;

el disfrute de mi sexualidad con libertad, dentro del privilegio de poder follar sin amor, de amar sin follar, y de haber llegado incluso a tener ambas cosas a la vez;

el profundo aguijonazo de vivir una época donde el hambre de millones de personas son el capricho de unas pocas, con la plena conciencia de habitar un tiempo, el primero en la historia de la humanidad, donde existen los medios suficientes para erradicar esa plaga que sin embargo no se desea erradicar;

el ardor de comprender que las lecciones de la Historia solo parecen servir de papel higiénico;

la certeza de la literatura frente a la incertidumbre de las matemáticas y la falsedad de la moralidad;

y cuando pensaba que ya nada más podía sacudirme, llegó la intuición de Walt Whitman para arrojarme a la cara el verso que aún puede aplicarse a mi generación: disfruta del pánico de tener toda la vida por delante».

Terminó de escribir su experiencia y se levantó del suelo. Volvió a mirar el mapa. Se sentía tranquilo, sereno, extrañamente feliz. Se encendió un cigarrillo y se sirvió un whisky. Sonrió, cogió el teléfono móvil e hizo la llamada que tenía que hacer.


[Publicado originalmente en DeKrakensySirenas, @krakensysirenas el 31.08.15]

Usera y su manzana oriental

4.09.15

¿Cuántos mundos caben en Madrid? No tengo ni puñetera idea pero no me importa ponerme a contarlos todos. Aquí va uno que desconocía.

Después de mis primeros días como ciudadano de la capital a todos los efectos, y de una primera capa de llamadas telefónicas dándome de alta en el agua, la luz, o el ADSL, descubro que el gran despistado que habita en mí, aún tiene por delante una segunda remesa de operaciones burocráticas; renovarme el DNI caducado hace dos meses, el pasaporte hace cuatro, y cómo no, empadronarme para entre otras cosas, poder votar cuando corresponda a Manuela Carmena, salvo desastre que no espero ni deseo.

Así que allá voy después de buscar en San Google mi Oficina de Atención al Ciudadano, que resulta estar a veinte minutos de mi casa: un agradable paseo. Son las doce del mediodía, y me acompaña Enrique Vila-Matas bajo el brazo en forma de artículos y ensayos literarios que no dejan de recordarme qué bien se puede llegar a escribir, y qué mal lo hago yo, pero en fin, como soy voluntarioso, no me rindo, y sueño, y mientras sueño sin rendirme, escribo.

Y escribo cosas como que al abandonar la Avenida de Córdoba en dirección a esa Oficina del distrito de Usera, no tarda en abrirse ante mí para la mayor de mis sorpresas, una manzana, o sector, o barrio, o no sé cómo llamarlo, tan oriental, que hay que caminar por ahí para darse cuenta de la magnitud del asunto. No se trata de que haya muchos restaurantes chinos, que los hay, o vietnamitas, o japoneses, que también. No se trata de que haya visto inmobiliarias, peluquerías, herbolarios, carnicerías, tiendas de telefonía, y hasta un bingo regentado por estas comunidades, con sus carteles correspondientes y por supuesto indescifrables ¡Es que también hay personas mayores paseando por las calles! Al principio me les quedaba mirando porque sus rasgos achinados me hacían sospechar que no eran los años lo que les hacía entrecerrar los ojos, y finalmente me he visto doblegado ante la evidencia: eran personas mayores sin cámaras de fotos, era la tercera edad oriental perfectamente asentada en este pedazo de tierra madrileña. Y apostaría a que no muy lejos de allí también habría más de uno enterrado, echando por tierra, nunca mejor dicho, aquella vieja y estúpida leyenda urbana que no hace falta escribir.

Más de uno habréis pensado: escribiendo estas cosas tan tontas [soy consciente de que en el mejor de los casos se habrá pasado por vuestra cabeza este adjetivo], no creo que por mucho que sueñes sin rendirte, llegues demasiado lejos escribiendo. Pero como eso yo ya lo sé, he seguido, despierto, con mi vida, porque no solo de sueños vivo, y me he presentado en la Oficina en busca de mi padrón. Allí, una señora muy simpática me ha atendido junto a otra señora igual de simpática, esta en prácticas y oriental como no podía ser de otro modo, para decirme que a falta de cita previa, sería otro día cuando tendría que hacerme el papelito. Pero a mí, la verdad, poco me ha importado tener que volver, porque siempre que voy en compañía de un buen libro para las esperas, y de mis ojos ávidos de mundo para los cruces, disfruto de las posibilidades que pasear por Madrid me ofrece.

Crónica de un accidente

11:50 de la mañana del 2 de septiembre. Termino de leer el Capítulo 18 de Los detectives salvajes de Bolaño, me levanto para ir a la ducha. Al separarme de la ventana del estudio donde vivo (llevo tan solo dos días en él y estoy encantado con el cambio), escucho un golpe tremendo.

−¡Vaya hostia, pero vaya hostia! –grita una transeúnte.

Acaba de producirse frente a mi ventana de la Avenida Córdoba un accidente de tráfico. Un autobús AISA acaba de chochar contra una furgoneta Volkswagen. El autobús tiene dañado el frontal, la furgoneta el capó reventado, el aceite por el suelo, los airbags fuera, las puertas dañadas. Su ocupante no puede salir. Una señal de Stop besa el suelo.

Los curiosos se arremolinan pero no hay un morbo excesivo sino más bien preocupación, y se agradece. Las llamadas pertinentes se hacen. Supongo que alguien hace fotos, supongo que alguien tuitea el acontecimiento, y lo supongo porque a mí me entra la tentación aunque finalmente decido que no es ético, que no debo hacerlo, y no lo hago.

A los pocos minutos aparecen; dos ambulancias del SAMUR, una furgoneta de la policía de Investigación de accidentes, un camión de bomberos y varios coches de la policía de Madrid.

El ocupante de la furgoneta sigue sin poder salir o no es conveniente que lo haga, y necesita del trabajo de los bomberos y de los sanitarios. Creo que está relativamente bien, si no, no tardarían tanto en sacarlo, al menos eso quiero pensar. Finalmente lo hacen, le inmovilizan, se lo llevan. No veo que se mueva, pero tampoco podría con las cintas que le han puesto. No hay lona negra que le cubra el cuerpo ni la cabeza. Es el alivio.

El trabajo de parte de los policías, los bomberos, y una de las Ambulancias, sigue a vista de mi ventana una vez que el herido se ha marchado.

Y yo me pongo a escribir esto porque ha habido momentos en los que el trabajo de esta gente me ha puesto los pelos de punta. Sinceramente, a veces creo que no somos conscientes del trabajo que realizan, y esta crónica es mi más sincero agradecimiento a todos ellos.

Espero que el hombre de la furgoneta se encuentre bien, cuando baje al portal preguntaré.

Es curioso, si hubiera mirado tres segundos antes por mi ventana, habría visto el golpe en directo, tal vez sabría con exactitud qué ha ocurrido y de quién es la responsabilidad del accidente. Tres segundos más tarde en acabar el capítulo donde el chileno Abel Romero cuenta brevemente su encuentro con Belano, y reflexiona sobre si el mal es causal o casual (con las consecuencias que ello implica), y tendría ahora mismo sobre mí un peso distinto, y la imagen de la violencia del impacto, que me alegro de no tener.


Cuando bajo a la calle pregunto a un policía. Me confirma que el herido está bien, que al principio no podía moverse, que el protocolo… luego contesta a la pregunta del responsable: la furgoneta hizo un giro indebido. Me voy tras darle las gracias por su labor, me apetece leer en su rostro cierto gesto de incomprensión.

No me fío

No me fío del blanco de la página, como se verá, capaz de cualquier cosa,

No me fío del amor, porque te quise y mira cómo estamos,

No me fío de mis pasos, lentos, rotos, demasiado extraños.

No me fío del océano, lo insondable es demasiado hermoso.


No me fío de Dios, que pudiendo hacer cualquier cosa, nos hizo a nosotros.

No me fío de tu mirada, ese abismo, ese precipicio, nuestra noche derrotada.

No me fío de las palabras ni de las grises ni de las buenas ni de las claras.

No me fío de la vida, capaz de jugártela en la primera encrucijada.


No me fío del tiempo, a la vez demasiado largo y demasiado estrecho.

No me fío del beso, porque es dulce agrio amargo y salado.

No me fío de la música que me lleva a cualquier estado.

No me fío de la literatura, el mayor de mis juegos.


Sí me fío de la muerte, sí del sexo, sí de la sangre…

Pero fiarse casi nunca es querer,

y que no me fíe, casi siempre significa deseo.


[Publicado originalmente en DeKrakensySirenas, @krakensysirenas el 13.08.15]

La herencia del viento

Año: 1960

Director: Stanley Kramer

“Una idea es un monumento más grande que una catedral”  H.Drummond.

Haré un ejercicio proverbial de brevedad.

Deja lo que estés haciendo, salvo que estés echando un polvo o salvando una vida, y ponte a ver esta película. Todo lo demás puede esperar. Pide clemencia si no te gusta. Si te fascina, probablemente sea porque se desnuda el fanatismo, pero también se nos arroja a la hoguera de la complejidad.

El brindis

Dolores y Ángel se conocieron en una discoteca, donde los respectivos amigos les condujimos para arrancarles del dolor de antiguas relaciones enquistadas. Nunca les había gustado aquel hervidero de ruido, pero estaban dispuestos a reconocer que era un lugar útil para poder desfogar la libido.

La torpeza indiscutible que Ángel demostró en la pista de baile llamó la atención de Dolores, y cuando él decidió darse un respiro con una copa, ella fue tras sus pasos. La música estridente llegaba a cada rincón de la discoteca, pero Ángel en la barra se hizo escuchar para pedir un vodka. Mucho más le costó comprender que aquella chica se le presentara y le sonriera. Lograron enterarse de sus nombres y de poco más. Enseguida desistieron de gritarse y Dolores pidió un whisky para hacer un brindis por el feliz encuentro. Él tuvo la ocurrencia de decir: «¡Por el silencio!». Y brindaron.

Para sellar aquel pacto en mitad de tanto bullicio, se besaron, incrédulos, pues se  acababan de conocer. Una sacudida les transformó en viejos compañeros aunque sus pasos no se hubieran cruzado hasta ese momento. Se marcharon de inmediato, sin avisarnos, conmocionados al sentir que para comunicarse entre ellos las palabras eran prescindibles.

Tras escapar de la discoteca huyeron también de la zona de bares hasta que al fin hallaron la calma. El silencio de la noche se sumó a su silencio, y optaron por consagrare a él.


Su relación se consolidó con los meses como vienen a hacerlo casi todas, a base de guiños, de complicidades y de ternura, pero resultaba evidente de cara a los demás que no eran como el resto, ya que entre ellos reinaba siempre el silencio y era la palabra la moneda de cambio que usaban en el trabajo, con los amigos y la familia.

A menudo durante el primer año los amigos de ambos, ahora en el mismo grupo, nos maravillamos de ver situaciones, digamos comunicativas −ir a un restaurante, elegir una película, decidir un regalo…−, que venían a resolver sin dificultad a base de miradas y sonrisas llenas de mensajes encriptados para el resto, que unas veces eran dignas de admirar y otras no dejaban de desesperarnos. Y es que en ocasiones veníamos a sentir verdadera incomprensión por ellos, momento en el que les  lanzábamos a la cara largos sermones sobre la necesidad de hablarse. Pero no había forma de hacerles ver aquello, y aunque nos contestaran con paciencia, ellos siguieron felices, sin palabras, comunicándose a su manera.

Sin embargo al inicio de su segundo año aparecieron las primeras grietas de su relación en forma de monosílabos. También nos dimos cuenta de que el brillo de sus miradas cuando se cruzaban, se redujo, y en definitiva, notamos cómo el halo mágico que parecía envolverles cuando estaban juntos se había roto hasta convertirles en una pareja… normal. Debo confesar que sentimos alivio, tal vez porque la amistad no es incompatible de la envidia.

Pocos meses más tarde ya se echaban reproches sin tapujos en forma de frases hechas y clichés del tipo: «siempre igual»;  «haz lo que quieras»; o, «todos sois iguales», que a quienes conocíamos su relación nos dejaba sin palabras.

Finalmente terminaron por cruzarse razonables discursos. Días antes de la ruptura cualquiera que no les hubiera conocido anteriormente, pensaría que daba gusto oírles hablar, de tan bien que se decían las cosas, aunque fuera en forma de discusiones por cualquier tema.

A día de hoy, Dolores y Ángel se hablan cuando se cruzan, y debo decir que me angustia pensar que no lo hagan, pues a causa de las vueltas que ya sabemos que da la vida, ahora salgo con Dolores, aunque bien sé que no es feliz, puesto que por mucho que haga o que incluso nos digamos, sé que ella vuelve su recuerdo incansablemente a ese tiempo que pasó con Ángel, en el que les sobraban las conversaciones, en el que una mirada era la elocuencia, en el que el silencio fue el sentido de un amor que se consumió por la  palabra.

Nymphomaniac Vol 1 Cut´s Director

Año: 2013

Director: Lars Von Trier

Hacía meses que una película no me arrastraba a escribir, que no me obligaba a teclear mis pésimas críticas, pero Lars Von Trier rompe con mi sequía.

Lo primero que me veo obligado a decir es que estamos ante una película blasfema hasta decir basta, y que será repudiada por la religión, la ética, lo cívico… pero no por el arte, si entendemos este en su cualidad de meter el dedo en la llaga, porque esta película no saca el dedo de esa llaga en ningún momento, de hecho, se recrea en ella una y otra vez, esa es su esencia.

Narrativamente es brillante. Por supuesto las relaciones entre la sexualidad más cruda y el refinamiento cultural pueden ser tachadas de incoherentes, pero qué carajo, la poesía visual les tiende los puentes necesarios, y la falta de prejuicios, el atrevimiento (recuerdo que he visto el montaje del director, sin censura, con pollas y coños al viento), la provocación, bien vale suspender el juicio para ponerte a aplaudir y decir, este cabrón llega a los límites, los recorre, los disfruta, y tiene la decencia de compartirlo filmando una obra como esta. Así que gracias, Trier (y sonrío, porque no puedo evitar pensar en Joaquín Reyes con su brillante y ya vieja imitación del danés).

En cuanto a los personajes, la pareja de baile principal combina de un modo tan arrítmico, tan insólito, incluso tan divertidos a veces, que son perfectos. No opino igual del tal Jeromé, que llega a molestarme por no considerarlo suficiente para ella, porque no me cuadra tal flaqueza, pero en fin, no hice yo la historia, y carezco de sus derechos.

Dos notas finales. Es difícil ser tan explícito y tan poco erótico, pero esa frialdad está calculada, y lo normal hubiese sido fallar: no es el caso. Segunda, esta biográfica y que no viene al caso, volví a disfrutar con Rammstein.

Y aún me queda el Volumen 2.

Idiota

Miro el panel del telefonillo y encuentro el piso que busco: ático B. Me empalmo y comienzo a tener dolor de huevos. Siento cómo la libido se me desboca, cómo mi racionalidad hace aguas hasta vaciarse y perder mi último escrúpulo. En otras ocasiones, cuando una etapa de carestía sexual se me hace insoportable, acudo a mis librerías favoritas, a los Cines Golem, e incluso a la Biblioteca Nacional, y allí espío a mujeres y persigo una aventura que no llega, pero que al menos me hace escapar por absurdo que parezca, de la tentación de pagar por sexo. Llamo al timbre.


Veinticuatro horas antes me encuentro en la Fnac de Callao, bastante necesitado, hojeando poesía, y las piernas y los escotes que el tórrido verano madrileño me ofrece. Mi cabeza me habla del encanto que tenéis si sacáis a Shakespeare del estante, de cómo me fascináis si vuestra elección es Proust, de lo cachondo que quedo si es Auster o Henry Miller quien se acuna entre vuestros dedos, o de cómo se muere mi pasión, al margen de lo buenas que estéis, cuando es Coelho o Moccia lo que elegís. Es entonces, en la cuarta planta, cuando escucho su voz por primera vez.

−Perdona, guapo, Filosofía en el tocador del Marqués de Sade, ¿lo tenéis en edición de bolsillo?

El dependiente, en su stand, y en efecto atractivo a pesar del feo uniforme, teclea en el ordenador sin apenas levantar la vista, y tan competente como anodino, manda a la mujer al fondo, a la izquierda, sola. Si él es idiota, yo no lo soy. La sigo, guardo disimulo.

Es pelirroja, juraría que natural, y su melena le llega casi hasta el culo, un culo por otra parte adorable, rítmico, prieto. Camina llevando en su mano derecha un libro, pero no alcanzo a ver ni título ni autor. Llega a la zona indicada y comienza a pasar su dedo índice por los lomos de los escritores. Su nariz griega le marca un perfil seductor, sus labios rojos parecen gritarme obscenidades. Tiene tanto encanto que no quiero reprimir mi erección a pesar del bulto que se me forma, disponible a cualquier mirada casual.

Localiza a Sade y le soba con delicadeza. Es entonces cuando logro ver el libro que llevaba y que se apoya ahora en su regazo, El teatro de Sabbath de Philip Roth, estoy a punto de marearme. Sin poder evitarlo emito un ridículo sonido, una especie de gemidito que llama su atención. Me mira, tiene dos almendras marrones, preciosas, de las que no puedo disfrutar el tiempo que quisiera. Esbozo una sonrisa y ella me la devuelve. Hago como si pasara por allí y me alejo. Yo también soy idiota.

Me atrevo o no me atrevo, me atrevo o no me atrevoParezco una margarita y vilipendio mi cobardía mientras hago denodados esfuerzos por seguirla camino de la caja sin que se note demasiado, sin que parezca un pervertido.

Ella paga, yo pago, ella sale a la calle, yo salgo a la calle. Decido finalmente pecar por obra, no por omisión. Me atrevo a tocar su hombro y no me habría excitado más de haber tocado sus pezones.

−Perdona, verás, eh…

Me vuelve a regalar su sonrisa y consigo relajarme un poco. Un río de gente nos atraviesa en todas las direcciones, pero desaparecen.

−Lo siento pero no puedo evitar preguntarme tu nombre e invitarte a lo que quieras. Tú en cambio sí puedes evitar que yo haga el ridículo. Por favor, no te des la vuelta y me dejes aquí plantado, sin respuesta, sin esperanza.

−Qué gracioso eres, guapo. Y veo que sabes hablar, además de gemir.

Parece que todos le parecemos guapos. Me mira de arriba abajo sin decir nada más, con todo el descaro del mundo. Se centra en mi bragueta, luego en el libro que llevo en las manos, parece considerar mi media melena, acaba en mis ojos, y por fin añade, con total seriedad.

−Encanto, no soy lo que buscas, huye a tiempo.

−Es imposible huir bajo el imán de tu sonrisa, y ya llevas dos.

Le saco una tercera. Me vuelve a repasar con su mirada, en silencio, hasta que vuelve a insistir.

−De verdad, no me buscas a mí.

Y me parece que se dará media vuelta y punto final. Pero no, me equivoco.

−Allá arriba, cuando encontré a Sade, cuando me seguías tan torpe, debiste pensar que yo era una mujer que te interesaba por los libros que compraba, que sin duda carezco de prejuicios, que soy muy sexual, que podrías conquistarme y follaríamos entre risas, fantasías y libros…

Me pregunto si me está leyendo el pensamiento. Continúa.

−Seguro que llegaste a la conclusión de que yo soy en la cama tan puta como a ti te gustan, que además las palabras me llevan al cielo, que la acción consigue que este arda, y que de nuevo el verbo me hace resucitar.

−Yo no podría haberlo dicho mejor –contesto embobado.

−Pero lo siento guapo, yo no soy así, yo no mezclo la realidad con la ficción, ni el placer con el dinero. Yo soy puta dentro de la cama… pero también fuera de ella. Y no voy a acostarme contigo porque no me gusta complicarme la vida. Un tío atractivo, que me sigue por comprar libros, que me entra de esa manera tan ridícula… tan adorable, y que lee a Benedetti mientras piensa en el Marqués. No, gracias, mejor aléjate de mí.

Y me sonríe por última vez, y me siento perdido, y se da media vuelta, y se aleja, y el río de gente dirección Callao y dirección Sol regresan de golpe, y yo no reacciono, soy un pasmarote, un espantapájaros. Pero entonces ella se para cuando ya está a diez metros, y busca algo en su bolso que termina siendo un boli, y regresa a mí, y me toma una mano, y me dibuja en la palma un río, y por encima dos peces, a la izquierda.

−Mañana, a esta hora, y ven sin libros, y no hables de ellos. Te cobraré como a todos mis clientes. Soy cara, por cierto.

Y se marcha. Tras unos segundos en los que no sé qué hacer regreso a Fnac. Medio doblado de la excitación subo hasta los servicios y me encierro en un baño.


Pulso el timbre durante tres segundos.

−Soy el que debe ser –contesto al neutro «¿quién es?», que llega desde el telefonillo, desde el ático izquierda de la calle Río, número 2.

−Sube, chico guapo –el tono neutro ha muerto, su voz me suena a pura sensualidad y vicio.

Ella efectivamente debe de ser cara, el barrio, el portal, el ascensor, lo son. También la bata de seda negra semitransparente con la que me recibe. También la ropa interior de encaje. Pero lo que me deja sin aliento es la cascada de su pelo rojo, cayendo indómito, salvaje, libre, por su espalda y por su pecho, que se adivina bajo el sujetador grande, firme.

−Sin palabras –digo.

Me besa en las mejillas y me planta un vodka en las manos. Podría haberme plantado una pistola, ordenado que me disparase, y me habría faltado tiempo para obedecer. Sin embargo no me ordena nada, y tras pegar un largo trago al vodka curioseo la casa.

Se trata de un ático descaradamente elegante. Sabe combinar el rosa con cientos de libros diseminados en estanterías repletas, y un estilo minimalista por momentos, con toques de sensualidad, como el cuadro de, El origen del mundo, de Courbet, con ese gran coño abierto, en la mejor de las metáforas posibles.

Esta pelirroja de ensueño, que si no fuese porque me va a desplumar la cartera no terminaría de creérmela, no me deja más tiempo de observación. Me mira a los ojos, y a causa de sus tacones, sus iris marrones están a la altura de los míos, azules. Me besa el cuello.

−Sabes bien –me dice.

−Tú hueles a Paraíso –le digo en un ataque de cursilería impropio de mí, y aún añado: −No he estado con muchas mujeres a pesar de haberos buscado tanto, y desde luego, no estuve con tantas como hubiera deseado. Tampoco estuve antes con ninguna prostituta, ni con nadie tan mujer como tú.

Ella sube del cuello a mis labios, me mordisquea el inferior, al tiempo que cuela en mi boca sus dedos meñique y su anular de una mano, mientras que con la otra baja por mi pecho. Estoy a punto de irme allá abajo cuando ella dice:

−Te dije que dejaras los libros y la literatura en tu casa, no lo has hecho y me obligas a confesarte que te mentí: no soy puta.

En ese instante algo se rompe dentro de mí. La lógica dictaría que me preguntase por qué me ha mentido al conocernos, o si cuando me miente es ahora, o por qué ha hecho una cosa u otra, pero la lógica nunca ha sido mi fuerte. Mi deseo se muere, mi lunática racionalidad toma el mando. Me separo de ella la distancia de mis brazos.

−Si no eres puta no puedo creerte. Si no eres puta esta escena es un grave problema para mí. Chico conoce chica fascinante, chica fascinante presenta un problema irresoluble para el amor. Ese problema se resuelve pronto. Pasión, felicidad, todo acaba bien… Esa no es mi vida, esa sería la vida de un personaje de ficción, de mala ficción si me apuras. Si te follase ahora, si nos enamorásemos, conformaríamos el relato de cualquier escritorzuelo. Me siento demasiado real y vivo como para pensar que alguien me escribe, que alguien juega conmigo, y que encima lo hace como el culo.

Ella abre la boca, quizá incrédula de lo que escucha, quizá estupefacta, quizá indignada. Tal vez quiera hablar y explicarse pero yo vuelvo a la carga:

−Por otra parte, ¿qué carne se resistiría a tu carne? Todos querrían devorarte y no hacerlo es una incongruencia, un requiebro inverosímil del guión, pura estilística, retórica vomitable, tan ficción o más como enamorarnos… Pero al final hay que elegir, y yo elijo rebelarme contra el pasteleo, la mediocridad para otros. Si tenemos a un creador cerniéndose sobre nosotros, que se joda, que tenga que tomar decisiones difíciles, contradictorias, absurdas. Así es como más sentiré yo, y en parte le obligaré a él a darme algo suyo, aunque sea su dolor.

−Gilipollas, estás enfermo. –me dice ella finalmente.

−Gracias –replico con toda sinceridad.

Y con los restos de mi naufragio, con mi libido extinta, salgo de allí lo más pronto que puedo. La lágrima que en la calle recorre mi mejilla me sabe a certeza: soy idiota, soy.

Romero (Apuntes, 5).