Entrevista en la SER

A Vivir Madrid

A partir del minuto 24, la entrevista que me hicieron hace justo ahora un mes tras la revolución que se montó con el hastag #Versatubillete y el relato «La realidad se nos fue de las manos«. Por si algún loc@ quiere pasar su tiempo escuchándome en lugar de meter la cabeza en el congelador para sobrevivir a este tiempo. Aunque ambas ideas no son incompatibles 🙂

Gracias a todos los que participaron de aquella locura, en especial a @SrtaChinaski y @Laurita_Palmer.

Yo no soy bueno

Tras ocho horas de sonrisas forzadas desde la mesa de la sucursal bancaria donde trabajo, llego a la estación con la vejiga a punto de reventar. En unos minutos podré mear en el baño del tren y será el mejor momento del día. El andén a estas horas no está abarrotado, pero hay más gente de la que desearía… siempre hay más gente de la que deseo allá donde vaya.

A los lados de la puerta que escupe a los pasajeros que se bajan, nos amontonamos los que queremos subir. He visto que el baño está cerca y una sensación de alivio recorre mi cuerpo. Me contemplo en la ventana y me atraviesa cierta desazón; tengo mi traje impoluto, la corbata perfecta, mi pelo engominado y rojo en su sitio, y sin embargo la mirada está triste, cansada, abatida. La metáfora de lo que soy parece cumplirse en el reflejo del ventanal: mi cáscara brilla, mi interior son tinieblas.

De improviso irrumpen voces, me doy la vuelta para saber el motivo y el asco me inunda. Son tres chicos y tres chicas que difícilmente llegan a los dieciocho años, y que bajan gritando y a todo correr las escaleras mecánicas. La palabra “choni” les define a la perfección. Sus ropas deportivas chillonas y sus pelos ceniceros en ellos, y sus tatuajes horteras, sus oros falsos, y el emperifollaje de ellas, me hacen daño a los ojos. Se agolpan en la puerta con unas voces innecesarias donde esperamos el resto. Cruzo una primera mirada poco amistosa con el que parece el líder de esa chusma.

A base de groserías y sin respetar el orden entran antes que los que llevamos más tiempo esperando. Se plantan alrededor de la zona del baño y uno de ellos se mete dentro al grito de, ¡Voy a descargar, Johny! mientras el aludido, que es con quien crucé la mirada, le soba descaradamente el culo a la chica más guapa (o menos cutre) del grupo, a quien su amiga le dice, ¡Qué suerte tiene tu coño, Jenny!, pero esta no parece prestarle atención, y lo que hace es mirarme a mí descaradamente. Me siento a escasos metros de todos ellos y me digo que esta historia acabará mal. Mi vejiga me punza y me exige aliviarla.

La particular jauría, con sus voces y comentarios, exaspera a todos los viajeros que estamos cerca, desde el melenas que se sienta frente a mí con cierto aire de superioridad tratando de leer al francés Houllebecq, pasando por la gorda que no deja de escribir nerviosa en el móvil, y llegando al negro cincuentón que decide levantarse y alejarse de allí, como si huyera de la tensión que se empieza a cocinar. El choni del baño no termina, y tras un eructo asqueroso del rey de esa fauna, cruzo una segunda mirada con este, ya de claro desafío.

A partir de entonces Jhonny me lanza periódicas miradas, aunque no con la insistencia de Jenny. Yo también miro hacia los dos a cada poco, y en cuanto el baño quede libre iré hacia ellos y que ocurra lo que tenga que ocurrir. ¡Mira Jhonny! dice de pronto el tercer integrante masculino de aquel circo, y agarra la barra de sujeción paralela al techo, ¡Ma´go más que tú! Y comienza a hacer flexiones de brazo sujeto a la barra. Jhonny no tarda en picarse y se pone a competir a ver quién de los dos demuestra ser más idiota.

El melenas que tengo enfrente deja de leer y contempla la absurda lid choni. Me pregunto cuántos prejuicios tendrá él, si llegará a la mitad de los míos, si se acercará a la cantidad que tenga Jhonny, si se acostaría con Jenny o si le diría que no, a causa de los principios que interpreto en sus ojos, a pesar de que ella no desprende tanto tufo a vulgaridad como el resto de la manada. Ella por su parte sigue centrada en mí, es la única que no ha hablado (o berreado) todavía, y me desconcierta por completo ¿Qué busca, la bronca conmigo, huir de su universo, se plantea acaso qué es lo que hemos hecho con nuestras posibilidades como especie para generar tantos submundos? Dejo mis divagaciones ante el ultimátum que me da la vejiga: mear o reventar. Entonces escucho correr el agua de la cisterna del baño; me sorprende que el choni haya tirado de la cadena, y pienso de inmediato que solo falta que también se lave las manos tras la meada, para que el mundo se colapse ante el asombro.

Jhonny sigue con sus flexiones y con sus miradas, no se ha olvidado de mí. Si Jenny me desconcierta, él sencillamente resulta primario, tosco, imbécil, y a todas luces violento. En su absurdez da un paso más. Insatisfecho con su particular número circense convierte la competición de flexiones en una especie de juego de artes marciales, y a cada flexión le acompaña una patada al aire y un alarido. Solo me cabe desearle con todas mis fuerzas que se caiga y se abra la cabeza… pero lo que se abre por fin es la puerta del baño. Me levanto de inmediato, debo pasar por donde Jhonny suelta sus patadas, cada vez más escandalosas y risibles. Juraría que las pupilas de Jenny se han abierto desmesuradamente, tal vez por miedo.

Con mi primer paso hacia el baño, la gorda que aún seguía escribiendo en su móvil deja de hacerlo como si hubiera olido la tensión, el melenas me hace un gesto de cabeza que debe significar algo parecido a, no vayas, y Jenny les dice a los suyos con una inflexión en la voz de mandato, ¡Parad! Pero Jhonny no hace caso (el otro sí) y da una nueva patada al aire, más agresiva aún que las anteriores, al tiempo que me mira. Y tal vez por el sudor, o por contorsionar demasiado el cuerpo que pone casi paralelo al techo, o por tener demasiada confianza en sí mismo, o por mis deseos, o por justicia divina, o por lo que sea, pero el caso es que las manos de Jhonny resbalan de la barra y este se golpea la cabeza brutalmente contra el suelo.

Todos escuchamos el crujido, el silencio más sepulcral llega momentos antes de que aparezca la sangre, y de que vuelvan los gritos de los chonis, esta vez con un cariz de preocupación y dolor. Jhonny está inconsciente y de su cabeza brota la vida, Jenny se agacha temblorosa, su cara es el reflejo del miedo. De pronto vuelve a mirarme, con odio, con rabia, y comienza a gritar, ¡Has sido tú, tú tienes la culpa, tú lo has hecho! Yo aguanto paralizado su mirada y sus reproches. La chica del móvil vuelve nerviosa a sus mensajes, el melenas saca un cuaderno y se pone a escribir compulsivamente en él, el resto de chonis que no entienden nada tratan de tranquilizar a Jenny y que Jhonny vuelva en sí. Finalmente me doy media vuelta y me alejo de ese vagón de locos. Ella sigue gritándome, me cruzo con dos seguratas y con otros curiosos que se acercan a ver qué diablos ha ocurrido, y cuando estoy a cierta distancia, caigo en la cuenta de que se me han pasado por completo las ganas de mear.

LÁZARO

A DOS METROS SOBRE EL SUELO NO HAY MACGUFFIN POSIBLE

Mi padre siempre me decía que debemos acostumbrarnos a los cambios, que estos son ineludibles e imprevisibles, y que por mucho que podamos darnos explicaciones y consuelos, cada uno de nosotros los experimentará con su propio dolor, y, si ha aprendido algo de la vida, sabrá usarlos como brújula.

Él era escritor y se explicaba tan bien como acaban de leer. Yo en cambio siempre rechacé sus libros, sus consejos, su modo de vida… y aquí me tienen ahora, con todo puesto patas arriba, intentando hacerle una especie de homenaje (con él ahí, tan cerca, tan lejos, tan extraño), al tiempo que trato de ordenar todo lo que está ocurriendo, como si tuviese algún valor añadido a lo que ya todo el mundo experimenta y sufre.

Al principio se habló de la llegada del Juicio Final, y las religiones se relamían, y no me extraña que lo hicieran. Luego, con el más absoluto caos entre nosotros, no había un solo científico que supiese explicar de un modo coherente nada de lo que ocurría. Y pasado un tiempo, con el apocalipsis sin llegar, y con la racionalidad sin llegar, nos llegó la costumbre. Y es que, como decía mi madre (mucho más prosaica que mi padre), «a todo se acostumbra uno».

Es curioso ver (y mucho más que curioso, pero mi homenaje está siendo grabado en audio mientras paseo, y ni la batería dará para mucho, ni sabría hacer un ensayo), cómo ante el desconcierto creciente, ante el descubrimiento de las nuevas circunstancias imposibles que rodean al fenómeno, se comenzó a verle con la pragmática óptica del negocio (de ahí por ejemplo la correa amarilla que uso), o cómo la legislación española quiso ser pionera a nivel mundial, y legisló rápidamente para que se les pudiera mostrar, sin riesgo de pisar la cárcel.

Esa nueva ley, los mecanismos de la fuerza de la costumbre, y pensar que a mi padre este paseo le divertiría, es lo que me permite salir a la calle de esta guisa, sin que me detengan, y sin que la gente se muera del susto… lo que por cierto añadiría sal y pimienta, en palabras probables de mi madre, o, una ironía simpática a este despropósito, en las de mi padre.

Eso sí, en él encontraría el pequeño malestar de no haber sido capaz de imaginar una locura como esta. Escritor prolífico, escritor lunático, como le gustaba llamarse, escritor especialmente de relatos de ciencia ficción, a lo largo de su vida imaginó casi todos los mundos posibles, casi todos los improbables, y según le gustaba jactarse, todos los imposibles. Pero en esto último se equivocó… aunque no creo que podamos echárselo en cara. Es más, aún me pregunto cada mañana al abrir los ojos, y aún antes de hacerlo, si no me despierto de un sueño razonable a una realidad absurda. Y la respuesta no puede ser otra que un rotundo «sí». Desde luego no puedo sino lamentar que se quedara en coma hace seis meses, y que muriera sin haber visto, sin haber tenido conocimiento, de lo que le tocaría experimentar en su muerte.

¿Debo seguir hablando? No debería. Por un lado la batería del móvil se agota, y por otro, mi impulso por explicar todo esto, se enfrenta al consejo reiterado de mi padre: «al lector [en este caso sería más bien al hipotético oyente] debes hacerle trabajar, no puedes dárselo todo mascado». Y eso sin contar que para no saber lo que ocurre hay que vivir en otro planeta o despertar de un largo coma, como por desgracia no le ocurrió a él. Y sin embargo voy a seguir hablando, no vaya a ser que mis palabras sí sirvan, pues, ¿quién se atrevería a descartar ahora mismo cualquier cosa, cuando lo impensable se ha acomodado junto a nosotros? Eso sí, no se espere de mí respuestas, ni siquiera exhaustividad.

Hoy hace tres meses y tres días del primer caso, o al menos del primero datado. Ocurrió en Carolina del Norte, USA, a una señora llamada Merry Cohen. Al morir en su casa a las 0:01, su cuerpo se elevó dos metros por encima del suelo, y permaneció así, completamente rígida y en horizontal, hasta que sus traumatizados hijos lograron bajarla a la cama, y atarla a ella con correas.

Decir que Merry fue la primera, es seguir la versión oficial, y yo, que no tengo nada contra los yankis, no voy a pelearme por esa cuestión banal ni entrar a formar parte de los disidentes que ven una conjura mundial en todo esto. Para mí, quién fue la primera y si hay conspiración o no, me parece lo de menos, siendo lo esencial, que a partir de esa fecha, hora, y a causa de un motivo u otro que aún sigue sin desvelarse, todos los fallecidos bajo cualquier circunstancia y condición, se elevan justo dos metros por encima del suelo, flotan en posición horizontal, y permanecen así de manera incombustible, salvo que se les fuerce a bajar, o a subir, o a ir hacia la izquierda o hacia la derecha, algo que tras descubrirse la incorruptibilidad de los cuerpos, pues no sufren de putrefacción ni corrupción, se comenzó a hacer, como hago yo en estos momentos.

¿Sentirán algo aunque sus corazones estén sin latir y sus cerebros desconectados; despertarán? Visto lo visto, por qué descartarlo. Y ante tal posibilidad, ¿cómo vamos a quemar o a enterrar sus cuerpos, y cómo voy a privar a mi padre de este paseo por su parque preferido, y no atravesar el hermoso puente que tantas historias le inspiró, al escuchar los trinos de los pájaros? Reconozco que llevarle con una correa y tirar de ella no es lo más honroso que le ha pasado en la vida, pero si despertara ahora se reiría de la situación, y eso es lo que cuenta.

Manchas

Tras varios meses regreso a la costumbre del café mañanero en mi bar de confianza, y, mientras me peleo con un churro de chocolate que se defiende de ser devorado por mí, el estupor me va llenando cuando no en uno, ni en dos, ni en tres, sino en los cuatro periódicos que reviso, me topo con la siguiente confesión en las primeras páginas:

Tuve que hacerlo. Ante situaciones drásticas soluciones igual de drásticas. El esfuerzo ha sido ingente pero ha merecido la pena, y salvo la mancha negra del parqué y las rojas del sofá, todo fue a pedir de boca. Me explico: ¡Estaba harto!

¿Con qué derecho un día sí y otro también, ellos han llevado a cabo la apropiación indebida de mí, quién les ha dado permiso para hurgar ahí dentro? Yo desde luego que no ¿Iba a quedarme de brazos cruzados ante la tropelía? No conocerme fue su error, y cuando lo hicieron, ya era demasiado tarde.

Empecé por los libros. Siempre hay que empezar por ellos porque quienes los escriben son unos listos. Durante años los soporté, les perdoné, pero se pasaron de castaña oscura tras mi último fracaso. Apenas acababa de hundirme, yo era todo dolor, cuando abro la maldita novela y ahí estoy, y ahí está la puñetera escritora (¡encima mujer!), destripándome, hablando palabra por palabra de mis sentimientos, no errando ni en una coma ¡Pero quién le había dado permiso! ¿Por qué no me dejaba a solas con mi sufrimiento? ¿Por qué airear mi tragedia a los cuatro vientos? La decisión que había meditado por largos años, estaba tomada.

No tardé sin embargo en ampliar mi campo de acción. Eso lo complejizó todo pero, ¿qué mérito iba a tener yo si no lo hacía así? Además, que no se hubieran metido también los otros en camisa ajena, en la mía ¿Quién les mandaba cantar mis desdichas? Que a diferencia de los escritores, estuviesen vivos, no debía ser más que el reto a resolver. En cuanto a que se trataba de un crimen, no puedo negarlo, pero con estos valores tan laxos que campan a sus anchas… y sobre todo, quién me había protegido a mí de sus atropellos, de que hurgaran en mi corazón, de que estrujasen mi alma para luego sacar beneficio con sus lacrimógenos discos que encima pretenden hacer pasar por experiencias propias, o lo que es peor ¡Por las experiencias de todos! ¡Como si mis tragedias y mis miserias tuvieran el mismo tono que las de los demás!

Quemar libros no está bien y matar a personas sé que tampoco… Pero vaya, en la misma tabla de la ley se encuentra el robo, y me harté de que robaran mi intimidad. Así que lo hice.

Los libros fueron fáciles, durante años identifiqué a los culpables, los amontoné en un cuarto aparte, y mi biblioteca se prestó al sacrificio sin rechistar. Sé que la casera podría enfadarse si se enteraba de mi particular holocausto, pero los quemaría poco a poco, saboreando mi venganza, sin montar escándalo ni humo.

Los cantantes en cambio fueron más difíciles, y al igual que seleccioné escritores muertos (los vivos nunca me supieron robar tan bien), me decidí por cantantes que aún respirasen y que lo hicieran en español (ay, mi falta de idiomas). Debía dar una lección, demostrar que no soy ningún juguete, que no soy ninguna canción de nadie. Seleccioné a diez, unos conocidos, otros apenas, todos ladrones y husmeadores de mis lágrimas. Me costó planear convenientemente el asunto, lo reconozco, y hacerlo el mismo día no fue tarea sencilla. Tampoco tenerlos atados, vendados, en silencio, en mi casa. No, no querían entender mis razones y me llevó varias horas explicarles uno a uno, frase a frase, canción a canción, sus latrocinios. Finalmente todo acabó como debía.

Las manchas, ese es el balance de mis errores en todo este asunto.

Y el estupor no es fruto de la confesión anónima, sino que poco me falta para blandir el resto de mi churro contra el mundo, cuando en los cuatro periódicos tachan de loco a quien haya escrito tal paranoia, y añaden que si publican tales desvaríos, es solo porque se da la casualidad de que hay diez cantantes españoles que han desaparecido el mismo día.

La realidad se nos fue de las manos

I

Apagó el cigarrillo, tiró la colilla en una papelera y miró su reloj. Llegaba a la cita antes de tiempo por lo que se paró en varios escaparates que le ofrecían todo aquello que él rechazaba. «O es al revés −pensó− y se trata de que los escaparates me rechazan a mí». Esbozó una sonrisa ante el reflejo de su imagen. «La duda ofende» se dijo a sí mismo y continuó camino de la cafetería.

«¿Qué querrán y quiénes son?» se preguntó antes de llegar. Alzó la mirada y se topó con el cielo doblemente gris de Madrid; gris suciedad y gris nublado de una tarde primaveral que perturbaba a los peatones con su amenaza de lluvia.

Llegó al Café Comercial. Todavía no era la hora y no podía estar seguro de que se tratara del hombre elegante, engominado, que leía el periódico y tomaba un refresco, pero se sentó frente a él. Cuántas cosas habían cambiado en los últimos meses. No estaba acostumbrado a ninguna pequeña victoria y en su nueva condición temía romperse de éxito.

−Lo que he sido capaz de estirar un billete de cinco euros –dijo.

−Hola Pavel –dijo el hombre elegante.

−¿Y yo cómo te llamo?

−¿A mí? Como te apetezca, es un detalle sin importancia.

−Está bien, Comoteapetezca, ¿qué es lo que queréis de mí, a quién tengo que traicionar, a quién debo matar y lo más importante, qué es lo que debo hacer para que me recompenséis con vuestra gratitud? En cuanto a quién carajo sois, supongo que está fuera de lugar preguntarlo.

−Eres directo y gracioso y eso de matar –el tipo mostró una dentadura sin mácula− suena bien…

−Y tú eres un lameculos interesado que no va a conseguir nada. Hemos puesto en marcha una revolución, el cambio es posible y no pienso apearme del nuevo rumbo. No pienso hacer nada que lo perjudique por mucho que podáis ofrecerme.

−Y quién ha dicho que perjudicar el cambio sea nuestra oferta. Pavel, te noto cargado de prejuicios, no vayas a ser igual que aquellos a quienes criticas. Está muy bien querer que otro mundo sea posible, yo también lo quiero, y seguro que ninguno de los dos busca sustituir unos errores por otros. Escucha la oferta y luego decides.

−Si quieres que te escuche, Comotellames, dime a quién representas.

−Está bien, me parece un principio de acuerdo justo. Vengo en nombre de todo aquello que odias para intentar que lo odies… un poco menos, puesto que no es merecedor de tanto odio. Y como primer argumento para que aligeres esa pesada carga que es el resentimiento, te ofrecemos esto.

El hombre elegante estiró el brazo hasta un maletín que estaba a sus pies, lo puso sobre la mesa y lo abrió hasta la mitad enseñando el contenido a Pavel. Entonces lo cerró de golpe.

−Es el primer maletín pero si lo aceptas no será el último. Y lo mejor de todo son las condiciones, puedes compartirlo con quien quieras… o no, puedes versar billetes hasta hartarte… o no, y por encima de todo, no te pediremos nada a cambio. Así de sencillo.

Tras unos segundos de silencio Pavel dijo con voz entrecortada:

−No, no, no lo quiero.

−Sería una decisión tan respetable como aceptarlo, pero voy a dejar que te lo pienses un poco más, ¿no crees que es lo mejor?

Pavel tragó saliva, comenzó a sudar y se sintió más pequeño que nunca. −¿Por qué tanta generosidad conmigo, mi mérito es tan escaso?

 

II

«Ya es primavera en el infierno» garrapateó Pavel sobre una servilleta, once meses y cuatro días antes del encuentro anterior.

Tras firmar su frase se pidió una cerveza y se estiró la ropa. Se encontraba en El Fuego, un bar madrileño de Malasaña. Estrenaba camisa y pantalón y se había peinado con mucho más cuidado del que tenía por costumbre, trataba de ocultar su incipiente calvicie. Su decisión era firme: tras cuatro citas maravillosas era el momento de besarla, lo haría nada más verla, como saludo. La sorprendería.

Estaba nervioso, su memoria tenía que retroceder mucho tiempo para recordarle así de exultante, y más aún para recordar la impresión de unos labios sobre sus labios. Aún quedaban unos minutos para que llegara la hora. Miró nervioso el móvil por si un mensaje en el último momento desbarataba su alegría. Ningún aviso en la pantalla, todo marchaba bien. Decidió tuitear lo que había escrito en la servilleta y en seguida recibió varios favs y retuits. Saboreó la cerveza, se asustó un tanto, se descubrió feliz.

Una hora más tarde Pavel daba vueltas a la ironía de encontrarse donde se encontraba; sentía que la vida se ensañaba con él y que ardía de rabia por dentro. Miró compulsivo el móvil en busca de un wasap que diera explicación y sentido a ese plantón. No tardó en lamentar su metro cincuenta y cinco de estatura, su escaso pelo, su nariz desproporcionada…

Pagó las dos amargas cervezas que se había pedido. A cambio de su billete de diez recibió uno de cinco medio roto y sucio, y no protestó porque le pareció buen reflejo de sí. Lo único que le dijo al camarero al recibir el cambio fue:

−¿Por qué no aprendemos nunca, a nada?

No hubo más respuesta que una mirada interrogativa y un silencio que Pavel agradeció. Antes de marcharse del bar volvió a mirar la pantalla de su móvil, regresó a twitter y escribió: “Ya es de nuevo infierno en primavera”.

 

III

A pesar de cruzar la calle sin mirar más allá de sus pies ningún conductor tuvo a bien atropellarle, prefirieron los frenazos, los pitidos, meterse con su físico y acordarse de sus muertos.

Pavel no reaccionó a nada ni devolvió los insultos y solo cuando uno de los conductores le llamó «Tyrion de los cojones», esbozó una ligera sonrisa y se dijo para sí: «¡Ojalá!». Al llegar a la otra acera sintió el peso de las miradas de quienes se encontraban a su alrededor y se esfumó de allí lo más rápido que pudo.

Pronto comenzó a sentirse algo mejor, caminar siempre le aliviaba, le hacía entrar en espirales de pensamiento que lograban suspender temporalmente su crudo nihilismo. Subía por la calle Tribunal cuando su móvil anunció un wasap. Dudó de si mirarlo o no, pero finalmente cayó en la tentación: «Lo siento mucho Pavel, eres un hombre maravilloso, pero no quiero quedar más veces contigo, no funcionaría, perdóname. Deseo que te vaya todo realmente bien».

Intentó no hacerlo pero contestó enseguida: «¿Perdonarte? No hay nada que perdonar pero si lo hubiera, lo hago. Y no te preocupes por mí, soy un gran perdedor, encajo las derrotas con estilo. Un beso». Al mandar el mensaje supo que nunca volvería a saber nada más de ella. Apagó el móvil en un gesto poco usual. Estaba triste pero no hundido. Se sintió incluso fuerte sin saber muy bien por qué. Llegó a otro cruce y esta vez no hizo el idiota, esperó a que el semáforo se pusiese en verde para los peatones. En la espera descubrió una pintada sobre el paso de cebra que le puso de buen humor y le hizo reflexionar sobre las casualidades, la pintada le decía: «Perdona rápido, agradece lento».

La necesidad de escribir se apoderó de él mientras cruzaba. No era algo que hiciera a menudo más allá de la afición de tuitear en 140 caracteres que había adquirido en los últimos años, pero en ese momento el impulso por dejar reflejado lo que le salía de las entrañas fue casi brutal. Quiso escribir en el móvil pero tenía que encenderlo y los segundos le apremiaban. Frente a una oficina bancaria de color verde se sentó en un banco de madera, se rebuscó y encontró un bolígrafo bic azul, no tenía libreta, ni cuaderno, ni folios. Al final sacó de la cartera el viejo billete de cinco euros que le diera el camarero. No dudó ni por un instante lo que debía poner, eran los únicos versos que se había aprendido en otro idioma:

«Wer spricht von Siege? Überstehen ist alles», estampó en alemán sobre una cara del billete. «¿Quién habla de victorias? Sobreponerse es todo», escribió sobre la otra. Puso la firma de Rilke en ambas, el móvil terminaba de encenderse en ese momento, hizo un par de fotos al billete y las subió a su cuenta de twitter. Entonces se olvidó de todo, hasta de la tristeza y sintió cierta catarsis.

 

IV

−En ocasiones un gesto inesperado –contestó Pavel ocho meses más tarde a esa sensación de catarsis que sintiera tras escribir lo que escribió en un viejo billete− incendia la catarata esperada.

La entrevista en la radio acababa de comenzar y Pavel estaba asombrado de varias cosas. En primer lugar de su respuesta poética, línea por la que decidió no continuar. En segundo, de la mirada inteligente de la periodista, enmarcada en unos ojos redondos, azules, de los que se quedó prendado. En tercero, que él hubiese sido capaz de ir al estudio de radio y se sometiera voluntariamente a las preguntas, después de haber estado durante meses sumido en la cama, depresivo, y con ganas de cortarse lo que hubiese hecho falta, después de que precisamente los medios de comunicación le destrozasen.

−Lo que sigue ocurriendo es una sorpresa para todos –Pavel apenas podía pensar a causa de los ojos que le miraban pero se había aprendido su discurso y le salía en modo automático− y que me acusen de ser el espolón del cambio es un honor al que todavía no me termino de acostumbrar. Pero en fin, si se empeñan en decir que yo desaté el asunto, qué le voy a hacer (risas), más allá de recordar una y otra vez que ni fui original ni pretendía serlo. Simplemente tuve una necesidad que al parecer conectó con la necesidad de muchos y todo comenzó a rodar de manera desbocada.

−¿Cuánto crees –preguntó la periodista− que ha tenido que ver el enésimo fracaso de la ilusión política en este despertar… digamos artístico?

−No sé, Camino –por si no bastasen los ojos, pensó Pavel, el nombre más bonito que quepa imaginar−, solo soy experto en fracasos personales… Aunque supongo que lo que señalan tantos analistas será verdad, y que la nueva decepción en los resultados electorales, que desde mi punto de vista dice muy poco de nosotros como animales… racionales, fue fundamental para viralizar el proceso de cambio que ahora mismo tiene un horizonte imprevisible.

−Pavel, utilizas la palabra que todo el mundo utiliza, y que tan de moda estaba ya antes, “viral”. Dos preguntas al respecto, ¿por qué esta extraña virulencia artística?, y, ¿cuánto durará la moda, si de moda se trata? Y por supuesto, siempre según tu opinión de experto personal  (risas).

−Según mi humilde e inocua opinión, creo que el fenómeno está fuera de control, que la realidad se nos ha ido de las manos y nadie puede saber cómo ni cuándo acabará (si es que acaba) el asunto. Y menos que nadie, yo, por mucho que digan que encendí la mecha. Tan solo mandé un tuit, afortunado o maldito, según para quien, y tan solo he tratado de conseguir a partir de entonces sobrevivir del mejor modo posible. En cuanto a la primera pregunta, resulta que mudando de piel se puede llegar a mejorar el corazón. Me explico –Pavel se volvió a sorprender de su fluidez de palabra, de no bloquearse ante las preguntas de una mujer atractiva, de no morirse ante el hecho de estar de nuevo en una entrevista; teniendo en cuenta los antecedentes y su biografía, se preguntó si delante de una cámara de televisión, no habría vuelto a dar con sus huesos en el suelo, no habría vuelto a machacarse por su aspecto físico, no habría vuelto a encerrarse, pero dejó sus cuestiones sin respuesta y se ciñó a lo que debía−, se empezó por un tuit y por el más humilde de los billetes, y hemos llegado a donde estamos. Este arte de acción directa, urbano, rebelde, incluso terrorista como lo han llamado algunos con el ánimo de desprestigiarle, tal vez comenzó sin saber muy bien hacia dónde iba, tal vez podía ser considerado al principio superficial, de quedarse en la epidermis, pero ha seguido profundizando en las capas y en las posibilidades y ha llegado a la raíz, al núcleo. No se trata de un mero merchandising que busca hacer fortuna, lo que quiere es torcer la realidad hasta mejorarla… Y en ese juego andamos, adaptándonos a las reglas que salen sobre la marcha.

−Háblame de twitter, Pavel, ¿por qué esa red social y no otras ha tenido tanta importancia en todos estos cambios que se iniciaron con la campaña #Versatubillete?

−No quiero pontificar, no quiero resultar más pedante todavía y no quiero extenderlo a todos, a mí por ejemplo, no, pero creo que twitter es una herramienta donde se desborda el talento de muchas personas. Y si juntas talento con la posibilidad de compartirlo de un modo rápido, directo y gratuito, tienes una herramienta poderosa, que tendrá sus defectos y sus críticas, pero que ha servido a la perfección para que el arte haya hecho de nosotros lo que se haya propuesto hacer (risas).

−Una última pregunta Pavel, ¿hacia dónde crees que vamos?

−Vamos hacia el desastre, de eso estoy seguro, pero que no nos engañen, porque venimos del más absoluto de los desastres.

 

 

V

Pocos meses antes de que nuestro protagonista se desenvolviera con soltura en la entrevista de radio, pasaron muchas cosas a su alrededor.

 

Pavel llegó a su apartamento con una extraña mezcla de derrota y paz. La caminata a casa tras el plantón de Malasaña, seguida de la idea de que era un gran perdedor, un corredor de fondo que sabía levantarse una y otra vez, le había incrustado en el rostro su sonrisa más irónica.

Al abrir la puerta, la reproducción de El triunfo de la Muerte, de Brueghel, le saludó desde la pared del fondo. «Allí nos esperas a todos, siempre», contestó Pavel al saludo del cuadro. Se despeinó con rabia sin asomarse al espejo, se puso ropa cómoda y repasó algunas de las obras de Banksy que inundaban la estancia. Contempló a la niña que registra y desarma a un soldado, a la mujer que se abraza a una bomba, al antisistema que arroja un ramo de flores y al robot que grafitea su código de barras. Le atravesó la peculiar sensación de un tiempo condensado en lo que debería, lo que hay y lo que tal vez habrá. Se encendió un cigarrillo y se tumbó como tenía por costumbre de cara al techo. Allí le esperaba colgado un puzle inmenso de El jardín de las Delicias y como siempre que se quedaba observando la obra, enmudeció de palabra y de pensamiento.

Cuando Pavel regresó de su mutismo contemplativo lo hizo en la forma mundana de consultar el móvil. Wassap no le ofreció sorpresa alguna, nadie se acordaba de él. En cuanto a Twitter… su timeline ardía como no lo había hecho nunca. Con sus pobladas cejas enarcadas de modo inconsciente, descubrió sin terminar de creérselo el revuelo que el viejo billete versado con Rilke causaba por momentos. Sin moverse de su cartera había saltado el charco y recorrido media Europa. No se trataba solo de los miles de retuits superados en apenas una hora, gracias a los tuiteros que le habían dado una visibilidad inmediata, sino que artistas como @SrtaChinaski, @Laurita_Palmer,  @PabloBenigni1, @Darkvelvet1, @LetraSilenciosa, @UlisesKaufman, @BufandadeChopin, @SexxArt, @Innestesia, @Mous_Tache, @_vybra, @martamj32,  @Zic__Zac o @_Marla_Sercob entre otros muchos, habían decidido después de una propuesta de la primera, realizar una peculiar campaña por la que todos ellos habían cogido sus propios billetes, viejos y nuevos, pobres y no tan pobres, y habían plasmado en ellos sus poemas, o poemas de otros, sus frases, o frases queridas y significativas de otros, y lo habían tuiteado viralizando un imprevisto y espontáneo #Versatubillete que estaba arrasando y propagándose a cada segundo.

Pavel necesitó de otro cigarro y de un par de cervezas. No terminaba de creerse aquella campaña donde su nombre y la foto de su billete se repetían una y otra vez, expandiéndose más y más. Estaba tan extrañado que hasta se levantó y se contempló en el espejo sin darse grima. Más cerveza le amodorró y quedó dormido con el móvil sobre su pecho y el cuadro de El Bosco escrutándole. Así moría el primer domingo de abril del año pasado.

A primera hora del lunes #Versatubillete seguía como trending topic destacado. La llama de hecho se había extendido por numerosos países y el asunto no tenía visos de extinguirse a corto plazo. Los medios de comunicación pronto comenzaron a informar de lo que calificaron como la última moda viral. Apenas una semana más tarde algunos analistas consideraban que la moda parecía ser algo más que algo pasajero, y dos periódicos le dedicaron su editorial. Mostraban a las claras la particular tendencia maniquea que parece regirnos.

Para una de las editoriales, leería Pavel estupefacto desde el mostrador del museo donde trabajaba, «esta ridícula práctica con pronta fecha de caducidad, y hecha a medida para progres y snobs que no respetan ni siquiera el símbolo de estabilidad por antonomasia de cualquier Estado [bla, bla, bla] da asco». Al terminar de leerla tomó el otro periódico y leyó sin cambiarle el gesto, «la viralización de horizontes indescifrables  amenaza con soliviantar los cimientos del sistema, todo peligra en el momento mismo en que un billete de cinco euros puede valer otra cantidad cualquiera al haberse individualizado y convertido en objeto artístico. Se trata de un disparo al corazón del capitalismo [bla, bla, bla] una gran oportunidad».

A Pavel le gustaba decir a esas alturas de la campaña viral, que si le hubiese tocado de lejos, su opinión estaría clara y formada, pero que al estar él mismo en el centro del huracán los límites de sus ideas se le difuminaban. Lo cierto es que apenas sabía balbucear lo anterior cuando alguien le preguntaba al respecto.

Al menos, tras la lectura de los periódicos y de la venta de las dos últimas entradas para ese día del museo, logró escribir a su amiga Ate (promotora de #Versatubillete), que se sentía abrumado y lo que era peor, que se sentía con una clara sensación de ladrón, pues versar billetes «es cualquier cosa menos original y ya se ha hecho mucho antes y mucho mejor de que lo hiciera yo».

La respuesta de su amiga, si no tranquilizadora, al menos sí fue tajante, «tiraste la piedra a la charca y ya está, no eres responsable de las ondas ni para lo bueno ni para lo malo». Tampoco le tranquilizó que Ate le dijera que le habían ofrecido un buen dinero por el primer billete que ella había versado con una de sus poesías. De momento no había aceptado y no quería hacerlo, pero la tentación, le reconoció a Pavel, llamaba a su puerta.

La realidad, vapuleada por el hecho artístico de que las personas comenzaron a versar de modo masivo sus billetes, siguió su curso y tres días más tarde, una gran cadena de televisión llegó hasta el lanzador de la piedra original sobre el estanque.

España descubrió entonces a través de la televisión a Pavel, pero a los televidentes esa figura le resultó desagradable por su aspecto y sus balbuceos, de modo que fue ridiculizado primero y abandonado poco después al no cumplir los cánones de la imagen, ni siquiera los de la sátira. La realidad se resistía.

 

VI

Resultó que,

mientras Pavel terminaba encerrado en su apartamento después de su entrevista televisiva tan poco afortunada, después de las burlas que soportó en la calle y en el trabajo y después de que su médico le pusiese el sello de baja por depresión

mientras Pavel veía morir la primavera y pasar todo el verano desde la única ventana al exterior de su apartamento

mientras fueron contadas las ocasiones en las que durante cuatro meses logró salir a la calle, alimentándose a base de conservas, comida basura y el pan que a diario le llevaba una vecina

mientras vivía encerrado con sus cuadros flamencos y de arte urbano

mientras el psicólogo al que acudió durante tres sesiones, terminó por desplazarse semanalmente al apartamento para que la terapia no muriera, después de considerar el caso como un reto personal, en el que intentar recolocar las piezas del puzle de Pavel; con una infancia feliz tan solo durante un breve periodo vivido con su abuelo en Ibiza y horrenda a partir de su descubrimiento de ser un hijo no querido, de ser un monstruito, como llegaron a calificarle sus padres, poco después de sobrevivir a su hermano pequeño, muerto en un horrible accidente del que nada tuvo que ver, aunque se le echara la culpa porque comenzaba a resultar siempre la opción familiar más fácil; con una adolescencia marcada por la idea de que el otro será cruel si puede serlo, en especial si se es adolescente y con seguridad si tu aspecto físico carece de toda gracia, por más que te conviertas en alguien interesante que descubre un oasis en la pintura y en escritores tan duros como Nietzsche, Gombrowicz o Philip Roth; y con una entrada en la vida adulta donde logra resistir a base de contumacia hacia la supervivencia, puesta de continuo a prueba y durante años, hasta que llega un órdago inesperado por el que su inseguridad es mostrada al país entero y juzgada y sojuzgada sobre opiniones de sabios que no saben nada de él pero que hablan como si lo supiesen todo porque ha puesto unos versos en alemán y en español sobre un billete, al que le hizo una fotografía y se le ocurrió subir a una red social, dando comienzo a un cambio que todavía sorprende a todos, en especial a los que dicen saber de cambios

porque mientras nuestro protagonista vive enclaustrado cuatro meses, y necesita de otros tres para recuperar sus constantes vitales rutinarias, España (aunque no sola) se vuelve del revés.

 

Que a mediados de agosto la Península Ibérica arda a causa del clima no es noticia alguna, pero sí lo es, que al cuarto mes de iniciarse la campaña #Versatubillete, el Banco de España publique un informe en el que calcula que aproximadamente un 10% de los billetes que están en circulación en nuestro país ha sido objeto de manipulación a través de versos, poemas, frases, caligramas, dibujos… Como lo es también, a pesar de que los porcentajes pueden parecer bajos, que el Banco Central Europeo publique un informe similar con un 3% para la zona euro, y el Fondo Monetario Internacional haga lo propio señalando el 0,5% para el resto del mundo. Y nuestro país es noticia a nivel mundial un día sí y otro también por muchas razones, entre otras y como señalan los sesudos analistas nada partidarios de tal manifestación artística, porque se empieza por sacar los pies del tiesto, y se termina por rechazar la maceta entera.

«La maceta apesta» escribirá precisamente Banksy en español, tras un viaje relámpago a Madrid, por supuesto de incógnito, a finales de agosto. Y lo escribe sobre la pared de un edificio en ruinas de Vallecas, y lo hace tras haber dibujado una monumental maceta con forma de Europa que intenta ahogar todas las raíces no monetarias que tratan de crecer en su seno, mientras estas se rebelan. Y sobra decir que de inmediato se convierte en otro símbolo más, que sirve para alimentar la hoguera que vienen alimentando los detractores y los partidarios de que el arte, especialmente el urbano, inunde el resto de las esferas de la sociedad.

También seremos noticia internacional cuando el diez de septiembre, un grupo de colectivos y de plataformas artísticas reparten el mismo día de modo gratuito decenas de miles de sprays y de plantillas con las frases y poemas que más se han repetido en los billetes, en las paredes, en las aceras, para que cualquiera pueda pintar y reproducir su apoyo a favor de un cambio en el modo de pensar y de actuar, que tras anunciarse durante mucho tiempo, parece que al fin se empieza a concretar, tal vez porque los movimientos que propugnan el cambio han sido capaces de encontrar la transversalidad, aunque mucho habría que discutir al respecto, quizá en otro relato.

Y uno de los días más extraños de toda esta historia, que algunos comienzan a decir que debe escribirse con H, llega el veintiuno de septiembre, cuando los antidisturbios de las grandes marchas que se convocan en todas las capitales de provincia a favor del arte, la cultura, el medio ambiente, y una política más democrática, deciden sumarse a las marchas y provocan unas escenas de entusiasmo que dan interminables veces la vuelta al mundo.

Y en ese ambiente se producen a lo largo de octubre y noviembre hechos tan extraños como que Benedetti, Miguel Hernández, Whitman, Rilke… tomen definitivamente la calle en forma de versos plasmados en las aceras, en los muros y en los carteles publicitarios que pretenden vender colonias y coches, pero que terminan sirviendo para señalar otros caminos. O que varias cadenas elijan reponer viejos programas como La Bola de Cristal, o A fondo, y tengan un importante éxito de audiencias. O que el artista chino WeiWei después de entrar nuevamente en la cárcel de su país tras una exposición sobre los derechos humanos y salir de ella por el clamor popular ejercido por su pueblo, venga a nuestro país a mostrar su obra y se convierta en un fenómeno sin precedentes. O que la cultura del trueque experimente en pocos meses un crecimiento del 2000%. O que se vuelvan a reabrir viejos cines, nazcan nuevas galerías de arte que ofrecen buenas oportunidades a la multitud de nuevos talentos que emergen por doquier y se abran más librerías de las que se cierran. O que ahora sí, la sociedad entienda que resulta ineludible la necesidad de un cambio político, donde no tenga cabida la corrupción ni la mediocridad y en el caso de que aparezcan, se pueda hacer lo que se debe hacer con ellas.

 

Algo menos extraño que todo lo anterior resultará la despedida de Pavel con su psicólogo. Una nevada imprevista en pleno mes de noviembre ha tomado por sorpresa Madrid y media España, y ha provocado que nuestro protagonista se encuentre de un humor inmejorable, después del lento proceso de recuperación asociado a un calor pegajoso que parecía no querer abandonarle nunca. Pero tampoco se engaña, sabe que su humor (como el clima) es cíclico, que ha caído otras veces y que volverá a recaer. Que siempre se levanta más fuerte, pero que la caída también es siempre mayor. En el último billete que Pavel le tiende a su psicólogo, se puede leer: «¡Cuidado, porque también hay montañas de barro, de polvo, de humo, de aire, de nada!». Se dan la mano.

 

VII

Si la desastrosa entrevista de televisión sumió a Pavel en una larga oscuridad por lo que dijo, lo que no dijo y por cómo lo dijo, la de radio, por los mismos motivos, le otorga un protagonismo que le vuelve a tomar por sorpresa. Su figura es redescubierta, y aunque solo se le ve como el iniciador inconsciente e inocente del cambio, será llamado para otras entrevistas donde da muestras de una imagen cada vez más suelta y menos acomplejada, se ve envuelto en firmas de autógrafos en plena calle y en su recuperado trabajo del museo y recibe invitaciones para dar charlas y conferencias por diferentes puntos del país.

No siempre se sentirá cómodo en su nuevo papel de pequeña estrella, pero tampoco puede negar que cuando llega a casa y detiene su mirada frente a El jardín de las Delicias, no es el infierno donde se recrea. No acude a todas las entrevistas que le solicitan pero sí a unas cuantas que incluyen dos de televisión. Siente incluso cierta reconciliación con su propia imagen y es capaz de firmar un pacto de no agresión por el que logra mirarse al espejo sin desprecio, hasta sin ironía. Y no acepta ninguna conferencia, salvo la que le ofrecen un 3 de enero, en Ibiza, con hotel y vuelo pagado.

Pavel es consciente que acepta la propuesta ibicenca por recordar su pequeño oasis de feliz infancia vivida junto a su abuelo, pero no por ello deja de preparar un discurso que considera digno y que muestra a las claras, con datos en la mano y acciones de artistas e intelectuales ejecutadas cada día, que hacer una España y un mundo mejor es posible y que una vez encontrada la brújula, lo lógico es cuidarla, no dejar que se estropee y seguir el viaje camino del horizonte.

Con el recuerdo de los aplausos que no sabe si merecer, pasea por el puerto, sube a Dalt Villa impulsado por un frío protector, ve caer el Sol en San Antonio, llora al pasar por una zona especialmente querida de Santa Eulalia llamada Niu Blau y vuelve al hotel poco antes de su regreso a Madrid. Allí, Pavel le pregunta al recepcionista cómo es posible que tengan abierto en enero, y el tipo con un marcado acento sevillano le contesta con una amplia sonrisa que en estos tiempos todo es posible.

Pavel comprueba de inmediato que puede ser así cuando una mujer, rubia, alta, preciosa, pasa a su lado con un libro de Saul Bellow en la mano y el móvil en la oreja, y le escucha decir con tono cariñoso que «sí, enano, yo también me he alegrado de verte, un beso» y sin que lo pregunte, el recepcionista le guiña un ojo a Pavel, gesto que no ve porque mira fascinado a la mujer que se ha detenido a unos diez metros de ellos. El sevillano le dice que ella es la administradora del hotel.

−La jefa −añade ante la mirada de incomprensión de Pavel− la que te ha invitado estos días.

Durante los siguientes segundos Pavel se piensa si acortar los pasos que le separan de ella, presentarse, tratar de conquistarla. Entonces se ríe y sacude la cabeza un par de veces y le dice al recepcionista que aún no es todo posible, que quizá lo llegue a ser, pero que todavía no.

 

Tres horas más tarde nos conocemos.

El avión de Ryanair acaba de despegar cuando Pavel, a quien he reconocido nada más sentarse a mi lado pero al que no digo nada debido a mi timidez crónica, me comenta de sopetón que le suena mi cara, aunque no consigue recordar de qué. Entonces observo sin pudor la media sonrisa que me tiende en su rostro desmañado y le contesto tratando de resultar gracioso que será de algún error que haya cometido, pero no muy grave o me recordaría mejor. No tardo en añadir que yo sí sé quién es él. Antes de decírselo cae en la cuenta de que me conoce por twitter, por leer las micro-ficciones que allí escribo. Nos presentamos formalmente.

No tardamos en preguntarnos por qué estamos en ese avión. En la respuesta descubrimos que ambos hemos vuelto al lugar donde fuimos felices por un tiempo. Pavel me recuerda que las canciones tristes nos cantan que no se debe volver a esos lugares, y yo le contesto que aunque las canciones digan la verdad, a mí siempre me ha gustado enfrentarme a ambas, a la verdad y a la tristeza, aunque sea para no caer en sus mentiras. No veo necesario decir, porque no se trata de mi historia, que no cambiaría por nada del mundo las horas que acabo de pasar en el lugar al que no debería haber vuelto de hacer caso a las canciones.

Es Pavel quien toma las riendas de la conversación, quien apunta la fuerza que ha impuesto lo pictórico para torcer la realidad frente a la inanidad secular de las palabras, y yo como escritor me siento ofendido y defiendo mi terruño, y argumentamos y contra argumentamos para llegar al final al insustancial puerto de que imagen, palabra y símbolo, mezclado en la coctelera junto a la casualidad y a la causalidad, han provocado todo lo que estamos viviendo.

Poco después llegamos a la conclusión, mientras el avión comienza a descender, de que ninguno de los dos nos regodeamos en la inocencia y asumimos que no hay progreso garantizado, que la relatividad moral abruma y siempre se guarda manos ganadoras… pero que hasta el mismo cielo se puede poner boca abajo.

Ya nos despedimos en el aeropuerto cuando me atrevo a preguntarle completamente en serio, si me da permiso para escribir su historia. Pavel me contesta, me da la sensación que en broma, que por supuesto.

 

 

VIII

El hombre elegante estiró el brazo hasta el maletín, lo puso sobre la mesa y lo abrió hasta la mitad enseñando el contenido a Pavel. Entonces lo cerró de golpe.

−Es el primer maletín pero si lo aceptas no será el último. Y lo mejor de todo son las condiciones, puedes compartirlo con quien quieras… o no, puedes versar billetes hasta hartarte… o no, y por encima de todo, no te pediremos nada a cambio. Así de sencillo.

Finalmente Pavel dijo de manera entrecortada:

−No, no, no lo quiero».

−Sería una decisión tan respetable como aceptarlo, pero voy a dejar que te lo pienses un poco más, ¿no crees que es lo mejor?

Pavel tragó saliva, comenzó a sudar y se sintió más pequeño que nunca.

−¿Por qué tanta generosidad conmigo, mi mérito es tan escaso?

El hombre elegante sonrió por respuesta. Las nubes terminaron de cubrir el cielo, la tormenta era inminente. Cayeron las primeras gotas y los demás clientes de la terraza se metieron en el Café. Los peatones apretaron el paso en busca de refugio. Pavel puso una mano sobre el maletín. No insistió en querer saber por qué.

−Entonces, Comotellames, ¿es todo mío y además vendrán otros como este para que haga con ellos lo que quiera?

−Así es –la respuesta fue neutra y no hubo ni un asomo de victoria.

Pavel se acercó el maletín. Abrió los broches y la tapa pero sin dejar que la lluvia entrase. Contempló el contenido. Un brillo extraño cruzó sus ojos marrones.

−Con eso se pueden hacer un montón de cosas –el hombre elegante siguió con su tono neutro− ayudar a muchos artistas para continuar con el cambio, salvar muchas vidas en el tercer mundo, disfrutar de…

−O quemarlo –le interrumpió Pavel con repentina seguridad mientras se echaba una mano al bolsillo.

−También puedes hacer eso, sí.

La lluvia cobró intensidad y empapó a ambos. El hombre elegante ya no lo parecía tanto y Pavel presentaba una imagen que despertaba lástima. Puso el mechero que sacó de su bolsillo encima de la mesa.

−Así que puedo quemar el maletín y a vosotros no solo no os importará, sino que encima me daréis otro pronto.

−Como te dije el maletín es tuyo si lo quieres y puedes hacer con él lo que te apetezca.

−Lo acepto y voy a hacer que nos equivoquemos todos, vosotros y yo –Pavel encendió el mechero cubriéndolo con la tapa superior del maletín−. Además, ver arder estos billetes será mi mejor verso.

La lluvia paró de golpe, se fue como había venido. Tras unos segundos resistiéndose a la llama, los billetes comenzaron a arder  sin remedio. El hombre elegante se recompuso el traje y el pelo, no se inmutó ante lo que Pavel hacía. Desde la ventana del Café un móvil grababa toda la escena sin que los protagonistas lo advirtieran. Pavel terminó de abrir el maletín y lo empujó hasta el centro de la mesa. La gente comenzó a prestar mucha atención.


Verso del billete: @SrtaChinaski 

¿Y AHORA QUÉ?

a261c-hermanosyreyes                                                                                                                 Cubierta Reyes y Guerra 4

Resulta difícil encontrar una pregunta tan significativa para tantos momentos de cualquier vida y persona. Así que me da algo de pudor circunscribirla a un tema en cierto sentido tan banal, pero vaya, ¡Viva la banalidad y ahí va la pregunta que me hago!

¿QUÉ HACER CON MIS DOS NOVELAS UNA VEZ QUE ESTÁN ESCRITAS?

La respuesta es bien sencilla: HAZ QUE LAS LEAN.

Pero el modo ya no resulta tan sencillo porque, ¿quién diablos me conoce más allá de cuatro gatos (todos vosotros encantadores, eso sí)?, ¿cómo narices voy a conseguir promocionarme cuando no tengo detrás la maquinaria de una gran editorial, cuando mi capacidad de marketing da risa, cuando se trata de vender no uno, sino dos libros que valen una pasta, en un país que aunque algunos nos digan que está de puta madre, es UNA RUINA (con perdón para las ruinas)?

PUES TIRA DE IMAGINACIÓN, me dice la imaginación. Y a eso he venido. A eso, y a tratar de vender algún que otro libro con mis ofertas.

Aquí están disponibles mis dos novelas en papel:

«HERMANOS Y REYES» Casa del Libro; El Jardín de los CuriososEl Corte Inglés; Bohodón Ediciones

«REYES Y GUERRA» Casa del Libro; El Jardín de los Curiosos; Bohodón Ediciones

Si del escritor (o sea, de mí) se es amigo, familiar, se tiene el compromiso, o se le tiene por uno de sus autores favoritos (locos hay en todas partes) la broma sale por 34 eurazos. Y que conste que tengo claro que mis cientos de horas dedicadas a KARAK se los merecen, y que he puesto toda mi pasión y mi escaso talento en formación para recrear un mundo lleno de aventuras e interés digno de ser conocido, y que si el lector/a se anima a comprarlas, no se arrepentirá (aunque si al final sí lo hace prometo invitar a una cerveza). Pero también reconozco que para un escritor desconocido, que publica en una editorial independiente, y en un país donde se apuesta poco o nada por lo que no está consagrado, NO VA A SER FÁCIL, NI PARA EL QUE LEE, NI PARA EL QUE ESCRIBE, que se lleve a cabo un gasto semejante.

ASÍ QUE HAY QUE TIRAR DE ALTERNATIVAS, y aquí van algunas.

  1. Comprar los libros EN EBOOK (por 14 eurillos te llevas los dos).

«HERMANOS Y REYES». Casa del Libro (versión revisada y mejorada, por cierto); El Jardín de los Curiosos; Bohodón Ediciones.

«REYES Y GUERRA» Casa del Libro (mejor no leer el resumen del libro que presentan ####, por cierto); El Jardín de los Curiosos; Bohodón Ediciones.

  1. PIRATEARME (perdona que no te ayude, aunque si me lees, y me escribes tu crítica, tienes mi permiso explícito para hacerlo).
  2. COMPRAR «REYES Y GUERRA» EN CUALQUIERA DE SUS VERSIONES, y mandarme una foto con el libro. Yo me encargo de hacerte llegar en versión PDF, Y GRATUITA, «HERMANOS Y REYES». El gasto ya se puede reducir a 7 euros, una foto, y una dirección de correo electrónico.
  3. Decirme por correo o DM (vía twitter), que quieres tentar el género de literatura fantástica, que sencillamente no sabes si te gustará, que quieres adentrarte por los motivos que sea en Karak, pero que lo mismo sales huyendo de allí con prisas, y que para ese viaje, no te apetece gastarte dinero… de momento, y entonces yo, TE MANDARÉ EL PRIMER LIBRO DE FORMA GRATUITA, EN VERSIÓN PDF, convencido de que querrás el segundo, de saber cómo acaba la historia, y cuanto menos te harás con el ebook de «Reyes y Guerra».
  4. Decirme que tienes UN BLOG, O UNA REVISTA DE RESEÑAS, que quieres leer el primero para hacer una crítica, y yo te lo envío GRATIS, ni siquiera querré influir en tu trabajo con mi simpatía innata.
  5. Aquí dejaré esta sexta opción por si alguien más lúcido que yo, quiere aportarme cualquier sugerencia o idea.

En fin, SI LLEGASTE HASTA AQUÍ, GRACIAS, y si llegas hasta los libros, MÁS AGRADECIDO AÚN. Iba a añadir ahora alguna frase genial e irrechazable para conseguir que te acogieras a alguna de las alternativas, pero siempre me gusta dejar al lector libertad de acción y de pensamiento.

Y recuerda, si los libros no te gustan, siempre te quedarán mis relatos, mis tuits, o ponerme a parir para desahogarte.

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Reyes y Guerra

Si te gusta la literatura fantástica la cuenta atrás ha comenzado.

El sábado 25 de abril a las 12:30 en el Salón de Actos de la Biblioteca Pública de Guadalajara, tendrá lugar la presentación de mi segunda novela.

¡Podrás perdértelo pero no perdonártelo…! Bueno, seguro que sí, pero no deberías 🙂

Cubierta Reyes y Guerra 4

Y recuerdo que aquí podrás encontrar la primera parte, Hermanos y Reyes

En versión papel o, en versión Ebook, más barata, revisada y recomendada por el autor, donde corrijo la mayoría de los defectos que cometí, aunque no todos, por eso de permitirme una segunda novela que fuese mejor 🙂

Por último aquí recuerdo algunas de las reseñas que se me hicieron:

La Estantería del Cho

An Imperfect World

Bibliolocura

I´m Still Here

Año: 2010

Director: Casey Affleck

Termino de ver I´m Still Here y lo hago con preguntas y con sensaciones.

¿Estoy ante una película o ante un documental? ¿Qué hay de verídico y qué de montaje? ¿Si fue montaje, cuánto acabó siendo verídico, y si iba para verdad, cuánto y cuándo se convirtió en farsa?

En cuanto a las sensaciones: la de la intensidad que se respira en el experimento, o lo que sea; la de la originalidad; la del riesgo, imposible de calcular por parte de Phoenix, al involucrar la realidad y salirse de los límites de la ficción.

Responder las preguntas con la perspectiva que dan estos cinco años y los ríos de tinta que supongo ha hecho correr “el asunto”, me resultará relativamente sencillo y me pondré a investigar en cuanto acabe de escribir esto. Pero las sensaciones permanecerán, y eso es lo que importa. He visto algo que no sé bien cómo calificarlo, pero sí sé que ha sido valiente, genuino, brutal en ocasiones, incómodo a menudo, y eso es más de lo que suelen ofrecer la mayoría de las experiencias estéticas.

Por cierto, increíble interpretación sea cual sea la realidad que hay en todo ello. Y gran final. Creo no desvelar mucho o no desvelar nada, cuando digo que solo se podía salir con acierto de su atolladero, en un sentido narrativo al menos, sin salir de ninguna manera, fundiéndote con el entorno, hundiéndote en él, de espaldas a todo, en silencio.

Permítanme un consejo: véanla leyendo lo menos posible sobre I´m Still Here. Cuando la hayan visto, su curiosidad ya se encargará de querer saber más.

Lugares sagrados

La primavera se me escapó de las manos. Y el alcohol también, como de costumbre.

Eran las doce de la mañana de ayer viernes y cargaba con una cogorza de campeonato, por el único motivo de haberme despertado triste y con todo el peso del mundo sobre mi pecho. Pensé que lograría aliviarme con una cerveza. Cuando varias fracasaron me pasé al vodka, y ya se sabe, una cosa lleva a la otra y me planté borrachísimo cubata en mano, frente a la puerta donde un día fui feliz por creer que podría conquistar mis sueños. Tiré el cubata al suelo y me adentré en la Biblioteca Municipal.

No debí de abrir la enorme puerta con demasiado sigilo porque enseguida sentí unos cuantos pares de ojos sobre mis tambaleantes pasos. Tampoco quise reparar en nadie, no fuese a toparme con la mirada de quien un día me aceptó como reto, hasta que con mis denodados esfuerzos logré que se rindiera. Trabajaba como bibliotecaria y no la había vuelto a ver desde hacía dos años, tal vez ya no trabajara allí, o no estuviese en turno. En cualquier caso me negué a asumir que ella fuese el motivo de mi irrupción. Pero si no era por ella, ¿por quién entonces? Bien sabía que era una pregunta fácil de contestar: por ellos.

Ellos son tantos, que no supe por dónde empezar mi irrupción bibliófila hasta que empecé por la nostalgia, y me dirigí a la sección de filosofía. La rabia y la frustración se me empezaron a escapar por los poros y para contrarrestarlos elegí al tipo menos rabioso de cuantos hemos existido nunca: Immanuel Kant.

La Crítica de la razón pura bailó unos momentos sobre la balda, pero fui capaz de agarrar el mamotreto antes de que cayera. Leí en alto, despreocupado de estar donde estaba: “No hay duda de que todo nuestro conocimiento comienza con la experiencia…”. Me negué a continuar. Tiré el libro al suelo y retumbó en el pasillo, en la sala, en las tres plantas del edificio, en la ciudad, en la Tierra, y en el Universo Entero. Luego, el ruido de Kant se apagó como sus últimas palabras justo antes de expirar: “está bien”. ¡Qué carajo va a estar bien algo, nada lo está, y no quiero jamás, escucharme decir tal cosa. Me prefiero deshecho, devastado, en ruinas, pero no quiero morir con la sensación de haber tenido bastante. Mejor el dolor que la indiferencia.

Mi siguiente víctima fue Sartre. Busqué El diablo y dios pero como en mi vida real no hubo suerte. Sí encontré A puerta cerrada, que tiré al suelo, y lo mismo hice con La puta respetuosa, y Las moscas. Sentí cómo me desquiciaba al pensar en la vida del francés, en su ética, en su buena fe. Su coherencia se me hizo insoportable y me laceró por desbordarme yo en mis contradicciones. Fui dolorosamente consciente de compartir con Sartre alguno de sus vicios, pero ninguna de sus virtudes. Esa asquerosa lucidez me hizo llorar, el alcohol no tenía nada que ver con el asunto.

No recuerdo bien cómo fue la transición pero de repente tuve a Nietzsche fuertemente agarrado. Una de mis lágrimas cayó sobre Humano, demasiado humano y recobré en esta escena algo de aliento y cordura. Le coloqué de nuevo en su lugar con un mimo torpe, y tuve que abandonar la filosofía.

Nadie se atrevió a decirme que recogiera lo que había tirado a pesar de sentir tales ganas en el cogote. «Miedo al loco», pensé, y esto es lo que dije a quien me quisiera escuchar: «A los locos no hay que temerles, a los locos hay que preguntarles por qué están locos, aunque su respuesta suene a locura total».

Sin que nadie me preguntara nada recorrí con tambaleos la novela en todas sus épocas y autores, «¿cómo elegir a quién destruir, o al menos humillar, contra el suelo?», me susurraba a mí mismo a cada paso. Me escocía sobremanera la idea de que en el arte de novelar, había encontrado siempre más vida que en la vida misma, y que desde hacía muchos años, había pensado que mi nombre acabaría en las estanterías de las bibliotecas. Pero desde hacía un tiempo a esta parte, había decaído mi sueño de aportar nueva vida, y la duda de la ya agrietada certeza anterior, se había gangrenado. Al paso que iba, mis libros no acabarían ni en la más triste de las librerías, y ni siquiera como regalo de tres al cuarto, pues para ser escritor y acabar colocado, alto o bajo, hay que escribir, y no basta con ser mero personaje.

No recuerdo bien cómo acabé imantado contra Arthur Miller, pero sí que, tras página y media de Muerte de un viajante, pasé de centrarme  en todos los Willy Loman que hay en el mundo, a centrarme en quien tan bien y tan duro los reflejara. Y no sentí comprensión, sino envidia. Ante varias personas que me cercaban comencé a desbarrar:

−El cabrón de Arthur Miller tuvo Broadway a sus pies, se reinventó las veces que le fue necesario, puso en jaque la Caza de Brujas de McCarthy, y por encima de todo, se casó con Marilyn Monroe.

Estuve a punto de vomitar de rencor, pero creo que de alguna manera fantasmalmente caritativa, lo impidió la rubia eterna. Tras unos segundos sin saber bien qué ocurría en mi cabeza, estampé a Arthur contra el suelo porque no supo evitar la pérdida de ella. Desfondado de intensidad, me marché de allí con escándalo.

En la huida por fin se atrevieron a abroncarme, no sé si solo por lo relatado, o porque posiblemente (tengo una nebulosa al respecto y no sé si lo que sigue ocurrió de verdad o no), tiré al suelo de un modo teatralmente borracho, toda la sección de teatro de la Biblioteca Municipal. Incluso creo que hubo un valiente que quiso retenerme. Si fue así, si la nebulosa ocurrió de verdad, creo no llegamos a la sangre. Tampoco llegó a tiempo la policía que escuché estaba de camino. Lo que sí fue real porque sus ojos rasgaron la nebulosa, fue la mirada avergonzada de quien en su día llegó a quererme, y en ese momento, escondida entre varias personas, no sabía dónde meterse.

Al salir a la calle lo tuve claro. Una epifanía me gritó que tras el bochornoso espectáculo que acababa de ofrecer, solo Dios podía enmendar el entuerto, o superarlo.

La iglesia donde hiciera la comunión me volvió a ver con más de veinticinco años de retraso. Apenas a ninguna otra, pero desde esa fecha señalada, no había vuelto a aquella casa de Dios donde recibiera el cuerpo de Cristo a la fuerza, o lo que es lo mismo, donde se le dio una galletita a mi conciencia, aún sin formar, tan inocente como para creer que existía un Dios bueno, que dirigía un mundo horrible.

Fue pisar la iglesia, fue pensar lo anterior, y fue que la borrachera comenzó a remitir. Me paseé por la gran casa desahuciada de gente y mientras lo hacía, me sobrecogió el silencio más que la cruz, la penumbra más que el oropel de frases bíblicas estampadas en las paredes, y la viejita que en ese momento entró por la puerta, más que mi descreimiento. Entonces vi que éramos tres, pues una sombra negra se movió sibilina, era el cura.

−La casa de Dios está tan cargada de contradicciones –dije sin venir a cuento y sin alzar mucho la voz cuando se cruzó conmigo la señora−, como la de cualquiera. Lo molesto es que no admita grietas, y que encima se pretenda llena de luz.

−¿Cómo dice hijito? –me contestó ella enfrentándose a mi aliento con estoicismo− Estoy un poco sorda.

−Digo que le deseo que tenga un buen día.

Incliné mi cuerpo en señal de respeto como no había hecho… nunca. Volví sobre mis pasos, y a punto de marcharme cambié de idea. Quién sabe si guiado por el espíritu santo, me encaminé hacia el confesionario.

Allí me dormí un tiempo impreciso hasta que apareció el cura. Me despertó tras golpear ligeramente la celosía donde tenía apoyada mi cabeza, y tras golpearme con su mazo dialéctico:

−Hijo, ¿estás bien?

Por suerte no era mi padre, por suerte me resitué rápido, por suerte los arcanos del pasado afloraron a mis labios:

−Ave María Purísima –dije.

−Sin pecado concebida –dijo.

−No como nosotros –dije, y noté cierta incomodidad.

−Pero el Señor está en tu corazón para que puedas arrepentirte humildemente de tus pecados –dijo.

−Humildad no me falta, padre, aunque dudo que el señor sea capaz de habitar en mi corazón –dije.

−¿Y por qué piensas eso? –preguntó.

−Porque es un lugar inhóspito, lleno de goteras, y debo confesar que también lleno de vida. Verá padre, lo que ocurre es que como me iluminó en cierta ocasión una amiga, en los corazones donde hay vida, es porque hay humedad, y donde hay humedad, es porque hay sexo. Y yo estoy plagado de humedad, y tengo entendido que Dios no se lleva demasiado bien con las humedades –dije.

Silencio hasta que al fin con cierta dureza en la voz se me dijo:

−Tu sexualidad enfermiza no es sino una reacción ante tu falta de trascendencia.

Y tras la diatriba, el pedo, ya atemperado para entonces, bajó varios puntos de golpe en su escala de borrachera, hasta alcanzar cotas bajas de puntillo y poco más.

Me revolví:

−Pero mi falta de trascendencia quizá se deba a quienes han traficado durante siglos con la palabra de Dios para hacerse con… −decía.

−Es posible que tengas razón –me cortó sin añadir más.

−Pero no va a apelar a mi responsabilidad individual –protesté acercando mucho la cara a la celosía. Quise ver el rostro del cura.

−Lo que es reprobable, es reprobable –dijo él desde las sombras.

−¿Seguro que es usted cura, seguro que no le estoy inventando? –le pregunté.

−Eres demasiado débil e impresionable –me soltó.

−Es verdad –dije y me levanté.

−Espera –dijo, no sé si con sorna o en serio− Yo te absuelvo de tus pecados. Puedes ir en paz.

En ese momento la señora se marchaba de la iglesia y pasaba a mi lado, no pude contener ciertas ganas y mirando al confesionario, dije:

−Gracias por la generosidad divina, pero a pesar de mi debilidad, elijo atesorar pecados y errores, y vivir en guerra conmigo mismo.

La señora no estaba tan sorda y sin que lo esperara me dijo:

−Es una opción como otra cualquiera, hijito.

Y sin obtener respuesta desde más allá de la celosía, me marché junto a la vieja. Abrí la puerta de la casa de Dios y dejé marchar a la señora. Se fue paso a paso y me dejó con la duda de que lo hiciera llena de fe, pero convencido de que lo hacía llena de fuerza.

Ya en la calle una ráfaga de aire se terminó de llevar los últimos efluvios de mi borrachera, y me trajo los primeros síntomas de la resaca en forma de dolor de cabeza. Por supuesto solo me quedó la opción de perderme en los bares.

Llegué a mi bar favorito del mediodía con algo de rabia. Me dolía la cabeza pero recuperaba cierta lucidez. Mi sexualidad enfermiza, mi sexualidad enfermiza… me repetía una y otra vez recordando a mi confesor. Si acaso puede reprochárseme algo al respecto, pensaba enfadado conmigo mismo por no haber estado más hábil en la réplica, es que no haya llevado a cabo mi proyecto de convertir la sexualidad en algo, precisamente trascendente.

Entonces caí en la cuenta de que mi proyecto era tan viejo y estaba casi tan olvidado, como el de no hacer nunca daño a ninguna mirada que me haya querido. Desde luego no podía estar contento de cómo me marchaba el día. Algo abatido decidí pedirme un vodka.

La camarera decidió regalarme una sonrisa y un generoso pincho de tortilla. Se lo agradecí y como a esa hora no había nadie en el bar, la invité a que me acompañara a fumar. Ella dijo «Sí». Me sorprendí, llevaba mucho tiempo sin escuchar esa sencilla y fácil respuesta a tantas preguntas como hacía.

Ya afuera, tras un trago al cubata y un mordisco a la tortilla, me confesé:

−No fumo.

Ella sonrió y sacó dos cigarros. Acepté la invitación y traté de no hacer demasiado el ridículo con esa arma mortal entre mis dedos. Ninguno de los dos hablábamos. Pensé que a esas alturas ella solo podía ser medio tonta, o demasiado lista. Al momento incluí la posibilidad de que fuera pura bondad. Finalmente el silencio se me desbocó de la boca y dije algo parecido a lo que sigue:

−Las personas que tenemos cerca piensan que te conocen por el simple hecho de esa cercanía. Y si encima te han leído alguna vez, incluso creen saber tus secretos más profundos. Pero su conocimiento no son más que patrañas, ¿cómo va a conocerte nadie, cuando uno no es capaz de conocerse a sí mismo, o mejor, cuando lo único que te has demostrado en la vida son mentiras? Que no te engañen, el futuro es un abismo, el pasado es un cuento, el presente…

En ese momento me callé porque desfiló delante nuestra un cincuentón que lucía una sonrisa que califiqué de enigmática.

−El presente –rompió la camarera el silencio al tiempo que retomaba el hilo−, es este cliente que acaba de entrar. Deja que le atienda y vuelvo a salir para que me hables de alguno de esos cuentos tuyos pasados. Quién sabe, lo mismo me intereso por tu futuro.

Y se metió dentro. Y yo tiré el cigarro. Y miré el vodka pero no lo toqué. Y volví a escribir aunque fuese en una servilleta, y tan solo mi número de teléfono. Y me marché.

Comprendí que tenía cuentas pendientes y que no podía quedarme. Debía descansar, quería dormir toda la tarde y toda la noche para volver sobre alguno de mis sueños, algo que llevaba demasiado tiempo sin ocurrir.

Ahora termino de escribir y me preparo para volver a la Biblioteca a pedir perdón  a la iglesia para confrontar mis argumentos, y al bar para divertirme.

Romero (Apuntes, 4)

4ª Tanda (selección de tuits publicados)

1. Me rompió el corazón tras una corazonada que me llegó al alma.

2. −Cierto, me encariño de todos mis errores −le dije a la psicóloga−. Si no, tú y yo no estaríamos desnudos.

3. Forcé el límite y me rompí de nuevo. Cacho a cacho me rehíce. Sonreí. En esta ocasión había llegado un poco más lejos.

4. Ya que no me soñarás, aspiro a soñarte, soñando que sueñas conmigo.

5. Presentó una denuncia a la Esperanza por dejación de funciones.

6. ¡Por fin mi Fortuna es ceniza! –Gritaba lleno de júbilo− ¡Podré comenzar de nuevo!

7. Se zambulló en sus tentaciones para arrancarlas el poder que sobre él tenían. Lo consiguió, y ahora es una sombra.

8. Se zambulló en sus tentaciones para arrancarlas el poder que sobre él tenían. No encuentra el fondo.

9.

−Tienes todo el derecho a no quererme pero ninguno, a que yo no te quiera.

−Pero, por qué, hace ya 20 años.

−Y tres días.

10. La noche es el precipicio, que sustituye al precipicio que tú eras.

11. Llegó a odiar tanto, que por las noches mataba luciérnagas.

12. Ella encontró el orden en mi caos.

13. Arrastró la esperanza hasta el vertedero. La arrojó. Al darse la vuelta, la esperanza ya se había deslizado en su bolsillo.

14. Huyendo de la fe, he movido montañas.

15. A cada paso estás más lejos. A cada paso, más adentro.

16. Cuando leo te encuentro, y cuando escribo también. Estás muerto, sí, pero aún te tengo.

17. Aspiro a vivir con los límites rotos entre literatura y vida, y a morir del mismo modo. Así moriré un poco menos.

18.

−Si no lo he leído, doctor, no lo he vivido. ¿Es grave?

−Para empezar cierre ese libro.

19. No pretendas que sea posible el fuego en el corazón, y la paz en el espíritu.

20. Más quisieran muchas victorias ser como tu derrota.