Un viaje cualquiera

El mono que se pasea por la estación como si fuese un rey, nos entretiene a la espera del tren que nos llevará de Udaipur a Agra. Serán doce horas de trayecto para tan solo cuatrocientos kilómetros, lo que da una ligera idea de lo que supone moverse por la India.

Cuando llega nuestro tren, medianamente puntual, aceptamos su cochambre, la suciedad, y nos preparamos para el hacinamiento y la lentitud, como un viaje cualquiera de los que hemos tenido dentro de este país inasible al espíritu occidental. Parece sin embargo, al llegar a nuestros asientos, que tenemos algo de suerte porque apenas hay viajeros. El grupo se pone cómodo y al rato cada uno se ensimisma en lo suyo. Yo, como acostumbro, pienso en ti, en qué estarás haciendo en este momento, en si te arrepientes de no haberme acompañado, en si me echarás de menos… Sonrío, más me vale que lea un rato antes de que anochezca.

Hacemos una parada en una ciudad llamada Kota, donde sin retirarnos del andén cenamos patatas asadas, fruta y galletas. La suerte nos abandona porque el tren se llena y decimos adiós a la comodidad. Me toca ocupar la litera de arriba de las tres que jalonan cada espacio, apenas hay separación entre mi cuerpo y el techo, pero al menos puedo estirar por completo las piernas. También hay luz artificial, y aprovecho para leer una vez que el extraño escarabajo que se pasea por mi litera, echa a volar a través de las ventanas abiertas que hacen algo más soportable el sopor que vivimos.

Tal vez sea por los insectos que zumban a mi alrededor al estar yo tan cerca de la luz, tal vez sea a causa de mi imprevisible imaginación, tal vez, fruto de alguno de los alimentos que comí sin estar en las mejores condiciones, pero al margen de esos u otros motivos cualesquiera, lo cierto es que la cabeza comienza a darme vueltas, y lo cierto es que siento cómo el espacio y el tiempo se funden en torno a mí.

En este estado insólito de conciencia, es cuando La saga de los Marx de Goytisolo, que me acompaña en esta aventura, se transforma en Segundo dietario voluble de Vila-Matas. Y es allí, entre sus páginas, donde el escritor barcelonés cuenta que tiene la manía de escribir sus viajes antes de realizarlos para jugar con la realidad, ante la idea de que esa escritura pueda modificarlos una vez que llegan. Y es aquí, en este vagón de tren en el que acabo de perder el anclaje temporal, donde yo le doy otra vuelta de tuerca al bueno de Vila, y me pregunto si también es posible jugar una vez que el viaje ha concluido, escribiendo sobre este no tal como pasó, y ni siquiera como se percibió, sino como me apetezca que ocurra en el momento en que se me antoje. De modo que por qué no, pueda estar reescribiendo ahora mismo un capítulo de mi vida que ocurrió años atrás, quien sabe si para estamparlo como relato destinado a colaborar con una perspectiva de un fantástico blog, que ni siquiera ha nacido en este 2013 desde el que escribo. De modo que por qué no va a existir esta nueva combinación de mi viaje donde…

Un frenazo hace chirriar los vagones, tumba equipajes, despierta a los dormidos, y me hace volver a la cordura. Segundo dietario voluble se transforma en La saga de los Marx que a su vez desaparece para dejar paso a mi diario, a mi cuaderno de viaje, que cierro a la espera de retomarlo en momento más propicio.

La calma y unas precisas coordenadas espacio-temporales regresan a mi cabeza, el tren se vuelve a poner en marcha. Es noche cerrada en la India y no tardo en dormirme.

Cuando despierto hemos llegado a Agra y el Taj Mahal nos espera. Al abandonar el tren y mientras camino por la estación, regreso a mis locuras de anoche porque al fin y al cabo la India invita a ello, y tamborileo entre mis dedos la idea de que en uno de los infinitos mundos posibles, yo levanté el famoso mausoleo en tu honor. En este donde amanezco, no tardaré en buscar cualquier sitio donde escribir mis impresiones. En otro de esos mundos, tal vez el 28 de septiembre del 2015, te añoraré una vez que lo nuestro se haya convertido en polvo y reescribiré el viaje a mi antojo. En otro, no tendré que añorarte porque no te separarás de mi lado… Y todos esos mundos, cuantos se me ocurran e incluso cuantos se me dejen de ocurrir, quedarán sometidos a la posibilidad del crisol de mis letras.


[Publicado originalmente en DeKrakensySirenas, @krakensysirenas el 28.09.15]

Soy un personaje

23.09.15

La palabra del Señor pesa menos de lo que pensaba. En la mochila también van Henry Miller y mi incombustible Enrique Vila-Matas. Me pregunto qué tal se llevará Dios, ahí dentro, con dos de sus criaturas más rebeldes. Me pregunto cómo me permite combinarle de tal manera sin abrir la tierra a mis pies y devorarme sin demora. Me pregunto tantas idioteces…

Hay anécdotas que se me transforman en gérmenes de relatos; otras, solo llegan a ocurrencias y mueren como tales; y la que aquí me trae, la que me saca de casa, me hace cargar la mochila de libros, y me lleva al Matadero de Madrid para ponerme a escribir estas líneas, es una de esas anécdotas de la que debo hablar de un modo u otro, para que no me reviente por dentro y lo ponga todo perdido de frustración. Porque vaya, para mis cosas, soy muy higiénico.

Ocurrió al salir de la Comisaría de Usera (no vayáis a pensaros que algo excitante, solo la renovación de mis documentos caducados –cualquier día me caduco yo sin darme cuenta). Regresaba a casa con la cabeza puesta en váyase a saber qué locura, cuando una señora me llamó, me dijo que se había fijado en que me gustaba la lectura (como acostumbro me acompañaba de un libro), y me soltó un papelito por si me interesaba echarle un vistazo. En los breves segundos de su discurso, reconozco que la prejuzgué, la juzgué, y la sentencié:

El papelito no puede ser sino de tinte religioso, ella es una beata convencida que busca hacer prosélitos en sus filas, y no digo que sea mala persona, ni mucho menos porque a tanto ni llego ni me atrevo, pero no puedo evitar que me genere desconfianza.

Acepté el papelito que efectivamente era de tinte religioso (muchas horas más tarde comprobé que de los testigos de Jehová). Nos miramos por un segundo, y ella tuvo la amabilidad de no añadir nada más. Nos dijimos adiós. El panfleto llevaba por título: “¿Dejaremos de sufrir algún día?”

Esta propaganda siempre me deja fascinado. Fascinado por su cutrez. Es impactante pensar que muchos mensajeros de Dios no sean capaces de ofrecer nada más que este tipo de panfletos de grafía horrible, dibujos de parvulario, y mensajes simplistas. Tal vez no se me crea por lo que suelo escribir, pero soy increíblemente respetuoso con las religiones, las he estudiado a fondo, y creo entender bastante bien su función histórica y hasta su legado, pero muchas veces es como si me pusieran a prueba, como si se empeñaran en que dude del paquete entero que ofrecen, y para muestra, solo hay que seguir leyendo.

Repito, “¿Dejaremos de sufrir algún día?”, es el título del panfleto, un díptico por las dos caras, que viene a ofrecer… ¿respuestas? Me contengo hasta llegar a casa, y aún en ella consigo calmar mi ansia de analizarlo por entero, hasta que horas más tarde he acabado en esta bancada de madera a la entrada del Matadero, desde donde escribo. El díptico es mucho de preguntas, y así lanza la siguiente: “¿Hay razones para creer lo que la Biblia dice?” Y contesta: “Sí, al menos dos: “Dios odia el sufrimiento y la injusticia”, y “A Dios le importa cada persona”, y estas aseveraciones son acompañadas de pasajes bíblicos… irrisorios. Pero claro, es mi opinión. Vayamos con algo que no lo es asistiendo a una pregunta aún más interesante: “¿Por qué permite Dios que suframos? Encontrará la respuesta bíblica en Romanos 5:12 y 2 Pedro 3:9”. Y por esto traje la Palabra del Señor conmigo. Busco y os copio:

“Pues bien, por un hombre penetró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte, y así la muerte se extendió a toda la humanidad, ya que todos pecaron” Eso en Romanos.

“El Señor no se retrasa en cumplir su promesa, como algunos piensan, sino que tiene paciencia con vosotros, pues no quiere que se pierda nadie, sino que todos se arrepientan” Eso en Pedro.

Me hierve la sangre. ¿Así que el sufrimiento según este panfleto escrito por gente de supuesta buena fe, se debe al pecado original? ¿Así que Dios no convoca su apocalipsis porque está esperando a que todos nos arrepintamos? Vaya por dios, más bien es él el que debería arrepentirse, el que debería pedirnos perdón por lo que ha hecho y permitido de nosotros… y si existiera realmente creo que sería capaz de mirarle a la cara y espetarle que mejor estaría muerto, pues entonces no sería responsable de tanta atrocidad. Sé que la teología es capaz de mejores argumentaciones, pero sus raíces son tan caducas por muy bellas y líricas y profundas que puedan resultar en otras ocasiones…

El monoteísmo, los tres grandes monoteísmos que nos sacuden con sus Libros llenos de supuestas verdades inmutables, están tan arraigado a un terruño y a una época histórica puntual, que seguir creyendo en ellos es… Pero qué estoy haciendo, a quién le hablo, mis argumentos han sido ya expuestos de forma mucho más brillante millones de veces, y sin embargo, la necesidad de consuelo está ahí, y la fe sincera, la beatería, y el fanatismo, prenden tan bien en ese consuelo…

Levanto la cabeza y sonrío. Guardo la Biblia en mi mochila, abro a Henry Miller y luego haré lo propio con Vila-Matas. Al menos para mí, no hay posibilidad alguna de salvación eterna, y eso tal vez sea una gran noticia para todos.

Visto para sentencia

Corría la Edad de Bronce en la Antigua Grecia y en sus jóvenes dioses cuando el más poderoso de todos ellos, Zeus, amo del rayo y señor del Olimpo, decidió arrebatar el fuego a esos frágiles seres, nosotros, a los que gobernaba con voluntad caprichosa. El motivo, castigar al titán Prometeo, máximo benefactor de la humanidad, por una burla supuestamente imperdonable. El dios supremo regalándonos la oscuridad dejaba visto para sentencia su venganza. O eso pensó, porque el fuego, gracias precisamente al titán, volvería a los hombres. Zeus esta vez no tendría clemencia con el intrépido Prometeo y lo condenaría a suplicio eterno, pero también este, de la roca y el águila, sabría escapar.

Poncio Pilato, quinto prefecto de la provincia romana de Judea entre los años 26 y 36 d.C, dejó visto para sentencia el caso del judío que se proclamaba a sí mismo el Hijo de Dios, cuando permitió al belicoso pueblo que gobernaba, que hiciese con ese Cristo al que no quería juzgar, lo que se les antojase. Pilato se lavó las manos creyendo que nadie le juzgaría a él. Todavía hoy debe estar revolviéndose en la tumba.

El 22 de junio de 1633 en una sala del convento dominico de Santa María sopra Minerva, en Roma, Galileo Galilei, a la edad de 69 años, abjuraba de rodillas del modelo cosmológico heliocéntrico que había defendido en su Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo. La Santa Inquisición en particular, y la Iglesia en general, dejaban visto para sentencia la peligrosa herejía que nunca más les volvería a dar quebraderos de cabeza. O eso esperaban, porque dijera o no dijera Galileo por lo bajo «… y sin embargo se mueve», lo cierto es que desde entonces no nos dejamos de mover, tratando, unos de expulsar el fanatismo, y otros imponerlo.

El año que murió Galileo, 1642, nació Isaac Newton. Cuatro décadas más tarde, en 1687, verían la luz los Philasophiae naturalis principia mathematica, por suerte también llamados simplemente los Principia. Fueron tres libros donde se contenían los fundamentos de la física y de la astronomía, explicados en un lenguaje de geometría pura. Newton conseguía dejar visto para sentencia la concepción matemática del mundo. Después de su hazaña, en Física solo sería posible escribir notas a pie de página de los Principia… Y sin embargo hemos visto que ni siquiera Newton puede tener toda la razón.

«De lo que no se puede hablar hay que callar». Así termina Ludwig Wittgenstein su Tractatus Logico-Philosophicus, redactado en 1918. Con esa frase lapidaria se quiere dejar vista para sentencia toda la Historia de la Filosofía, o al menos, toda la que se encuadra dentro de lo que podemos llamar metafísica, o lo que vendría a ser lo mismo, las investigaciones de la idea de dios, del alma, y si se me apura, de la libertad. Pero la Filosofía es un monstruo de mil cabezas como no puede ser de otro modo al venir de nosotros, y ni siquiera el genial vienés pudo privarse a lo largo de su vida, de seguir hablando sobre aquello de lo que no se puede hablar.

1992 alumbra entre otras muchas cosas, The end of History and the Last Man. En sus páginas Francis Fukuyama expuso que la Historia, como lucha de ideologías, había terminado. A partir de entonces, según el autor de esa supuesta conclusiva obra, la democracia liberal se imponía como única alternativa y realidad posible. Al documentarme para ser lo más fiel posible a los datos que he ofrecido, descubro que a estas alturas el propio Fukuyama reniega de la corriente neoconservadora donde se fundamentaba su tesis. Poco más cabe decir al respecto.

Finalmente, no hace mucho nos dijimos adiós. La vida me mostró sus fauces, se rió de mí y me gritó que lo nuestro quedaba visto para sentencia. No niego la lógica, tampoco tristeza y la desolación, pero también sonrío. Me atrevo a retar a la misma muerte mientras coloco nuestras nomeolvides sobre tu lápida.

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[Publicado originalmente en DeKrakensySirenas, @krakensysirenas el 15.09.15]

Camino a Damasco

Tras tomarse el primer café de la mañana se plantó frente al enorme mapa del mundo estilo vintage, que colgaba en la pared de su despacho. Había llegado la hora de hacer la llamada, el día de la gran decisión: alrededor de seis mil trabajadores se irían a la calle, cerca de doscientas tiendas en diversos países echarían el cierre. La reestructuración de la compañía debía marchar por los cauces que exigía el mercado, y para eso le habían contratado a él, no para alcanzar beneficios, pues estos se habían dado incluso en la cresta de la crisis, sino para lograr una curva de ingresos y una bajada de gastos, que permitiera a la compañía crecer tan rápido, que escalaran decenas de puestos en el posicionamiento del sector.

Cálculos y previsiones, en eso él era el mejor a pesar de su juventud, y por eso los accionistas le habían elegido. Su currículo impresionaba, y era harto conocida su capacidad para tomar medidas implacables.

Después de recorrer con la mirada países del mapa que se verían afectados tras su llamada, acabó en Grecia, y cuando quiso mover la vista del país heleno, no pudo. Es entonces cuando vivió lo que algunos llamarían epifanía y otros paranoia, mientras que él, lo bautizó bajo el nombre de, El privilegio de mi generación.

Apenas logró salir del desconcierto se hizo con papel y bolígrafo, se acomodó en el suelo, y describió su vivencia:

«Tras unos segundos completamente paralizado en los que el terror a lo desconocido llenó cada poro de mi piel, pude al fin desclavar los ojos de Grecia justo al tiempo que sin saber cómo, recordé la máxima de Sófocles según la cual, “muchos son los misterios del universo, pero no hay mayor misterio que el ser humano”. Caí entonces sobre mi sillón ejecutivo, las piernas me temblaban. De inmediato otras descargas en forma de… intuiciones espasmódicas intelectuales, sacudieron mi cuerpo.

Esas descargas me hicieron sentir:

la enorme fortuna de haber nacido unos cientos de kilómetros más al norte que al sur, y dentro de ese norte, más en un barrio que en otro, y dentro de ese barrio, en el seno de una familia que me quiere, en lugar de en una en la que no;

la suerte de mi indeterminación religiosa, donde nadie me ha machacado la cabeza con la idea de ningún dios, fuese este terrible, bondadoso, o puro amor;

la pesadumbre feliz de la infinita levedad del ser y todas sus consecuencias;

el disfrute de mi sexualidad con libertad, dentro del privilegio de poder follar sin amor, de amar sin follar, y de haber llegado incluso a tener ambas cosas a la vez;

el profundo aguijonazo de vivir una época donde el hambre de millones de personas son el capricho de unas pocas, con la plena conciencia de habitar un tiempo, el primero en la historia de la humanidad, donde existen los medios suficientes para erradicar esa plaga que sin embargo no se desea erradicar;

el ardor de comprender que las lecciones de la Historia solo parecen servir de papel higiénico;

la certeza de la literatura frente a la incertidumbre de las matemáticas y la falsedad de la moralidad;

y cuando pensaba que ya nada más podía sacudirme, llegó la intuición de Walt Whitman para arrojarme a la cara el verso que aún puede aplicarse a mi generación: disfruta del pánico de tener toda la vida por delante».

Terminó de escribir su experiencia y se levantó del suelo. Volvió a mirar el mapa. Se sentía tranquilo, sereno, extrañamente feliz. Se encendió un cigarrillo y se sirvió un whisky. Sonrió, cogió el teléfono móvil e hizo la llamada que tenía que hacer.


[Publicado originalmente en DeKrakensySirenas, @krakensysirenas el 31.08.15]

Usera y su manzana oriental

4.09.15

¿Cuántos mundos caben en Madrid? No tengo ni puñetera idea pero no me importa ponerme a contarlos todos. Aquí va uno que desconocía.

Después de mis primeros días como ciudadano de la capital a todos los efectos, y de una primera capa de llamadas telefónicas dándome de alta en el agua, la luz, o el ADSL, descubro que el gran despistado que habita en mí, aún tiene por delante una segunda remesa de operaciones burocráticas; renovarme el DNI caducado hace dos meses, el pasaporte hace cuatro, y cómo no, empadronarme para entre otras cosas, poder votar cuando corresponda a Manuela Carmena, salvo desastre que no espero ni deseo.

Así que allá voy después de buscar en San Google mi Oficina de Atención al Ciudadano, que resulta estar a veinte minutos de mi casa: un agradable paseo. Son las doce del mediodía, y me acompaña Enrique Vila-Matas bajo el brazo en forma de artículos y ensayos literarios que no dejan de recordarme qué bien se puede llegar a escribir, y qué mal lo hago yo, pero en fin, como soy voluntarioso, no me rindo, y sueño, y mientras sueño sin rendirme, escribo.

Y escribo cosas como que al abandonar la Avenida de Córdoba en dirección a esa Oficina del distrito de Usera, no tarda en abrirse ante mí para la mayor de mis sorpresas, una manzana, o sector, o barrio, o no sé cómo llamarlo, tan oriental, que hay que caminar por ahí para darse cuenta de la magnitud del asunto. No se trata de que haya muchos restaurantes chinos, que los hay, o vietnamitas, o japoneses, que también. No se trata de que haya visto inmobiliarias, peluquerías, herbolarios, carnicerías, tiendas de telefonía, y hasta un bingo regentado por estas comunidades, con sus carteles correspondientes y por supuesto indescifrables ¡Es que también hay personas mayores paseando por las calles! Al principio me les quedaba mirando porque sus rasgos achinados me hacían sospechar que no eran los años lo que les hacía entrecerrar los ojos, y finalmente me he visto doblegado ante la evidencia: eran personas mayores sin cámaras de fotos, era la tercera edad oriental perfectamente asentada en este pedazo de tierra madrileña. Y apostaría a que no muy lejos de allí también habría más de uno enterrado, echando por tierra, nunca mejor dicho, aquella vieja y estúpida leyenda urbana que no hace falta escribir.

Más de uno habréis pensado: escribiendo estas cosas tan tontas [soy consciente de que en el mejor de los casos se habrá pasado por vuestra cabeza este adjetivo], no creo que por mucho que sueñes sin rendirte, llegues demasiado lejos escribiendo. Pero como eso yo ya lo sé, he seguido, despierto, con mi vida, porque no solo de sueños vivo, y me he presentado en la Oficina en busca de mi padrón. Allí, una señora muy simpática me ha atendido junto a otra señora igual de simpática, esta en prácticas y oriental como no podía ser de otro modo, para decirme que a falta de cita previa, sería otro día cuando tendría que hacerme el papelito. Pero a mí, la verdad, poco me ha importado tener que volver, porque siempre que voy en compañía de un buen libro para las esperas, y de mis ojos ávidos de mundo para los cruces, disfruto de las posibilidades que pasear por Madrid me ofrece.

Crónica de un accidente

11:50 de la mañana del 2 de septiembre. Termino de leer el Capítulo 18 de Los detectives salvajes de Bolaño, me levanto para ir a la ducha. Al separarme de la ventana del estudio donde vivo (llevo tan solo dos días en él y estoy encantado con el cambio), escucho un golpe tremendo.

−¡Vaya hostia, pero vaya hostia! –grita una transeúnte.

Acaba de producirse frente a mi ventana de la Avenida Córdoba un accidente de tráfico. Un autobús AISA acaba de chochar contra una furgoneta Volkswagen. El autobús tiene dañado el frontal, la furgoneta el capó reventado, el aceite por el suelo, los airbags fuera, las puertas dañadas. Su ocupante no puede salir. Una señal de Stop besa el suelo.

Los curiosos se arremolinan pero no hay un morbo excesivo sino más bien preocupación, y se agradece. Las llamadas pertinentes se hacen. Supongo que alguien hace fotos, supongo que alguien tuitea el acontecimiento, y lo supongo porque a mí me entra la tentación aunque finalmente decido que no es ético, que no debo hacerlo, y no lo hago.

A los pocos minutos aparecen; dos ambulancias del SAMUR, una furgoneta de la policía de Investigación de accidentes, un camión de bomberos y varios coches de la policía de Madrid.

El ocupante de la furgoneta sigue sin poder salir o no es conveniente que lo haga, y necesita del trabajo de los bomberos y de los sanitarios. Creo que está relativamente bien, si no, no tardarían tanto en sacarlo, al menos eso quiero pensar. Finalmente lo hacen, le inmovilizan, se lo llevan. No veo que se mueva, pero tampoco podría con las cintas que le han puesto. No hay lona negra que le cubra el cuerpo ni la cabeza. Es el alivio.

El trabajo de parte de los policías, los bomberos, y una de las Ambulancias, sigue a vista de mi ventana una vez que el herido se ha marchado.

Y yo me pongo a escribir esto porque ha habido momentos en los que el trabajo de esta gente me ha puesto los pelos de punta. Sinceramente, a veces creo que no somos conscientes del trabajo que realizan, y esta crónica es mi más sincero agradecimiento a todos ellos.

Espero que el hombre de la furgoneta se encuentre bien, cuando baje al portal preguntaré.

Es curioso, si hubiera mirado tres segundos antes por mi ventana, habría visto el golpe en directo, tal vez sabría con exactitud qué ha ocurrido y de quién es la responsabilidad del accidente. Tres segundos más tarde en acabar el capítulo donde el chileno Abel Romero cuenta brevemente su encuentro con Belano, y reflexiona sobre si el mal es causal o casual (con las consecuencias que ello implica), y tendría ahora mismo sobre mí un peso distinto, y la imagen de la violencia del impacto, que me alegro de no tener.


Cuando bajo a la calle pregunto a un policía. Me confirma que el herido está bien, que al principio no podía moverse, que el protocolo… luego contesta a la pregunta del responsable: la furgoneta hizo un giro indebido. Me voy tras darle las gracias por su labor, me apetece leer en su rostro cierto gesto de incomprensión.

No me fío

No me fío del blanco de la página, como se verá, capaz de cualquier cosa,

No me fío del amor, porque te quise y mira cómo estamos,

No me fío de mis pasos, lentos, rotos, demasiado extraños.

No me fío del océano, lo insondable es demasiado hermoso.


No me fío de Dios, que pudiendo hacer cualquier cosa, nos hizo a nosotros.

No me fío de tu mirada, ese abismo, ese precipicio, nuestra noche derrotada.

No me fío de las palabras ni de las grises ni de las buenas ni de las claras.

No me fío de la vida, capaz de jugártela en la primera encrucijada.


No me fío del tiempo, a la vez demasiado largo y demasiado estrecho.

No me fío del beso, porque es dulce agrio amargo y salado.

No me fío de la música que me lleva a cualquier estado.

No me fío de la literatura, el mayor de mis juegos.


Sí me fío de la muerte, sí del sexo, sí de la sangre…

Pero fiarse casi nunca es querer,

y que no me fíe, casi siempre significa deseo.


[Publicado originalmente en DeKrakensySirenas, @krakensysirenas el 13.08.15]

La herencia del viento

Año: 1960

Director: Stanley Kramer

“Una idea es un monumento más grande que una catedral”  H.Drummond.

Haré un ejercicio proverbial de brevedad.

Deja lo que estés haciendo, salvo que estés echando un polvo o salvando una vida, y ponte a ver esta película. Todo lo demás puede esperar. Pide clemencia si no te gusta. Si te fascina, probablemente sea porque se desnuda el fanatismo, pero también se nos arroja a la hoguera de la complejidad.

El brindis

Dolores y Ángel se conocieron en una discoteca, donde los respectivos amigos les condujimos para arrancarles del dolor de antiguas relaciones enquistadas. Nunca les había gustado aquel hervidero de ruido, pero estaban dispuestos a reconocer que era un lugar útil para poder desfogar la libido.

La torpeza indiscutible que Ángel demostró en la pista de baile llamó la atención de Dolores, y cuando él decidió darse un respiro con una copa, ella fue tras sus pasos. La música estridente llegaba a cada rincón de la discoteca, pero Ángel en la barra se hizo escuchar para pedir un vodka. Mucho más le costó comprender que aquella chica se le presentara y le sonriera. Lograron enterarse de sus nombres y de poco más. Enseguida desistieron de gritarse y Dolores pidió un whisky para hacer un brindis por el feliz encuentro. Él tuvo la ocurrencia de decir: «¡Por el silencio!». Y brindaron.

Para sellar aquel pacto en mitad de tanto bullicio, se besaron, incrédulos, pues se  acababan de conocer. Una sacudida les transformó en viejos compañeros aunque sus pasos no se hubieran cruzado hasta ese momento. Se marcharon de inmediato, sin avisarnos, conmocionados al sentir que para comunicarse entre ellos las palabras eran prescindibles.

Tras escapar de la discoteca huyeron también de la zona de bares hasta que al fin hallaron la calma. El silencio de la noche se sumó a su silencio, y optaron por consagrare a él.


Su relación se consolidó con los meses como vienen a hacerlo casi todas, a base de guiños, de complicidades y de ternura, pero resultaba evidente de cara a los demás que no eran como el resto, ya que entre ellos reinaba siempre el silencio y era la palabra la moneda de cambio que usaban en el trabajo, con los amigos y la familia.

A menudo durante el primer año los amigos de ambos, ahora en el mismo grupo, nos maravillamos de ver situaciones, digamos comunicativas −ir a un restaurante, elegir una película, decidir un regalo…−, que venían a resolver sin dificultad a base de miradas y sonrisas llenas de mensajes encriptados para el resto, que unas veces eran dignas de admirar y otras no dejaban de desesperarnos. Y es que en ocasiones veníamos a sentir verdadera incomprensión por ellos, momento en el que les  lanzábamos a la cara largos sermones sobre la necesidad de hablarse. Pero no había forma de hacerles ver aquello, y aunque nos contestaran con paciencia, ellos siguieron felices, sin palabras, comunicándose a su manera.

Sin embargo al inicio de su segundo año aparecieron las primeras grietas de su relación en forma de monosílabos. También nos dimos cuenta de que el brillo de sus miradas cuando se cruzaban, se redujo, y en definitiva, notamos cómo el halo mágico que parecía envolverles cuando estaban juntos se había roto hasta convertirles en una pareja… normal. Debo confesar que sentimos alivio, tal vez porque la amistad no es incompatible de la envidia.

Pocos meses más tarde ya se echaban reproches sin tapujos en forma de frases hechas y clichés del tipo: «siempre igual»;  «haz lo que quieras»; o, «todos sois iguales», que a quienes conocíamos su relación nos dejaba sin palabras.

Finalmente terminaron por cruzarse razonables discursos. Días antes de la ruptura cualquiera que no les hubiera conocido anteriormente, pensaría que daba gusto oírles hablar, de tan bien que se decían las cosas, aunque fuera en forma de discusiones por cualquier tema.

A día de hoy, Dolores y Ángel se hablan cuando se cruzan, y debo decir que me angustia pensar que no lo hagan, pues a causa de las vueltas que ya sabemos que da la vida, ahora salgo con Dolores, aunque bien sé que no es feliz, puesto que por mucho que haga o que incluso nos digamos, sé que ella vuelve su recuerdo incansablemente a ese tiempo que pasó con Ángel, en el que les sobraban las conversaciones, en el que una mirada era la elocuencia, en el que el silencio fue el sentido de un amor que se consumió por la  palabra.

Nymphomaniac Vol 1 Cut´s Director

Año: 2013

Director: Lars Von Trier

Hacía meses que una película no me arrastraba a escribir, que no me obligaba a teclear mis pésimas críticas, pero Lars Von Trier rompe con mi sequía.

Lo primero que me veo obligado a decir es que estamos ante una película blasfema hasta decir basta, y que será repudiada por la religión, la ética, lo cívico… pero no por el arte, si entendemos este en su cualidad de meter el dedo en la llaga, porque esta película no saca el dedo de esa llaga en ningún momento, de hecho, se recrea en ella una y otra vez, esa es su esencia.

Narrativamente es brillante. Por supuesto las relaciones entre la sexualidad más cruda y el refinamiento cultural pueden ser tachadas de incoherentes, pero qué carajo, la poesía visual les tiende los puentes necesarios, y la falta de prejuicios, el atrevimiento (recuerdo que he visto el montaje del director, sin censura, con pollas y coños al viento), la provocación, bien vale suspender el juicio para ponerte a aplaudir y decir, este cabrón llega a los límites, los recorre, los disfruta, y tiene la decencia de compartirlo filmando una obra como esta. Así que gracias, Trier (y sonrío, porque no puedo evitar pensar en Joaquín Reyes con su brillante y ya vieja imitación del danés).

En cuanto a los personajes, la pareja de baile principal combina de un modo tan arrítmico, tan insólito, incluso tan divertidos a veces, que son perfectos. No opino igual del tal Jeromé, que llega a molestarme por no considerarlo suficiente para ella, porque no me cuadra tal flaqueza, pero en fin, no hice yo la historia, y carezco de sus derechos.

Dos notas finales. Es difícil ser tan explícito y tan poco erótico, pero esa frialdad está calculada, y lo normal hubiese sido fallar: no es el caso. Segunda, esta biográfica y que no viene al caso, volví a disfrutar con Rammstein.

Y aún me queda el Volumen 2.