Berlín

Ahora que tienes fecha de caducidad empiezo a llorarte. Lloro a las paredes y a la lavandería, a la gente y a la Hefe, al puto idioma inaccesible y a sus nubes, al metro y a su historia, a su carril bici y al Niedrig, a su noche y a su brisa, a sus puentes y a sus salchichas, a las frikadeles claro, al suelo que no es y a esta cama medio cómoda, a la impuntualidad (también si) y a los bares donde “cerrado” no existe, a lo que he vivido y a lo que me queda por hacer en ti, al dolor y a la risa que me han convulsionado, a sus ríos y canales, a los amigos que pasaron a los que recibí y a los que aquí quedan, al risueño pastor alemán y a su dueño y a su garaje y a su coche siempre destripado, a la Puerta al Pérgamo al Parque a la Catedral al Comunista y a tanto grande y pequeño monumento, a las pequeñas y grandes resacas, al Sony y a tanta peli que cayó, a los borrachos sin solución, a las visitas turísticas cargadas de caminatas, a las farolas que nunca cesan y a los semáforos con prisas, a Mehringdamm y al energúmeno, a la bicicleta que nos saludó a la llegada y nos despedirá en nuestra marcha, al año que está por cumplirse y a todo lo que olvido en el tintero de mi triste y parca memoria. Ahora que languideces Berlín, la nostalgia se apodera de mí como tú lo has hecho conmigo, con una fuerza brutal, hendiéndome el corazón y grabando a fuego un año inolvidable.

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