De Los Simpson a mi cabeza

Dos al menos son las frases que para mí y por sí solas justifican ver Los Simpson, la película. Ninguna creo que la reproduzca tal cual, excusen mi memoria.

La primera me sabe a gloria, a una gloria de risa y reflexión, la dice Homer, y es algo, si no lo es, parecido a esto: “¿Por qué siempre me abandona todo lo que azoto?”. No tengo dudas, a su creador primero le tuvo que llegar la idea y después reconstruyó la escena, toda ella era un pretexto para cuadrar el ingenio. Lo mejor sin embargo, viene después, cuando descontextualizo y apropio, cuando reflexiono y recuerdo a La Boétie y su “Sobre la servidumbre voluntaria”. Y es que el hombre a menudo es contrario a esos perros que muerden a Homer: nos dan palos y nos terminan doblando la cerviz, la libertad es un concepto al que doramos la píldora pero cuando nos la meten por el culo nos vencen, nos ponen las cadenas y nos acostumbramos a ellas. Este autor francés recurrió a los ejemplos clásicos para salvar la censura, yo recurro a él para salvar mi pereza de exponer el día a día. Somos muchos, y como sabiamente dice mi madre, “Hay gente para todo”. Hay por tanto verdaderos apasionados contra los grilletes, pero ni son tantos como se cree, ni lo son a menudo quienes se tienen por tal.
Hoy, por fortuna (para los que vivimos bien y en el sitio adecuado), gozamos de esclavitudes placenteras de las que nos resultaría difícil escapar, de las que no sabríamos escapar. Quizá ahora seamos los esclavos más libres que han existido en la Historia de la humanidad, y si no fuera por la perversión del sistema y la podredumbre inextirpable que nos compone, podríamos albergar un mundo donde la mayoría se terminara convirtiendo en eso. Y ciertamente no sería lo peor. Y ciertamente a los millones de esclavos pobres les gustaría nuestra condición. Veo tantas consecuencias de lo que digo, que me abrumo y retorno.
La segunda la dice el vendedor de cómics -he buscado su nombre pero no lo he encontrado, y reza más o menos: “Ahora que voy a morir, me doy cuenta de que he pasado toda mi vida coleccionando cómics, y sólo puedo decir: ¡qué vida más plena!” Esta frase la imprimiría en todas las puertas de entrada a los distintos Problemas anónimos. Tal vez me exceda de frivolidad, pero él sólo con esa frase podría vencer dialécticamente a cualquier Sartre o Gandalf -y que conste que yo soy muy pro Sartre y muy pro Gandalf. Ellos aconsejan que la vida tiene el sentido que tú le das, pero me temo que aspiran a uno muy elevado: salvar el mundo o conocerlo hasta límites dolorosos. Sin embargo, el vendedor se iba a ir a la tumba plenamente satisfecho, y esa última sensación -por lo menos para alguien que no aspira para después sino a los gusanos- puede arreglar cualquier desaguisado. Morir contento vale todos los tesoros del mundo.
Que maravillosa justificación que encontré para mis numerosas horas frente al ordenador y sus juegos, o frente al consumir el tiempo perezoso como yo sólo. Pues luego de pensar en la frase, las horas de vicio me supieron mejor, ¡qué gratos momentos! Tan sólo lamento haber sido alcanzado hace ya mucho por ese aguijón sartriano que me envenena con la exigencia de algo más. Así, me toca penar con contradicciones ociosas que se revuelven en círculos viciosos. Mas quien sabe si aprender a disfrutar de las contradicciones no sea ese juego que he buscado toda mi vida: un ocio útil, imaginativo, profundo y con poso.

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