La consumación de la Trinidad

Desde hace años ese útero antinatural al que acoges rebuye en silencio tratando de alumbrar, aún antes que a mí, al heterónimo Karl. Yo, más fácil de parir para tu conciencia que él, llegué en su día con la fuerza de un huracán, como todo en nosotros, tan sólo a veces azoto.
Y ahora que nace él, ¿completará la siempre incompleta obra de modo que nos lanzará a un abismo creativo, o seguiremos esperando, ahora tres, a que un rayo nos parta o nos divinice o nos amplie?
¿En esta Trinidad qué representa él? Si tú eres tú, allá contigo, y yo soy tú elevado a la máxima exageración posible, él será esa esencia de acción que pulsiona por salir a la luz y que tu escepticismo cargado de apatía macabramente autofagiza. Karl detiene tu bocado, rompe tus dientes y revierte tu mandíbula. Ahora él se alza sobre lo peor de ti, tu viscosa incapacidad para apasionarte, la pisa y clama:
“He llegado para quedarme, para arriesgarte y para sacarte de esas oscuridades a las que voluntariamente te sometes. Estoy aquí para ampliar tus principios, para que lo social se una a la acción, para que tu compromiso se cumpla realmente, para que traiciones a tu incompromiso, para que pises parásitos propios y ajenos, para que te muevas de los antros que te encadenan, para que veas y alumbres, para todo eso y más. En definitiva, para que seamos más completos”.
Te damos la bienvenida Karl, y aunque sospecho que tú y yo no nos llevaremos bien, y peor aún nos trataremos, me alegra saber que tengo un hermano.

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