25 de noviembre, tras un mal latigazo

La incertidumbre me machaca los nervios, me congela el ánimo y me castiga el corazón. Y camino hacia la incertidumbre. De hecho, ahora y hoy soy un funámbulo de la misma. Respiro peor y me encorvo. A más edad, más miedo a la duda. Y sin embargo, soy esencialmente duda. ¿Significa esto que cada vez me tengo más miedo? Más miedo a fracasar, más miedo a pudrirme en mis decisiones erróneas, más miedo a perder. Siempre he odiado perder, pierdo a la mayor nimiedad y es como si perdiera un reino. No quiero perder el reino de mi cordura.
Donde esté la duda, allí estaré yo –de acuerdo, acepto el reto: la duda me mira y levanto la cabeza, me clava su mirada y replico, sonríe y escupo su sarcasmo, si me quieres hundir nos hundiremos juntos.
Pero a la duda le da igual hundirse o no, porque aunque es mi incertidumbre a ella le da igual mi salud. La mental y la corporal, esto es un reto conmigo mismo, al margen del mundo, de su gente y por supuesto, de ti, incertidumbre castradora de felicidad, pero dadora de esencia.
Resistir no debe serlo todo, resistir bien debe serlo. La primera piedra del camino siempre es reconocer el problema, luego hay que atacarlo con sabiduría, pero creo que esto no sirve de mucho. Sólo queda reír, reír y reír. Pero acaso río por ácido nitroso, acaso el gas de la risa es bueno. No, no a la convulsión tóxica, necesito una risa sana. Estar con ella es lo más sano que conozco. Estar con ella es la segunda piedra y la última. Pero aún debo asfaltar mucho.
Un mal día, 25.11.08

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