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Escribo desde las últimas horas de esta sección, porque apenas si me quedan cuatro horas y media para terminar con este trabajo que durante un año me dio tantas alegrías y tantas penas, tantos buenos recuerdos y algunos malos, tan grandes compañeros, y tan pequeñas miserias.
Recuerdo, o creo hacerlo, el día que me confirmaron que entraba a formar parte de este proyecto, dando saltos de alegría por entre los pasillos de la nave de esa empresa cuyo nombre no consigo apresar, me sentía pleno y seguro de que por fin tendría un trabajo que me satisfacería: no me equivoqué. Tras un año y algunas migajas de días, me marcho consciente de que abandono el mejor trabajo que he tenido, y que lo hago por un proyecto de naipes en el aire
-no soy un funámbulista, pero he arriesgado como si lo fuera.
Hago lo que no considero oportuno, ni siquiera inteligente, y por supuesto lo que no me conviene, pero hago lo necesario para forjar un azar más atractivo, en cierto sentido, hago filosofía contra un posible adobamiento. Lo que dejo atrás me gusta, lo que se avecina me asusta: el reto es el camino.
A mis veintisiete años puedo decir lo que ya muchos no pueden, permanezco libre y con mi futuro agarrado a mi cintura. Libre de cadenas laborales, de pesados ladrillos que deben ser pagados de por vida, y de lugares que bajo el nombre “hogar” son yugos encubiertos. Libre de todo ello, la caída es tan factible, que el vértigo sacude aún más los frágiles cimientos de mis certidumbres.
Sin embargo no me dejo llamar “loco”, puesto que aunque haga una pequeña locura, no pasa de ahí, y cuando quiera, puedo encadenarme. Quizá lo que me moleste sea eso, que siempre puedo retroceder. Pero más bien estoy seguro de que lo que realmente me deja este sabor estridente en la boca, es esa incopatibilidad mía que por un lado tira hacia la comodidad y por otro ansía la aventura. Ahora gana la segunda y sufre la primera, pero si las cosas marchan y me aplico el cuento del esfuerzo que he pregonado entre mis chavales durante este año, quizá consiga que la segunda se dé la mano con la primera. Aunque entonces me quedará por encontrar nuevas razones para fustigarme.

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