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Me parece injusto que algunos sueños no constituyan por derecho propio un género literario en sí mismos, pero siempre son dejados como anécdotas, o reelaborados para alcanzar algo más pulido, que en el fondo es algo menos personal y más usable por todos. A veces han sido la piedra fundamental de grandes novelas, otras, la inspiración de grandes proyectos.

Sin los sueños la vida se haría insoportable. Por todo lo dicho y por mucho más, yo adoro los míos. Y para muestra, pondré sobre el papel uno que tuve hace un par de días y que tuve que escribir nada más despertarme, tras sacudirme el duermevela mañanero y comprobar que sencillamente era genial. Relato los hechos al modo de una breve entrada enciclopédica, pero sin querer convertirlo en nada de lo que no fue.

El presidente de la República Española fue un sacerdote literato, depuesto por el golpe de estado franquista que condujo a la Guerra Civil. Se trató de un hombre bueno, competente y honorable. He aquí lo que dijo en el Congreso poco antes del golpe: “el destino de todo hombre es o debería ser, el de convertirse en un legado para el futuro, el de ser una herencia para el resto”.

Admirable personaje inexistente, que prorrumpió en mis sueños para hacerse oír, que llegó de la nada al papel a través de la magia onírica, que se ha convertido en lo que pretendía, en una suerte de herencia al menos para mí.

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