Una historia increíble

-Mamá, suena como una de esas historias increíbles que nos contabas, pero en lugar de aparecer hadas, dragones, y de ser divertida, resulta triste, y no entiendo lo que haces, ni por qué.
Así es como mi hijo pequeño se ha despedido de mí con lágrimas en los ojos, tras intentar explicarle como buenamente he podido, mi comportamiento de los últimos meses. Un éxito a tenor del portazo que me ha dado mi hija adolescente, a punto de reventarme la cara, si no retrocedo un paso ante la puerta de su habitación. Ellos, en fin, no han comprendido nada, y tampoco mi marido, que harto de llorar y de desconcertarse, no ha querido verme en la despedida.
Me pregunto si alguno de ustedes me entenderá, y aunque inmediatamente me digo que me importa un comino el que lo hagan o no, lo cierto es que si escribo esta historia, increíble o por el contrario más sencilla de lo que pareciera, será por cierta urgencia, no sé si de piedad. Juzguen ustedes.
¿Han oído decir eso, de que de todo se cansa uno? Yo no paraba de escuchárselo a mi bendita madre, que no ha vivido lo suficiente como para ver que su sentencia recayó como una maldición sobre su adorada hija. Porque cuando ella decía, “todo”, yo he comprobado que se refería efectivamente, a “todo”, incluyendo la felicidad.
Me llamo Sandra, tengo los cuarenta y muchos cumplidos, soy arquitecta, y formé una familia maravillosa, con dos niños sanos, preciosos y alegres, y un marido atractivo, dulce, e inteligente, del que aún sigo enamorada y al que nunca dejaré de querer… a pesar de mis actos.
¡Ay, los actos, qué difíciles son a veces de explicar! Fíjense, tras reflexionar mucho sobre todas las acciones que en los últimos dos meses me han conducido hasta aquí, aún no tengo explicación alguna para la primera, tal vez, la más sencilla e inocente de todas ellas: dejé de ir al trabajo en mi deportivo y empecé a coger el metro. Lo repito, no me pregunten por qué, pues sólo podría decir, que no fue por motivos económicos, ni por el medio ambiente, ni por ganar tiempo, ni para reducir estrés… sencillamente, no sé por qué diantres lo hice.
Tampoco encontraba que fuera un síntoma de aversión de nada en particular, pues lo volveré a repetir, era una persona feliz. Y aún iré más allá, mi vida resultaba perfecta.
No debía serlo tanto, pensarán ustedes, si me dediqué a destrozarla como verán en seguida. Y no sé qué decirles, o tan solo, que me resulta molesto esa tendencia de la gente a juzgar los actos ajenos de acuerdo a sus virtudes o sus vicios particulares, que lo mismo me da. Lo molesto es que me digan el por qué hice esto o dejé de hacerlo, cuando en el fondo, solo pueden decirme por qué lo habrían hecho ellos.
Así llegamos al hombre con el que engañé a mi esposo. Le conocí en el metro. Sin darme cuenta empecé a hablar con él sobre el libro que conseguía leer entre el traqueteo del vagón, y no me pregunten cómo, acabé por invitarle a un café primero, y a un hotel esa misma tarde.
No era guapo, ni divertido, ni especialmente inteligente. No me daba morbo, ni quería experimentar nada, ni tenía ningún motivo de venganza hacia mi marido. No me emborraché, ni me sedujo, y ni siquiera me dio pena. Sencillamente, la cosa fluyó sin pararme a pensar. Y cuando lo hice, estaba mal follando con él en aquella cama impersonal, de un hotel impersonal, en una tarde de otoño triste y lluvioso.
A pesar de la lluvia, entre nosotros no hubo una sola gota de pasión, y al acabar, él, tal vez tan extrañado como yo de lo que acababa de ocurrir, me dijo que no le había gustado. Mientras nos vestíamos con calma le devolví que opinaba lo mismo, y desde luego, no nos dijimos eso de, ya nos llamaremos.
Cualquier persona sensata imagino que habría parado su descarrilamiento inmediatamente, y que esa misma noche habría invitado a su pareja a una cena romántica en la que renovar promesas, para coger el coche a la mañana siguiente camino del trabajo. Pero ya dije que empecé a pensar cuando estaba acostándome con aquel hombre del metro, y está claro que al menos es evidente, que yo ya había dejado de ser una persona sensata. Esa noche hubo cena, sí, pero para decirle a mi marido lo que había ocurrido.
 Se lo dije con la certeza de que no volvería a ocurrir, pero al tiempo no hubo lágrimas ni arrepentimiento, y sí una cruel frialdad que le hizo todo el daño posible, con la que tal vez, yo ya buscaba lo irremediable.
A veces cuesta derrumbar un castillo, aunque sea humano, y por tanto, de naipes. Durante varias semanas apenas nos hablamos, pero quedaba claro que él estaba dispuesto a perdonarme. Lo que yo no tenía tan claro, es que quisiera su perdón, y supongo, que no atreviéndome a reconocerlo, di con otra muesca de mi nueva insensatez, esta vez en el trabajo.
Como arquitecta jefa de mi estudio, me puse a negociar los contratos que teníamos pendientes para los próximos meses. El resultado fue que vine a regalar nuestro trabajo con unas condiciones ridículas. Mis empleados, sin poder creerlo aún, no levantaron la voz por miedo. Finalmente, y tras unas cuantas decisiones irracionales más, mi mano derecha hasta entonces, se reunió conmigo para decirme que todos habían decidido marcharse, que lo sentía, pero que me abandonaban. No pude sino sorprenderme por el tiempo que habían tardado en tomar una decisión tan coherente, y les convencí, para que no se fueran, pues ya lo haría yo, quedando él como mi sustituto.
            Había destrozado mi carrera, me empeñaba en destrozar mi matrimonio a pesar de la resistencia de mi marido, y decidí atacar mi salud. Intento de suicidio.
            ¿Hay alguien aún a estas alturas que no piense que me había vuelto loca, que no era sino presa de una profunda depresión o de otro trastorno psíquico importante? Aparte de mi misma, supongo que cuesta defender mi cordura. Sé que tengo todas las pruebas en contra, pero no estaba deprimida, ni confusa, ni drogada.
Cuando me rajé las venas a lo romano metiéndome en la bañera de agua caliente, lo vi claro, lo que tenía era un hartazgo de mi vida perfecta. Desde pequeña había deseado con fuerza todo lo que había conseguido por mi propio esfuerzo y sin que nadie me regalara nada. Y sin embargo, ahí me encontraba, desangrándome, despidiéndome de la vida con una absurda sonrisa de satisfacción. Entre el vapor, y el agua enrojeciéndose tiñendo mi cuerpo desnudo de rojo, pude vislumbrar, que lo que me había fallado era el feliz sentido de mi vida, que había logrado todo lo que me había propuesto, y que me encontraba atada a ello.
Lo diré una vez más, no me había vuelto loca, y desde luego, no escribo esto para justificarme, o no solo. Lo que sí es cierto es que en estos últimos meses no he sido una buena madre ni esposa, y que si hubiera tenido al menos tacto, hoy yo estaría muerta.
Resultó que en lugar de buscar una bañera de hotel, me abrí las venas en mi casa. Con todo, debería haberme muerto igual, pues durante aquella tarde, no contaba ni con mi marido ni con mis hijos. Sin embargo, mi hija regresó destrozada antes de tiempo porque su novio acababa de dejarla. No teniendo bastante con eso, se encontró conmigo.
  Acabé aceptando ingresar en la mejor clínica del país, donde concluyeron que no estaba, al menos, clínicamente loca, y salí de allí hace dos días. Mi marido ha seguido empeñado en perdonarme hasta el final, ofreciéndome otra oportunidad por nuestro amor, por nuestros hijos. He tenido que contestarle, no, gracias.
Saben, creo en la casualidad, y no me gusta desaprovechar la oportunidad que salir de la bañera con vida me ofrece. Hace unas horas que ocurrió la escena del principio, con mi pequeño y mi salvadora, y ahora, escribo sentada a la espera de un tren que no sé muy bien dónde me llevará. Estoy contenta. Hacía mucho que no sentía el cosquilleo que me recorre el cuerpo, y que se llama incertidumbre, la de un camino por hacer, la posibilidad de volverme a equivocar, la de un horizonte difuso ante mí, y para mí sola.

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