Para Neus, Love of Lesbian, P. Roth, y el futuro
Hacía tiempo que la espina dorsal no me vibraba como hoy al caminar, como hoy al escribir, como hoy al estar sencillamente leyendo en el tren. Todo empezó por el trámite de acudir al centro de vacunación internacional con vistas a mi ya inminente viaje a la India. Fue así como se mezclaron en la coctelera, Madrid, el tren, mis ideas, la música, la lectura… ¡y cómo se vino a agitar la cosa!
Resultó que una sensación de gozo y dicha me asaltó, que no pude esconder una sonrisa estúpida e insoportable frente a las caras somnolientas y rutinarias que por doquier me rodeaban, que los escalones se saltaban de tres en tres si era necesario, que las escaleras se subían corriendo a tramos y sin cansar, y que hasta me hizo tomarme a broma al médico pitopáusico perdido que no me dio ni los buenos días al recibirme, y al que tuve que sacar las palabras, el mínimo de su trabajo, con espátula.
Y a qué vino tanta felicidad me preguntaré cuando el olvido me selle los recuerdos, por qué esa suficiencia repugnante en mi rostro frente a los del resto. Pues ahí van varios motivos.
Porque a estas alturas de mi vida, si me tengo que levantar a las 6:30 de la mañana para poder escribir aunque sólo sea una horita, pues lo hago. Porque si coincide un madrugón con un trámite, pues no hay nada más que inyectarse una buena dosis de buena música y ya estoy bien arriba (allí me dejaron Love of Lesbian con su último disco). Porque si las dudas y mis angustias se ciernen sobre mí… pues que lo hagan, siempre lo hicieron y siempre lo harán, pero tiro de recuerdos felices, y tiro de ti y del nosotros que hay andado hasta aquí, pues permíteme aprovechar ahora porque Quién sabe hasta dónde y hasta cuándo para estas cosas, y aunque sea por un rato, aunque sea tan sólo hasta que el tren me regrese, o yo regrese de Roth, o hasta que llegue el sueño, o hasta que salga de mis recuerdos, o tan sólo hasta que… pero qué más da, porque durante esos instantes que fueron horas, fui lo más cercano no a un dios, sino a un dios feliz, que de estos no sé si los hubo alguna vez.
Así que gracias LOL, gracias viajes, gracias “El mal de Portnoy”, y muchísimas gracias Neus.


PD: Hace unos días unos amigos a los que no veía desde hace más de un año, me preguntaron si era feliz. Contesté con rotundidad: “Sí”. Pero tampoco era cuestión de tratar de hacerles ver, ni creo que puedan imaginárselo, de cuánto puedo llegar a ser capaz.

Rabia

En memoria de «Carne Cruda»

Tan descompuesto se mostró ante las cámaras que parecía no llegarle la camisa al cuerpo, que la corbata hacía de soga, y que precisamente el estrado del Congreso, era el último lugar donde al nuevo presidente le gustaría estar. Paradojas, pues precisamente allí es donde se había soñado siempre, con un gran discurso por delante, con el pueblo atentísimo a cada una de sus palabras, a sus gestos, a su elegancia… pero llegado el momento, y salvo la atención que con seguridad iba a obtener, nada más allá que no fuera, la precariedad de su puesto, y el pánico.

Quién iba a reprochárselo después de lo ocurrido, tras su predecesor, tras el escándalo que había sacudido al país para recorrer posteriormente el mundo en forma de plaga, en forma de rabia sumamente infecciosa e inexplicable. Y es que por qué no iba a ser él, el siguiente en padecerla. Así que resultaba lógica su descompostura, sus dudas, el sudor perlándole la frente, en definitiva, su canguelo.

Pero retrocedamos un mes por si algún extraterrestre nos visitara hoy, por si algún comatoso despertara ahora, por si algún robinson escapara de su isla perdida, y recordemos el discurso y los hechos que lo han cambiado todo, empezando por el ex Presidente,  repudiado y maldecido en las filas de su propio partido hasta terminar ingresado en la planta de psiquiatría del Hospital H. Si bien para muchos de nosotros, su cordura fue su única enfermedad.
           
–Que nos perdonen nuestras madres… –fue el abrupto e inesperado inicio del Discurso sobre el Estado de la Nación. Cinco palabras y un silencio que despertaron de la somnolencia a millones de televidentes por el mero hecho de que un político parecía entonar algo parecido a, pedir disculpas. El resto de la intervención no tuvo parangón alguno.
Asombro y bocas a punto de desencajarse desde las bancadas de su partido, asombro y expectación en el resto de parlamentarios. De esto puede sacarse una gran tajada, debió de ser el pensamiento generalizado. El problema posterior fue que el filo del cuchillo también les cortó a ellos.
El Presidente arrojó entonces al suelo no sin cierta clase su discurso, pareció no necesitarlo hasta el punto de que por primera vez en su vida, se mostró seguro, confiado, con la mirada centrada y clara. Y siguió hablando, vaya que si lo hizo. Y no le tembló el pulso, y su calva pareció menor, y su barba menos canosa.

            –Así es mis Señorías, ¿acaso no somos nosotros los mayores responsables de la dramática situación actual, acaso no somos nosotros los que nos llenamos la boca con la palabra democracia cuando somos conscientes de que quien gobierna realmente son los Mercados? Pero acaso esa realidad… ¿nos libera de responsabilidad, o nos la inculca, Señorías? Porque, ¿acaso no somos nosotros responsables de dejarnos manejar por esos Mercados en pro de la comodidad, de la pura connivencia, de la tajada? Pero aún seré más claro, mis distinguidos colegas, los Mercados no son como el volátil, inaprensible y falaz éter de hace unos siglos, sino que está compuesto de carne, de huesos y de apellidos, que todos nosotros conocemos y a los que servimos en lugar de hacerlo para el pueblo. Y lo que todavía es peor, ¿acaso no seguimos adoptando medidas que nos abocan al abismo, conscientes de que son infructuosas por los vecinos que antes de nosotros lo hicieron, por los análisis de los expertos, y hasta por el propio sentido común?
A estas alturas del inaudito discurso, al Presidente se le seguía oyendo hablar porque por más que se desgañitaran los diputados más exaltados de uno u otro bando, sus micrófonos habían sido desconectados, aunque no se supiera por quién, al revés que el del Presidente, que atronaba para los ciudadanos como nunca antes lo había hecho.

            –Porque nosotros, la clase política dirigente, hace efectivamente lo que todo el mundo sabe; mirar por la salud económica de unos pocos que invariablemente son los más beneficiados por las medidas adoptadas… y en estos momentos, ya son los únicos beneficiados; colocar a los amigos al margen del mérito; purgar a los enemigos en la medida de nuestras posibilidades, hasta el punto de que si no son demasiadas, las aumentamos legalmente; y sentar las bases de un Estado de pandereta y circo  que resulte lo más manso posible. Así somos y así hemos sido, y yo les pregunto Señorías, ¿así seremos?
Entonces el Presidente se sacó del forro de su chaqueta unos papeles y comenzó a leer datos y a dar nombres y apellidos. Sin embargo no pudo llegar muy lejos, porque al dar el segundo nombre de multimillonario que presentó como evasor de impuestos a través de una SICAV, tres ministros y dos diputados del principal partido de la oposición, aliándose por primera vez en mucho tiempo, redujeron al Presidente y lo sacaron del estrado. Cuando el esperpento llegó al clímax de que el Presidente, rabioso, mordía a su hombre de mayor confianza hasta la fecha, la televisión pública decidió dar paso a la publicidad. 

Y lo hizo por los 15 minutos siguientes, valorando al parecer que lo que en el Congreso sucedía, no resultaba de interés general.

No debieron de pensar igual el resto de medios audiovisuales que movieron sus piezas con la mayor celeridad posible para intentar cubrir tan histórico suceso. Para qué negarlo: sinceridad, política, esperpento y morbo se daban la mano como quizá no había ocurrido en Europa desde la Revolución Francesa; y se recuerda que en aquel entonces no había cámaras para retransmitir la guillotina. Huelga decirlo, ahora sobraban.

Pero a pesar del esfuerzo de casi todos los medios, al Presidente no se le volvió a ver, y aún seguimos bajo un ejercicio de ostracismo político digno de la mejor dictadura. Para la mayoría de los ciudadanos, diga lo que diga la casta política, el Presidente fue un héroe por un día, un político que enfermó y que tal vez enloqueciera, pero que alcanzó de ese modo la lucidez más bizarra.

Desde entonces de él tan sólo se sabe que al parecer firmó dos días más tarde un breve comunicado donde anunciaba dos cosas. Que había sufrido un ataque de locura transitoria de la que aún debía recuperarse. Y, que el documento que comenzara a leer era absolutamente mentira, falaz de principio a fin. Millonarios y políticos vinieron por unas horas a respirar felices. Craso error en cambio, porque no habían hecho lo suficiente, de nuevo una fuerza o una mano desconocida, ¿la verdad?, nos preguntamos muchos, vino a liarla de nuevo.

No habían transcurrido tres días de la declaración sin rostro del Presidente Loco, cuando en internet se difundió el documento que supuestamente resultaba ser pura patraña. Lo que resultó es que a pesar de los ingentes esfuerzos realizados por unos pocos, la gran mayoría pudo comprobar lo que era evidente, que el país se desangraba por claros culpables, y por inútiles cargados de responsabilidad. La información y los datos, incluidos vídeos de autoría desconocida, hicieron imposible negar la mayor por causa de nombres y pruebas de todos los colores. El escándalo y la conmoción se instalaron en el país. Pocas cosas pudieron continuar igual después de aquello, y pocas cosas lo están haciendo.

Hasta ahora los nombres señalados están siendo barridos aunque a la espera definitiva de su juicio, hasta ahora los jueces no dan abasto en un ejercicio de valentía e imputaciones sin temblores de pulso, hasta ahora la sociedad busca con ahínco un mínimo común para lograr otra sociedad posible. Las elecciones más que anticipadas  se acercan y todo apunta a que esta vez no habrá un cambio de meras caras, sino que los cimientos más podridos se están arrancando para sentar las nuevas bases de una sociedad más justa, meritoria y participativa.

Sin embargo, dos incógnitas que no tienen por qué ser malas, sacuden no sólo al país sino al mundo entero. La primera se plantea así: ¿quién está detrás de ese ataque de locura, y de ese documento esclarecedor? ¡Porque no hay autores, porque nadie reclama la autoría de una obra que ha dinamitado las bases de esta enquistada situación! Y cómo no preguntarse, ¿desde cuándo existen los héroes que no reivindican su nombre, que no exigen reconocimiento?

La segunda incógnita que recorre los corazones de los ciudadanos y corroe la de los grandes corruptos, es la de cuándo parará la plaga, cuándo cesará el milagro. Pues después de que la denominada Rabia Presidencial se infectara en un segundo presidente europeo, y luego en un tercero, y luego en uno americano, y en un dictador africano, y a las horas en un rey árabe, la situación adquirió tintes, no ya historiquísimos, sino sobrenaturales.

Por lo que resulta normal volviendo a nuestro actual Presidente, con sus horas contadas eso sí –salvo sorpresa de tiempos remotos que pertenecen a una sociedad lejana a pesar de haber transcurrido nada más que unos meses– que esté nervioso en el estrado del Congreso, y que parezca tener antes de empezar su discurso, una soga al cuello y una lengua de trapo. Porque pareciera que la erótica del poder se ha transformado sin saber muy bien cómo, en el terror al mal poder.       

            –Que nos perdonen… –empezó a decir el Presidente. 

Amor a la madre

No tenía intención de sembrar más dudas de las necesarias, por lo que antes de cerrar la puerta, volvió a cerciorarse de que todo estaba en orden; la cama hecha, los platos lavados, el suelo barrido, la ropa bien doblada… Su madre al menos no podría decir que era un abanto. Cerró la puerta y echó la llave. No se pudo quitar la incertidumbre de si regresaría alguna vez.

Marvin Harris

Canívales y reyes: los orígenes de las culturas. Pongo este fragmento como clara incitación a adentrarse en este genial antropólogo y su obra:
Antes de la evolución del estado, en la mayoría de las sociedades grupales y aldeanas el ser humano medio disfrutaba de libertades económicas y políticas que hoy sólo goza una minoría privilegiada. Los hombres decidían por su cuenta cuánto tiempo trabajarían en un día determinado, en qué trabajarían… o si trabajarían. A pesar de su subordinación a los hombres, las mujeres generalmente también organizaban sus tareas cotidianas y se fijaban un ritmo sobre una base individual. Existían pocas rutinas. La gente hacía lo que tenía que hacer, pero nadie  les decía dónde ni cuándo. No había jefes ni capataces que se mantuvieran apartados ni que controlaran el trabajo. Nadie les decía cuántos ciervos o conejos tenían que cazar ni cuántas batatas silvestres tenían que recoger. Un hombre podía decidir que el día era bueno para estirar el arco, para apilar hojas, para buscar plumas o para holgazanear por el campamento… Si se puede confiar en que las culturas de los pueblos grupales y aldeanos modernos revelan el pasado, las tareas se cumplieron de este modo durante decenas de miles de años… La tierra, el agua, los vegetales y los animales de caza eran propiedad comunal. Todo hombre y mujer tenía derecho a una porción igual de naturaleza. Ni las rentas ni los impuestos ni los tributos impedían que la gente hiciera lo que quería. Todo esto fue arrasado por la aparición del estado. Durante los últimos cinco o seis últimos milenios, las nueve décimas partes de todas las personas que vivieron lo hicieron como campesinos o como miembros de alguna de las castas o clases serviles. Con la aparición del estado, los hombres comunes que intentaban utilizar la generosidad de la naturaleza tuvieron que conseguir el permiso de otro y pagarlo con impuestos, tributo o trabajo extra. Fueron despojados de las armas y de las técnicas de la guerra y la agresión organizada y éstas entregadas a soldados-especialistas y policías controlados por burócratas militares, religiosos y civiles. Por primera vez aparecieron sobre la tierra reyes, dictadores, sumos sacerdotes, emperadores, primeros ministros, presidentes, gobernadores, alcaldes, generales, almirantes, jefes de policía, jueces, abogados y carceleros, junto con mazmorras, cárceles penitenciarías y campos de concentración. Bajo la tutela del estado, los seres humanos aprendieron por primera vez a a hacer reverencias, a humillarse, a arrodillarse y a saludar humildemente. La aparición del estado significó, en muchos sentidos, el descenso del mundo de la libertad al de la esclavitud.

La Encrucijada

Al llegar a la puerta de La Encrucijada, Darío pensó como pensaba siempre que su mano aferraba aquel pomo negro, que su amigo no pudo tener más acierto con el nombre del bar, anclado como estaba en la esquina de la calle que separaba el barrio más rico de la ciudad, de uno de los más pobres. En ningún otro lugar Darío podía sentirse más a gusto que allí, nadando entre aguas, bebiéndolas todas, vomitándolas.
Un jazz de los setenta, la ausencia del humo a la que Darío no terminaba de acostumbrarse, y la característica luz suave cercana a la penumbra, le dieron la bienvenida. Era jueves, y como casi todos los jueves en aquella primera hora de la noche, el bar estaba casi vacío; tan sólo una pareja joven y guapa que no acertaba a sincronizar sus besos; tan sólo dos hombres al parecer de negocios por sus trajes y maletines; tan sólo una mujer sentada al fondo del local en los confortables sillones. Y por supuesto Ángel, tras la barra, con un libro cerca, con sus gafas de intelectual, con un cuaderno sobre el barril de cerveza… a esas horas siempre andaba jugando a ser escritor.
Darío ocupó una banqueta apostándose en la barra.
–Un vodka Angelito, bien cargado y con poco sprite. Tengo mucho que olvidar y poco tiempo.
–¿Otro día duro en la sucursal Darío? –Preguntó Ángel quitándose las gafas y rejuveneciendo una década, 32 años clavados.
–Así es amigo, otro día más sacándole a la gente las costillas y sus cuartos por un puñado de mentiras que se vendrán abajo antes o después.
–Tú no tienes la culpa de eso Darío, tú tal vez vendas mentiras, pero no las creas y además las compramos conscientemente. Es como si yo me echara la culpa de que vengas cada noche a consumirte en mi bar…
 –¡Cómo que no tienes la culpa Angelito! Podría emborracharme en cualquier otro, pero el tuyo me gusta más, y en eso tienes toda la responsabilidad –Y tras un largo trago al cubata añadió– La música, la luz, los conciertos, o tus cócteles, son con diferencia la mejor tela de araña de esta zona. Después de todo, eres tan buen vendedor como yo, si acaso algo menos cínico, y con seguridad menos cabrón, pero por lo demás, no hay mucha diferencia.
Ángel le contestó con una sonrisa.
            –Bueno Darío, qué quieres que te diga, yo ya estoy calvo y tú no tienes ni una jodida entrada, yo ya luzco una panza importante y tú aún te conservas envidiablemente a pesar de tu dieta de vodkas, y eso que yo gasto casi dos décadas menos que tú. Alguna diferencia sí que hay, y la buena suerte no es que te dé la espalda.
            –El diablo se lleve mi suerte y mi dieta Angelito. El diablo se las lleve.
Ambos sonrieron esta vez con no sin cierta aflicción, y brindaron por ello. Ángel no pudo resistir la tentación de acompañar a su amigo con una cerveza. Estaba de servicio sí, pero nunca se había exigido la castidad de la abstinencia.
Darío terminaba su segundo cubata y su primera retahíla de admoniciones contra sí mismo, cuando preguntó a Ángel por la mujer solitaria, cuya copa no bajaba, cuya posición no había cambiado, cuya vista se perdía en la lejana penumbra del fondo.
            –Unos cuarenta –comenzó a describir Ángel al oído de Darío–, rubia, ojos tristes, buenas tetas, culo aceptable, bonita en su conjunto o… follable si lo prefieres así.
            –Vaya por donde nos sale el camarerito zafio.
Hubo unos segundos de silencio, luego el chico que seguía sin acertar con los besos hizo un gesto desde el extremo de la barra a Ángel, que antes de atender contestó a Darío muy serio.
            –Asumo mi culpa y mi condena señoría, pero como atenuante quisiera presentar al maestro banquero del que aprendí, y ése, ya lo sabe bien, es usted mismo.
Ángel regresó tras poner una guinnes, y el escritor que  llevaba dentro no pudo dejar de asociar amargura, cerveza negra, y la incompetencia que aquellos dos jóvenes mostraban a la hora de besarse. No debía dejar de apuntarlo en sus notas. Cuando regresó donde Darío, éste le dijo como enfadado y mirándole fijamente.
            –No quiero Angelito que me vuelvas a decir ninguna de las cosas que me dijiste.
            –¿Qué? –Ángel hizo memoria. No lo consiguió.
Darío le ayudó mascando cada sílaba.
            –Ban–que–ro, ma–es–tro, za–fio.
Ángel iba a defenderse pero Darío se le adelantó.
            –Estoy harto de esa mierda y quiero liberarme de ello… o revolcarme aún más, que nunca lo tengo claro.
Darío se bajó de la banqueta y agarró el cubata. Para Ángel no hubo sorpresa alguna cuando su amigo se encaminó al fondo del local. Siempre había admirado el arrojo y la falta de vergüenza del banquero a la hora de intentar llevarse a una mujer a la cama, y más que nada, envidiaba su tasa de éxito. La clave está, solía repetir Darío cuando Ángel le preguntaba admirado a la noche siguiente de una conquista, en encontrar el consuelo que necesitan, y ofrecérselo.
Darío se llegó hasta la mujer y se la quedó mirando con fijeza. Verdad que es bonita, pensó.
La mujer durante los primeros segundos optó por ignorarle con oficio, luego se mostró incómoda pero sin abandonar la baza del silencio. El tiempo se le estiró hasta casi romperse. Al final se rindió bajo el temor de haberse dejado vencer, al fin y al cabo, se dijo, el tipo es atractivo y yo no estoy aquí precisamente llena de inocencia. Se limitó a decir un simple monosílabo.
            –¿Sí?
Darío la siguió mirando, ahora reconcentrado, temió exagerar y por fin habló.
            –Mi amigo el camarero me dijo que usted tenía los ojos tristes, y he querido venir a comprobarlo.
La mujer estuvo a punto de mandarle a paseo, sin embargo terminó por esbozar una sonrisa y luego fue algo más allá del monosílabo.
            –¿Y bien?
            –Y bien, ¿qué?
            –¡Cómo que, y qué! ¿Que cuál será la respuesta que le lleve a su amigo?
            –Pues verá, si se la llevo ahora le tendré que dar la razón… pero si me permite acompañarla un rato, quizá le lleve otra respuesta.
            –Vaya, a usted no le falta cara… pero a mí me sobra mesa. Con todo, nadie le asegura que mis ojos tristes vayan a cambiar, o peor aún, que vayan a hacerlo a mejor.
Quien esbozó ahora una sonrisa fue Darío, que tomó asiento frente a la mujer. Se llamaba María y pronto arrinconaron el usted.
Se cayeron bien casi inmediatamente pues ninguno de los dos trató de ocultar sus monólogos ni sus mentiras. El alcohol por su parte ayudó a limar las perfecciones de cada uno y para la segunda copa en común ya habían llegado a un acuerdo de mínimos: ambos se consideraban fracasados de éxito. Brindaron por el hallazgo.
Tuvieron que hacer el brindis forzando la voz, pues La Encrucijada poco se parecía ya a la de la primera copa. Una morena explosiva y de grandes pechos servía ahora en las mesas abarrotadas, era su primer día de trabajo, mientras que Ángel detrás de la barra, no paraba entre atender a la gente, pinchar a Bruce Springsteen, a Dire Straits, a los Rolling, a Bob Dylan…, y no quitaba ojo de su amigo cada vez que tenía tiempo para echárselo.
            –Estoy felizmente casada –había dicho María en una de sus primeras frases de presentación–, y luego se empeñó en pronunciar largos discursos que boicoteaban tal seguridad.
            –He conseguido lo que la mayoría envidia –fue el mantra respuesta de Darío–, y su monólogo posterior se encaminó en mostrar que el problema estribaba en que él, no era la mayoría.
Llegó un punto, allá por la tercera copa que les trajo la morena, en que no pudieron ocultar la inquietante realidad de que se sentían atraídos por el relato del otro: había comunicación. Se asustaron tanto que sobrevino el silencio hasta que una confesión lúbrica de Darío lo salvó.
            –Por supuesto que pretendo llevarte a mi cama, pero créeme cuando te digo que quiero seguir escuchándote.
María le miró con unos ojos que ya no denotaban tristeza, y tampoco enojo por lo que acababa de oír. Retomó el hilo por donde lo dejara.
            –Mis dos hijos son lo que más quiero en esta vida y nunca seré capaz de perdonarme las dudas que me agobian al respecto. Las broncas que les caen cuando se pelean por tonterías, o por trastadas que cometen, cuando en realidad mis palabras son provocadas por mi frustración, cuando en realidad de lo que se trata es de auto reprocharme mi abnegación incondicional por ellos, mis sacrificios, mi abandonar mi carrera, mi ser una esposa fiel, mi responsabilidad…
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            –Para, para –interrumpió Darío–. No hay nada que envidiar. El asunto es claro, la mayor parte de los días no me soporto ni a mí mismo como para soportar a un retoño de por vida, o a una mujer por más de unos meses. No, no te recomiendo mis pasos.
Janis Joplin sonó de fondo y pareció llevar la conversación de los hijos, a los hombres. Darío no tardó en confesarse culpable de su sexo, y picado por la curiosidad y sus intereses, sorprendentemente confusos a esas alturas de alcohol, quiso saber de la probidad de su competidor, quiso saber del macho de María, y para ello, utilizó la treta de ensalzarle sin conocerle. Ella se dio cuenta de la jugada pero embistió igualmente.
            –Él es terriblemente honrado, desde luego no es un hijo de puta como tú. Siempre me ha sido fiel, con total seguridad te lo afirmo, y no sólo de acto, sino también de palabra. Me respeta, me honra, me cuida, es un padre amoroso y atento y no hay duda que le atenace.
María se sumió en el silencio, necesitaba el impulso que Darío estaba dispuesto a darla.
            –Pero…
            –Pero, pero, pero –repitió con una risa sardónica– ¿Por qué siempre debe aparecer un pero antes del punto y final? ¿Por qué incluso en el mejor de los casos, el asunto debe ser coronado con un pero?¿Por qué no puede haber felicidad plena ni en mi propio cuento de hadas?
La morena explosiva volvió a plantarse muy sonriente en la mesa de aquellos afortunados infelices. Darío aumentó su confusión pues se dio cuenta de que no quería beber más. Miró a María interrogativamente cediéndole la responsabilidad y ésta contestó muy tajante, indiferente de ser oída por la camarera, de ser oída por sí misma, de ser oída por nadie.
            –Si me tomo otra donde me vas a tener que llevar será al hospital, y no a tu cama.
A la morena sin embargo no le resultó una respuesta clara y necesitó aún que Darío mascara las palabras.
            –No gracias, la cuenta cuando puedas.
María parecía haberse vaciado por dentro pero eso no significaba que hubiera encontrado alivio, ni mucho menos que quisiera regresar a la senda de la buena esposa, madre, mujer. Darío era consciente de ese no retorno y ella sabía que él lo sabía. El juego debía completarse y aquel silencio rodeado de algarabía y coronado por la música, resultaba propicio. La edad y las mujeres por lo menos me han enseñado a besar bien, pensó Darío recordando la incompetencia de la ya lejana pareja del inicio de la noche. Se incorporó lo necesario del sillón y María siguió sus pasos… Darío se sorprendió a sí mismo cuando selló el asunto con un ignominioso beso en la frente de ella.
            –Ya que no hay felicidad ni cuento de hadas posible –dijo a una atónita María–, al menos no aumentes tu infelicidad conmigo. No me merezco eso, de ti, no.
En un primer momento, María encajó el golpe con rabia, y si no le cruzó la cara a ese hombre que se había sentado allí con la intención de conquistar lo que ahora ella le ofrecía y él rechazaba, fue porque Darío no bromeaba ni andaba jugando, fue porque realmente estaba triste. Era como si se hubieran cambiado la mirada.
Pagaron a la morena y salieron de la mano, Ángel les vio marcharse y su sonrisa no pudo estar más equivocada, error comprensible por otra parte, pues Darío no se le acercó y el dueño de La Encrucijada no le pudo preguntar hasta días más tarde cuánto había habido de banquero, cuánto de maestro, cuánto de zafio.
Un taxi vino a separar definitivamente a la extraña pareja, si bien todo quedaba dicho tras el beso inesperado. Ahora llegaron dos en las mejillas.
Ya en el asiento y con la ventanilla bajada, María quiso terminar de malgastarse y preguntó a Darío, que la miraba de pie, fuera del coche, no sin cierta cara de estúpido.
            –¿Seguro de lo que haces?
            –Por supuesto que no María –y añadió destilando amargura–. Creo que habría podido plantar margaritas en tu ombligo.
            –Pero… –Dijo María esbozando la sonrisa que lo equilibraba todo.
            –Pero todas se habrían echado a perder.
El taxi por fin arrancó. Darío pensó en regresar a La Encrucijada, pero no lo hizo, ya tendría noches por delante en las que torturarse.
Unas horas más tarde una noticia sobresaltaría a Ángel en el sofá de su casa. Fue la siguiente:
Director de una sucursal bancaria la emprende a pedradas contra su propio banco. La policía confirma que el autor de los incidentes, D.D., de 48 años de edad, se encontraba sobrio y en perfecto estado mental cuando ocurrieron los hechos. Al ser preguntado por los agentes por los motivos de su acto, no contestó absolutamente nada.
Sin terminar de creerse lo que oía, Ángel se levantó a por sus gafas y a por su cuaderno.

Philip Roth

La lección de anatomía

«¿Que pasaría si el dolor estuviese ofreciendo a Zuckerman el mejor trato de su vida, el modo de salir de donde nunca debería haberse metido? El derecho a ser estúpido. El derecho a ser un vago. El derecho a ser uno y nada. En vez de soledad, compañía; en vez de silencio, voces; en vez de proyectos, aventuras; en vez de veinte, treinta, cuarenta años más de concentración implacable y atormentada por la duda, un futuro de diversidad, de ocio, de abandono. No querer transformar lo que hemos recibido. Rendirse sin condiciones a qwertyuiop, asdfghjkl y zxcvbnm: que tales tres palabras lo digan todo».