Philip Roth

La lección de anatomía

«¿Que pasaría si el dolor estuviese ofreciendo a Zuckerman el mejor trato de su vida, el modo de salir de donde nunca debería haberse metido? El derecho a ser estúpido. El derecho a ser un vago. El derecho a ser uno y nada. En vez de soledad, compañía; en vez de silencio, voces; en vez de proyectos, aventuras; en vez de veinte, treinta, cuarenta años más de concentración implacable y atormentada por la duda, un futuro de diversidad, de ocio, de abandono. No querer transformar lo que hemos recibido. Rendirse sin condiciones a qwertyuiop, asdfghjkl y zxcvbnm: que tales tres palabras lo digan todo».

Ernesto Sabato

El propio Sabato como personaje escribe en, Abbadón el exterminador, agudas reflexiones sobre las angustias y las fatigas que atenazan a cualquier escritor, pero especialmente al joven, al que se inicia. Y como muestra la siguiente perla:

«No hay temas grandes y temas pequeños, asuntos sublimes y asuntos triviales. La misma historia del estudiante pobre que mata a una usurera puede ser una mera crónica policial o Crimen y castigo«.

La Odisea

Dice Odiseo «disfrazado» por la diosa Atenea, a uno de los muchos pretendientes que se comen las riquezas del divino aqueo y le ultrajan sin parar:
«Nada cría la tierra más endeble que el hombre de cuantos seres respiran y caminan por ella. Mientras los dioses le prestan virtud y sus rodillas son ágiles, cree que nunca en el futuro va a recibir desgracias; pero cuando los dioses felices le otorgan miserias, incluso de éstas tiene que soportarlas con ánimo paciente contra su voluntad».
Cuánta filosofía y cuántos libros de autoayuda no hay resumidos en este fragmento.

Luis Piedrahita

Le preguntan en una entrevista digital de estas que se llevan ahora, que si la risa es un buen remedio para dejar de lado la crisis. Contesta lo siguiente, que me encanta:

«La risa está sobrevalorada. Lo necesario para dejar la crisis a un lado es el humor. El risa es al humor lo que el sexo al amor».


House

Echaré de menos al cabronazo de House una vez que este año se confirma el final de la serie, pero antes aún dejará perlas como la frase que recojo tras «resolver» un caso de supuesta asexualidad, y que es la reversión magistral de un clásico doloroso:

«Es mejor mojar y perder, que no haber mojado nunca». 

El conde de Montecristo

Me conformaría, no ya con crear un personaje la mitad de vivo e inmortal que Edmond Dantès, sino la mitad de la mitad de genial, a pesar se su función de «secundario», del abate Faria. Bien sé que no me conformo con poco.
     «-En qué piensa? -preguntó el abate sonriendo y creyendo que el ensimismamiento de Dantès se debía a una admiración llevada al más alto grado.
      -Pienso en primer lugar en una cosa y es la enorme cantidad de inteligencia que ha tenido que emplear para llegar al punto a que ha llegado. ¿Qué no habría hecho usted libre?
      -Nada, quizá. Este exceso de mi cerebro se habría evaporado en futilidades. La desgracia es necesaria para perforar la algunos túneles misteriosos escondidos en la inteligencia humana, y para hacer estallar la pólvora se necesita presión. El cautiverio ha reunido en un solo punto todas mis facultades diluidas acá y allá, se han entrechocado en un espacio reducido y, como usted sabe, del choque de las nubes surge la electricidad, de la electricidad el rayo, y del rayo la luz.
      -No, yo no sé nada -dijo Dantès abatido por su ignorancia…»
Pero lo sabrás, porque para eso están los maestros abates Faria, para salvar, para enseñar, para engrandecer. 

42. Fernando Pessoa

El «Libro del desasosiego» es muchas cosas, pero quizá principalmente eso, un desasosiego total, un pesimismo rayando cerca del nihilismo que sin embargo merece la pena, y mucho, leer. Aunque paciencia y el aviso de que no es para todos los gustos, para todos los paladares. Bueno resulta, y eso le hace más grande, que encontremos contradicciones en su seno, y es aquí a lo que he venido, a resaltar una suerte de optimismo genial que encuentro en su fragmento o parágrafo 108. Quizá desbarre demasiado pero repito lo dicho, lo que a continuación se vierte me parece una maravillosa suerte de peculiar optimismo para la mayoría de nosotros:
«Unos gobiernan el mundo, otros son del mundo. Entre un millonario americano, con bienes en Inglaterra o suiza, y el jefe Socialista de la aldea no hay diferencia de calidad, sino de cantidad. Abajo […] de éstos, nosotros, los amorfos, el dramaturgo inadvertido William Shakespeare, el maestro de escuela John Milton, el vagabundo Dante Alighieri, el mozo de cuerda que me hizo ayer el recado, el barbero  que me cuenta chistes, el camarero que acaba de hacerme la fraternidad de desearme esa mejoría, porque sólo me he bebido la mitad del vino»
Aún más optimista resultaría el fragmento si en lugar de la preposición «del» que acompaña a la primera frase, se usara el artículo definido «el». Quizá entonces se cayera en una flagrante violación de la realidad: «Unos gobiernan el mundo, otros son el mundo», pero no es falta de ganas lo que siento para que eso fuera así, para que nosotros fuésemos el mundo, y ellos, los que mandan, sólo hicieran eso, gobernar, pero sin formar parte del juego.