Sociedades

Los exámenes se me amontonan encima de la mesa pero no los toco, no puedo dejar de pensar en Simón. Miro otra vez su número, y antes de decidir si llamarle o no, me digo que se confirman al tiempo las tres hipótesis con las que me torturo cada día más; quiere volverme loca, quiere seducirme, y quiere reírse de mí. El problema es que tengo casi cuarenta años, él dieciséis recién cumplidos, y puede conseguir todo lo anterior. Además, está su historia.

He decidido acabar con las incógnitas que rodean este asunto, y eso me obliga a terminar lo que quiera que escriba en apenas una hora. Ese es el tiempo que me he dado para llamarle, o para…

Si la historia que transcribiré fuese verdad, todo comenzó en el tren que traía a Simón camino del instituto como otro día cualquiera. Si es mentira, supongo que todo es fruto de su imaginación; una genial excusa para justificar sus retrasos y, conseguir el mejor cuento de los que leí nunca a mis alumnos, y a muchos otros. En cualquier caso, la primera parte de su relato coincide en el tiempo con el trabajo que encargué a mis chicos de 1º de Bachillerato: escribir una historia ficticia como si fuese real.

En concreto, Simón me entregó tarde y escrito a mano con su letra feísima lo que sigue.

 

Cuando subí al tren apestaba a gente y no quedaba un asiento libre. Me senté en el suelo y saqué a Benedetti. Pensé en sus últimos años, encamado, y lloré. Lloro por auténticas mierdas así que por qué no iba a hacerlo por una cosa así. En la siguiente parada subieron dos tacones y una minifalda que desde mi perspectiva me hicieron ruborizarme. Creo que ella me miró desde arriba, desde sus veintimuchos, y me prohibió que me perdiera en sus piernas. Yo la hubiera hecho caso… de no ser por aquella llamada.

−Salve, ubi es? –dijo ella al segundo tono de su móvil.

¿Había escuchado bien? Me concentré en lo que la chica pudiera volver a decir por teléfono. Levanté un tanto la vista del libro. El poeta me lo perdonaría.

−Lam venit? –entendí a la perfección.

Joder, lamenté no prestar más atención a las clases de Carmen. En Literatura la adoraba, con Lengua hacía un esfuerzo, pero en Latín… latín es un bodrio. Un bodrio que acababa de escuchar por primera vez en mi vida fuera de las clases. Una lengua muerta, usada por una morena muy viva y despampanante.

¿Qué coño podía significar lo que acababa de ocurrir? Por asuntos menores seguro que otros mundos se habían colapsado.

La conversación fue corta y no entendí nada más, pero no parece que pasaran del saludo y de quedar en algún sitio. Yo disimulaba cuanto podía e intentaba no mirar a la chica, pero cuando el tren paró y ella se bajó, mandé a la mierda mis clases (donde por cierto ni siquiera había hecho el relato para Carmen), y también bajé.

La parada era un polígono industrial. No pegaba ni con un adolescente como yo, ni con una pija como ella. Pero iba a intentar seguir a esos tacones y a esa melena que caía hasta la mitad de la espalda.

Poco a poco la gente se fue desperdigando hacia sus respectivas fábricas y naves industriales. De repente me vi a mí mismo como un sujeto sospechoso de las peores intenciones. Me distancié en la persecución cuanto pude. Tras diez minutos de camino en los que ella no miró ni una sola vez para atrás, pendiente como iba de su móvil, llegó frente a un edificio sin terminar, levantado en mitad de un solar a cuyos lados, se erigían los cimientos de varios bloques abandonados a su suerte.

Ni siquiera se lo pensó. La chica entró en el edificio por una puerta a medio hacer.

Me quedé pasmado en mi posición de prudente acechador. Reflexioné por un momento: había seguido a una desconocida; la desconocida hablaba en latín; la desconocida se había metido en un edificio sin terminar.

¿Qué carajo iba yo a hacer en la situación más extraña de mi vida?

−Tengo dieciséis putos años –me dije−. Y no pienso desperdiciar una aventura como esta.

Miré a mi espalda, a los lados, hacia el cielo. Me di una bofetada en la cara. Fui hacia el edificio. Por fuera era uno más de los muchos que se veían por todas partes. Se había construido su esqueleto, se había acabado la pasta… y fin de la historia.

Y una mierda fin de la historia. En cuanto entré con toda la cautela de la que fui posible, lo flipé.

Sé que «flipar» no es una palabra digna para una historia, pero tal vez consiga añadir verosimilitud. Después de todo, es una palabra muy de mi edad, esa que cuando se me lee no aparento, y muy de la calle, esa que se aleja de los libros. O al menos de algunos libros, porque joder, nada más entrar pensé en los escritores que juegan a romper los límites de la ficción, y me dije que si ya era el friki del instituto, si abría la boca al respecto de lo que veía, iría directo al «loquero», que era como llamaban los idiotas de mi clase al idiota del orientador. Pero al grano, que no soy muy de paja… Bueno, mejor dejemos el tema, y mejor eliminen todo este párrafo.

Lo flipé porque el edificio era una farsa. O mejor dicho, la fachada era una farsa. O aún mejor, por dentro todo estaba perfectamente terminado, o al menos, lo que yo podía ver; el vestíbulo, el ascensor, la garita del conserje donde por suerte no había nadie. Todo era… pero en ese momento escuché unos pasos.

Pensé en escabullirme dentro de la garita, pero resultó que quien venía era el conserje, y si no me descubrió fue porque iba café en mano abstraído en un periódico. Pude salir sin que me viera.

Eran las nueve de la mañana. No llegaría al instituto ni a primera ni a segunda. Decidí no llegar a ninguna. Busqué un lugar cercano donde poder leer, pensar, tal vez escribir, y con seguridad, espiar las entradas y salidas del misterioso edificio.

−Por si nos sirve de algo− me dijo Simón al tiempo que me tiraba sobre la mesa los dos folios y medio donde había escrito lo anterior.

¿A qué venía esa mirada después de una semana sin aparecer por clase, a qué ese «nos», a qué la sonrisa de suficiencia? No le contesté nada, pero tampoco él esperó a que yo lo hiciera. Se marchó a su pupitre, al fondo de la clase. Le odié como nunca había odiado a ningún alumno. De inmediato me sentí sucia.

Al principio de curso había tenido un incidente con Simón que no me podía quitar de la cabeza. Me encontraba explicando gramática cuando advertí un movimiento extraño del más extraño (eran mis primeros días con él pero ya acarreaba toda una leyenda de cursos anteriores) de mis alumnos. Simón acababa de esconder algo debajo del libro de texto. Pensé que debía tratarse de una revista de coches, o de pornografía, y reconozco que deseé humillarle ante el resto de compañeros. Me acerqué hasta su mesa, le hice levantar el libro de texto, y apareció El profesor del deseo, de Philip Roth.

Creo que me ruboricé, creo que Simón se dio cuenta. Yo no había conocido a Roth hasta que pasé la treintena, ni siquiera en la universidad me lo habían enseñado, y el mocoso este se dedicaba a leerlo con pósits incluidos. La humillación no salió como había previsto.

Poco después supe otras hazañas suyas. Por ejemplo que a finales del curso pasado le habían partido la cara y varios dientes al defender a un alumno que sufría bullyng; o que mi mejor alumna (guapa, inteligente, aplicada), le había pedido salir, y este la rechazó porque, según cuentan, dijo que no iba a estar con alguien que tuviera a Paulho Coello entre sus escritores favoritos; o lo que pasó con el director… Pero volvamos a centrarnos.

Esa tarde leí el relato que con tanta suficiencia me había arrojado, y le odié un poco más. Simón tenía una letra difícil de descifrar, pero ya escribía mejor que yo. Ese niñato de dieciséis años parecía saber donde tenía que apuñalarme. Faltó al día siguiente y entonces me descubrí pensando con angustia, que podía volver a pasar una semana sin que le viera.

Apareció sin embargo al día siguiente. Cuando sonó el timbre con el que terminaba la clase, me enfrenté a él y le llamé a mi mesa.

−No sé si te a servir de algo para aprobar mi asignatura, pero para la próxima semana quiero la continuación de tu relato.

Para mi sorpresa no se mofó de mí. Para mi sorpresa dijo:

−No se trata de ningún relato, estoy recabando información, y es posible que falte algunos días más al instituto. Lo siento.

Y faltó durante dos semanas. A su regreso me entregó lo que sigue, de nuevo escrito a mano.

 

Hacer de espía sienta bien, como una pelea, como hacer puenting, como todo lo que te da un subidón de adrenalina… Pero no quiero engañar a nadie, y los hombres y mujeres que entran y salen a diario del edificio misterioso, no tienen pinta de ser precisamente peligrosos.

Todos me caen bien, de la guapa latinista al más viejete, de los trajeados a los hipsters, de los que aparentan lo que deben ser, a los que no sé muy bien qué aparentan. Todos me caen bien, repito, salvo el conserje. Pero esto es porque me impide averiguar desde su puesto de vigilante, más sobre todo este tinglado.

Los dos párrafos anteriores es todo lo que avancé durante trece días de cara a mi conocimiento directo del edificio. En ese tiempo, demostré que se puede ser adolescente y tener algo de paciencia.

Tras mi período de observación; tras seguir a varios de sus miembros desde el tren hasta las cercanías del edificio, sin repetir nunca para no levantar sospechas; tras establecer horarios de entrada y salida de cada uno de ellos… Aposté por el todo o nada e intenté entrar, a la hora en el que el conserje se fumaba su pitillo de las doce del mediodía.

Fue el martes dos de abril cuando me escabullí y entré, tras marchar pegado a la pared opuesta en la que el conserje celebraba su cigarro. Era la mejor hora, hasta la una no aparecían los del tercer turno, hasta las tres, nadie se había marchado nunca.

Dentro del vestíbulo me sacudí el polvo que la fachada había regalado a mis vaqueros y a mi camiseta. Luego volví a fliparlo.

Por fuera el edificio sin terminar, por dentro, no solo estaba perfectamente rematado, sino que con más tiempo que en la primera ocasión pude apreciar que tenía un aspecto futurista. El ascensor era por entero de cristal, las luces led, los colores vivos, la decoración minimalista… Debía reaccionar y poner en funcionamiento mi plan. Me abofeteé y esto era todo lo que tenía pensado: rezar para que nadie usara las escaleras, intentar ver lo máximo sin que me descubrieran moviéndome de una planta a otra, y pirarme.

En ese momento me asusté al pensar en cosas que no se me habían ocurrido. Y si había cámaras, y si existía un equipo de seguridad, y si no estaba tratando con buena gente. De hecho, por qué narices había sido tan cándido cuando… El conserje regresaba a su garita. Dejé de pensar y me esfumé por la escalera. Mi plan siguió en marcha.

En una suma y en una multiplicación, el orden de los factores no altera el producto, pero supongo que en todos los demás mundos posibles sí lo hace. Escribo la anterior mierda matemática porque imagino que el edificio, de cuatro plantas de altura, se ordena por un criterio, digamos, profundo, salvo que los cerebritos que lo ocupan se hayan dedicado a dejar algo al azar, cosa que dudo.

Pero voy a dejarme de reflexiones y voy a contar lo que encontré en cada una de las cuatro plantas del edificio (que por cierto y desde fuera aparenta al menos ocho), una vez que subí y bajé, y tras atreverme a salir en alguna ocasión, de mis posiciones de retaguardia, y casi hasta de trinchera, que me ofrecían las escaleras.

Primera planta. La base de la paranoia pensé al principio. Allí se encontraba mi latinista. El único cartel que encontré fue una plaquita que colgaba sobre el flamante ascensor de cristal, decía: Literatura, Lengua, Filosofía.

Se trataba de una biblioteca con las estanterías colocadas en forma de triángulos equiláteros, dispuestos unos dentro de otros, hasta que solo quedaba en el centro el espacio para una mesa también triangular. Por suerte había pasillos y huecos por donde espiar lo que hacían unas diez personas en torno a esa mesa que por supuesto, me hacía pensar en una logia, secta, o cualquier palabra que conllevara que como me descubrieran, la había cagado.

Decir lo que vi es fácil, ahora bien, entenderlo es otra cosa.

Si no se dedicaban a hablar en latín, lo hacían en griego clásico (supuse), y tampoco descarto el arameo (ni idea sobre este idioma, pero es la única otra lengua muerta de la que he oído hablar, y allí se habló al menos de tres modos distintos); no me extrañaría que estuvieran a vueltas con la piedra filosofal.

Temo que lo que cuento se vuelva contra mí, y me convierta en personaje de tres al cuarto por inverosímil, y no en el Simón de vida real que tenía que estar en el instituto, en lugar de en aquella escena tan improbable. Pero ante las dudas que a mí mismo me entran, recuerdo la gota de sudor que bajaba por mi frente, temeroso de ser descubierto, mientras pegaba mi cara a uno de los huecos de las estanterías, para ver a mi latinista y a sus compinches.

Segunda planta. Destinada a la Economía. Allí tuve que arrastrarme. Se trataba de un espacio mucho más abierto que la primera, y me exigió más riesgos para que me enterara de algo. Conté nueve hombres y seis mujeres con la media de edad más alta (a saber si fui preciso) de todo el edificio. Me resultaron personas estiradas, tirantes, nerviosas, como si fueran a robarles la cartera mientras explicaban sin parar sus teorías económicas, cada uno machacando con la suya. Hablaban un español muy clarito, lo reconozco, pero les entendí casi tan poco como a los de abajo.

Mis dieciséis años se me hicieron horribles. Entendí cuánto me faltaba para saber en profundidad de cualquier cosa. Se me cayó  el ánimo al culo.

Mi curiosidad es grande, pero sin años, sin dedicación, y sin talento, no hay nada. Quizá fue esta intuición la que me hizo a los economistas antipáticos. Después de todo, ellos tan solo, eso sí que lo entendí, querían salvar a su modo la sociedad.

Tercera planta. Encontré el futuro dentro del futuro. Un cartel situado en el mismo lugar donde se situaban los de las otras plantas señalaba: Ciencia, Tecnología, Diseño.

No iba siquiera a poder arrastrarme una vez que abandonara la cómoda frontera de las escaleras. Se trataba de un espacio diáfano y bañado en una luz blanca un tanto antinatural, donde había veinte personas, mitad mujeres y mitad hombres, y donde el mobiliario era realmente escaso aunque sobraban ordenadores portátiles y otros cachivaches tecnológicos, a los cuales sabía poner nombre en algún caso, pero en otros no.

Las mujeres y los hombres se mezclaban en pequeños grupos de trabajo en torno a pequeñas mesas y sillas de diseño. Tuve la fortuna de poder oír a los que quedaban cerca de mi posición, pero no puedo decir que les entendiera demasiado. Hablaron de unificar no se qué; de construir las cosas no sé cómo; y sin duda discutían sobre quién era el más listo de la clase. Yo al menos siempre he sido de los más pillos, y tomé prestado un cubo rubik de doce caras pentagonales que estaba tirado muy cerca de mí.

Cuarta planta. Nada más llegar me di cuenta de que me encontraba agotado. No por los esfuerzos que había hecho para que no me descubrieran, o por las cosas que me habían dejado con la boca abierta, sino por la frustración de no entender una mierda allá donde pusiera mi oreja, por más atención que prestara.

Pensé con optimismo que en Medio Ambiente, a lo que se dedicaban allí según rezaba el cartel de turno, iba a cambiar mi suerte y podría enterarme de algo. Así fue.

No es que hablaran sencillo. Eran veinticinco personas (más mujeres que hombres) que se daban cita en un espacio repleto de grandes macetas con plantas muy verdes, y enormes acuarios llenos de peces tropicales, que contrastaban con la decoración fría y metálica de casi todo el edificio. Y sin duda tenían distintos puntos de vista muy sesudos. Pero aquí el mensaje me quedaba claro: somos una especie dañina, caminamos hacia el desastre, y la cuestión para ellos radicaba en saber el ritmo de nuestros pasos.

Eran las 14:45. Casi tres horas de riesgo y asombro resumidas de un plumazo nada dignos, pero es de lo que soy capaz. Quedaban quince minutos para que un tercio de todos los presentes en el edificio, desfilaran. Cinco para el cigarro del conserje. Debía marcharme.

Sin embargo cuando me disponía a hacerlo escuché el ascensor en funcionamiento. Supongo que por el cansancio me puse a temblar. Representantes de las otras tres plantas aparecieron al abrirse la puerta de cristal que aunque lo pareciera, no era transparente. El lugar en apenas dos minutos pareció sufrir un calentamiento global. Pegué la oreja bien agazapado, sin ver nada, y fuera del alcance de nadie.

−Pasado mañana –dijo una mujer que quise imaginar fuese la latinista− tenemos reunión general a las 17:00. Será en la primera planta. Debemos tomar la decisión definitiva.

No sé si cometí la mayor de las estupideces, pero tras escapar, al día siguiente regresé a mi puesto de espía de escalera. Todavía me frotaba de vez en cuando la cabeza, como si no me creyera lo que estaba viviendo, o como si me llamara estúpido por arriesgarme inútilmente, consciente de que lo gordo tendría lugar en unas horas. Estupidez o no, tampoco me descubrió nadie y yo no descubrí nada nuevo.

Estaba a punto de asistir a la reunión definitiva de una sociedad secreta en una especie de edificio imposible. Y todo ello, en la periferia de un Madrid muy real.

Ahora bien, ¿soy tan buen espía como me creo?

 

Cuando le vi entrar al terminar la clase, lo primero que pensé fue, «bendito bribón». Era jueves, todos los alumnos se marchaban para casa después de los exámenes de la segunda evaluación, y él venía hacia mí tras dos semanas sin aparecer, con una sonrisa y una caja de zapatos dentro de una bolsa de Mercadona. Fue cuando me entregó su segunda parte de la historia que acabo de transcribir. Fue cuando me dijo:

−Carmen, dentro de la caja también encontrarás una tarjeta con mi número de teléfono. Tendrás que wasapearme o llamar si quieres saber cómo acaba esto, aunque tal vez no te atrevas, o a lo mejor yo no lo cuento.

Fue cuando se marchó tal cómo había llegado, con aire de triunfo pero sin la caja. Fue cuando yo la abrí y me guardé la tarjeta en el bolso. Fue cuando saqué los folios escritos a mano. Fue cuando vi el cubo de rubik de doce caras pentagonales. Fue cuando con cara de completa idiota, me perdí en contemplar media docena de fotos, de un polígono que reconocí y situé a las afueras de Madrid, de la fachada de un edificio en apariencia abandonado que tendría unas ocho alturas; y de unos  interiores borrosos y de aspecto extraño. Fue cuando pensé que todo aquello no demostraba nada. Fue ayer.

Ahora es viernes y toca terminar de cuadrar esta locura.

A las 15:00 tomé la decisión de escribir cuanto he escrito hasta hace un par de párrafos. Terminé sobre las 16:00 y entonces llamé al número. En cuanto lo hice me sentí ridícula, humillada, con el orgullo pisoteado.

No ocurrió absolutamente nada porque nadie contestó. Me sentí todavía peor. A las 17:00 seguía sin haber cambios. Media hora más tarde el teléfono me anunciaba un wasap, apenas si recibo alguno y me dio un vuelco al corazón. Era un archivo de audio. Lo transcribo:

Todos estamos de acuerdo en lo esencial [habla una voz dulce de mujer] el mundo es un asco… y nosotros podemos cambiar el mundo. La pregunta por tanto es, ¿estamos dispuestos a implicarnos, o elegimos como hasta ahora nuestra torre de marfil?

 María [voz de hombre, parece segura, él debe de ser mayor que ella], ya podías haber cambiado de imagen, tantos libros y tantas lenguas como atesoras, y recurres a lugar tan común como la…

Déjate de crítica literaria [una tercera voz, de hombre, tal vez mayor que el anterior], y ciñámonos a la pregunta. Creo además hablar en nombre de todos cuando añado que las dos respuestas son legítimas.

[Hay unos segundos de silencio hasta que la misma voz continúa].

Tanto si decidimos dar un paso al frente, un puñetazo en la mesa, mancharnos las manos, como si nos quedamos refugiados de modo confortable en nuestros conocimientos, sin asumir riesgos que no tenemos por qué asumir, porque ni nos lo han pedido ni probablemente sirva para nada bueno como nos enseña la Historia, estaremos en nuestro derecho y cumpliremos con la más alta exigencia ética.

Permíteme Juan [una cuarta voz, de mujer], que te ponga en duda la afirmación anterior, pues no todos compartimos esa postura negativista sobre la influencia perniciosa de la implicación histórica…

Un momento [de nuevo habla la dulce María, pero ahora tiene una inflexión dura en la voz]. Perdonad que interrumpa pero se nos olvidaba un tema ¿Qué es lo que vamos a hacer con nuestro incauto merodeador que ahora mismo se agazapa en algún lugar de las escaleras, quien sabe si grabándonos o haciendo fotos como la última vez. ¿Le azotamos el culo, le invitamos a que nos dé su opinión, le sacamos los ojos y le arrancamos los tímpanos por lo que ha visto y oído?

[Me asusto del tono de la mujer pues a pesar de la ironía que quiero interpretar, se me impone un toque siniestro en sus palabras. El giro brusco, los murmullos, la tensión, una respiración agitada que ahora domina el audio… me descubro temblando, a punto de llorar. La cosa se enreda un poco más].

Todos tenemos claro [una quinta voz, estoy tan nerviosa que no sé decir si de hombre o de mujer] que el chaval no va a salir de aquí. Al menos de momento. Ayer lo acordamos cuando se marchó. Va a entregarse a nosotros, va a confesarnos lo que ha visto, va a confirmarnos a quién se lo ha contado, y va a hacer que todos los que conozcan este edificio, vengan hasta aquí lo antes posible. Sabemos lo de la profesora, veremos si hay más. Y si no se presentan pronto, sí que vamos a tener un problema ético.

Simón, ¿a qué esperas para salir de tu escondite, a qué para reunirte con nosotros?

El audio se corta.

Estoy histérica, no sé qué pensar. Me quiero convencer de que Simón es un… de que es un maldito…

Encontraré el edificio.

Culpable

I

Finales de la segunda década del siglo XXI

Difícilmente se podía negar la pasión. La cama chirriaba desde hacía rato con cada embestida de él sobre ella. Los dos sudaban, los dos jadeaban, y sin embargo, algo no encajaba del todo.

Había cierta contradicción entre la luz encendida de la habitación, y que los dos estuvieran con los ojos cerrados, entre el supuesto placer de ambos, y sus caras; de sufrimiento en él, de cálculo en ella. Eso sin mencionar el asunto del cuchillo debajo del colchón.

Ella abrió los ojos y al leer el rostro de dolor que tenía frente a sí, supo que había llegado el momento. Entonces y a punto del orgasmo mutuo, susurró un nombre, susurró otro nombre, susurró el otro nombre. A él se le escapó el llanto que había contenido desde hacía mucho, y lo acompañó de un grito penoso y ridículo mientras su miembro se le contraía bajo el mazazo recibido. No lo soportó más y estiró el brazo hasta el cuchillo, lo alcanzó sin dificultad, y lo elevó de inmediato.

El miedo de ella resultaba extraño, parecía querer aparentar horror, pero un rictus malicioso de su expresión impedía su éxito. Él permaneció con el cuchillo en alto durante unos segundos, ella esperaba. Finalmente Lucrecio, desesperado y desbordada la rabia contenida desde hacía ocho meses, descargó el brazo y clavó el cuchillo hasta la empuñadura. Lo hizo sobre el colchón, no sobre Carmen.

 

II

Catorce meses más tarde

El portavoz del jurado popular fue llamado por el juez para leer la sentencia. Era un hombre robusto, de mediana edad y pelo cano, que se mostró decidido en sus gestos y no falto de pose, consciente como no podía ser de otra manera, de su momento de gloria en aquel juicio para unos histórico, para otros absurdo, y para todos rocambolesco.

−El jurado declara por unanimidad al acusado Lucrecio Cerca, culpable del cargo que se le imputa…

Mientras se leía la sentencia del jurado, la cara del juez perdió por un momento la absoluta seriedad petrificada que había mostrado durante todo el proceso, y dejó paso contra su voluntad, a una expresión donde cabía apreciar hartazgo e incomprensión.

El acusado por su parte, transmitía una extraña serenidad a pesar de la sentencia, y a pesar de los cientos de flases disparados contra él, que inmortalizaban cada segundo de los últimos coletazos del juicio «más banal pero necesario», como lo describía uno de los renombrados periodistas que informaba del proceso, «desde el inicio de esta década, y tal vez del siglo». Qué era lo que realmente cruzaba por la cabeza de Lucrecio en aquellos momentos, es algo sobre lo que se volverá al final de esta historia.

En cuanto a Carmen Luz, ya víctima oficial para la justicia, se encontraba en una de las últimas bancadas, también bajo los flases de los periodistas, y mostraba un gesto de satisfacción que, sin embargo, no anulaba su miraba de odio reconcentrado hacia el acusado y culpable. «Sigo viva y separada de Lucas Morrison, y ambas cosas son por culpa de Lucrecio Cerca. El daño que me ha hecho ese hombre es irreparable, y no hay  condena que me alivie». Estas fueron las únicas declaraciones que durante el juicio había realizado Carmen.

 

III

Veinte meses antes del incidente del cuchillo

Lucrecio estaba sentado un atardecer de primavera en uno de los bancos del Parque Olimpo. La cabeza entre sus manos denotaba un estado de ánimo pésimo, que confirmaban sus pensamientos, resumidos en la idea que apuntaban periódicos, revistas, y programas de televisión especializados o no, según los cuales el éxito más rotundo le había devastado. Por una vez, estaba de acuerdo con ellos.

Al sentir un lengüetazo en la rodilla alzó la cabeza con sobresalto. Acto seguido llegó el reproche de una dueña a su perro, un labrador color canela que miraba a Lucrecio con la lengua ladeada y satisfecho de sí mismo. La dueña hizo una disculpa muy sentida. Él tardó en reaccionar, primero por estar absorto en su mundo derruido, segundo por la sorpresa, y finalmente, porque desde hacía mucho tiempo no le dedicaban una sonrisa tan limpia.

Cuando al fin reaccionó, pidió a la mujer que fuera indulgente con aquel bonito y simpático labrador. La dueña, unos diez años más joven que Lucrecio, no tuvo ningún problema en perdonar a su perro y relajó la correa para que el animal pudiera recibir sin agobios las caricias que Lucrecio le prodigaba. Este por su parte, y a pesar de las innumerables entrevistas, reportajes y ferias de libros de los últimos años, se mostraba intimidado ante la candidez que desprendía la mujer. Ella se terminó por sentar en el banco totalmente relajada, y sin dejar de mirarle, le dijo que parecía estar triste, casi abatido.

«¿Tú crees?» Fue la respuesta en forma de pregunta que se le ocurrió a Lucrecio, a quien se le hizo a la vez patente, lo insulso que sonaba por un lado, y por otro, que de haber dado una respuesta Lucas Morrison, esa bonita mujer ya estaría rendida a sus encantos.

Sin embargo quien había contestado de un modo irremediable era él, y a pesar de su torpeza, ella le seguía sonriendo con candor. Lucrecio, en un juego de silencios alargados que a él le incomodaban pero que a ella parecían divertir, pensó que en ese rostro afable no había un ápice de reconocimiento hacia su persona, y nada le pudo parecer más salvífico.

 

IV

Cuatro años y medio antes del encuentro en el parque

            El joven escritor Lucrecio Cerca rebosaba ideas camino de la editorial. Se encontraba inspirado y tenía verdaderas ganas de reunirse con su editor para comunicarle que estaba en plena ebullición creativa y, que paladeaba de nuevo los orígenes de una novela tan rompedora y original como las otras dos publicadas anteriormente. Hasta tenía el nombre de su protagonista principal, una de las cosas que más esfuerzo le habían costado siempre.

Llegaba tarde porque se había tenido que parar a escribir en su libreta, las ideas, esbozos de personajes, y los requiebros de la trama, que llamaban a las puertas de su imaginación. Y eso sin mencionar su natural despiste por el que se confundió de tren.

El editor le recibió en su despacho, correcto como siempre pero sin el ánimo de otras veces. Además, le recibió con una mueca de seriedad que Lucrecio podría haber notado sin esfuerzo, si hubiera permanecido mínimamente atento, cosa que no hizo.

−Tenemos que hablar –dijo el editor.

−Por supuesto –contestó entusiasmado Lucrecio sin advertir el tono−. Creo que en un año o en un año y medio podré presentar un manuscrito excelente, revolucionario, cargado de…

−Lo que tendrás que hacer en seis meses, Lucrecio Cerca –le interrumpió el editor−, es presentar algo verdaderamente distinto a lo que has escrito hasta ahora.

El rostro de Lucrecio mudó de inmediato y se le borró de golpe la felicidad. Por fin pareció atisbar de qué iba aquella reunión concertada fuera de agenda.

−Amigo –continuó el editor con Lucrecio ya centrado−, tienes un talento prodigioso, una imaginación desbordante, y una prosa que ya quisieran para sí la mayoría de los escritores de hoy, pero has publicado tres novelas con nosotros, y eres nuestro autor menos vendido.

«He apostado por ti durante estos casi cinco años. Y lo he hecho porque creo en lo que haces… y porque tenía un prestigio que ya no me sirve de mucho. La editorial ha sido tajante conmigo, o consigo que presentes una obra comercial en poco tiempo, o me tengo que desprender de ti, para que no se desprendan también de mí».

Lucrecio trató de reponerse del golpe.

−¿Me estás pidiendo acaso un best seller o algo parecido? ¿Estás de broma? Sabes que estoy en las antípodas de manufacturar –dijo esta última palabra no sin desprecio− algo así, sabes que…

−Basta Lucrecio, ha llegado la hora de demostrarte a ti mismo si tu talento es tan grande como tú y como yo pensamos. Hacer dinero no es una tragedia. Usa tu don para crear un producto comercial, y cuando te llenes los bolsillos, podrás volver al camino que tú elijas.

«Amigo, la editorial lo tiene claro, no quiere kafkas ni van goghs, no quiere mártires del arte, quiere ingresos… y quién se lo va a reprochar hoy día.

 

V

Unos cinco años antes de esa reunión

El móvil comenzó a sonar en mitad de la entrevista de trabajo. Lucrecio se sonrojó y se disculpó nervioso mientras sacaba el teléfono del bolsillo para apagarlo. Sin embargo, antes de hacerlo miró por un instante la pantalla, vio que se trataba de un número desconocido, y contra toda lógica y educación, dijo al entrevistador que no estaba interesado en el puesto.

Lucrecio salió del despacho de recursos humanos de modo atropellado, consiguió atender la llamada en el quinto tono. Esta vez sí, su corazonada había resultado cierta.

Unos cuantos meses atrás el joven Lucrecio no podía disimular su entusiasmo, acababa de terminar de escribir su primera novela. Pensaba que el manuscrito era realmente bueno, pero no se engañaba y sabía que lo difícil consistía en hacérselo pensar también de ese modo a las editoriales. No se le pasaba por la cabeza apostar por alguna de las nuevas formas de edición ya bien asentadas, y por si fuera poco, no se conformaría con cualquier editorial, sino que solo enviaría su obra a unas pocas, aquellas con las que había crecido y donde se encontraban los escritores más grandes de siempre.

Tres días más tarde de la llamada que le había sacado de la entrevista de trabajo que narramos, Lucrecio se reunió por primera vez con quien sería su único editor. Este sobrepasaba los cincuenta años, desprendía confianza en su forma de hablar, y pensaba que aquel joven podía tener un futuro brillante. Lucrecio no conseguía disimular sus nervios.

El joven escritor hablaba atropellado y sin demasiado sentido. Justificaba su nombre por la pasión de su madre hacia el Rerum Natura del poeta romano Lucrecio, y lo mezclaba con los cronotopos que usaba en Tierra de todos, que así se llamaba su novela. Pasaba de Tolstoi a Sade sin respirar para hablar acto seguido de los alienantes trabajos que había desempeñado hasta la fecha. O alababa a la editorial por atreverse a publicarle cuando en su catálogo no había un solo autor sin prestigio, mientras pasaba a criticar de inmediato a este y a aquel escritor por repetirse, por faltar a su propia honestidad con autocensuras, y por someterse a lo comercial.

El editor le escuchaba. Le dejaba hablar lo máximo posible. Le gustaban esas muestras de inocencia. Y con respecto a otros discursos similares de otros escritores jóvenes, pensaba que al menos esta vez, quien lo hacía tenía verdadero talento.

          

 

VI

Tierra de todos fue un rotundo fracaso comercial. En cuanto a la crítica especializada, la mayoría la calificó de pretenciosa y de galimatías, aunque unos pocos la elevaron a la categoría de clásico moderno, sin dejar de reconocer, que su ostracismo estaba garantizado tanto por su temática como por el tratamiento que se hacía de ella.

Luego llegaron otras dos novelas que siguieron derroteros similares de venta y análisis. Ininteligibles para casi todos, y abrumadoras y luminosas para un puñado de entusiastas si sumamos a lectores y críticos.

La editorial se cansó de las ventas o más bien de la falta de estas. Dio un toque de atención a su editor estrella, quien se había estrellado en los últimos años por apuestas arriesgadas al estilo de Lucrecio, y así es como se llegó a la entrevista esbozada en el Capítulo IV, donde se le exigió al escritor no tan joven ya, que cambiara el signo de su éxito, o le dirían adiós.

Y vaya si logró cambiar su signo.

De todas las ideas y apuntes que Lucrecio Cerca había recogido en su libreta, de camino a esa reunión fuera de agenda con su editor, solo conservó dos palabras: Lucas Morrison.

Después de un mes mortificado por la decisión a tomar, de si acometía la propuesta de su editorial y renunciaba a sus principios, o de si los mantenía y comenzaba un camino de plena incertidumbre fuera del único apoyo que había encontrado durante años, se decantó finalmente por la primera opción.

Al mes llamó a su editor y le pidió consejo. Juntos comenzaron a trabajar en un proyecto de novela donde tal vez faltaba la fe, pero donde sobraba talento y buen hacer.

Durante las primeras entrevistas que Lucrecio concedió tras su éxito arrollador con, Lucas Morrison, agente inverso, lo dejó claro y lo decía sin pudor.

−He cocinado el libro siguiendo la receta conocida; un cuarto de aventura y acción, otro de intriga, la pasión necesaria entre los personajes, una pizca de oscuridad, los giros argumentales precisos…

El gasto enorme que la editorial realizó en márquetin y publicidad cuando tuvo la certeza de que tenían un best seller entre sus manos, cargado además de talento porque eso no se lo iban a negar, fue un punto que Lucrecio omitía en esas mismas entrevistas. Pero, ¿era justo acaso reprochárselo? Hubo quien sí lo hizo. Y es que aquellos pocos que le habían leído y alabado en el pasado, no entendieron su evolución calificándola en todos los niveles salvo en el comercial, de traición.

En los años siguientes −junto al dinero, los premios, los reportajes, las adulaciones, y los problemas personales más o menos públicos del escritor ya consagrado, que convirtió a Lucas Morrison en saga, en franquicia, en tendencia sociológica, y hasta en mito para muchos−, Lucrecio Cerca dejó hueco para esas aisladas críticas de sus viejos lectores, y estas añadieron un punto de profunda amargura en el crisol de sus triunfos. Tal vez eso ayude a explicar, él mismo nunca lo tuvo claro del todo, que siempre se negara a cruzar obstinadamente la “última frontera”, como él mismo describía en su círculo más íntimo la negativa de que Lucas Morrison saltara a la pantalla.

En esos años había puesto su talento al servicio del bien común, es decir, de su bolsillo y del bolsillo de su editorial. Pero por motivos incluso confusos para él mismo como queda dicho, y pese a que el bolsillo se le hubiera roto del peso si hubiera dicho “sí”, se negó siempre a aceptar que su personaje diera el salto fuera de sus páginas.

Nadie lo entendía, ni los encargados de hacerle llegar las suculentas ofertas, ni sus millones de fans, ni siquiera sus pocos detractores. Tampoco su viejo editor, quien le llegó a decir: «Ya estoy mayor para orgullos sin sentido… y no solo me refiero al tuyo; di que sí a una de las ofertas que nos hacen, y permíteme un retiro cinco estrellas. Aprendamos a lidiar con el cargo de conciencia». Pero en esta ocasión su editor no logró convencer a un Lucrecio cada vez más taciturno.

Su negativa sin embargo terminó por dar igual en términos de resultado, ya que pocos meses más tarde del último intento de su editor por convencerle, la editorial llevó a juicio el caso, y lo ganó tras basarse en argumentos como que el interés general quedaba por encima de la propiedad intelectual. Y así es como Lucas Morrison cruzó la “última frontera”, y llegó al cine, y a los videojuegos, a varias series de televisión, y a todos los que se le habían resistido porque leerle era una barrera que acababa de saltar por el aire.

 

VII

Ya se ha dicho, Lucrecio Cerca estaba cada vez más taciturno a pesar de haberse consagrado. Y la mala jugada que le hizo la editorial terminó por convertirse en la puntilla definitiva. Dejaron de divertirle las fiestas fueran del cariz que fueran; dejaron de interesarle los halagos y los premios; dejó de ser feliz cuando leía, lo que le dolió sobremanera; y ya no se sentía realizado al escribir, lo que le hundió del todo. Finalmente se sintió esclavo, primero del dinero, y después de su propio personaje.

Lucas Morrison ocupaba enormes carteles en las grandes y pequeñas ciudades de todo occidente y de buena parte de oriente. La imagen de Lucas forraba carpetas y cuadernos, y ocupaba los fondos de pantalla de ordenadores, móviles y tablets de millones de adolescentes, mujeres y hombres. Lucas se había convertido en un fenómeno de moda y de masas que parecía haber llegado para quedarse. Y es que Lucas Morrison en definitiva, se convirtió en el personaje de ficción más real que cupiese imaginar, sentir, y hasta tocar.

Lucrecio Cerca lo tuvo claro una madrugada lluviosa y solitaria que paseaba por el parque Olimpo, tiempo antes del atardecer primaveral con el que habríamos el Capítulo III. Al llegarle el fogonazo de la inspiración, cambió de inmediato su estado de ánimo, y pasó de lo depresivo a lo eufórico. Tardó apenas tres meses en escribir su cuarta y última novela de Lucas Morrison, donde este moriría con saña, a mitad de la obra, y sin heroicidad alguna.

La editorial puso el grito en el cielo cuando se enteró de la noticia. Su editor, que no terminaba de entender el fin perseguido aunque creía intuirlo, le citó en su despacho nada más terminar el manuscrito.

−No se te puede acusar de que a la novela le falte coherencia interna, garra narrativa e ingenio –comenzó a decir el editor a Lucrecio mirándole con más curiosidad que decepción o reproche−. El problema es, y lo sabes, que la obra va contra la lógica. Contra la lógica del mundo que decidimos abrazar en su momento. Y amigo, hay que ser consecuentes con las decisiones que adoptamos. En el libro vienes a retractarte de ese paso y se lo haces pagar a tu criatura, sin traicionar la verosimilitud gracias a tu talento. Lo que haces –terminó de decirle mirándole con fijeza−, para mí tiene sentido, pero no lo comparto. Y para el resto, no hay sentido que valga… y te van a destrozar.

Puesto que a la editorial no le interesaba destrozar a Lucrecio Cerca, porque si lo hacía con seguridad él destrozaría a Lucas Morrison, trataron de convencerle para que no siguiera adelante con su idea. Lo intentó quien quiso ser su nuevo editor después de que el editor estrella de la editorial, decidiera prejubilarse por no verse implicado en lo que se avecinaba, y lo intentaron los directivos con una increíble subida del porcentaje de ventas. Pero cuando ambas vías fracasaron, le prohibieron la publicación de la novela. O más bien lo intentaron.

Lucrecio no se dejó intimidar. Se despidió de su editorial, rechazó las ofertas de otras que vislumbraron el gran negocio a pesar de la muerte del héroe, y se autopublicó el libro.

La calle lloró y rugió con la noticia. Hubo actos de vandalismo contra muchas librerías que lucían en sus vitrinas la obra, amenazas de muerte contra un desbordado Lucrecio que tuvo que cambiar de domicilio, funerales multitudinarios por Lucas Morrison, y hasta se contabilizaron una docena de suicidios directamente relacionados con la novela. La muerte de los fans rubricó lo que resultaba evidente, que se habían traspasado los límites de la cordura, y borrado la línea entre ficción y realidad.

El libro por su parte no dejó de ser un total éxito de ventas, produciéndose un fenómeno típico con obras de otras épocas como El Quijote o La Biblia, pero novedoso con los best seller actuales. Esto es, se compraba pero en buena medida no se leía. El motivo no era la incapacidad de los lectores o que la obra resultase aburrida, sino que el morbo era derrotado, y se sustituyó por la siguiente idea viral: si no se llegaba hasta la página de la muerte de Lucas Morrison, este no moría realmente.

A Lucrecio lo que le tocó en poco tiempo fue envejecer a grandes pasos. Engordó más de diez kilos, se le arrugó la cara, y le crecieron unas enormes bolsas bajo los ojos. Cada vez que se miraba al espejo, se horrorizaba del cambio y se preguntaba cuáles de sus muchos problemas eran los causantes más directos de aquella transformación.

No sin cierta sorna contra sí mismo, concluyó que en el segundo puesto de su declive, se encontraban los sesudos análisis que siempre le crucificaban, mientras que en el primero, se hallaba el hecho de tener que cargar con el peso de la conciencia de las decisiones de otras personas, que por cientos se declaraban deprimidos por su culpa, y que en los casos más extremos, hasta se quitaron la vida como ya se dijo.

Por si fuera poco tuvo que ver cómo los tribunales se cebaban por segunda vez con él. La que había sido su editorial le denunció por  incumplimiento de contrato entre otros motivos, y Lucrecio Cerca perdió de nuevo. Con la sentencia tuvo que decir adiós a los millonarios ingresos de su última novela, confiscados por haber sido publicada fuera del marco legal al que se había comprometido, y perdió todos los derechos de autor de la saga de Lucas Morrison, por un retorcimiento jurídico que solo unos pocos llegaron a entender.

 

VIII

Toca regresar a ese momento en el que Lucrecio se encuentra en un atardecer primaveral, en uno de los bancos del Parque Olimpo, sorprendido de tener frente a sí la cara sonriente y llena de inocencia de una mujer que, parece guardar la promesa de un renacer justo cuando él más lo necesita, pues no se hundía en el pozo más negro y profundo, sino que estaba a punto de conformarse con permanecer en él.

El alegre perro labrador color canela les mira alternativamente y para Lucrecio, es la confirmación de los buenos augurios.

Pronto los tres se van a vivir juntos, y el escritor no tarda en recuperar la vitalidad que creía perdida para siempre. Carmen y el perro logran el milagro sin demasiado esfuerzo. El labrador se encariña del escritor desde el principio. La mujer, en los meses venideros, confirma su dulzura, su bondad, y hasta su atractiva inocencia en hechos como que asegura desconocer casi todo del personaje de Lucas Morrison, pues aunque como no podía ser de otra manera ha escuchado casi todo sobre él, nunca siguió sus historias al percibir, que tras su encanto había un prepotente insufrible, donde el resto del mundo veía a un prepotente, sí, pero al más sufrible y deleitable de cuantos habían existido.

Es más, Lucrecio lleno de vergüenza, incluso se atreve movido por la confianza que le otorga la relación, a enseñar a Carmen Luz las novelas de su primera época, y para deleite suyo, ella le dice tras leerlas ávida, que son maravillosas, dando muestras con sus juicios, de que entiende casi todo lo que él pretendía decir en su día.

Así es como Lucrecio Cerca recuperó la confianza en sí mismo y decidió volver a retomar la escritura, tras haber recorrido un camino tortuoso: el de la nada más absoluta después de haber saboreado las mieles de la gloria.

 

IX

El lector ya sabe desde el principio que esta bonita relación entre Carmen y Lucrecio acaba decididamente mal, pero, ¿cómo se llegó al punto de los dos primeros capítulos?

Con el suceder de los meses el mundo parecía olvidarse poco a poco de Lucrecio y su crimen. Mientras, la pareja discurría en una relación dichosa y placentera. Sin embargo, al cumplirse un año del feliz encuentro, todo comenzó a cambiar y los cimientos de la pasión, la confianza y el respeto, empezaron a resquebrajarse.

Y lo hicieron de un modo extraño, alejados de la ruta habitual, pues en todo ese proceso hubo algo perverso: el cálculo.

La pareja llevaba un año de su particular cuento de hadas cuando un encuentro en apariencia casual, pero como se desveló más tarde, programado hasta el mínimo detalle, comenzó a agusanar la manzana del paraíso.

Ocurrió que al atardecer de un sábado otoñal de paseo con el perro, se toparon de frente con una antigua conocida de Carmen, y ante la visible incomodidad de esta, iniciaron una conversación.

Apenas si entre las mujeres hubo un intercambio que fuera más allá de lugares comunes, y Lucrecio tuvo la agradabilísima impresión de que no fue reconocido, por más que de vez en cuando aún fuera recordado en los medios como el causante de tanta infelicidad, o que unos pocos días atrás, se hubiera celebrado otro multitudinario funeral en recuerdo de Lucas Morrison. Sin embargo, cuando el encuentro cargado de banalidades llegó a su fin, la conocida lanzó un comentario que llamó la atención de Lucrecio, al apuntar esta que no entendía cómo era posible que ellos tuvieran un perro, cuando Carmen siempre los había odiado. La respuesta de esta fue seca y la despedida abrupta.

Tras el encuentro, a Lucrecio le pudo la curiosidad y entre carantoñas al labrador, preguntó a Carmen cómo se había producido esa transformación en ella, por la que el odio hacia los perros, se había convertido a todas luces en pasión. La respuesta esta vez fue larga y sonó natural, aunque a él algo no le terminó de convencer, si bien no indagó más sobre el asunto.

A partir de ese momento comenzaron a aparecer cada vez más, grietas en la candidez de Carmen. Casi siempre en forma de respuestas hoscas y fuera de tono, que Lucrecio no comprendía, pero que perdonaba y olvidaba aunque cada vez con mayor esfuerzo.

Luego, a los dos meses de la conversación sobre los perros, llegó una llamada que Lucrecio no debería haber escuchado, pero que lo hizo tras una puerta. Carmen, quien nunca le había presentado a su familia y de quienes apenas hablaba, conversó con un hermano en un tono de enfado y dureza contrario a todas luces a la personalidad que él conocía de ella. Por supuesto, no hablaron sobre el asunto a pesar de que Carmen estuvo a punto de descubrirle tras la puerta. O eso pensó ingenuamente Lucrecio.

La primera puñalada grave que sufrió el escritor llegó un mes más tarde, cuando perdía poco a poco la inspiración recuperada así como sus disciplinas de trabajo. Una vez más el suceso fue como por casualidad, pero sin faltar a su cita periódica de la extrañeza. Sucedió que Lucrecio se encontró en el ordenador de Carmen la página de un blog que ella no había cerrado al irse a trabajar, y que resultaba ser una crítica de las primeras novelas de él. Era una de las pocas buenas críticas que se podían encontrar en toda la red, y descorazonadoramente similar a lo que Carmen le dijera en su día sobre sus primeras obras. Para rematar el golpe, el pobre infeliz del blog que parecía extinto desde hacía años, y que había cosechado a la luz del contador unas paupérrimas visitas, tenía un mensaje de una tal C. L., que le llamaba muerto de hambre a él, y a Lucrecio Cerca. Este, no pudo sino curiosear la fecha del mensaje, y correspondía a tres semanas antes de que él hubiera conocido a Carmen.

Lucrecio no tuvo valor para decir nada, pero no supo actuar con naturalidad, y ya no pudo ni perdonar ni olvidar como antes, por lo que cuando Carmen le sorprendía con una de sus acres respuestas, él no se callaba y la pelea resultaba monumental. Sin embargo, a él le costaba romper un presente mediocre cargado de un pasado edénico, y la reconciliación siempre llegaba al final.

A los seis meses y tres días de aquella conversación sobre los perros, y cuando por cierto, el labrador canela ya era asunto completo de Lucrecio y una clara molestia para Carmen, llegó la segunda puñalada, que vino a impactar directa en la línea de flotación de la estabilidad emocional y recuperación de Lucrecio. Este descubrió un diario de Carmen, y tras varios días luchando con su conciencia, finalmente perdió y comenzó a leerlo.

La Carmen Luz del diario confirmó todas las sospechas de Lucrecio, y mucho más. No solo había una personalidad de ella radicalmente distinta a la que él había conocido al principio, y no solo la segunda Carmen resultaba ser la verdadera de acuerdo con el diario, sino que desde el primer momento, Carmen había planeado una urdimbre oscura, a resumir en que primero quiso tener las ruinas de Lucas, y al no conseguirlas, quiso venganza.

Carmen, reflejaba en su diario, había sido una apasionada de Lucas Morrison, y como tantos otros millones de apasionados, se indignó con su final. No obstante y a diferencia de los demás, ella no había querido conformarse con la pataleta, la depresión, o el suicidio, y tramó conocer a Lucrecio. Su razonamiento recogido con letra frenética era el siguiente: si el escritor había sido capaz de crear a un personaje como Lucas, era porque tenía buena parte de los rasgos de esa creación, y si ella no podía tener a la obra creada, se conformaría con tener a su creador.

Hasta ahí llegaba la primera parte del diario. Luego, comenzaba una segunda tal vez menos delirante,  pero más oscura. Consistía en la constatación del error de cálculo de Carmen, por el que se mostraba cada vez más irritada al descubrir que entre criatura y creador no encontraba nada de lo que ella buscaba. Escribía a partir de entonces estar volviéndose loca a causa de su error, y terminaba apuntando en sus últimas entradas, pocos antes del desenlace, que iba a dormir con un cuchillo escondido debajo del colchón, con el fin de acabar cualquier día con Lucrecio, con el fin de acabar cualquier día con el impostor.

El tiempo que sucedió al descubrimiento del diario que no pudo dejar de leer durante los dos meses siguientes, fue un silencioso viaje al infierno para Lucrecio Cerca, que no se atrevió a decirle a Carmen que sabía su verdadera historia, que no tuvo el valor de dejarla, y que no supo huir.

Así es como se llegó a la noche fatal y a la escena del cuchillo y el sexo con la que se inició esta historia, cargados ambos de una morbosidad malsana y un exceso de alcohol por parte de Lucrecio, quien desde hacía tiempo bebía sin control. Él sabía que el cuchillo esperaba paciente desde hacía varias noches, y Carmen, como se desveló en el juicio junto a mucho más, sabía que él lo sabía. Ella decidió entonces que había llegado el momento, y susurró al asesino, el nombre de su víctima: Lucas Morrison.

Sin embargo y como se sabe, Lucrecio Cerca no la mató, sino que clavó el cuchillo sobre el colchón, provocando la ira por fin desatada de una Carmen Luz que propinó a Lucrecio golpes y arañazos, que este contestó con una pasividad insultante.

Al día siguiente se produjo la denuncia de ella, y el caso saltó a todos los medios.

 

 

 

X

El juicio desveló lo que faltaba por desvelar; el intento de venganza radical y extraño de Carmen, y que los tiempos en que vivimos son raros. O tal vez siempre haya ocurrido así, y en ocasiones, la línea entre ficción y realidad se borra mezclándose todo.

Resultó que solo una parte de lo que Carmen Luz escribía en su diario era cierto, pues su pasión por Lucas Morrison iba mucho más allá de lo razonable, y más allá incluso, de su idea de encontrar en Lucrecio (el creador), a Lucas (el ser creado). Así, al juntarse con aquel, no perseguía verdaderamente a este (y como no encontró nada de uno en otro, asesinarle), sino que su última intención era desquiciar a Lucrecio hasta que este la matara, logrando así ser asesinada por la misma mano que Lucas Morrison, lo cual en su trastornada cabeza (lo de trastornada lo corroboraron por unanimidad los informes psiquiátricos durante el juicio), la uniría en algún plano y de un modo eterno, con su anhelado Lucas Morrison.

Ya se sabe que el plan de Carmen fracasó porque el cuchillo no acabó en su pecho. Y ya se sabe que ella entonces denunció a quien no la había matado.

Las denuncias fueron dos, aunque solo prosperó una de ellas. La primera era tan disparatada que ni siquiera en esta década rocambolesca consiguió que se la aceptaran, y se resumía en que Carmen acusaba a Lucrecio por “no asesinato”. La segunda, que sí prosperó y que como también se sabe ganó ella, fue por ser “el causante directo de sus trastornos psíquicos y de conducta”.

Carmen Luz demostró sin lugar a duda sus trastornos. Relató pormenorizadamente cómo había diseñado su plan, que comenzaba con la compra «de un chucho de los más cariñosas que ofrecía el mercado» (así habló del animal que por cierto desapareció misteriosamente después de que ella negara a Lucrecio quedarse con el perro), que seguía por ofrecer un paciente año de paraíso, para luego tener el encuentro con la antigua conocida (en realidad una amiga de Carmen, también sedienta de venganza y de Lucas Morrison) y comenzara a cambiar todo, con la escalada de las malas contestaciones, con la llamada furibunda a su hermano, con la crítica vista en el blog, o finalmente, con la aparición del diario que también estaba manipulado para hacer pensar a Lucrecio lo que ella quería.

Carmen también relató y demostró con numerosos testigos, que hasta la aparición de la saga de  Lucas (de las primeras novelas de Lucrecio dijo que las había intentado leer mucho más tarde, y que le causaron asco), y sobre todo, hasta que el escritor no decidió asesinar a su protagonista, ella había llevado una vida ejemplar. Y a la luz de la sentencia también al jurado le quedó patente que la desaparición de Lucas Morrison la había vuelto loca, y que el máximo responsable, era precisamente Lucrecio Cerca.

Poco más cabe decir de todo este caso, salvo que Lucrecio, avezado en los juegos literarios, ha escuchado la sentencia y su condena con total calma. Por su cabeza, que nuevamente está empezando a salir del pozo donde recayó tras desvelarse la verdadera Carmen, cruzan tres ideas relacionadas. La primera apunta a que se ha convertido en personaje de su primera época: un eterno perdedor. La segunda, que Lucas Morrison ha cobrado definitivamente más realidad que él mismo. Y por último, que esa realidad no solo supera a la ficción, sino que la devora.

A Lucrecio Cerca no le cabe otra posibilidad que esbozar una sonrisa, mientras piensa que ha llegado el momento de volver al camino de la escritura.

Blasfemia B(l)oom

 

A Harold B., y a los gatos.

 

Como cada mañana Ivan K. llegaba puntual al Instituto con su libro fetiche bajo el brazo, dispuesto a impartir Historia de la Literatura a sus alumnos de secundaria. A las ocho en punto todos los estudiantes de su primera clase ya se encontraban sentados, habían apagado los móviles, las tablets, y habían desconectado las gafas inteligentes de última generación. Aguardaban impacientes el inicio de la clase con su emérito profesor, quien además era su profesor favorito.

Ivan K. dejó El canon occidental en el lugar de la mesa donde siempre lo hacía, junto al pequeño ordenador, e incitó a los alumnos para que pronunciaran la cita habitual.

−Los que van a leer –dijeron todos en coro−, te respetan.

Tras el saludo, el profesor preguntó a quién le correspondía su derecho al fragmento con el que comenzar la clase, y un alumno, bajo, rechoncho, con el pelo castaño, se puso de pie con alegría y dijo que le tocaba a él.

−Y bien Sancho, ¿con qué nos vas sorprender esta vez?

−Elegí un fragmento de En el camino, de Kerouac –Sancho leyó:

«−Y naturalmente ahora nadie puede decirnos que Dios no existe. Hemos pasado por todo. Sal, ¿te acuerdas de cuando vine a Nueva York por primera vez y quería que Chad King me enseñara cosas de Nietzsche? ¿Te acuerdas de cuánto tiempo hace? Todo es maravilloso, Dios existe, conocemos el tiempo. Todo ha sido mal formulado de los griegos para acá. No se consigue nada con la geometría y los sistemas de pensamiento geométricos. ¡Todo se reduce a esto!. –Hizo un corte de mangas; el coche seguía marchando en línea recta−. Y no sólo eso sino que ambos comprendemos que yo no tengo tiempo para explicar por qué sé y tú sabes que Dios existe».

Iván K. se revolvió un segundo, apoyado sobre la mesa.

−Me gusta tu elección Sancho –el profesor se quitó sus viejas gafas de gruesas lentes, se frotó sus ojos pequeños, se masajeó las ojeras− pero, ¿querrías decirnos por qué esas líneas?

−Por supuesto maestro. Lo hice porque destilan mucha ironía para los tiempos que vivimos, y ya sabe cómo apreciamos en esta clase la ironía.

El profesor se quedó callado y por un momento su rostro dibujó un gesto de desconcierto, incluso miró con desconfianza hacia Sancho. Todo fue muy rápido y descartó la mala fe en uno de sus mejores alumnos, aunque fuese porque no podía saber lo que no debía saber. Iván borró su fugaz gesto de embarazo.

−Bien, continuemos. Supongo que todos realizaríais la tarea que os encomendé para casa, dejad el trabajo sobre el flujo de conciencia en El Ulises, encima del pupitre, que en breve lo recogeré.

−Maestro… −Una alumna con dos coletas, pecosa, bonita, se levantó de su silla.

−¿Sí? Beatriz.

−Lo siento mucho pero yo no pude acabar, no tuve tiempo…

−¿De nuevo La Divina Comedia tuvo la culpa?

−Sí, maestro, ya sabe, Dante… −Beatriz hablaba al cuello de su camisa, su cara colorada, las manos a la espalda, balanceaba su pie izquierdo con picardía. Al profesor le resultaba encantadora.

−Está bien Beatriz, tienes hasta mañana, pero haz el favor de replantearte tu identificación, el cielo dantiano donde acabarás no es muy divertido, y renegarías pronto de él. Siéntate anda.

Beatriz le hizo caso. El profesor se sentó también, encendió su ordenador personal, le dijo una frase, y el aparato la proyectó holográficamente en la pizarra: Veintitrés de abril del dos mil veinticuatro.

−Antes de continuar donde lo dejamos ayer, quisiera que alguno de vosotros nos recordarais a los demás qué aniversario se cumple hoy.

Todos los alumnos levantaron la mano. Iván K. obvió el pupitre vacío que se encontraba al fondo de la clase. Finalmente preguntó a un niño de manos grandes, estrábico, feo. Se llamaba Juan Pablo S. y contestó con aplomo y orgullo.

−Hoy, veintitrés de abril del año dos mil veinticuatro, conmemoramos el día de la Literatura, pero en especial, los episodios que cada década desde hace cuatro, se han venido sucediendo. Así, se cumplen cuarenta años desde que la ONU alertada por la novela 1984 de Orwell, decidió reunirse y comenzar a cambiar la Historia, por una vez para bien.

«Un día como hoy de hace cuatro décadas, los países se dieron cuenta que el mundo distópico que presagiara el escritor británico allá en 1949, fecha real de la publicación de la novela, se hacía realidad a cada paso, y las Naciones Unidas decidieron llevar a cabo una Asamblea de Urgencia donde se tomaron una serie de resoluciones con verdadera voluntad política, que dieron comienzo a la Edad Literaria. Aunque claro, por entonces no se sabía que acabaríamos en ella.

«Las consecuencias más inmediatas fueron el acuerdo por el desarme nuclear de las dos grandes potencias, así como la disolución de la llamada Guerra Fría. Diez años más tarde, en 1994, vería la luz El canon occidental, la obra guía que adoptaría la ONU para desarrollar un nuevo y avanzado sistema educativo basado en la centralidad de la literatura, y que fue implantado en todos los países por unanimidad a partir del año 2004, tras limarse ciertas problemáticas religiosas y culturales que se habían venido arrastrando hasta ese momento.

«Finalmente, también el veintitrés de abril, pero del año dos mil catorce, las Naciones Unidas, en una Resolución imposible siquiera de soñar unas décadas atrás, decidió que la literatura quedara por encima de los intereses políticos, de la ciencia, y de la economía, como el mejor de los modos para garantizar la justicia, y la libertad de los pueblos.

«Así que hoy, maestro, como todas y todos sabemos y agradecemos, cumplimos diez años desde esa Resolución de la ONU. Y cuarenta desde que se comenzara la última de las revoluciones que nos ha legado este mundo de literatura, paz, y prosperidad.

«Para acabar quisiera recordar lo que usted escribiera en uno de sus discursos más recordados, cuando nos legó que: “en el Hágase la luz bíblico, luz y palabra van de la mano, y hasta que no fuimos conscientes de modo explícito de que su unión por medio de la literatura era el mejor de los modos para sacar lo mejor de una y de otra, pero también para hallar lo mejor de las sombras y del silencio, no empezamos a cambiar esencialmente nuestras vidas”. Y hoy, por suerte, ya somos todos plenamente conscientes de lo que la literatura es capaz de hacer por nosotros.

El alumno se sentó con un gesto teatral, la clase rompió a aplaudir, e Iván K. se quedó desconcertado y con la mirada clavada en el pupitre del fondo. Esta vez no pudo escapar de esa pequeña mesa y de esa silla vacía, donde vislumbró la imagen del alumno Miguel C., llamándole «falso», «traidor», «hacedor de pedantes». El profesor logró romper el desagradable hechizo justo cuando acabaron los aplausos:

−Vaya, muchas gracias Juan Pablo, si hubiera sabido que ibas a incluirme en el panegírico de nuestro aniversario… Por esta vez te salvas de que te acuse de pelota, pero que no se repita.

Los alumnos rieron. Todo parecía sincero pero a Iván le sonó forzado y cercano a la arcada. Se volvió a quitar las gafas y se frotó de nuevo los ojos. Controló sus emociones.

−Bien, continuemos donde lo dejamos el último día. Vayamos con la angustia de la influencia que ejerció Tolstoi en la piel de Dostoievski…

Durante el tiempo que restó de clase, los alumnos demostraron agudeza, entusiasmo. Pero lo que a Iván K. le satisfacía antes, a esas alturas le causaba desazón y desasosiego. El timbre llegó en su ayuda como no lo hizo el dinero con Raskolnikov antes de su crimen. Los alumnos despidieron a su profesor. Y a la espera de la siguiente materia, Los Números en la Literatura, la mayoría consultó su móvil, intercambió archivos multimedia, o aprovechó esos pocos minutos para leer.

Cuando Iván K. salía de la clase con su inseparable Canon en las manos para ir a su siguiente curso, se detuvo ante el pupitre que le martirizaba, y visionó cómo su alumno más brillante desde que había decidido dejar la enseñanza en la Universidad para impartir clases de secundaria (al considerar a esta enseñanza el escalafón más importante de su rutilante carrera de crítico literario y activista político), le entregaba una carta el mismo día que comunicaban a ese alumno, a Miguel C., su expulsión definitiva después de sus reiterados y sonoros escándalos subversivos. La escena fantasmagórica apenas duró un segundo de tiempo real. Y solo él una vez más, fue consciente de su angustia.

Cinco horas más tarde acababan las clases, y desde los altavoces del centro escolar así lo anunciaban con su característico: “Los que vais a entrar, perded toda esperanza… Ah no, que de aquí sí se sale”. Pocos minutos se necesitaban entonces para que alumnos y profesores abandonaran en desbandada feliz, el instituto. Iván K. no fue una excepción, pero lo hizo tal como había llegado, sin felicidad alguna.

Decidió caminar hasta su casa en lugar de tomar como tenía por costumbre el transporte público tubular, que resultaba cómodo y rápido. No le apetecía pensar, pero necesitaba hacerlo, y caminar siempre le había inspirado.

Llegó a su barrio sin haber sacado nada en claro salvo que tenía la nevera vacía, por lo que entró a su carnicería habitual a comprar la cena. Ya que no podía calmar la angustia que le estrujaba el estómago, al menos calmaría el hambre. Dentro del establecimiento dos señoras, las únicas clientas, discutían acaloradamente.

−Que no, que no, y que no –dijo una mujer de unos sesenta años a otra de unos treinta−, no puedo aceptar que digas que Virginia Woolf era antes que esteta, feminista. Tú puedes citarme Una habitación propia, pero yo recurriré a La señora Dalloway

La señora mayor se expresaba con ardor, la joven parecía dispuesta para el contraataque en cuanto viera la menor oportunidad. El carnicero intervino con intención de poner paz.

−Un momento señoras, miren quién acaba de entrar, nuestro ilustre Profesor, seguro que él puede inclinar la balanza.

−Javier M. no me vengas con estas –la mujer joven al reconocer al famoso crítico le miró con descaro libidinoso, la mujer mayor no le fue a la zaga; por suerte para Iván, era incapaz de ruborizarse−. Señoras, no me pongan entre la espada y la pared, porque la pared siempre me aplasta y la espada siempre me atraviesa. Ambas tienen razón, qué más da que haya un pequeño porcentaje mayor de esteta que de feminista, o viceversa, o por qué no considerar que gracias a lo primero, alcance lo segundo, o de nuevo viceversa. Mientras se trate de preferencias en sus juicios, y no de sacrificios, todo está bien.

Las dos mujeres aceptaron las palabras del profesor, firmaron la paz, y le dieron sus números de teléfono, pues sabían que el crítico se había separado hacía dos años de la que fuera su mujer, la reputada crítica, y fracasada escritora, Salomé L.

−Me apasiona hablar –le dijo la mujer joven mientras le escribía su teléfono en una postal poema− sobre los años de lucha literaria histórica, en los que usted, a pesar de tener tan solo cuarenta años, ¿verdad?, ha sido pieza clave.

−Mi sobrina –le dijo la mujer mayor con total desparpajo mientras anotaba dos  números en una servilleta con aforismos impresos− siempre me dice que su miopía, y esa barriguita, y las entradas que tiene a lo Borges, le hacen irresistible. Luego me confiesa colorada que ella es, lo que usted necesita para recuperar la sonrisa. Entonces yo le digo que se equivoca, que yo le vendría mejor. Con estos teléfonos podrá elegir.

Iván K. compró cuarto y mitad de pollo. Mientras el carnicero preparaba el pedido, las clientas, que no tenían prisa por marcharse, eligieron hablar sobre el Sturm und Drang, y la figura de Goethe. El crítico declinó con amabilidad participar, alegó tener prisa, se guardó en su libro los números que le habían pasado, y se marchó.

El corto trayecto a su apartamento fue doloroso. Ya tenía suficiente con pensar en lo que le dijera y le escribiera su ex alumno Miguel C., como para que también le hubiesen levantado las costras de su ex mujer. Además alcanzó la certeza tras la carnicería, de que si miraba supurar las heridas, lo que iba a encontrar era el mismo dolor: la pérdida de la fe. «Y qué más triste para un profeta –se dijo frente a la puerta de su portal con una sonrisa que se reflejó en el cristal−, que haber perdido la fe».

Ya dentro del portal, Iván K. se dirigió al ascensor. Mientras esperaba, el conserje y el administrador discutían dentro de la cabina del primero, sin haberse percatado de la presencia del crítico, al respecto de una vieja polémica muy debatida desde hacía años.

−Puede que no te falte razón –dijo el primero al segundo−, puede que sólo haya pose en el hecho de seguir acentuando «sólo» de «solamente», puede que haya que hacer caso a los académicos y cargarse esa tilde, pero…

El ascensor llegó y a Iván le interesó poco el resultado de la discusión. Al abrir la puerta de su apartamento, su gato le miró con languidez por un segundo para regresar al siguiente a la indiferencia. Dormitaba encima de los últimos libros que el crítico arrojara al suelo. Había muchos más ejemplares en el parquet que colocados sobre las estanterías.

Los libros de filosofía habían sido los segundos en caer, siguió la historia y la antropología. La novela tardó en derrumbarse, «cómo pensar que Cortázar, Shakespeare, Vila-Matas… –se decía a menudo y desde unos meses a esta parte, con lágrimas en los ojos− no bastarían para sanarme, y lo que es peor, que serían el virus de mi enfermedad». Resistía la poesía; la primeros libros que empezaron a besar el suelo eran los últimos en caer porque los mejores poetas resistían. ¿Por cuánto tiempo?

Dejó las llaves en la cerradura, la compra en la cocina. Esquivó libros y al gato para llegar a su sillón, en la mesita de centro dejó El canon. Se dejó caer.

−Mi Dorado en ruinas –dijo repantigándose en el sofá mientras echaba una mirada a su apartamento−. Aquí he leído tanto,  amé tanto a Salomé, escribí tan lleno de esperanza, alcancé tantas victorias, ayudé a cambiar la Historia para que tomara un rumbo que nadie en su sano juicio habría siquiera concebido…

El gato le miró molesto por perturbar su sueño con aquellas palabras. Iván K. no se amedrentó como otras veces, y continuó:

−… Una Historia buena que sin embargo se me ha venido abajo de un día para otro, sin una explicación que pueda comprender… o que quiera comprender.

Se reincorporó en el sofá, se quedó mirando a la mesita de centro plagada de papeles y libros, se estiró hasta El canon occidental. Tras mirarlo por un momento, lo abrió. Sus hojas estaban en blanco.

Se trataba del último regalo que le hiciera Salomé antes de marcharse, solo en la primera página había algo escrito con boli. En ella, Iván K. leyó lo que solía leer al menos diez veces al día:

“Desde que la literatura a través de su canon lo es todo, el resto somos un chiste mal contado. No hay posibilidad de subversión. Prefiero la lucha al éxito. A nosotros se nos ha privado de esa lucha, y por eso necesito marcharme allá donde pueda encontrarla”.

El gato bufó harto de que perturbaran su sueño. Iván K. dejó que las páginas en blanco del libro corrieran entre sus dedos. Por la mitad, un sobre hizo su aparición. Lo abrió sin dificultad, dentro se encontraba la carta que le legara Miguel C. el día que fue expulsado. La leyó por enésima vez:

“La literatura ha muerto. Ella lo sabía y por eso le abandonó a usted. Yo lo sé y por eso se me expulsa. Usted lo sabe… y antes o después tendrá que afrontarlo”.

−La literatura ha muerto –dijo Iván K. maquinalmente; el gato y él cruzaron sus miradas; el crítico ignoró al animal y siguió hablando.

«Sus virtudes perdieron sus sentidos cuando se convirtió en nuestro faro absoluto. Ahora que todo es literatura, ya nada lo es. Y yo, que tanto hice por lograr esto, he sido por tanto uno de sus asesinos. El cadáver pronto comenzará a oler, y entonces el muerto hará lo posible por seguir ocupando su puesto… Es verdad, mi alumno y su expulsión han sido el ejemplo de lo que se avecina.

El gato bostezó, cansado y harto de escuchar. Iván calló. Ambos se durmieron al poco, uno sobre los libros, el otro en el sofá.

Esa noche Iván K. por fin logró descansar y dormir bien tras muchos días sin hacerlo. Soñó con el silencio. Despertó tarde. No llegaría puntual a su primera clase, y le importó poco. Desayunó con una media sonrisa, barruntaba su revolución. Bajo la ducha terminó de forjar la idea. Se vistió, echó al gato del apartamento entre maullidos, rebuscó por el suelo y encontró a Nietzsche. Le colocó en la estantería, por la tarde el resto recuperarían su lugar. Tenía mucho trabajo por delante, después de haber centralizado la literatura, asumía el reto de descentralizarla. Atacar el canon sería el modo de devolver a la vida aquello que había muerto. Se marchó al instituto.

En el portal Iván K. se cruzó con el portero, este le preguntó.

−Profesor, ¿cuál de los siete volúmenes de El tiempo perdido es el imprescindible?

−El octavo –contestó con seguridad y una sonrisa Iván K.− El que no escribió Proust, el que debemos escribir nosotros para recobrar nuestro tiempo.

Cuando el león de piedra saltó

Ayer recibí el libro. Leones de las grandes ciudades, con una foto tuya, tu dirección y tu nombre. No sé cómo te las has ingeniado para localizarme pero ya son dos veces en las que me has salvado la vida, y el único modo que tengo de agradecértelo es escribiéndote esta carta.

Te escribo en los pocos momentos de lucidez que me dejan conservar. Al parecer, tras el incidente que me trajo aquí he seguido con episodios alucinatorios. Yo no consigo recordarlos a pesar de mi esfuerzo. Por suerte lo que no puedo olvidar es nuestro fugaz encuentro. Y esto es lo que quiero contarte, porque necesito desentrañar quién es el que está loco, si lo estoy yo, si lo estamos los dos, o si son todos los demás.

Cuando el león de piedra saltó de la peana sentí que se rasgaba el frágil equilibrio que como una fina piel transparente y viscosa, me había protegido en los últimos meses. Al sentirme roto en mitad de aquel cruce, en mitad de la ciudad, solo pude pensar o que estaba soñando (lo descarté de inmediato), o que me acababa de volver loco (tomar conciencia de esa posibilidad resultaba paradójico), o que la realidad era tan descabellada como apuntaban los hechos de mi vida (no pude negar la fuerza de esta idea). A  todo esto el león, que dio varias vueltas al monumento como para animar a sus congéneres pétreos, se cansó de intentarlo y al ver que no le seguían, lanzó un rugido que atronó duro y rocoso, y que terminó por paralizarme.

Todo lo demás fue tan rápido, como poco inteligente por mi parte. Comencé a gritar: «¡El león, el león!». Y por si fuera poco me dediqué a señalarlo con el brazo, la única parte de mí que fui capaz de mover en esos momentos. La gente entonces comenzó a pararse en las aceras, y pareció sentir más curiosidad por mis gritos que por el animal. Este coincidió en el interés y me miró con sus ojos duros, como si me censurara por los gritos. Callé pero ya era tarde.

El enfurecido león inició una salvaje carrera hacia mí. Reparé preso del pánico cómo recortaba cada metro con sus poderosas patas, sentí temblar el asfalto, observé su melena de piedra ondear al viento, percibí el salivar de sus fauces, vi su enorme lengua marrón ladeada a su derecha a causa de la velocidad, y el miedo me inundó y me llenó como difícilmente puede llenarse e inundarse algo.

El asombro y el miedo me habían hecho enmudecer, pero aún pude escuchar a la gente gritar que me apartara, oí sin entender, palabras como “cuidado”, “atropello”, “ambulancia”, y tal vez de fondo escuchara sirenas, o eso es lo que me quieren hacer creer desde entonces, porque yo sólo vi con nitidez al león acercarse raudo hacia mí, listo para abalanzarse y devorarme con una dentellada en cuanto recorriera un par de metros más.

Cuando estuve preparado para su ataque, inmóvil y sin esperanza pero consciente de que no es el peor de los finales el morir devorado por un león de piedra en mitad de una gran ciudad, sentí el fuerte empujón que me arrancó del asfalto y prácticamente me hizo volar hasta la acera.

Por unos instantes y desde el suelo pude contemplar al león. Siguió su carrera sin volverse, sin prestarme ya mayor atención… y me sentí vacío. Momentos antes estaba a punto de perecer bajo algo misterioso, ahora me encontraba rodeado de personas que me llamaban “inconsciente”, “loco”, que me gritaban que si quería suicidarme no lo hiciera delante de niños, que me señalaban como una vergüenza para la sociedad, que pedían mi encierro y tirar la llave. De nada sirvió que tratara de explicarles que el león me había paralizado del susto, que yo no quería morir… atropellado. Si acaso lo estropeé todo aún más.

Finalmente llegó la policía y al poco una ambulancia. Cuando los agentes preguntaron por lo sucedido, mis explicaciones apenas contaron, los testigos oculares que aún quedaban dieron su versión y fueron creídos al instante. Tan solo tú guardaste silencio, tú que habías sido el héroe que me empujó, que arriesgaste tu vida para que el león no me devorase. Y aún te acercaste a mí cuando me subían a la ambulancia, y me dijiste al oído: «Yo también vi al león de piedra». Y te alejaste, pero ya no estaba solo, y el vacío se llenó.

La fila

Caía la noche pero esta vez eran los siguientes. Las semanas de espera llegaban a su fin. La puerta del apartamento que se había construido en una sola altura, en un solar en medio de la ciudad, estaba a punto de abrirse para ellos. La Cosa les esperaba.

Durante los largos y lentos días que se habían sucedido desde que se pusieron a la fila, las discusiones por ver quién entraba primero de los dos, habían sido constantes. Al final, la suerte de una moneda al aire decidió que fuese ella la primera en pasar.

La puerta se entreabrió. De nuevo el hedor que impregnaba el aire, de nuevo la luz blanca que se desparramaba fuera del apartamento. La pareja se miró por unos segundos con lágrimas en los ojos. Se despreocuparon de los impacientes rostros alineados detrás. Tras un cálido beso ella se dirigió hacia la puerta. Su cojera esta vez pareció un motivo de orgullo, saboreaban que el recuerdo agridulce perdería pronto su lado negativo.

Ella entró. Desde el interior alguien cerró la puerta de un portazo, como ocurría siempre cada vez que accedía el nuevo elegido. Él se quedó a la espera, calculó que bastarían cinco minutos. En breve la felicidad de ambos estaría asegurada. Comenzó a temblar.

Miró para atrás. Las luces amarillas de las escasas farolas que aún funcionaban, pintaban la acera de un gris extraño. Sobre esa lámina de color se extendía la fila hasta donde alcanzaba su vista. Su miopía pronto convertía a las personas que de modo escrupuloso y en silencio se colocaban de uno en uno, en manchas, pero si hubiese tenido la agudeza visual de un águila, tampoco podría haber abarcado la fila por entero. Esta reptaba de una calle a otra, rodeaba edificios, y no paraba nunca de crecer.

La fila se deshacía aproximadamente de un infeliz cada cinco minutos, pero cada cinco minutos llegaban de media a la ciudad tres o cuatro infelices nuevos,  venidos de cualquier lugar, y a los que había que sumar los que la propia ciudad generaba, rendidos antes o después a la promesa, como les había ocurrido a ellos.

Pronto la puerta se abriría para él y el pasado sería tragado en la forma en que lo había conocido. Quiso pensar por última vez en su vieja ciudad, transformada en un caos desde la aparición de La Cosa. Un caos específico y distinto al de cualquier otra ciudad. Hasta ese día se trataba de una ciudad a la vez triste y alegre como la mayoría, pero entonces se convirtió en dos ciudades irreconciliables. La de las personas infelices, a un lado, y la de las gentes felices, al otro.

Ellos habían tratado de resistir como muchos a la promesa de la fácil felicidad que ofrecía La Cosa, pero como la mayoría, pasaron de un entusiasmo resistente, a doblar sus voluntades con el paso del tiempo, los hechos y la evidencia. Al fin y al cabo, como rezaban los grandes carteles publicitarios que el alcalde había autorizado poner: luchar contra la felicidad carece de sentido. Convéncete. Conviértete.

Sintió que la puerta estaba a punto de abrirse para él. Sintió el pulso apagado del lado triste de la ciudad. Todo lo que quedaba vivo a ese lado parecía concentrarse en la fila, y todo lo que estaba en ella, lo estaba para huir hacia el otro lado. Lo demás había muerto o estaba en sus últimos estertores; en los supermercados los productos languidecían, en los hospitales ya no había enfermos, en las iglesias, no quedaba nadie para rezar y ni siquiera a quién hacerlo.

Ancianos, hombres, mujeres, niños… todos anhelaban llegar dos puertas más allá. El paraíso quedaba demasiado cerca como para ofrecer resistencia. Él sintió que había llegado la hora de olvidarse del pasado.

La puerta se entreabrió. De nuevo el hedor que impregnaba el aire, de nuevo la luz blanca que se desparramaba fuera del apartamento. Él se adelantó y llegó hasta la puerta. Bajo el arco de la misma vio cómo al fondo del apartamento, desaparecía ella tras otra puerta que desprendía un aura dorada, y que conducía hacia la parte feliz de la ciudad.

Ella no llegó a girarse. Ella se perdió bajo el aura. Él la vio caminar sin la cojera que le había acompañado desde los diecisiete años como secuela de un atropello por no respetar un semáforo. Él era el conductor que la atropelló, él quien no supo reaccionar a tiempo por su incipiente miopía. Así se habían conocido. La puerta que daba acceso a la ciudad feliz, se cerró con cuidado. Ellos pronto volverían a estar juntos.

Avanzó varios pasos dentro del apartamento y la primera puerta se cerró de un portazo. Él miró hacia atrás y se sorprendió al descubrir al alcalde. Este le sonrió y le señaló hacia un rincón. Hizo caso y su vista se topó de golpe con La Cosa. De un modo fugaz su cabeza se preguntó cómo era posible que en un espacio tan reducido, no hubiera prestado atención antes a aquello.

La Cosa era enorme, su cuerpo, viscoso, y devoraba el espacio del rincón que ocupaba. El elegido comprobó como lo hacían todos, que La Cosa no se llamaba así por casualidad. Los infelices habían escuchado rumores que no tenían confirmación, los felices no le daban mayor importancia física a su salvador. En cualquier caso, unos y otros nunca se mezclaban. Nadie infeliz había atravesado al otro lado de la ciudad sin pasar por el cuarto y por La Cosa. Nadie feliz había querido retornar a la infelicidad. El orden anulaba el caos.

La Cosa no parecía humana, pero no era descabellado pensar que lo hubiese sido en algún momento. Todas las partes de su cuerpo estaban hinchadas, su color era cetrino, sus articulaciones deformes. La cabeza sebosa no presentaba ojos aunque sí boca, no presentaba pelo aunque sí arrugas, no tenía orejas ni nariz aunque parecía escuchar y oler. Y hedía. La Cosa hedía, toda ella rezumaba un olor pestilente. A él ya no le quedaron dudas sobre la causa del olor que impregnara el lado triste de la ciudad. Cada vez que la puerta se abría para acoger a un infeliz, cada vez que un infeliz era depurado, dejaba su carga para el resto de infelices.

El alcalde leyó el recelo en el rostro del nuevo elegido. Nada a lo que el alcalde no estuviera acostumbrado, y tomó la palabra como había hecho tantas otras veces en ese mismo punto:

−Quemar el mal de la infelicidad conlleva consecuencias, este olor es una, otra es el color que le ves a la criatura, otra el dolor que padece y que debe digerir para sanarnos cada trauma, cada pérdida, cada tara, cada cicatriz… pero La Cosa es nuestro regalo, y se sacrifica por nuestra felicidad. Tú, como todos los que te han precedido, eres ahora el privilegiado. Acércate y tócala para que todos tus males, tus miedos, tus derrotas, desaparezcan y dejen paso a una permanente felicidad. Únete a la buena vida y al lado correcto de la ciudad.

El alcalde mostró su mejor sonrisa e hizo un claro gesto con la mano para que el elegido le hiciera caso. La Cosa también movió ligeramente su rotundo cuerpo y, pareció incitarle a que se acercara.

Él quiso ser feliz como todos, y quiso serlo junto a ella, y quiso estar al otro lado donde la esperanza se hacía realidad. Él estaba convencido y ya no temblaba como le ocurrió por un momento antes de entrar. La Cosa no le daba miedo, ni asco, apenas sentía su hedor, tampoco le molestaba la mirada apremiante del alcalde… y sin embargo.

Sin embargo no se acercó a La Cosa. Sin embargo dijo «no», y «lo siento». Sin embargo miró con angustia hacia la puerta por la que se había perdido ella, y renunció. Y se giró, y volvió sobre sus pasos. Y la mirada del alcalde fue amenazadora, y La Cosa se agitó, y el hedor…

Él sin embargo no reparó en todo eso y siguió hasta la puerta que le conduciría de nuevo hacia el lado triste de la ciudad. Al girar el pomo, le pareció oír que afuera, algo se desmoronaba.

DOMINGOS: del placer, el amor, la lealtad, y el camino.

−Señor agente, soy un saco de errores pero le aseguro que este no lo he cometido…

−Me alegro por usted, pero haga el favor de soplar, no tengo todo el día.

−Su incredulidad me hiere, su frialdad me apena… ¿cómo podría convencerle de que no miento, de que…

−Sople y convénzame, no me haga perder más tiempo… ni la paciencia.

Y solo forcé un poco más la tolerancia del guardia civil, y luego soplé, y di 0,0, y pude continuar hasta mi destino en la Sierra.

Era domingo. Apenas había salido el Sol ¿Me había vuelto loco?

Llegué al aparcamiento de la Barranca. Ya había gente con mochilas, ropa térmica, bastones… Por supuesto yo no tenía nada de eso.

Tras vencer unos segundos de tentación para regresar a casa, me crucé con un gato negro en el mismo parking,

−¿Qué hace un tipo como tú, en un lugar como este? −Me preguntó el felino desde sus ojos verdes.

Y por supuesto le contesté a pesar de ciertas miradas que se clavaron en mí:

−El problema de tener amigos, es que a veces les escuchas. Y cuando uno de ellos me contó por quinta vez que el senderismo se acerca a la metáfora de la vida, porque cuesta pero compensa, le dije que sí, que me había convencido, y que lo probaría en mi siguiente crisis existencial.

El gato se esfumó, me callé, y dejé de parecer un lunático. Quienes estaban alrededor se quedaron sin saber que la promesa la había hecho un jueves, la crisis llegó el sábado, y que era en ese domingo cuando probaba la dichosa metáfora por cumplir con mi estúpida palabra.

Busqué el cartel que daba inicio a la ruta y me arrebujé en mi chaqueta de cuero negro.

Pronto llegué a un embalse enmarcado en pinos que sin saber bien por qué, me recordó a Neruda y sus versos:

«Podrán cortar todas las flores,/ pero no podrán detener la primavera».

Era otoño y no encontré ninguna flor.

Tenía frío y comencé a caminar deprisa. La pista me llevó por el margen izquierdo del río y tras adelantar a varias personas, reduje el paso cuando divisé los culos de dos chicas. En unos pocos segundos mi imaginación, puesta al servicio del placer, dio para mucho gracias a la combinación de rubia y morena que caminaban a escasos tres metros de mí.

Al ritmo del bamboleo armonioso de sus traseros, desvarié con varios conceptos freudianos, me fustigué de machista sin remedio y, me empalmé. Todo en apenas dos minutos, todo, antes de que la rubia se diera la vuelta y me mirara por unos segundos. Luego se giró brusca, juraría que molesta, le dio la mano a la morena, y aceleraron el paso hasta que me perdieron de vista.

La escena no sirvió para calmar mi instinto ni mis reflexiones rijosas, pero seguir la ruta, los pinos, el cantar de los pájaros, y el viento que se levantó y me dejó helado la zona sensible, sí que ayudó.

Durante treinta minutos de camino le encontré la gracia al paraje natural hasta el punto de volverme romántico cual Caspar Friedrich con su, “Caminante sobre el mar de nubes”, y me imaginé solitario por las montañas bastón al hombro hasta que, me encontré primero con restos de basura fuera de un contenedor, y de inmediato con la zona de mesas y sillas donde la gente comía sus bocatas. Me senté a descansar con el hechizo roto entre mis dedos y por si fuera poco, una pareja cuarentona no tardó en ocupar la misma mesa que ocupara yo, como si pretendieran exacerbar mi misantropía al invadir mi espacio.

Fueron amables conmigo ofreciéndome de su comida al ver que yo no llevaba nada. Cedí. Quisieron ser simpáticos. Lo soporté. Al parecer se conocían desde hacía siete años. No tuve nada en contra. Pero tocaron la tecla que no debían cuando sondearon mi intimidad con preguntas que no les importaban un bledo. Reaccioné arisco, contesté desagradable, y les dejé allí sentados con la sesuda profecía de que su amor estaba condenado a la extinción, por lo que les animé a que disfrutaran del tiempo que aún les quedaba, pues cuando llegara su ruina, ninguno de los dos tenía pinta de que supiera sobrellevarla demasiado bien.

Irritado conmigo, con mi especie, con los domingos, con la montaña, con la vida… comencé un ascenso por el que sudé en parte mi mal humor. Y lo agradecí sin dobleces, pero al llegar a una fuente, llamada La Campanilla y regada por las aguas que bajan de la Bola del Mundo, me topé con una pareja de ancianos que me saludaron con calidez, y cuya mirada indulgente por parte de la mujer me sacó por completo de quicio.

No pude evitarlo y apoyado en el caño de la fuente, hice gala de mi pedantería, mi mal gusto y mi desfachatez, al contestar el saludo y la sonrisa que me ofrecieron con esta pregunta a quemarropa:

−¿Y qué es lo que se hace con el amor cuando el placer se seca?

La pareja me miró con calma, sin ofenderse, luego se miraron entre ellos, y fue la anciana la que me contestó con una sonrisa en los labios.

−Somos optimistas y hasta la mayor de las ruinas conserva los cimientos. Además, por encima del deseo está el amor, y por encima de este, la lealtad. Nosotros nos somos leales después de haber vivido felices las contradicciones del deseo y del amor, y no podemos pedir más.

Y aún añadió, creo que con sorna:

−Pero jovencito, no desesperes porque tal vez te puede ocurrir a ti lo mismo, y si tienes esa suerte, entonces seguro que se te quitará ese ceño de mal humor que gastas.

Por supuesto me quedé mudo, y ella tuvo la bondad de no hurgar más en mí.

Dos minutos más tarde, sin que nadie hubiera roto el silencio, los ancianos se marcharon. Fue el hombre quien antes de irse y tras mirar a su pareja arrobado, me dijo con cierta complicidad:

−Vaya genio que gasta ella ¿eh?

A lo que tampoco pude contestar más que con mi boca cerrada, y un gesto de idiota. Aún me quedé un buen rato allí plantado, con el correr del agua llegando dentro de mí, y sin notar el viento.

No salí de mi cabeza hasta que escuché voces de niños. En cuanto los divisé con sus padres me marché despavorido. Tomé el camino de regreso sin apenas levantar la vista del suelo. «Abatido», describe muy bien cómo estaba tras mi caminata.

Llegué al coche y al arrancar recordé los versos de Machado, que transformé en:

Hoy hice camino, que no sé dónde irá a dar.

Romero (Apuntes, 3)

El mar de los otros

El primer cadáver que nos trajo la marea apenas ocupó un pequeño espacio en la prensa local, pero quién iba a pensar hace poco más de un año todo lo que el mar estaba por escupir.

El segundo tampoco llamó demasiado la atención, salvo por el hecho que apareció a la misma hora del día siguiente, en el mismo lugar y de la misma manera: desnudo y sin haber muerto ahogado. Los médicos certificaron para ambos casos parada cardiorespiratoria, lo que no resolvía casi nada. El misterio creció por el hecho de no encontrarse patera alguna, ni un mar embravecido en los últimos días. Que nadie reclamara los cuerpos aparentemente de inmigrantes, no llamó la atención de nadie.

El tercer día y en las mismas condiciones, el mar regalaba a los bañistas su tercer cadáver. Muerto y desnudo como los otros, hizo sin embargo saltar todas las alarmas: era blanco. La única teoría plausible, la de los ilegales, parecía desvanecerse. La prensa se frotó las manos y para el cuarto día periodistas y público en general parecían ya una marea apostada contra otra.

Nadie a partir de entonces se sintió defraudado. Cada día y con puntualidad ha ido apareciendo, como de la nada y sin explicación lógica, un cadáver no ahogado y desnudo. Siempre en el mismo punto del mar, a unos veinticinco metros de la orilla, a las 18:15 de la tarde. Al principio los cuerpos tenían tiempo para vararse en tierra firme, pero desde la segunda semana, cuando ya eran todo un hito, se les recoge en una barca policial en cuanto aparecen, como fantasmas hechos carne.

Los hay negros, blancos, amarillos. Los hay de mediana edad, jóvenes, niños. Hay hombres y hay mujeres. Todos sin identificar hasta que apareció el número noventa y siete, lo que aumentó el misterio a un grado de paranoia.

Todas las teorías extravagantes y conspiranoicas habían crecido como una espuma contenida a duras penas, pero la espuma se desbordó definitivamente con el cadáver noventa y siete cuando fue identificado por él mismo. Se quiere decir, un vivo se reconoció en el muerto… y no hubo manera de negarlo. Todas las pruebas dijeron que ambos eran física y genéticamente iguales. No se trataba sólo de la misma edad, del mismo aspecto y ni siquiera del mismo ADN, sino también de los mismos lunares, el mismo corte de pelo y hasta las mismas cicatrices.

Para entonces todos los gobiernos pero especialmente como no podía ser de otra manera los que mandan, metían su mano al asunto con sus mejores expertos, pero con nulos resultados. Era cosa digna de ver cómo los locos y visionarios se frotaban las manos con sus discursos apocalípticos, condenatorios, pseudocientíficos. Se podía uno imaginar la teoría más descabellada, pero con seguridad ya había sido antes metodológicamente trazada por ellos.

Pero lo importante no son las teorías sino los hechos y lo que cuenta es que desde entonces, desde el número noventa y siete, todos los cadáveres encontraron su réplica en vida y a los anteriores se la hallaron con carácter retroactivo.

Sin embargo aún quedaba por aparecer el cuerpo número doscientos noventa y cinco, que daría un nuevo giro al misterio. Cuando este cuerpo llegó, cuando el mar nos trajo la réplica del gran presidente, quedó claro que había que montar una guerra, fuese a quien fuese, fuese como fuese. Tal afrenta no se podía dejar sin respuesta. El cadáver presidencial hizo que su réplica viva se pusiera definitivamente nervioso, se hartó de los científicos aún medianamente serios y escuchó toda posibilidad que conllevara hacer algo, por estrafalario que resultara.

Ayer por fin se hizo ese algo. Tras dos meses desde que apareciera el cadáver doscientos noventa y cinco, y con el goteo puntual de cuerpos de fondo, murió el primer voluntario que resultaba válido. Lo cierto es que han sido miles los que se inscribieron para la prueba, pero ha costado que llegara el primero en condiciones, había que morirse de forma natural y esto no resulta tan sencillo. Su nombre pasará a la historia y sabemos que su familia se siente orgullosa. Pero acabemos ya, se acerca el momento.

Tras la muerte del voluntario, se le ha desnudado, se le ha llevado al punto exacto del mar que nos trae de cabeza, y se le ha arrojado allí, doce horas antes de la llegada prevista para el siguiente cuerpo.

Nadie sabe muy bien qué resultado esperar, aunque el experimento apunta hacia cierto éxito. El voluntario ha demostrado que el mar no sólo trae, sino que también lleva. Y aunque los localizadores y microchips implantados dejaron de funcionar, se piensa que tras ser tragado por el mar con la misma dosis de misterio con la que nos son enviados los otros, nuestro cuerpo ha llegado al lugar de donde nos los envían.

Estamos a punto de llegar a la hora y minuto del cuerpo trescientos setenta y seis. Todo el mundo contiene el aliento a la espera de una respuesta. No es posible, en el agua o en tierra, mayor expectación. Solo el mar aguarda en calma, indiferente.

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66

En mitad del concierto de cámara, una pareja de entre el público comenzó a gritarse. Ante el estupor de los músicos y del resto de los asistentes, el hombre y la mujer que discutían terminaron, por llegar al siguiente acuerdo: la novela es carne, la poesía corazón, y el ensayo cerebro.

Poco después, con el escándalo todavía a flor de piel en toda la sala, la pareja llegó a un acuerdo, esta vez sin necesidad de alzar la voz: las obras maestras combinan sus características del mejor de los modos posibles.

Se disponían a firmar la paz definitiva con una sonrisa y un beso, cuando desde el escenario, uno de los violinistas del cuarteto de cuerda, exhortó a la pareja para que explicaran qué pasaba con el teatro, y cómo habían sido capaces de excluirlo. Ellos reconocieron que su olvido era imperdonable, y volvieron a gritarse.

Invitación

De un segundo para otro me olió a espliego y a lluvia recién caída. Ahí llegó mi primer pestañeo de incredulidad. Estaba en Madrid, a mitad de agosto, con su cielo azul sucio, y acababa de embocarme en el metro.

El olor agradable y fresco continuó hasta que llegué al vagón, en él viví unas historias que no creeréis, pero allá vosotros.

Un pasajero a mi derecha recitaba poesía, otro a mi izquierda subrayaba unas líneas de una obra de Marvin Harris. Enfrente de mí, un tipo con un bigote a lo Nietzsche dibujaba todas las escenas que ante él se le ofrecían, como por ejemplo, la monja que acalorada leía al marqués de Sade.

La boca se me terminó de abrir cuando el pestañeo y el pellizco fueron insuficientes: al fondo del vagón Paco Marhuenda y Mariano Rajoy desataban su amor fundiéndose en un apasionado beso.

Ningún pasajero de los restantes consultaba su móvil, nadie se restregaba las legañas, no había músicas impuestas… En mitad de un túnel se fue la luz por completo y supuse que con ella se marcharía la magia.

Cuando regresó la luz todo seguía igual, salvo la monja que en ese momento suspiraba, salvo la pareja besucona que en ese momento se abrazó, salvo el pintor, que en ese momento me pintaba a mí. Descarté soñar, las drogas no debían de ser, y mi imaginación no daba para tanto.

Al pintor le compré nuestro dibujo poco antes de llegar a mi destino, cuidé de no meter el pie entre coche y andén, y bajé.

Según enfilaba hacia la salida pensé que si no quedaba satisfecho de lo que escribiera después de tal viaje, sería prueba irrefutable de su verdad.

Mi insatisfacción es notable.

A vosotros os queda creerme o no, o preguntaros tal vez por capricho, qué es lo que os haría pestañear en el metro.

La azotea

Di un sorbo al cubata. Miré al maromo con altanería. Sabía que la noche iba a acabar muy mal…

El día había ido bien y esperaba terminarlo sin que se estropeara. Mientras hubo luz, las dos o tres veces que la nostalgia quiso entrar en mí, le cerré la puerta. Sin embargo me pasé de listo, de confiado, y de alcohol.

Lo supe de inmediato, en la pensión, al oscurecer. Lo supe en cuanto me vestí con la camiseta que reza: Yes, I’ve read Ulysses. Es un hecho objetivo que atrae problemas cuando me la pongo. Y con ella marché a la discoteca.

Todo podía haberse reconducido si el gorila de la puerta hubiese sido más estricto y me hubiera impedido el paso. Creo que se lo pensó dos veces pero al final decidió que cumplía con la etiqueta aunque fuese por los pelos. Y nunca mejor dicho, pues para variar me recogí los míos en una coleta.

Bajé las escaleras de La Noche y el Día como siempre bajo unos escalones; pensando en Dante y en la famosa inscripción a las puertas de su infierno: «Los que vais a entrar…»

Me instalé en la barra y comencé a beber con la intención de transmutarme en el tipo impresentable, que ya puedo llegar a ser si me esfuerzo un poco. Con el segundo cubata de vodka arribó mi desprecio hacia esa jodida música; en el cuarto la discoteca estaba llena y mis ganas de burlarme de todos también; con el sexto convertía al que se cruzaba conmigo en personajillo; con el octavo vodka, transformé a la rubia que se pidió una copa no muy lejos de mí, en una mezcla de Marilyn y de Virginia Woolf… aunque ella probablemente no hubiera oído hablar en su vida de la segunda, y quizá tampoco de la primera.

Sin embargo, de lo que no tuve dudas es que se trataba de una calientapollas de primera. Cuando se topó con mi mirada de borracho la sostuvo, y no la esquivó a partir de entonces ni una sola vez, por muy libidinosas que se tornaran mis pupilas. Tampoco dejamos de provocarnos cuando llegó su novio, su maromo, su chulo, o lo que fuese. Tampoco cuando lo que fuese se dio cuenta de mi presencia, digamos… amenazadora.

−¿Tienes algún problema? –preguntó lo que fuese acortando la distancia que nos separaba con tres pasos. Como mínimo su bíceps era el doble que el mío.

−Bueno, no tenía ninguno hasta que viniste a mí con tu asquerosa frase manida –le dije con una sonrisa.

Yo estaba muy satisfecho de mí. Eché mano al cubata.

−¿Qué coño dices?

Por un momento parecía haberse olvidado de lo que había venido a defender… el honor de su chica.

Recuerdo que pensé en decir, «solo contemplaba la fermosura de la doncella». Pero finalmente dije tras dar un sorbo al cubata, mirar al maromo con altanería, y saber que la noche iba a acabar muy mal:

−Mi problema es que la rubia con la que estás, tiene ganas de hacerme una mamada, y tú nos estorbas.

Ya había dicho bastante y añadir una sola coma me hubiera supuesto perder la iniciativa. Mi lado macarra está en fase de construcción, pero ya sé de modo sobrado que en estos casos, la iniciativa es lo más importante. Así que actué en consecuencia.

Le estampé el vaso de cubata en pleno rostro, a la altura de su oreja izquierda, cuando aún no había cerrado su bocaza, cuando aún no le había dado tiempo a reaccionar.

El vaso estalló y todo alrededor se llenó del pringoso vodka. Mi mano se rajó. El maromo se desplomó a mis pies, su oreja y su mejilla pronto fueron un surtidor de sangre. Ganada la guerra, salí por patas.

No presté atención a los gritos de la rubia, quien ya no tenía nada de Monroe ni de Woolf. Tampoco hice caso de los insultos de quienes habían presenciado la escena, incluida la camarera que debió caer en la cuenta de que me largaba sin pagar. Conseguí librarme de dos héroes que intentaron impedir mi fuga. Y logré mi objetivo porque los gorilas de planta estaban lejos, mientras que el de la puerta, a su pinganillo, le decía no escuchar bien cuando yo salí del averno a la carrera, burlándome de la amenaza dantiana, y recuperando la esperanza entre tropiezo y tropiezo.

Oí pasos detrás de mí, continué la carrera, y aún la aceleré al escuchar sirenas y sentirme el protagonista.

La imaginación no se elige y la mía trabaja muy por su cuenta, así que comencé a pensar, justo cuando di con un portal abierto, ¿el limbo?, que los mejores cuentos de Hemingway son aquellos en los que la palma el protagonista. Yo sin embargo no tenía pinta de que fuera a morir a pesar de la fea herida de mi mano.

Sabía que la noche iba a acabar mal, pero no en muerte para mí. ¿Y para el otro, para el maromo? Yo no soy un personaje de Hemingway, me salgo de sus esquemas, pero lo que fuese sí que lo era. Tal vez, pensé mientras subía al último piso, haya otro por ahí relatando la historia desde el punto de vista del maromo, para quien la noche sí que va a acabar mal de verdad… En ese momento envidié que su historia pudiera ser mejor que la mía, tropecé contra un escalón y casi me partí los dientes.

Para mi sorpresa llegué hasta la azotea. La puerta que daba acceso al cielo estaba abierta.

La cabeza me daba vueltas, nadie me seguía, las sirenas habían desaparecido. Me convencí de que el maromo no acabaría tan mal la noche, y yo tampoco. Me senté. La tranquilidad llegó después del vómito. Aún estuve despierto un buen rato. Mientras me dormía al amanecer, pensé que el Paraíso es siempre aburrido.

Romero (Apuntes, 2)