Peligro
El hombre dejó el masaje y apoyó todo el peso que pudo sobre la espalda de la mujer. La tiró del pelo con una mano y con la otra aseguró el preservativo en su sitio. Orientó su polla y la penetró hasta el fondo. Entró sin apenas resistencia. Mordisqueó el lóbulo izquierdo de su oreja y le dijo en un susurro:
−Te quiero.
Ella jadeó y sonrió al mismo tiempo.
Después de varios minutos penetrándola con dulzura incrementó el ritmo de sus arremetidas. Miraba furtivo cada poco al reloj despertador que había sobre la mesita de noche. Estaba pendiente de la respiración de ella. Antes la había masturbado, luego llegó el masaje tailandés, suave, más erótico que terapéutico. Ahora quería agotarla, dejarla plenamente satisfecha. Ella se lo merecía, pensó el hombre. Como todas, se dijo. Toda mujer merece el máximo placer posible; era su lema. Sintió que el orgasmo de ella estaba cerca y paró de golpe.
−Vamos a cambiar de postura –dijo él.
−Hijo de puta –dijo ella.
Él sonrió, segundos más tarde estaba debajo. El cuerpo de ella hizo un ángulo de noventa grados con respecto a la posición tumbada del hombre. Tras la nueva penetración los dos comenzaron a moverse.
−¿Quieres escupirme? –dijo él, solícito.
−Calla. No te pases de listo.
Él obedeció. Los minutos pasaron y los jadeos volvieron a cobrar intensidad. Él quiso volver a salirse. Pensó en ponerla a cuatro patas, desde esa posición podría controlar a la perfección el ritmo de las embestidas, acabar violentamente, rendirla. Cuando dijo que iban a cambiar ella no se lo permitió. La mujer le aferró los brazos, bajó el culo al máximo, lo restregó por las ingles de él, le hizo sentir todo su peso. Hasta que ella llegó al orgasmo.
Tras unos segundos de calma él intentó de nuevo cambiar de posición, retomar la iniciativa, lograr que ella se volviera a correr. No logró quitársela de encima, ni siquiera liberar sus brazos. Se sintió ridículamente débil. Ella comenzó a moverse de nuevo.
−Hasta el final –dijo ella y marcó el ritmo.
Apenas un minuto más tarde él hizo esfuerzos por contener su esperma pero fracasó.
−Así está mejor –dijo ella poniéndole el dedo índice en su boca.
Él mostró desconcierto en su rostro. No dijo nada pero besó el dedo de ella.
−Tienes buena polla y buenas intenciones, pero mides todo demasiado.
Él se sintió desnudo. Trató de recuperar el control.
−Que tuviera que decirte te quiero me ha descolocado.
−No me hagas reír –dijo ella algo sombría, no dio más explicaciones de por qué había pedido esa frase antes de empezar.
Comenzaron a vestirse. Él pensó que eran igual de altos, pensó que ella debía pasarse en el gimnasio al menos tanto tiempo como él, pensó que los veinte años de diferencia que se llevaban no se notaban demasiado en los cuerpos. Era hermosa y era extraña.
−¿Por qué haces esto? –Dijo él sin poder contenerse –Podrías tener cientos de tíos gratis que babearían por estar contigo.
Ella no le contestó. Buscó su bolso y su cartera. Sacó un billete de doscientos euros y pagó lo acordado, incluyendo la propina por el te quiero. Él no tuvo suficiente, quería saber de ella.
−Perdona que insista, es que me he acostado con muchas mujeres, y me pagáis por muchos motivos distintos… pero no tengo claro donde encuadrarte.
−Así que nos encuadras, nos clasificas, nos cosificas –dijo ella muy seria.
−Perdona, no quería decir eso… bueno, en realidad, no sé qué has querido decir tú.
Ella sonrió. La inocencia con la que él dijo su última frase desarmó las barreras de ella. La habitación de hotel tenía minibar. Sirvió dos copas de whisky. Bebió un trago y dijo:
−Mis silencios te han terminado por confundir, de ahí a que me conviertas en una mujer especial hay solo un paso. No seas tonto, los silencios también mienten. En la cama tan solo actué de la forma que más me gusta. Pago por disfrutar, la frase que me dijiste es solo una frase, me gusta arrastrarla, saciar de vez en cuando mis necesidades ¿Quieres encuadrarme? Soy de las que no tienen tiempo para relaciones, mejor, de las que no quieren tener tiempo. Tan simple como eso, casi tan simple como vosotros, los hombres.
Él tenía siempre prisa después de hacer su trabajo pero en esta ocasión sus pies no querían moverse de allí. No se le ocurría nada digno que decir y al final dijo:
−¿Quieres saber por qué lo hago yo?
Era algo que solían preguntarle, sin embargo en esta ocasión se sintió ridículo.
−La verdad es que no. No quiero saberlo. Perdóname pero tampoco habrá mucho misterio. Y aunque lo hubiera. No me interesa.
−¿Tanto tiempo te robaría un hombre? –dijo, y picado en su orgullo se le ocurrió añadir: −¿Tanto daño te hemos hecho?
Ella se bebió de un trago lo que le quedaba de whisky.
−Ay, con el lugar común del corazón roto nos hemos topado. No se trata de vosotros ni de que no cumpláis con vuestras promesas, más bien soy yo incapaz de cumplir con las mías, con las que en algún momento os hice. La verdad es que los hombres sois muy pesados, habéis caído de bruces en la red de tópicos del amor. Al menos tanto como la mujer, pero eso sí, sin renunciar a meter vuestras pollas en cualquier agujero.
No terminaba de seguirla pero quería que siguiera hablando.
−¿Quieres otra copa?
Ella le besó en la mejilla. Dejó el vaso sobre el escritorio de la habitación.
−Hasta aquí nuestra charla. Podría decirte que debo irme y darte el consuelo de que no puedo quedarme, pero no es el caso. Soy una borde. Lo siento.
La sonrisa de ella le pareció una última oportunidad.
−¿Volveré a verte?
Ella no le contestó y fue hacia la puerta. Antes de cruzar el umbral se giró.
−Eres bueno en tu trabajo. No, no volverás a verme.
La puerta se cerró con suavidad. Él se sentó en la cama, se tumbó de espaldas, miró al techo. Tuvo la sombra de una intuición.
−Peligro –dijo.
Publicado originalmente en dekrakensysirenas.com, @krakensysirenas, el 17.08.16
«La Biblia de neón», John Kennedy Toole
¿Qué mejor autor que J.K. Toole para empezar esta nueva sección en el blog, que será de crítica literaria y que por supuesto haré a mi manera?
Recordar es un privilegio que parece estar siempre al alcance de la mano, sin embargo, es un lugar común al que la Medicina y la Historia han puesto en su sitio; se puede olvidar y lo hacemos mucho más de la cuenta, tanto por enfermedad física como moral. Así que supongo que mientras pueda recordar no debo sentir precisamente culpa.
Para recordar sin engañarme demasiado me sirvo de mis herramientas y una de las más queridas es la de mi cuaderno donde reflejo todos los libros que he leído leyendo a lo largo de mi vida. Sin, duda, uno de mis mayores tesoros. Pues bien, a él acabo de recurrir para consultar cuando leí “La conjura de los necios”, ese libro que me marcó tanto, ese que fue de los primeros, ese que en su introducción ya me puso en sobreaviso sobre lo trágica que puede ser la ironía. Ese que leí en la posición once, justo después de “El Congo” de Michael Crichton y antes de “Robinson Crusoe” de Dafoe. No me parece una enumeración baladí y los tres dicen mucho de mi literatura, pero no vine a hablar de mí, al menos no especialmente.
Vine a hablar de J.K. Toole, de quien se pueden hacer muchas biografías, la mía dice así:
Con quince años escribió “La Biblia de neón”, una novela lograda que muchos firmaríamos con varios sacos de años más. El tono del narrador y protagonista es adecuado, cargado de la inocencia que le da la edad, y con la que se enfrenta a la fealdad de su mundo carcomido en buena medida por la estupidez del fanatismo religioso donde crece (vaya, apenas nihil novum sole), en su pueblo de la América profunda. Personajes que evolucionan, prosa sobria alejada del alambique propio de la juventud, final inesperado pero coherente… una buena novela sin duda.
Con treinta, año arriba año abajo, termina “La conjura de los necios”, ese clásico del siglo XX que tantos conocemos y que a tantos nos ha hecho reír y quedarnos con la boca abierta. Por cierto, nada que ver una novela con otra.
A los treinta y uno, se encarga de meter un tubo que conecta su tubo de escape a la parte delantera del coche. Así se suicida. No ha visto publicada ninguna de sus obras. De esa tarea se encargará su madre.
La vida es extraña, y entre tanto se perdió a un gran escritor.

La piedra soy Yo
A Esteban O´Higgins, allá donde hayas ido, ríe por nosotros
Ya no sé si soy la piedra o sigo siendo Yo
Ya no sé si Grecia perdura como templo de Europa
O si ambos somos una ruina que se engarza al tiempo imponderable,
inútil y sin motivo
Homero me llamó sabio y prudente
Bandido los dioses,
Pero me cuesta creer que los dioses sean dioses por algo más que su poder
No desde luego por su razón
No por su prudencia
No por su bondad
¿No serán ellos los juguetes de otros dioses, y estos, otros juguetes?
¿Cómo no pensarlo?
Estoy en su infierno en su montaña con su roca,
Pero sin su desprecio
Hace millones de veces que subo y bajo su justicia sin saber nada de ellos
Solo pueden estar muertos, ya no siento su soberbia
Los dioses han muerto pero yo sigo igual
Ya no sé si soy la piedra
Cuando rodamos cuesta abajo las preguntas se agolpan
Son la causa de mis desvelos y me aplastan
¿Qué habrá sido de mis hermanos de
pecado?
¿Qué de Prometeo, de su robo, de su hígado, de su águila?
¿Qué de Tántalo, de su río sediento de manjares?
¿Qué de tantos otros castigados por su afán de rebeldía?
La lucidez de mi absurdo me dice
que engañar a los dioses está sobrevalorado
Solo hay que ser lo que somos, libres
Solo hay que buscar el sentido que se debe
Solos
Estoy cansado de la eternidad y sin duda la piedra soy Yo
Hay viajes que incluso en mi delirio
Pienso que me han pensado,
Desde el filósofo ilustre
Hasta el más pobre
de los poetas
Y río
Pues tampoco ellos saben, si son ellos o son piedra.
Publicado originalmente en dekrakensysirenas.com, @krakensysirenas, el 11.07.16
Fuera de sí
Dentro de la nevera todo se disponía de acuerdo a su criterio. El bote de sangre estaba ligeramente a la izquierda, las tres bolsas a la derecha en los distintos estantes. Cerró la puerta y comprobó que el blanco del electrodoméstico estuviese impoluto. Lo estaba.
Ya en el salón seleccionó de su discografía un vinilo de Rachmaninov, el poema sinfónico de “La isla de los muertos”. Lo puso en el reproductor y subió el volumen a treinta y tres. Se sentó en el sofá color marfil, la espalda muy recta. Miró su reloj varias veces. Ella llegaba tarde.
Cinco minutos después sonaba el telefonillo. Mientras ella subía él se examinó en el espejo del salón; las abultadas bolsas bajo sus ojos, la raya de su pelo canoso, la pulcritud de su afeitado, se ajustó la corbata y se alisó el traje azul cielo. Ella llamó a la puerta con insistencia.
Entró como un vendaval. Los tacones igualaban su altura. En lugar de darle dos besos lamió sus mejillas. Sonrió pícara. Empezó a curiosear el salón. Él se quedó asombrado. Con asco secó la saliva. Sin preocuparse de si ella le observaba o no, cerró la puerta con cerrojo y se guardó la llave.
−Eres más viejo de lo que imaginé por tu voz, pero no importa, eh, soy una profesional.
−¿Tienes veintiún años? –cerró y abrió su puño izquierdo pegado a la cadera, varias veces.
−Tengo más de dieciocho, eso es lo importante, ¿no? Oye, no está nada mal tu casa, pondría música más alegre, un par de cuadros coloridos, fotos… está desangelada pero supongo que no vivirás aquí. Tienes pasta, será tu refugio para estar con…nosotras. Eh, ¿dije pasta?
Él se echó mano al monedero y extrajo cuatro billetes amarillos. Los dejó sobre la mesa. La observó atentamente, casi con avidez. Las fotos de su perfil no mentían; rubia, melena larga y ondulada, pecosa por todo el rostro pero sobre todo en frente y pómulos, sonrisa perfecta, piel pálida, delgada pero con curvas… y se había traído el vestido de una pieza, beige, que él le había pedido.
−Anal ya te dije que no hago. No por nada, pero si la tienes grande me dolería mazo. Por lo demás, casi todo se incluye en el precio y si eres de los raritos podemos negociar.
Después de oírla hablar de esa manera estuvo a punto de echarla. No lo hizo. Quiso pedirle que se callara. Tampoco se lo dijo. Se sentó en el sofá mientras ella seguía de pie.
−Desnúdate. Y no me toques.
Se quedó quieta por un momento. Volvió a sonreír. Comenzó a desnudarse.
−Los zapatos no, el tanga sí. Bien. Ahora paséate por el salón.
Empezó a contonearse sin demora. Sus pechos eran firmes, las aureolas grandes y tostadas, los pezones enhiestos. El sexo rubio, rasurado en forma de corazón. Las piernas, largas, atravesadas por estrías cerca de los glúteos.
−No tan rápido. No te muevas con vulgaridad. Mejor.
−Oye, ¿voy a tener que estar mucho tiempo así, quieres el premio al más raruno?
Se paró en frente de él, subió una pierna al sofá, se acarició las ingles.
−Oye cariño, ¿por qué no me comes el coño? Seguro que te excitas más ¿Tienes problemas para que se te ponga dura? Déjame que te haga un buen trabajito en los bajos.
Le tocó la entrepierna. Comprobó al mismo tiempo que estaba empalmado y molesto. Vio su ceño fruncirse y forjarse una mueca de desagrado. Quiso retroceder pero no pudo, él le agarró de la muñeca. Apretó con fuerza.
−No te dije que hicieras eso.
Se miraron a los ojos. Los de él fríos, inexpresivos, los de ella titilaron.
Él soltó la muñeca de ella.
−Pasea y cállate.
De repente a ella la inundó una ola de miedo. Empezó a ir y venir de un lado al otro del salón con torpeza. Se trastabilló dos veces.
−Quítate los tacones, no puede ser tan difícil.
Supo que debía tranquilizarse, obedecer y salir de esa casa en cuanto pudiera. Ya sin los zapatos logró serenar los pasos, alejar el temblor de sus piernas, dominar su respiración. Con el rabillo del ojo vio que él también se relajaba. Había dejado de apretar los puños, las manos estaban sobre las rodillas, su semblante era otro por completo. La música acompañaba. Ella pensó que él estaba fuera de sí, pero no enfadado, sino de viaje en sus recuerdos. Ella quiso pensar que para eso la había llamado… deseó estar allí solo para eso, para nada más. Pero solo él podía saber tal cosa.
La música se agitó y trajo el miedo de vuelta. Ella recordó la puerta echada con llave. Se sintió como una cría estúpida. Tropezó y golpeó la colección de discos. Varios se cayeron al suelo. Él se levantó de golpe, volvió a crispar los puños. Se acercó a ella. Levantó una mano y la suspendió en el aire.
−Vístete y vete.
Ella asintió con la cabeza. Él miró hacia el dinero. Le hizo una señal. Ella balbuceó.
−Eh, soy una profesional. No he cumplido… no lo quiero.
Se terminó de vestir, no se atrevía a mirarle. Estaba aterrada, humillada y enfadada al mismo tiempo. Se plantó delante de la puerta. La música dejó de sonar. Él se acercó a la puerta, con parsimonia. Sacó la llave.
−No vuelvas nunca a hacer esto –dijo él.
Ella asintió en silencio. No preguntó a qué se refería exactamente. Se marchó.
Ya solo, se contempló de nuevo en el espejo. Se llamó estúpido por no haberse atrevido, se reprochó su última frase. Entonces la puerta volvió a sonar. Solo podía ser ella. Era ella. Solo podía querer el dinero. En ese caso…. Abrió.
−No volveré a hacerlo, eh.
Lo dijo desde el umbral. Lo dijo con orgullo y miedo. Lo dijo y huyó. Él no hizo gesto alguno. No intentó tocarla.
Al cerrar la puerta fue hasta su reproductor y puso a Debussy, “Preludio a la siesta de un fauno”. Colocó los vinilos que se habían caído. Regresó a la cocina y se plantó frente a la nevera, tres segundos más tarde la abrió. Se quedó mirando lo que había dentro.
Publicado originalmente en dekrakensysirenas.com, @krakensysirenas, el 06.07.16
Carta de amor a la Filosofía
¿Qué me ha enseñado la filosofía?
De Immanuel Kant aprendí que somos unos ineptos con cierta capacidad para la paradoja; nunca podremos resolver la pregunta de si hay dios o no, de si tenemos alma o nada, de si existe libre albedrío o todo está jodidamente escrito. La ciencia dirá que es cuestión de tiempo, la religión que tengas fe, Kant, que sencillamente nuestra capacidad para conocer esas respuestas tiene su límite, que no está preparada para resolver tales disputas, y que sin embargo, estamos programados para preguntarnos una y otra vez sobre eso mismo que no somos capaces de resolver. Podemos llamarlo también eternas arenas movedizas.
De Friedrich Nietzsche aprendí mucho. Por ejemplo, que si Kant hubiera escrito de modo más inteligible y literario, la Historia sería bien distinta, quizá mejor, seguro que más bella. Tal vez exagero. Tal vez no. Pero sigamos con Nietzsche y algunas de las enseñanzas que me ofreció, como esa por la que el dolor físico y los fracasos rotundos (para ejemplo los suyos, especialmente los suyos) no deben importar, o incluso pueden llegar a anhelarse cuando a cambio se concibe el eterno retorno de lo mismo. Con su actitud aceptaba el sufrimiento, la enfermedad, la locura, a cambio de la intensidad, de la lucidez, de afirmar por encima de todo y a pesar de todo, la vida.
También me enseñó que leerle me hace más despierto, y que la idea del superhombre es la voluntad de una flecha lanzada al infinito, donde la flecha debe ser cada uno de nosotros, y el infinito nuestra capacidad de superarnos. El Übermensch es luchar por romper nuestras propias barreras y nuestros límites. No siempre se le enseña así. Lo sé. Así es. Es una pena. Es asombroso.
Al principio fue el asombro. Lo dijeron los presocráticos. Y por eso y porque fueron un paso más allá en las respuestas que hasta entonces daban las mitologías, mi total respeto. Por cierto, también un presocrático me enseñó a rechazar definitivamente la forma antropomórfica de dios con su argumento de que si los caballos tuviesen manos y supiesen dibujar, dibujarían a sus dioses con forma de caballo. Sencillo, brutal.
Brutales fueron Platón y Aristóteles. Hay que leerles a ellos y a los que llegaron después para entender esa frase que apunta que toda la filosofía occidental no es sino notas a pie de página a las obras de estos monstruos. Quizá no esté de acuerdo, porque habría que incluir también a la no occidental. Son una escalera a cualquier ventana que dé al conocimiento.
De la escalera del conocimiento habló Ludwig Wittgenstein para pedir que una vez estuviésemos arriba, la arrojásemos bien lejos. La filosofía ha muerto, proclamó en cierta manera. ¿Fue el último filósofo? Una respuesta es que él mismo no dejó de hablar filosóficamente después de pretender haberse deshecho de la escalera. Revolucionario, sí, brillante, también, saludable a la hora de introducir una sangría necesaria a tanta metafísica, por supuesto. ¿Pero acaso no le había contestado ya Kant? Estamos condenados a la filosofía (¿la escalera?). Peores condenas hay. Eso seguro. Además, no es tan fiera, ni tan aburrida, ni tan complicada como la pintan.
Sobre la complicación nos dio ya Occam el mejor de los consejos con su ilustre navaja, acero forjado por el siglo XIII y todavía perfectamente afilado; si hay dos o más explicaciones, en igualdad de condiciones la más sencilla será la más probable. ¿La filosofía no puede ser práctica? Prueba a aplicar este principio en tu vida y verás cuánta mierda te ahorras.
De otro cristiano de lo más fervoroso, san Agustín (no se pierdan eso sí su vida antes de su conversión), aprendí que el problema al que todos nos enfrentamos a diario no es precisamente nuevo: que sepamos lo que debemos hacer no sirve precisamente para que lo hagamos. En términos religiosos podemos expresarlo como que saber cuál es el camino del bien no sirve para mucho, si acaso, para culparte cuando eliges el camino del mal. Suele ocurrir que en cuanto tenemos conciencia del mundo, la fe no basta. Así fue al menos en mi caso.
A falta de fe tuve que aprender de otros que no fueran Dios. Sartre llegó en el momento justo ¿Cuánto no me ha mostrado? Sobre el peso de la libertad y de la responsabilidad, sobre la necesidad de elegir, sobre hacer, sobre qué hacer. Y con Sartre y el existencialismo, y con Camus y su Sísifo como paradigma de resistencia, aprendí a sonreír frente al absurdo. Es difícil pedir algo más intenso. Y sin embargo me lo ofrecieron. Me enseñaron el camino. Porque especialmente Sartre, Camus y de nuevo Nietzsche, me señalaron que literatura y filosofía pueden ir de la mano. Y deben ir de la mano. Al menos, otra vez, en mi caso.
No hay dos sin tres, y vuelvo al alemán para ponerle en otro trío, esta vez junto a Karl Marx y Sigmund Freud. Ellos fueron catalogados célebremente como los maestros de la sospecha. Sospecharon y demolieron la conciencia como hasta ese momento se entendía. Desde tres puntos de vista distintos. Para nunca más volver a ser nada igual. Solo un ignorante puede decir que la filosofía es inerme. Marx nos enseñó cómo la estructura de la economía domina y falsea las relaciones que nos damos entre nosotros. Por si fuera poco, dijo que había llegado la hora de cambiar el mundo y no solo de interpretarlo como había ocurrido hasta ese momento. Y todo cambió. Freud, por si no fuese todo ya suficientemente complejo, nos arrojó a la cara el inconsciente. Un siglo largo ha pasado desde entonces y todavía hoy no sabemos muy bien qué hacer con esa bomba que habita en nosotros, incómoda, inconmensurable. Nietzsche, que destrozó y desbrozó y desarmó tanto, construyó, como también construyeron sus parejas de baile (por eso se les recuerda especialmente y no solo por hacer con su dedo en la llaga, un infierno), una nueva música. Y en la desvalorización de todos los valores supo ver que teníamos mucho por hacer, y él desde luego construyó más sentido y me atrevería a decir que incluso esperanza, que la mayor parte de sus enemigos, declarados o encubiertos.
Sí, la filosofía es peligrosa y peligrosos son todos los que he mencionado antes y mencionaré ahora. Como Jung y su capacidad para alcanzar cualquier rincón con su mirada universal. Como Foucault por hacer arquitecturas de conocimiento casi imposibles que desestructuran lo que hasta ese momento había sido evidente. Como Unamuno por enseñarme a borrar los límites entre la ficción y la realidad en su niebla. Como Ortega y Gasset por mostrarme el corazón de lo español, de lo europeo, de la masa. Como Simone de Beauvior demostrando que el feminismo había venido para quedarse porque sencillamente es lo justo. Como Hanna Arendt enseñando que el mal es banal, que el mal es cada uno de nosotros huyendo de las decisiones éticas que debemos tomar. Como Stirner por dibujar el camino del anarquismo. Como Spinoza, como Hegel, como Schopenhauer…
Todos ellos y muchos más maestros de la Historia en el mejor de los sentidos y atacados y reducidos hoy en nuestro sistema educativo por la peor de las formas: desde el desprecio y la ignorancia. ¿O tal vez no se trata de ignorancia? Porque no se puede tratar de tanta ignorancia. No cabe tanta ignorancia sino en una estrategia interesada, tal vez burda, mediocre, pero nunca sin propósito, nunca ignorante.
Pero da (relativamente) igual. La Filosofía no ha muerto y no va a morir. Forma parte de nuestro ADN. La filosofía es muchas cosas, entre otras, buscar la pregunta adecuada y cuestionarse la respuesta que parece definitiva. Y en España no hay nada menos definitivo que un Plan de Estudios. En cualquier caso la filosofía traspasará las fronteras que se le pongan por medio y atravesará los muros que haga falta. Ya se encargará de un modo o de otro de seguir respirando, porque también, la filosofía es bella, y la belleza siempre encuentra un camino para resistir.
Todo esto, y mucho más, me ha enseñado la filosofía.
Publicado originalmente en dekrakensysirenas.com, @krakensysirenas, el 28.06.16
Ficciones Mínimas, 3
Saltó al abismo convencido de que podía volar. Su cuerpo no aparece por ningún lado.
Matadero Cinco
Uno de mis fragmentos favoritos de toda la literatura, por Kurt Vonnegut:
«En cierta ocasión Rosewater dijo a Billy una cosa muy interesante sobre un libro que no era de ciencia ficción. Dijo que todo lo que podía saberse de la vida estaba en Los hermanos Karamazov, de Fédor Dostoievski. Y luego añadió:
−Pero eso ya no es suficiente.
Otra vez, Billy oyó que Rosewater le decía a un psiquiatra:
−Creo que ustedes, muchachos, van a tener que inventarse un montón de mentiras bien dichas, o la gente no querrá seguir viviendo».
Camus
Todos llevamos en nosotros nuestros presidios, nuestros crímenes y nuestros estragos. Pero nuestra tarea no está en desatarlos a través del mundo; está en combatirlos en nosotros mismos y en los otros.
Ficciones Mínimas, 2
Y el maestro dijo:
−El que esté libre de miserias que adelante un paso… para que el resto le apedreemos.