Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia)

Año: 2014

Director: Alejandro González Iñárritu

 

Me senté en la butaca con ganas de mear y con la expectativa de ver una película interesante que, probablemente me gustaría, pero sin encandilarme por lo poquito que de ella había oído (apenas un tráiler sin sonido y dos críticas más bien tibias). Me levanté a punto del orgasmo con la certeza de haber vivido una de las experiencias artísticas más intensas de mi vida.

¡Joder, Birdman está hecha para mí, supongo que para otros también y de ahí su éxito, pero especialmente para mí!

“Una cosa es una cosa y no lo que se dice de esa cosa”, está bien, pero no esperes que si en la primera escena aparece el protagonista levitando, y con la reflexión sobre “la cosa” que aquí recojo, no vaya yo a hablar sobre esa cosa. ¡Y qué cosa, por Dios!

Y es que esta cosa de A. G. Iñárritu tiene todo lo que a mí me gusta, y hasta cosas que ni siquiera sabía que me gustasen.

Empecemos con que se representa, o más bien se quiere representar, una obra de Carver, cuando pocas horas atrás he terminado La Catedral y aún estoy impactado por la capacidad de este escritor para hacer trascender a personajes de segunda y hasta de tercera, con un lenguaje sencillo, directo, sin alardes. ¿Su secreto? La genialidad tiene muchos caminos. Pero no escapemos de la película.

O sí, porque eso es en buena medida Birdman, una película que se desborda. Lo hace hacia la literatura, hacia el teatro, hacia la psicología, hacia la fama, hacia el fracaso, hacia el humor… hacia las partes de la vida que en definitiva más me interesan. ¿Y cómo logra arrebatarme de esta manera? Recurramos a algunos ejemplos; por un guión perfecto, una música que invade mis sentidos, los movimientos de cámara que hacen que los personajes nos respiren encima, las interpretaciones brutales, los guiños a la ruptura entre realidad y ficción (que Michael Keaton podía haber sido el nombre de Riggan Thompson da buena idea del asunto), el humor que se escapa detrás de cada tragedia personal y de muchas escenas, o el realismo mágico/metáfora del ego que se encarna en la voz del pájaro, y finalmente en el pájaro mismo.

Soy consciente de que soy un cabronazo, y pido disculpas por ello. Resulta que si alguien lee esta crítica antes de ver la peli, difícilmente podrá quedar tan impactado como quedé yo, pues la expectativa que aquí levanto es tan alta, que su experiencia muy probablemente no podrá quedar a la altura. Pero qué le voy a hacer, una cosa será una cosa al margen de lo que se diga de ella, pero hay cosas de las que se debe hablar para llegar a la cosa misma. Lo siento, y no.

Abertura

Hacía frío. De cuando en cuando soplaban ráfagas de aire. Pensé que si nevaba lo haría en nuestro honor. Ella fumaba con verdadero encanto. Tras caminar sin rumbo por las calles de Madrid, llegamos a un escaparate que nos imantó.

Nos conocíamos desde hacía tres horas, unas pocas cervezas, y una larga conversación centrada en literatura. Yo todavía no salía de mi asombro; valiente como nunca, encarnado en personaje que vence su vergüenza, me había atrevido a hablar con ella sin conocerla de nada.

Ocurrió en la librería “Tres rosas amarillas”. Tal vez fue por la colección de cuentos de Chejov que ella ojeaba, puede que por su peinado rebelde, quizá por mi actitud de enfrentarme a muerte con mi timidez. En cualquier caso, para mi propio asombro la invité a una cerveza bajo una frase medianamente ingeniosa. Que ella dijera «sí», supuso el inicio de una partida que nos cogió a ambos desprevenidos.

Nos habíamos parado frente a una joyería. Nuestras miradas no se perdieron en los collares de oro blanco, ni en los relojes rolex, ni en pendientes o pulseras, sino que ambos contemplábamos embobados el hermosísimo ajedrez de plata y cuarzo que dominaba el centro del escaparate.

Hablar conllevaba su riesgo. De manera tácita habíamos acordado que si rompíamos el silencio, era porque merecía la pena. Durante tres horas huimos de lugares comunes y de informaciones superfluas, y no quería ser yo quien estropeara el hechizo. Encontré el modo de mantenerlo gracias a Borges y su poema sobre el ajedrez. Por suerte mi memoria no me falló y recité alguno de sus versos tras decir: «pobres piezas»:

«No saben que la mano señalada

del jugador gobierna su destino

no saben que un rigor adamantino

sujeta su albedrío y su jornada».

Ella me dijo desconocer el poema. Yo le conté que lo más interesante no estaba en la imagen de unas piezas vivas manejadas por nosotros sin que ellas lo supieran. Y ni siquiera en que la comparación la llevase Borges hasta nosotros y Dios, sino en el salto genial con el que acababa el poema. Me acerqué a ella hasta rozarla y con la mirada clavada en el ajedrez, recité:

«Dios mueve al jugador, y éste la pieza,

¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza

de polvo y tiempo y sueño y agonía?»

El silencio nos envolvió por unos segundos. Luego ella se giró hacia mí y me dijo: «jaque». El movimiento quedó rematado por los copos de nieve que nos cayeron. Ella se apretó contra mi cuerpo. Nos miramos… Sin embargo no supe rematar la partida.

Por pudor, por estupidez, por mis eternas dudas, por lo que fuese, no me atreví a besarla y me alejé del jaque mate. No arriesgué mis labios y me puse a rodear con palabras la partida que iniciáramos horas atrás en la librería. El momento se escurrió de entre nosotros, los copos desaparecieron, el frío nos heló.

Nos alejamos del ajedrez. No es que a partir de entonces fuese un desastre, pero la magia se nos había escapado y no volvería al menos esa noche. El silencio en algún momento resultó incómodo y lo rellenamos con los lugares de los que hasta entonces habíamos logrado escapar. Nos despedimos en una boca de metro tras intercambiar nuestros números de móvil, la promesa de volver a vernos, y unos sonoros besos en las mejillas con sabor agridulce.

De camino a casa reflexioné sobre el concepto de «tablas», pero al abrir la puerta de mi apartamento y toparme con la orquídea blanca medio marchitada, la sensación de derrota se apoderó de mí. Tuve que recurrir a Rilke y su:

«¿Quién habla de victorias?

Sobreponerse es todo»

para no viajar más allá de esa noche y no enfangarme en mis recuerdos. Y no me fue del todo mal, hasta el punto de descubrirme frente al espejo con una sonrisa perfilada, bajo la idea borgiana de que tal vez Dios también llora y sufre derrotas, y de que tanto a Él, como a vosotros, como a mí, siempre nos quedará la posibilidad de volver a jugar mientras la mano que nos rija no nos haga rodar por el tablero.

Borges

EL GOLEM

Si (como afirma el griego en el Cratilo)
el nombre es arquetipo de la cosa
en las letras de ‘rosa’ está la rosa
y todo el Nilo en la palabra ‘Nilo’.

Y, hecho de consonantes y vocales,
habrá un terrible Nombre, que la esencia
cifre de Dios y que la Omnipotencia
guarde en letras y sílabas cabales.

Adán y las estrellas lo supieron
en el Jardín. La herrumbre del pecado
(dicen los cabalistas) lo ha borrado
y las generaciones lo perdieron.

Los artificios y el candor del hombre
no tienen fin. Sabemos que hubo un día
en que el pueblo de Dios buscaba el Nombre
en las vigilias de la judería.

No a la manera de otras que una vaga
sombra insinúan en la vaga historia,
aún está verde y viva la memoria
de Judá León, que era rabino en Praga.

Sediento de saber lo que Dios sabe,
Judá León se dio a permutaciones
de letras y a complejas variaciones
y al fin pronunció el Nombre que es la Clave,

la Puerta, el Eco, el Huésped y el Palacio,
sobre un muñeco que con torpes manos
labró, para enseñarle los arcanos
de las Letras, del Tiempo y del Espacio.

El simulacro alzó los soñolientos
párpados y vio formas y colores
que no entendió, perdidos en rumores
y ensayó temerosos movimientos.

Gradualmente se vio (como nosotros)
aprisionado en esta red sonora
de Antes, Después, Ayer, Mientras, Ahora,
Derecha, Izquierda, Yo, Tú, Aquellos, Otros.

(El cabalista que ofició de numen
a la vasta criatura apodó Golem;
estas verdades las refiere Scholem
en un docto lugar de su volumen.)

El rabí le explicaba el universo
«esto es mi pie; esto el tuyo, esto la soga.»
y logró, al cabo de años, que el perverso
barriera bien o mal la sinagoga.

Tal vez hubo un error en la grafía
o en la articulación del Sacro Nombre;
a pesar de tan alta hechicería,
no aprendió a hablar el aprendiz de hombre.

Sus ojos, menos de hombre que de perro
y harto menos de perro que de cosa,
seguían al rabí por la dudosa
penumbra de las piezas del encierro.

Algo anormal y tosco hubo en el Golem,
ya que a su paso el gato del rabino
se escondía. (Ese gato no está en Scholem
pero, a través del tiempo, lo adivino.)

Elevando a su Dios manos filiales,
las devociones de su Dios copiaba
o, estúpido y sonriente, se ahuecaba
en cóncavas zalemas orientales.

El rabí lo miraba con ternura
y con algún horror. ‘¿Cómo’ (se dijo)
‘pude engendrar este penoso hijo
y la inacción dejé, que es la cordura?’

‘¿Por qué di en agregar a la infinita
serie un símbolo más? ¿Por qué a la vana
madeja que en lo eterno se devana,
di otra causa, otro efecto y otra cuita?’

En la hora de angustia y de luz vaga,
en su Golem los ojos detenía.
¿Quién nos dirá las cosas que sentía
Dios, al mirar a su rabino en Praga?

Chronicle

Año: 2012

Director: Josh Trank

Vuelvo a reseñar una peli de ciencia ficción porque se lo merece, y no solo porque se referencia a Shopenhauer en sus primeros minutos.

Lo que tiene que quedar más claro de todo, es que no es una peli de superhéroes, porque ni lo son, ni la trama (a pesar de que los protagonistas adquieren poderes) se interesa por tal cosa lo más mínimo.

Chronicle es interesante e inteligente. La historia da sus giros con firmeza y en el momento justo, lo importante está en sus personajes y en lo que les pasa, y los efectos especiales acompañan y encuadran la historia sin comérsela ni destrozarla, como a menudo hacen tantas películas cuando no tienen otra cosa que ofrecer.

Además, la peli se caracteriza por su punto de vista narrativo, el de estar rodada desde cámaras caseras que acompañan a los protagonistas, que sin ser novedoso, nos acerca a la piel, en especial, del más introvertido, raro, y típico personaje yanki de instituto.

En cuanto a la temática de poderes telequinéticos y…, solo puedo decir que se trata de una historia que me hubiera gustado narrar en mi época más friki, aquella quinceañera donde lo paranormal me fascinaba, y que aún en la actual me parece cuanto menos entretenida.

Para terminar, esta película que recomiendo para públicos variados que pueden ir de lo más a lo menos exigente, posee una moraleja que no debemos dejar escapar: cuídate de los malos polvos, porque inclinarán la balanza hacia el peor de tus lados.

Sociedades

Los exámenes se me amontonan encima de la mesa pero no los toco, no puedo dejar de pensar en Simón. Miro otra vez su número, y antes de decidir si llamarle o no, me digo que se confirman al tiempo las tres hipótesis con las que me torturo cada día más; quiere volverme loca, quiere seducirme, y quiere reírse de mí. El problema es que tengo casi cuarenta años, él dieciséis recién cumplidos, y puede conseguir todo lo anterior. Además, está su historia.

He decidido acabar con las incógnitas que rodean este asunto, y eso me obliga a terminar lo que quiera que escriba en apenas una hora. Ese es el tiempo que me he dado para llamarle, o para…

Si la historia que transcribiré fuese verdad, todo comenzó en el tren que traía a Simón camino del instituto como otro día cualquiera. Si es mentira, supongo que todo es fruto de su imaginación; una genial excusa para justificar sus retrasos y, conseguir el mejor cuento de los que leí nunca a mis alumnos, y a muchos otros. En cualquier caso, la primera parte de su relato coincide en el tiempo con el trabajo que encargué a mis chicos de 1º de Bachillerato: escribir una historia ficticia como si fuese real.

En concreto, Simón me entregó tarde y escrito a mano con su letra feísima lo que sigue.

 

Cuando subí al tren apestaba a gente y no quedaba un asiento libre. Me senté en el suelo y saqué a Benedetti. Pensé en sus últimos años, encamado, y lloré. Lloro por auténticas mierdas así que por qué no iba a hacerlo por una cosa así. En la siguiente parada subieron dos tacones y una minifalda que desde mi perspectiva me hicieron ruborizarme. Creo que ella me miró desde arriba, desde sus veintimuchos, y me prohibió que me perdiera en sus piernas. Yo la hubiera hecho caso… de no ser por aquella llamada.

−Salve, ubi es? –dijo ella al segundo tono de su móvil.

¿Había escuchado bien? Me concentré en lo que la chica pudiera volver a decir por teléfono. Levanté un tanto la vista del libro. El poeta me lo perdonaría.

−Lam venit? –entendí a la perfección.

Joder, lamenté no prestar más atención a las clases de Carmen. En Literatura la adoraba, con Lengua hacía un esfuerzo, pero en Latín… latín es un bodrio. Un bodrio que acababa de escuchar por primera vez en mi vida fuera de las clases. Una lengua muerta, usada por una morena muy viva y despampanante.

¿Qué coño podía significar lo que acababa de ocurrir? Por asuntos menores seguro que otros mundos se habían colapsado.

La conversación fue corta y no entendí nada más, pero no parece que pasaran del saludo y de quedar en algún sitio. Yo disimulaba cuanto podía e intentaba no mirar a la chica, pero cuando el tren paró y ella se bajó, mandé a la mierda mis clases (donde por cierto ni siquiera había hecho el relato para Carmen), y también bajé.

La parada era un polígono industrial. No pegaba ni con un adolescente como yo, ni con una pija como ella. Pero iba a intentar seguir a esos tacones y a esa melena que caía hasta la mitad de la espalda.

Poco a poco la gente se fue desperdigando hacia sus respectivas fábricas y naves industriales. De repente me vi a mí mismo como un sujeto sospechoso de las peores intenciones. Me distancié en la persecución cuanto pude. Tras diez minutos de camino en los que ella no miró ni una sola vez para atrás, pendiente como iba de su móvil, llegó frente a un edificio sin terminar, levantado en mitad de un solar a cuyos lados, se erigían los cimientos de varios bloques abandonados a su suerte.

Ni siquiera se lo pensó. La chica entró en el edificio por una puerta a medio hacer.

Me quedé pasmado en mi posición de prudente acechador. Reflexioné por un momento: había seguido a una desconocida; la desconocida hablaba en latín; la desconocida se había metido en un edificio sin terminar.

¿Qué carajo iba yo a hacer en la situación más extraña de mi vida?

−Tengo dieciséis putos años –me dije−. Y no pienso desperdiciar una aventura como esta.

Miré a mi espalda, a los lados, hacia el cielo. Me di una bofetada en la cara. Fui hacia el edificio. Por fuera era uno más de los muchos que se veían por todas partes. Se había construido su esqueleto, se había acabado la pasta… y fin de la historia.

Y una mierda fin de la historia. En cuanto entré con toda la cautela de la que fui posible, lo flipé.

Sé que «flipar» no es una palabra digna para una historia, pero tal vez consiga añadir verosimilitud. Después de todo, es una palabra muy de mi edad, esa que cuando se me lee no aparento, y muy de la calle, esa que se aleja de los libros. O al menos de algunos libros, porque joder, nada más entrar pensé en los escritores que juegan a romper los límites de la ficción, y me dije que si ya era el friki del instituto, si abría la boca al respecto de lo que veía, iría directo al «loquero», que era como llamaban los idiotas de mi clase al idiota del orientador. Pero al grano, que no soy muy de paja… Bueno, mejor dejemos el tema, y mejor eliminen todo este párrafo.

Lo flipé porque el edificio era una farsa. O mejor dicho, la fachada era una farsa. O aún mejor, por dentro todo estaba perfectamente terminado, o al menos, lo que yo podía ver; el vestíbulo, el ascensor, la garita del conserje donde por suerte no había nadie. Todo era… pero en ese momento escuché unos pasos.

Pensé en escabullirme dentro de la garita, pero resultó que quien venía era el conserje, y si no me descubrió fue porque iba café en mano abstraído en un periódico. Pude salir sin que me viera.

Eran las nueve de la mañana. No llegaría al instituto ni a primera ni a segunda. Decidí no llegar a ninguna. Busqué un lugar cercano donde poder leer, pensar, tal vez escribir, y con seguridad, espiar las entradas y salidas del misterioso edificio.

−Por si nos sirve de algo− me dijo Simón al tiempo que me tiraba sobre la mesa los dos folios y medio donde había escrito lo anterior.

¿A qué venía esa mirada después de una semana sin aparecer por clase, a qué ese «nos», a qué la sonrisa de suficiencia? No le contesté nada, pero tampoco él esperó a que yo lo hiciera. Se marchó a su pupitre, al fondo de la clase. Le odié como nunca había odiado a ningún alumno. De inmediato me sentí sucia.

Al principio de curso había tenido un incidente con Simón que no me podía quitar de la cabeza. Me encontraba explicando gramática cuando advertí un movimiento extraño del más extraño (eran mis primeros días con él pero ya acarreaba toda una leyenda de cursos anteriores) de mis alumnos. Simón acababa de esconder algo debajo del libro de texto. Pensé que debía tratarse de una revista de coches, o de pornografía, y reconozco que deseé humillarle ante el resto de compañeros. Me acerqué hasta su mesa, le hice levantar el libro de texto, y apareció El profesor del deseo, de Philip Roth.

Creo que me ruboricé, creo que Simón se dio cuenta. Yo no había conocido a Roth hasta que pasé la treintena, ni siquiera en la universidad me lo habían enseñado, y el mocoso este se dedicaba a leerlo con pósits incluidos. La humillación no salió como había previsto.

Poco después supe otras hazañas suyas. Por ejemplo que a finales del curso pasado le habían partido la cara y varios dientes al defender a un alumno que sufría bullyng; o que mi mejor alumna (guapa, inteligente, aplicada), le había pedido salir, y este la rechazó porque, según cuentan, dijo que no iba a estar con alguien que tuviera a Paulho Coello entre sus escritores favoritos; o lo que pasó con el director… Pero volvamos a centrarnos.

Esa tarde leí el relato que con tanta suficiencia me había arrojado, y le odié un poco más. Simón tenía una letra difícil de descifrar, pero ya escribía mejor que yo. Ese niñato de dieciséis años parecía saber donde tenía que apuñalarme. Faltó al día siguiente y entonces me descubrí pensando con angustia, que podía volver a pasar una semana sin que le viera.

Apareció sin embargo al día siguiente. Cuando sonó el timbre con el que terminaba la clase, me enfrenté a él y le llamé a mi mesa.

−No sé si te a servir de algo para aprobar mi asignatura, pero para la próxima semana quiero la continuación de tu relato.

Para mi sorpresa no se mofó de mí. Para mi sorpresa dijo:

−No se trata de ningún relato, estoy recabando información, y es posible que falte algunos días más al instituto. Lo siento.

Y faltó durante dos semanas. A su regreso me entregó lo que sigue, de nuevo escrito a mano.

 

Hacer de espía sienta bien, como una pelea, como hacer puenting, como todo lo que te da un subidón de adrenalina… Pero no quiero engañar a nadie, y los hombres y mujeres que entran y salen a diario del edificio misterioso, no tienen pinta de ser precisamente peligrosos.

Todos me caen bien, de la guapa latinista al más viejete, de los trajeados a los hipsters, de los que aparentan lo que deben ser, a los que no sé muy bien qué aparentan. Todos me caen bien, repito, salvo el conserje. Pero esto es porque me impide averiguar desde su puesto de vigilante, más sobre todo este tinglado.

Los dos párrafos anteriores es todo lo que avancé durante trece días de cara a mi conocimiento directo del edificio. En ese tiempo, demostré que se puede ser adolescente y tener algo de paciencia.

Tras mi período de observación; tras seguir a varios de sus miembros desde el tren hasta las cercanías del edificio, sin repetir nunca para no levantar sospechas; tras establecer horarios de entrada y salida de cada uno de ellos… Aposté por el todo o nada e intenté entrar, a la hora en el que el conserje se fumaba su pitillo de las doce del mediodía.

Fue el martes dos de abril cuando me escabullí y entré, tras marchar pegado a la pared opuesta en la que el conserje celebraba su cigarro. Era la mejor hora, hasta la una no aparecían los del tercer turno, hasta las tres, nadie se había marchado nunca.

Dentro del vestíbulo me sacudí el polvo que la fachada había regalado a mis vaqueros y a mi camiseta. Luego volví a fliparlo.

Por fuera el edificio sin terminar, por dentro, no solo estaba perfectamente rematado, sino que con más tiempo que en la primera ocasión pude apreciar que tenía un aspecto futurista. El ascensor era por entero de cristal, las luces led, los colores vivos, la decoración minimalista… Debía reaccionar y poner en funcionamiento mi plan. Me abofeteé y esto era todo lo que tenía pensado: rezar para que nadie usara las escaleras, intentar ver lo máximo sin que me descubrieran moviéndome de una planta a otra, y pirarme.

En ese momento me asusté al pensar en cosas que no se me habían ocurrido. Y si había cámaras, y si existía un equipo de seguridad, y si no estaba tratando con buena gente. De hecho, por qué narices había sido tan cándido cuando… El conserje regresaba a su garita. Dejé de pensar y me esfumé por la escalera. Mi plan siguió en marcha.

En una suma y en una multiplicación, el orden de los factores no altera el producto, pero supongo que en todos los demás mundos posibles sí lo hace. Escribo la anterior mierda matemática porque imagino que el edificio, de cuatro plantas de altura, se ordena por un criterio, digamos, profundo, salvo que los cerebritos que lo ocupan se hayan dedicado a dejar algo al azar, cosa que dudo.

Pero voy a dejarme de reflexiones y voy a contar lo que encontré en cada una de las cuatro plantas del edificio (que por cierto y desde fuera aparenta al menos ocho), una vez que subí y bajé, y tras atreverme a salir en alguna ocasión, de mis posiciones de retaguardia, y casi hasta de trinchera, que me ofrecían las escaleras.

Primera planta. La base de la paranoia pensé al principio. Allí se encontraba mi latinista. El único cartel que encontré fue una plaquita que colgaba sobre el flamante ascensor de cristal, decía: Literatura, Lengua, Filosofía.

Se trataba de una biblioteca con las estanterías colocadas en forma de triángulos equiláteros, dispuestos unos dentro de otros, hasta que solo quedaba en el centro el espacio para una mesa también triangular. Por suerte había pasillos y huecos por donde espiar lo que hacían unas diez personas en torno a esa mesa que por supuesto, me hacía pensar en una logia, secta, o cualquier palabra que conllevara que como me descubrieran, la había cagado.

Decir lo que vi es fácil, ahora bien, entenderlo es otra cosa.

Si no se dedicaban a hablar en latín, lo hacían en griego clásico (supuse), y tampoco descarto el arameo (ni idea sobre este idioma, pero es la única otra lengua muerta de la que he oído hablar, y allí se habló al menos de tres modos distintos); no me extrañaría que estuvieran a vueltas con la piedra filosofal.

Temo que lo que cuento se vuelva contra mí, y me convierta en personaje de tres al cuarto por inverosímil, y no en el Simón de vida real que tenía que estar en el instituto, en lugar de en aquella escena tan improbable. Pero ante las dudas que a mí mismo me entran, recuerdo la gota de sudor que bajaba por mi frente, temeroso de ser descubierto, mientras pegaba mi cara a uno de los huecos de las estanterías, para ver a mi latinista y a sus compinches.

Segunda planta. Destinada a la Economía. Allí tuve que arrastrarme. Se trataba de un espacio mucho más abierto que la primera, y me exigió más riesgos para que me enterara de algo. Conté nueve hombres y seis mujeres con la media de edad más alta (a saber si fui preciso) de todo el edificio. Me resultaron personas estiradas, tirantes, nerviosas, como si fueran a robarles la cartera mientras explicaban sin parar sus teorías económicas, cada uno machacando con la suya. Hablaban un español muy clarito, lo reconozco, pero les entendí casi tan poco como a los de abajo.

Mis dieciséis años se me hicieron horribles. Entendí cuánto me faltaba para saber en profundidad de cualquier cosa. Se me cayó  el ánimo al culo.

Mi curiosidad es grande, pero sin años, sin dedicación, y sin talento, no hay nada. Quizá fue esta intuición la que me hizo a los economistas antipáticos. Después de todo, ellos tan solo, eso sí que lo entendí, querían salvar a su modo la sociedad.

Tercera planta. Encontré el futuro dentro del futuro. Un cartel situado en el mismo lugar donde se situaban los de las otras plantas señalaba: Ciencia, Tecnología, Diseño.

No iba siquiera a poder arrastrarme una vez que abandonara la cómoda frontera de las escaleras. Se trataba de un espacio diáfano y bañado en una luz blanca un tanto antinatural, donde había veinte personas, mitad mujeres y mitad hombres, y donde el mobiliario era realmente escaso aunque sobraban ordenadores portátiles y otros cachivaches tecnológicos, a los cuales sabía poner nombre en algún caso, pero en otros no.

Las mujeres y los hombres se mezclaban en pequeños grupos de trabajo en torno a pequeñas mesas y sillas de diseño. Tuve la fortuna de poder oír a los que quedaban cerca de mi posición, pero no puedo decir que les entendiera demasiado. Hablaron de unificar no se qué; de construir las cosas no sé cómo; y sin duda discutían sobre quién era el más listo de la clase. Yo al menos siempre he sido de los más pillos, y tomé prestado un cubo rubik de doce caras pentagonales que estaba tirado muy cerca de mí.

Cuarta planta. Nada más llegar me di cuenta de que me encontraba agotado. No por los esfuerzos que había hecho para que no me descubrieran, o por las cosas que me habían dejado con la boca abierta, sino por la frustración de no entender una mierda allá donde pusiera mi oreja, por más atención que prestara.

Pensé con optimismo que en Medio Ambiente, a lo que se dedicaban allí según rezaba el cartel de turno, iba a cambiar mi suerte y podría enterarme de algo. Así fue.

No es que hablaran sencillo. Eran veinticinco personas (más mujeres que hombres) que se daban cita en un espacio repleto de grandes macetas con plantas muy verdes, y enormes acuarios llenos de peces tropicales, que contrastaban con la decoración fría y metálica de casi todo el edificio. Y sin duda tenían distintos puntos de vista muy sesudos. Pero aquí el mensaje me quedaba claro: somos una especie dañina, caminamos hacia el desastre, y la cuestión para ellos radicaba en saber el ritmo de nuestros pasos.

Eran las 14:45. Casi tres horas de riesgo y asombro resumidas de un plumazo nada dignos, pero es de lo que soy capaz. Quedaban quince minutos para que un tercio de todos los presentes en el edificio, desfilaran. Cinco para el cigarro del conserje. Debía marcharme.

Sin embargo cuando me disponía a hacerlo escuché el ascensor en funcionamiento. Supongo que por el cansancio me puse a temblar. Representantes de las otras tres plantas aparecieron al abrirse la puerta de cristal que aunque lo pareciera, no era transparente. El lugar en apenas dos minutos pareció sufrir un calentamiento global. Pegué la oreja bien agazapado, sin ver nada, y fuera del alcance de nadie.

−Pasado mañana –dijo una mujer que quise imaginar fuese la latinista− tenemos reunión general a las 17:00. Será en la primera planta. Debemos tomar la decisión definitiva.

No sé si cometí la mayor de las estupideces, pero tras escapar, al día siguiente regresé a mi puesto de espía de escalera. Todavía me frotaba de vez en cuando la cabeza, como si no me creyera lo que estaba viviendo, o como si me llamara estúpido por arriesgarme inútilmente, consciente de que lo gordo tendría lugar en unas horas. Estupidez o no, tampoco me descubrió nadie y yo no descubrí nada nuevo.

Estaba a punto de asistir a la reunión definitiva de una sociedad secreta en una especie de edificio imposible. Y todo ello, en la periferia de un Madrid muy real.

Ahora bien, ¿soy tan buen espía como me creo?

 

Cuando le vi entrar al terminar la clase, lo primero que pensé fue, «bendito bribón». Era jueves, todos los alumnos se marchaban para casa después de los exámenes de la segunda evaluación, y él venía hacia mí tras dos semanas sin aparecer, con una sonrisa y una caja de zapatos dentro de una bolsa de Mercadona. Fue cuando me entregó su segunda parte de la historia que acabo de transcribir. Fue cuando me dijo:

−Carmen, dentro de la caja también encontrarás una tarjeta con mi número de teléfono. Tendrás que wasapearme o llamar si quieres saber cómo acaba esto, aunque tal vez no te atrevas, o a lo mejor yo no lo cuento.

Fue cuando se marchó tal cómo había llegado, con aire de triunfo pero sin la caja. Fue cuando yo la abrí y me guardé la tarjeta en el bolso. Fue cuando saqué los folios escritos a mano. Fue cuando vi el cubo de rubik de doce caras pentagonales. Fue cuando con cara de completa idiota, me perdí en contemplar media docena de fotos, de un polígono que reconocí y situé a las afueras de Madrid, de la fachada de un edificio en apariencia abandonado que tendría unas ocho alturas; y de unos  interiores borrosos y de aspecto extraño. Fue cuando pensé que todo aquello no demostraba nada. Fue ayer.

Ahora es viernes y toca terminar de cuadrar esta locura.

A las 15:00 tomé la decisión de escribir cuanto he escrito hasta hace un par de párrafos. Terminé sobre las 16:00 y entonces llamé al número. En cuanto lo hice me sentí ridícula, humillada, con el orgullo pisoteado.

No ocurrió absolutamente nada porque nadie contestó. Me sentí todavía peor. A las 17:00 seguía sin haber cambios. Media hora más tarde el teléfono me anunciaba un wasap, apenas si recibo alguno y me dio un vuelco al corazón. Era un archivo de audio. Lo transcribo:

Todos estamos de acuerdo en lo esencial [habla una voz dulce de mujer] el mundo es un asco… y nosotros podemos cambiar el mundo. La pregunta por tanto es, ¿estamos dispuestos a implicarnos, o elegimos como hasta ahora nuestra torre de marfil?

 María [voz de hombre, parece segura, él debe de ser mayor que ella], ya podías haber cambiado de imagen, tantos libros y tantas lenguas como atesoras, y recurres a lugar tan común como la…

Déjate de crítica literaria [una tercera voz, de hombre, tal vez mayor que el anterior], y ciñámonos a la pregunta. Creo además hablar en nombre de todos cuando añado que las dos respuestas son legítimas.

[Hay unos segundos de silencio hasta que la misma voz continúa].

Tanto si decidimos dar un paso al frente, un puñetazo en la mesa, mancharnos las manos, como si nos quedamos refugiados de modo confortable en nuestros conocimientos, sin asumir riesgos que no tenemos por qué asumir, porque ni nos lo han pedido ni probablemente sirva para nada bueno como nos enseña la Historia, estaremos en nuestro derecho y cumpliremos con la más alta exigencia ética.

Permíteme Juan [una cuarta voz, de mujer], que te ponga en duda la afirmación anterior, pues no todos compartimos esa postura negativista sobre la influencia perniciosa de la implicación histórica…

Un momento [de nuevo habla la dulce María, pero ahora tiene una inflexión dura en la voz]. Perdonad que interrumpa pero se nos olvidaba un tema ¿Qué es lo que vamos a hacer con nuestro incauto merodeador que ahora mismo se agazapa en algún lugar de las escaleras, quien sabe si grabándonos o haciendo fotos como la última vez. ¿Le azotamos el culo, le invitamos a que nos dé su opinión, le sacamos los ojos y le arrancamos los tímpanos por lo que ha visto y oído?

[Me asusto del tono de la mujer pues a pesar de la ironía que quiero interpretar, se me impone un toque siniestro en sus palabras. El giro brusco, los murmullos, la tensión, una respiración agitada que ahora domina el audio… me descubro temblando, a punto de llorar. La cosa se enreda un poco más].

Todos tenemos claro [una quinta voz, estoy tan nerviosa que no sé decir si de hombre o de mujer] que el chaval no va a salir de aquí. Al menos de momento. Ayer lo acordamos cuando se marchó. Va a entregarse a nosotros, va a confesarnos lo que ha visto, va a confirmarnos a quién se lo ha contado, y va a hacer que todos los que conozcan este edificio, vengan hasta aquí lo antes posible. Sabemos lo de la profesora, veremos si hay más. Y si no se presentan pronto, sí que vamos a tener un problema ético.

Simón, ¿a qué esperas para salir de tu escondite, a qué para reunirte con nosotros?

El audio se corta.

Estoy histérica, no sé qué pensar. Me quiero convencer de que Simón es un… de que es un maldito…

Encontraré el edificio.

4ª Tanda (selección de tuits publicados)

4ª Tanda (noviembre)

1. Me rompió el corazón tras una corazonada que me llegó al alma.

2. −Cierto, me encariño de todos mis errores −le dije a la psicóloga−. Si no, tú y yo ahora no estaríamos desnudos.

3. Forcé el límite y me rompí de nuevo. Cacho a cacho me rehíce. Sonreí. En esta ocasión había llegado un poco más lejos.

4. Ya que no me soñarás, aspiro a soñarte, soñando que sueñas conmigo.

5. Presentó una denuncia a la Esperanza por dejación de funciones.

6. ¡Por fin mi Fortuna es ceniza! –Gritaba lleno de júbilo− ¡Podré comenzar de nuevo!

7. Se zambulló en sus tentaciones para arrancarlas el poder que sobre él tenían. Lo consiguió, y ahora es una sombra.

8. Se zambulló en sus tentaciones para arrancarlas el poder que sobre él tenían. No encuentra el fondo.

9.−Tienes todo el derecho a no quererme pero ninguno, a que yo no te quiera.

−Pero por qué, hace ya veinte años.

−Y tres días.

10. La noche es el precipicio, que sustituye al precipicio que tú eras.

11. Llegó a odiar tanto, que por las noches mataba luciérnagas.

12. Ella encontró el orden en mi caos.

13. Arrastró la esperanza hasta el vertedero. La arrojó. Al darse la vuelta, la esperanza ya se había deslizado en su bolsillo.

14. Huyendo de la fe, he movido montañas.

15. A cada paso estás más lejos. A cada paso, más adentro.

16. Cuando leo te encuentro, y cuando escribo también. Estás muerto, sí, pero aún te tengo.

17. Aspiro a vivir con los límites rotos entre literatura y vida, y a morir del mismo modo. Así moriré un poco menos.

18. −Si no lo he leído, doctor, no lo he vivido. ¿Es grave? −Para empezar cierre ese libro.

19. No pretendas que sea posible el fuego en el corazón, y la paz en el espíritu.

20. Más quisieran muchas victorias ser como tu derrota.

Culpable

I

Finales de la segunda década del siglo XXI

Difícilmente se podía negar la pasión. La cama chirriaba desde hacía rato con cada embestida de él sobre ella. Los dos sudaban, los dos jadeaban, y sin embargo, algo no encajaba del todo.

Había cierta contradicción entre la luz encendida de la habitación, y que los dos estuvieran con los ojos cerrados, entre el supuesto placer de ambos, y sus caras; de sufrimiento en él, de cálculo en ella. Eso sin mencionar el asunto del cuchillo debajo del colchón.

Ella abrió los ojos y al leer el rostro de dolor que tenía frente a sí, supo que había llegado el momento. Entonces y a punto del orgasmo mutuo, susurró un nombre, susurró otro nombre, susurró el otro nombre. A él se le escapó el llanto que había contenido desde hacía mucho, y lo acompañó de un grito penoso y ridículo mientras su miembro se le contraía bajo el mazazo recibido. No lo soportó más y estiró el brazo hasta el cuchillo, lo alcanzó sin dificultad, y lo elevó de inmediato.

El miedo de ella resultaba extraño, parecía querer aparentar horror, pero un rictus malicioso de su expresión impedía su éxito. Él permaneció con el cuchillo en alto durante unos segundos, ella esperaba. Finalmente Lucrecio, desesperado y desbordada la rabia contenida desde hacía ocho meses, descargó el brazo y clavó el cuchillo hasta la empuñadura. Lo hizo sobre el colchón, no sobre Carmen.

 

II

Catorce meses más tarde

El portavoz del jurado popular fue llamado por el juez para leer la sentencia. Era un hombre robusto, de mediana edad y pelo cano, que se mostró decidido en sus gestos y no falto de pose, consciente como no podía ser de otra manera, de su momento de gloria en aquel juicio para unos histórico, para otros absurdo, y para todos rocambolesco.

−El jurado declara por unanimidad al acusado Lucrecio Cerca, culpable del cargo que se le imputa…

Mientras se leía la sentencia del jurado, la cara del juez perdió por un momento la absoluta seriedad petrificada que había mostrado durante todo el proceso, y dejó paso contra su voluntad, a una expresión donde cabía apreciar hartazgo e incomprensión.

El acusado por su parte, transmitía una extraña serenidad a pesar de la sentencia, y a pesar de los cientos de flases disparados contra él, que inmortalizaban cada segundo de los últimos coletazos del juicio «más banal pero necesario», como lo describía uno de los renombrados periodistas que informaba del proceso, «desde el inicio de esta década, y tal vez del siglo». Qué era lo que realmente cruzaba por la cabeza de Lucrecio en aquellos momentos, es algo sobre lo que se volverá al final de esta historia.

En cuanto a Carmen Luz, ya víctima oficial para la justicia, se encontraba en una de las últimas bancadas, también bajo los flases de los periodistas, y mostraba un gesto de satisfacción que, sin embargo, no anulaba su miraba de odio reconcentrado hacia el acusado y culpable. «Sigo viva y separada de Lucas Morrison, y ambas cosas son por culpa de Lucrecio Cerca. El daño que me ha hecho ese hombre es irreparable, y no hay  condena que me alivie». Estas fueron las únicas declaraciones que durante el juicio había realizado Carmen.

 

III

Veinte meses antes del incidente del cuchillo

Lucrecio estaba sentado un atardecer de primavera en uno de los bancos del Parque Olimpo. La cabeza entre sus manos denotaba un estado de ánimo pésimo, que confirmaban sus pensamientos, resumidos en la idea que apuntaban periódicos, revistas, y programas de televisión especializados o no, según los cuales el éxito más rotundo le había devastado. Por una vez, estaba de acuerdo con ellos.

Al sentir un lengüetazo en la rodilla alzó la cabeza con sobresalto. Acto seguido llegó el reproche de una dueña a su perro, un labrador color canela que miraba a Lucrecio con la lengua ladeada y satisfecho de sí mismo. La dueña hizo una disculpa muy sentida. Él tardó en reaccionar, primero por estar absorto en su mundo derruido, segundo por la sorpresa, y finalmente, porque desde hacía mucho tiempo no le dedicaban una sonrisa tan limpia.

Cuando al fin reaccionó, pidió a la mujer que fuera indulgente con aquel bonito y simpático labrador. La dueña, unos diez años más joven que Lucrecio, no tuvo ningún problema en perdonar a su perro y relajó la correa para que el animal pudiera recibir sin agobios las caricias que Lucrecio le prodigaba. Este por su parte, y a pesar de las innumerables entrevistas, reportajes y ferias de libros de los últimos años, se mostraba intimidado ante la candidez que desprendía la mujer. Ella se terminó por sentar en el banco totalmente relajada, y sin dejar de mirarle, le dijo que parecía estar triste, casi abatido.

«¿Tú crees?» Fue la respuesta en forma de pregunta que se le ocurrió a Lucrecio, a quien se le hizo a la vez patente, lo insulso que sonaba por un lado, y por otro, que de haber dado una respuesta Lucas Morrison, esa bonita mujer ya estaría rendida a sus encantos.

Sin embargo quien había contestado de un modo irremediable era él, y a pesar de su torpeza, ella le seguía sonriendo con candor. Lucrecio, en un juego de silencios alargados que a él le incomodaban pero que a ella parecían divertir, pensó que en ese rostro afable no había un ápice de reconocimiento hacia su persona, y nada le pudo parecer más salvífico.

 

IV

Cuatro años y medio antes del encuentro en el parque

            El joven escritor Lucrecio Cerca rebosaba ideas camino de la editorial. Se encontraba inspirado y tenía verdaderas ganas de reunirse con su editor para comunicarle que estaba en plena ebullición creativa y, que paladeaba de nuevo los orígenes de una novela tan rompedora y original como las otras dos publicadas anteriormente. Hasta tenía el nombre de su protagonista principal, una de las cosas que más esfuerzo le habían costado siempre.

Llegaba tarde porque se había tenido que parar a escribir en su libreta, las ideas, esbozos de personajes, y los requiebros de la trama, que llamaban a las puertas de su imaginación. Y eso sin mencionar su natural despiste por el que se confundió de tren.

El editor le recibió en su despacho, correcto como siempre pero sin el ánimo de otras veces. Además, le recibió con una mueca de seriedad que Lucrecio podría haber notado sin esfuerzo, si hubiera permanecido mínimamente atento, cosa que no hizo.

−Tenemos que hablar –dijo el editor.

−Por supuesto –contestó entusiasmado Lucrecio sin advertir el tono−. Creo que en un año o en un año y medio podré presentar un manuscrito excelente, revolucionario, cargado de…

−Lo que tendrás que hacer en seis meses, Lucrecio Cerca –le interrumpió el editor−, es presentar algo verdaderamente distinto a lo que has escrito hasta ahora.

El rostro de Lucrecio mudó de inmediato y se le borró de golpe la felicidad. Por fin pareció atisbar de qué iba aquella reunión concertada fuera de agenda.

−Amigo –continuó el editor con Lucrecio ya centrado−, tienes un talento prodigioso, una imaginación desbordante, y una prosa que ya quisieran para sí la mayoría de los escritores de hoy, pero has publicado tres novelas con nosotros, y eres nuestro autor menos vendido.

«He apostado por ti durante estos casi cinco años. Y lo he hecho porque creo en lo que haces… y porque tenía un prestigio que ya no me sirve de mucho. La editorial ha sido tajante conmigo, o consigo que presentes una obra comercial en poco tiempo, o me tengo que desprender de ti, para que no se desprendan también de mí».

Lucrecio trató de reponerse del golpe.

−¿Me estás pidiendo acaso un best seller o algo parecido? ¿Estás de broma? Sabes que estoy en las antípodas de manufacturar –dijo esta última palabra no sin desprecio− algo así, sabes que…

−Basta Lucrecio, ha llegado la hora de demostrarte a ti mismo si tu talento es tan grande como tú y como yo pensamos. Hacer dinero no es una tragedia. Usa tu don para crear un producto comercial, y cuando te llenes los bolsillos, podrás volver al camino que tú elijas.

«Amigo, la editorial lo tiene claro, no quiere kafkas ni van goghs, no quiere mártires del arte, quiere ingresos… y quién se lo va a reprochar hoy día.

 

V

Unos cinco años antes de esa reunión

El móvil comenzó a sonar en mitad de la entrevista de trabajo. Lucrecio se sonrojó y se disculpó nervioso mientras sacaba el teléfono del bolsillo para apagarlo. Sin embargo, antes de hacerlo miró por un instante la pantalla, vio que se trataba de un número desconocido, y contra toda lógica y educación, dijo al entrevistador que no estaba interesado en el puesto.

Lucrecio salió del despacho de recursos humanos de modo atropellado, consiguió atender la llamada en el quinto tono. Esta vez sí, su corazonada había resultado cierta.

Unos cuantos meses atrás el joven Lucrecio no podía disimular su entusiasmo, acababa de terminar de escribir su primera novela. Pensaba que el manuscrito era realmente bueno, pero no se engañaba y sabía que lo difícil consistía en hacérselo pensar también de ese modo a las editoriales. No se le pasaba por la cabeza apostar por alguna de las nuevas formas de edición ya bien asentadas, y por si fuera poco, no se conformaría con cualquier editorial, sino que solo enviaría su obra a unas pocas, aquellas con las que había crecido y donde se encontraban los escritores más grandes de siempre.

Tres días más tarde de la llamada que le había sacado de la entrevista de trabajo que narramos, Lucrecio se reunió por primera vez con quien sería su único editor. Este sobrepasaba los cincuenta años, desprendía confianza en su forma de hablar, y pensaba que aquel joven podía tener un futuro brillante. Lucrecio no conseguía disimular sus nervios.

El joven escritor hablaba atropellado y sin demasiado sentido. Justificaba su nombre por la pasión de su madre hacia el Rerum Natura del poeta romano Lucrecio, y lo mezclaba con los cronotopos que usaba en Tierra de todos, que así se llamaba su novela. Pasaba de Tolstoi a Sade sin respirar para hablar acto seguido de los alienantes trabajos que había desempeñado hasta la fecha. O alababa a la editorial por atreverse a publicarle cuando en su catálogo no había un solo autor sin prestigio, mientras pasaba a criticar de inmediato a este y a aquel escritor por repetirse, por faltar a su propia honestidad con autocensuras, y por someterse a lo comercial.

El editor le escuchaba. Le dejaba hablar lo máximo posible. Le gustaban esas muestras de inocencia. Y con respecto a otros discursos similares de otros escritores jóvenes, pensaba que al menos esta vez, quien lo hacía tenía verdadero talento.

          

 

VI

Tierra de todos fue un rotundo fracaso comercial. En cuanto a la crítica especializada, la mayoría la calificó de pretenciosa y de galimatías, aunque unos pocos la elevaron a la categoría de clásico moderno, sin dejar de reconocer, que su ostracismo estaba garantizado tanto por su temática como por el tratamiento que se hacía de ella.

Luego llegaron otras dos novelas que siguieron derroteros similares de venta y análisis. Ininteligibles para casi todos, y abrumadoras y luminosas para un puñado de entusiastas si sumamos a lectores y críticos.

La editorial se cansó de las ventas o más bien de la falta de estas. Dio un toque de atención a su editor estrella, quien se había estrellado en los últimos años por apuestas arriesgadas al estilo de Lucrecio, y así es como se llegó a la entrevista esbozada en el Capítulo IV, donde se le exigió al escritor no tan joven ya, que cambiara el signo de su éxito, o le dirían adiós.

Y vaya si logró cambiar su signo.

De todas las ideas y apuntes que Lucrecio Cerca había recogido en su libreta, de camino a esa reunión fuera de agenda con su editor, solo conservó dos palabras: Lucas Morrison.

Después de un mes mortificado por la decisión a tomar, de si acometía la propuesta de su editorial y renunciaba a sus principios, o de si los mantenía y comenzaba un camino de plena incertidumbre fuera del único apoyo que había encontrado durante años, se decantó finalmente por la primera opción.

Al mes llamó a su editor y le pidió consejo. Juntos comenzaron a trabajar en un proyecto de novela donde tal vez faltaba la fe, pero donde sobraba talento y buen hacer.

Durante las primeras entrevistas que Lucrecio concedió tras su éxito arrollador con, Lucas Morrison, agente inverso, lo dejó claro y lo decía sin pudor.

−He cocinado el libro siguiendo la receta conocida; un cuarto de aventura y acción, otro de intriga, la pasión necesaria entre los personajes, una pizca de oscuridad, los giros argumentales precisos…

El gasto enorme que la editorial realizó en márquetin y publicidad cuando tuvo la certeza de que tenían un best seller entre sus manos, cargado además de talento porque eso no se lo iban a negar, fue un punto que Lucrecio omitía en esas mismas entrevistas. Pero, ¿era justo acaso reprochárselo? Hubo quien sí lo hizo. Y es que aquellos pocos que le habían leído y alabado en el pasado, no entendieron su evolución calificándola en todos los niveles salvo en el comercial, de traición.

En los años siguientes −junto al dinero, los premios, los reportajes, las adulaciones, y los problemas personales más o menos públicos del escritor ya consagrado, que convirtió a Lucas Morrison en saga, en franquicia, en tendencia sociológica, y hasta en mito para muchos−, Lucrecio Cerca dejó hueco para esas aisladas críticas de sus viejos lectores, y estas añadieron un punto de profunda amargura en el crisol de sus triunfos. Tal vez eso ayude a explicar, él mismo nunca lo tuvo claro del todo, que siempre se negara a cruzar obstinadamente la “última frontera”, como él mismo describía en su círculo más íntimo la negativa de que Lucas Morrison saltara a la pantalla.

En esos años había puesto su talento al servicio del bien común, es decir, de su bolsillo y del bolsillo de su editorial. Pero por motivos incluso confusos para él mismo como queda dicho, y pese a que el bolsillo se le hubiera roto del peso si hubiera dicho “sí”, se negó siempre a aceptar que su personaje diera el salto fuera de sus páginas.

Nadie lo entendía, ni los encargados de hacerle llegar las suculentas ofertas, ni sus millones de fans, ni siquiera sus pocos detractores. Tampoco su viejo editor, quien le llegó a decir: «Ya estoy mayor para orgullos sin sentido… y no solo me refiero al tuyo; di que sí a una de las ofertas que nos hacen, y permíteme un retiro cinco estrellas. Aprendamos a lidiar con el cargo de conciencia». Pero en esta ocasión su editor no logró convencer a un Lucrecio cada vez más taciturno.

Su negativa sin embargo terminó por dar igual en términos de resultado, ya que pocos meses más tarde del último intento de su editor por convencerle, la editorial llevó a juicio el caso, y lo ganó tras basarse en argumentos como que el interés general quedaba por encima de la propiedad intelectual. Y así es como Lucas Morrison cruzó la “última frontera”, y llegó al cine, y a los videojuegos, a varias series de televisión, y a todos los que se le habían resistido porque leerle era una barrera que acababa de saltar por el aire.

 

VII

Ya se ha dicho, Lucrecio Cerca estaba cada vez más taciturno a pesar de haberse consagrado. Y la mala jugada que le hizo la editorial terminó por convertirse en la puntilla definitiva. Dejaron de divertirle las fiestas fueran del cariz que fueran; dejaron de interesarle los halagos y los premios; dejó de ser feliz cuando leía, lo que le dolió sobremanera; y ya no se sentía realizado al escribir, lo que le hundió del todo. Finalmente se sintió esclavo, primero del dinero, y después de su propio personaje.

Lucas Morrison ocupaba enormes carteles en las grandes y pequeñas ciudades de todo occidente y de buena parte de oriente. La imagen de Lucas forraba carpetas y cuadernos, y ocupaba los fondos de pantalla de ordenadores, móviles y tablets de millones de adolescentes, mujeres y hombres. Lucas se había convertido en un fenómeno de moda y de masas que parecía haber llegado para quedarse. Y es que Lucas Morrison en definitiva, se convirtió en el personaje de ficción más real que cupiese imaginar, sentir, y hasta tocar.

Lucrecio Cerca lo tuvo claro una madrugada lluviosa y solitaria que paseaba por el parque Olimpo, tiempo antes del atardecer primaveral con el que habríamos el Capítulo III. Al llegarle el fogonazo de la inspiración, cambió de inmediato su estado de ánimo, y pasó de lo depresivo a lo eufórico. Tardó apenas tres meses en escribir su cuarta y última novela de Lucas Morrison, donde este moriría con saña, a mitad de la obra, y sin heroicidad alguna.

La editorial puso el grito en el cielo cuando se enteró de la noticia. Su editor, que no terminaba de entender el fin perseguido aunque creía intuirlo, le citó en su despacho nada más terminar el manuscrito.

−No se te puede acusar de que a la novela le falte coherencia interna, garra narrativa e ingenio –comenzó a decir el editor a Lucrecio mirándole con más curiosidad que decepción o reproche−. El problema es, y lo sabes, que la obra va contra la lógica. Contra la lógica del mundo que decidimos abrazar en su momento. Y amigo, hay que ser consecuentes con las decisiones que adoptamos. En el libro vienes a retractarte de ese paso y se lo haces pagar a tu criatura, sin traicionar la verosimilitud gracias a tu talento. Lo que haces –terminó de decirle mirándole con fijeza−, para mí tiene sentido, pero no lo comparto. Y para el resto, no hay sentido que valga… y te van a destrozar.

Puesto que a la editorial no le interesaba destrozar a Lucrecio Cerca, porque si lo hacía con seguridad él destrozaría a Lucas Morrison, trataron de convencerle para que no siguiera adelante con su idea. Lo intentó quien quiso ser su nuevo editor después de que el editor estrella de la editorial, decidiera prejubilarse por no verse implicado en lo que se avecinaba, y lo intentaron los directivos con una increíble subida del porcentaje de ventas. Pero cuando ambas vías fracasaron, le prohibieron la publicación de la novela. O más bien lo intentaron.

Lucrecio no se dejó intimidar. Se despidió de su editorial, rechazó las ofertas de otras que vislumbraron el gran negocio a pesar de la muerte del héroe, y se autopublicó el libro.

La calle lloró y rugió con la noticia. Hubo actos de vandalismo contra muchas librerías que lucían en sus vitrinas la obra, amenazas de muerte contra un desbordado Lucrecio que tuvo que cambiar de domicilio, funerales multitudinarios por Lucas Morrison, y hasta se contabilizaron una docena de suicidios directamente relacionados con la novela. La muerte de los fans rubricó lo que resultaba evidente, que se habían traspasado los límites de la cordura, y borrado la línea entre ficción y realidad.

El libro por su parte no dejó de ser un total éxito de ventas, produciéndose un fenómeno típico con obras de otras épocas como El Quijote o La Biblia, pero novedoso con los best seller actuales. Esto es, se compraba pero en buena medida no se leía. El motivo no era la incapacidad de los lectores o que la obra resultase aburrida, sino que el morbo era derrotado, y se sustituyó por la siguiente idea viral: si no se llegaba hasta la página de la muerte de Lucas Morrison, este no moría realmente.

A Lucrecio lo que le tocó en poco tiempo fue envejecer a grandes pasos. Engordó más de diez kilos, se le arrugó la cara, y le crecieron unas enormes bolsas bajo los ojos. Cada vez que se miraba al espejo, se horrorizaba del cambio y se preguntaba cuáles de sus muchos problemas eran los causantes más directos de aquella transformación.

No sin cierta sorna contra sí mismo, concluyó que en el segundo puesto de su declive, se encontraban los sesudos análisis que siempre le crucificaban, mientras que en el primero, se hallaba el hecho de tener que cargar con el peso de la conciencia de las decisiones de otras personas, que por cientos se declaraban deprimidos por su culpa, y que en los casos más extremos, hasta se quitaron la vida como ya se dijo.

Por si fuera poco tuvo que ver cómo los tribunales se cebaban por segunda vez con él. La que había sido su editorial le denunció por  incumplimiento de contrato entre otros motivos, y Lucrecio Cerca perdió de nuevo. Con la sentencia tuvo que decir adiós a los millonarios ingresos de su última novela, confiscados por haber sido publicada fuera del marco legal al que se había comprometido, y perdió todos los derechos de autor de la saga de Lucas Morrison, por un retorcimiento jurídico que solo unos pocos llegaron a entender.

 

VIII

Toca regresar a ese momento en el que Lucrecio se encuentra en un atardecer primaveral, en uno de los bancos del Parque Olimpo, sorprendido de tener frente a sí la cara sonriente y llena de inocencia de una mujer que, parece guardar la promesa de un renacer justo cuando él más lo necesita, pues no se hundía en el pozo más negro y profundo, sino que estaba a punto de conformarse con permanecer en él.

El alegre perro labrador color canela les mira alternativamente y para Lucrecio, es la confirmación de los buenos augurios.

Pronto los tres se van a vivir juntos, y el escritor no tarda en recuperar la vitalidad que creía perdida para siempre. Carmen y el perro logran el milagro sin demasiado esfuerzo. El labrador se encariña del escritor desde el principio. La mujer, en los meses venideros, confirma su dulzura, su bondad, y hasta su atractiva inocencia en hechos como que asegura desconocer casi todo del personaje de Lucas Morrison, pues aunque como no podía ser de otra manera ha escuchado casi todo sobre él, nunca siguió sus historias al percibir, que tras su encanto había un prepotente insufrible, donde el resto del mundo veía a un prepotente, sí, pero al más sufrible y deleitable de cuantos habían existido.

Es más, Lucrecio lleno de vergüenza, incluso se atreve movido por la confianza que le otorga la relación, a enseñar a Carmen Luz las novelas de su primera época, y para deleite suyo, ella le dice tras leerlas ávida, que son maravillosas, dando muestras con sus juicios, de que entiende casi todo lo que él pretendía decir en su día.

Así es como Lucrecio Cerca recuperó la confianza en sí mismo y decidió volver a retomar la escritura, tras haber recorrido un camino tortuoso: el de la nada más absoluta después de haber saboreado las mieles de la gloria.

 

IX

El lector ya sabe desde el principio que esta bonita relación entre Carmen y Lucrecio acaba decididamente mal, pero, ¿cómo se llegó al punto de los dos primeros capítulos?

Con el suceder de los meses el mundo parecía olvidarse poco a poco de Lucrecio y su crimen. Mientras, la pareja discurría en una relación dichosa y placentera. Sin embargo, al cumplirse un año del feliz encuentro, todo comenzó a cambiar y los cimientos de la pasión, la confianza y el respeto, empezaron a resquebrajarse.

Y lo hicieron de un modo extraño, alejados de la ruta habitual, pues en todo ese proceso hubo algo perverso: el cálculo.

La pareja llevaba un año de su particular cuento de hadas cuando un encuentro en apariencia casual, pero como se desveló más tarde, programado hasta el mínimo detalle, comenzó a agusanar la manzana del paraíso.

Ocurrió que al atardecer de un sábado otoñal de paseo con el perro, se toparon de frente con una antigua conocida de Carmen, y ante la visible incomodidad de esta, iniciaron una conversación.

Apenas si entre las mujeres hubo un intercambio que fuera más allá de lugares comunes, y Lucrecio tuvo la agradabilísima impresión de que no fue reconocido, por más que de vez en cuando aún fuera recordado en los medios como el causante de tanta infelicidad, o que unos pocos días atrás, se hubiera celebrado otro multitudinario funeral en recuerdo de Lucas Morrison. Sin embargo, cuando el encuentro cargado de banalidades llegó a su fin, la conocida lanzó un comentario que llamó la atención de Lucrecio, al apuntar esta que no entendía cómo era posible que ellos tuvieran un perro, cuando Carmen siempre los había odiado. La respuesta de esta fue seca y la despedida abrupta.

Tras el encuentro, a Lucrecio le pudo la curiosidad y entre carantoñas al labrador, preguntó a Carmen cómo se había producido esa transformación en ella, por la que el odio hacia los perros, se había convertido a todas luces en pasión. La respuesta esta vez fue larga y sonó natural, aunque a él algo no le terminó de convencer, si bien no indagó más sobre el asunto.

A partir de ese momento comenzaron a aparecer cada vez más, grietas en la candidez de Carmen. Casi siempre en forma de respuestas hoscas y fuera de tono, que Lucrecio no comprendía, pero que perdonaba y olvidaba aunque cada vez con mayor esfuerzo.

Luego, a los dos meses de la conversación sobre los perros, llegó una llamada que Lucrecio no debería haber escuchado, pero que lo hizo tras una puerta. Carmen, quien nunca le había presentado a su familia y de quienes apenas hablaba, conversó con un hermano en un tono de enfado y dureza contrario a todas luces a la personalidad que él conocía de ella. Por supuesto, no hablaron sobre el asunto a pesar de que Carmen estuvo a punto de descubrirle tras la puerta. O eso pensó ingenuamente Lucrecio.

La primera puñalada grave que sufrió el escritor llegó un mes más tarde, cuando perdía poco a poco la inspiración recuperada así como sus disciplinas de trabajo. Una vez más el suceso fue como por casualidad, pero sin faltar a su cita periódica de la extrañeza. Sucedió que Lucrecio se encontró en el ordenador de Carmen la página de un blog que ella no había cerrado al irse a trabajar, y que resultaba ser una crítica de las primeras novelas de él. Era una de las pocas buenas críticas que se podían encontrar en toda la red, y descorazonadoramente similar a lo que Carmen le dijera en su día sobre sus primeras obras. Para rematar el golpe, el pobre infeliz del blog que parecía extinto desde hacía años, y que había cosechado a la luz del contador unas paupérrimas visitas, tenía un mensaje de una tal C. L., que le llamaba muerto de hambre a él, y a Lucrecio Cerca. Este, no pudo sino curiosear la fecha del mensaje, y correspondía a tres semanas antes de que él hubiera conocido a Carmen.

Lucrecio no tuvo valor para decir nada, pero no supo actuar con naturalidad, y ya no pudo ni perdonar ni olvidar como antes, por lo que cuando Carmen le sorprendía con una de sus acres respuestas, él no se callaba y la pelea resultaba monumental. Sin embargo, a él le costaba romper un presente mediocre cargado de un pasado edénico, y la reconciliación siempre llegaba al final.

A los seis meses y tres días de aquella conversación sobre los perros, y cuando por cierto, el labrador canela ya era asunto completo de Lucrecio y una clara molestia para Carmen, llegó la segunda puñalada, que vino a impactar directa en la línea de flotación de la estabilidad emocional y recuperación de Lucrecio. Este descubrió un diario de Carmen, y tras varios días luchando con su conciencia, finalmente perdió y comenzó a leerlo.

La Carmen Luz del diario confirmó todas las sospechas de Lucrecio, y mucho más. No solo había una personalidad de ella radicalmente distinta a la que él había conocido al principio, y no solo la segunda Carmen resultaba ser la verdadera de acuerdo con el diario, sino que desde el primer momento, Carmen había planeado una urdimbre oscura, a resumir en que primero quiso tener las ruinas de Lucas, y al no conseguirlas, quiso venganza.

Carmen, reflejaba en su diario, había sido una apasionada de Lucas Morrison, y como tantos otros millones de apasionados, se indignó con su final. No obstante y a diferencia de los demás, ella no había querido conformarse con la pataleta, la depresión, o el suicidio, y tramó conocer a Lucrecio. Su razonamiento recogido con letra frenética era el siguiente: si el escritor había sido capaz de crear a un personaje como Lucas, era porque tenía buena parte de los rasgos de esa creación, y si ella no podía tener a la obra creada, se conformaría con tener a su creador.

Hasta ahí llegaba la primera parte del diario. Luego, comenzaba una segunda tal vez menos delirante,  pero más oscura. Consistía en la constatación del error de cálculo de Carmen, por el que se mostraba cada vez más irritada al descubrir que entre criatura y creador no encontraba nada de lo que ella buscaba. Escribía a partir de entonces estar volviéndose loca a causa de su error, y terminaba apuntando en sus últimas entradas, pocos antes del desenlace, que iba a dormir con un cuchillo escondido debajo del colchón, con el fin de acabar cualquier día con Lucrecio, con el fin de acabar cualquier día con el impostor.

El tiempo que sucedió al descubrimiento del diario que no pudo dejar de leer durante los dos meses siguientes, fue un silencioso viaje al infierno para Lucrecio Cerca, que no se atrevió a decirle a Carmen que sabía su verdadera historia, que no tuvo el valor de dejarla, y que no supo huir.

Así es como se llegó a la noche fatal y a la escena del cuchillo y el sexo con la que se inició esta historia, cargados ambos de una morbosidad malsana y un exceso de alcohol por parte de Lucrecio, quien desde hacía tiempo bebía sin control. Él sabía que el cuchillo esperaba paciente desde hacía varias noches, y Carmen, como se desveló en el juicio junto a mucho más, sabía que él lo sabía. Ella decidió entonces que había llegado el momento, y susurró al asesino, el nombre de su víctima: Lucas Morrison.

Sin embargo y como se sabe, Lucrecio Cerca no la mató, sino que clavó el cuchillo sobre el colchón, provocando la ira por fin desatada de una Carmen Luz que propinó a Lucrecio golpes y arañazos, que este contestó con una pasividad insultante.

Al día siguiente se produjo la denuncia de ella, y el caso saltó a todos los medios.

 

 

 

X

El juicio desveló lo que faltaba por desvelar; el intento de venganza radical y extraño de Carmen, y que los tiempos en que vivimos son raros. O tal vez siempre haya ocurrido así, y en ocasiones, la línea entre ficción y realidad se borra mezclándose todo.

Resultó que solo una parte de lo que Carmen Luz escribía en su diario era cierto, pues su pasión por Lucas Morrison iba mucho más allá de lo razonable, y más allá incluso, de su idea de encontrar en Lucrecio (el creador), a Lucas (el ser creado). Así, al juntarse con aquel, no perseguía verdaderamente a este (y como no encontró nada de uno en otro, asesinarle), sino que su última intención era desquiciar a Lucrecio hasta que este la matara, logrando así ser asesinada por la misma mano que Lucas Morrison, lo cual en su trastornada cabeza (lo de trastornada lo corroboraron por unanimidad los informes psiquiátricos durante el juicio), la uniría en algún plano y de un modo eterno, con su anhelado Lucas Morrison.

Ya se sabe que el plan de Carmen fracasó porque el cuchillo no acabó en su pecho. Y ya se sabe que ella entonces denunció a quien no la había matado.

Las denuncias fueron dos, aunque solo prosperó una de ellas. La primera era tan disparatada que ni siquiera en esta década rocambolesca consiguió que se la aceptaran, y se resumía en que Carmen acusaba a Lucrecio por “no asesinato”. La segunda, que sí prosperó y que como también se sabe ganó ella, fue por ser “el causante directo de sus trastornos psíquicos y de conducta”.

Carmen Luz demostró sin lugar a duda sus trastornos. Relató pormenorizadamente cómo había diseñado su plan, que comenzaba con la compra «de un chucho de los más cariñosas que ofrecía el mercado» (así habló del animal que por cierto desapareció misteriosamente después de que ella negara a Lucrecio quedarse con el perro), que seguía por ofrecer un paciente año de paraíso, para luego tener el encuentro con la antigua conocida (en realidad una amiga de Carmen, también sedienta de venganza y de Lucas Morrison) y comenzara a cambiar todo, con la escalada de las malas contestaciones, con la llamada furibunda a su hermano, con la crítica vista en el blog, o finalmente, con la aparición del diario que también estaba manipulado para hacer pensar a Lucrecio lo que ella quería.

Carmen también relató y demostró con numerosos testigos, que hasta la aparición de la saga de  Lucas (de las primeras novelas de Lucrecio dijo que las había intentado leer mucho más tarde, y que le causaron asco), y sobre todo, hasta que el escritor no decidió asesinar a su protagonista, ella había llevado una vida ejemplar. Y a la luz de la sentencia también al jurado le quedó patente que la desaparición de Lucas Morrison la había vuelto loca, y que el máximo responsable, era precisamente Lucrecio Cerca.

Poco más cabe decir de todo este caso, salvo que Lucrecio, avezado en los juegos literarios, ha escuchado la sentencia y su condena con total calma. Por su cabeza, que nuevamente está empezando a salir del pozo donde recayó tras desvelarse la verdadera Carmen, cruzan tres ideas relacionadas. La primera apunta a que se ha convertido en personaje de su primera época: un eterno perdedor. La segunda, que Lucas Morrison ha cobrado definitivamente más realidad que él mismo. Y por último, que esa realidad no solo supera a la ficción, sino que la devora.

A Lucrecio Cerca no le cabe otra posibilidad que esbozar una sonrisa, mientras piensa que ha llegado el momento de volver al camino de la escritura.

El conformista

Año: 1970

Director:Bernardo Bertolucci

Llevaba una racha de críticas más o menos al uso, que esta peli viene a quebrar. De hecho, no pensaba reseñarla pero le debo reconocer que ha trabajado en mi cabeza con paso lento pero encomiable, y que al final, me ha exigido que la escriba.

Se trata de una película dolorosamente profunda, enmarcada en la Italia fascista, y que ahonda en la psicología de Marcello Clerici hasta mostrarnos los recovecos más lúgubres. Y son los recovecos más lúgubres porque podrían ser también los nuestros, y serlos precisamente hoy en día. El título es la clave para entender lo anterior, y no diré nada más sobre el argumento.

Sí diré en cambio que Bertolucci ejemplifica a la perfección dos de mis miedos y preocupaciones. El primero tiene que ver con la capacidad que tenemos para desperdiciar nuestro talento, para echarnos a perder por no querer afrontar las consecuencias y el esfuerzo que se exige. El segundo, es el resultado que deviene tras la rendición: una sociedad conformista basada en sujetos conformistas que se adaptan al poder y a los arribistas, que son unos canallas, pero unos canallas que se atreven, y que no se conforman.

¿Se puede acaso hacer una película más actual? Y aún me hago otra pregunta, ¿cuántos pasos separan al conformista del canalla?

3ª Tanda (selección de tuits publicados)

3ª TANDA (noviembre)

1. Desairó a los dioses y lo pagó: le hicieron ateo.

2. El fantasma, disfrazado de enfermera medio en pelotas, pasó desapercibido en la fiesta.

3. −Pegarte cuando éramos niños –dijo el acusado en el pasillo− no estuvo bien. −No, no lo estuvo –dijo el juez.

4. Se quedó a vivir en el tren, a la espera de llegar a destino.

5. El actor de turno se sienta a mi lado. Todas le miran. Me lío a hostias con él. Todos nos miran.

6. Le rezó a la Nada, y la Nada le escuchó tanto como Dios.

7. Con el hechizo roto entre sus dedos, sonrió. Sabía que la magia va y viene.

8. Me leyó el corazón en varios idiomas, y en todos decía lo mismo: tú.

9. Echo de menos tu saliva (1ª versión).

10. Echo de menos tu saliva, otras me escupen, pero no es lo mismo (2ª versión).

11. Echo de menos tu saliva, y que me lamas el corazón con ella (3ª versión).

12. Soy idiota. Le quité las espinas a la rosa, y como bien se sabe, dejó de ser rosa.

13. −Quiero perderme en el laberinto de tu boca −dije ya completamente perdido.

14.

−¿Cómo quieres que te quite la angustia, a base de sexo o de caricias?

−Con ambos, aspiro a todo.

15. Al rajarse las venas le brotó la tinta, se le encharcaron los pulmones de palabras, y murió entre versos.

16. Luchar nos hace más fuertes, escribir nos da poder, leer nos da vida.

17. Deja de atravesarme con tu mirada, y atraviésame con tus besos.

18. Deja de atravesarme con tus besos, y atraviésame con lo que debes.

19.

He visto cataratas,

con menos lágrimas

de las que mereces.

20.

Yo no quiero que la Muerte se muera,

yo quiero,

que se muera la Tristeza.

 

Delitos y faltas

Año: 1989.

Director: Woody Allen.

Seré breve. De Woody Allen qué voy a decir yo que no se haya dicho ya.

Estamos ante una de las películas temáticamente más completas que se hayan filmado jamás. Trata del amor, la ética, los celos, la rutina, el crimen, dios, la pasión, el éxito, el perdón, el nihilismo, la culpa, el fracaso…

Y sus mayores conclusiones dan miedo, puesto que en la relectura del Crimen y Castigo que hace, hay crímenes sin castigo, la riqueza garantiza el éxito, y el fracaso no se reparte con justicia. Es decir, que retrata la vida misma. Y sin embargo, en la tragicomedia que refleja, hay algo que aprehender (tal vez la libertad de elección) y que nos llama a seguir adelante. Una llamada incluso para los perdedores. Un seguir sin rendirse con cierta sonrisa. Sonrisa de estúpido, sí, pero sonrisa al fin y al cabo.

Una sonrisa que en muchos días nos hace, no salir por la ventana… Aunque nadie está libre de terminar haciéndolo si la vida se tuerce demasiado.