Blasfemia B(l)oom

 

A Harold B., y a los gatos.

 

Como cada mañana Ivan K. llegaba puntual al Instituto con su libro fetiche bajo el brazo, dispuesto a impartir Historia de la Literatura a sus alumnos de secundaria. A las ocho en punto todos los estudiantes de su primera clase ya se encontraban sentados, habían apagado los móviles, las tablets, y habían desconectado las gafas inteligentes de última generación. Aguardaban impacientes el inicio de la clase con su emérito profesor, quien además era su profesor favorito.

Ivan K. dejó El canon occidental en el lugar de la mesa donde siempre lo hacía, junto al pequeño ordenador, e incitó a los alumnos para que pronunciaran la cita habitual.

−Los que van a leer –dijeron todos en coro−, te respetan.

Tras el saludo, el profesor preguntó a quién le correspondía su derecho al fragmento con el que comenzar la clase, y un alumno, bajo, rechoncho, con el pelo castaño, se puso de pie con alegría y dijo que le tocaba a él.

−Y bien Sancho, ¿con qué nos vas sorprender esta vez?

−Elegí un fragmento de En el camino, de Kerouac –Sancho leyó:

«−Y naturalmente ahora nadie puede decirnos que Dios no existe. Hemos pasado por todo. Sal, ¿te acuerdas de cuando vine a Nueva York por primera vez y quería que Chad King me enseñara cosas de Nietzsche? ¿Te acuerdas de cuánto tiempo hace? Todo es maravilloso, Dios existe, conocemos el tiempo. Todo ha sido mal formulado de los griegos para acá. No se consigue nada con la geometría y los sistemas de pensamiento geométricos. ¡Todo se reduce a esto!. –Hizo un corte de mangas; el coche seguía marchando en línea recta−. Y no sólo eso sino que ambos comprendemos que yo no tengo tiempo para explicar por qué sé y tú sabes que Dios existe».

Iván K. se revolvió un segundo, apoyado sobre la mesa.

−Me gusta tu elección Sancho –el profesor se quitó sus viejas gafas de gruesas lentes, se frotó sus ojos pequeños, se masajeó las ojeras− pero, ¿querrías decirnos por qué esas líneas?

−Por supuesto maestro. Lo hice porque destilan mucha ironía para los tiempos que vivimos, y ya sabe cómo apreciamos en esta clase la ironía.

El profesor se quedó callado y por un momento su rostro dibujó un gesto de desconcierto, incluso miró con desconfianza hacia Sancho. Todo fue muy rápido y descartó la mala fe en uno de sus mejores alumnos, aunque fuese porque no podía saber lo que no debía saber. Iván borró su fugaz gesto de embarazo.

−Bien, continuemos. Supongo que todos realizaríais la tarea que os encomendé para casa, dejad el trabajo sobre el flujo de conciencia en El Ulises, encima del pupitre, que en breve lo recogeré.

−Maestro… −Una alumna con dos coletas, pecosa, bonita, se levantó de su silla.

−¿Sí? Beatriz.

−Lo siento mucho pero yo no pude acabar, no tuve tiempo…

−¿De nuevo La Divina Comedia tuvo la culpa?

−Sí, maestro, ya sabe, Dante… −Beatriz hablaba al cuello de su camisa, su cara colorada, las manos a la espalda, balanceaba su pie izquierdo con picardía. Al profesor le resultaba encantadora.

−Está bien Beatriz, tienes hasta mañana, pero haz el favor de replantearte tu identificación, el cielo dantiano donde acabarás no es muy divertido, y renegarías pronto de él. Siéntate anda.

Beatriz le hizo caso. El profesor se sentó también, encendió su ordenador personal, le dijo una frase, y el aparato la proyectó holográficamente en la pizarra: Veintitrés de abril del dos mil veinticuatro.

−Antes de continuar donde lo dejamos ayer, quisiera que alguno de vosotros nos recordarais a los demás qué aniversario se cumple hoy.

Todos los alumnos levantaron la mano. Iván K. obvió el pupitre vacío que se encontraba al fondo de la clase. Finalmente preguntó a un niño de manos grandes, estrábico, feo. Se llamaba Juan Pablo S. y contestó con aplomo y orgullo.

−Hoy, veintitrés de abril del año dos mil veinticuatro, conmemoramos el día de la Literatura, pero en especial, los episodios que cada década desde hace cuatro, se han venido sucediendo. Así, se cumplen cuarenta años desde que la ONU alertada por la novela 1984 de Orwell, decidió reunirse y comenzar a cambiar la Historia, por una vez para bien.

«Un día como hoy de hace cuatro décadas, los países se dieron cuenta que el mundo distópico que presagiara el escritor británico allá en 1949, fecha real de la publicación de la novela, se hacía realidad a cada paso, y las Naciones Unidas decidieron llevar a cabo una Asamblea de Urgencia donde se tomaron una serie de resoluciones con verdadera voluntad política, que dieron comienzo a la Edad Literaria. Aunque claro, por entonces no se sabía que acabaríamos en ella.

«Las consecuencias más inmediatas fueron el acuerdo por el desarme nuclear de las dos grandes potencias, así como la disolución de la llamada Guerra Fría. Diez años más tarde, en 1994, vería la luz El canon occidental, la obra guía que adoptaría la ONU para desarrollar un nuevo y avanzado sistema educativo basado en la centralidad de la literatura, y que fue implantado en todos los países por unanimidad a partir del año 2004, tras limarse ciertas problemáticas religiosas y culturales que se habían venido arrastrando hasta ese momento.

«Finalmente, también el veintitrés de abril, pero del año dos mil catorce, las Naciones Unidas, en una Resolución imposible siquiera de soñar unas décadas atrás, decidió que la literatura quedara por encima de los intereses políticos, de la ciencia, y de la economía, como el mejor de los modos para garantizar la justicia, y la libertad de los pueblos.

«Así que hoy, maestro, como todas y todos sabemos y agradecemos, cumplimos diez años desde esa Resolución de la ONU. Y cuarenta desde que se comenzara la última de las revoluciones que nos ha legado este mundo de literatura, paz, y prosperidad.

«Para acabar quisiera recordar lo que usted escribiera en uno de sus discursos más recordados, cuando nos legó que: “en el Hágase la luz bíblico, luz y palabra van de la mano, y hasta que no fuimos conscientes de modo explícito de que su unión por medio de la literatura era el mejor de los modos para sacar lo mejor de una y de otra, pero también para hallar lo mejor de las sombras y del silencio, no empezamos a cambiar esencialmente nuestras vidas”. Y hoy, por suerte, ya somos todos plenamente conscientes de lo que la literatura es capaz de hacer por nosotros.

El alumno se sentó con un gesto teatral, la clase rompió a aplaudir, e Iván K. se quedó desconcertado y con la mirada clavada en el pupitre del fondo. Esta vez no pudo escapar de esa pequeña mesa y de esa silla vacía, donde vislumbró la imagen del alumno Miguel C., llamándole «falso», «traidor», «hacedor de pedantes». El profesor logró romper el desagradable hechizo justo cuando acabaron los aplausos:

−Vaya, muchas gracias Juan Pablo, si hubiera sabido que ibas a incluirme en el panegírico de nuestro aniversario… Por esta vez te salvas de que te acuse de pelota, pero que no se repita.

Los alumnos rieron. Todo parecía sincero pero a Iván le sonó forzado y cercano a la arcada. Se volvió a quitar las gafas y se frotó de nuevo los ojos. Controló sus emociones.

−Bien, continuemos donde lo dejamos el último día. Vayamos con la angustia de la influencia que ejerció Tolstoi en la piel de Dostoievski…

Durante el tiempo que restó de clase, los alumnos demostraron agudeza, entusiasmo. Pero lo que a Iván K. le satisfacía antes, a esas alturas le causaba desazón y desasosiego. El timbre llegó en su ayuda como no lo hizo el dinero con Raskolnikov antes de su crimen. Los alumnos despidieron a su profesor. Y a la espera de la siguiente materia, Los Números en la Literatura, la mayoría consultó su móvil, intercambió archivos multimedia, o aprovechó esos pocos minutos para leer.

Cuando Iván K. salía de la clase con su inseparable Canon en las manos para ir a su siguiente curso, se detuvo ante el pupitre que le martirizaba, y visionó cómo su alumno más brillante desde que había decidido dejar la enseñanza en la Universidad para impartir clases de secundaria (al considerar a esta enseñanza el escalafón más importante de su rutilante carrera de crítico literario y activista político), le entregaba una carta el mismo día que comunicaban a ese alumno, a Miguel C., su expulsión definitiva después de sus reiterados y sonoros escándalos subversivos. La escena fantasmagórica apenas duró un segundo de tiempo real. Y solo él una vez más, fue consciente de su angustia.

Cinco horas más tarde acababan las clases, y desde los altavoces del centro escolar así lo anunciaban con su característico: “Los que vais a entrar, perded toda esperanza… Ah no, que de aquí sí se sale”. Pocos minutos se necesitaban entonces para que alumnos y profesores abandonaran en desbandada feliz, el instituto. Iván K. no fue una excepción, pero lo hizo tal como había llegado, sin felicidad alguna.

Decidió caminar hasta su casa en lugar de tomar como tenía por costumbre el transporte público tubular, que resultaba cómodo y rápido. No le apetecía pensar, pero necesitaba hacerlo, y caminar siempre le había inspirado.

Llegó a su barrio sin haber sacado nada en claro salvo que tenía la nevera vacía, por lo que entró a su carnicería habitual a comprar la cena. Ya que no podía calmar la angustia que le estrujaba el estómago, al menos calmaría el hambre. Dentro del establecimiento dos señoras, las únicas clientas, discutían acaloradamente.

−Que no, que no, y que no –dijo una mujer de unos sesenta años a otra de unos treinta−, no puedo aceptar que digas que Virginia Woolf era antes que esteta, feminista. Tú puedes citarme Una habitación propia, pero yo recurriré a La señora Dalloway

La señora mayor se expresaba con ardor, la joven parecía dispuesta para el contraataque en cuanto viera la menor oportunidad. El carnicero intervino con intención de poner paz.

−Un momento señoras, miren quién acaba de entrar, nuestro ilustre Profesor, seguro que él puede inclinar la balanza.

−Javier M. no me vengas con estas –la mujer joven al reconocer al famoso crítico le miró con descaro libidinoso, la mujer mayor no le fue a la zaga; por suerte para Iván, era incapaz de ruborizarse−. Señoras, no me pongan entre la espada y la pared, porque la pared siempre me aplasta y la espada siempre me atraviesa. Ambas tienen razón, qué más da que haya un pequeño porcentaje mayor de esteta que de feminista, o viceversa, o por qué no considerar que gracias a lo primero, alcance lo segundo, o de nuevo viceversa. Mientras se trate de preferencias en sus juicios, y no de sacrificios, todo está bien.

Las dos mujeres aceptaron las palabras del profesor, firmaron la paz, y le dieron sus números de teléfono, pues sabían que el crítico se había separado hacía dos años de la que fuera su mujer, la reputada crítica, y fracasada escritora, Salomé L.

−Me apasiona hablar –le dijo la mujer joven mientras le escribía su teléfono en una postal poema− sobre los años de lucha literaria histórica, en los que usted, a pesar de tener tan solo cuarenta años, ¿verdad?, ha sido pieza clave.

−Mi sobrina –le dijo la mujer mayor con total desparpajo mientras anotaba dos  números en una servilleta con aforismos impresos− siempre me dice que su miopía, y esa barriguita, y las entradas que tiene a lo Borges, le hacen irresistible. Luego me confiesa colorada que ella es, lo que usted necesita para recuperar la sonrisa. Entonces yo le digo que se equivoca, que yo le vendría mejor. Con estos teléfonos podrá elegir.

Iván K. compró cuarto y mitad de pollo. Mientras el carnicero preparaba el pedido, las clientas, que no tenían prisa por marcharse, eligieron hablar sobre el Sturm und Drang, y la figura de Goethe. El crítico declinó con amabilidad participar, alegó tener prisa, se guardó en su libro los números que le habían pasado, y se marchó.

El corto trayecto a su apartamento fue doloroso. Ya tenía suficiente con pensar en lo que le dijera y le escribiera su ex alumno Miguel C., como para que también le hubiesen levantado las costras de su ex mujer. Además alcanzó la certeza tras la carnicería, de que si miraba supurar las heridas, lo que iba a encontrar era el mismo dolor: la pérdida de la fe. «Y qué más triste para un profeta –se dijo frente a la puerta de su portal con una sonrisa que se reflejó en el cristal−, que haber perdido la fe».

Ya dentro del portal, Iván K. se dirigió al ascensor. Mientras esperaba, el conserje y el administrador discutían dentro de la cabina del primero, sin haberse percatado de la presencia del crítico, al respecto de una vieja polémica muy debatida desde hacía años.

−Puede que no te falte razón –dijo el primero al segundo−, puede que sólo haya pose en el hecho de seguir acentuando «sólo» de «solamente», puede que haya que hacer caso a los académicos y cargarse esa tilde, pero…

El ascensor llegó y a Iván le interesó poco el resultado de la discusión. Al abrir la puerta de su apartamento, su gato le miró con languidez por un segundo para regresar al siguiente a la indiferencia. Dormitaba encima de los últimos libros que el crítico arrojara al suelo. Había muchos más ejemplares en el parquet que colocados sobre las estanterías.

Los libros de filosofía habían sido los segundos en caer, siguió la historia y la antropología. La novela tardó en derrumbarse, «cómo pensar que Cortázar, Shakespeare, Vila-Matas… –se decía a menudo y desde unos meses a esta parte, con lágrimas en los ojos− no bastarían para sanarme, y lo que es peor, que serían el virus de mi enfermedad». Resistía la poesía; la primeros libros que empezaron a besar el suelo eran los últimos en caer porque los mejores poetas resistían. ¿Por cuánto tiempo?

Dejó las llaves en la cerradura, la compra en la cocina. Esquivó libros y al gato para llegar a su sillón, en la mesita de centro dejó El canon. Se dejó caer.

−Mi Dorado en ruinas –dijo repantigándose en el sofá mientras echaba una mirada a su apartamento−. Aquí he leído tanto,  amé tanto a Salomé, escribí tan lleno de esperanza, alcancé tantas victorias, ayudé a cambiar la Historia para que tomara un rumbo que nadie en su sano juicio habría siquiera concebido…

El gato le miró molesto por perturbar su sueño con aquellas palabras. Iván K. no se amedrentó como otras veces, y continuó:

−… Una Historia buena que sin embargo se me ha venido abajo de un día para otro, sin una explicación que pueda comprender… o que quiera comprender.

Se reincorporó en el sofá, se quedó mirando a la mesita de centro plagada de papeles y libros, se estiró hasta El canon occidental. Tras mirarlo por un momento, lo abrió. Sus hojas estaban en blanco.

Se trataba del último regalo que le hiciera Salomé antes de marcharse, solo en la primera página había algo escrito con boli. En ella, Iván K. leyó lo que solía leer al menos diez veces al día:

“Desde que la literatura a través de su canon lo es todo, el resto somos un chiste mal contado. No hay posibilidad de subversión. Prefiero la lucha al éxito. A nosotros se nos ha privado de esa lucha, y por eso necesito marcharme allá donde pueda encontrarla”.

El gato bufó harto de que perturbaran su sueño. Iván K. dejó que las páginas en blanco del libro corrieran entre sus dedos. Por la mitad, un sobre hizo su aparición. Lo abrió sin dificultad, dentro se encontraba la carta que le legara Miguel C. el día que fue expulsado. La leyó por enésima vez:

“La literatura ha muerto. Ella lo sabía y por eso le abandonó a usted. Yo lo sé y por eso se me expulsa. Usted lo sabe… y antes o después tendrá que afrontarlo”.

−La literatura ha muerto –dijo Iván K. maquinalmente; el gato y él cruzaron sus miradas; el crítico ignoró al animal y siguió hablando.

«Sus virtudes perdieron sus sentidos cuando se convirtió en nuestro faro absoluto. Ahora que todo es literatura, ya nada lo es. Y yo, que tanto hice por lograr esto, he sido por tanto uno de sus asesinos. El cadáver pronto comenzará a oler, y entonces el muerto hará lo posible por seguir ocupando su puesto… Es verdad, mi alumno y su expulsión han sido el ejemplo de lo que se avecina.

El gato bostezó, cansado y harto de escuchar. Iván calló. Ambos se durmieron al poco, uno sobre los libros, el otro en el sofá.

Esa noche Iván K. por fin logró descansar y dormir bien tras muchos días sin hacerlo. Soñó con el silencio. Despertó tarde. No llegaría puntual a su primera clase, y le importó poco. Desayunó con una media sonrisa, barruntaba su revolución. Bajo la ducha terminó de forjar la idea. Se vistió, echó al gato del apartamento entre maullidos, rebuscó por el suelo y encontró a Nietzsche. Le colocó en la estantería, por la tarde el resto recuperarían su lugar. Tenía mucho trabajo por delante, después de haber centralizado la literatura, asumía el reto de descentralizarla. Atacar el canon sería el modo de devolver a la vida aquello que había muerto. Se marchó al instituto.

En el portal Iván K. se cruzó con el portero, este le preguntó.

−Profesor, ¿cuál de los siete volúmenes de El tiempo perdido es el imprescindible?

−El octavo –contestó con seguridad y una sonrisa Iván K.− El que no escribió Proust, el que debemos escribir nosotros para recobrar nuestro tiempo.

El festín de Babette

 

Año: 1987

Director: Gabriel Axel

La última imagen de la última escena es una vela que se apaga. Lo que mi cabeza forja de inmediato es la idea de que soy un “buen ateo”, porque he sido capaz de disfrutar de una película tan religiosa (al parecer por cierto la preferida del Papa Francisco), al igual que un “buen creyente”, lo será si es capaz de apreciar, digamos, la irreverencia y el humor de Woody Allen. Pero centrémonos en El festín.

Sin duda es una película con uno de los humores más sutiles que he visto nunca. Una peculiar oda a la comida que por supuesto no es apta para todos los públicos. Y no solo se debe descartar a quien busque los valores en boga del hollywood comercial, sino también aquellos que no sean capaces de aparcar por un momento las aristas que genera una visión puritana de la vida, incluso beata.

Vayamos con las rarezas. En esta película no hay malos, es más, no hay maldad. Y resulta difícil encontrar el conflicto más allá del rechazo de modo voluntario a la pasión carnal y a todo lujo, incluido el de la comida. Pero tal rechazo no generará angustia, y cuando sus protagonistas se enfrenten a esos placeres, serán capaces de afrontarlo sin rupturas y con éxito en una comunión perfecta, o perfecta al menos hasta el día siguiente tal vez con algo de resaca… pero eso ya se escapa de los límites de la película.

Por último, remarcaré que se trata de una obra con un ritmo lento que sin embargo no aburre, y que al llegar al banquete, comienza a desatar unas tonalidades y unos sabores tan inesperados como elocuentes en miradas, gestos, silencios, y escuetas palabras, que hacen de El festín de Babette, una película digna de degustar para los gustos cinéfilos más exquisitos, o tal vez no, y lo mejor es que la intente probar todo el mundo.

Cuando el león de piedra saltó

Ayer recibí el libro. Leones de las grandes ciudades, con una foto tuya, tu dirección y tu nombre. No sé cómo te las has ingeniado para localizarme pero ya son dos veces en las que me has salvado la vida, y el único modo que tengo de agradecértelo es escribiéndote esta carta.

Te escribo en los pocos momentos de lucidez que me dejan conservar. Al parecer, tras el incidente que me trajo aquí he seguido con episodios alucinatorios. Yo no consigo recordarlos a pesar de mi esfuerzo. Por suerte lo que no puedo olvidar es nuestro fugaz encuentro. Y esto es lo que quiero contarte, porque necesito desentrañar quién es el que está loco, si lo estoy yo, si lo estamos los dos, o si son todos los demás.

Cuando el león de piedra saltó de la peana sentí que se rasgaba el frágil equilibrio que como una fina piel transparente y viscosa, me había protegido en los últimos meses. Al sentirme roto en mitad de aquel cruce, en mitad de la ciudad, solo pude pensar o que estaba soñando (lo descarté de inmediato), o que me acababa de volver loco (tomar conciencia de esa posibilidad resultaba paradójico), o que la realidad era tan descabellada como apuntaban los hechos de mi vida (no pude negar la fuerza de esta idea). A  todo esto el león, que dio varias vueltas al monumento como para animar a sus congéneres pétreos, se cansó de intentarlo y al ver que no le seguían, lanzó un rugido que atronó duro y rocoso, y que terminó por paralizarme.

Todo lo demás fue tan rápido, como poco inteligente por mi parte. Comencé a gritar: «¡El león, el león!». Y por si fuera poco me dediqué a señalarlo con el brazo, la única parte de mí que fui capaz de mover en esos momentos. La gente entonces comenzó a pararse en las aceras, y pareció sentir más curiosidad por mis gritos que por el animal. Este coincidió en el interés y me miró con sus ojos duros, como si me censurara por los gritos. Callé pero ya era tarde.

El enfurecido león inició una salvaje carrera hacia mí. Reparé preso del pánico cómo recortaba cada metro con sus poderosas patas, sentí temblar el asfalto, observé su melena de piedra ondear al viento, percibí el salivar de sus fauces, vi su enorme lengua marrón ladeada a su derecha a causa de la velocidad, y el miedo me inundó y me llenó como difícilmente puede llenarse e inundarse algo.

El asombro y el miedo me habían hecho enmudecer, pero aún pude escuchar a la gente gritar que me apartara, oí sin entender, palabras como “cuidado”, “atropello”, “ambulancia”, y tal vez de fondo escuchara sirenas, o eso es lo que me quieren hacer creer desde entonces, porque yo sólo vi con nitidez al león acercarse raudo hacia mí, listo para abalanzarse y devorarme con una dentellada en cuanto recorriera un par de metros más.

Cuando estuve preparado para su ataque, inmóvil y sin esperanza pero consciente de que no es el peor de los finales el morir devorado por un león de piedra en mitad de una gran ciudad, sentí el fuerte empujón que me arrancó del asfalto y prácticamente me hizo volar hasta la acera.

Por unos instantes y desde el suelo pude contemplar al león. Siguió su carrera sin volverse, sin prestarme ya mayor atención… y me sentí vacío. Momentos antes estaba a punto de perecer bajo algo misterioso, ahora me encontraba rodeado de personas que me llamaban “inconsciente”, “loco”, que me gritaban que si quería suicidarme no lo hiciera delante de niños, que me señalaban como una vergüenza para la sociedad, que pedían mi encierro y tirar la llave. De nada sirvió que tratara de explicarles que el león me había paralizado del susto, que yo no quería morir… atropellado. Si acaso lo estropeé todo aún más.

Finalmente llegó la policía y al poco una ambulancia. Cuando los agentes preguntaron por lo sucedido, mis explicaciones apenas contaron, los testigos oculares que aún quedaban dieron su versión y fueron creídos al instante. Tan solo tú guardaste silencio, tú que habías sido el héroe que me empujó, que arriesgaste tu vida para que el león no me devorase. Y aún te acercaste a mí cuando me subían a la ambulancia, y me dijiste al oído: «Yo también vi al león de piedra». Y te alejaste, pero ya no estaba solo, y el vacío se llenó.

70

Termino de leer “Poemas de amor y de guerra” de Miguel Hernández y lo que sigue me atraviesa.

Triste es pensarlo y más triste aún es escribirlo, pero honroso también, es saber reconocerlo. Los escritores y los lectores a menudo sobreestimamos el valor de las palabras. Si estas tuvieran todo el encanto, toda la magia, todo el poder, que deseamos que tengan, no habría sido posible que la Guerra Civil Española cayera del bando franquista, teniendo como tenían enfrente, al mejor cantor, al mejor poeta, al mejor rival, a Miguel Hernández.

Ocho sentencias de muerte

Año: 1949

Director: Robert Hamer

Me encanta descubrir clásicos con un ritmo narrativo que nada tengan que envidiar a las buenas películas de nuestros días. Por eso en buena medida me encanta Wilder, y por eso acabo de disfruté tanto con Ocho sentencias de muerte. Por su ritmo ágil, y por otras muchas cosas.

Por ejemplo por destilar un humor inglés no exento de crítica hacia lo más caduco de esa clase llamada nobleza (ya caduco en la década de los cuarenta, por lo que cuánto no lo estará hoy en día).

Por ejemplo por las excelentes interpretaciones de sus protagonistas, Dennis Prices, en dos papeles, y de Alec Guinnes como “secundario”, que interpreta nada más y nada menos que ocho personajes distintos.

Por ejemplo por algunos diálogos deliciosos como este que recojo: “y en el púlpito, diciendo tonterías… los D’Ascoyne habían seguido la tradición de la nobleza provinciana, y habían mandado al tonto de la familia a la iglesia”.

Y por ejemplo, porque la película desborda al tiempo falta de escrúpulos en su protagonista (aunque no es el único ni mucho menos), e identificación con él por parte del espectador, que solo se logra narrativamente cuando la obra está perfectamente medida y construida (al menos en principio y sin entrar en lecturas de personalidad).

Añadiré también que la pátina del tiempo hace brillar esta película aún con mayor esplendor, y que para los amantes de los finales abiertos, la película termina no con uno, sino con dos, algo realmente difícil de superar.

69

El modo en que concibo la vida podría ser catalogado paradójicamente como nihilismo optimista, o como existencialismo vital. Es decir, reconozco el absurdo; reconozco que nada vale demasiado, si es que acaso valiera algo; reconozco que apenas somos algo un poquito más que nada en términos biológicos, históricos, cosmológicos. Y sin embargo, hasta el más nimio detalle, gesto, mirada, sonrisa, polvo, abrazo… puede llegar a dar sentido, vitalidad, y hacer que merezca la pena nuestro dolor, la vida, la existencia entera del jodido universo.

2ª Tanda (selección de tuits publicados)

Twitter nació para intentar engordar mi blog personal de lectores, y lo cierto es que no sé cuánto ha conseguido su objetivo, ni cuánto lo conseguirá en el futuro, pero lo que sí sé, es que twitter contra mi propio pronóstico, se ha convertido en cierto engorde personal, para lo bueno (creatividad e intercambio viral), y para lo malo (cierta dependencia), y lo que decido ahora es que el blog también trate de engordar a twitter, de modo que la espiral circule en ambas direcciones.

En la búsqueda de lo anterior (más sano y más justo puesto que ambas plataformas se han convertido en necesidades literarias), publicaré una entrada periódica que consiste en seleccionar tandas de veinte tuits, o lo que es lo mismo, tandas de micro-ficciones, micro-cuentos, micro-relatos, o como se le quiera llamar, para que quienes acudan exclusivamente al blog, vean también parte de mi labor en twitter.

 

2ª TANDA (septiembre-octubre)

1. El fantasma del castillo, también fue desahuciado.

2. La bici arde, el edificio arde, la ciudad arde… y mi corazón sigue frío. La llama siempre está en el lugar equivocado.

3. Vendió su alma por el libro que tenía todas sus hojas en blanco. De inmediato echó en falta sus derrotas.

4. Me arrastré hacia el cielo. Volé contra el fango. Y sigo en pie.

5. El mendigo aceptó la moneda del niño pero quemó el billete del banquero. No era orgullo, era una performance.

6. El mundo se volvió gris cuando rompimos la escala de grises.

7. Abrí la puerta de mi cuarto. Miles de arañas danzaban por el suelo y las paredes. Me descalcé. Comencé a bailar.

8. Tu mirada rompió mi noche.

9. Y bailó con sus fantasmas, y los pisoteó a todos, y todos salieron despavoridos ante su risa.

10. Hay días en los que apenas era capaz de salir del ataúd, pero sabía que los muertos no le perdonarían rendirse.

11. Cuando el cielo quedaba demasiado lejos, lo pintaba en el suelo, y bailaba.

12. Se puso por norma no enamorarse de futuras ruinas… y claro, no se ha enamorado nunca.

13. El gran salto lo di cuando pasé de volar en mis sueños, a volar en los tuyos.

14. Se sacó todos sus corazones del pecho… pero ninguno fue suficiente.

15. El problema de leer poesía, es que en cada verso te encuentro, pues tú eres la poesía… que leer ya no puedo.

16. Camina –aconsejó el hombre de todos los tiempos−. A cada paso hay un crujido, pero también una sonrisa.

17. La lluvia limpió mi vertedero. Volverá a llenarse de despojos, pero me concedió una tregua.

18. −Escribo porque es lo más parecido que hay a ser Dios.

−Veo que con los mismos resultados ridículos.

−¿Cómo? ¡Desaparece!

−Ves.

19. Lees durante la comida, en el baño, cuando follamos… ¡Se acabó, o los libros o yo!

−¿Cariño, me pasas a Beckett?

20. Consciente de que es mi última noche, me negaré a cerrar los ojos… ¡Que no vuelva a amanecer!

Guardianes de la Galaxia

 

Año: 2014

Director: James Gunn

Fue escuchar por pura casualidad a Garci que esta película no era tanto como decían, y entrarme unas irreprimibles ganas de verla. El cine comercial tiene tantas vertientes como cualquier otro, y el de la ciencia ficción, es uno de los pocos que veo con verdadero gusto aunque espere poco de la película. No ocurrió así en esta ocasión; gracias Garci por picarme la curiosidad.

Sin duda estamos ante una de las mejores películas de ciencia ficción de los últimos años, y sin duda, ante la más divertida. Se trata por supuesto de una manufactura yanki edulcorada, pero de una manufactura ágil, entretenida, con un humor a contrapelo, y unos efectos especiales que dan espectacularidad y brillo creando contextos creíbles dentro del juego que la película se trae de continuo: somos protagonistas, y somos malos de buen corazón, y sí, lo has visto millones de veces, pero nosotros sabemos jugar bien a esto.

Y juegan bien porque sus protagonistas están muy bien construidos, y los guionistas saben jugar y descojonarse de los tópicos. Ese gamberrismo de que las reflexiones puedan llegar en plena borrachera, o que haya continuos juegos del lenguaje, o que la música de los 70 viaje por las estrellas, son puntos de una peli que suma un acierto tras otro dentro de lo que busca.

Por último, diré que todos quisiéramos ser Groot, el personaje, poesía/mamporrera, del que resulta difícil no enamorarse.

La fila

Caía la noche pero esta vez eran los siguientes. Las semanas de espera llegaban a su fin. La puerta del apartamento que se había construido en una sola altura, en un solar en medio de la ciudad, estaba a punto de abrirse para ellos. La Cosa les esperaba.

Durante los largos y lentos días que se habían sucedido desde que se pusieron a la fila, las discusiones por ver quién entraba primero de los dos, habían sido constantes. Al final, la suerte de una moneda al aire decidió que fuese ella la primera en pasar.

La puerta se entreabrió. De nuevo el hedor que impregnaba el aire, de nuevo la luz blanca que se desparramaba fuera del apartamento. La pareja se miró por unos segundos con lágrimas en los ojos. Se despreocuparon de los impacientes rostros alineados detrás. Tras un cálido beso ella se dirigió hacia la puerta. Su cojera esta vez pareció un motivo de orgullo, saboreaban que el recuerdo agridulce perdería pronto su lado negativo.

Ella entró. Desde el interior alguien cerró la puerta de un portazo, como ocurría siempre cada vez que accedía el nuevo elegido. Él se quedó a la espera, calculó que bastarían cinco minutos. En breve la felicidad de ambos estaría asegurada. Comenzó a temblar.

Miró para atrás. Las luces amarillas de las escasas farolas que aún funcionaban, pintaban la acera de un gris extraño. Sobre esa lámina de color se extendía la fila hasta donde alcanzaba su vista. Su miopía pronto convertía a las personas que de modo escrupuloso y en silencio se colocaban de uno en uno, en manchas, pero si hubiese tenido la agudeza visual de un águila, tampoco podría haber abarcado la fila por entero. Esta reptaba de una calle a otra, rodeaba edificios, y no paraba nunca de crecer.

La fila se deshacía aproximadamente de un infeliz cada cinco minutos, pero cada cinco minutos llegaban de media a la ciudad tres o cuatro infelices nuevos,  venidos de cualquier lugar, y a los que había que sumar los que la propia ciudad generaba, rendidos antes o después a la promesa, como les había ocurrido a ellos.

Pronto la puerta se abriría para él y el pasado sería tragado en la forma en que lo había conocido. Quiso pensar por última vez en su vieja ciudad, transformada en un caos desde la aparición de La Cosa. Un caos específico y distinto al de cualquier otra ciudad. Hasta ese día se trataba de una ciudad a la vez triste y alegre como la mayoría, pero entonces se convirtió en dos ciudades irreconciliables. La de las personas infelices, a un lado, y la de las gentes felices, al otro.

Ellos habían tratado de resistir como muchos a la promesa de la fácil felicidad que ofrecía La Cosa, pero como la mayoría, pasaron de un entusiasmo resistente, a doblar sus voluntades con el paso del tiempo, los hechos y la evidencia. Al fin y al cabo, como rezaban los grandes carteles publicitarios que el alcalde había autorizado poner: luchar contra la felicidad carece de sentido. Convéncete. Conviértete.

Sintió que la puerta estaba a punto de abrirse para él. Sintió el pulso apagado del lado triste de la ciudad. Todo lo que quedaba vivo a ese lado parecía concentrarse en la fila, y todo lo que estaba en ella, lo estaba para huir hacia el otro lado. Lo demás había muerto o estaba en sus últimos estertores; en los supermercados los productos languidecían, en los hospitales ya no había enfermos, en las iglesias, no quedaba nadie para rezar y ni siquiera a quién hacerlo.

Ancianos, hombres, mujeres, niños… todos anhelaban llegar dos puertas más allá. El paraíso quedaba demasiado cerca como para ofrecer resistencia. Él sintió que había llegado la hora de olvidarse del pasado.

La puerta se entreabrió. De nuevo el hedor que impregnaba el aire, de nuevo la luz blanca que se desparramaba fuera del apartamento. Él se adelantó y llegó hasta la puerta. Bajo el arco de la misma vio cómo al fondo del apartamento, desaparecía ella tras otra puerta que desprendía un aura dorada, y que conducía hacia la parte feliz de la ciudad.

Ella no llegó a girarse. Ella se perdió bajo el aura. Él la vio caminar sin la cojera que le había acompañado desde los diecisiete años como secuela de un atropello por no respetar un semáforo. Él era el conductor que la atropelló, él quien no supo reaccionar a tiempo por su incipiente miopía. Así se habían conocido. La puerta que daba acceso a la ciudad feliz, se cerró con cuidado. Ellos pronto volverían a estar juntos.

Avanzó varios pasos dentro del apartamento y la primera puerta se cerró de un portazo. Él miró hacia atrás y se sorprendió al descubrir al alcalde. Este le sonrió y le señaló hacia un rincón. Hizo caso y su vista se topó de golpe con La Cosa. De un modo fugaz su cabeza se preguntó cómo era posible que en un espacio tan reducido, no hubiera prestado atención antes a aquello.

La Cosa era enorme, su cuerpo, viscoso, y devoraba el espacio del rincón que ocupaba. El elegido comprobó como lo hacían todos, que La Cosa no se llamaba así por casualidad. Los infelices habían escuchado rumores que no tenían confirmación, los felices no le daban mayor importancia física a su salvador. En cualquier caso, unos y otros nunca se mezclaban. Nadie infeliz había atravesado al otro lado de la ciudad sin pasar por el cuarto y por La Cosa. Nadie feliz había querido retornar a la infelicidad. El orden anulaba el caos.

La Cosa no parecía humana, pero no era descabellado pensar que lo hubiese sido en algún momento. Todas las partes de su cuerpo estaban hinchadas, su color era cetrino, sus articulaciones deformes. La cabeza sebosa no presentaba ojos aunque sí boca, no presentaba pelo aunque sí arrugas, no tenía orejas ni nariz aunque parecía escuchar y oler. Y hedía. La Cosa hedía, toda ella rezumaba un olor pestilente. A él ya no le quedaron dudas sobre la causa del olor que impregnara el lado triste de la ciudad. Cada vez que la puerta se abría para acoger a un infeliz, cada vez que un infeliz era depurado, dejaba su carga para el resto de infelices.

El alcalde leyó el recelo en el rostro del nuevo elegido. Nada a lo que el alcalde no estuviera acostumbrado, y tomó la palabra como había hecho tantas otras veces en ese mismo punto:

−Quemar el mal de la infelicidad conlleva consecuencias, este olor es una, otra es el color que le ves a la criatura, otra el dolor que padece y que debe digerir para sanarnos cada trauma, cada pérdida, cada tara, cada cicatriz… pero La Cosa es nuestro regalo, y se sacrifica por nuestra felicidad. Tú, como todos los que te han precedido, eres ahora el privilegiado. Acércate y tócala para que todos tus males, tus miedos, tus derrotas, desaparezcan y dejen paso a una permanente felicidad. Únete a la buena vida y al lado correcto de la ciudad.

El alcalde mostró su mejor sonrisa e hizo un claro gesto con la mano para que el elegido le hiciera caso. La Cosa también movió ligeramente su rotundo cuerpo y, pareció incitarle a que se acercara.

Él quiso ser feliz como todos, y quiso serlo junto a ella, y quiso estar al otro lado donde la esperanza se hacía realidad. Él estaba convencido y ya no temblaba como le ocurrió por un momento antes de entrar. La Cosa no le daba miedo, ni asco, apenas sentía su hedor, tampoco le molestaba la mirada apremiante del alcalde… y sin embargo.

Sin embargo no se acercó a La Cosa. Sin embargo dijo «no», y «lo siento». Sin embargo miró con angustia hacia la puerta por la que se había perdido ella, y renunció. Y se giró, y volvió sobre sus pasos. Y la mirada del alcalde fue amenazadora, y La Cosa se agitó, y el hedor…

Él sin embargo no reparó en todo eso y siguió hasta la puerta que le conduciría de nuevo hacia el lado triste de la ciudad. Al girar el pomo, le pareció oír que afuera, algo se desmoronaba.

Rafael Alberti

Segundo recuerdo

                        … rumor de besos y batir de alas…Segundo recuer rumor de besos y batir de alas

                                 Gustavo Adolfo Bécquer

También antes, 
mucho antes de la rebelión de las sombras, 
de que al mundo cayeran plumas incendiadas 
y un pájaro pudiera ser muerto por un lirio. 
Antes, antes que tú me preguntaras 
el número y el sitio de mi cuerpo. 
Mucho antes del cuerpo. 
En la época del alma. 
Cuando tú abriste en la frente sin corona del cielo 
la primera dinastía del sueño. 
Cuando tú, al mirarme en la nada, 
inventaste la primera palabra. 


Entonces, nuestro encuentro.