Walt Whitman

Soy el poeta del cuerpo,

y soy el poeta del alma.

 

Los goces del cielo están conmigo y los tormentos del

infierno están conmigo,

los primeros los injerto y multiplico en mi ser… los

últimos los traduzco a una nueva lengua.

 

Soy el poeta de la mujer tanto como del hombre,

y digo que es tan grande ser mujer como ser hombre,

y digo que nada es tan grande como la madre de los

hombres.

 

El mar de los otros

El primer cadáver que nos trajo la marea apenas ocupó un pequeño espacio en la prensa local, pero quién iba a pensar hace poco más de un año todo lo que el mar estaba por escupir.

El segundo tampoco llamó demasiado la atención, salvo por el hecho que apareció a la misma hora del día siguiente, en el mismo lugar y de la misma manera: desnudo y sin haber muerto ahogado. Los médicos certificaron para ambos casos parada cardiorespiratoria, lo que no resolvía casi nada. El misterio creció por el hecho de no encontrarse patera alguna, ni un mar embravecido en los últimos días. Que nadie reclamara los cuerpos aparentemente de inmigrantes, no llamó la atención de nadie.

El tercer día y en las mismas condiciones, el mar regalaba a los bañistas su tercer cadáver. Muerto y desnudo como los otros, hizo sin embargo saltar todas las alarmas: era blanco. La única teoría plausible, la de los ilegales, parecía desvanecerse. La prensa se frotó las manos y para el cuarto día periodistas y público en general parecían ya una marea apostada contra otra.

Nadie a partir de entonces se sintió defraudado. Cada día y con puntualidad ha ido apareciendo, como de la nada y sin explicación lógica, un cadáver no ahogado y desnudo. Siempre en el mismo punto del mar, a unos veinticinco metros de la orilla, a las 18:15 de la tarde. Al principio los cuerpos tenían tiempo para vararse en tierra firme, pero desde la segunda semana, cuando ya eran todo un hito, se les recoge en una barca policial en cuanto aparecen, como fantasmas hechos carne.

Los hay negros, blancos, amarillos. Los hay de mediana edad, jóvenes, niños. Hay hombres y hay mujeres. Todos sin identificar hasta que apareció el número noventa y siete, lo que aumentó el misterio a un grado de paranoia.

Todas las teorías extravagantes y conspiranoicas habían crecido como una espuma contenida a duras penas, pero la espuma se desbordó definitivamente con el cadáver noventa y siete cuando fue identificado por él mismo. Se quiere decir, un vivo se reconoció en el muerto… y no hubo manera de negarlo. Todas las pruebas dijeron que ambos eran física y genéticamente iguales. No se trataba sólo de la misma edad, del mismo aspecto y ni siquiera del mismo ADN, sino también de los mismos lunares, el mismo corte de pelo y hasta las mismas cicatrices.

Para entonces todos los gobiernos pero especialmente como no podía ser de otra manera los que mandan, metían su mano al asunto con sus mejores expertos, pero con nulos resultados. Era cosa digna de ver cómo los locos y visionarios se frotaban las manos con sus discursos apocalípticos, condenatorios, pseudocientíficos. Se podía uno imaginar la teoría más descabellada, pero con seguridad ya había sido antes metodológicamente trazada por ellos.

Pero lo importante no son las teorías sino los hechos y lo que cuenta es que desde entonces, desde el número noventa y siete, todos los cadáveres encontraron su réplica en vida y a los anteriores se la hallaron con carácter retroactivo.

Sin embargo aún quedaba por aparecer el cuerpo número doscientos noventa y cinco, que daría un nuevo giro al misterio. Cuando este cuerpo llegó, cuando el mar nos trajo la réplica del gran presidente, quedó claro que había que montar una guerra, fuese a quien fuese, fuese como fuese. Tal afrenta no se podía dejar sin respuesta. El cadáver presidencial hizo que su réplica viva se pusiera definitivamente nervioso, se hartó de los científicos aún medianamente serios y escuchó toda posibilidad que conllevara hacer algo, por estrafalario que resultara.

Ayer por fin se hizo ese algo. Tras dos meses desde que apareciera el cadáver doscientos noventa y cinco, y con el goteo puntual de cuerpos de fondo, murió el primer voluntario que resultaba válido. Lo cierto es que han sido miles los que se inscribieron para la prueba, pero ha costado que llegara el primero en condiciones, había que morirse de forma natural y esto no resulta tan sencillo. Su nombre pasará a la historia y sabemos que su familia se siente orgullosa. Pero acabemos ya, se acerca el momento.

Tras la muerte del voluntario, se le ha desnudado, se le ha llevado al punto exacto del mar que nos trae de cabeza, y se le ha arrojado allí, doce horas antes de la llegada prevista para el siguiente cuerpo.

Nadie sabe muy bien qué resultado esperar, aunque el experimento apunta hacia cierto éxito. El voluntario ha demostrado que el mar no sólo trae, sino que también lleva. Y aunque los localizadores y microchips implantados dejaron de funcionar, se piensa que tras ser tragado por el mar con la misma dosis de misterio con la que nos son enviados los otros, nuestro cuerpo ha llegado al lugar de donde nos los envían.

Estamos a punto de llegar a la hora y minuto del cuerpo trescientos setenta y seis. Todo el mundo contiene el aliento a la espera de una respuesta. No es posible, en el agua o en tierra, mayor expectación. Solo el mar aguarda en calma, indiferente.

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El lado oscuro del corazón

Año: 1992

Director: Eliseo Subiela

Película diferente donde la poesía y el cine se dan la mano para generar electricidad la mayoría de las veces. Es cierto que en ocasiones pude parecer forzada, irregular, y hasta algo irritante, pero sus aciertos deslumbran, hay poemas que desnudan, y según avanza la película se roza la genialidad. Las escenas de cama, además de atrevidas, llegan a ser poemas en sí mismos, y el desenlace no puede gustarme más: me habla a mí. Aunque en realidad sepa que habla a todo el mundo, o al menos, a todo el mundo que merece la pena.

La primera escena y los momentos de Mario Benedetti recitando en alemán, no tienen precio. El paseo por Buenos Aires con la polla gigante, es de lo más divertida. Alguna conversación entre la muerte y el protagonista, justifican por sí solos la película.

El lado oscuro del corazón

66

En mitad del concierto de cámara, una pareja de entre el público comenzó a gritarse. Ante el estupor de los músicos y del resto de los asistentes, el hombre y la mujer que discutían terminaron, por llegar al siguiente acuerdo: la novela es carne, la poesía corazón, y el ensayo cerebro.

Poco después, con el escándalo todavía a flor de piel en toda la sala, la pareja llegó a un acuerdo, esta vez sin necesidad de alzar la voz: las obras maestras combinan sus características del mejor de los modos posibles.

Se disponían a firmar la paz definitiva con una sonrisa y un beso, cuando desde el escenario, uno de los violinistas del cuarteto de cuerda, exhortó a la pareja para que explicaran qué pasaba con el teatro, y cómo habían sido capaces de excluirlo. Ellos reconocieron que su olvido era imperdonable, y volvieron a gritarse.

La edad de la ignorancia

L’Age des ténèbres (Days of Darkness)

Año: 2007

Director: Denys Arcand

Se puede decir que existen películas imprescindibles, a catalogar como obras maestras bajo cualquier criterio estético, histórico, o crítico que se precie. Y sin embargo, el impacto personal que te provocan, su huella, puede no pasar de unas horas. Por otra parte, puede haber buenas películas (y por qué no, películas horribles) que sin ser obras maestras, te horadan bien hondo. Como ya se habrá adivinado, para mí, La edad de la ignorancia, pertenece al segundo grupo. Se trata de una buena película, sin más, que sin embargo me deja una huella profunda.

Este título (y en general la obra de Denys Arcand) tiene la virtud de plantear buena parte de mis angustias. Y por supuesto, no tiene la bondad de sacarme de ellas, sino que me las deja bien dentro, como no puede ser de otra manera.

Se trata de una película difícil, una crítica furibunda del modo de vida occidental, donde el protagonista, Jean Marc, a lo que aspira en buena parte del film, es a realizar una huida hacia delante. Se puede decir que ha tenido cierto éxito en la vida, pero una pátina de mediocridad le ha envuelto hasta provocar un hedor del que solo escapa gracias a su imaginación. Pero el mayor problema radica en que escapa hacia los modelos de éxito que nos vende la rueda capitalista occidental, y el asunto, como no puede ser de otro modo, termina por hacer crac.

La cuestión que la película me plantea es, ¿se puede escapar del sinsentido reflexionando sobre el sinsentido? La película, no creo que sea un spoiler decirlo, acaba en un respiro, pero nunca en una solución.

Para rebajar tanta tensión diré que aunque por lo precedente no lo parezca, se trata de una comedia plagada de surrealismo y de ciertos clichés divertidos donde es posible que el espectador se vea identificado. Eso sí, no son clichés de risa fácil, sino de risa irónica, dura tal vez, de esa que no sabes si te hace gracia, o te molesta porque te deja desnudo e indefenso.

Invitación

De un segundo para otro me olió a espliego y a lluvia recién caída. Ahí llegó mi primer pestañeo de incredulidad. Estaba en Madrid, a mitad de agosto, con su cielo azul sucio, y acababa de embocarme en el metro.

El olor agradable y fresco continuó hasta que llegué al vagón, en él viví unas historias que no creeréis, pero allá vosotros.

Un pasajero a mi derecha recitaba poesía, otro a mi izquierda subrayaba unas líneas de una obra de Marvin Harris. Enfrente de mí, un tipo con un bigote a lo Nietzsche dibujaba todas las escenas que ante él se le ofrecían, como por ejemplo, la monja que acalorada leía al marqués de Sade.

La boca se me terminó de abrir cuando el pestañeo y el pellizco fueron insuficientes: al fondo del vagón Paco Marhuenda y Mariano Rajoy desataban su amor fundiéndose en un apasionado beso.

Ningún pasajero de los restantes consultaba su móvil, nadie se restregaba las legañas, no había músicas impuestas… En mitad de un túnel se fue la luz por completo y supuse que con ella se marcharía la magia.

Cuando regresó la luz todo seguía igual, salvo la monja que en ese momento suspiraba, salvo la pareja besucona que en ese momento se abrazó, salvo el pintor, que en ese momento me pintaba a mí. Descarté soñar, las drogas no debían de ser, y mi imaginación no daba para tanto.

Al pintor le compré nuestro dibujo poco antes de llegar a mi destino, cuidé de no meter el pie entre coche y andén, y bajé.

Según enfilaba hacia la salida pensé que si no quedaba satisfecho de lo que escribiera después de tal viaje, sería prueba irrefutable de su verdad.

Mi insatisfacción es notable.

A vosotros os queda creerme o no, o preguntaros tal vez por capricho, qué es lo que os haría pestañear en el metro.

Nueva cara, idénticas cicatrices

Han sido muchas horas y unos cuantos días peleándome con la migración del blog, con diferentes plantillas, barras laterales, etiquetas, ediciones, fondos… para llegar a un modo aceptable de carlosaymi.com. Salvo la última cita, y aunque he reetiquetado y actualizado unos cuantos relatos, puedo decir que todo lo precedente pertenece a mi anterior blog y dirección. Quería actualizarme sin renunciar al pasado, y es posible que el resultado no esté mal del todo.

Os animo a que me comentéis qué os parece la nueva página, y a que le deis a los botones de redes sociales que aparecen en las entradas cuando pinchas sobre el título… si es que os gusta lo que encontráis.

Por cierto, gracias Camino por tu inestimable ayuda y, paciencia con un inútil tecnológico como yo:)

Después de tantos años

Título original: Después de tantos años
Año: 1994
Director: Ricardo Franco
“La gente que sufre no tiene por qué ser buena. De hecho, la gente que sufre suele ser más mala que la tiña”.
Leopoldo María Panero
Antes de ir a la crítica propiamente dicha quisiera decir que sobre esa frase se puede construir un ensayo brillante, y esclarecedor sobre los pilares de lo que deben ser las sociedades futuras, y lo que al menos deberíamos haber aprendido de la Historia. Y ahora, esa crítica.
Tal vez debería haber seguido  el consejo de una amiga cuando esta me señaló que, “Después de tantos años”, no le había gustado por venir a ser la constatación de la ruina. No hice caso y acabo de ver la película. Aún no sé si calificarla como una devastación cosmológica, o como la simple, dura, y cruda vida.
Quisiera recomendar que la eviten expresamente personas pesimistas, idólatras de Luis María Panero (el desencanto con este personaje es más que probable), e ilusos varios. Lo cierto es que yo soy un iluso paradójico que comulga con todo aquello que Michi viene a demoler con toda la razón del mundo, pero sin derrumbarme ni perder la ilusión. Ahora bien, el hecho de que yo aún me sostenga, no significa que otros puedan hacerlo. Insisto, si os gusta el cine y la literatura pero sois débiles y felices, no veáis la película. Y si sois valientes y un poco estúpidos como yo, veros primero “El desencanto”, para poder juzgar en toda su magnitud este alegato de la futilidad humana, mezclada con momentos brillantes.