Viernes noche: desnudando el alma

Uno se cree raro, aunque cuando oye ve y calla, descubre su pasmosa normalidad. Al menos si hablamos de acciones y del plano psíquico más visible. Otra cosa es el inconsciente indómito, donde se rebelan las fuerzas más inefables, pero esto, al contrario de llevarme a la excepción, como mucho me podría llevar al diván que todos precisamos. Rarito, o no rarito, he ahí la cuestión a dirimir. Pues bien, partiré con ventaja en lo que nos atañe para la siguiente partida:
Hoy es viernes noche y en vez de jugar a beber cervezas y soltar la lengua, me dedico a quedarme solo con el ordenador, mi libido, y un cierto recuerdo de Pascal. Este último y tras el segundo me conduce a releer sobre el matemático y hombre de fe genial, de ahí paso a su “Memorial”: “Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob, no el dios de los sabios y filósofos”, y termino leyendo sobre las conversiones de García Morente y San Agustín. No sé en qué escala de normalidad podría medirme pero parece difícil que logre el aprobado con los tiempos que corren.
Ahora bien, mejor no fiarnos mucho de tales tiempos. Pero sigamos.
Ser prácticamente ateo, o mejor, ser un agnóstico que rechaza toda posibilidad de divinidad antropomórfica, y disfrutar con estos textos religiosos, es algo que me encanta. Aunque por desgracia, del placer no paso al convencimiento (ser lo que soy en materia de fe -un descreído absoluto- no es plato de buen gusto), y es que probablemente a estas alturas de mi vida descarriada sólo una revelación del tipo de Morente, o una voz al estilo de san Pablo, podría incrustarme en el recto camino de la religión. Y aún así lo dudo. Y no porque tenga fe ciega en el dios de los filósofos, no hay dios más escuálido ni incierto, sino por simple orgullo e irreverencia. Después de todo, si Dios o Jesucristo se me presentaran, me serviría más para apostillar aquella tesis de Iván Karamázov en la que Dios existe y es perverso, que para llenarme la boca de glorias a mi Nuevo Señor.
No tengo ganas de justificar esa supuesta perversidad, sólo hay que abrir los ojos. Pero esto no quita para reconocer que Pascal, Kierkegaard, Agustín y tantos otros, llegaron a tocar con sus manos algo realmente grande del ser humano. Digamos que vivieron aunque sólo fuera por momentos una dimensión de espiritualidad para la que yo por desgracia no estoy capacitado. Y estoy convencido tanto de su gracia como de mi incapacidad. Por lo que respecta a la primero, porque debieron alcanzar una paz (que sólo se haya en ciertos tejidos del alma), que ya la quisiera para mí. Y por lo que respecta a lo segundo, porque no me veo cancelando lo que san Agustín sacrificó cuando tuvo su revelación: “Nada de comilonas ni borracheras, nada de lujuria ni desenfreno, nada de riñas ni pendencias. Vestíos del Señor Jesucristo y que el cuidado de vuestro cuerpo no fomente los malos deseos”.(Rm 13,13) ¡Sino más bien secundándolo!
¡Ay de mi Señor, que perdido que camino, que hoy no encontré las cervezas!
No soy gracioso, y a menudo duele, pero es lo que soy. ¿Raro?
Berlín, a 26/1/07

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