43. Rabia y Sentido

Yo escribo
Tú pintas
Él y Ella canta
Nosotros resistimos
Vosotros resistís
  Y ellos nos machacan…
O lo intentan. Somos números, códigos de barras, el frío dato de una estadística, de una ley, de una trampa. Nos quieren dormidos, si despertamos, nos quieren gritando “circo”. “Pan” como mucho para ti, si lo haces susurrando, y nunca para tu hermano, que no los tienes, porque son de otro color, o de otro país, o de otra sangre, o de otro armario. Y no se te ocurra abrir el pico con estas cosas, porque eso sí que es de otro siglo, de trasnochado, de anacrónico, de fanático, de iluso, de demonio, de sin dios, de borracho.
                                                                               Pero si miras en la dirección adecuada, hacia las manos, en los ojos, incluso al alma –que quizá no es lo que nos dicen pero que es-, tu puño y el mío hacen un corazón, y nuestro corazón más vuestro corazón hacen un cerebro. Ramifiquémoslo, complejicémoslo, comprendámoslo… y nos veremos más vivos que nunca. Escribo y resisto, pintas y resistes, cantan y resisten, cada uno a su manera, pero a la manera común de saber que gritando en el desierto con el corazón en una mano, el cerebro en la otra, y rodeado de otros tan ilusos como uno mismo,
se puede convocar a la lluvia para que sane pequeñas heridas.
No queremos sanar el universo, no podemos y no lo pretendemos,
pero tampoco queremos oír que nada se puede hacer, salvo salvarse tal vez uno sus bolsillos.
Porque si vivo, es verdad que es para morir, pero lo haré dejando una pequeña estela maculada de sentido, pequeña y sucia tal vez, pero de sentido al fin y al cabo. Para mí, para ti, para nosotros, para vosotros, y contra ellos.

El diario

Después del entierro, de arreglar los asuntos de la herencia y de pedir unos días en el trabajo, viajé de Madrid a la pequeña localidad del norte en la que hacía unos días había muerto mi padre de un ataque al corazón. La causa de su muerte para un hombre como él, con las responsabilidades y los hábitos de vida que llevaba, no es que fuera nada sorprendente, pero me había hecho la pregunta de por qué había regresado tan de improviso y sin avisar a nadie al lugar que le viera nacer hacía 58 años, y al que no había regresado desde que saliera a sus 14.

El asunto lo resolví en el viaje de ida en autobús, donde no pude parar de leer, por estar completamente cautivado, el diario personal que la policía me entregara junto al monedero y el maletín que mi padre llevaba el día de su muerte. No encontré ningún misterio ni nada parecido, él tan solo quiso regresar al barrio donde nació, con la idea de reencontrarse con su infancia, y con la intención de volver a Madrid al día siguiente sin poder imaginar que estaba haciendo su último viaje, y que donde había empezado su vida, iba a terminarla. Pero sí que me impresionó la faceta íntima y desconocida de un hombre que suponía tan poco dado a introspecciones y a pérdidas de tiempo, digamos, literarias.  

El caso es que a pesar de haber hallado tan prosaica razón en las páginas de su diario, o quizá precisamente por eso, por encontrarme con un padre desconocido, decidí terminar el viaje y llegar hasta el barrio que abandonó al comenzar su adolescencia para no regresar jamás, rumbo a Madrid, con ganas de comerse el mundo, como así parece que lograra si atendemos al baremo de las altas condolencias que recibí el día de su funeral, o a las esquelas de los periódicos.

Al llegar a la estación tomé un taxi y pronto llegué a Las Torres, tres altos bloques de edificios que se habían levantado hacía unos 60 años según leí en el diario como parte de un futuro prometedor, y al que los años no habían tratado tan bien como se esperaba si atendía a las fachadas desconchadas, al pavimento levantado, a un aparcamiento lleno de agujeros, y a unos vecinos que no destacaban precisamente por su vitalidad.

Ya en el complejo de los bloques busqué el parque al que se refería mi padre con insistencia, y no tardé en encontrarlo. Con una forma geométrica extraña, poseía un tamaño aceptable y se conservaba como todo lo demás, a duras penas; los setos que lo rodeaban crecían de cualquier manera, de los columpios solo quedaba la estructura y los cuatro bancos que sobrevivían estaban astillados, crujían con sólo acercarte, y eran todo un cagadero de pájaros. Con todo y con eso decidí sentarme en uno tras limpiarlo un poco, pensando que tal vez fuera el mismo desde el que mi padre escribiera sus últimas palabras, y sonreí convencido de las maldiciones que debió proferir mientras tomaba asiento. Fue como si le hubiera visto usando su inseparable periódico para proteger su impoluto traje. Sentí una nostalgia que no esperaba.
En ese momento llegó una abuela con su nieta para que ésta se entretuviera jugando con la arena, y tras una larga y desconfiada mirada de la vieja, abrí de nuevo el diario para releer las últimas páginas que escribiera mi padre y que tanto me habían sorprendido por mostrarme a una persona completamente diferente a la que yo conocía. Me pregunté si volvería a llorar como ya hiciera en el autobús, y comencé:
           
Todo empezó aquí, sin este parquecito que me vio mal jugar al fútbol junto a mis hermanos mayores y sus amigos, sin esas escaleras que saltaba intrépido hasta que me partí los dientes, sin estos bancos donde escuchaba por las noches las historias de terror más estúpidas pero emocionantes, sin aquel árbol donde intenté robarle un beso a la pequeña María, y que tras fracasar me prometí que nadie nunca me iba a volver a humillar de esa manera ni de ninguna, sin esta arena con la que construí decenas  de cárceles para hormigas a las que luego obligaba a luchar por su vida, sin el basurero de ahí abajo donde cazaba lagartijas que siempre perdían sus colas, sin todo eso, sin mis recuerdos, sin mi infancia, yo no valdría hoy absolutamente nada, aunque nada de esto sepa nadie más que yo. 
            No llegué a futbolista, ni a bombero como aquel vecino por el que suspirara la condenada María, tampoco fui médico ni veterinario, y por supuesto, no alcancé las estrellas como astronauta. Pero, ¿cómo iba a acertar, quién puede imaginarse de pequeño que acabará convirtiéndose en algo tan falto de magia como es, ser un hombre de negocios?
            Dinero no me falta y desde luego tampoco mujeres, he cumplido la promesa del árbol. Sin embargo, los vacíos reconocimientos que se me conceden no sirven para engañarme, sé que algo no está bien y desde este banco lo veo con claridad: fui un niño pobre pero feliz, y ahora soy un hombre tan rico como desdichado. Me revienta cumplir el tópico, me desagrada hasta escribirlo porque es como si lo rubricara, pero lo noto tan cierto, que negarlo es inútil. Todo a mi alrededor ha envejecido mal, salvo el recuerdo, mi infancia posee las únicas risas que aún resuenan sin quedar desdentadas por mi hipócrita vida.
            Mis ex mujeres y mis amantes se pelean por el dinero, no por mí, a mis ancianos padres no les soporto cerca aunque no fueron malos conmigo, de mis hermanos mejor ni escribo, y a mi hijo, a mi hijo no me atrevo a decirle “te quiero” porque no he sido capaz de hacerlo nunca, porque no me creería, y porque tampoco nunca le he dado motivos para que él me quisiera a mí.
            Una infancia feliz, dicen, hace a un hombre feliz, no es cierto. Una infancia feliz es una infancia feliz y punto. Todo camino se puede torcer en cualquier punto y toda vida puede estar bien torcida por más recta que parezca.
            Mi abogado me dice astuto, mi banquero hombre brillante, mi médico me adula vendiéndome una salud de roble, mis mujeres me tachan de frío, mis empleados no se atreven a hablarme con sinceridad ni del tiempo, y mi hijo, si acaso me llama, lo hace por mi nombre.
            Pero aquí, de vuelta al barrio que se ha ajado por fuera como yo lo he hecho por dentro, todo recobra la sinceridad que sólo un niño es capaz de destilar. Lo nota mi cabeza que me está viendo cansarme jugando con  la pelota, corriendo tras el bote, acertando con las canicas, con la peonza. Y lo siente mi corazón, que se encoje de dolor ante la imagen de un tiempo perdido que no sólo no vuelve, sino que también me acusa.
            Cuarenta y cuatro años sin aparecer por aquí, y parece sin embargo que el tiempo se doblara para que mi vieja mano y mi mano de niño, se toquen entrelazando sus dedos. Quién sabe, quizá al soltarse, quizá cuando me levante y regrese a Madrid, tenga el suficiente valor como lo tenía cuando saltaba todos los escalones sin miedo, tal vez sea entonces capaz de llamar a mis padres y pedirles perdón, tal vez llame a mi hijo y le diga que le quiero, tal vez… pero no, este dolor que siente mi pecho morirá en cuanto me aleje de mi pasado, y según me acerque al presente, de regreso al éxito aparente, volveré a ser el frío, el don, el jefe.
Aún esperaré un poco para eso, me quedaré sentado un rato más, escribir y recordar duelen, pero parecen un mal necesario… No me encuentro bien, soy un roble enfermo…  La infancia me ha
Una lágrima cayó en el diario, sequé la hoja con cuidado y lo cerré. Noté un dolor en el pecho pero no iba a repetir la jugada de mi padre, pensé que eso sólo ocurre en las películas. La nieta y la abuela habían desaparecido, me marché del parque. Mientras dejaba Las Torres me dije que no sólo había resuelto el motivo por el que mi padre regresara a su primera casa, sino que también volvía con un padre al que querer recordar. 

Literaturas

A pesar de las pruebas aportadas por el físico Holden Kraus, ni la NASA, ni la Agencia Espacial Europea, ni ninguno de los expertos que han estudiado el tema, están aún por la labor de aceptar las conclusiones del malogrado hispano austriaco.

 

Para muchos, Holden se estaba riendo de todo el mundo, y es que si ya resultaba difícil creer las conclusiones y los hechos que presentó en su primera rueda de prensa, tanto más lo fue con la segunda. Sin embargo, algo ha habido que ha estado con él desde el principio hasta el final. En primer lugar, su reputación de genio y la ausencia aparente de motivos por los que querer presentar al mundo algo tan extravagante si no fuera verdad, o al menos, si él mismo no hubiera creído que lo era, pues algunas voces apuntan a que fue víctima de un engaño. En segundo y sobre todo, las pruebas, resulta difícil confirmar sus hipótesis, pero hasta ahora nadie ha conseguido refutar sus conclusiones, y desde luego no por falta de esfuerzo.

 

Pero hagamos aquí y ahora, en un día que el misterio podía estar tal vez resuelto si las circunstancias aciagas no lo hubieran querido, una cronología de los hechos para poner completamente en claro todo el revuelo ocurrido en los últimos meses.

 

El 4 de febrero de este mismo año, Holden Kraus, un científico brillante y bastante atípico para nuestro tiempo, entre otras cosas por su costumbre anacrónica de trabajar en solitario y aún así encontrar soluciones para el complicado mundo de la física cuántica, afirma ser testigo directo desde su casa, situada en un pueblecito de la provincia española de Guadalajara, de un impacto de meteorito.

 

La noche del avistamiento es despejada, propicia para que se produzcan observaciones astronómicas de cualquier tipo, y sin embargo, parece que sólo los ojos de Kraus han logrado ver aquello que ningún telescopio pudo. He aquí al parecer el motivo principal por el que astrónomos y expertos en la materia deciden ignorar la información de Holden Kraus. Éste, picado en su orgullo y casi desconocedor absoluto de este campo científico, decide ponerse a buscar el lugar exacto del impacto, que cree tener bastante localizado.

 

El 9 de febrero, junto a su hija de 12 años, encuentra el lugar a las 12:15 de la mañana. Kraus se llama imbécil por haber tardado casi tres días enteros en encontrar la zona, realmente cercana a su casa, aunque se justifica alegando un extraño efecto óptico del día de los hechos, que le ha desconcertado bastante y que no sabe resolver. ¿Se trata del mismo efecto que impidió el avistamiento a los observatorios astronómicos? ¿Tendrá eso algo que ver con la naturaleza del meteorito? No parece que sea un punto que se vaya a resolverse jamás.

 

En cualquier caso, la zona de la colisión se halla en la cima de un promontorio, donde se ha ocasionado un pequeño cráter. Holden Kraus, junto a su joven hija, examinan la zona y al fondo del cráter divisan los restos del meteorito. Al principio no albergan ninguna duda de que se trata de una piedra extraterrestre más, pero pronto cambian de opinión. Al examinar de cerca el meteorito advierten que se trata de una roca labrada con una forma más bien rectangular de medio metro cuadrado. Pero lo más extraño está aún por llegar, la hija de Kraus manipula la piedra por una abertura lateral que presenta, y al hacerlo el meteorito se abre y deja al descubierto un objeto pulido, como una losa con extrañas inscripciones, de unos 4 centímetros de grosor y de 30×20 en cuanto al largo y al ancho. Pronto el mundo entero conocerá el objeto como el Códice Extraterrestre.

 

Holden Kraus no pierde el tiempo y para el 10 de febrero concede una rueda de prensa en la que asisten los medios más importantes de todo el mundo. El científico, ya siempre junto a su hija, muestra fotografías y vídeos del impacto y del meteorito, y ofrece a una comisión de expertos internacionales la propia roca y el original del códice. Kraus anuncia asimismo que ha realizado una copia infografiada de todo el material que entrega, y que pretende estudiarlo de forma independiente.

 

Durante varios meses se trabaja incansablemente para desentrañar el misterio del códice, si bien parece que mientras la comisión de expertos se afana principalmente en una línea, Holden sigue otra. Resulta que el esfuerzo de los primeros se encamina en refutar los hallazgos, en demostrar el fraude, en ridiculizar y desprestigiar al físico que pretende dar lecciones sobre lo que no sabe. Por su parte, el hispano austríaco se obsesiona con desentrañar los misterios del códice, no alberga ninguna duda de la veracidad de los descubrimientos, y pone toda su intuición, su talento, y el de su precoz hija, al servicio del códice.

 

A primeros de junio Holden Kraus anuncia una segunda rueda de prensa para el 12 de ese mes, que afirma, no dejará indiferente a nadie. Para el 11, y en una jugada que el tiempo hace ver como poco inteligente e innecesaria, la comisión de expertos ofrece otra. En ésta, afirman que la roca rectángular efectivamente es extraterrestre y que el llamado códice es de origen desconocido, pero inciden en señalar dudas sobre la zona del impacto, que ha seguido para ellos un desarrollo poco lógico de acuerdo a las leyes de la física, y en el hecho de que aunque hablen de origen desconocido, no quieren decir que provenga de otra civilización. Así que no concluyen salvo que no han podido, de momento, desenmascarar a Holden.

 

El 12 de junio y según lo previsto, se produce la esperada segunda rueda de prensa de Kraus que de nuevo la ofrece junto a su hija. Dicen haber descifrado buena parte del códice y para sorpresa de todos, el físico afirma que se trata con total seguridad de un relato extraterrestre:

 

-La primera prueba inequívoca de la existencia de vida inteligente más allá de la Tierra, nos ha llegado en forma de literatura.

 

El científico no quiere entrar a juzgar el valor literario de la obra, y ni siquiera concluye el género del mismo, puesto que aunque para nosotros sería de ciencia ficción, para ellos tal vez no sea así. Con cierto humor, eso sí, deja entrever que no es gran cosa, si bien considera que hay que tener en cuenta su pésima capacidad filológica para hacer un buen trabajo de ese tipo, y su escaso gusto por la literatura. Lo importante en cualquier caso es que una vez más Holden Kraus enseña al mundo sus descubrimientos sin reservas, y muestra que la traducción ha sido posible gracias a la base matemática que ha descubierto que contienen las inscripciones del códice, y que le han permitido llevar a cabo algo parecido a una piedra de rosetta extraterrestre. Tampoco se guarda la traducción, aunque dice que aún está en pañales y que se trata más bien de un resumen con anotaciones, que de un texto literario en sí. Efectivamente, los meses y el esfuerzo esta vez en común con otro grupo de expertos, estos de filología, mejoran bastante la primera y difícil versión, que sin embargo es la que se recogerá acto seguido, con sus dudas, sus muchos y consabidos problemas, y sus comentarios entre corchetes del propio Holden:

 

 

El amo [el lector deberá ponerle la forma que considere oportuna, pues quien lo haya escrito ahorra absolutamente en la descripción física de los personajes, por lo que sólo sabemos que se tratan de seres inteligentes, pero no, si disponen de dos, de tres, o de cuatro piernas, de una o de dos cabezas, o de si el color de su piel, si es que tienen de esto, es naranja o azul o la típica verde] tras ser investigado por el Imperio Norte a causa de sus experimentos sobre la ¿desmanipulación?, decidió desaparecer temporalmente para no ser hecho prisionero, y para ello preparó un plan junto con su criado, según el cual éste último sería el regidor del dominio mientras el amo no regresara de sus viajes, que se alargarían hasta que ¿prescribiera? el supuesto delito. Sin embargo tales viajes no iban a existir y el amo seguiría en el ¿Sector4? tras aplicarse el inyector de conciencia [al parecer se trata de una tecnología que permite extraer la conciencia de un sujeto –con todos sus recuerdos, facultades, traumas…- e inyectarlos sobre un ser ¿inferior?, que ve anulada su propia conciencia para pasar a funcionar con la del inyectado] sobre su mascota preferida [tal vez algo parecido a un gato ya que se dan claves para atisbar rasgos como tamaño y agilidad].

El criado, que tenía la orden de aplicar inversamente el inyector [el cuerpo del amo queda mientras tanto enterrado en un ¿ataúd?] una vez que el Imperio Norte dejara de impartir su justicia sobre el Sector4, intenta terminar con el plan cuando esto al fin ocurre, pero se encuentra entonces con el problema de que la mascota, dócil durante todo el tiempo de la investigación, se vuelve arisca y no se deja atrapar una vez que el Imperio se marcha. Durante un tiempo el criado persigue a la mascota por todo el sector [el lector deberá imaginar aquí los paisajes, los colores, la fauna y la flora que considere oportuno, pues de nuevo, nada se nos dice], pero no consigue capturarla. El criado termina de convencerse de que algo ha salido mal en la ¿transfusión? de conciencia y que mascota y amo luchan dentro de ese cuerpo por el control, como si ambas conciencias se solaparan. El criado, que conoce algo de la tecnología del inyector, decide revisarlo pero no encuentra ningún fallo y termina por idear un nuevo plan.

Habla con su esclavo y buscan una nueva mascota del amo, más grande, ágil y fuerte que la primera. El criado ha decidido aplicar su conciencia a la de esta mascota para perseguir a la primera. Considera su plan infalible y deja al esclavo como regente del Sector4 mientras la mascota/criado persigue a la mascota/amo. Cuando la ¿caza? se produce, cuando la garra [por fin un sustantivo físico que nos sirve para guiarnos descriptivamente] del criado somete a la del amo, éste, que no tiene para nada la conciencia solapada o confusa, logra convencer a su criado/mascota de las ventajas de sus nuevas condiciones [¿físicas?], y ambos deciden quedarse en ese estado de conciencias parásitas en cuerpos ajenos.

La historia concluye con el esclavo hablando con su ¿hijo/a? para explicarle que va a usar de nuevo el inyector de conciencia, aplicándoselo él mismo sobre otra mascota del amo, aún más grande, ágil y fuerte que la que usó el criado. La mascota-esclavo sale de caza por el Sector4, y su ¿hijo/a? contempla la escena siendo el nuevo regente de la zona.

 

 

El 13 de junio no hubo ningún medio de información importante en ningún país que no abriera informando sobre esa rueda de prensa y sobre ese relato. La sensación general fue la de un gran escepticismo y la de cierta tomadura de pelo, que sin embargo se topaban con el mismo escollo de siempre: las pruebas. Holden Kraus había aportado el código matemático traductor y con él las piezas encajaban a la perfección.

 

Dos fueron los debates que se abrieron principal y paralelamente a partir de entonces. El primero giraba en torno a lo de siempre, si habíamos recibido o no, la confirmación de vida inteligente más allá de nuestro planeta. El segundo, más peculiar y reducido, discutía sobre la supuesta calidad del relato extraterrestre. Aquí también hubo un amplio consenso por el que se destacaba la pobreza del estilo, la confusión del mensaje, y lo inverosímil de las decisiones. Si bien es cierto que según pasaron los días y se fueron puliendo algunos aspectos, fueron apareciendo más y más defensores del relato. Al fin y al cabo, se señalaba ahora desde esos sectores, se le estaba juzgando desde nuestras categorías y nuestras limitaciones, y aún así, añadían, era posible hacer numerosas interpretaciones válidas y estimulantes de crítica científica, de relaciones inter-seres, de organizaciones socio-políticas, y de juegos humorísticos.

 

Durante los dos meses siguientes se siguió trabajando en las pruebas y en la traducción, y aunque el interés se redujo como es lógico por la falta de novedades, el mercado no dejó que nos olvidáramos del asunto: se anunció una superproducción de Hollywood; aparecieron cientos de miles de prendas con frases del relato, con imágenes recreadas de las posibles mascotas y de los posibles amo, criado, esclavo, hijo/a; y se desarrollaron geografías del Sector4, e Historias para el Imperio Norte.

El 15 de septiembre, y tras un retiro casi absoluto por parte de Holden Kraus, vuelve a aparecer para anunciar que tras un trabajo incansable durante este tiempo junto a su inseparable hija, ha realizado un nuevo, sorprendente, y casi definitivo descubrimiento sobre el meteorito y sobre el códice que, dice textualmente: “dará mucho que hablar tanto a mis detractores como a aquellos que poco a poco se atreven a defender mis conclusiones”. Así que cita a los medios de comunicación para una tercera rueda de prensa que se iba a efectuar el 1 de octubre, y que se presuponía apasionante.

 

Estamos a 30 de septiembre y el mundo entero se muestra sobrecogido. Un accidente de tráfico en condiciones aparentemente poco sospechosas, se habla de un simple descuido por parte de Holden, ha acabado con la vida del científico. El hispano-austríaco viajaba junto a su hija de regreso a casa cuando al tomar una curva a una velocidad supuestamente excesiva tuvo un choque frontal con otro coche. Tanto Holden como el conductor del otro vehículo fallecieron al instante, mientras, la hija del físico se encuentra en estado crítico, pero estable dentro de la gravedad, y como no se termina de descartar ninguna hipótesis, la policía se encuentra custodiándola en el hospital.

 

En estos momentos el Planeta Tierra parece contener la respiración a la espera de que la hija de Holden Kraus, una niña de 12 años, salve su vida, se recupere, y pueda desvelar al mundo el nuevo descubrimiento que junto a su fallecido padre, llevaran a cabo. ¿Estamos cerca del final para conocer la respuesta de si otra civilización a través de la literatura se ha puesto en contacto con nosotros, o nos quedaremos a las puertas de esa certeza?

El séptimo sello

«El séptimo sello» 1957.
Los derroteros del tiempo han querido que cayera en las manos de Ingmar Bergman y en un ciclo de su cine, pero el recuerdo me ha dicho que antes de empezar, volviera a visualizar la única película suya que había visto. Por suerte mi recuerdo no se equivocaba y volver a ver «El séptimo sello» ha sido todo un espectáculo, una elevación del alma que casi se me escapa de donde esté para poder contemplarla por primera vez en mi vida, y encontrar el sentido que afanosamente busca el caballero Antonio Block. Por supuesto no lo alcancé, pero debo decir que entre éste y Juan el escudero, llevan a la película a cotas difícilmente imaginables hoy, al menos para mí, pues se presentan todas aquellas cuestiones que me atenazan; el sentido, la muerte, la nada… y la risa.
Porque lo que provoca esta entrada es el sorprendente humor, y es que en la escena donde el juglar simula su suicidio para escapar del tonto herrero, veo nada más y nada menos que buena parte del cine cómico de Woody Allen, con esos juegos a la metarrealidad, con esa comicidad que hace dar protagonismo al espectador, y que desde luego no esperaba. Se podría decir que para mí fue la guinda de un pastel que gracias a mi frágil recuerdo volví a disfrutar, tal vez, más incluso que la primera vez. Seré más maduro que entonces, o la muerte me habrá aventajado en demasiados movimientos de la partida de ajedrez que es la vida, y estaré más cerca de la guadaña de lo que quisiera. Espero que antes de que acabe, encuentre lo que Block, la oportunidad de redimirme. Aunque bien pensado, prefiero el valor sin complejos y desafiante del escudero Juan:
«Sécate las lágrimas y mira el fin con serenidad. Hubieras gozado más de la vida despreocupándote de la eternidad, pero es demasiado tarde. En este último instante goza al menos del prodigio de vivir en la verdad tangible antes de caer en la nada». 

42. Fernando Pessoa

El «Libro del desasosiego» es muchas cosas, pero quizá principalmente eso, un desasosiego total, un pesimismo rayando cerca del nihilismo que sin embargo merece la pena, y mucho, leer. Aunque paciencia y el aviso de que no es para todos los gustos, para todos los paladares. Bueno resulta, y eso le hace más grande, que encontremos contradicciones en su seno, y es aquí a lo que he venido, a resaltar una suerte de optimismo genial que encuentro en su fragmento o parágrafo 108. Quizá desbarre demasiado pero repito lo dicho, lo que a continuación se vierte me parece una maravillosa suerte de peculiar optimismo para la mayoría de nosotros:
«Unos gobiernan el mundo, otros son del mundo. Entre un millonario americano, con bienes en Inglaterra o suiza, y el jefe Socialista de la aldea no hay diferencia de calidad, sino de cantidad. Abajo […] de éstos, nosotros, los amorfos, el dramaturgo inadvertido William Shakespeare, el maestro de escuela John Milton, el vagabundo Dante Alighieri, el mozo de cuerda que me hizo ayer el recado, el barbero  que me cuenta chistes, el camarero que acaba de hacerme la fraternidad de desearme esa mejoría, porque sólo me he bebido la mitad del vino»
Aún más optimista resultaría el fragmento si en lugar de la preposición «del» que acompaña a la primera frase, se usara el artículo definido «el». Quizá entonces se cayera en una flagrante violación de la realidad: «Unos gobiernan el mundo, otros son el mundo», pero no es falta de ganas lo que siento para que eso fuera así, para que nosotros fuésemos el mundo, y ellos, los que mandan, sólo hicieran eso, gobernar, pero sin formar parte del juego.  

41. Voluntad de poder

Escribo atravesando las dificultades, lo hago a pesar de tu trabajo, de tu ocio, de tu sueño, de nuestra falta de tiempo. Lo hago a pesar de las lecturas, de la vida, del amor. Escribo mientras vivo, mientras esté en las entrañas,y seguiré escribiendo una vez que hayamos muerto.

De hadas y unicornios

A pesar de mi adicción a la soledad debo reconocer que en ocasiones, la curiosidad por la rara especie que somos, me vence, y me acerco entonces a las personas de una manera o de otra.

 

Esa curiosidad es la que me embargó hace dos mañanas, la que hizo que cambiara de mesa en el bar donde acostumbro a desayunar antes de irme a dormir, después de salir de mi turno de noche.

 

Era la hora del sol y sombra para muchos obreros, del café para los chóferes, de mi vaso de leche y mi bollo en la mesa del rincón, la más alejada del bar. Una hora en definitiva, rutinaria para un polígono industrial, pero extraña para las dos figuras discordantes que entraron al bar, y se sentaron cerca de la barra.

 

Se trataba de una madre y de su hija. Era demasiado temprano para una pareja así, y estaban demasiado lejos de un hospital, o de un colegio, o de lo que sea, a donde puedan ir una madre y una hija juntas y a las siete de la mañana. No lograría resolver el misterio, pero cuando iba a marcharme camino de mi mesa del fondo, escuché:  

 

−Porque cuando vayas a la universidad…

 

No entendí el final de la frase, pero la consideré extraña teniendo en cuenta que la niña no tendría más de seis años, y sí, me senté lo más cerca posible de ellas.

 

De frente me quedó la pequeña, bebía con gesto aburrido un zumo poleo, de espaldas la madre, con una coca light a su lado. Reconozco que me había intrigado aún más que la frase, el tono. Necesitaba escuchar más de aquello, necesitaba confirmar aquel sinsentido.

 

Y lo confirmé. La madre resultó ser una cotorra insufrible. Por mi parte, en lugar de desayunar me puse a doblar una servilleta para no perderme detalle de las perlas que la señora soltaba con un tono tan cargante, que a punto estuvo de hacerme rebufar con frases como:

 

−Porque esa profesora tuya es una mala pedagoga y su sistema de enseñanza bla, bla, bla

−No debes jugar con esos niños tan pequeños, son unos críos para ti bla, bla, bla

−Siéntate más recta; no hagas ruido al beber;  límpiate cada vez con la servilleta bla, bla, bla.

 

Terminé mi figura de papel y me puse con el desayuno. Entonces la niña, como si luchara por conservar un arresto de inocencia, dijo con la dulzura que le faltaba a su madre,

 

−Hoy he escrito en mi cuaderno que, “la hada vendrá a visitarme si…”

 

Pero no pudo terminar la frase puesto que la madre saltó como un resorte:

 

−No se dice “la hada”, sino “el hada”, pues hay una figura retórica en lingüística que nos dice cómo debemos hacerlo para bla bla bla.

 

Y tan satisfecha de sí misma, la madre se terminó la coca al poco, se levantó, y le dijo a la niña que le esperase ahí quietecita porque iba a comprar tabaco antes de que se fueran.

 

Yo no cabía en mí de asombro, y sopesé rápidamente varias posibilidades; esperar al regreso de la madre y decirle que era una pedante insufrible; levantarme y darle al pésame a la cría por la suerte que le había tocado; o sencillamente callarme, sin duda mi mejor opción. Pero no opté por ninguna de esas.

 

Me levanté con mi figurita de servilleta, anduve los pocos pasos que me separaban de la niña, y cuando llegué a su lado le dije:

 

−Lo importante no es cómo escribas ni digas “hada”, sino que creas en ellas para que te visiten.

 

Y ante su mirada le regalé mi unicornio de papiroflexia.

 

La madre, que me vio hablar con la niña, regresó rauda a su mesa y nuestros ojos se cruzaron por un instante cuando me dirigí a pagar para marcharme. Su mirada me declaró culpable de los peores cargos. Y llegué a escuchar que preguntaba con inquietud a su hija qué le había dicho yo. La niña le contestó que algo muy raro, con una voz muy adulta.

 

Pensé que había perdido la batalla, pero por el rabillo del ojo, aún tuve tiempo de ver antes de irme, que la niña se guardaba el unicornio bien lejos de su madre.

Rebelación mortal

Si una epifanía se me hubiera presentado y gritado a la cara lo que soy, la cosa no me hubiera quedado más clara que como lo dejó esa maldita cama, hace tan sólo unos días. No daré ningún rodeo, aquí dejo mi revelación: soy la Muerte, y no tenía ni idea de ello.
O al menos sé que soy Una Muerte, porque a saber cuántas andamos por ahí conociendo o desconociendo el asunto. Al fin y al cabo, yo, en mi inconsciencia, no me daba abasto para acabar con tanta gente. Mi cupo, hasta que me informó la cama, era de sólo una persona por noche. Y desde entonces, ni siquiera he vuelto a repetir, y desde entonces, sé que los cementerios se han seguido llenando.
Me dan ganas de reír, pero desde que lo he descubierto, no dejo de llorar ¡Vaya imagen más triste la mía! ¿Quién se apiadará de mí? ¡Nadie se compadece de la Muerte! Yo nunca lo hice ¿Cómo autocompadecerme ahora? Y es que, terrible peso el mío, terribles las dudas que se abren y me acechan. Claro, me termino por decir, seguiré adelante más o menos como hasta ahora, terminaré por caer en la tentación de la cama ajena, pero, lo haré algo maldito, ¿no?
Iré a la prueba, que no pienso escatimarla. Tras ella, ¿quién podría albergar cualquier duda?
Resulta que me levanto en mitad de la noche, y a la vuelta, la cama está fría, helada, ¡es un jodido témpano! El resto de la deducción fue coser y cantar.
Veamos, no digo yo que una cama no tenga derecho a enfriarse… ¡pero se le debe dar tiempo! Si un cuerpo la calienta durante horas, aunque se levante y eche una meada, al regreso debe quedar algo de calor. Más cuando el tiempo que pasa es el de un simple trago, como ocurrió conmigo, pues en mis largos años nunca he sentido la necesidad de mear… ahora esta pieza de lo que realmente soy, se encaja también.
¡Y todo esto me pasa por dormir solo! ¿Quién demonios me manda innovar, quién me hizo cambiar la costumbre? Hasta ahora, durante siglos, siempre dormí acompañado y nunca hubo demasiados problemas. Ahora el puzle está completo, el calor del otro compensaba mi falta. Es verdad que ese otro ya no se levantaba nunca más, pero eso no era mi problema me decía a mí mismo, y sencillamente, me largaba a otra noche, a otro cuerpo, a otro calor.
Ahora entiendo todo el asunto, resulta que no soy eterno como pensaba a ratos, ni un bicho raro, ni nada de otro mundo, ni nada de nada más que una Jodida Muerte. Qué terrible es tener peso pero no poso, qué terrible es no calentar una cama ¿Alguien quiere mi cargo? ¿Hay manera de librarse de mi fría piel? Eso es, cuando vuelva a dormir acompañado, ofreceré intercambiar mi puesto. Una muerte no puede morir, pero tal vez pueda traspasar sus funciones. Quizá resulte, y sea yo el que esa mañana no se levante… calentando la cama con mi último deseo.