Sartre y Shakespeare

¡Dejadme citar por dios! No os arrepentiréis.

Empiezo tirando de memoria y de película, no de libro y de exactitud. En «El rey Lear», del ruso Grigori Kozintsev, una maravillosa adaptación del clásico de Shakespeare, el bufón nos advierte en un determinado momento
«Fortuna, puta innoble, que cierras siempre la puerta al pobre».
Y más adelante y si no recuerdo mal, es el propio rey el que nos dice
«Los dioses juegan con nosotros como si fuéramos moscas, arrancándonos las alas y observando».
Sigo ahora con Sartre, ¡Siempre Sartre! En «A puerta cerrada», tres personajes son arrojados a una habitación de la que no podrán salir, están muertos y es el infierno, ahí devendrá la famosa sentencia sartriana de que el infierno son los otros. Permitidme dos citas de la obra
INÉS
«Yo soy mala; eso quiere decir que necesito el sufrimiento de los demás para existir. Una antorcha. Una antorcha en los corazones. Cuando estoy completamente sola, me apago. Durante seis meses ardí en su corazón: lo abrasé todo.»
Y más adelante, casi al final de la obra
GARCIN
«Así que esto es el infierno. Nunca lo hubiera creído… ¿Recordáis?: el azufre, la hoguera, la parrilla… ¡Ah! Qué broma. No hay necesidad de parrillas; el infierno son los otros.»
Lo mejor es que los protagonistas no son peores que la mayoría de nosotros, por lo que somos sus terribles espejos.

McNulty

Joder que obsesión con la frase del detective de homicidios Jimmy McNulty en la serie The Wire: «Podrán masticarte pero al final te tienen que escupir».

Estará la réplica del, sí pero al final está la muerte que es la mayor de las mordidas. Pero queda la contraréplica del ¡Sí, pero también es el mayor de los escupitajos: desde el fondo al no se sabe! Hay acaso un viaje mejor.
Pues eso, que te pueden joder pero siempre se puede sonreír, y cuando se deje de hacer, empieza lo mejor. O quizá nada, pero qué más da entonces.

Un mal día… que ya pasó

Últimamente, donde «últimamente» significa en el aproximadamente último año, estoy formando parte de clubes que no molan mucho. Primero fue el de «larga relación fracasada», y ayer entré a formar parte del de aquellos que pueden presumir de haberse pegado una castaña con el coche.
Mi pobre Ford Mondeo acabó para la chatarra, yo, al margen del cabreo, salí sin un rasguño, sin una contusión, sin nada más que lamentar el palmar unos cuantos miles de euros. Dinero siempre sucio, nada más.
Un mal día a relativizar cuando la grúa te pasea por delante de un accidente bastante más grave que provocó el mío. Un mal día que me deja sin muchas cosas y me presenta otras nuevas, lo que me lleva a mi siguiente entrada, mucho más interesante…

SIEMPRE OS NECESITARÉ

Las bibliotecas son las mayores cajas de sorpresas que existen, uno puede perderse entre sus hileras de estantes repletas de libros sin saber qué maravilla le espera a la vuelta de la esquina, y por si fuera poco, la maravilla le sale gratis.
Amo los libros, y lo hago porque casi todos los que caen entre mis manos me enamoran. Por supuesto juego con trampas, faltaría más, éstas consisten en guiarme casi siempre por un brújula. Es verdad que en ocasiones me dejo llevar, pero siempre hay tendencia por unas líneas que he forjado saludablemente con los años: que sean clásicos, que rebosen imaginación, que tengan buena crítica, que sus temas me atrapen.
Es de este modo, con una mezcla de aventura y criterio, como llegué a «Ya no te necesito», una colección de relatos de Arthur Miller. Buscaba alguna obra teatral suya y consagrada, pero mi cabeza olvidadiza y desastrosa decidió borrar el detalle de que las obras de teatro se clasifican en estantes aparte de las obras de novela, y de esta manera sólo encontré dicha colección. Y puesto que me encantan los relatos y aunque un poco indignado con la biblioteca por no tener «La muerte de un viajante» o «Las brujas de Salem», me llevé el libro.
Si me preguntaran, «¿por qué te gusta leer?», podría contestar con cientos de argumentos (ya sería alguno menos fantasma) hasta aburrir al personal, que si un libro me hace vivir otras vidas, que si te cultiva, que si te hace crecer, que si te hace estar sólo y rodeado al mismo tiempo, que si…, pero quizá bastaría con decir, me gusta leer porque me dibuja una sonrisa de idiota en la cara que me embarga de felicidad.
Es cierto que a veces los libros asustan, o indignan, o te dejan perplejo, pero siempre me hacen más feliz. Y aunque como indiqué me enamoro de ellos con facilidad, «Ya no te necesito», quizá por su gran carga de sorpresa al recaer en mis manos, me ha hecho tan feliz que tenía que agradecérselo hablando de él, o más bien escribiendo esto.
Diré que no llego a los 30 y que de media los relatos que se encuentran allí me sacan unos 50 años, pero la buena literatura siempre actualiza, y es así como he vivido en la piel de los personajes de Miller y respirado sus intereses y problemas, tan cercanos a mí a pesar de las distancias temporales, espaciales, culturales, y tan lejanos a mi mundo, que es normal que reconozca sin esfuerzo mi anacronía crónica, mi incapacidad para plantar los dos pies en este país tan idiota como el resto, mi facilidad para perderme en lugares ajenos y olvidarme de los propios.
Sí, vivo en las nubes, en las nubes que forjan la literatura, y lo que más siento a menudo es tener que bajar de ellas. Hoy bajé de las nubes de Miller, gracias, mañana ya estaré volando en las de Buero Vallejo. Así es y así debe ser, mi sonrisa estúpida marca el rumbo de mi dicha inadaptada al tiempo. La palabra escrita me da sentido a casi todo lo demás, es difícil estar más agradecido.

24

Llevo una escala a todas luces preocupante: hace meses reté a Rilke -«¿Quién habla de victorias?» Yo, resistir no es suficiente. Y ayer reté a Dios (y no a uno cualquiera sino al judío-cristiano-musulmán), por mucho que me mastiques tendrás que escupirme.
Y lo peor de todo es que de momento les voy ganando: no sólo resisto pues a trompicones soy feliz, y estoy mordido pero fuera de la dentellada.
Es evidente que no se puede retar a Golliat sin ser David, así que me tocará hundirme antes o después, y sufriré las consecuencias de mi osadía en forma de nulidad en las letras, desdicha en la vida, e inanidad para la lucha. Pero la evidencia me la paso… pero la evidencia llegará más tarde que ahora, y cuando llegue, a sonreír y a buscar el gesto necesario para asumir la derrota.

23 6:00

La vida comienza en cualquier parte y termina de cualquier manera. El destino no es sino lo que hay entre medias, no lo que se da antes ni lo que llega después, el destino no es sino la vida.

6:00 de la mañana del 10.05.10, tras terminar de ver «Ping pong mongol».

22

Dejadme encadenar dos citas: Nadie está obligado a lo imposible, pero amo a quien lo pretende.

«Nadie está obligado a lo imposible», es un principio general del derecho, que como tantas otras veces, nace en Roma. Y, «Amo a quien pretende lo imposible», forma parte del «Fausto» de Goethe. Juntas hacen un principio claro: no estamos obligados a lo imposible, pero no tender hacia ello es más que una pena, es una traición a lo que somos capaces.