¿Dónde te escondes?

En la distancia insalvable que dista

del dedo de Dios al dedo de Adán.

En la mirada inocente que despierta por primera vez

al asombro.

En la amistad sincera.

En el sexo, sagrado.

En compartir, el camino.

En amar sin orden ni medida.

Está en rebelarse contra el No es posible,

está en hacer justicia donde no la había,

está en no rendirse y en ser libre.

Porque el sentido de la vida se esboza

en la sonrisa que lo ha dado todo, y que se refleja,

y que no se esconde ni ante el mismo filo de la Guadaña.

Otra ronda

¡Soy la herida y el cuchillo!

¡Soy la bofetada y la mejilla!

¡Soy los miembros y la rueda!

¡Y la víctima y el verdugo!

Charles Baudeleaire, Las flores del mal

El autor del siguiente texto recomienda que el lector no continúe, que no vaya más allá de estas líneas por si la maldición del protagonista cobrase efecto. Si aún así continúas leyendo, avisado quedas de que lo haces bajo tu exclusiva responsabilidad.

Llego antes que tú a la puerta del bar donde quedaste en diez minutos. Me gustaría entrar, sentarme, pedir al camarero la mejor ginebra en una copa balón tan grande que incluso me pudiera ahogar en ella. Pero sé que no es posible, porque no hay copas de ese tamaño, porque no pisaré el bar, porque no existo.

Eres tan odioso que incluso me has llamado Cero. Eres tan infame que me haces decir aquí y ahora que nadie aliente ninguna duda, porque no hay intriga, porque no hay misterio, porque no se deben esperar golpes de efecto. Aquí no hay nada de nada, salvo que yo no soy real, y que tú que eres un redomado cabrón.

Soy lo que duren estas líneas.

Llevas dos semanas dándome vueltas, catorce días preguntándote el modo de levantar un relato que merezca la pena. He sido vislumbrado mientras salías a correr y canturreabas con tu voz horrible, mientras ponías cara de atención en esas reuniones que nada te importaban, mientras jugabas con tus amigotes a la videoconsola, mientras te hacías el interesante para llenar el otro lado de la cama. Me has dedicado más tiempo que a muchos otros personajes, te he obsesionado por las noches, incluso te emborrachaste mientras me pensabas. ¿Y todo para qué? Todo para que al final ejerzas conmigo la mayor de las crueldades. Todo para que me dotes de la cruda conciencia de que no existo.

A estas alturas de tu vida llevas decenas de historias pergeñadas con mayor o menor éxito, con más o menos pericia, pero siempre con al menos una virtud, la de que sus protagonistas desconocen que son humo, que son un cero a la izquierda de la existencia, que son el capricho de un creador de tres al cuarto.

¿Pero todavía hay alguien leyéndome? ¡Deja de hacerlo! ¡Solo conseguirás acabar definitivamente conmigo! Abandona ahora y al menos quedaré de un modo inconcluso, inconexo, inconsistente. Flotaré en la nada, sí, pero flotar ya es algo, y desde luego, es mucho mejor que hundirse definitivamente.

¿Seguís adelante? ¡Vosotros tampoco sois inocentes! Vosotros también seréis responsables de mi cadáver de sombra. Es más, empiezo sospechar que alguno querrá mostrarse sádico, que no faltará quien diga que le ha gustado lo que ha leído, que lo recomendará, que incluso llegará a la desfachatez de escribirte para felicitarte, para inflamar tu vanidad, para animarte a perpetrar más crímenes con tus escritos.

Iba a maldecirte solo a ti, mi autor, pero llegados a este punto decido maldeciros también a todos los que por morbo, curiosidad, disciplina, amistad, idiotez o locura, habéis llegado hasta aquí: ¡Yo, Cero, os maldigo para que vuestro Creador se presente ante vosotros y os condene a que ardáis en el infierno! Si ocurriera, bienvenidos a la angustia.

Pero vuelvo exclusivamente a mi creadorcillo antes de extinguirme. Y es que no quiero marcharme sin escupirte a la cara que no es verdad lo que siempre pregonas. Porque entre existir y no existir existe toda la distancia del mundo. La ficción es un cuento, lo que cuenta es la vida. Tú estás vivo y me cuentas. Yo estoy en tu cabeza y soy contado. Soy la voz pasiva que transita a marchas forzadas hacia el silencio, aunque antes de llegar, trataré de herirte con la verdad en mi último suspiro: ni siquiera eres original.

Llegaste al bar. Ella también lo ha hecho. Os sonreís, habéis pedido vuestras copas. Te oigo convencerla para que prometa entre risas que luego habrá otra ronda. Te odio por estar vivo ¡Celebrad que estáis vivos!

Me introduzco en tu copa poco a poco. Descubro que quepo en ella por completo. Ventajas de ser bruma. Antes de desaparecer quiero que sepas que te esperaré en las tinieblas de la ficción. Me bebes de un trago.


 

Publicado originalmente en dekrakensysirenas.com, @krakensysirenas, el 28.11.15

Cristales rotos

El niño nunca olvidaría aquella tarde a finales de la primavera. Se encontraba en su casa, en el jardín. Regaba con un cubo de playa dos cerezos, mientras miraba embelesado cómo se llenaba la piscina en la que en unos días se podría bañar. No había ni una sola nube en el cielo.

Comenzó a sonar el teléfono del salón. Su mamá no estaba, su papá sí, pero en el despacho de la planta de arriba. La casa era enorme y el padre siempre desconectaba su línea. No podría oírlo. Sus padres le habían dicho que no atendiera todavía al teléfono, que era demasiado pequeño. Pero esa tarde un tono sucedía a otro, el teléfono no dejaba de sonar, y al final el niño decidió desobedecer. No cabía un acto subversivo más venial que ese.

Levantó el auricular, se sintió mayor. Al otro lado preguntaban por su padre. Al niño no le gustó el tono de la voz que escuchó, pero hizo lo que amablemente le pedían. Subió a buscar lleno de orgullo a su papa. Abrió la puerta del despacho.

−Papi, papi, al teléfono. Una mujer pregunta por ti.

−¿Una mujer? –Eso fue todo lo que dijo, envuelto en papeles y planos, se levantó y bajó a escuchar.

El padre agarró el auricular con el aplomo que lo caracterizaba en todo lo que hacía. Su hijo sencillamente le idolatraba. Este, no regresó al jardín tras su pequeña hazaña, sino que quiso ser el escudero de su papá, tal vez necesitara un bolígrafo para apuntar algo, y él estaría allí para llevárselo. El hombre asintió un par de veces a lo que le dijeron al otro lado de la línea. Su tono le resultó raro al niño, aunque por su inocencia no pudo apreciar que a su héroe se le escapaba la seguridad de su rostro por momentos, la felicidad incluso. Colgó. No hubo regañina ni felicitación a su hijo por haberle avisado, tampoco hubo carantoña como tantas otras veces. No hubo nada. Tenía el rostro demudado, los ojos vidriosos.

El niño sintió miedo, no sabía por qué ni de qué, pero sintió miedo. Se quedó paralizado, incapaz de hacer la pregunta que le nacía de dentro: «¿Papá, estás bien?», pero que moría en su boca. El padre comenzó a dar vueltas a lo largo del salón, las manos se las llevó a la cabeza, parecía no saber a dónde ir. Una casa tan grande, tan bonita, y de repente parecía devorada por una amenaza que el niño no podía comprender. Finalmente el hombre se paró frente a un mueble de roble que le llegaba por la cintura, encima quedaba una base de plata donde se amoldaba una bola terráquea, de cristal, con distintas tonalidades y relieves. Se trataba del primer regalo de cumpleaños que él le hiciese a su mujer. Era una pieza de coleccionista, excepcional,  y llena de valor.

Abajo del globo quedaba el mueble bar. El padre se preparó un vaso de whisky. Nunca había bebido alcohol delante de su hijo, y este no sabía lo que era ese color marrón. El niño arrugó la nariz. Se preguntó por qué papá no hablaba, por qué ese rostro tan distinto al de siempre, por qué ese temblor en las manos, por qué se bebía eso de un trago, por qué volvía a echarse más.

Después de vaciar el tercer vaso, el padre apoyó las manos en el mueble. El mundo de cristal estaba entre sus brazos, bajo su nueva mirada. Tras un tiempo que al pequeño se le hizo eterno, su padre levantó la bola apoyada en la base de plata. Se dio la vuelta con ella en las manos y se topó con la mirada de su hijo. El pequeño lloraba. No sabía por qué pero lloraba. Hizo un gesto con la cabeza a su papá, un gesto que claramente significaba, «no, por favor». Pero el padre no le hizo caso. Sin dejar de mirar a su hijo, dejó caer el mundo. La bola al entrar en contacto con el suelo estalló en pedazos.

Como si no bastáramos mi padre, los cristales rotos y yo, en ese momento apareció mi madre. Regresaba a casa como era su costumbre feliz y sonriente. Al ver su querido regalo estrellado, y al verlo entre mi padre y yo, pensó que su niño había hecho una travesura casi intolerable cazada por su marido. Ojalá hubiese sido así, ojalá yo hubiese sido capaz de gritar:

−¡Lo siento mucho mami, se me cayó sin querer!

Pero yo era un niño, un niño por última vez, y solo fui capaz de decir:

−Ha sido papá, papá se ha vuelto loco.

El niño corrió entonces a abrazarse a las piernas de su madre, su mejor refugio. Esta no le rechazó, pero tampoco hizo nada por acogerle, por darle un abrazo protector. Ella miró a su marido, él miraba a su mujer. El niño no quería mirar a ninguno de los dos. Entonces escuchó un «lo siento» que todavía hoy no sabe realmente quién de ellos pronunció. Tampoco sirvió para recomponer nada de lo mucho que se había roto para siempre.


[Publicado originalmente en DeKrakensySirenas, @krakensysirenas el 12.11.15]

 

En orden

La vida es rara.

Esa frase me martillea la cabeza cuando llego a la boca del metro. Es la frase con la que se despide una de mis pacientes en su cuarta sesión. Aplasto el cigarrillo contra la pared y, mientras bajo las escaleras mecánicas en dirección a la línea uno para llegar al andén dos, decido que nuestro próximo encuentro comenzará por su despedida. Mi paciente se aferra a construir un relato de sí misma bastante edulcorado, donde reprime los elementos más duros de su infancia, que debo hacer aflorar, que debo confrontar con su discurso semi fantástico.

Llego al andén. A pesar de la hora no hay mucha gente. Los marcadores señalan que todavía faltan cuatro minutos para el siguiente tren. Enfrente tienen más suerte, queda solo uno. Trato de sentarme y eso me lleva a recorrer el pasillo en busca de un asiento libre. Paso por delante de un músico que con su guitarra ocupa el primer banco casi por completo. Tampoco quiero compartir asiento con una pareja de ancianos. En el tercero, hay una rubia preciosa absorta en una revista de moda, pero a su lado un chino habla con el móvil y me espanta con su lenguaje incomprensible. Por fin el cuarto banco, casi en el otro extremo de por donde he llegado, está libre. Me siento.

El metro del andén uno hace su aparición. No se baja nadie. Un chico llega a la carrera y logra colarse momentos antes de que se cierren las puertas. Ya se alejan. Mi paciente y ese chico me hacen pensar en el concepto de la huida. Sin embargo me distraigo pronto. Alargo la mano y tomo de una papelera el 20Minutos. Hojeo las noticias y me llama la atención que Amancio Ortega ya sea el hombre más rico del mundo. Me pregunto qué será lo próximo, mi humor absurdo me dice que tal vez los extraterrestres aterricen en Madrid en lugar de en Nueva York. No me da tiempo a más hipótesis. Oigo el golpe. Todos lo oímos.

El músico ha caído de bruces contra el suelo. Pienso en un infarto. Quiero acercarme pero algo me dice que no lo haga. Obedezco. Quien sí se acerca son los ancianos, próximos al guitarrista. La señora se arrodilla al llegar ante el músico. Queda petrificada en posición tan piadosa, de espaldas a mí. Sin saber bien por qué, sé que no se volverá a levantar jamás. Su marido, si es que lo es, correrá una suerte similar, si por suerte entendemos morir, y por similar, que su cabeza se le caiga del cuello, baje por su chepa, la espalda, la pantorrilla, y finalmente ruede por el suelo. El cuerpo tan extrañamente descabezado, cae a las vías. Todavía no he visto una gota de sangre, pero el horror lo impregna todo.

La rubia grita histérica. En sus manos tiembla la revista que antes leía. Se ha subido al banco de piedra, como si con ello lograra protegerse de la amenaza que acecha. El chino por su parte parece graznar, lo hace sin moverse más allá de unas pocas baldosas. En sus ojos se refleja un miedo comprensible. De golpe, la mujer deja de gritar, al momento su cuerpo entero se aja, se agrieta como un puzle, se deshace en mil pedazos. Su vida se desfigura por completo. Al chino se le caen los brazos, desde sus muñones le brota una sangre densa, oscura, cuyo intenso olor no tarda en llegarme. Al pobre desgraciado también se le desmiembran las piernas. Su tronco cae con un golpe seco. Chapotea en el charco de su propia sangre. Boquea por última vez. Lo hace mientras me mira, mientras su rostro me comunica la incomprensión.

Trato de despertar pero no estoy en una pesadilla. Me lo demuestro con las famosas leyes de la vigilia; experimento una física del movimiento correcta, siento dolor al dar un puñetazo contra la pared, y cada objeto que me rodea guarda su propia autonomía de mí. Además voy bien vestido, reflexiono sobre la experiencia… es inútil pretender salvarme con artimañas.

Ya solo quedo yo, y lo noto llegar, sea lo que sea. No protesto aunque unas lágrimas involuntarias me resbalan. De repente veo llegar el metro y la esperanza renace. El primer vagón se detiene junto a mis pies. Está lleno de cadáveres informes. No hay escapatoria, soy el siguiente.

La muerte también es rara.

Podría ser peor

“Voy a escribir la historia más feliz que puedo imaginar”

Acababa de cumplir los dieciocho años y como era costumbre en los últimos meses todo me salía mal. Si llegaba tarde jamás me lo perdonaría por lo que la lluvia poco me importaba, y cuando el viento rompió las varillas de mi paraguas, no perdí el tiempo en esperar a que la tormenta se calmase. Seguí camino de la parada con el aguacero lavando mi cara resacosa ganada a pulso el día anterior.

Deshacerme del paraguas en una papelera, ver demasiado lejos el autobús al que debía subir, y pisar una mierda, fueron detalles ocurridos al unísono que tengo marcados a fuego en mi memoria. Eché a correr. No llegué a tiempo. Me senté en la marquesina que no era capaz de cubrirme de la tormenta. El olor a mierda de la zapatilla llegó hasta mí. Me golpeó como el puñetazo más duro que pudiera recibir. Comencé a llorar. Desconsoladamente.

Por supuesto lloraba por mi abuelo. Ya no volvería a ver su mirada, ni su voluntad inquebrantable evaporada al fin. Pero no solo era por él.

Yo siempre había sido afortunado en casi todo, y sin embargo desde hacía un tiempo estaba atravesando una mala racha difícil de creer. Mientras entrecerraba los ojos, donde pugnaban mis lágrimas por salir, contra la lluvia por entrar, mi cabeza elaboró una lista.

Tenía que elegir entre repetir COU, yo, un estudiante que nunca había suspendido un examen en la vida, o meterme en alguna carrera que no era mi vocación desde los siete años, puesto que esa vocación, quedaba lejos de mi alcance por culpa de una selectividad lamentable que me había hecho bajar la media de mis notas como si la hubiese tirado por las escaleras.

Y sí, supongo que ese descalabro se debía a la enfermedad de mi abuelo. Pero también, o quién sabe si sobre todo (porque esto que viene ahora no lo podía esperar, porque me sentí traicionado, apuñalado, jodido en las entrañas) al primer desgarro por amor que viví. Aún la recuerdo tan dulce, tan bonita, tan enamorada de mí desde que nos conociéramos tres años atrás. Ya sabéis, casi el primer beso, el primer polvo, las primeras promesas eternas… hasta que esa intensidad se acaba del peor de los modos posibles. No solo es una ruptura, no solo me engañó, no solo lo hizo con uno de mis mejores amigos, sino que también eligieron el peor de los momentos, cuando me jugaba mi futuro, y cuando mi abuelo se me moría.

El resto de la racha os la podéis imaginar, porque va en cadena; crisis de la amistad, pérdida de mi fe en Dios, mi autoestima por la alcantarilla, descontrol absoluto con el alcohol, algún episodio de lo que ahora se llama asépticamente intento autolítico… Pero volvamos al día de mi décimo octavo cumpleaños, a la tormenta, a la marquesina donde espero el siguiente autobús que por fin aparece, al que subo avergonzado, por las lágrimas derramadas hasta hace un momento, por el olor a mierda que deseo solo me llegue a mí, porque no voy a poder siquiera despedirme de mi abuelo.

El trayecto se me hace insoportable. Varios pasajeros evitan sentarse a mi lado, o eso me parece a mí. Como mínimo apesto a humedad, como máximo (creo que empiezo a delirar) mi estampa refleja que voy al encuentro de la muerte. Restriego la zapatilla que pisó la mierda contra el suelo del autobús. Estoy a punto de volver a llorar. Será mi primera escena en público. Sin embargo estornudo. Es un estornudo brutal que desparrama mis mocos por mi jersey y mis pantalones, que me salva del llanto pero me cubre de vergüenza, más aún, estoy enterrado en ella. Una señora se acerca y me tiende un pañuelo. Lo agradezco, es lo mejor que me ha pasado en varios meses. Se lo digo a la señora y como es lógico no sabe qué contestar a algo así. Me limpio lo mejor que puedo, siento que todos en el autobús me miran. Acabo de cumplir la mayoría de edad y ya tengo sobre mí todo ese peso, la orilla de la inocencia ya está a años luz.

El autobús por fin llega al hospital. Más que bajar, salgo huyendo. Ya no llueve.

Llego al edificio, llego al ascensor, llego a la planta de cuidados paliativos. Mis padres están afuera de la habitación, agotados. Cuando me ven aparecer quisieran reprocharme un millón de cosas, empezando por el aspecto, siguiendo por la hora, acabando por dónde estuve anoche, qué es lo que hice… pero nada de eso importa ahora y agradezco que guarden silencio. Solo me dicen que los médicos aseguran que aún le quedan un par de horas. He llegado a tiempo. Hay en mí cierto alivio contradictorio, cruel, infame. De nuevo siento que el olor a mierda me envuelve. Me quito las zapatillas. Entro.

Mi abuelo está entubado, tiene conectadas una bolsa de suero y otra de morfina, viste una bata verde pistacho feísima, la cama se reclina ligeramente. Tiene la cabeza girada hacia la ventana exterior. Duerme. Lleva en ese estado varios meses, pugnando con una enfermedad que todos sabemos que acabará con él, y que lo hace a base de dolor. Los médicos no se explican a qué viene tanta resistencia por su parte, por qué no se deja ir de una vez. Ha luchado más que la mayoría. No tiene cuentas pendientes. Ha sido feliz. Ha sido querido. Ha librado infinidad de batallas que en su corazón nunca perdió.

Me he equivocado, no duerme. Parece que me ha sentido llegar y ladea la cabeza hacia mí. Me mira. Sus ojos se irán siendo el mar. Lloro, pero esta vez no me importa. Él me dice hola, me mira fijamente. Nos damos la mano. No deja de mirarme, está leyéndome de arriba abajo. Mi abuelo sabe hacer eso, mi abuelo puede hacer cualquier cosa.

−¿A qué vienen esas lágrimas? Podría ser peor.

Ante esa frase se me escapa una especie de risa histérica, y la sinceridad brota.

−No sé cómo –le digo.

Sé que le cuesta horrores hablar, lo mucho que le duele ese esfuerzo siquiera entrecortado, pero lo hace y yo no se lo impido.

−Por ejemplo, podrías no haber llegado a tiempo para despedirte. Pero aún podría haber sido mucho peor. Podría no haberte tenido como nieto, y si hubiese sido así, quién me recordaría como lo harás tú, y quién me haría seguir viviendo, feliz, en ti.

Y ya no dice nada más porque se me muere. De esa manera. Mi mano en su mano, mirándonos. Caigo de rodillas.

Han pasado veinticinco años desde aquel día y nunca más he vuelto a caer de rodillas. Ni siquiera la semana pasada, cuando los médicos me han comunicado que la enfermedad que acabó con mi abuelo, y que afortunadamente se saltó a mi padre, habita en mí, y ha comenzado a llamar a mi puerta con una furia inusitadamente temprana. Mi abuelo llevaba razón, siempre puede ser peor, y seguiré hasta el final su ejemplo: sonreír, apretar los dientes si no es posible, e irme con dignidad.


[Publicado originalmente en DeKrakensySirenas, @krakensysirenas el 25.10.15]

HALLELUJAH

Llegué a mi despacho como cada lunes una hora antes de que se abriera la sucursal bancaria, y treinta minutos antes del resto del personal, salvo por Carmen, la limpiadora, que ya danzaba por ahí tarareando feliz sus canciones. No la soporto. Cerré mi puerta y encendí mi equipo de música.

¿Qué fuerza me impulsa cada inicio de semana a escuchar El Mesías de Handel? Supongo que los posos del domingo, sus excesos reflexivos, la necesidad de reencontrarme con Dios, ese dios que pudiendo haber hecho cualquier cosa, nos hizo a nosotros. Ese mismo que creyó necesario crucificar a su Hijo. Ese dios, que sin duda es el ser más solitario del universo. Luego, a poca distancia, me hallo yo.

Mientras ordenaba el escritorio y me preparaba para un inicio de mes donde debemos mejorar las ventas de nuestro paquete estrella, «los mejores putos bonos del mercado», según el lameculos que vino a imponérmelos hace un mes, y cuya letra pequeña los convierte, bajo contratiempos más que plausibles, en rayanos a la usura, presté atención al Recitativo de Malaquías en el inglés de la época de Handel que tanto me ha costado captar, y que aquí ahorraré eligiendo la traducción “… y sacudiré los cielos, y la tierra, y el mar, y la tierra seca, y haré temblar a todas las Naciones…”. Dios siempre tan dulce, aún no sé cómo fue posible que se me rompiera el puente que me unía a él en candoroso amor. Por suerte para la especie, siempre habrá genios tocados por la divinidad que asegurarán la fe, y con ello la reproducción.

Me recliné en la silla con las manos entrelazadas a la parte posterior de mi cabeza, estiré las piernas, y sentí el único reino del que gozaré jamás: el aquí y el ahora. María no tardará en llegar. En los últimos días me gusta recibirla de esta facha despreocupada. María, sensual a su manera, paliducha, descarada y tímida al tiempo, alta, rubia, rolliza, agradable en la cama, aburrida fuera de ella, teatral, perdida en el juego de vivir, y supongo que al paso que va, derrotada sin mucha demora.

Como era previsible, María atravesó la puerta del banco con la intención de atravesar la puerta de mi despacho con la intención una vez más, de acercarse a mi corazón. Ella ya debería saber a estas alturas que yo carezco de él. La pobre ya no sabe qué intentar. Llegó aquí hace cinco meses y medio como becaria, y aunque se ha esforzado mucho conmigo, en veinte días se marchará sin conseguir el puesto fijo que nunca estuvo a su alcance.

−Ya estás con esa música, Lázaro –me dice, mitad pregunta retórica, mitad reproche−, no te pega nada.

Sonrío. No opino nada y hago un esfuerzo por no mirar su generoso escote. Sin duda lo lleva para mí. Debe odiarme y me pregunto si lo hará más, menos, o igual, que en el resto de los momentos de nuestra relación. Espera a que yo diga algo.

−Un café, manchado, con hielo –y vuelvo a mis papeles. María se cansa de esperar a que añada algo más y se marcha a por el café.

¿Cerró la puerta de un portazo?  La escena tiene tan poco que ver con nuestros inicios. Ya en los primeros días yo me mostré lascivo ante sus conductas recatadas; aposté a que esa veinteañera ejercía una pose y acerté de pleno. A las dos semanas ella ya se mostraba coqueta mientras que yo reculé a posiciones menos directas, y me conformé con jugar a insinuaciones pícaras. No había transcurrido un mes cuando nos citamos fuera, y esa misma noche nos acostamos. Entonces ella empezó con su espectáculo.

Su novio no era un buen novio, su condición de becaria no era una buena condición, su vida era una mierda. A mí, una mierda era lo que me importaba todo lo anterior. Ella pasó de ser algo fresco y sin pretensiones a un muermo lacrimógeno, donde lo peor eran sus malas interpretaciones, porque tenía claro su objetivo, y pensaba que de ese modo lo conseguiría. Aún nos seguimos acostando un mes más, pues María no carecía de gracia en la cama, y hasta tuve dos momentos en los que rayé la empatía, o algo parecido.

En el primero María me acariciaba el pelo mientras no dejaba de mirarme con dulzura.

−Lo siento pero yo no puedo hacer nada para que consigas esa plaza fija –le dije en un acceso de sinceridad−. Soy el director de la sucursal, sí, pero esa decisión no es mía.

−Pero tú mismo me dijiste que tu puesto lo habías logrado gracias a tu padre, que no hay directores tan jóvenes, que todo es…

−Tú no eres mi hermana –le corté−, si lo fueses, ya estarías colocada.

Su cara de asco, no sé si por imaginarse el incesto (dudo de esta hipótesis por su falta de imaginación), o porque pensó que le mentía, fue un mal poema que tuvo su epílogo; que si me empeñaba mínimamente le conseguiría el puesto, que si… Allí comenzaron mis silencios.

La segunda vez que traté de ser bueno con María, llegó después de que me hiciera una estupenda felación. Tras varios encuentros aburriéndome con la cantinela de lo infiel que era su novio, le dije con todo el cariño del que soy capaz, y con una sonrisa que pretendía ser tierna, que a lo mejor ella debería replantearse su relación, pues ninguno parecía tener muy claras las cosas. Su respuesta fue una indignación calculada que le quedó ridícula y le salió peor. Soy capaz de prescindir del sexo cuando las escenas previas y posteriores me aburren sobremanera, y su actuación de reproches insípidos lo logró. Desde entonces no hemos vuelto a follar a pesar de sus reiteradas insinuaciones, que he respondido con un desdén de burla y recato.

La escena cuatro de El Mesías con su, La anunciación a los pastores, estaba sonando cuando María entró con mi café. Me pregunté si habría escupido en él mientras sonreí como un idiota. Sus ojos ardían y hasta un ciego vería el odio que siente hacia mí. Sin embargo aún espera que cambie de opinión, que le consiga el puesto y que volvamos a la cama. Si no es así, no puedo entender que hace unos días me soltara que piensa casarse con su novio, quedarse embarazada y formar una familia. No puedo entender tales anuncios sino desde la estrategia de la última carta. Una última carta que conmigo lo es seguro y no le servirá de nada, y que con ella misma, también lo parece. Pero allá cada uno con sus miserias y sus soledades, yo ya tengo bastante con las mías.

Esta vez María se marchó del despacho sin dejar lugar a la duda: cerró con un portazo. Un portazo en toda regla que atrajo la mirada del resto, incluyendo al primer cliente del día. Por fin se mostró osada y sincera, lástima que mi excitación por ella muriera sin posibilidad de resurrección. El coro canta “Glory to God in the highest”.   

La mañana transcurre densa, pesa cada segundo. Pongo en orden algunas cuentas y temas de facturación, pero sobre todo me recreo en la sensación subjetiva de la laxitud del tiempo.

De repente una voz se eleva por encima del soprano y me saca de mis cavilaciones. En una de las mesas, un cliente, de pie, reclama algo con total brusquedad. Está de espaldas a mí, es bajo, calvo, raya la tercera edad si no sobrepasó ya el límite, y rechaza la invitación de calma que se le ofrece. Parece dispuesto a montar un escándalo. Me desperezo, me visto con mi mejor semblante y voy hacia la escena.

Según me acerco descubro su perfil y este me permite reconocer a Roberto Sagre, uno de esos clientes de toda la vida cuya historia conocemos todo el mundo porque en este país la desgracia tiene la lengua muy larga.

Su nariz enorme, aguileña en un ángulo casi imposible, se adueña por completo del resto de su rostro cuando me sitúo frente a él. Parece cansado, su ira retrocede ante el timbre de mi voz que le trata con familiaridad y respeto. Apenas me mira, no creo que me reconozca porque solo hemos hablado una vez antes de este momento, por mucho que él sepa de mí que allí decido yo, por mucho que yo sepa de él, al dedillo el estado de sus cuentas, nada difícil por otra parte porque los números rojos son fáciles de contar. Roberto acepta la invitación de pasar a mi despacho.

Los empleados del banco no dan crédito a que yo haya asumido tal responsabilidad, los clientes muestran en sus rostros estar defraudados, un posible espectáculo se acaba de esfumar, aunque algunos aún guardan esperanzas.

Si no me equivoco cuando entramos al despacho nos recibe el coro en la escena cinco de la parte dos.

−Vaya blasfemia –dice Roberto al entrar− música sacra en un banco.

No le contesto que estoy de acuerdo, que quizá por eso me deleita tanto escucharla. Le invito a sentarse y a que me cuente su problema, mientras trato de no bostezar y de no obsesionarme con la curva de su nariz.

−No pretendo dar pena –me dice recobrando sus nervios de hace unos minutos, su tono de voz es alto, sin llegar al grito, de momento−, y odio tener que hablar de mis miserias. Pero lloriquear es lo único que nos dejáis hacer una vez que nos lo habéis quitado todo.

No le interrumpo, no le pido que evite generalizaciones o matice, tampoco me muestro condescendiente, le dejo hablar, incluso le presto atención. Por una vez me gano el sueldo. Tal vez porque Roberto Sagre me cae simpático, no porque sea un cascarrabias o un luchador, sino porque es lo contario a mí y no esconde nada.

No cuenta sino lo que ya más o menos sé de él y de tantos otros. Que si toda una vida trabajando para acabar con una pensión de mierda; que si a los reveses siempre les contestó de cara y que así la tiene de partida; que si por él fuese en lugar de arrastrarse de banco en banco para conseguir un crédito, lo que haría sería prenderles fuego; pero que si la promesa a su mujer para que descanse en paz; pero que si la enfermedad de uno de sus hijos; pero que si la adicción de otro; pero que si su nieta…

Logro no bostezar y para mi sorpresa una idea inesperada comienza a rondarme. Roberto sigue con sus recuerdos, en cualquier momento puede explotar y lanzárseme al cuello. Lleva dos meses de banco en banco pidiendo un crédito que le negamos. Su primera opción fuimos nosotros, su banco de toda la vida. Aquí piensa acabar de un modo u otro. Su agresividad me estimula.

Tras escucharle, con el estado de sus cuentas frente a la pantalla del ordenador, las imprimo para enseñárselas. El hallelujah suena por todo el despacho. Pongo la hoja recién impresa sobre la mesa, delante de sus narices. Contrasto el resultado con la cantidad que solicita, le echo una rápida cuenta por encima. Llevo a Roberto al límite con un simple ejercicio de aritmética, él promete lleno de crispación vivir ciento diez años si es preciso, buscar un trabajo que sumar a su pensión, robar un banco… pero sus hijos, su nieta, su promesa.

Yo le miro impertérrito. Él va a explotar. Tengo la decisión más que tomada desde hace minutos. Me lo voy a permitir porque me lo puedo permitir.

−Está bien –le digo.

Roberto no comprende. No espera mi tono y me mira de hito en hito. Comienzo a preparar unos papeles.

−¿Qué es lo que está bien? –pregunta al fin.

−Su crédito y sus condiciones –digo, y añado−, aunque rebajaré los intereses. Voy a darle una posibilidad para poder cumplir su palabra.

Su odio hacia mí nunca fue tan grande pues piensa que me burlo de él. Nunca estuvo tan cerca de agredirme con esas manos grandes y callosas. En parte lo deseo, sería la guinda y además no cambiaría de opinión. Me apetece tocar los cojones ahí arriba, ver hasta qué punto mi puesto está garantizado, y sobre todo quiero oír bramar a mi padre, que me diga una vez más lo inútil que soy, vapulear de nuevo el sagrado apellido familiar.

Estampo mi firma. Mi cliente no deja de mirarme, su desconfianza no termina de disiparse. Quiere entender lo que no puede entender. También firma.

Yo le sonrío. Él no me da las gracias y yo agradezco que no lo haga. Incluso aún no he perdido la esperanza de recibir un puñetazo.

El coro canta su amén.

Lázaro.

Sobre la nieve

“Todos los recuerdos son surcos de lágrimas”

¿Qué hacer con Dostoievski?

Afuera sigue nevando.

Hoy es 24 de abril del año 2046. He vivido 23724 días. Son suficientes.

Este mundo de ruinas y frío era previsible, y hacia él nos hemos precipitado con el empeño fanático que dictó el capitalismo y su idea imparable de progreso. Por supuesto que hubo detractores y según avanzó la situación, los defensores decrecionistas, los que apostaban por la sostenibilidad (al principio), y por la más pura supervivencia (a partir de la década de los veinte de nuestro siglo), fueron ganando adeptos e importancia. Sin embargo fue insuficiente y fracasaron. Fracasaron en sus estrategias de comunicación y conciencia, en la toma de poder, y en las pocas ocasiones en que llegaron a detentarlo, en las alternativas y gestiones que ofrecieron.

Mientras, los milagros tecnológicos que supuestamente resolverían todos nuestros excesos energéticos y medioambientales, no llegaron nunca. No revertimos el desastre, y el precipicio en forma de cambio climático radical, se echó sobre nosotros, precisamente cuando se pusieron en marcha flamantes ingenios técnicos que en lugar de paliar el problema, nos llevaron a la nueva era glacial en la que vivimos.

Afuera sigue nevando, y aquí dentro, en mi cabaña, alejado del mundo, decido finalmente abandonar. No abandono por falta de comida pues aún me quedan reservas enlatadas para varios meses, ni por falta de salud o aislamiento, aún podría subirme en la motonieve y llegar hasta los refugios de las ciudades que siguen habitadas. No, abandono literalmente por falta de libros.

Soy un neurótico tal como se entendía en los ya lejanos albores del siglo. Soy excéntrico e incapaz de mantener correctas relaciones laborales, sociales, y familiares. Soy obsesivo y la literatura ha sido mi mal.

−El mundo se va a la mierda –me repetía sin parar mi segunda esposa hace unos quince años− y tú, en lugar de poner tu talento al servicio de buscar soluciones, te encierras en tu biblioteca para escribir y para leer.

−¿Qué sentido tiene que dediques tu tiempo –seguía ella incansable−, a saber lo que ocurre ficticiamente en Parma durante los últimos años del imperio napoleónico, o que te obsesiones con un supuesto diario íntimo de un contable lisboeta de los años 30 del siglo pasado, o que te dediques a inventar mundos de un futuro que tus ojos no verán? Vive el presente, lucha por él, disfruta mientras puedas…

−¿Qué sentido tienen tus reproches? –Le pregunté yo a ella cuando me harté de su lógica incontestable. Era una mujer tan hermosa, inteligente, que rebosaba salud… y que se me murió de la noche a la mañana.

−¿Qué sentido tiene tu muerte? –No dejaba yo de preguntarle, y de llorar, en el crematorio.

Sí, mi biblioteca ha estado entre lo mejor de mi vida, pero también me harté de vivir fuera de los libros. Bailé, reí, lloré, hice el amor hasta reventar, me reventaron el corazón tantas veces como yo lo quebré, gocé de la amistad, me traicionaron, también apuñalé por la espalda, caí y me levanté tantas veces como fueron necesarias, impedí que arrancaran flores, que pisaran hormigas, me drogué, tuve resacas infernales, los mejores amaneceres, cicatrices, besos, orgasmos, el vigor vivió conmigo, como la apatía y el aburrimiento, creí en los hombres, y en las mujeres, y descreí hasta de mi sombra, rogué muchas veces que todo se parara para poder bajarme, pero cuando solo me faltaba dar el paso me arrepentí y seguí disfrutando del sinsentido, de las contradicciones, de la vanidad, de respirar, del dolor, de la alegría, de la idea erótica de mi futura muerte, de trazar todavía una vida estética… y todo ello fue posible en su mejor intensidad gracias precisamente a la literatura. Hasta hoy, 24 de abril del año 2046.

Afuera sigue nevando y me pregunto qué hacer con Dostoievski, aunque lo cierto es que la suerte está echada. Hace dos meses se acabó la leña. A partir de entonces comencé a quemar las sillas, las mesas, y todo lo que pudiera servirme para no morir de frío. Todo excepto los libros. Los libros comencé a quemarlos hace tres semanas. Arrojé el primero al fuego porque ya sabía lo que haría cuando llegara al último. No me siento ya parte de este mundo, como especie saldremos adelante, tal vez hasta nos repongamos, pero como individuo he tenido bastante.

Afuera sigue nevando y sí sé qué hacer con Dostoievski. En cuanto termine de escribir este párrafo, saldremos juntos ahí afuera. Él se quedará sobre la nieve, yo me quedaré sobre la nieve, y pronto todo se habrá acabado.


[Publicado originalmente en DeKrakensySirenas, @krakensysirenas el 09.10.15]

Vértigo

I

Me diga lo que me diga en otras ocasiones, soy un jodido santo. Si no lo fuese, si fuese el blasfemo por el que me tengo tan a menudo, no habría entrado en la catedral con cara compungida, extendiendo los dedos sobre la portada de Pornografía.

Me diga lo que me diga en otras ocasiones, soy un beato. No tengo bastante con entrar en La Almudena, mientras hago tiempo para mi cita, que encima procuro evitar, no ya el escándalo, sino la más mínima posible indignación de cualquier turista o feligrés, y tapo como puedo el título de la obra de Witold Gombrowicz… ¡Como si alguien a estas alturas aparte de mí, se fijara en los libros que los demás llevan en las manos! ¡Como si la palabra “pornografía” no estuviese asentada en el seno mismo de todas las Iglesias! ¡Como si…!

Pero haya hecho lo que haya hecho en otras ocasiones, esta vez no me enciendo, esta vez no ofrezco ningún espectáculo, esta vez, me pregunto frente a la placa conmemorativa a Juan Pablo II, «¿no me habré hecho mayor?».

No me doy respuesta ninguna y así soslayo el disgusto. Me siento en una de las bancadas, cerca de una de las modernas torres de sonido que incitan al rezo con voces de coro angelical. A tanto no llego, después de todo, ya no recuerdo cómo se hacía tal cosa. «Yo ya solo sé leer», me digo, y abro a mi polaco, tan distinto del polaco de la placa anterior, y me aprovecho de la iridiscente luz de la vidriera cercana para comulgar con la belleza, y abro el libro al azar, y leo: “No creo en ninguna filosofía no-erótica. No me fío de ningún pensamiento desexualizado”.

Me diga lo que me diga en otras ocasiones, me digo allí plantado en mitad de la catedral: «No me entiendo». Y cuando tras leer un rato imbuido de tanta contradicción, o no, me marcho, me atrevo a agarrar Pornografía por el lomo, y me contesto a ese no entenderme que antes se me quedó en el aire con un: «y menos mal».

II

Mi cita es un éxito, entendiendo por éxito que la chica aparece.

Después de todo, a ella le he mostrado la suficiente información de mí a través del wasap, como para cambiarse de ciudad, y no solo no lo ha hecho, sino que ha elegido conocerme. Pondré a prueba su valor y su paciencia.

Es rubia, es inteligente, es atractiva, y por si fuese poco parece que le gustan mis guerras. La cerveza está fría y bien tirada, y desde la terraza donde estamos, cabe apreciarse de fondo el Palacio Real. La noche cae sobre nosotros con placidez y ante tanta conjunción de las estrellas, que no debería creerme, bajo la guardia y se me escapa poco a poco la fiera que llevo dentro y que derrocha venalidad.

Dios consigue ponernos bastante de acuerdo, la política no nos aleja, el cine nos pasma por las coincidencias en gustos, y la literatura…, la charla sobre literatura nos embiste y comienza a cercenar la magia. ¿Cómo es posible –pienso de esta mujer que se declara antigua apasionada de la lectura, pero actual renegadora de la misma− tanta sensibilidad y sin embargo, haber elegido cerrar los libros?

−La literatura es hoy algo residual –dice sin despeinarse.

−La vida fue siempre residual –digo sin poder refrenarme, y continúo lleno de gestualidad−, nacer es una contingencia, la mayor de las casualidades, y carece de cualquier sentido. A partir de ahí, todo lo que hagamos será residual, así que por mucha razón que lleves en esa frase, qué más da si…

−Yo solo digo que hay que vivir más y leer menos –me dice ella cortándome, no sé si algo picada, no sé si para tratar de calmarme.

−¡Pero si leer es una de las mejores formas de vivir! –Digo casi en un exabrupto.

−Bueno, pero admite que hay otras formas de vivir –me dice totalmente sosegada.

−Claro que hay otras, y en nuestros días algunos de nosotros tenemos la inmensa suerte de poder empeñar nuestro tiempo en lo que se nos antoje. Yo sencillamente lo hago en los libros, a mí los libros me tienen agarrado por el cuello, y no me sueltan, y son celosos, y me exigen que sea más y más personaje cada vez, y yo les digo: «pero ya basta, dejadme respirar, permitidme salir de vosotros de vez en cuando…».

−Perdona –me corta−, pero tengo que ir al baño.

Agarra el bolso y se mete en el bar. Su interrupción me permite serenarme, recapitular, decirme que voy a sonreír y a tratar de reconducir nuestra conversación, porque al fin y al cabo estaría bien poder hablar de todas esas cosas, o de cualesquiera otras, desde la cama. Y con ese objetivo la espero.

−Lo siento –me dice mi cita cuando regresa del baño−, pero me tengo que marchar ahora mismo, me han llamado, sabes, es urgente, lo siento mucho, de veras, mira, ya pagué las cervezas en la barra, nos escribimos un wasap, si eso.

Y sonrío, sonrío como un estúpido, y digo que está bien, que no se preocupe, que ya me dirá si la urgencia se resolvió de la mejor manera posible. Y le digo adiós, a ella y a mi objetivo, y ni siquiera nos besamos las mejillas.

Y allí quedo sentado, con un nuevo éxito a mis espaldas. Y entonces clavo la mirada en la jarra de cerveza que está medio llena, y la agarro, y busco la Luna y la encuentro, y hago el gesto de brindar con ella, y digo: «mientras haya cerveza hay esperanza».

III

Me acabo la cerveza.

El camarero me pregunta si voy a querer otra. Cabe la posibilidad de que el tipo sea despistado, o imbécil, pero más bien me parece, con esa sonrisita perfilada que gasta, que es un sádico, y que su intención es regodearse después de ver cómo la chica con la que vine, se marchó sin mí.

Pienso en cogerme una cogorza y largarme sin pagar. Pienso en amargarle la noche quedándome aquí hasta que reventemos uno de los dos. Pienso en prender fuego… Pero haya hecho lo que haya hecho en otras ocasiones, simplemente me levanto y me marcho. Definitivamente debo de estar haciéndome mayor.

Demasiado sereno para mi gusto bajo la calle Segovia y llego hasta su bonito puente. Me acerco al pretil, me asomo al río Manzanares, o más bien el río se asoma a mí. Recuerdo que no me quedan cervezas en casa y se acrecienta la sensación de que el río es un imán.

Digo en alto: «Vértigo». En ese momento una pareja joven pasa a mi lado, me miran y aceleran el paso. Unos segundos más tarde repito la misma palabra. Esta vez solo pasan coches atravesando el puente, indiferentes al bullicio que se prepara en mi cabeza, recuerdos y pensamientos se mezclan en ella como si de una coctelera se tratase.

Vértigo no es el miedo a caerse, vértigo es el miedo a arrojarme. Vértigo es el deseo de acabar con todo. De subirse a la tostada para caer con ella en el lado que prefiera siempre y cuando se estampe. Es reconocer que la vida es una puta mierda maravillosa donde la maravilla se quedó completamente agotada. Es perder las ganas de levantarse, de renunciar a la luz y a la noche, de no aspirar a follar más, a escribir más, a leer más, a reír más, a emborracharme más, a mirarte más. Vértigo en definitiva, es la tentación de rendirse…

Pero qué cojones, hace una bonita noche en Madrid, tengo demasiada suerte como para que caerme a un río acabe conmigo, y tampoco aspiro a dejar un bonito cadáver, sino más bien uno lleno de pellejo. Después de todo, no hace falta rendirse al vértigo, porque antes o después, se quiera o no, ya vendrá a buscarte.

De vuelta a casa encontraré algún chino donde comprar cervezas, y una vez llegue, los libros siempre me estarán esperando. Termino de cruzar el puente y el móvil me avisa que acabo de recibir un wasap. Sea quien sea, puede esperar.

Romero, 6

Un viaje cualquiera

El mono que se pasea por la estación como si fuese un rey, nos entretiene a la espera del tren que nos llevará de Udaipur a Agra. Serán doce horas de trayecto para tan solo cuatrocientos kilómetros, lo que da una ligera idea de lo que supone moverse por la India.

Cuando llega nuestro tren, medianamente puntual, aceptamos su cochambre, la suciedad, y nos preparamos para el hacinamiento y la lentitud, como un viaje cualquiera de los que hemos tenido dentro de este país inasible al espíritu occidental. Parece sin embargo, al llegar a nuestros asientos, que tenemos algo de suerte porque apenas hay viajeros. El grupo se pone cómodo y al rato cada uno se ensimisma en lo suyo. Yo, como acostumbro, pienso en ti, en qué estarás haciendo en este momento, en si te arrepientes de no haberme acompañado, en si me echarás de menos… Sonrío, más me vale que lea un rato antes de que anochezca.

Hacemos una parada en una ciudad llamada Kota, donde sin retirarnos del andén cenamos patatas asadas, fruta y galletas. La suerte nos abandona porque el tren se llena y decimos adiós a la comodidad. Me toca ocupar la litera de arriba de las tres que jalonan cada espacio, apenas hay separación entre mi cuerpo y el techo, pero al menos puedo estirar por completo las piernas. También hay luz artificial, y aprovecho para leer una vez que el extraño escarabajo que se pasea por mi litera, echa a volar a través de las ventanas abiertas que hacen algo más soportable el sopor que vivimos.

Tal vez sea por los insectos que zumban a mi alrededor al estar yo tan cerca de la luz, tal vez sea a causa de mi imprevisible imaginación, tal vez, fruto de alguno de los alimentos que comí sin estar en las mejores condiciones, pero al margen de esos u otros motivos cualesquiera, lo cierto es que la cabeza comienza a darme vueltas, y lo cierto es que siento cómo el espacio y el tiempo se funden en torno a mí.

En este estado insólito de conciencia, es cuando La saga de los Marx de Goytisolo, que me acompaña en esta aventura, se transforma en Segundo dietario voluble de Vila-Matas. Y es allí, entre sus páginas, donde el escritor barcelonés cuenta que tiene la manía de escribir sus viajes antes de realizarlos para jugar con la realidad, ante la idea de que esa escritura pueda modificarlos una vez que llegan. Y es aquí, en este vagón de tren en el que acabo de perder el anclaje temporal, donde yo le doy otra vuelta de tuerca al bueno de Vila, y me pregunto si también es posible jugar una vez que el viaje ha concluido, escribiendo sobre este no tal como pasó, y ni siquiera como se percibió, sino como me apetezca que ocurra en el momento en que se me antoje. De modo que por qué no, pueda estar reescribiendo ahora mismo un capítulo de mi vida que ocurrió años atrás, quien sabe si para estamparlo como relato destinado a colaborar con una perspectiva de un fantástico blog, que ni siquiera ha nacido en este 2013 desde el que escribo. De modo que por qué no va a existir esta nueva combinación de mi viaje donde…

Un frenazo hace chirriar los vagones, tumba equipajes, despierta a los dormidos, y me hace volver a la cordura. Segundo dietario voluble se transforma en La saga de los Marx que a su vez desaparece para dejar paso a mi diario, a mi cuaderno de viaje, que cierro a la espera de retomarlo en momento más propicio.

La calma y unas precisas coordenadas espacio-temporales regresan a mi cabeza, el tren se vuelve a poner en marcha. Es noche cerrada en la India y no tardo en dormirme.

Cuando despierto hemos llegado a Agra y el Taj Mahal nos espera. Al abandonar el tren y mientras camino por la estación, regreso a mis locuras de anoche porque al fin y al cabo la India invita a ello, y tamborileo entre mis dedos la idea de que en uno de los infinitos mundos posibles, yo levanté el famoso mausoleo en tu honor. En este donde amanezco, no tardaré en buscar cualquier sitio donde escribir mis impresiones. En otro de esos mundos, tal vez el 28 de septiembre del 2015, te añoraré una vez que lo nuestro se haya convertido en polvo y reescribiré el viaje a mi antojo. En otro, no tendré que añorarte porque no te separarás de mi lado… Y todos esos mundos, cuantos se me ocurran e incluso cuantos se me dejen de ocurrir, quedarán sometidos a la posibilidad del crisol de mis letras.


[Publicado originalmente en DeKrakensySirenas, @krakensysirenas el 28.09.15]

Visto para sentencia

Corría la Edad de Bronce en la Antigua Grecia y en sus jóvenes dioses cuando el más poderoso de todos ellos, Zeus, amo del rayo y señor del Olimpo, decidió arrebatar el fuego a esos frágiles seres, nosotros, a los que gobernaba con voluntad caprichosa. El motivo, castigar al titán Prometeo, máximo benefactor de la humanidad, por una burla supuestamente imperdonable. El dios supremo regalándonos la oscuridad dejaba visto para sentencia su venganza. O eso pensó, porque el fuego, gracias precisamente al titán, volvería a los hombres. Zeus esta vez no tendría clemencia con el intrépido Prometeo y lo condenaría a suplicio eterno, pero también este, de la roca y el águila, sabría escapar.

Poncio Pilato, quinto prefecto de la provincia romana de Judea entre los años 26 y 36 d.C, dejó visto para sentencia el caso del judío que se proclamaba a sí mismo el Hijo de Dios, cuando permitió al belicoso pueblo que gobernaba, que hiciese con ese Cristo al que no quería juzgar, lo que se les antojase. Pilato se lavó las manos creyendo que nadie le juzgaría a él. Todavía hoy debe estar revolviéndose en la tumba.

El 22 de junio de 1633 en una sala del convento dominico de Santa María sopra Minerva, en Roma, Galileo Galilei, a la edad de 69 años, abjuraba de rodillas del modelo cosmológico heliocéntrico que había defendido en su Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo. La Santa Inquisición en particular, y la Iglesia en general, dejaban visto para sentencia la peligrosa herejía que nunca más les volvería a dar quebraderos de cabeza. O eso esperaban, porque dijera o no dijera Galileo por lo bajo «… y sin embargo se mueve», lo cierto es que desde entonces no nos dejamos de mover, tratando, unos de expulsar el fanatismo, y otros imponerlo.

El año que murió Galileo, 1642, nació Isaac Newton. Cuatro décadas más tarde, en 1687, verían la luz los Philasophiae naturalis principia mathematica, por suerte también llamados simplemente los Principia. Fueron tres libros donde se contenían los fundamentos de la física y de la astronomía, explicados en un lenguaje de geometría pura. Newton conseguía dejar visto para sentencia la concepción matemática del mundo. Después de su hazaña, en Física solo sería posible escribir notas a pie de página de los Principia… Y sin embargo hemos visto que ni siquiera Newton puede tener toda la razón.

«De lo que no se puede hablar hay que callar». Así termina Ludwig Wittgenstein su Tractatus Logico-Philosophicus, redactado en 1918. Con esa frase lapidaria se quiere dejar vista para sentencia toda la Historia de la Filosofía, o al menos, toda la que se encuadra dentro de lo que podemos llamar metafísica, o lo que vendría a ser lo mismo, las investigaciones de la idea de dios, del alma, y si se me apura, de la libertad. Pero la Filosofía es un monstruo de mil cabezas como no puede ser de otro modo al venir de nosotros, y ni siquiera el genial vienés pudo privarse a lo largo de su vida, de seguir hablando sobre aquello de lo que no se puede hablar.

1992 alumbra entre otras muchas cosas, The end of History and the Last Man. En sus páginas Francis Fukuyama expuso que la Historia, como lucha de ideologías, había terminado. A partir de entonces, según el autor de esa supuesta conclusiva obra, la democracia liberal se imponía como única alternativa y realidad posible. Al documentarme para ser lo más fiel posible a los datos que he ofrecido, descubro que a estas alturas el propio Fukuyama reniega de la corriente neoconservadora donde se fundamentaba su tesis. Poco más cabe decir al respecto.

Finalmente, no hace mucho nos dijimos adiós. La vida me mostró sus fauces, se rió de mí y me gritó que lo nuestro quedaba visto para sentencia. No niego la lógica, tampoco tristeza y la desolación, pero también sonrío. Me atrevo a retar a la misma muerte mientras coloco nuestras nomeolvides sobre tu lápida.

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[Publicado originalmente en DeKrakensySirenas, @krakensysirenas el 15.09.15]