75

Escribir es descubrir, interpretar y actualizar. Seré un poco más explícito, pero poco. Al escribir descubrimos de lo que somos capaces, y asistimos a la evolución de nuestra idea embrionaria; al escribir interpretamos los hechos en crudo que nos dan nuestros sentidos, nuestros prejuicios y nuestros aprendizajes; al escribir actualizamos las ideas que vienen a ser las mismas desde hace miles de años (la experiencia del amor, la culpa, la amistad, el viaje…). Insistiré en este punto.

Es en la actualización donde la mayoría de nosotros podemos encontrar nuestro lugar. Quiero decir, no vamos a escribir mejor que Homero sobre el viaje, mejor que Cervantes sobre la amistad, mejor que Dostoievski sobre la culpa, mejor que Shakespeare sobre el amor, pero sí podemos lograr que haya lectores que accedan, se acerquen, se zambullan, en esas ideas a través de nuestros humildes textos. Y quién sabe si serviremos de puente hacia cotas más altas de la genialidad, porque algo de nuestra obra conduzca al lector hacia un clásico, o sencillamente hacia otro escritor, y le hagamos reflexionar, disfrutar, crecer.

Por supuesto (sobra decirlo pero lo hago) muchos de nosotros también escribimos para sobrevivir. E incluso, logramos vivir gracias a ella.

74

Él tenía un día de mierda, de esos de tierra trágame, de señor llévame pronto. Y entonces apareció Ella, de negro, cadavérica, con guadaña y todo. Y claro, él cambio de gesto, que si no había prisa, que si vuelva usted mañana, que si no era para tanto… Al final Ella se marchó sonriente y él aprendió a apreciar el brillo del filo de las cosas.

El salto

Tras  un mes de encierro en la jaula de formol, sus pasos de arena movediza regresaron a los océanos procelosos de las aceras. Las farolas recién encendidas le hirieron con su luz fría: el universo entero era indiferente a su dolor.

El hospital quedaba fuera de él, su hedor dentro. El accidente se alejaba en los relojes, las consecuencias ya eran quiste inmutable. Su mujer y su hijo se pudrían, se pudrían su mujer y su hijo.

Era domingo y brillaba la nada. Llegó al rascacielos con sabor a reencuentro. Ascensor de nácar y azotea de cielo. La felicidad del descanso a un solo paso.

No saltó. El salto fue no saltar. El salto fue seguir vivo.

Mismos perros, distintos collares

Abro los ojos y siento vértigo. En consecuencia sé que todo lo que escriba a continuación va a ser una pequeña gran locura. Como la vida misma me digo recuperando el equilibrio.

Me levanto de la cama medio dormido, meo, me lavo las manos, la cara, y de golpe y porrazo el espejo del baño me refleja dentro de él un televisor que por otra parte no tengo. Mi mano atraviesa el espejo, enciende la caja tonta, los periodistas de turno ladran sobre política. Sus ladridos atraen a sus perros, o lo que es lo mismo, a los políticos, me digo faltón. Cuando quiero darme cuenta cuatro de estos han saltado desde el reflejo a mi apartamento. Por suerte doy un puñetazo y quiebro el cristal antes de que se cuele una manada entera. Y yo sin collares, peor aún, sin cadenas, todavía peor, sin tener pajolera idea de exorcismos porque los cuatro chuchos que tratan de colocarme su papeleta en mi mano, pronto se transforman en pequeños demonios con cuernecitos morados, rojos, naranjas, azules. Por supuesto, ¿qué creía? Abro la nevera, veo que ayer no bebí cerveza. Abro el mueble, compruebo que ayer tampoco me chuté la botella de whisky que palidece desde hace tiempo. Y los diablos que crecen. Y los diablos que me comen la oreja con obscenidad. Y digo basta pero no me escuchan, y grito basta pero apenas se inquietan, ellos a lo suyo. Y entiendo que necesito ayuda pero que nadie va a creerme por lo que decido zanjar el asunto con mis alter-ego ¿Pero con cuál? Descarto a uno, a otro, a un tercero y decido que sin lugar a dudas esto es trabajo para Eugenio Toré. A sus setenta y ocho años y su sosiego es el único que puede poner calma en este circo. Cierro los ojos.

Abro los ojos y siento paz. He llegado al refugio de montaña de Eugenio, donde vive la mayor parte del año desde hace ya una década. Huele a madera. Le encuentro en el salón, junto a la chimenea, con su pipa, con su aire de Tolkien. Me sonríe nada más verme, hace demasiado tiempo que no nos vemos y me siento culpable. Nos abrazamos. Por un momento he olvidado el motivo de mi visita pero no me extraña porque observando sus pupilas tan grises y tan intensas, solo puedo preguntarme cuál de los dos es imaginación del otro. Sus arrugas… pero a lo que vine, me digo de pronto al sentir una arcada de angustia que se apodera de mí. Y voy a soltar la frase y Eugenio que me ve venir y me dice que en su refugio mejor no y le pregunto que dónde y me dice que vayamos al Café Comercial y le digo que si no se enteró de que ha cerrado hace unos meses y me dice que dónde está el problema y después de unos segundos donde reflexiono un poco le digo pues es verdad. Y los dos cerramos los ojos.

Los abrimos y sentimos que nos envuelve un trocito de historia, que todo es posible y que huele a café del bueno. Sí, estamos en el Comercial. Hay numerosos clientes, trasiego de camareros y una bruma que danza y hace figuras en torno a nuestras piernas. El regusto a espectro de lo que me rodea no me asusta pues para qué ese viaje del miedo, me digo. Y tras decirme lo anterior recuerdo que he llegado ahí a causa de un asunto que de nuevo me quema la garganta y que ahora sí puedo expulsar: ¡En política tenemos siempre los mismos perros, distintos collares! Y lo he dicho con tanta vehemencia que quienes abarrotan el local fijan sus miradas en mí, sin animadversión, pero sí con curiosidad, una curiosidad cargada de fuerza que casi me expulsa del Café. Y entonces caigo en la cuenta, mi boca se abre de asombro y antes de que diga nada ya me dice Eugenio que sí, que todos ellos están muertos, pero que también están muy vivos. Esto último me lo dice en un susurro para no asustarles. Y me fijo en algunos mientras un camarero de smoking nos sirve dos tazas humeantes. Y descubro que en una mesa están Camus y Sartre, discutiendo, no me queda claro si por una mujer o por una idea o si ambas cosas son lo mismo, pero sonrío feliz porque percibo que más allá de la vida pelean como amigos. Y voy a decir algo cuando mejor me callo para observar al tipo que al fondo de la barra hace un brindis de loa al alcohol, es Hemingway soltándole entusiasta una perorata a un tipo de apariencia gris y algo demacrada al que reconozco, es Franz Kafka. Y no muy lejos de ahí sentados en blanco y negro dialogan sin posibilidad de acuerdo un inconfundible Karl Marx y un difícil de reconocer Adam Smith, a quien finalmente delata su mano invisible. Y me voy a pegar un buen tortazo en la cara para recordar bien todo lo que veo pero no lo hago al entender que haría el ridículo, especialmente delante de las dos mujeres que desde su mesa me observan con desconfianza, como si estuviese más acá de donde debo, como si no me entregase lo suficiente a una causa que desconozco. Y su mirada es tan luminosa que quema y al lacerarme caigo en que son Hannah Arendt y Andreas Lou Salomé y ya no me cabe ninguna duda: quiero quedarme a vivir allí por los siglos de los siglos, amén. Pero Eugenio bebe de su café y afirma que lo siente pero que no sueñe, que tenemos poco tiempo, apenas un abrir y cerrar de ojos. Y nos centramos en el tema por lo que le repito mi tópico sobre la política. Sabes que no soy de dar respuestas, me dice; no quiero echarte un sermón, continúa; se trata simplemente de que recuerdes algunas de las cosas por las que eres capaz de traerte a un lugar como este, me sonríe. Y parpadeo y se me caen un par de vigas de los ojos que al parecer se me habían alojado a causa de ciertos hartazgos de los últimos meses, años incluso, por la situación no solo de mi país sino del mundo, no solo del mundo sino de la Historia, no solo de la Historia sino del Universo… y como para no agobiarse. Pero Eugenio me anima a su manera, me recuerda que he prometido renunciar al camino trillado del tópico, aunque solo sea porque es muy aburrido. Y Eugenio me recuerda que nadie con cabeza e imaginación ha dicho nunca que el juego de la vida vaya a ser fácil. Y Eugenio me recuerda esa frase revolucionaria de ¡Levántate y piensa! Y Eugenio tumba algunas de las pocas respuestas sobre las que me sostengo para erigir una catedral de preguntas. Y Eugenio lo último que hace es decirme que vote a tal o cual color, pero sí reverbera mi radicalidad, o lo que es lo mismo, mi afán por ir a las raíces, y ahí encuentro la oscuridad de la mala fe, la umbría de la duda y la luminosidad de tener limpia la conciencia. Y eso es más que suficiente para saber que no todo es lo mismo, ni en política ni en nada. Y doy las gracias a Eugenio Toré por arrojarme de nuevo al abismo de la complejidad del que debo salir solo de vez en cuando para tomar una bocanada de aire. Y mientras la bruma sube de golpe hasta la cintura, hasta el pecho, hasta el cuello, él apura su taza, sonríe de nuevo y me dice que hasta la próxima. El Café Comercial y su bullicio vuelve su mirada de intemporalidad hacia nosotros, y nosotros cerramos los ojos.

Abro los ojos y estoy de nuevo en mi apartamento. Vaya.


Publicado originalmente en dekrakensysirenas.com, @krakensysirenas, el 11.01.16

Escalones

Mi brillante futuro llama al telefonillo. Una, dos, tres veces. Seguridad e insistencia, ella no deja nada al azar. Yo  tampoco así que tardo en descolgar el cacharro cuatro, ocho, doce segundos. «Ya estamos aquí los dos, cariño, no tardes» me dice melosa. Contesto con un solícito «Enseguida bajo, aunque recuerda que es un décimo». ¿Por qué justo antes de colgar tengo que oír toser a mi futuro suegro de esa manera, qué me quiere insinuar? Una repentina ola de calor me aprieta la garganta.

Cuando el ascensor abre la puerta el espejo del fondo me devuelve la imagen de mis zapatos nuevos, mi pantalón Mcgregor, la camisa Ralph Lauren, la chaqueta Lacoste, el pelo engominado. Yo, Jorge García, soy un triunfador. ¿Cuántos hubieran apostado por ello en el colegio, en el instituto, incluso en la universidad? ¿Cuántos no se pudren de envidia porque me trajino a la hija de Wiedermann? Dar por culo al gran jefe será mi mayor placer. Me deleito tanto ante la idea que la puerta se me cierra sin que yo mueva un músculo. En lugar de apretar el botón para volver a abrirla, comienzo a bajar por las escaleras. «Que esperen un poco más», me digo a mí mismo mientras por un momento me cuesta tragar saliva.

Hasta el octavo no desciendo de mi nube y si lo hago es porque he tropezado con un escalón. Casi me abro la crisma. Al recolocarme el peinado los gemelos del puño de la camisa me parecen un exceso. Primero van al bolsillo pero cuando recuerdo el comentario de ella, «a mi padre le gustarán», los saco y los dejo caer. Resuenan contra las escaleras varias veces. Un cosquilleo me recorre todo el cuerpo.

Ese cosquilleo, esa saliva atragantada, una temperatura anormal en mi cuerpo, me acompañan hasta el quinto. La sonrisa también. La ventana de la entreplanta me deja ver en el patio de luces cómo tiende la ropa en el otro portal la madre de María. Qué habrá sido de ella, creo que se marchó a Londres, o a Berlín, era un torbellino en la cama y en la vida. Empiezo a sentir que el calor se hace excesivo y el cuello de la camisa me aprieta lo indecible. En la cuarta planta tengo que quitarme la chaqueta. Al carajo, la tiro al suelo mientras pienso que voy demasiado vestido.

El vecino del sexto con sus ochenta años se cruza conmigo en el tercero. Va con bolsas del Ahorramás, nunca sube en ascensor y rechaza mi ayuda con la amabilidad de otras veces. Sospecho que conoce que soy un caradura. Si un día me dijera que sí, que le suba la compra, maldita la gracia que me haría. Tras echarme a un lado para dejarle paso le observo, su calma, su fuerza de voluntad, no se detiene ni una sola vez para tomar resuello. El contraste con él me paraliza por unos segundos. Hago una cuenta atrás «Tres, dos, uno» y consigo moverme.

Mi novia es preciosa y por dentro es mucho más bonita que yo sin ninguna duda. Por si fuera poco está todo lo demás y lo único que me ha pedido es un poco de decoro para no asustar a su familia. Es lógico… Lo que no es lógico es que en la segunda planta pierda la camisa y en la primera me siente con parsimonia a quitarme los pantalones. Antes me descalzo para hacerlo más fácil pero luego me pongo de nuevo los zapatos.

«¿Tendré cojones?» De entre todo el torbellino de preguntas que me pasan por la cabeza esta es la única que me formulo en alto. A pesar de conservar solo mis bóxer Calvin Klein y mis zapatos relucientes, el calor sigue conmigo, no consigo desprenderme de él, me agobia. Estoy sudando y noto cómo la gomina se derrite y el pelo se me revuelve.

El espejo del portal que yo rompí hace tres años después de aquella gran noche y, que la comunidad de vecinos aún no ha cambiado por falta de presupuesto, me devuelve fragmentada mi imagen casi desnuda y por entero ridícula. Suspiro una, dos veces. Me digo, «Hay que llegar por una vez hasta el fondo, cueste lo que cueste y signifique lo que signifique». Y mientras me quito los calzoncillos, y mientras veo dibujarse detrás de la puerta del portal la cara de horror de la que ha sido mi novia, y la cara de asesino del que iba a ser mi suegro, me pregunto si hoy empieza todo o si hoy se acabó todo. Me concedo un segundo. Voy hacia ellos.


Publicado originalmente en dekrakensysirenas.com, @krakensysirenas, el 31.12.15

Ecuación perfecta

Estábamos tumbados y desnudos sobre la cama cuando tuve la idea. Me levanté de un salto, saqué una lata de cerveza de la nevera y la vacié sobre una jarra. Ella miraba divertida, ya le había mostrado que era un tanto payaso y que de mí se podía esperar cualquier cosa. Metí el dedo índice y el dedo corazón hasta el fondo de la jarra, los empapé a conciencia y regresé a la cama. Le di un beso en su coño, otro en su ombligo, otro en cada uno de sus pechos absolutamente perfectos y, con los dedos ungidos en la sagrada cerveza, dibujé sobre su vientre una cruz al tiempo que dije:

−Lo que Philiph Roth ha unido, que no lo separe nadie.

Ella se descojonó. Su risa iluminó el apartamento y por qué no confesarlo, también mi corazón. Me llamó tonto, me comió la boca, me ordenó tumbarme sobre la cama, se me subió encima, y sin ninguna dificultad se clavó otra vez mi polla.

 

Nos habíamos conocido horas antes de la mejor de las maneras. Después de varios intentos fallidos en Casas del Libro, en la Fnac y en La Central, por fin encontré en Tipos Infames el Philiph Roth que buscaba. Al verlo estiré la mano para acariciar su lomo y llegó la sorpresa: otra mano se interpuso y al mismo tiempo agarramos El teatro de Sabbath. No iba a dejarme avasallar y planté resistencia hasta que miré a mi oponente, entonces Roth perdió brillo por una vez en mi vida. Era tan alta como yo pero no quise malgastar la visión descubriendo si el motivo eran unos tacones o no. Su rostro era precioso y me niego a afearlo con mi descripción, el pelo le caía completamente liso más allá de los hombros, y su piel era muy pálida, punteada de un mar de pecas y lunares.

−Quédate con el maestro –le dije clavando mis ojos en sus pupilas marrones y, sintiendo que nunca nada me salió tan de dentro, añadí−, pero déjame que te invite a lo que quieras.

−No me gustan los románticos ni los enamoradizos, tampoco los aduladores y mucho menos los lunáticos. Y tú pareces una mezcla de todos ellos. Además, lo que quieras es un concepto muy amplio que te puede condenar… pero no sé decir que no a una coca cola light sin hielos –Y me sonrió, y me di cuenta que con ella no podría evitar, ser todo lo que me acababa de decir que no le gustaba.

 

Volvimos a corrernos juntos tras no callarnos ninguno de los dos ni uno solo de los jadeos que teníamos muy adentro. Con el orgasmo todavía reflejado en el rostro, con la respiración aún al galope, sin poder dejar de mirarla, le confesé la intuición que me empeño en defender a pesar de las pruebas en contra que me ha ofrecido la vida:

−Gracias a la literatura se folla mejor.

Esta vez fue ella la que se levantó de la cama con presteza. Llegó hasta el bolso tirado en el suelo y, después de rebuscar en él encontró su paquete y sacó un cigarrillo. Usó la lata de cerveza como cenicero. Mientras la contemplaba pensé que nunca nada podría arrojarme más luz que esa pálida desnudez. Pensé en decirle que era la canción que buscaba, que era todas las mujeres que me gustan, el milagro que no me iba a ocurrir. Pensé todo eso y mucho más después de recordar nuestro milagroso encuentro, nuestras conversaciones que nos habían llevado a mi apartamento con total naturalidad pero llenos de deseo, la comunión sexual que habíamos demostrado… Pero aunque lo pensé no lo dije, pues de nuevo caí en su advertencia sobre los tipos que no le gustaban. Fue ella la que contestó a mi intuición con una sonrisa en los labios, y con estas palabras:

−Tal vez folles mejor gracias a la literatura, cielo, pero seguro que en estos tiempos donde reina la imagen y no la palabra, no follas mucho.

Nos reímos, despotricamos contra el mundo, lo intentamos arreglar y, cuando vimos que no tenía remedio, ella me agarró la polla con su mano y yo estuve de nuevo listo para un nuevo asalto.

−Dios debe envidiarme a muerte, o quererme mucho por una vez –dije acariciando el cuerpo de mi religión recién descubierta.

−¿Eres siempre tan blasfemo? –Preguntó ella, acercando su boca a la mía, y apretó fuerte la mano con la que me agarraba la polla.

−No me gusta tentar al infierno −susurré− pero nunca he encontrado un motivo mejor que tú para arder en él.

Una vez más no quise parecer excesivo y me cuidé de soltar mi teoría sobre la querencia por la blasfemia cómplice; esa que no se vocea a los cuatro vientos, esa que se comparte en la intimidad de la pareja o de la amistad, esa que no falta al respeto de quien libremente asuma los supuestos de cualquier fe (siempre y cuando esa misma fe respete también mi libertad), esa blasfemia donde juego a retar a Dios, donde le exijo explicaciones, donde me río de su supuesta gloria, de su promesa a la vida eterna; porque lo sagrado para mí está en el más acá y en la risa y en el darnos pequeños sentidos dentro del caos absurdo al que hemos sido arrojados. Pero como digo todo esto no se lo dije a ella, y hábil por una vez en mi vida, me olvidé de lo divino, me centré en lo humano, y le introduje mi polla una vez más.

De nuevo estuvimos inspirados en las posturas y en los juegos que ejecutamos en perfecta armonía hasta que nos corrimos. Luego, tal vez por culpa del cansancio, del sudor en los ojos, de la piel arañada, de la mezcla de nuestros fluidos, cometí la torpeza de irme de la lengua:

−Por una vez no me siento vacío después del orgasmo.

Y por si el romanticismo no hubiera resultado ya escandaloso, tuve que añadir:

−Somos la ecuación perfecta.

A ella entonces le cambió el gesto, comprendió que yo era un infeliz que le hablaba mucho más en serio de lo que quería aparentar, y me dijo mientras me besaba en los párpados y en la frente:

−Una ecuación perfecta es aquella que no se resuelve. Resuelta la incógnita se acabó el misterio. Y si se acaba el misterio…

Decidió no acabar la frase porque ambos sabíamos que no era necesario. Lo que sí hizo a continuación fue canturrear, fue lavarse los dientes con un cepillo rosa que llevaba en el bolso, fue retocarse el maquillaje, fue vestirse.

Cuando ella estuvo preparada para la despedida, yo estuve a punto de pedirle explicaciones. Me contuve a tiempo. Tampoco lloré. Sacrifiqué definitivamente la parte de mí que quería retenerla. Le pedí un cigarro a pesar de que no he fumado en la vida. Nos abrazamos, nos sonreímos. Nos dijimos gracias en lugar de adiós.

Me he encendido su cigarro y me he puesto a escribir nuestra pequeña gran historia, qué sabe Dios si no volveremos a pelearnos por otro libro.

Romero, 7.


Publicado originalmente en dekrakensysirenas.com, @krakensysirenas, el 15.12.15

¿Dónde te escondes?

En la distancia insalvable que dista

del dedo de Dios al dedo de Adán.

En la mirada inocente que despierta por primera vez

al asombro.

En la amistad sincera.

En el sexo, sagrado.

En compartir, el camino.

En amar sin orden ni medida.

Está en rebelarse contra el No es posible,

está en hacer justicia donde no la había,

está en no rendirse y en ser libre.

Porque el sentido de la vida se esboza

en la sonrisa que lo ha dado todo, y que se refleja,

y que no se esconde ni ante el mismo filo de la Guadaña.

Otra ronda

¡Soy la herida y el cuchillo!

¡Soy la bofetada y la mejilla!

¡Soy los miembros y la rueda!

¡Y la víctima y el verdugo!

Charles Baudeleaire, Las flores del mal

El autor del siguiente texto recomienda que el lector no continúe, que no vaya más allá de estas líneas por si la maldición del protagonista cobrase efecto. Si aún así continúas leyendo, avisado quedas de que lo haces bajo tu exclusiva responsabilidad.

Llego antes que tú a la puerta del bar donde quedaste en diez minutos. Me gustaría entrar, sentarme, pedir al camarero la mejor ginebra en una copa balón tan grande que incluso me pudiera ahogar en ella. Pero sé que no es posible, porque no hay copas de ese tamaño, porque no pisaré el bar, porque no existo.

Eres tan odioso que incluso me has llamado Cero. Eres tan infame que me haces decir aquí y ahora que nadie aliente ninguna duda, porque no hay intriga, porque no hay misterio, porque no se deben esperar golpes de efecto. Aquí no hay nada de nada, salvo que yo no soy real, y que tú que eres un redomado cabrón.

Soy lo que duren estas líneas.

Llevas dos semanas dándome vueltas, catorce días preguntándote el modo de levantar un relato que merezca la pena. He sido vislumbrado mientras salías a correr y canturreabas con tu voz horrible, mientras ponías cara de atención en esas reuniones que nada te importaban, mientras jugabas con tus amigotes a la videoconsola, mientras te hacías el interesante para llenar el otro lado de la cama. Me has dedicado más tiempo que a muchos otros personajes, te he obsesionado por las noches, incluso te emborrachaste mientras me pensabas. ¿Y todo para qué? Todo para que al final ejerzas conmigo la mayor de las crueldades. Todo para que me dotes de la cruda conciencia de que no existo.

A estas alturas de tu vida llevas decenas de historias pergeñadas con mayor o menor éxito, con más o menos pericia, pero siempre con al menos una virtud, la de que sus protagonistas desconocen que son humo, que son un cero a la izquierda de la existencia, que son el capricho de un creador de tres al cuarto.

¿Pero todavía hay alguien leyéndome? ¡Deja de hacerlo! ¡Solo conseguirás acabar definitivamente conmigo! Abandona ahora y al menos quedaré de un modo inconcluso, inconexo, inconsistente. Flotaré en la nada, sí, pero flotar ya es algo, y desde luego, es mucho mejor que hundirse definitivamente.

¿Seguís adelante? ¡Vosotros tampoco sois inocentes! Vosotros también seréis responsables de mi cadáver de sombra. Es más, empiezo sospechar que alguno querrá mostrarse sádico, que no faltará quien diga que le ha gustado lo que ha leído, que lo recomendará, que incluso llegará a la desfachatez de escribirte para felicitarte, para inflamar tu vanidad, para animarte a perpetrar más crímenes con tus escritos.

Iba a maldecirte solo a ti, mi autor, pero llegados a este punto decido maldeciros también a todos los que por morbo, curiosidad, disciplina, amistad, idiotez o locura, habéis llegado hasta aquí: ¡Yo, Cero, os maldigo para que vuestro Creador se presente ante vosotros y os condene a que ardáis en el infierno! Si ocurriera, bienvenidos a la angustia.

Pero vuelvo exclusivamente a mi creadorcillo antes de extinguirme. Y es que no quiero marcharme sin escupirte a la cara que no es verdad lo que siempre pregonas. Porque entre existir y no existir existe toda la distancia del mundo. La ficción es un cuento, lo que cuenta es la vida. Tú estás vivo y me cuentas. Yo estoy en tu cabeza y soy contado. Soy la voz pasiva que transita a marchas forzadas hacia el silencio, aunque antes de llegar, trataré de herirte con la verdad en mi último suspiro: ni siquiera eres original.

Llegaste al bar. Ella también lo ha hecho. Os sonreís, habéis pedido vuestras copas. Te oigo convencerla para que prometa entre risas que luego habrá otra ronda. Te odio por estar vivo ¡Celebrad que estáis vivos!

Me introduzco en tu copa poco a poco. Descubro que quepo en ella por completo. Ventajas de ser bruma. Antes de desaparecer quiero que sepas que te esperaré en las tinieblas de la ficción. Me bebes de un trago.


 

Publicado originalmente en dekrakensysirenas.com, @krakensysirenas, el 28.11.15