1º de mayo

Ya se sabe que olvidar el pasado es joderse el presente, y resulta difícil tener un presente más jodido que el nuestro, aunque por desgracia, todo indica que mañana, estaremos aún peor que hoy.
Así que, en un día como este, no resulta extraño que me guste recordar a los mártires de Chicago. Lo haré sin paños calientes, dejando las palabras que José Martí, por entonces corresponsal en Chicago del periódico argentino «La Nación», recogió en su crónica:

…salen de sus celdas. Se dan la mano, sonríen. Les leen la sentencia, les sujetan las manos por la espalda con esposas, les ciñen los brazos al cuerpo con una faja de cuero y les ponen una mortaja blanca como la túnica de los catecúmenos cristianos. Abajo está la concurrencia, sentada en hilera de sillas delante del cadalso como en un teatro… Firmeza en el rostro de Fischer, plegaria en el de Spies, orgullo en el del Parsons, Engel hace un chiste a propósito de su capucha, Spies grita: «la voz que vais a sofocar será más poderosa en el futuro que cuantas palabras pudiera yo decir ahora». Les bajan las capuchas, luego una seña, un ruido, la trampa cede, los cuatro cuerpos caen y se balancean en una danza espantable…

Si incito a que alguien rememore este pasado a partir de lo que escribo, me daré por satisfecho.


57, Fiebre de domingo

Cada día veo con mayor claridad que mi «problema» se orienta en una dirección principal: la literatura. Esta y su núcleo que también se me hace patente, la ficción, me marcan mi relación con el mundo que me ha tocado vivir. Bendito problema, sí, cabe escribir, pero no olvido que el camino que se elige, anula muchos otros, y claro, me entra cierta «nostalgia» por un no será que me entristece. 
Añadamos que tampoco pierdo la cabeza, y no se me permite olvidar el hecho de que tener un camino elegido, no garantiza meta alguna, y si acaso, provoca que aún se aleje más el horizonte. Más nostalgia aún si cabe, por el no será. Vivir es lo que tiene, la insatisfacción es lo que hay, y dentro de ella hay que buscar lo que más te sacie. Tal vez lo haya encontrado, ¡Qué más se puede pedir!

Celebración (1998)

Como casi siempre, llego tarde al genio, pero termino llegando que es lo importante. Acabo de ver esta película que inauguró el movimiento fílmico Dogma 95, pero la verdad es que «desartificios» al margen, debo celebrarla por haberme provocado la imagen de contemplar una de las mejores revoluciones que he visto nunca. Eso sí, que no se espere que desgrane nada de la batalla, tan solo diré que como en toda revolución, hay mucha suciedad y sordidez, y algo de luz donde agarrarse, a ella me agarro, degustando las posibilidades que ofrece el cine, la ficción, el mundo, para deleitarse hasta con lo más  oscuro, sin que esto nos hunda irremediablemente en un abismo de fango. O al menos no de un modo permanente.
«Bien luchado», termina diciendo el padre al hijo, ved si no lo habéis hecho ya, por qué se pronuncian tales palabras.

El hombre que nunca estuvo allí

Me faltarían calificativos si quisiera etiquetar esta obra de arte de los hermanos Cohen, pero vamos al grano como supongo que hará la mayoría de los que sientan la necesidad de escribir una crítica sobre esta película: es una tragedia moderna.

Ahora que caigo, es en muchos sentidos como el extranjero de Camus. El absurdo se va hilvanando perfectamente para describir la vida de un personaje que siente el peso de nuestra era, y que intentando escapar de su sino, se encuentra con las vueltas precisas para acabar dentro, una y otra vez, del agujero existencial y sin sentido que ofrece esta vida a tantos seres humanos, que no tienen bastante con la comodidad material, y que necesitan de una ilusión que les llene.

Y es en esa búsqueda (aquí escapar de su sello de peluquero, aquí su relación con la chica y la música), donde toca a menudo descubrir cuán microbios somos. El hecho de que se nos muestre la «Desilusión» tan a las claras, por cierto, no es que me resulte reconfortante, pero sí que alimenta ciertas celdas estéticas de mi alma, que me hace esbozar esa sonrisa crispada de la que tanto me precio, pues me da la comprehensión del juego del que como todos, tomo parte.

Como acostumbro, es difícil asociar mis líneas a la película, o al menos, hacerlo antes de verla, y es que no se trata de una sinopsis, sino de sacar la emoción que el cine me llega a provocar.

56

En un sentido absoluto, la vida es implacable, y el cuartel que creemos que nos da, no es sino una ilusión, un invento, una ficción. Ficción, invento o ilusión, que no debemos dejar de disfrutar hasta el final, cuando la implacabilidad se muestra.

E.M. Cioran

Tantas veces estoy en desacuerdo con Cioran, que tal vez también por eso me fascine tanto. No hay sin embargo en el siguiente texto de «La tentación de existir», apenas nada con lo que no esté de acuerdo. Me parece simplemente brutal, y lo recomiendo de principio a fin.

San Pablo:

Nunca le reprocharemos bastante haber hecho del cristianismo una religión poco elegante, haber introducido en él las tradiciones más detestables del Antiguo Testamento: la intolerancia, la brutalidad, el provincianismo. ¡Con cuánta indiscreción se mezclaba en cosas que no le concernían, de las que no entendía ni poco ni mucho! Sus consideraciones sobre la virginidad, la abstinencia y el matrimonio son sencillamente asquerosas. Responsables de nuestros prejuicios en religión y en moral, ha fijado las normas de la estupidez y ha multiplicado las restricciones que paralizan aún nuestros instintos.
De los antiguos profetas no ha guardado el lirismo, ni el acento elegíaco y cósmico, pero sí el espíritu sectario y todo lo que en ellos era mal gusto, charlatanería, divagación para uso de los ciudadanos. Las costumbres le interesan en el mayor grado. En cuanto habla de ellas, se le ve vibrar de malignidad. Obsesionado por la ciudad, por la que quiere destruir tanto como por la que quiere edificar, concede menos atención a las relaciones entre el hombre y Dios que a las de los hombres entre sí. Examinad de cerca las famosas Epístolas: no descubriréis en ellas ningún momento de cansancio y de delicadeza, de recogimiento y de distinción; todo en ellas es furor, jadeos, histeria de baja estofa, incomprensión por el conocimiento, por la soledad del conocimiento. Intermediarios por todas partes, lazos de parentesco, un espíritu familiar: Padre, Madre, Hijo, ángeles, santos; ni rastro de intelectualidad, ningún concepto definido, nadie que quiera comprender. Pecados, recompensas, contabilidad de los vicios y de las virtudes. Una religión sin interrogantes: una orgía de antropomorfismo. El Dios que nos propone me hace enrojecer; descalificarlo constituye un deber; al punto en que ha llegado, está perdido de todas formas.
Ni Lao-Tsé ni Buda se reclaman de un Ser identificable; despreciando las maniobras de la fe, nos invitan a meditar y, para que esta meditación no gire en el vacío, fijan un término: el Tao o el Nirvana. Tenían otra idea del hombre.


¿Cómo meditar si hay que referirlo todo a un individuo… supremo? Con salmos, con oraciones, no se busca nada, no se descubre nada. Sólo por pereza se personifica la divinidad o se la implora. Los griegos se despertaron a la filosofía en el momento en que los dioses les parecieron insuficientes; el concepto comienza donde acaba el Olimpo. Pensar es dejar de venerar, es rebelarse contra el misterio y proclamar su quiebra.


Adoptando una doctrina que le era extraña, el converso se figura haber dado un paso hacia sí mismo, mientras que lo único que hace es escamotear sus dificultades. Para escapar a la inseguridad -su sentimiento predominante- se entrega a la primera causa que el azar le ofrece. Una vez en posesión de la «verdad» se vengará en los otros de sus antiguas incertidumbres, de sus antiguos miedos. Tal fue el caso del prototipo de converso San Pablo. Sus aires grandilocuentes disimulaban mal una ansiedad sobre la que se esforzaba en triunfar sin lograrlo.
Como todos los neófitos, creía que por su nueva fe iba a cambiar de naturaleza y vencer sus fluctuaciones de las que se guardaba muy mucho de hablarles a sus corresponsales y auditores. Su juego ya no nos engaña. Numerosos espíritus se dejaron atrapar por él. Era, cierto es, una época en la que se buscaba la «verdad», en la que no se interesaban en los «casos». Si en Atenas nuestro apóstol fue mal acogido, si encontró un medio refractario a sus elucubraciones, es porque allí todavía se discutía, y el escepticismo, lejos de abdicar, seguía defendiendo sus posiciones. Las charlatanerías cristianas no podían allí hacer carrera; debían, como contrapartida, seducir a Corinto, ciudad barriobajera, rebelde a la dialéctica.
La plebe quiere ser machacada a fuerza de invectivas, amenazas y revelaciones, de afirmaciones estentóreas: le gustan los bocazas. San Pablo fue uno de ellos, el más inspirado, el más dotado, el más astuto de la antigüedad. Del ruido que hizo, todavía percibimos los ecos. Sabía subirse a los tabladillos y clamar sus furores. ¿Acaso no introdujo en el mundo grecorromano un tono de feria? Los sabios de su época recomendaban el silencio, la resignación, el abandono, cosas impracticables; más hábil, él vino con recetas engolosinadoras: las que salvan a la canalla y desmoralizan a los delicados. Su revancha sobre Atenas fue completa. Si hubiera triunfado allí, quizá sus odios se hubieran suavizado. 
Nunca un fracaso tuvo consecuencias más graves. Y si somos paganos mutilados, fulminados, crucificados, paganos pasados por una vulgaridad profunda, inolvidable, una vulgaridad de dos mil años de duración, a este fracaso se lo debemos.
Un Judío no judío, un Judío pervertido un traidor. De ahí la impresión de insinceridad que se desprende de sus llamadas, de sus exhortaciones, de sus violencias. Es sospechoso: parece demasiado convencido. No se sabe por dónde tomarlo, ni cómo definirlo; situado en una encrucijada de la historia, debió sufrir múltiples influencias. Tras haber vacilado entre varios caminos, eligió uno, elbueno. Los de su especie juegan sobre seguro: obsesionados por la posteridad, por el eco que suscitarán sus gestos, si se sacrifican por una causa, lo hacen como víctimas eficaces.
Cuando ya no sé a quien detestar, abro las Epístolas y en seguida me tranquilizo. Tengo a mi hombre. Me pone en trance, me hace temblar. Para odiarle de cerca, como un contemporáneo, doy un salto de veinte siglos y le sigo en sus giras; sus éxitos me descorazonan, los suplicios que se le infligen me llenan de gozo. El frenesí que me comunica, lo vuelvo contra él: no fue así, ¡ay!, como procedió el Imperio.
Una civilización podrida pacta con su mal, ama el virus que la roe, no se respeta a sí misma, deja a un San Pablo ir y venir… Por esto mismo, se confiesa vencida, carcomida, acabada. El olor de la carroña atrae y excita a los apóstoles, sepultureros ávidos y locuaces.
Un mundo de magnificencia y de luz cedió ante la agresividad de esos «enemigos de las Musas», de esos energúmenos que, todavía hoy, nos inspiran un pánico mezclado de aversión. El paganismo les trató con ironía, arma inofensiva, demasiado noble para doblegar a una horda insensible a los matices. El delicado que razona no puede medirse con el beocio que reza. Fijo en las alturas del desprecio y la sonrisa, sucumbirá al primer asalto, pues el dinamismo, privilegio de la hez, viene siempre de abajo.
Los horrores antiguos eran mil veces preferibles a los horrores cristianos. Esos cerebros enfebrecidos, esas almas con remordimientos absurdos y ridículos, esos demoledores alzados contra el sueño de amenidad de una sociedad tardía, empeñados en maltratar las conciencias para transformarlas en «corazones». El más competente de todos ellos se empeñó en esta tarea con una perversidad que, en primer término repelió a los espíritus, pero que, después, debía marcarlos, sacudirlos y asociarlos a su incalificable empresa.
El crepúsculo greco-romano era empero digno de otro enemigo, de otra promesa, de otra religión. ¡Cómo admitir ni la sombra de un progreso cuando se piensa que las fábulas cristianas lograron sin esfuerzo ahogar al estoicismo! Si éste hubiera conseguido propagarse, apoderarse del mundo, el hombre se habría logrado, o casi. La resignación, habiendo llegado a ser obligatoria, nos habría enseñado a soportar nuestras desdichas con dignidad, a hacer callar nuestras voces a afrontar fríamente nuestra nada. ¿Que la poesía habría desaparecido de nuestras costumbres? ¡Al diablo la poesía! A cambio, habríamos adquirido la facultad de soportar nuestros sinsabores sin un murmullo. No acusar a nadie, no condescender ni a la tristeza, ni a la alegría, ni al pesar, reducir nuestras relaciones con el universo a un juego armonioso de derrotas, vivir como condenados serenos, no implorar a la divinidad, sino, más bien, darle un aviso… Esto no podía ser. Desbordado por todas partes, el estoicismo, fiel a sus principios, tuvo la elegancia de morir sin debatirse. Una religión se instaura sobre las ruinas de una sabiduría: los manejos que emplea aquélla no convienen a ésta. Siempre prefirieron los hombres desesperarse de rodillas que de pie. A la salvación aspiran su cobardía y su fatiga, su incapacidad de alzarse al desconsuelo y de extraer de él razones de orgullo. Se deshonra quien muere escoltado por las esperanzas que le han hecho vivir. Que las multitudes y los que las arengan repten hacia el «ideal» y se chapucen en él! Más que algo dado, la soledad es una misión: elevarse hasta ella y asumirla es renunciar al apoyo de esa bajeza que garantiza el éxito de toda empresa, sea la que sea, religiosa o de otra clase. Recapitulad la historia de las ideas, de los gestos, de las actitudes: comprobaréis que el futuro fue siempre cómplice de las turbas. Nadie predica en nombre de Marco Aurelio: como no se dirigía más que a sí mismo, no tuvo ni discípulos ni sectarios; sin embargo, no se deja de edificar templos donde se cita hasta la saciedad ciertas Epístolas. Mientras sigan así las cosas, perseguiré con mi rencor a quien supo tan astutamente interesarnos en sus tormentos.

55

A pesar de que trabajo con niños y de mis estudios sobre ellos, o tal vez por estas mismas razones, cada vez me veo menos capacitado para entenderles, o al menos, para poder juzgarles, etiquetarles, y decir, te tengo, porque te he comprendido.
Un niño siempre escapa a nuestra lógica de adulto por mucho que nos diga, sí papá, sí mamá, sí profesor, y si no lo hace, ya no es un niño, por pocos o por muchos años que tenga. 
Ahora bien, aquí no pretendo un ápice de romanticismo ni de posicionismo, ese es otro debate, denodado, y a sangre si se quiere. Aquí, lo que hay o lo que se pretende mostrar, es la evidencia de una barrera, de dos mundos paralelos de los que a menudo, el adulto, no es consciente, y por ello, se fracasa estrepitosamente al margen de las buenas intenciones que se tengan, cuando se quiere acercar a ese misterio que son los niños. 
Construyamos puentes entre los dos mundos, y crezcamos todos en ambas direcciones, y aquí, sí me posiciono: no pretendo volver a la infancia, pero no quiero niños viejos antes de tiempo, ni ser un adulto carente de magia. 

E.M. Cioran

Tomado de, Adiós a la filosofía y otros textos, antología de diversas obras de Cioran, para este caso, La tentación de existir:
«Si la fuerza es contagiosa, la debilidad no lo es menos: tiene sus atractivos, no es fácil resistírsele. Cuando los débiles son legión, os encantan, os aplastan: ¿cómo luchar contra un continente de abúlicos? Dado que el mal de la voluntad es además agradable, uno se entrega a él gustoso. Nada más dulce que arrastrarse al margen de los acontecimientos; y nada más razonable. Pero sin una fuerte dosis de demencia, no hay iniciativa alguna, ni empresa, ni gesto. La razón: herrumbre de nuestra vitalidad. Es el loco que hay en nosotros el que nos obliga a la aventura; si nos abandona, estamos perdidos: todo depende de él, incluso nuestra vida vegetativa; es él quien nos invita a respirar, quien nos fuerza a ello, y es también él quien empuja a la sangre a pasearse por nuestras venas. ¡Si se retira, nos quedamos solos! Nos se puede ser normal y vivo a la vez[…] Subsisto y actúo en la medida en que desvarío, en que llevo a bien mis divagaciones. En cuanto me vuelvo sensato, todo me intimida…»
Para quién no le conozca, ahí tienen una muestra de lo que puede llegar a ofrecer.

53

Muchos de los problemas que sacuden a este país y a la mayoría, son de raíces viejas y difíciles de erradicar, y no son otros, que el de quién guardará a los guardianes, quién legislará a los legisladores, y quién nos salvará de nosotros mismos. 
Ahora bien, estamos llegando a un punto político, en el que hacerlo tan solo un poquito mejor, comienza a resultar fácil. Y en cualquier caso, su incompetencia nos abre un espacio y unas posibilidades que debemos aprovechar, si no para arrancar esas raíces podridas (ojalá podamos, pero aquí soy pesimista) al menos, sí para realizar una buena poda.