Circularidad

PRIMER FINAL

No me tengo ni mucho menos por un tipo horrible, pero cuando esa preciosidad me sonrió, mi respuesta fue de incredulidad y reaccioné automática y estúpidamente, mirando hacia los lados, como buscando otro receptor que no fuera yo, para esa boca dulce, roja, de película romanticona y vomitiva.

Ella acababa de esbozarme su pícaro gesto y el tren llegaba a su primera parada por lo que, confieso ateo como soy, recé para que tamaño encanto no tuviera que bajarse tan pronto. No lo hizo, y por supuesto olvidé darle las gracias al Señor.

La chica, con un cautivador escote y un exuberante y larguísimo pelo, había subido en la misma rutinaria estación en la que yo lo hacía cada día, por lo que reconozco que al verla en el andén me coloqué a su vera, paciente a que bajaran los viajeros para poder subir nosotros. Ya arriba me extrañó su decisión de sentarse frente a mí (mis ojos se habían desentendido de ella y mi culo se había impuesto para tomar descanso sin demora), al sobrar asientos por todas partes. Fue entonces cuando me sonrió.

Sonreí a su sonrisa, y me sentí estúpido. No sé si el rubor me cubrió, pero en cualquier caso, agaché la cabeza en plan avestruz. Para evadirme de ella y de mí, saqué de mi maletín un ensayo que andaba leyendo sobre el caos y que me estaba apretando las tuercas por su complejidad. Por supuesto no comprendí nada. Mi concentración rayaba cerca de cero mientras que la imaginación volaba casi tan alta como mi libido. Les dejé hacer sin remordimientos, pues mi magín no hacía daño a nadie, tampoco a mi novia, recuerdo que pensé. Al fin y al cabo, aquellas fantasías rijosas que me inundaban no pasarían de ahí. O eso supuse en ese momento.

El tren traqueteaba cuando furtivos, mis ojos, siguieron a sus manos hasta su bolso, de donde salió uno de mis escritores favoritos. Me empalmé sin remedio. En la tercera parada ya  hubiera vendido el alma en la que tampoco creo, a cambio de que esa chica no se bajase. No obstante, la venta no hizo falta, o quién sabía, reflexioné en un requiebro que me hizo esbozar una sonrisa al pensarlo, si ella seguía allí, frente a mí y con aquel libro, precisamente porque acababa de efectuarse la recurrente venta. De uno u otro modo, el esbozo de mi segunda sonrisa esta vez ella lo aprovechó para que no me escapara de nuevo como un cobarde, preguntándome a quemarropa si mi lectura resultaba tan interesante y divertida como prometía el título.

No tanto como ella, pensé mirando ese rostro que conjugaba simpatía, belleza, e inteligencia (cabe apreciarse que me había hecho ya la paja mental pertinente respecto a lo primero y a lo tercero), y contesté que sí, que era un libro con unas teorías tan peculiares como interesantes, o tal vez, interesantes precisamente por su peculiaridad. Ella celebró la ocurrencia y me la devolvió aún más elaborada y abstracta, o eso creo recordar, si bien a estas alturas no me atrevería a poner la mano en el fuego por la calidad de su ocurrencia, que no recuerdo en absoluto.

Ya se sabe eso de que una mujer es capaz de hacer varias cosas a la vez, y de hacerlas bien, yo desde luego, no, y puesto que andaba con cuatro quehaceres al tiempo, resulta fácil imaginar que bordeaba el desastre; hacía lo posible por bajar el bulto de mi pantalón, era ridículo, pero era real y no dejaba de pensar, no se te ocurra mirarte, no se te ocurra mirarte; quería aparentar ser un tipo agradable, culto y equilibrado, y estaba a punto de descojonarme dados los hechos; quería saber más cosas de ella sin aparentar ser un baboso, créaseme cuando digo que mis fantasías de revolcarme con aquella beldad en todos los lechos mullidos y sin mullir, quería dejarlas en ese intangible terreno; y por último, manoteaba para alejar lo que consideraba una injusta sensación de culpabilidad.

Nuestra conversación me hizo saber que ella, como yo, iba hasta el final del trayecto, pero además coincidíamos en bastantes más cosas que se pueden resumir fácilmente en que mis tonterías le hacían reír, y en que su rostro, por encima de todo lo demás, me hacía sudar. Cobré entonces plena conciencia de que tenía que parar aquello: yo era un tipo enamorado. De antes quiero decir, de mi novia se entiende. Así que cuando llegamos al final de la línea, en buena parte me sentí agradecido.

Fue al despedirme con una tibia y rutinaria frase cuando ella me soltó que necesitaba un favor. Con una dulzura irrechazable me dijo que vivía lejos de la estación y que ese día su compañera de piso no podía ir a recogerla porque no estaba en la ciudad, que si yo podía llevarla en caso de que tuviera coche, que si… No pude negarme.

Siempre he pensado que una mujer guapa e inteligente puede volver loco a los mismos dioses si se lo propone, por lo que cuánto no podría hacer esa chica, me pregunté camino del coche, con un pellejo como yo. Al arrancar mi viejo trasto, mientras ella se alisaba la falda y se quejaba del diabólico invento de los tacones que se quitaba en ese momento para darse un suave masaje en los pies cubiertos del panti, supe con una certeza implacable, que esa chica se había propuesto rendirme a sus pies. Pero yo no lo iba a permitir.

Vuelvo a decirlo, yo era un hombre enamorado, y aunque camino a su casa se me desbordaban las fantasías de follármela de mil maneras, cuando me preguntó si quería subir a tomar algo, contesté rotundo y algo seco, que no.

Pasado ya un tiempo me pregunto que pesó más en la respuesta, si mi concepto de fidelidad, el orgullo que me gritaba que aquella chica me estaba usando descaradamente, o esas palabras recalcitrantes de, subir a tomar algo, escondiendo eufemística e innecesariamente, a las de echar un polvo, imagen de la que desconozco su origen, pero que desnuda la incertidumbre y las dudas a las que tantas veces me han hecho jugar.

En cualquier caso, ya no hubo más juego. Ella se marchó confusa y lo último que vi de tamaña preciosidad, coqueteo e inteligencia, fue su fantabuloso culo alejándose de mí mientras rebuscaba en su bolso para coger antes que las llaves de casa, el móvil, haciendo una llamada que yo ya no podía oír, aunque no hubiera arrancado mi coche como hice, mirando el reloj en el salpicadero.

SEGUNDO FINAL

Al llegar a mi casa, reconozco que aún bastante confuso, llamé a mi novia. Esa tarde noche no habíamos quedado porque su trabajo lo hacía imposible, pero con todo me apetecía oírla. Contestó alegre, y con una sorpresa: podría escaparse antes de tiempo porque se cancelaba su reunión del curro. Quedamos en ir a cenar y dormir juntos. Esa noche lo pasamos en grande y follamos aún mejor. Sentí que mi renuncia de horas atrás se recompensaba con mi conciencia tranquila y su mirada de arrobo, que entre las sábanas combinó como pocas veces antes, con lubricidad y ternura. Nos dijimos todas esas cosas que tienden a decirse los enamorados, y nos dormimos como dos tortolitos.

Parece que fueron mis sueños quienes engendraron el gusano de la duda, y al despertar, todo había cambiado. Abrí los ojos antes que ella y al ver la dulce sonrisa de felicidad que se perfilaba en sus finos labios, nuestro firme edificio se tambaleó. Siempre he creído en las casualidades pero aquello olía demasiado, y mi lado neurótico emergió de las profundidades para cuadrarlo todo.

La chica del tren tenía demasiados de mis fetiches; pelo extremadamente largo, tacones, el lápiz de labios preciso, la falda… Y podría haberlo aceptado en mis inquisiciones incluso a pesar de que coincidiera conmigo en las estaciones de subida y bajada. Es más, podía incluso asumir que se sentara a mi lado, y su sonrisa, y su simpatía hacia mí, y hasta la lectura que se sacó del bolso y me hizo empalmarme tras un pensamiento de, todo completo. Y por qué no asumirlo, yo le había gustado a ella y ella a mí, en un golpe de suerte de esos que la casualidad te sirve en bandeja en muy pocas ocasiones, y cuyo guión nos hubiera conducido a la cama de no ser porque decidí romperlo, sintiéndome confuso pero feliz de hacerlo.

Ahora bien, si yo la noche anterior tenía motivos para una felicidad intensa, ¿por qué mi novia también? Su reunión se había cancelado, de acuerdo, estaba contenta de verme, perfecto, pero aquella mirada de dicha desde el mismo momento en que me vio, aquella entrega pasional desacostumbrada, aquella fe que sentí hacia mí.

De inmediato pensé en el móvil, sería la evidencia irrefutable. Cuando me dirigí a su bolso saltándome todas las reglas de buena conducta e intimidad para comprobar si ella había recibido una llamada en el mismo momento en que yo dejaba a mi prueba la tarde noche anterior, mi todavía novia, se despertó y me llamó melosa. Al darme la vuelta se asustó, y qué me ocurría fue su ansiosa pregunta, de verdad que mi cara debía resultar muy elocuente. Tras cuatro intentos por su parte terminé por contestar que sabía lo que había hecho, y que habíamos terminado.

Ella primero mostró incomprensión, luego pidió perdón sin llegar a reconocer nada, y finalmente aparecieron las lágrimas de impotencia e incomprensión según ella, de culpa según creo. Yo no fui más allá, ni siquiera considero que me llegara a mostrar críptico, y por supuesto, ya no existió la irrefutabilidad del móvil, tan solo me planté en el, lo sé, y su angustia, no me conmovió ni me hizo soltar prenda. Mi convicción de que me habían puesto a prueba me bastó para acabar con aquella relación en la que había creído firmemente, y lo cierto, es que yo he creído muy pocas veces.

TERCER FINAL O PRIMER PRINCIPIO

Ahora escribo estas líneas que no están siendo pocas, desde el tren, en el mismo recorrido que hace una semana me ofreció un supuesto y goloso sexo, pero al que terminé por renunciar para que en un requiebro inesperado, me viera de nuevo abrazado a mi soledad. Escribo y sonrío preguntándome si fui víctima del teatro que montaron ellas, o del que monté yo.

El tren hace otra parada y observo cómo una chica bastante mona se sienta frente a mí porque tampoco hay mucho más donde hacerlo. Me centro en esto porque estoy acabando, y escribo, recurriendo a ese tipo de palabras que a veces me resultan filosofía barata y otras oro puro (la imagen no me parece nada lograda), que poco me importa si fue mi ex quien nos abocó a la ruptura con su estúpido juego, o si fui yo con mi lunática perspicacia, pues cada principio es deleitable, cada final necesario, y el trayecto, mientras lo elija uno mismo y con autenticidad sea aún por los motivos más extraños, es la victoria que nos queda.

La chica sí que es mona, sí. Ha sacado de su bolso el libro de un escritor que aborrezco, y mientras la miro con descaro, mientras ella se ruboriza, mi libido creciente se descojona de mis prejuicios literarios.

Mi primera novela

Hace justo un año, el 23 de enero del 2012, proyecté en mi agenda, un gran invento que he  conocido tarde pero a tiempo, que durante dos semanas concebiría el núcleo de mi novela en mente, para ponerme a escribirla después. Para entonces, ni en mis mejores pronósticos habría hecho volar mi imaginación hasta la realidad, donde justo un año después, la novela está terminada.
Recuerdo que el proyecto nacía (así lo comentaba abiertamente a los pocos que me querían oír) con vistas a dos largos años, y que mi esperanza de acabar era escasa, pues un mar de dudas anegaba mi voluntad. Sin embargo, no me he ahogado, y con la novela terminada en su tercera revisión desde hace días, espera para los siguientes paso y las siguientes dudas. 
Ya está registrada, ya está entregada a su primera, competente y preciosa lectora; ahora toca esa dolorosa parte de la búsqueda de editor, con su carta de presentación, con las esperas, con los silencios, con los fracasos. Me digo que no lo conseguiré mientras ansío hacerlo. Sin embargo, aún quedándome en el camino, sé que el esfuerzo mereció la pena, aunque claro, ya puestos, que el esfuerzo se vea recompensado en forma de edición.
El sueño está por ver, pero mientras llega el «no» o el «sí», sé que el duro camino fue un aprendizaje y que, cientos de horas de escritura, merecieron la pena, y me hacen feliz. 

Una historia increíble

-Mamá, suena como una de esas historias increíbles que nos contabas, pero en lugar de aparecer hadas, dragones, y de ser divertida, resulta triste, y no entiendo lo que haces, ni por qué.
Así es como mi hijo pequeño se ha despedido de mí con lágrimas en los ojos, tras intentar explicarle como buenamente he podido, mi comportamiento de los últimos meses. Un éxito a tenor del portazo que me ha dado mi hija adolescente, a punto de reventarme la cara, si no retrocedo un paso ante la puerta de su habitación. Ellos, en fin, no han comprendido nada, y tampoco mi marido, que harto de llorar y de desconcertarse, no ha querido verme en la despedida.
Me pregunto si alguno de ustedes me entenderá, y aunque inmediatamente me digo que me importa un comino el que lo hagan o no, lo cierto es que si escribo esta historia, increíble o por el contrario más sencilla de lo que pareciera, será por cierta urgencia, no sé si de piedad. Juzguen ustedes.
¿Han oído decir eso, de que de todo se cansa uno? Yo no paraba de escuchárselo a mi bendita madre, que no ha vivido lo suficiente como para ver que su sentencia recayó como una maldición sobre su adorada hija. Porque cuando ella decía, “todo”, yo he comprobado que se refería efectivamente, a “todo”, incluyendo la felicidad.
Me llamo Sandra, tengo los cuarenta y muchos cumplidos, soy arquitecta, y formé una familia maravillosa, con dos niños sanos, preciosos y alegres, y un marido atractivo, dulce, e inteligente, del que aún sigo enamorada y al que nunca dejaré de querer… a pesar de mis actos.
¡Ay, los actos, qué difíciles son a veces de explicar! Fíjense, tras reflexionar mucho sobre todas las acciones que en los últimos dos meses me han conducido hasta aquí, aún no tengo explicación alguna para la primera, tal vez, la más sencilla e inocente de todas ellas: dejé de ir al trabajo en mi deportivo y empecé a coger el metro. Lo repito, no me pregunten por qué, pues sólo podría decir, que no fue por motivos económicos, ni por el medio ambiente, ni por ganar tiempo, ni para reducir estrés… sencillamente, no sé por qué diantres lo hice.
Tampoco encontraba que fuera un síntoma de aversión de nada en particular, pues lo volveré a repetir, era una persona feliz. Y aún iré más allá, mi vida resultaba perfecta.
No debía serlo tanto, pensarán ustedes, si me dediqué a destrozarla como verán en seguida. Y no sé qué decirles, o tan solo, que me resulta molesto esa tendencia de la gente a juzgar los actos ajenos de acuerdo a sus virtudes o sus vicios particulares, que lo mismo me da. Lo molesto es que me digan el por qué hice esto o dejé de hacerlo, cuando en el fondo, solo pueden decirme por qué lo habrían hecho ellos.
Así llegamos al hombre con el que engañé a mi esposo. Le conocí en el metro. Sin darme cuenta empecé a hablar con él sobre el libro que conseguía leer entre el traqueteo del vagón, y no me pregunten cómo, acabé por invitarle a un café primero, y a un hotel esa misma tarde.
No era guapo, ni divertido, ni especialmente inteligente. No me daba morbo, ni quería experimentar nada, ni tenía ningún motivo de venganza hacia mi marido. No me emborraché, ni me sedujo, y ni siquiera me dio pena. Sencillamente, la cosa fluyó sin pararme a pensar. Y cuando lo hice, estaba mal follando con él en aquella cama impersonal, de un hotel impersonal, en una tarde de otoño triste y lluvioso.
A pesar de la lluvia, entre nosotros no hubo una sola gota de pasión, y al acabar, él, tal vez tan extrañado como yo de lo que acababa de ocurrir, me dijo que no le había gustado. Mientras nos vestíamos con calma le devolví que opinaba lo mismo, y desde luego, no nos dijimos eso de, ya nos llamaremos.
Cualquier persona sensata imagino que habría parado su descarrilamiento inmediatamente, y que esa misma noche habría invitado a su pareja a una cena romántica en la que renovar promesas, para coger el coche a la mañana siguiente camino del trabajo. Pero ya dije que empecé a pensar cuando estaba acostándome con aquel hombre del metro, y está claro que al menos es evidente, que yo ya había dejado de ser una persona sensata. Esa noche hubo cena, sí, pero para decirle a mi marido lo que había ocurrido.
 Se lo dije con la certeza de que no volvería a ocurrir, pero al tiempo no hubo lágrimas ni arrepentimiento, y sí una cruel frialdad que le hizo todo el daño posible, con la que tal vez, yo ya buscaba lo irremediable.
A veces cuesta derrumbar un castillo, aunque sea humano, y por tanto, de naipes. Durante varias semanas apenas nos hablamos, pero quedaba claro que él estaba dispuesto a perdonarme. Lo que yo no tenía tan claro, es que quisiera su perdón, y supongo, que no atreviéndome a reconocerlo, di con otra muesca de mi nueva insensatez, esta vez en el trabajo.
Como arquitecta jefa de mi estudio, me puse a negociar los contratos que teníamos pendientes para los próximos meses. El resultado fue que vine a regalar nuestro trabajo con unas condiciones ridículas. Mis empleados, sin poder creerlo aún, no levantaron la voz por miedo. Finalmente, y tras unas cuantas decisiones irracionales más, mi mano derecha hasta entonces, se reunió conmigo para decirme que todos habían decidido marcharse, que lo sentía, pero que me abandonaban. No pude sino sorprenderme por el tiempo que habían tardado en tomar una decisión tan coherente, y les convencí, para que no se fueran, pues ya lo haría yo, quedando él como mi sustituto.
            Había destrozado mi carrera, me empeñaba en destrozar mi matrimonio a pesar de la resistencia de mi marido, y decidí atacar mi salud. Intento de suicidio.
            ¿Hay alguien aún a estas alturas que no piense que me había vuelto loca, que no era sino presa de una profunda depresión o de otro trastorno psíquico importante? Aparte de mi misma, supongo que cuesta defender mi cordura. Sé que tengo todas las pruebas en contra, pero no estaba deprimida, ni confusa, ni drogada.
Cuando me rajé las venas a lo romano metiéndome en la bañera de agua caliente, lo vi claro, lo que tenía era un hartazgo de mi vida perfecta. Desde pequeña había deseado con fuerza todo lo que había conseguido por mi propio esfuerzo y sin que nadie me regalara nada. Y sin embargo, ahí me encontraba, desangrándome, despidiéndome de la vida con una absurda sonrisa de satisfacción. Entre el vapor, y el agua enrojeciéndose tiñendo mi cuerpo desnudo de rojo, pude vislumbrar, que lo que me había fallado era el feliz sentido de mi vida, que había logrado todo lo que me había propuesto, y que me encontraba atada a ello.
Lo diré una vez más, no me había vuelto loca, y desde luego, no escribo esto para justificarme, o no solo. Lo que sí es cierto es que en estos últimos meses no he sido una buena madre ni esposa, y que si hubiera tenido al menos tacto, hoy yo estaría muerta.
Resultó que en lugar de buscar una bañera de hotel, me abrí las venas en mi casa. Con todo, debería haberme muerto igual, pues durante aquella tarde, no contaba ni con mi marido ni con mis hijos. Sin embargo, mi hija regresó destrozada antes de tiempo porque su novio acababa de dejarla. No teniendo bastante con eso, se encontró conmigo.
  Acabé aceptando ingresar en la mejor clínica del país, donde concluyeron que no estaba, al menos, clínicamente loca, y salí de allí hace dos días. Mi marido ha seguido empeñado en perdonarme hasta el final, ofreciéndome otra oportunidad por nuestro amor, por nuestros hijos. He tenido que contestarle, no, gracias.
Saben, creo en la casualidad, y no me gusta desaprovechar la oportunidad que salir de la bañera con vida me ofrece. Hace unas horas que ocurrió la escena del principio, con mi pequeño y mi salvadora, y ahora, escribo sentada a la espera de un tren que no sé muy bien dónde me llevará. Estoy contenta. Hacía mucho que no sentía el cosquilleo que me recorre el cuerpo, y que se llama incertidumbre, la de un camino por hacer, la posibilidad de volverme a equivocar, la de un horizonte difuso ante mí, y para mí sola.

Delicias

Al acabar las noticias, de nuevo me entraron ganas de vomitar. Apagué la televisión, cogí las llaves, y me marché al trabajo.

Tomé la línea tres de metro en Delicias dejando atrás por un rato, pensé, una tarde mustia y apagada de otoño. Todo resultaba como de costumbre; caras grises, olor a lluvia y sudor, vagones llenos en hora punta… y sin embargo, en Lavapiés una mujer guapa que se bajaba me sonrió, para Callao una sensación extraña se apoderó de mí, y en Plaza de España, donde debía bajarme, me quedé anclado al asiento.

En la siguiente estación logré levantarme pero no bajé, y perdido en uno de los fragmentos literarios que hay en los vagones, comencé a verlo claro: el metro era un mundo en sí, y mejor que el de arriba. Caí en la cuenta de la mezcla de culturas, del paréntesis hacia mi absurdo trabajo, de la posibilidad que cada mirada, cada gesto, cada risa, podían suponer si eran aprovechados. Sentí que acá abajo la miseria estaba ausente, así como el desempleo que azotaba en la calle, y la competitividad, y la mentira del exterior.

Me sentí tan cómodo, que me regalé el día de una línea a otra, sonriendo, y disfrutando de un traqueteo que disimuló el hambre, y me llenó de ideas gozosas. Me decidí a repetir experiencia a la mañana siguiente (ya me justificaría de algún modo en la oficina), aunque eso sí, llevaría algo de comida, y algún libro para llenar los vagones vacíos, porque los llenos, las horas punta, son un mar de posibilidades infinitas.

De eso hace ya cuatro meses, y hoy me decido a empezar a escribir mi experiencia, por supuesto desde aquí abajo, arrobado en esta felicidad extraña de mi nuevo mundo subterráneo, en el que saboreo infinidad de horas, en el que la vida se da una tregua antes de volver a la vorágine del ahí afuera, en el que las personas se hermanan en este extraño útero de transición, en el que he descubierto, una nueva casa, a la que puedo llamar hogar. 

The Artist

Por fin vencí la pereza para ver «The Artist», la más de hora y media de mudez me costaban a pesar de que en pretéritos años haya podido con mudas y clásicos de mayor peso, y suponía que mayor tedio. No quiero juzgar un pasado que recuerdo con una sonrisa por lo que aprendí, y por la disciplina que mostré, vengo a dar apenas dos notas de lo visto: fantástica, literaria.
Habrá un millón de críticas sobre «The artist», y algunas más, mejores que las mías, si las he leído no las recuerdo y por eso escribo esto ahora, porque me apetece decir que me resulta fabulosa en su entramado narrativo y simbólico, en su capacidad para imaginar elementos mudos que cuenten magistralmente una historia, que pasando por diversos géneros, romanticón, comedia, drama, musical, te pega a la pantalla con mayor eficacia que la mayor parte de diálogos de la mayor parte de películas que he visto. 

Un apunte más, la película tiene un final sobrecogedor porque reúne eficacia, verosimilitud, e historia. Solo apunto sin destripar para quien no lo haya visto y quiera hacerlo: la capacidad para reinventarse y reinventar resulta mágica, catárquica, feliz.

Gibrán Jalil Gibrán

Del poeta Jalil Gibrán en «El Profeta», cuando Almustafa habla sobre el bien y el mal:
«En vuestro anhelo por un yo superior descansa vuestro bien, y ese anhelo está en todos vosotros.
Pero, en algunos, tal anhelo es un torrente que se precipita con fuerza hacia el mar arrastrando los secretos de las colinas y las canciones del bosque.
En otros es un débil e indolente arroyuelo que se pierde en meandros consumiéndose antes de llegar al estuario. 
Pero que quien mucho anhela no diga a quien poco desea: ¿Por qué eres lento y te paras tanto? 
Porque el que es verdaderamente bueno no pregunta al desnudo: ¿Dónde está tu ropa?, ni al vagabundo ¿Qué le ha pasado a tu casa?«

Amanecer

El ocaso del día anterior ya me había tocado, pero fue el amanecer quien me hundió… para renacer con una fuerza inesperada. Fue con aquel Sol creciente sobre el río, llenándolo todo de belleza, fue con aquella soledad rodeado de verde, azul y rojo, fue con mis miedos, mis dudas, mis esperanzas, fue cuando la mirada clavada en el horizonte no se apercibió de la figura que tras de mí se puso, y con un suave pero audible rumor, me habló.
              -Tenéis el mejor de los mundos posibles, y aunque tal vez ya no esté en el mejor de sus momentos, tendrás que decidir si puedes hacer algo para que lo primero continúe siendo así, o renuncias al reto.
Al darme la vuelta no había nadie, no había nada más que mi soledad y aquel esplendoroso paisaje que se me grabó en el corazón, y en la sangre.
Y ahora sigamos la lucha –dije  frente a quienes querían quitarme de en medio.

La moneda

LA MONEDA
Me llamo Federico y he rematado a Dios… o eso pensaba hasta hace un momento.

¿Saben de esa sensación de querer jugártelo todo a una única carta, de estar tan harto que estás dispuesto a dejarte arrastrar por la caprichosa fortuna? Y cuando digo todo no me refiero al dinero, o a la familia, o a tu ideología, sino a la vida misma. Pues eso me pasó a mí en un momento dado de lo que vino a convertirse en mi patética existencia, ejemplo máximo de ese saber popular que nos enseña, que la vida no es sino un jodido valle de lágrimas.

Bueno, a lo que iba. En apenas unos meses mi vida se embaló hacia el precipicio, yéndose al traste las tres cosas que la canción aconseja para ser feliz. Perdí la salud al  romperme la pierna en un accidente de tráfico. Dije adiós al dinero cuando me echaron del trabajo sin indemnización alguna por convertirme en un comercial inútil. Y me despedí del amor cuando mi novia se largó, incapaz de soportar mi nuevo genio, algo que por otra parte comprendí teniendo en cuenta que ni yo mismo me aguanto, si bien ya saben, que uno no puede huir de sí mismo.

Es en el estado anterior, como llegamos al puente que cruza la autovía, a la botella de güisqui, y a la puñeterita moneda que menciono en el título de este deshago, que para poco servirá.
Sobre el puente y sobre todo lo demás, era una noche otoñal cerrada, si bien había suficientes farolas para mostrar que, los coches ahí abajo, vienen rápidos de narices. Hacía frío, pero la borrachera y la escayola me calentaban, y daba tumbos peculiares, pero aún era capaz de tener ideas geniales. Como la de jugarme la existencia a cara o cruz.

Ahora bien, el alcohol siempre da un toque especial a los asuntos y no se trataba simplemente de, cara me tiro, cruz, me largo a dormir la mona que ya va siendo hora. Sino que la cosa se sofisticó en plan: cara, es que ahí arriba no hay Nadie que merezca la pena, y abajo Nadie que me esté esperando, por lo que nada vale nada, mi vida ni un pimiento, y me tiro por el puente más feliz que un regaliz. Y cruz, que hay un dios hijo puta que me está haciendo la vida imposible cuando con que tuviera un poquito de indiferencia hacia mí, me daría por satisfecho… pero no, porque  la cruz demostrará que me está jodiendo a base de bien y así las cosas no estoy dispuesto a darle la satisfacción de matarme, para que el muy cabrón pueda mirarme por encima del hombro a la hora del juicio, y las balanzas, y esas cosas.

A ese Dios no estaba dispuesto a tolerarle si salía cruz, y ahí tendría un buen motivo para agarrarme a la vida. Efectos del güisqui, supongo.

Lancé la moneda que era de un euro… y salió cara, la cara del rey. No salió el mapita de una Europa unida y feliz que hubiera supuesto la existencia de un Dios cruel al que no darle el regocijo de mi rendición. No, salió la cara de mi rey… siendo yo republicano. Debía por tanto arrojarme desde el puente porque si no, tampoco me quedaría la palabra. Un esfuerzo con las muletas para encaramarme, y todo estaría listo. La prueba era irrefutable, dios no existía porque lo había dicho la moneda, y ya no me quedaba nada, ni siquiera la posibilidad de rebelarme contra un dios cabrón.

Como es evidente no salté, sino que decidí concienzudo que lo mejor sería lanzar la moneda al mejor de cinco. Las tres primeras apuestas salieron cara, monarca mamón, dios inexistente, y no necesité de las otras dos para perder. No podía creérmelo. Me lancé entonces, pero al suelo, junto a la dichosa monedita y a pesar de la dificultad por mi escayola. Lloré desconsolado. Después de unos minutos recobré el valor y mi destino, con poca credibilidad a esas alturas, se jugó entonces al mejor de siete… ¡Saliendo cara las cuatro primeras! Miré bien la moneda una y otra vez y no tenía nada de especial. Tampoco yo iba tan borracho como para mentirme de esa manera. Todo me gritaba, de la irracional estadística a la congelada mirada de mi rey, que debía suicidarme ahí mismo, y punto.

Sentí frío por primera vez en toda la noche desde que me encontrara en el puente. Entonces, unas terribles ganas de acabar con aquel bochornoso espectáculo me inundaron. Agarré las muletas y me puse en pie, intenté encaramarme sobre el pretil del puente y fracasé también en eso. Dios no existía, pero yo no dejaba de ser un inútil.

Finalmente, en lugar de arrojarme yo, quien voló fue la maldita moneda que cayó al asfalto con un tintineo que alcancé a oír, ningún coche se la había tragado. Me marché a casa tratando de huir del hechizo de aquel diabólico metal, pero como verán, fallé de nuevo estrepitosamente.
Pasé unas horas obsesionado en las que apenas dormí. Lanzar aquel euro a la autovía en lugar de tirarme yo, se me planteaba como la cosa más cobarde de mi vida, y miren que he hecho cosas cobardes.
Esa noche, entre vuelta y vuelta en el colchón, hubo otras muchas monedas lanzadas al aire, pero sus resultados fueron normales: unas veces Dios existía, y otras no ¡Qué mierda de prueba era esa! Hacía muchas semanas que la pierna rota no me dolía tanto y que mis muebles no pagaban a muletazos mi malhumor.

Terminé por decidirlo casi al amanecer, en cuanto oscureciera volvería a por la moneda, saltaría como buenamente pudiera la valla que daba acceso a la autovía, y cuando no pasara ningún coche, recuperaría mi metal, mi prueba irrefutable de la inexistencia de Dios. Al menos ella poseía la certeza que a mí me faltaba. Con esa idea en la cabeza pude dormirme tranquilamente hasta bien entrada la tarde.

La cena fue frugal e insípida, todos mis pensamientos estaban puestos en regresar al escenario de la noche anterior, pero en lugar de volver al puente, tenía que llegar hasta la mitad de la autovía, con mis muletas, con una linterna que agarraría con la boca, y con toda mi estupidez. Esa moneda sabia y firme debía regresar junto a mí ¡Maldita sea, era la prueba irrefutable de la inexistencia de dios!

Tan absorto estaba en mi peculiar misión de recuperación, que no concebí posibilidades como la de no encontrar el euro, o la de que los coches la hubieran arrojado por alguna extraña ley física al arcén, o que en la caída rebotara alejándose de mí para siempre…, o peor aún, que me la encontrara caída en cruz. Al menos sí que hice bien no valorando todas esas posibilidades, puesto que la vi rápido, y por supuesto caída de cara.

Lo difícil fue saltar la valla, más por mí y por mi estado, que por la altura de la misma, lo peligroso fue que no faltaron invitados a la fiesta y aunque recé hipócritamente para que no hubiera constantemente tráfico, la cara del, dios no existe, se hizo patente y mi plegaria cayó al vacío con unos coches que no dejaban de venir a una pasmosa velocidad, por lo que me vi obligado a arriesgar con mi linterna en la boca, las muletas temblando y el sudor a chorros. Suicidarse desde un puente podía valer, pero hacerlo de aquella manera era tan ridículo.

Recogí la moneda al tiempo que un coche se salía del asfalto por mi culpa… o más bien por esa manía de tocar el claxon, que si ese maníaco no hubiera perdido el tiempo en avisarme de lo que ya veía, tal vez habría podido enderezar su coche. Ya sabía yo que estaba en mitad de una autovía, que los coches no paraban de venir y que mi acto rayaba la locura, ¿acaso creía el tipo ese que porque tocara el pito iba a regresar yo a mi cama? Pues no, o al menos no sin mi moneda. Que se dedicara él a controlar su coche una vez que había dado el bandazo, que a mí no había nada de lo que avisarme. Total, que mientras él se estampaba a un lado de la carretera, yo me agachaba como buenamente pude, y salí con la escayolada pata en cuanto recuperé mi tesoro.

Lo tremendo fue la huida ¿Saben de eso de que la policía siempre tarda en llegar más de lo necesario? Pues no en mi caso. No había terminado de saltar de nuevo la valla cuando comencé a escuchar las sirenas. Y en parte gracias, porque el tipejo del claxon no se quedó contento tras estampar su coche, y quiso desfogar su mala hostia con el loco que le había echado al arcén. Es decir, conmigo. Así que tras mis malos pasos y en un momento, tenía a un toro desbocado y de bigotes extraños, y tras él, a los raudos policías que hacían su trabajo. En mi estado, se pueden imaginar, me alcanzó hasta el apuntador.

Hubo un momento en que mi brazo chascó, o más bien, el conductor sin escrúpulos lo hizo chascar. Luego hubo otro en el que la policía me lo quitó de encima para ponerme las esposas. Y lo que ni uno ni otros supieron, es que yo reía porque mi moneda estaba a salvo. La prueba irrefutable de que por no tener, no tenemos ni a un dios cabrón que nos haga pasar por las situaciones más inverosímiles –ya nos apañamos nosotros solitos-, estaba felizmente guardada en mi pantalón.

La prueba irrefutable superó el dolor del brazo, y nada impidió una risa desquiciada que me daba un aspecto de chalado y que me poseyó mientras me atendía el médico del samur, razón probable por la que acabé durante unos días en una celda acolchadita de un hospital cercano, donde apenas, el rematador de Dios por obra y gracia de mi moneda, dijo mu. Aunque al parecer sí que hice lo suficiente como para que me pusieran de patitas en la calle a la espera de un juicio contra la seguridad vial y otros cargos más o menos ciertos.
Sin embargo hay algo peor que la suma de las desgracias que me han acompañado, ya saben, perder el trabajo, la pasta, la salud, la novia, y según los expertos que supuestamente saben ya mucho más de mí que yo mismo, la cordura. Y es lo que me lleva a escribir esto.

Después de recuperar la moneda, nada dije del asunto, y durante semanas me las he apañado muy bien para ocultarla al mundo. La prueba de que Dios no existe la quería en exclusiva para mí, pues no sólo abandoné la idea de suicidarme, sino que encontré consuelo en la certeza de haber desvelado tamaño misterio. Así, al menos un centenar de veces al día lanzaba alegre mi moneda, cayendo siempre de cara para mi regocijo. Siempre, hasta hace un rato en que empecé a escribir esto.

Tengo aún frente a mí la moneda de dios, caída en el suelo y como mirándome mientras termino de escribir estas líneas. No salió cara, no, pero tampoco cruz, que si dios es cabrón y existe, parece que sabe disimularlo muy bien y hasta el final. Y ahora díganme, ¿qué debo pensar con la moneda caída de canto?