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Me reconozco impío y blasfemo y no tengo mayor inconveniente en confesarlo. No quiero decir con ello que me guste por ejemplo cagarme en Dios, cosa que nunca hago ni me agrada oír, o que vaya por ahí molestando a sinceros creyentes, cansinos beatos, o peligrosos fanáticos. No, no soy un irreverente de ese estilo pues no sólo allá cada cual con su Creencia (siempre que respete la mía y mi integridad), sino que además reconozco una envidia más o menos sana para aquellos que profesan una fe ciega, y admiración por otros que como Pascal, Kierkegaard, o Unamuno, agonizaron en su duda para terminar venciendo en su Fe. 
Y sin embargo…
me reconozco sacrílego diletante cuando por ejemplo me siento en catedrales para pensar en mundaneidades varias y heréticas, o cuando juego con el lenguaje dogmático para marcarme alguna que otra barbaridad que me debe condenar derechito al infierno, o cuando reto a Dios, a Cristo, o a su Madre, para que se me muestren y me hagan sangre, polvo, nada… o réprobo inminente si lo prefieren.
Y sin embargo…
no hay manera. Pero yo insisto e insistiré, y si me preguntan mi motivación, saldré pronto al paso diciéndoos a vosotros que si les llamo a Ellos, que si supuéstamente les injurio, que si les reto al modo de, «bajad aquí si os atrevéis», es por una causa bien sencilla, y es la de asemejarme de alguna manera a un dios, en la esperanza de picarle, y de ponerle a mi altura o de que Él, o Ella, o Ellos, me pongan a la suya, aunque sólo fuera por un instante y para mandarme al quinto infierno. 
Y sin embargo… nada de nada. Pero les soy paciente, y ya me llegará la hora de pagar… si se atreven.

La Odisea

Dice Odiseo «disfrazado» por la diosa Atenea, a uno de los muchos pretendientes que se comen las riquezas del divino aqueo y le ultrajan sin parar:
«Nada cría la tierra más endeble que el hombre de cuantos seres respiran y caminan por ella. Mientras los dioses le prestan virtud y sus rodillas son ágiles, cree que nunca en el futuro va a recibir desgracias; pero cuando los dioses felices le otorgan miserias, incluso de éstas tiene que soportarlas con ánimo paciente contra su voluntad».
Cuánta filosofía y cuántos libros de autoayuda no hay resumidos en este fragmento.

Synecdoche

Todo lo que escriba me parecerá insuficiente, así que seré breve. Lo que Charlie Kaufman logra en esta película es un recorrido por el todo. Tal vez nunca antes asistiera en tan sólo dos horas a tal alarde de intensidad, caos, incertidumbre, y resoluciones. 
Cuatro veces he intentado este párrafo, cuatro he fracasado, pues lo que escribo me parece que tiene relación con la película, pero que al mismo tiempo se escapa al núcleo, y es que tal vez eso sea Synecdoque, una esfera sin centro, sin corazón, sin lugar predominante. O tal vez desbarro, pues es eso y mucho más, es un universo en el que me pierdo, es un fluir de conciencia de la cabeza de ese genio de guionista, aquí director, que cobra sentido, o tal vez, hasta un doloroso exceso de sentido, fundiendo y superponiendo cine, teatro, realidad, ficción, sueño. 
Dejo de desvariar diciendo a aquel que se atreva a a ver la película tras leer estas líneas que no me declaro culpable del resultado, con seguridad tan distinto del mío, como lo es una vida de otra, o más allá, como son las casi infinitas posibilidades que una misma vida presenta aunque luego se construya sobre unas pocas decisiones. Quizá algo de esto quiso decir Kaufman, quizá no. En cualquier caso, yo si sé que quiero decirle gracias.

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Siento que si algún día resolviera no ya todas mis contradicciones, sino tan sólo la mitad, o incluso alguna de ellas, podría morirme antes de tiempo, pero no sé si de paz o de hastío, si feliz o encabronado, si con sentido, o lleno de absurdos. Y sospecho que no soy el único que alberga tales sentimientos.

Luis Piedrahita

Le preguntan en una entrevista digital de estas que se llevan ahora, que si la risa es un buen remedio para dejar de lado la crisis. Contesta lo siguiente, que me encanta:

«La risa está sobrevalorada. Lo necesario para dejar la crisis a un lado es el humor. El risa es al humor lo que el sexo al amor».


House

Echaré de menos al cabronazo de House una vez que este año se confirma el final de la serie, pero antes aún dejará perlas como la frase que recojo tras «resolver» un caso de supuesta asexualidad, y que es la reversión magistral de un clásico doloroso:

«Es mejor mojar y perder, que no haber mojado nunca». 

El conde de Montecristo

Me conformaría, no ya con crear un personaje la mitad de vivo e inmortal que Edmond Dantès, sino la mitad de la mitad de genial, a pesar se su función de «secundario», del abate Faria. Bien sé que no me conformo con poco.
     «-En qué piensa? -preguntó el abate sonriendo y creyendo que el ensimismamiento de Dantès se debía a una admiración llevada al más alto grado.
      -Pienso en primer lugar en una cosa y es la enorme cantidad de inteligencia que ha tenido que emplear para llegar al punto a que ha llegado. ¿Qué no habría hecho usted libre?
      -Nada, quizá. Este exceso de mi cerebro se habría evaporado en futilidades. La desgracia es necesaria para perforar la algunos túneles misteriosos escondidos en la inteligencia humana, y para hacer estallar la pólvora se necesita presión. El cautiverio ha reunido en un solo punto todas mis facultades diluidas acá y allá, se han entrechocado en un espacio reducido y, como usted sabe, del choque de las nubes surge la electricidad, de la electricidad el rayo, y del rayo la luz.
      -No, yo no sé nada -dijo Dantès abatido por su ignorancia…»
Pero lo sabrás, porque para eso están los maestros abates Faria, para salvar, para enseñar, para engrandecer. 

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El dolor enseña más que el placer, y el error más que el acierto. Así de lo que se trata es de querer aprender. Con todo, hay que cuidarse de los detalles pues que enseñen más no quiere decir que necesariamente lo hagan mejor. Si se consigue que al menos la mayor de las veces cantidad y calidad vayan de la mano, tendrás el consuelo de poder decir que cierta sabiduría no te falta.