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«Siempre» y «nunca» son palabras que anhelan alcanzar lo contrario a lo que somos. Refieren a un infinito del que no participamos pero que perseguimos desesperadamente. Aspiran a asegurarnos una inmutabilidad que no va con nosotros.

Lo anterior en el plano abstracto, en el práctico podemos poner que el «siempre te querré» y el «nunca te volveré a ver», forman parte de esa desesperación por agarrarnos a algo seguro, pero es el hierro a lo que te puedes asir, no a los sentimientos. Ya se sabe que no hay nada para siempre, ya sabemos que las palabras se las lleva el viento: somos finito. Ahora bien, también somos contradicción, y seguiremos empleándolas comos si fueran la mayor de las certezas. He ahí nuestra condena, nuestro sello y a buen seguro, nuestra salvación.

Hierro 3

Desde hace un mes me encuentro vago y perezoso como el perro más cínico de Diógenes el perro, pero me veo obligado a retomar la palabra tras disfrutar de «Hierro 3».

Es posible que entre cualquier persona del planeta sólo exista como máximo seis grados de separación, pero entre el cine occidental y el oriental, suele haber alguno más. En ocasiones coinciden ambos mundos en que producen obras maestras, y «Hierro 3», sin duda alguna coincide en esta categoría. Estamos ante una película inconcebible para nuestra idiosincracia, y menos mal que el gusto por el arte es más universal de lo que en ocasiones estamos dispuestos a reconocer, porque si no, probablemente no sería capaz de haberla gozado tanto.
Nunca vi una película tan fantasmalmente bella, pura, donde el silencio es poesía y la palabra fea prosa. Por lo común amo la prosa y me cuesta conectar con la metáfora, pero hoy no, «Hierro 3» hace lo imposible, pegarte a la pantalla con la imagen, con el ojo de la cámara, con la transformación de un ser humano en un fantasma. En un fantasma que es arte y que aúna la realidad y el sueño.
La última secuencia es una descripción perfecta de la película. No diré más. Ni una palabra sobre su argumento, para eso hay otros medios, yo lo que quiero es animaros a que la veáis. Espero no fracasar, lo sentiría por vosotros.

Enésimo apocalipsis

Calculo que para finales de diciembre, tengo trabajo acumulado como nunca, pariré un nuevo apocalipsis, y que si a alguien le diera por analizar mi obra, no encuentro serios motivos para ello, encontraría la obsesión por el fin del mundo con suma facilidad, pues me repito con frecuencia.
El caso es que dándole vueltas al asunto llego a la conclusión de que este vicio mío no es sino una vuelta de tuerca a un engranaje mayor, el de la eternidad, y es que concluyo que mis ganas por vivir el fin del mundo no es sino una retorcida forma de pensarme eterno, una eternidad coja pero desde luego interesante, y sobre todo «posible», pues ya que no vivo desde el origen y no viviré por siempre, al menos consuela -sí supongo que es algo patológico-, pensar que nacido en un momento determinado, vine a morir con el propio tiempo, al menos el de los humanos, y eso en cierto sentido es una pizca enrevesada de eternidad.

Senderos de gloria

«Senderos de gloria» Stanley Kubrik 1957

Por mi anterior crítica de cine me dijeron desde el cariño que mejor me dedicara a otra cosa. Así que no sé muy bien cómo afrontar la necesidad de reseñar algo sobre esta película. Pero una cosa es que no sepa y otra es que no lo haga.
Quizá no se pueda hacer de otra manera que de esta, dejen de leer y póngase a verla. Para facilitarles las cosas seré breve, podría hablarles de la interpretación, del mensaje antibelicista, de las espectaculares e insuperables escenas de trinchera, o de la increíble escena final. Pero me repito, dejen de leer y póngase a verla, cuando lleguen al final, querrán acabar con todas las guerras y con toda la estupidez y maldad del ser humano, y probablemente, seguirán dándole vueltas a la última escena.

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Lo más importante no es tener éxito, lo más importante es parecer que lo tienes. Este es nuestro mundo y por tanto está sentenciado ya que la apariencia está por encima de la realidad. Y esto sin ni siquiera rasgar el problema de qué sea el éxito.

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En algún sitio lo he debido escribir ya, pero a veces es conveniente repetirse, todo sea para que te oigan, y si no al menos para oírte a ti mismo.
Desde mi punto de vista uno de los errores de base que padece esta sociedad, y supongo que todas, es el de que la gente espera demasiado de los demás y se exige muy poco a sí mismo. Yo por el contrario, he aprendido a no pedir demasiado al resto y ha exigirme a mí un mínimo bastante alto.
El equilibrio de tal costumbre es fácil de romper y difícil de mantener. Pero soy feliz, y bastante, y por tanto valoro mi postura desde el éxito

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Me parece injusto que algunos sueños no constituyan por derecho propio un género literario en sí mismos, pero siempre son dejados como anécdotas, o reelaborados para alcanzar algo más pulido, que en el fondo es algo menos personal y más usable por todos. A veces han sido la piedra fundamental de grandes novelas, otras, la inspiración de grandes proyectos.

Sin los sueños la vida se haría insoportable. Por todo lo dicho y por mucho más, yo adoro los míos. Y para muestra, pondré sobre el papel uno que tuve hace un par de días y que tuve que escribir nada más despertarme, tras sacudirme el duermevela mañanero y comprobar que sencillamente era genial. Relato los hechos al modo de una breve entrada enciclopédica, pero sin querer convertirlo en nada de lo que no fue.

El presidente de la República Española fue un sacerdote literato, depuesto por el golpe de estado franquista que condujo a la Guerra Civil. Se trató de un hombre bueno, competente y honorable. He aquí lo que dijo en el Congreso poco antes del golpe: “el destino de todo hombre es o debería ser, el de convertirse en un legado para el futuro, el de ser una herencia para el resto”.

Admirable personaje inexistente, que prorrumpió en mis sueños para hacerse oír, que llegó de la nada al papel a través de la magia onírica, que se ha convertido en lo que pretendía, en una suerte de herencia al menos para mí.

Horace Walpole

«La vida es una comedia para quienes piensan y una tragedia para quienes sienten».

Me he sentido seducido inmediatamente por esta máxima de arrebatadora certeza, que interpreto de modo que aquellos que piensan, ven la vida de un modo tan trágico, que sólo pueden experimentarla desde la comedia, mientras que aquellos que sienten por encima de todo, más bien la tienen por algo serio, y eso les aboca a la tragedia.
Puedo estar sobreinterpretando, no lo dudo, pero forma parte de mi comedia