Rezumar

Hay momentos en los que siento mi intelecto a punto de reventar, pleno de ideas y sensorialidad; otros, al poco normalmente, lo siento tan vacío como el paraíso.
No hay modo de controlar estos excesos anímicos y sé que es mi sino desde hace muchos años, pues ni siquiera he encontrado mayor paliativo que el sueño.
¿Aprendo a vivir con ello? Si, si aprender es aceptar y conocerlo. No, si aprender es sentir y padecerlo menos.
En el via crucis de mi vida, cada paso es un encadenamiento rutinario de lo mejor a lo peor de mi, y vuelta a empezar, a la espera de un gran salto o de la resurrección misma sin pasar por la sombra de la muerte. Mi mundana felicidad espera salirse del camino que marca mi profunda racionalidad.
No hay nada más allá del juego.

4:00

Escribir a estas horas intempestivas que marca el primer trabajo con el que me siento reconfortado, aunque sea sólo a ratos, parece que me funde en un abrazo con Lázaro. Es como si la alta, baja, y media madrugada, fuera territorio común. Esto explicaría algunos sueños, esto sería harto divertido. En cualquier caso vigilaré los síntomas para cuidarme de tan peculiar enfermedad, no vaya a ser que uno de los dos nos perdamos en el abismo del otro, algo poco recomendable después de haber alcanzado ambos una merecida autonomía.

3:40

Como cabe apreciar, desaparecer no es morir, ni siquiera es malvivir. Otro silencio eterno roto en este blog.
Sé que la legión de fantasmas que me siguen habrán llorado mi ausencia cada instante de su dilatada inexistencia, pero por encima de ellos, me debo a mis vicios: la pereza y la excusa.
Bien mirado, mi actuar es clavado al del dios cristiano. Me imagino a éste en una reunión de dioses que hablan de sus creaciones, y ante la insistencia y recriminación de otros dioses dueños de seres y mundos mejores, me parece oír al nuestro justificar su barro en base a la pereza –“llevaba seis días a jornada completa, y sinceramente os digo, que decidí bostezar por los siglos de los siglos”. Levantará su copa y todos reirán su ingenio. ¡Chabacanos! Pero aún hay más, pues pasado un tiempo justificará las faltas de su malograda obra, echándonos la mierda encima con sus acostumbradas contradicciones teológicas, que si libertad, pero que si pecado original, que si responsabilidad absoluta, pero que si defectuosos de fábrica. Permítaseme desviarme del tema, ser imperfectos vale, pero crearnos así a propósito, ¡no tiene perdón de Dios!
Y así es mi blog, perezoso y perennemente justificado por su dueño, por su dios, así que, a todos aquellos inexistentes que esperáis una razón de mi inactividad, os doy mucho más, la raíz de la misma: desaparezco para poder reaparecer hastiado de descanso, para llorar mis excusas, para tener algo de lo que escribir, una y otra y otra vez.

3:30

Voy a leer hasta que se me gasten los ojos, voy a escribir hasta desfallecer las manos… voy a mentir hasta morir.
Seré comedido por más que anhele la locura, ésta no es lo mío; eterno aburrido, animal sobrealimentado de raciocinio soy pasto de mi “rereflexionar”. Si al menos tuviera clase en tamaña patraña, o en cualquiera otra, sería más intenso mi existir. Los días tristes es lo que busco, intensidad de mi ser y de mis actos, salirme por mis poros. Los días felices, cuantiosos últimamente, renegaría de lo anterior, la inanidad me basta, la rutina me sobra, mi mediocridad me satisface.
Ya está dicho, las palabras que cierran el círculo, el mío, el que abrí hace años, el que reabro a diario más o menos consciente, las que guían mi escribir cuando acaece, por las que empiezo, por las que lloro, por las que paro: mediocridad satisfecha –un destino; los hay peores.

Entre bostezos laborales

Todos mis trabajos, pero en especial aquellos insulsos alienantes vacíos de los que tengo amplia experiencia, pueden convertirse observados bajo la óptica precisa en laboratorios del alma humana. Bajo mis tareas laborales de quitar grapas, recorrer interminables pasillos en busca de referencias soporíferas, o ver pasar las horas muertas sin clientes que atender y tras mostrador que sufrir, han ido siempre ascendiendo, subrepticiamente o con descaro, análisis profundos de los caracteres de mis compañeros. Modos y modales, palabras delatoras, gestos, muecas, silencios, y todo lo que mi magín pueda intuir es usado como material para juzgar o condenar, salvar o quemar, en las hogueras de sus supuestas vanidades, prejuicios, solidaridad, amistad, lujurias soterradas y vaya usted a saber que más.
Pero el glorioso momento deviene cuando invierto la mirada e introspectivamente me analizo. Entonces, todo lo que no sea Yo se borra de un plumazo prístino y límpido, el pseudo-psicólogo de tres al cuarto desaparece y emerge la figura del filósofo: más allá del juego, las primeras capas, y el error, nada, pues el alma humana es insondable.

Dostoievski

«Hay personas como tigres, ansiosas de lamer la sangre. Quien ha experimentado una sola vez el poder, el dominio ilimitado sobre el cuerpo, la sangre y el espíritu de otro hombre igual a él, que ha sido creado de la misma manera, que es su hermano por la ley de Cristo; quien ha experimentado el poder y la capacidad absoluta para humillar de la forma más denigrante a otra criatura portadora de la imagen divina, ése pierde por fuerza el control sobre sus propios sentimientos. La crueldad es un hábito: es susceptible de desarrollarse, y de hecho se desarrolla hasta convertirse en una enfermedad. Estoy convencido de que el mejor de los hombres puede endurecerse y embrutecerse, por culpa de ese hábito, hasta el nivel de las fieras. La sangre y el poder embriagan: la grosería y la depravación se van desarrollando: la inteligencia y el sentimiento admiten las mayores aberraciones, y acaban por considerarlas placenteras. La persona, el ciudadano, desaparece para siempre, cediendo paso al tirano, y el regreso a la dignidad humana, al arrepentimiento, al renacer, se convierte en algo punto menos que imposible. Además, en vista de que se puede ejercer semejante tiranía, el ejemplo cunde y se extiende por el cuerpo social de forma contagiosa: se trata de un poder muy seductor. Una sociedad que observa este fenómeno con indiferencia ya ha sido corrompida en sus mismos fundamentos. En resumen, el derecho al castigo corporal, otorgado a una persona para ejercerlo sobre otras, es una de las lacras de la sociedad, así como uno de los medios más poderosos para exterminar en ella todo embrión, toda tentativa de desarrollar el espíritu cívico, y constituye la base más sólida para su descomposición absoluta e irreversible».
Dosotoievski en Memorias de la casa muerta

8

El ser humano es tan estúpido que por doquier incrementa el sentimiento trágico de la vida. ¿No acarreamos ya acaso suficiente desgracia en nuestro débil destino, como para que algunos se afanen en acrecentarla?
Lo dicho lo secundo tras de cualquier noticiario, luego me abro al mundo bello, y la herida cicatriza hasta poder vivir un rato más. Con Dostoievski: «Sí, denostado, degradado… ¡el hombre sobrevive! El hombre es un ser que se acostumbra a todo; ésa es, pienso, su mejor definición». Una vez más: resistir. Pero lo que jode, hilando con lo anterior, es que no se resiste, no se sobrevive, al mundo, sino a otros. Una vida digna tan sólo debería enfrentarse al destino ineludible, no a las cadenas contingentes de otros. Una vida ya tiene suficiente consigo misma y con su mundo, no precisa de que unos hundan a otros. Una vida digna no debería exigir héroes. Y mientras esto no cambie, no hay fin de la historia y sí pura selva humana, y en ella, un objetivo: una vida digna.

Unamuno

En una palabra, que con razón, sin razón o contra ella, no me da la gana de morirme. Y cuando al fin me muera, si es del todo, no me habré muerto yo, esto es, no me habré dejado morir, sino que me habrá matado el destino humano. Como no llegue a perder la cabeza, o mejor aún que la cabeza, el corazón, yo no dimito de la vida: se me destituirá de ella.
Del sentimiento trágico de la vida