La herencia

Uno de los mayores milagros que en estos tiempos es posible contemplar, vino a producirse. Incluso a pesar de la pequeña fortuna, incluso a pesar de los numerosos descendientes, e incluso a pesar de que no había testamento alguno, los herederos no tuvieron ningún problema para ponerse de acuerdo con la herencia.
Fue tanta la alegría que me produjo, que incluso estuve a punto de volver a la vida para felicitarles, pero un segundo milagro me pareció excesivo, y me contuve, muerto pero feliz.

Grupo AntiNavidad

Escribimos esta amenaza para comunicaros nuestro desprecio hacia vuestros símbolos. Odiamos el plástico de los árboles navideños tanto como las raíces que arrancáis. Asco nos dan vuestros belenes. Estamos hartos de camellos, de renos, de padres. De la nieve falsa y del frío innecesario. Nos aburre la uniformidad de los niños en sus regalos, y sus exigencias. Ya sólo amamos el carbón y las palabras, “no quiero”.
He aquí nuestro ultimátum: llevamos siglos clavados a vuestro capricho, y exigimos nuestra liberación. Si no, habrá guerra.
Carta De los Reyes Magos y Santa Claus, a padres y niños.

40

Uno va por ahí devanándose los sesos por saber a quién coño debe disparar para arreglar todo esto. Pero qué difícil resulta el asunto.
Vayamos al principio, que ni quiero jugar al despiste, ni al plagio. Todo lo que voy aquí a contar, está inspirado, o sacado literalmente, de John Steinbeck y sus, “Uvas de la ira”.
En su capítulo V nos encontramos con dos de sus personajes secundarios que plantean el problema de su tiempo, del nuestro, y prácticamente de todos. Y es que hay libros que escritos ayer, son para hoy, son para siempre: algunos los llaman clásicos, a mí el nombre me da igual, yo me conformo con leerlos, con disfrutarlos. Pero volvamos al problema, que no es otro que el de la disolución de la responsabilidad. Déjenme adentrarme un tanto para quien no conozca la obra, o no la recuerde.
Los protagonistas del libro son quizá la familia Joad, pero también lo son los cientos de miles (parece ser que más de un cuarto de millón) de agricultores y hombres de campo estadounidenses que en los años 30 se ven obligados a abandonar lo que fueran sus tierras en Texas y Oklahoma, al no poder competir con las deudas de los bancos ni con la técnica de los tractores, pues donde surge la eficacia de un tractor ya no comen diez familias. El dinero se une así a la eficiencia y se dispara un margen de beneficios contra el que el trabajador de toda la vida poco puede hacer. El caso es que no saben muy bien cómo ha ocurrido, pero sin entender el procedimiento miles y miles de personas se encuentran en la carretera cargados con la familia y con lo poco que pueden transportar en busca de la tierra prometida, en este caso California, en éste también falsa, como todas. Y además, ya saben, donde hay debilidad, los buitres se crecen. Si lo que les digo les suena a algo, sepan que si la leen no pararán de decir: ¡joder, igual que ahora! Y se encabronarán, se lo aseguro.
Pues bien, no todos deciden emigrar a la tierra de promisión (perdónenme esta licencia, pero siempre quise escribir este palabra –con el tiempo te conformas con los placeres más raros), al menos uno, el granjero Muley, decide anclarse al tiempo y vive como un proscrito, entre las tierras que ya no son suyas, cazando y viviendo de lo que encuentra, y escondiéndose, siempre escondiéndose. Pero antes de llegar a ese estado, intentó solucionar a su manera el problema, y este intento nos lleva de nuevo al principio, veámoslo con detenimiento.
Muley se encuentra con el tractorista de turno que ha allanado lo que fueran sus tierras, que ha echado a todas las familias que vivían en esa zona, y que resulta que es hijo de un granjero conocido. Muley se detiene frente al tractor, y con el rifle y el corazón y las entrañas y la lengua, le dice que debería matarle, y que lo que más le molesta es que encima se trate del hijo de un granjero, de un buen hombre.
El tractorista no se inmuta demasiado, y su respuesta es doble. En cuanto a su ascendencia y supuesto sentido de pertenencia contestará que él debe preocuparse por su familia, que le pagan bien, y que no se puede permitir pensar en la comunidad. En cuanto a su posible muerte a manos de Muley, resulta tan convincente como desolador.
Resulta que el tractorista contesta con toda la tranquilidad del mundo a Muley, que si quiere matarle adelante, pero que no se lo recomienda, pues después de todo, en 24 horas, otro en su lugar ocupará la máquina, mientras que tú, Muley,  irás camino de la horca. El granjero se convence y pregunta que entonces a quién, y el tractorista le devuelve que la cosa no resulta nada fácil. Y es que después de todo, podría ir a por quien dio las órdenes de echarles, a por el arrendador, pero resulta que el banco le dijo a éste, o quitas de en medio a esa gente, o te quedas sin empleo. Y se podría ir a por los directivos del banco pero entonces parece que estos también recibieron órdenes, del gobierno nada menos. Y claro, allí se actúa por el bien común, y… “pero, ¿hasta dónde llega? ¿A quién le podemos disparar? A este paso me muero antes de poder matar al que me está matando a mí de hambre”. Y el tractorista le contesta con ignorancia, que él no lo tiene tampoco nada claro, y termina con, “puede que la propiedad tenga la culpa”. Menos mal que al menos no dijo, puede que la crisis tenga la culpa, porque entonces hubiera sido un profeta, no un tractorista.
Pero Muley sabe algo que es muy importante, y que tira por tierra toda la santificada explicación del tractorista, toda esa bagatela que le han contado y que exculpa a los culpables. Y es que, todo el artificioso proceso del limpiarse las manos tal vez esconda las responsabilidades, pero no las anula. Y es que: “Tiene que haber un modo de poner fin a todo esto. No es como una tormenta o un terremoto. Esto es algo malo hecho por los hombres, y te juro que eso es algo que podemos cambiar”. Y Muley se pone a reflexionar, y por supuesto, no encuentra una respuesta adecuada, o al menos una que puede poner en práctica. Pero que él no lo consiga no significa que otros no puedan, y Steinbeck da en sus páginas toda una lección de resistencia ante la adversidad creciente, pero eso quizá exigiría otro episodio, o mejor, les invitaría a su lectura.
Eso sí, antes de irme, un consejo, a estas alturas de las cosas, nunca, nunca, nunca, dispares para acabar con el problema. No porque no se lo merezca quien hayas elegido, tal vez sí, sino porque la bala te morderá a ti, de formas que ni puedes imaginar.

El sorteo

En un futuro posible
El frío de diciembre, las bombillas rotas, los villancicos chirriantes de fondo, la castañera con más mendrugos de pan que castañas, el árbol navideño deslucido, los mendigos, cada año más, cada año peor… todo le obligaba al viejo a recordar navidades pasadas en las que las luces eran festivas, la música se tarareaba por padres y niños, la gente predicaba con hacer buenas acciones, el árbol relucía de orgullo, y a los pobres, muchos menos por entonces, se les barría con una natural indiferencia. Eran tiempos pasados en los que la lotera llenaba la calle con una hilera interminable de personas, que durante horas esperaban para comprar uno de esos antiguos billetes que, si resultaban premiados, te hacían millonario.
Entre recuerdos es como llegó el viejo a la fila, todavía más numerosa que antaño, de la famosa lotera. Quedaban muchas horas de espera por delante, demasiadas para la nostalgia. Quizá merecieran la pena, quizá este año tuviera suerte. Había traído dinero para dos décimos, y unos objetos para empeñar con los que esperaba poder comprar otros tres. Quizá este año le tocara a él, o a uno de sus hijos, uno de los dos mil quinientos puestos de trabajo que El Gobierno sorteaba estas Navidades. Ya se sabe, se empezó a decir según miraba la espera que tenía por delante, la ilusión es lo último que se pierde, la ilusión es lo único que queda.

El monólogo del rey Pío

Un cubo de agua helada tirado sobre el rostro del Caballero de Valle Alto, fue lo que le hizo volver en sí. Ya no llevaba la armadura, no era lo único que había perdido, y pronto comenzó a recordar.

Horas antes entraba con cierta incertidumbre al salón del trono del Rey Pío. El sonido entre metálico y chirriante que provocaban los escarpes de la armadura contra el suelo de mármol rosado, le empezaban a provocar escalofríos que terminaban de surgir al preguntarse el motivo de la audiencia real. ¿Qué querrá de mí este rey tan santo y  mojigato? ¿Acaso no gané suficientes batallas para él en “la Guerra de los Justos”? ¿Es que no he aceptado para mis tierras todas sus disposiciones religiosas por extravagantes que fueran?

El rey, sentado en el milenario trono de roble dorado, recibió al caballero con alabanzas, pero el señor de Valle Alto pronto tuvo motivos para preocuparse.

                -Eres mi mejor guerrero –comenzó el rey en cuanto su súbdito hincó la rodilla- pero no mi mejor vasallo. Y te he ordenado venir para suplir ese defecto por la obra de la fe y la gracia de Dios.
               
                 Señor del Valle Alto, por tu condición ya sabes lo difícil que resulta gobernar unas tierras, por lo que quizá te hagas una idea de lo complicado que es regir todo el reino y tomar decisiones que no siempre agradan. El peso es insufrible sí, pero la devoción me enseñó hace años que esta carga, la de una conciencia que se va sobrecargando por el peso de la justicia, puede ser aliviada gracias a la confesión. La bondad divina a la que estoy ligado tan de cerca, me permite incluso cometer pecados, siempre y cuando mis posterior confesión sea sincera. Sin embargo, pronto aprendí que mi problema no sería el confesarme, sino el confesor.

                 Noble Caballero del Valle –continuo el rey sin prestar atención a la creciente incomodidad de su súbdito, que comenzaba a moverse más de lo debido, bien por la postura, bien por lo que escuchaba-. Mi primer confesor no supo sobrellevar mis faltas con el silencio que se le exigía, y tuve que tomar la resolución que me convirtió en el rey piadoso que soy ahora. Su cabeza rodó por justicia divina, pero antes de perderla, este confesor me suplicó que sólo le cortara la lengua. Su idea no le sirvió para continuar con vida, aunque sí que logró alcanzar mi perdón, pues gracias a ella me liberó de alimentar al verdugo con demasiada frecuencia, y me enseñó el camino para formar mi Séquito del Silencio, mi guardia personal.
                 
El Rey Pío hizo entonces una pequeña pausa, y con un gesto de mano ordenó que salieran a los dos guardias que flanqueaban la puerta principal del salón. El Caballero de Valle Alto sólo pudo oír sus pisadas, pues aunque comenzaba a estar realmente atemorizado por el cariz que estaba tomando el monólogo del rey, no se atrevía a desafiarle levantando la rodilla o la vista antes de que su majestad se lo ordenara. A estas alturas empezaba a aceptar los rumores preocupantes que a sus tierras habían llegado. El rey Pío también era conocido en las tabernas y burdeles de Valle Alto, pero también en algunas casas de alta alcurnia cuando el vino o la cerveza desataban la lengua, como el rey Cruel, el Inepto Iluminado, el rey Loco, o el Deslenguador. Hasta ahora se había negado a aceptar tales rumores y hasta los informes serios que sus informadores le pasaban. La fidelidad había sido siempre el sello familiar con aquella casa regia, y no pensaba cambiar por unas cuantas noticias de más o menos dudosa certeza.

                -Eres mi mejor guerrero –volvió a repetir el rey-, pero no mi mejor vasallo. Y es hora de corregir ese error. Tus tierras son fértiles, están en paz y pagan convenientemente sus tributos. Pero son impías. Tu valle está lleno de putas y borrachos, de blasfemos, de adoradores a otros dioses, y por lo que me dicen, albergas incluso ateos, demonios sin fe. Y no sólo hablo de tus pobres, sino también de comerciantes, y hasta de nobles embaucados por el Mal para atentar contra la divina fe y contra mí. Y de todo esto, sólo hay dos responsables, su señor y su rey, tú y yo.
El Señor y Caballero de Valle Alto, fiel vasallo que nunca había cuestionado a su dios ni a su rey, no pudo soportar por más tiempo aquella afrenta, y poniéndose en pie sin permiso de su majestad, comenzó a hablar. En sus medidas y locuaces palabras, expuso su lealtad histórica y presente, su honor, su fe, las leyes que adoptaría para evitar la deslealtad y la impiedad de sus súbditos. Pero cuando acabó, pudo comprobar que su esfuerzo no había servido de nada, que su suerte ya estaba echada una vez que le habían mandado llamar al palacio real, y que todo aquello era una pantomima. El rey Pío era un rey ciego de fe, y no había palabras mundanas que doblaran su voluntad divina.
                 -No sólo no asumes tu responsabilidad –fue la respuesta del rey a las palabras del Señor de Valle Alto-, sino que además te muestras insolente. Me alegra saber que no me he equivocado contigo.
En ese momento el rey Pío hizo otro ademán con su mano, y al instante dos hileras simétricas de soldados, de relucientes armaduras color índigo y espadas al cinto, entraron al salón del trono y se dispusieron ordenadamente tras el Señor del Valle.
              -Te presento a mi Séquito Silencioso –dijo el rey-. Mi guardia personal, mis confesores y guerreros más leales. Sobre sus hombros cargan mis decisiones más duras, mis actos más controvertidos, incluso mis crímenes, te dirán algunos impíos. Sobre ellos descargo el peso de mi regia conciencia. Y espero que pronto, tú seas su capitán. Ellos harán de ti al mejor de mis vasallos, aunque lamentablemente tendrás que dejar de ser el mejor de mis guerreros, puesto que no sólo perderás la lengua, sino también la mano de la espada y la pluma. Es el precio a pagar por el hecho de que sepas escribir, no me puedo arriesgar a que tu mano desvele lo que tu lengua no puede.

         Por último –añadió el rey ante la atónica mirada del caballero-,  debo advertirte, que si el ardor blasfemo e impío continúa en tus tierras dentro de un año, perderás a tu mujer y a tus tres hijas antes que a tu cabeza. ¿Ves ahora lo difícil que me resulta mantener arrodillado a este reino ante Dios? Dios nos gobierna a todos, y todos debemos clavarnos de hinojos ante su ley, aunque a veces nos resulte duro. Ahora, mi Séquito Silencioso hará su trabajo y comenzará a instruirte, espero que no tardes mucho en convertirte en mi mejor hombre. Entonces sólo sentirás agradecimiento ante Dios y ante tu rey. Podéis llevároslo –ordenó a su guardia-.
Y de nada sirvió al Caballero de Valle Alto su espada, su habilidad, su ira, sus maldiciones blasfemas. Cuando aquel ejército silencioso y deslenguado se cernió sobre él, sólo pudo dejar un cadáver y unos cuantos magullados, pero el rey ni se había tenido que mover del trono.
Ahora estaba despierto, sin lengua y con un muñón donde siempre tuviera su mano, pero el recuerdo, más que el dolor, le había hecho aflorar las lágrimas. Al menos todavía podía pensar, y se preguntó si sería lo suficientemente fuerte como para seguir odiando, como para urdir una venganza, o si bien, también cedería al rey Pío, como parecía que había hecho su Séquito Silencioso, esos nuevos hermanos que le estaban mirando, que le rodeaban, y que parecía iban a iniciar su instrucción. ¿Cómo se hace una instrucción silenciosa? Se preguntó el Caballero de Valle Alto mientras con mucho esfuerzo se ponía en pié. Y al ver aquello, se contestó que no quería saberlo.

39

La Historia se mueve, eso sí, pero nunca sé si avanza o retrocede, e incluso me da la sensación de que la mayoría de las veces, hace ambas cosas a la vez. A veces siglos dispares se dan la mano por breves momentos, a veces parecen incomprensibles los unos a los otros. Yo desde luego, no veo ninguna teleología por ningún lado, y si tuviera que hacerme una imagen mental de la Historia, sería la de un niño con un boli garrapateando un folio; ni circular, ni elíptica, ni lineal, ni hostias: impredecible a secas, tanto, que da pábulo para cualquier interpretación.
Pero mi opinión es subjetiva, y por supuesto no se debe tomar demasiado en cuenta. Sirva un ejemplo para lo dicho anteriormente. El punk de Envidia Kotxina atruena en mis tímpanos camino de Madrid, cuando una de sus letras se me queda orbitando por la sesera seguro de que hay una conexión importante por algún lado. Finalmente la encuentro y sonrío: pienso que la Historia se acaba de retraer hasta darse la mano, a pesar de los más de doscientos años que separan una idea de otra.
Iré con esas ideas que se tocan en mi mente. La primera es la de los san cullotes (literalmente sin calzones) que cobraron tanto protagonismo en La Revolución Francesa, y que exigían que, “si no podemos ser todos ricos, seamos todos pobres”. La segunda la expresa como decía, Envidia Kotxina en su último disco, y se canta así: “Si no tenemos sueños, seremos pesadillas”. Ambas expresan rabia y decepción, que es el sustento principal con el que los gobernantes de todo tiempo y lugar alimentan al pueblo. Y ambas señalan un camino con el que no estoy de acuerdo, pero que considero consecuencia lógica de lo anterior, y una de las fuerzas motrices de la Historia: la violencia.
Algo en mí me pide continuar, sacar conclusiones y llenar folios de datos, pero prefiero hacer caso a otra idea, que reza que ya hice la brecha en mi cerebro, que ya fluyeron los siglos a través del puente que una canción y un lema trazaron, y que si sigo, sólo puedo desbordarme.

Ritmos del tiempo

El tiempo es una puta broma cruel –pensaba Emilio una y otra vez cuando moría aquella noche, anclado en el accidente que ocurriera unas horas atrás-. No fue mi culpa, no pude hacer nada, no fue mi culpa –se repetía enfermizamente sin poder dormir-. Y no es ningún consuelo –terminaba susurrando revolviéndose una vez más en la cama.
Su cabeza le torturaba recreando la escena. Nada fuera de lo común, nada que no hubiera pasado antes… a otros. Salir del hospital tras un día duro en el que había perdido a una paciente en el quirófano, coger el coche con aquella niebla intensa y enfermiza, buscar su sintonía de jazz en la radio para aligerar el solitario trayecto a casa, cruzar la carretera un peatón con total imprudencia en el segundo equivocado… y llevarse al joven por delante.
A partir de entonces el tiempo enloqueció. Primero fue una bala que le impactó tres veces, como el cuerpo del joven golpeando contra el choche: capó, luna, techo. Luego se dilató hasta hacerse insoportable, ¿debía huir del lugar o auxiliar a la víctima? El tiempo parecía demorarse para escuchar bien los gritos de la lógica del miedo que le exigía desaparecer. Sin embargo venció la ética, o tal vez la idea de que, hiciera lo que hiciera, su vida se acababa de joder, y en ese caso, al menos joderla haciendo lo correcto. Tras la perpetuidad anterior, un instante es lo que tardó ahora en bajarse del coche para corroborar lo que ya sabía, que no había nada que hacer por la víctima, un joven de unos treinta años, con toda una vida por delante momentos antes, ya arrollada para siempre. No tardaría en descubrir que había atropellado a un brillante residente de medicina.
El absurdo, que no la sangre, casi le causó el vómito, resultaba que las leyes físicas del impacto habían destrozado al muchacho, pero no habían sido capaces de apagar el mp3 que el joven iba escuchando. Un casco todavía quedaba en su oído, por el otro, Emilio creyó reconocer a Dire Straits, tal vez su Brothers in arms, no estaba seguro. No pudo evitar que la mueca de una sonrisa cruzara su cara, le fascinaba esa canción.
La ambulancia, la policía, el interrogatorio, los familiares de ambos bandos, las lágrimas, todo fueron eternidades sucesivas, intervalos imperecederos. Sin embargo todo eso también acabó, y le dejó la sensación psíquica de una niebla, que al igual que la de horas atrás, era intensa y enfermiza. Sólo se alzaron sobre ella tres claros momentos de esa noche, su coche abollado, la boca inerte del joven que pareciera tararear, y la broma definitiva, el libro que la policía encontró a unos metros del accidente, La insoportable levedad del ser. El chico lo tenía subrayado a colores por todas partes, para Emilio, desde que lo leyera por primera vez hace ya muchos años, justo cuando también él ejercía de residente, significaba un libro esencial.
A qué jodida mierda se había estado jugando esa noche –cavilaba Emilio retorciéndose- ¿Qué Ser había dispuesto los dados con tal crueldad? ¿Acaso se había sentido nunca tan unido a alguien como a ese chico en estos momentos? La vida ni siquiera les había presentado, pero la muerte, la muerte esclavizaba el uno al otro.  
Incomprensiblemente había pedido a la familia del joven poder quedarse con aquel libro, incomprensiblemente la familia había accedido.
El tiempo es una puta broma cruel –seguía pensando Emilio, cuando por fin pudo quedarse dormido al amanecer, logrando diluir por unas horas, la insoportable sensación del tiempo.