Cosa extraña

Cosa extraña resulta esto de la felicidad. Uno se pregunta qué es lo que convierte a una mañana más, tranquila y rutinaria, en un torrente de dicha incontrolable y que te hace ir por la calle sonriendo como el más idiota de los idiotas. Quizá haya sido el texto de Borges ,»Historia de los ecos de un nombre», que me ha llevado a mis años adolescentes más arcanos; quizá la canción de Reincidentes, «En blanco», que mientras mataba el gusanillo de echarme a la calle a correr, escuchaba y entendía mal al transformar «pido que no, pido que nunca me abandone la puta que sangra mi corazón», en, «pido que no, pido que nunca me abandone la tinta que sangra mi corazón»; quizá el haber vencido al reloj y a la pereza por segundo día; quizá por ser viernes. Pero qué más da, estas cosas pasan, y si adivinas el por qué, quizá dejen de ocurrir.
Lo único claro es que hay que descender de esa cima de dicha, para que no se convierta en algo trivial, y para que volver a ascender tenga sentido. Lo único claro en su contrapartida, es que ese ascenso y esa permanencia no sirve para escribir sino arrebatos, y ese no es el camino de mis textos, aunque sí la adrenalina de mis días.

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La publicidad, el marketing, la política, y en general los productores de valores que hoy nos gobiernan (digo «hoy» pero podría decir siempre), buscan con afán como ya se ha señalado en múltiples ocasiones, que hagamos las cosas pensando que queremos hacerlas cuando en el fondo las hacemos porque ellos quieren que las hagamos. No se trataría sino de un arte en la mentira, como tantas otras que se dan.
Siempre hay excepciones y eso nos honra como especie, pero me atrevería a ir más lejos y tachar lo anterior de optimista. En el fondo no hay tal engaño, sólo hace falta echar un vistazo serio a la realidad para reconocer que no se trata de que hagamos lo que ellos quieren gracias al engaño de que lo hacemos porque queremos, sino de que sencillamente ambas cosas son la misma: esas técnicas de publicidad, marketing, etc, han logrado fundir el hecho, hacemos lo que queremos y esto coincide con lo que ellos quieren.
No vemos la tele engañados, no somos individualistas hasta el vómito por valores adulterados que nos han metido en vena, no nos abandonamos al pan y al circo, o al fútbol y lo banal, porque nos han vencido con sus costosas técnicas. No, en el fondo la cosa es mucho más sencilla, ser crítico y autocrítico, vivir libre de los valores que nos imponen, y estar en constante duda de todo y contigo mismo, supone un esfuerzo que no todo el mundo está dispuesto a hacer. De hecho, la comodidad de nadar al son de la corriente ofrece una felicidad que no oferta el hacerlo a contracorriente.
Hay veces que se pueden ver conjuras y mistificaciones de todo tipo para terminar pensando que nos manipulan y hacen de nosotros lo que quieren, pero otras, como ahora, sencillamente veo que nos dejamos hacer porque nuestra naturaleza perezosa lo ansía. Ahora bien, siempre y sólo se podrá hablar de la generalidad, nunca todos anhelaremos una libertad excesiva, pero tampoco nunca todos nos dejaremos anular como idiotas aborregados. Esa es la tensión y la lucha, y aquí está la necesidad de posicionarse y actuar en consecuencia.

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Todos nos preguntamos qué coño hacer con estos tiempos revueltos. Lo primero es volver la vista atrás sin dudarlo, pues hasta ahora no ha habido tiempo en nuestra historia que no estuviera convulso, y siempre hubo gente que buscó soluciones. Lo segundo es la acción, pero la clave es cómo ejecutarla. Sólo sé que el humor santifica y es imprescindible para lo que se acometa. Debemos ser payasos con las manos cargadas, en una el libro y la cultura, en la otra está el problema, sé que el arma sobra por volverse contra uno, pero también sé que es la impotencia la que se va apoderando de todo, hasta sumirte en la inercia, en el fracaso, en el abandono. No rendir esa mano sea como sea, cueste lo que cueste, seguir buscando, y mientras, usar lo que se tiene ya ganado.
¿Y qué es lo que se tiene ya ganado?

El laberinto del fauno

Por fin saldé una deuda hace mucho tiempo contraída, supongo que en ella se entrelazan de modo tragicómico mis desventuras por Berlín y sus múltiples posibilidades para verla entonces, pero la vida y sus sorpresas como bien sé caen de cualquier manera y en cualquier momento.

Digamos ya nuestra crítica tras el enredo inicial: soberbia, si acaso le sobre un punto de sadismo -¿seré un blando después de todo?-, y es fantástica en todo lo demás.

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Tanto ahora, cuando toco los 30 con las yemas de la incertidumbre, como a los 85, fecha que me despedirá de este mundo si se cumple mi capricho, podré y puedo escribir lo mismo: la angustia más aguda siempre vuelve porque no hay modo real de sobrevivir a la muerte. En este aspecto, fui, soy y seré como todos, y todos fueron, son y serán como yo.
Distinguirse así no es sino el modo particular de afrontar esa angustia. Nada nuevo por otra parte, pero es que no hay nada nuevo que descubrir al respecto, y sólo nos queda recordárnoslo cuantas veces sea necesario. El modo, he ahí la cuestión…

De por qué Nietzsche

Si me preguntaran sobre mis pasiones, no tardaría en mencionar la literatura, y si inquirieran sobre nombres propios, el de Nietzsche no tardaría en aparecer. Y no, no lo mentaría entre los filósofos, sino entre aquellos que como Cortázar, Sartre, Dostoievski, te ponen la piel de gallina al margen del encasillamiento que de ellos hacemos. Y si quieren más razones haría lo que hice hoy, coger un libro suyo al azar, «La genealogía de la moral», abrirlo del mismo modo, y ponerme a leer. He aquí el resultado:
«Leída desde una lejana constelación, tal vez la escritura mayúscula de nuestra existencia terrena induciría a concluir que la tierra es el astro auténticamente ascético, un rincón lleno de criaturas descontentas, presuntuosas y repugnantes, totalmente incapaces de liberarse de un profundo hastío de sí mismas, de la tierra, de toda la vida, y que se causan todo el daño que pueden, por el placer de causar daño.»
Sobra continuar.

Orlando

Es verdad que sólo son las 23:30 de un sábado, y del mismo modo lo es que mañana tienes que levantarte a currar, pero tira a la cama no por el trabajo, sino porque después de la combinación perfecta y casual de cervezas, pipas y «Orlando», no hay nada mejor que puedas hacer en lo que queda de día, ni de noche. Arrea.

Tremenda Virginia Wolf, y tremenda película. El libro queda pendiente, lo estaba ya, pero si ésta es la adaptación, me imagino, y eso lo disfruto ya con ello, cuánto gozaré con el «original».
I´m coming.

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¡Bah! Ya bajé un par de veces, llegué hasta la temida y literaria puerta, leí su eterno lema de abandono de la esperanza, entré como un corderito… y en el momento oportuno, le prendí fuego a todo eso y volví a subir con una sonrisa de oreja a oreja. El infierno no es para tanto, te deja un olor a nostalgia, un regusto amargo, un dolor en las entrañas, y una enseñanza para el futuro.