Abraxas…

En un interesante momento releo unas cuantas líneas olvidadas, la enseñanza de Júpiter al Orestes de Sartre: “Abraxas, galla, galla, tse, tse”. En el preciso momento en el que tengo identificada plenamente mi mayor mosca, la pereza. En el preciso momento en el que cuatro meses es el tiempo preciso para dedicar a dos inutilidades: escribir y aprender alemán. No menosprecio ninguna pero todos mis yos saben de mis incapacidades precisamente para con ellas. Si somos una pasión inútil, seámoslo a lo grande.

Toda sonrisa es un triunfo.

7.03.09

Quería contar tantas cosas, que…

Apenas tengo tiempo, y eso que se me desparrama y se me escapa a manos llenas. Estoy como siempre, en una profunda incapacidad de gestionar mis recursos. Y si acaso, estoy peor que siempre al haber pasado en poco tiempo por el amplio espectro de todas las posibilidades de mi carácter, yendo de la euforia al sufrimiento en apenas segundos, horas y días, para volver a empezar. Y no es que no canse ser una puta montaña rusa, pero nunca he sabido como pararlo. Veamos si ahora por tierras de Colonia lo logro. Todo marcha, no quiero contar más porque no tengo ganas para más. Pero lo digo a propósito; decir todo marcha no significa absolutamente nada salvo que sigo vivo, que puesto que escribo, es superfluo. No hay ganas para más.

Intuiciones andarinas que quiebran espinazos

Un sábado cualquiera de un mes sin mayor importancia en un lugar bastante indiferente; seguimos sin descubrir la cuadratura del círculo, sin divisar a marcianitos que nos rellenen la vida de sentido o nos la dinamiten de una vez, y tampoco parece que dios esté muy dispuesto a poner su paraíso en la sección de ofertas del supermercado. En condiciones tan carentes de escrúpulos, hace al menos una semana, siete días o incontables -para un perezoso como yo- segundos, que debería haber aparecido por este rincón de la red -y rincón ciertamente escondido si atendemos a la escasez de visitas-, para hablar de mis revelaciones de caminata.
Hace ya dos años largos, caminando por Berlín, se dio forma a la idea que supongo estará reflejada en este mismo blog, pero que buscarla ahora sería una lata, por lo que tiro de memoria: «Vivir dando clases de español hasta que pueda vivir del español», donde «del español» significa «escribiendo», y donde no lo sustituyo por una razón realmente desconocida, pero así soy. El caso es que ahora se podría decir que tras dos años estoy lo más cerca posible de cumplir con la primera parte del proyecto, y por lo tanto, de tener en teoría algo más cerca lo segundo, pero…
Un clavo saca a otro clavo. Köln, inicios de febrero del 2009 o finales de enero, un día con sol y sombras, un hombrecillo, yo, camino de la academia de español donde todavía no me pagan pero ya trabajo. Y en ese claroscuro diviso la luz, por fin atiendo a señales que si repaso bien se arrastran desde mucho tiempo atrás: no me gusta ser profesor de español.
Toma mazazo, ahora que por fin lo consigo, la cruda realidad me sobrecoge y me escupe en forma de intuición que el camino es equivocado. Vaya, las intuiciones pueden ser erradas, ya lo fue hace dos años y ahora lo descubro. Quizá dentro de otros dos descubra que andar me sienta mal y que por las calles de Sülz, en Köln, erré, y que la primera era correcta. Pero lo innegable es la fuerza del momento, la creencia en ella es casi ciega y aunque no nací para hacer locuras, una intuición me lleva a tomar decisiones. Así que a las claras olvidémonos de estar un año por Köln con las clases de español a cuestas, seamos sinceros para con la academia y que ellos decidan, quizá un mes sea el plazo, quizá algo más, pero todo apunta a que la enseñanza del idioma, salvo necesidad por hambre, queda descartada.
¿Y ahora qué? Cada vez que esta pregunta llega, tiemblan los cimientos de mi futuro, pero como siempre fueron arenas movedizas, no hay problemas mayores. La intuición resultó ser bidireccional, descartó una línea y abrió en canal otra. Dejó intacta la segunda parte de la intuición primeriza, y la catapultó. Ahora quiero escribir, lo sé desde hace siglos, de hecho, es lo único que sé fijo desde los quince con aquellos primeros libros que llenaron mi cabeza de pájaros. Incluso he pasado por el rubicón de la duda hace unos meses pero ahora la certeza es pura luz. Espero que nadie dé al interruptor y la apague, pero en cualquier caso la intuición hablaba de máster de creación literaria, o de cursos de creación literaria, y también de esfuerzos contra la pereza y de esas promesas que tantas veces me he hecho y que espero cumplir algún maldito día.
Todo cuadra mientras mi futuro siga en mis manos y en las de nadie más, y hablo de cadenas materiales, y puedo decir que aún soy libre, acosado por las dudas, pero libre. Sigo adelante y a por esa intuición primera, original de verdad, de hace unos doce años, cuando tras Tolkien, o «La conjura de los necios», o quizá tras Krym, decidí que escribir era mi destino. Y yo, que no creo en ningún tipo de destino, me encamino a él, con la mayor de las lentitudes posibles y jamás imaginadas, pero hacia delante siempre, o no, pero hacia él de alguna manera.

La aventura del trabajo

Una, dos, tres, ¿son palabras o puñaladas lo que estás recibiendo? La obsesión te circunda y por eso acudo en tu ayuda, tanta obsesión que me haces escribir aún cuando ella ya no roe, solamente ronda. Es divertido que analicemos juntos cómo un comentario que se deja caer, es recogido y viviseccionado por delante y por detrás, por arriba y por abajo, luego se extraen las tripas de las peores consecuencias y finalmente se devuelve con una sonrisa en la boca, o con un asentamiento de cabeza. Luego luego creerán en su buen hacer, pero ahí quedan guardadas todas las pústulas y la hiel. Me regodeo porque el desprecio es nuestra victoria. Y somos injustos, y no medimos adecuadamente, y juzgamos mal sabiéndolo, y lo mejor de todo, por un segundo, te crees ese irracionalismo que ya ves como se escapa, como me marcho dejándote sólo hasta que otra palabra-puñalada te recuerde que tú y yo somos parte del mismo costal, y que si me dejas suelto por un rato largo, puede no haber marcha atrás allá donde me liberes.
Salúd, que la necesitarás, y ya sabes donde estoy

7 más 1

Cabalgo ahora sobre el amanecer del octavo día por estas antiguas tierras de enclave romano a orillas del Rhin, con su esplendorosa y altísima catedral, orgullo de la ciudad, y con su grata gente, verdadero patrimonio de Köln. Apenas una semana llena de actividad, si entendemos esto por papeleo y prácticas para un futuro trabajo caído del cielo. Todo de momento saliendo a pedir de boca, por lo que habrá que estar atentos a los reveses del azar.
Köln no es Berlín, pero hasta ahora aquella me reserva lo que no hizo ésta: suerte y un proyecto.

Tres versiones del apocalipsis

El apocalipsis según Monterroso: Simplemente no amaneció.

El apocalipsis según el Ateo:
Buenos, malos, y la inmensidad restante, recibimos la misma Gracia –polvo.

El apocalipsis según Hume:
Tuve razón respecto del principio de causalidad; que hasta ayer hubiera salido el Sol no significaba demasiado, al menos no lo suficiente como para que hoy, por fuerza, por necesidad, lo hiciera.

Año nuevo…

Eso de o nuevo, vida nueva, parece cumplírseme de modo categórico, ciudad nueva, país nuevo, y si me descuido y contra todo pronóstico, trabajo nuevo. Parecía misión imposible, y estoy ante una oportunidad, no sé si única, pero difícilmente mejorable. Pero no vengo a aburrir sobre tales cosillas, sino sobre otras.
Por ejemplo, ahora que quedó atrás la sección de, «Horas intempestivas de un trabajo insomne», debía buscarme una sustituta, y algo así como «Andanzas por Köeln», tiene muchos vistos de nacer pronto.
Pero por lo que realmente estoy aquí es para tratar lo que sigue, ahora que parece que escribo algo más que antes (ahora es «los últimos meses», y antes hace referencia a «escribir literartura, o intentarlo»), me veo en la texitura de no poder publicar los relatos nacientes porque si lo hago no podría presentarlo a ningún certamen. Hasta aquí llega la regla de todo concurso, «ser inédito y no estar premiado». Mas mi pregunta es la que sigue, ciertamente un blog es un medio público y si lo publico dejaría de ser inédito, pero coño, mi blog no lo lee ni dios, y más bien es un diario personal, más oculto que muchos en papel. Por otro lado, este ostracismo no se debe ni a algo querido, ni a algo evitado, sino la consecuencia lógica del siguiente acto: nula publicidad y casi nulo interés por ser conocido, y si soy humilde, por la escasa calidad de lo que ofrezco.
Todo ello es razonable, pero quiero ir ahora un paso más allá sin salirme de la razonabilidad -quiero escribir algunos de mis relatos aquí, de momento al menos uno, porque me hace ilusión, pero como no quiero romper la posibilidad de presentarlo a un concurso, lo que haré será publicar una versión. ¿Cuánto juego con la regla? No lo sé. Simplemente quiero terminar diciendo, no hay mala intención, tan solo el deseo de que alguien menos digno que dios pero más real, acabe entreteniéndose con mis historias, y si esa posibilidad me la da un relato, no quiero que se me birle.

5:00

Escribo desde las últimas horas de esta sección, porque apenas si me quedan cuatro horas y media para terminar con este trabajo que durante un año me dio tantas alegrías y tantas penas, tantos buenos recuerdos y algunos malos, tan grandes compañeros, y tan pequeñas miserias.
Recuerdo, o creo hacerlo, el día que me confirmaron que entraba a formar parte de este proyecto, dando saltos de alegría por entre los pasillos de la nave de esa empresa cuyo nombre no consigo apresar, me sentía pleno y seguro de que por fin tendría un trabajo que me satisfacería: no me equivoqué. Tras un año y algunas migajas de días, me marcho consciente de que abandono el mejor trabajo que he tenido, y que lo hago por un proyecto de naipes en el aire
-no soy un funámbulista, pero he arriesgado como si lo fuera.
Hago lo que no considero oportuno, ni siquiera inteligente, y por supuesto lo que no me conviene, pero hago lo necesario para forjar un azar más atractivo, en cierto sentido, hago filosofía contra un posible adobamiento. Lo que dejo atrás me gusta, lo que se avecina me asusta: el reto es el camino.
A mis veintisiete años puedo decir lo que ya muchos no pueden, permanezco libre y con mi futuro agarrado a mi cintura. Libre de cadenas laborales, de pesados ladrillos que deben ser pagados de por vida, y de lugares que bajo el nombre «hogar» son yugos encubiertos. Libre de todo ello, la caída es tan factible, que el vértigo sacude aún más los frágiles cimientos de mis certidumbres.
Sin embargo no me dejo llamar «loco», puesto que aunque haga una pequeña locura, no pasa de ahí, y cuando quiera, puedo encadenarme. Quizá lo que me moleste sea eso, que siempre puedo retroceder. Pero más bien estoy seguro de que lo que realmente me deja este sabor estridente en la boca, es esa incopatibilidad mía que por un lado tira hacia la comodidad y por otro ansía la aventura. Ahora gana la segunda y sufre la primera, pero si las cosas marchan y me aplico el cuento del esfuerzo que he pregonado entre mis chavales durante este año, quizá consiga que la segunda se dé la mano con la primera. Aunque entonces me quedará por encontrar nuevas razones para fustigarme.