«Muchas cosas hay portentosas, pero ninguna tan portentosa como el hombre»
Antígona
Autor: Carlos Aymí
Nietzsche
«En la oscuridad, en efecto, se hace más pesado el tiempo que en la luz».
Así habló Zaratustra.
Varón, joven y atractivo, se ofrece para cumplir los sueños de los demás. Satisfacción garantizada y buen precio. Discreción y limpieza. Llamar al número bla bla bla.
Tuve que hacerlo pues me sentí atrapado por la curiosidad, ¿cómo funcionaría este tipo, qué clases de servicios ofrecía? ¿Cobraba por horas –sonreí?
Cogí el móvil, marqué como indicaba y al segundo prácticamente lo tiré aturdido sobre la mesa. Mi móvil sonaba y danzaba pues me había llamado a mí mismo.
Berlín
Ahora que tienes fecha de caducidad empiezo a llorarte. Lloro a las paredes y a la lavandería, a la gente y a la Hefe, al puto idioma inaccesible y a sus nubes, al metro y a su historia, a su carril bici y al Niedrig, a su noche y a su brisa, a sus puentes y a sus salchichas, a las frikadeles claro, al suelo que no es y a esta cama medio cómoda, a la impuntualidad (también si) y a los bares donde “cerrado” no existe, a lo que he vivido y a lo que me queda por hacer en ti, al dolor y a la risa que me han convulsionado, a sus ríos y canales, a los amigos que pasaron a los que recibí y a los que aquí quedan, al risueño pastor alemán y a su dueño y a su garaje y a su coche siempre destripado, a la Puerta al Pérgamo al Parque a la Catedral al Comunista y a tanto grande y pequeño monumento, a las pequeñas y grandes resacas, al Sony y a tanta peli que cayó, a los borrachos sin solución, a las visitas turísticas cargadas de caminatas, a las farolas que nunca cesan y a los semáforos con prisas, a Mehringdamm y al energúmeno, a la bicicleta que nos saludó a la llegada y nos despedirá en nuestra marcha, al año que está por cumplirse y a todo lo que olvido en el tintero de mi triste y parca memoria. Ahora que languideces Berlín, la nostalgia se apodera de mí como tú lo has hecho conmigo, con una fuerza brutal, hendiéndome el corazón y grabando a fuego un año inolvidable.
Teniendo un espasmo
Dura poco digo, y digo bien, pero no lo valoro con exactitud. En esa escasez está la clave del libar ámbar divino y no mero placer terrenal.
Todos lo sabemos, o deberíamos, si esos momentos se repitieran en demasía, dejarían de ser esos momentos. Somos un mecanismo semejante a un reloj, y nos construimos sobre una base de repeticiones como éste sobre sus segundos. Pero por fortuna el Azar quiso que se nos dotara de la capacidad de sacudirnos espasmódica y catárticamente hasta conocer las heces de la libertad.
Soy mosca, cierto, pero a veces miro a mis Arañas a los ojos y me río de ellas mientras me devoran.
Calavera de rosas
Casi dos meses de silencio por los que has pasado de yunque a plastilina y vuelta a empezar, pero como siempre en ti: nunca martillo.
Has mejorado tu ánimo -pues me dices-; «¡Ya no quiero ser martillo!».
Evidencia cruel
7
Soy fundamentalmente lo que me duele.