Nietzsche

«En la oscuridad, en efecto, se hace más pesado el tiempo que en la luz».
Así habló Zaratustra.

El genio se refiere tanto a la física (lo dirá en el «Retorno a casa», donde por fin podrá abrir su boca insondable sin límite alguno) como a la metafórica, y en ambas lleva razón. Yo, que de aprehender se trata, lo siento como perfecta explicación de mis recientes vivencias. Y sonrío ya desde un promontorio lleno de luz, con el abismo a mis espaldas, lejano y pequeño, cuando otrora era casi lo único. No soy el Übermenschen nitzscheano, pero me he superado satisfactoriamente -habrá recaídas, mas habrá tensión para reponerse.
No daba crédito a mis ojos pero lo insólito temblaba. La escena sucedió rápida, en el Café de siempre por la mañana, mi zumo con galletas, y mi cigarro con periódico, cada día uno y cada día peor –la sección de clasificados me parece lo único salvable de cualquiera, y ahí andaba yo buscando el sabor a naranja cuando mis ojos se toparon con lo que sigue:
Varón, joven y atractivo, se ofrece para cumplir los sueños de los demás. Satisfacción garantizada y buen precio. Discreción y limpieza. Llamar al número bla bla bla.
Tuve que hacerlo pues me sentí atrapado por la curiosidad, ¿cómo funcionaría este tipo, qué clases de servicios ofrecía? ¿Cobraba por horas –sonreí?
Cogí el móvil, marqué como indicaba y al segundo prácticamente lo tiré aturdido sobre la mesa. Mi móvil sonaba y danzaba pues me había llamado a mí mismo.

Berlín

Ahora que tienes fecha de caducidad empiezo a llorarte. Lloro a las paredes y a la lavandería, a la gente y a la Hefe, al puto idioma inaccesible y a sus nubes, al metro y a su historia, a su carril bici y al Niedrig, a su noche y a su brisa, a sus puentes y a sus salchichas, a las frikadeles claro, al suelo que no es y a esta cama medio cómoda, a la impuntualidad (también si) y a los bares donde “cerrado” no existe, a lo que he vivido y a lo que me queda por hacer en ti, al dolor y a la risa que me han convulsionado, a sus ríos y canales, a los amigos que pasaron a los que recibí y a los que aquí quedan, al risueño pastor alemán y a su dueño y a su garaje y a su coche siempre destripado, a la Puerta al Pérgamo al Parque a la Catedral al Comunista y a tanto grande y pequeño monumento, a las pequeñas y grandes resacas, al Sony y a tanta peli que cayó, a los borrachos sin solución, a las visitas turísticas cargadas de caminatas, a las farolas que nunca cesan y a los semáforos con prisas, a Mehringdamm y al energúmeno, a la bicicleta que nos saludó a la llegada y nos despedirá en nuestra marcha, al año que está por cumplirse y a todo lo que olvido en el tintero de mi triste y parca memoria. Ahora que languideces Berlín, la nostalgia se apodera de mí como tú lo has hecho conmigo, con una fuerza brutal, hendiéndome el corazón y grabando a fuego un año inolvidable.

Teniendo un espasmo

Hay pocas cosas más deliciosas que el baile final entre Zorba (Anthony Quinn) y Basil (Alan Bates) en “Zorba el griego”, o que el Sísifo de Camus cuando contempla victorioso como rueda su piedra hacia abajo sin esfuerzo, o nosotros, cada vez que nos insuflamos misteriosamente de un valor capaz de vencer a los elementos. Desgraciadamente ese deleite dura poco, y aquellos se desextasiarán enseguida con su ruina acechante, Sísifo volverá a su piedra preñada de sudor eterno, y nosotros nos veremos una vez más atrapados e inermes como moscas en la tela de araña de la rutina.
Dura poco digo, y digo bien, pero no lo valoro con exactitud. En esa escasez está la clave del libar ámbar divino y no mero placer terrenal.
Todos lo sabemos, o deberíamos, si esos momentos se repitieran en demasía, dejarían de ser esos momentos. Somos un mecanismo semejante a un reloj, y nos construimos sobre una base de repeticiones como éste sobre sus segundos. Pero por fortuna el Azar quiso que se nos dotara de la capacidad de sacudirnos espasmódica y catárticamente hasta conocer las heces de la libertad.
Soy mosca, cierto, pero a veces miro a mis Arañas a los ojos y me río de ellas mientras me devoran.

Calavera de rosas

Casi dos meses de silencio por los que has pasado de yunque a plastilina y vuelta a empezar, pero como siempre en ti: nunca martillo.
Has mejorado tu ánimo -pues me dices-; «¡Ya no quiero ser martillo!».

Te creo porque cohabito en ti, y cualquiera diría que ayer te sacudiste mil demonios. Fueron menos seguramente, pero al menos uno sí se exorcizó. Felicidades.
Ciertamente tengo poco de lo que alegrarme pues me alimento de tu necesidad de exagerar y hoy das un asco viscoso ahí sentado, tranquilo y sin preocupaciones cual estilita sobre su columna de paz. Sería mejor para mí que te levantaras y te arrojaras contra el suelo en salto mortal, y cuando deliraras lleno de sangre y pústulas, ahí estaría yo en cada reflejo de tu último aliento. Pero soy paciente.
¡Y una falacia! En el fondo te tengo cariño, y hoy disfruto contigo aunque tenga que guardar las apariencias. Sin duda eres más aburrido así pero necesitabas descansar y descargar tu angustia.
Me pregunto si esperarás otros dos meses, si cancelarás este proyecto como tantos otros, o si empezarás a cumplir algo de lo que prometes cada día que el buen humor te asiste para renegar de ello cuando éste se esfuma. Tiempo y pipa, todo lo que tú ves, lo veo yo.
Parece que Sade te reclama ¡más quisieras! Tú espíritu es mucho más aburrido.
Hasta la próxima compañero porque hoy, una calavera de rosas y aún sin espinas pareces.

Evidencia cruel

Escribo más en mi «Memoria» que aquí porque esto es accesible a otros, poco probable, ésta es la entera cruda y triste realidad, pero accesible al fin y al cabo. Y si de escribir lágrimas se trata, prefiero ahorrárselas al personal en la medida de lo posible, ya escribí suficiente llanto. Sin embargo, tan pocas son las cosas que marchan bien que la crisis llega a todos los estamentos, y no quedan capas donde refugiarse.
A veces funciono a fogonazos, o tan sólo hay de estos, y parece que esta noche me ha cegado uno sorprendente, y lo es, porque su evidencia no me dejaba verlo en toda su identidad, y ahora ya puedo empezar a ocultar ésta en este grado para no desmoronarme, y quizá así sepa administrarla en cucharaditas diarias de hiel. Sea como fuere, he de decirlo, y hasta lo escribo: no soy feliz. Y esto, que proviene de un misántropo amargado pero feliz durante años, me deja en una posición muy dura, pues ya no tengo ese gran asidero que era mi bonanza dichosa. Ahora tengo todo lo malo que tenía antes, más preocupaciones nuevas, y más infelicidad. O cambio o cambian las cosas, aunque decir que así no se puede seguir contradice esa sentencia del Wilson de House tan terrible que apunta: «Te sorprendería lo que puede soportarse». Es verdad, es sorprendente, y es una mierda. Y eso que ni siquiera vislumbro imaginarme el límite. Puedo seguir así, y esto es una perspectiva aterradora.

¡Si nos pudiéramos comprender!

Enciendo la pipa y sonrío, ahí estás con tus ojos bajos de domingo. Para verte mejor el alma me rodeo del saludable humo que desprende mi vida, y por supuesto, no lo dudes, te compadezco, o mejor, nos compadecemos. Pero bien sabes que con este juego pierdes tú más que yo, pues al fin y al cabo tengo los límites más marcados, y con romperlos de vez en cuando tengo suficiente, mientras que tú no sabes que hacer con tanta desbordante libertad. Que no eres el único no es un consuelo, o lo es pero para andar por casa, y el mundo comprende demasiado espacio, ¿verdad?
No hay nada peor que la certidumbre de tu impotencia contra ti mismo. Te dices, «si quisiera sería un dios», pero no puedes con tanto sacrificio, y sufres el infierno con la indolencia de tu sangre. Eterna herida que no sanará nunca, porque la espada de la contradicción te atraviesa cada año, cada mes, cada semana, cada día, cada hora. Y sangras, sangras profusamente, y en esa sangre está el tiempo de tu vida. Y la contemplas, sufriente o estoico, a veces incluso divertido, las más pesaroso, pero siempre, absolutamente siempre, desde la inacción o la acción obligada. Temes las riendas, porque te alejan de la certidumbre, de la insana felicidad, y hasta cuando has levantado una mano para acercarte a ellas, fuiste obligado. Hasta que no ames el abismo no serás capaz de arrojarte a él. Bien sabes que morirás sin dar el salto, y te consumirás en una fácil felicidad de la que reniegas en sueños pero a la que te aferras con cada uno de tus inermes dedos.
Eres inteligente, porque ser valiente es una estupidez cuando no sabes lo que significa, cuando sólo tienes una imagen borrosa, nada saludable por cierto, y ajena a tu vida dichosa. Sólo anhelas arrojarte por curiosidad, y por decir, «fui capaz de hacerlo», «soy un estúpido absoluto porque he querido serlo, porque lo he elegido». Pero es un anhelo con olor a vacío, a huero, y en definitiva, no es sino la exigencia de tu espíritu de estar disconforme con lo divino lo humano y lo demoníaco, con la necesidad y el azar, contigo y conmigo, con todo.
El humo se disipa y te oscureces, te veo borroso, te alejas, pero aún te oigo susurrar una última palabra: «todavía»