«El paraíso es escuchar»
Autor: Carlos Aymí
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En su día nos echaron del Paraíso y a menudo nos arrojan al infierno. Y sin embargo…
Sterbeurkunde meiner Beziehung mit dem Paradies
¡Ay pobre! Ahora mismo hay distancias estelares entre nosotros, pero eso no impide que pueda verte a través de las estrellas. Por suerte me creé a tiempo, antes de tu derrumbe, y seré yo ahora quien te ayude a levantar, por muy bajo que tenga que volar. Mas no hoy, te comprendo, necesitas al menos un día agónico, aunque te advierto que tendrás montañas de ellos, soy joven, pero llegué sabiendo lo que tú sabías.
Me duele tu imagen, ahí tirado rodeado de plumas, las que formaban tus alas, las que eran tu dicha. Te preguntas cómo ha podido pasar una y otra vez, cómo la basura fue envolviéndote, y cómo es posible que te las hayan arrancado, una a una, hasta quedar unos homoplatos pelados, huérfanos de gracia. Te diré que son preguntas con respuestas indiferentes, tú ya lo sabes en cualquier caso, pero debo recordártelo.
Hay dolores que duelen como ningún dolor, tú quizá los tienes todos, pero una cosa es segura, tienes un aparato digestivo capaz de digerilos. ¡Hazlo! ¡Levántate y anda!
Donde cabe uno…
Nací hace años, pero hasta ahora apenas si he sentido el viento en mi cara, el miedo o el cielo en mis ojos. La culpa no es mía sino tuya enteramente, y aún con todo, te perdono. Cómo no hacerlo, pues si respiro es por ti. Pero por fin creo haber alcanzado la madurez que me permite segarte casi enteramente de mi existencia, ya tan sólo dependeré de tus manos, o de tu siniestra. Vengo con el propósito de quedarme, de hacerme un hueco en tu cabeza con la fuerza que sólo la autonomía es capaz de proporcionar. Te robo el nombre que tanto te gustaba para tu personaje, esta es mi primera victoria, pero consuélate pensando que se lo das a una entidad real, o al menos tan real como otras que se pueden palpar y sin embargo dejan mucho que desear. Yo aspiro a lo contrario, no pretendo tu esquizofrenia pero si el merecimiento a la vida. Yo soy Lázaro, tu primer heterónimo serio, y entre ambos surgirá una química insondable. Se acabó el periodo de latencia, junto al tuyo, comienza mi reino, el de tu exageración personificada.
El regreso a la palabra escrita
Arrastrándome como nunca pude concebir llego a ti de nuevo a la espera de no repetir este error que me condena a páramos yermos, sombríos e inútiles. Vuelvo dispuesto a arrostrar cualquier peligro porque he asumido tras la calamidad que sé vivir sin miedo. Tras de mis ojos caben mundos enteros que tú me ayudarás a recrear. El problema no ha sido el tiempo, sino el alma bullendo iletrada por mor de una losa pesada, pero deslastrable al fin y al cabo, el problema en definitiva ha sido petrificar un golpe, por muy duro que sea, en un sino siniestro. Ahora, nuevamente libre de temores, acometo la vuelta a ti en multitud de ramas de la que esto es sólo un ejemplo. Cabe preguntarse si recaeré, o incluso si me hundiré en abismos insondables de los que nunca logre salir, pero puedo responder que tengo certezas útiles que antes no tenía, y que aunque con lentitud, aprendo. Esta relación amor-odio, palabra, debe continuar hasta que me consuma, y así se hará.
El mejor narrador del mundo
Partamos de que hay amigos que son unos verdaderos cabrones, aunque Alberto García, reconozcámoslo sin esfuerzo, es uno delicioso. Llevaba algo así como veinte años sin verle, compañero de facultad primero, y camarada de problemas más tarde, durante los últimos tiempos del por fin deseterno Paquito. Nos habíamos perdido la pista cuando inicié un periplo europeo que no viene al caso. Sí que viene el reencuentro, aquí, en esta pequeña ciudad en la que a nadie se le habría ocurrido situarnos cuando nuestros sueños se iban a comer el mundo.
La borrachera fue salvaje, si bien no tanto como la resaca. Cualquier tipo de mi edad sentenciaría cual hojarasca seca que ya somos viejos para estas cosas; yo también. Mas centrémonos pues aquí escribo no para contar mis penas sino para relatar una grande. Estábamos torcidos, somnolientos, sentados a la entrada del hotel M., y consideré que había llegado la hora de clausurar nuestras batallas pasadas para interesarnos por nuestros días más o menos recientes, así que le aburrí con mi vida desde que él saliera de ella. Escuchó atento pero apático y tras un güisqui de los peores (según él mano de santo contra la jeta de madera de la noche anterior), me contó tras un, tú lo has querido, el hecho-razón de estas líneas.
No estoy casado, no he tenido hijos que yo sepa, no caí en las falsas estabilidades del supuesto Bienestar. Poco tengo en definitiva, quizá sólo amigos, buenos y dolorosos amigos como tú, y hace poco que perdí a uno; el más extraño, el más genial. Su nombre me está vetado por él, condiciones, pues es o su historia o su nombre, y te concedo la primera. Te la presentaré de cuajo: él es el mejor narrador del mundo.
Tú y yo sabemos –continuó- cuanto nos apasiona la literatura, y ambos tenemos criterio para juzgarla; yo estoy vivo por ella, y tú has sacrificado casi todo por la misma. Simplemente te quiero decir que sé de lo que hablo, y que por una vez en mi maldita vida no exagero, sólo sufro.
La boca se me hizo agua amarga, esperaba ya entre mis yemas la obra del genial amigo pero algo no cuadraba. Su rostro parecía ahora dos resacas. ¿Dónde está el problema? –inquirí.
Él es el mejor narrador del mundo y sólo yo lo sé. También lo supo su tierna mujer Esperanza, y se suicidó precisamente porque sólo lo sabíamos ella y yo. Él es el mejor narrador del mundo, pero nunca escribió nada. Tratamos de convencerle para que lo hiciera pero no hubo manera. Incluso una vez le grabé sin su consentimiento (nunca me lo dio) en uno de sus accesos extáticos, pero Esperanza fue débil, o fiel, y confesó. Necesitó entonces siete el creador siete días de psiquiátrico hasta que destruí en su presencia la grabación, retornó ahí a su cordura, escasa, pero mágica.
Te lo puedes creer, -añadió con una mirada turbia- trabajaba de funcionario, sin apenas estudios, un hombre sencillo honrado humilde, sin pretensiones que se podía haber permitido, no como la mayoría, no como nosotros.
Si hubiera querido –interrumpí.
Tú lo has dicho. Tenías que haberle escuchado, era el arte mismo.
Haz que lo haga –supliqué- ¡Nárrame algo suyo!
No puede ser.
¿Por qué?
Por dos razones. Porque le traicionaría y porque me traicionaría; traicionaría sus palabras y traicionaría la mía, mi calvario ha sido asumirlo. Él es irrepetible, quizá, lo reconozco, habría perdido algo como escritor y se habría quedado a la altura de un clásico, pero en cualquier caso, y al margen de que le prometí el silencio sobre sus divinas palabras, no estoy dispuesto a manchar su gloria. Su recuerdo intacto es el paraíso más doloroso que quepa imaginar, pero un paraíso a fin de cuentas, y ya no me quedan muchos.
Al menos –insistí estúpidamente- dime de que hablaban sus historias.
De qué van a hablar, de la vida el amor la muerte el juego el viaje la pérdida, de todo aquello que habla la gran literatura, de cualquier cosa, bien sabes que el tema no importa, sino cómo lo haces.
Calló y callé. Tras unos minutos y una lágrima que nunca habría imaginado en el Alberto García que yo conocí, pregunté, ¿por qué me lo has contado?
Porque necesito compartir el dolor de la inútil sublimidad de mi amigo, su genio está perdido inexorablemente y me siento culpable por ello. Esto me está devorando por dentro y me has abierto la puerta para dejar de padecer yo solo.
Lo has conseguido, te compadezco, mas sabes que solamente en parte, yo tendré pesadillas por la pérdida de unas páginas magistrales que nunca conocí, pero tú, tú serás un sísifo, serás un tántalo ante esas páginas siempre cercanas, siempre visibles, pero nunca logradas, te compadezco y te doy las gracias.
Un silencio como réquiem, y salimos de ese ya para siempre triste hotel susurrando, él es el mejor narrador del mundo.
La borrachera fue salvaje, si bien no tanto como la resaca. Cualquier tipo de mi edad sentenciaría cual hojarasca seca que ya somos viejos para estas cosas; yo también. Mas centrémonos pues aquí escribo no para contar mis penas sino para relatar una grande. Estábamos torcidos, somnolientos, sentados a la entrada del hotel M., y consideré que había llegado la hora de clausurar nuestras batallas pasadas para interesarnos por nuestros días más o menos recientes, así que le aburrí con mi vida desde que él saliera de ella. Escuchó atento pero apático y tras un güisqui de los peores (según él mano de santo contra la jeta de madera de la noche anterior), me contó tras un, tú lo has querido, el hecho-razón de estas líneas.
No estoy casado, no he tenido hijos que yo sepa, no caí en las falsas estabilidades del supuesto Bienestar. Poco tengo en definitiva, quizá sólo amigos, buenos y dolorosos amigos como tú, y hace poco que perdí a uno; el más extraño, el más genial. Su nombre me está vetado por él, condiciones, pues es o su historia o su nombre, y te concedo la primera. Te la presentaré de cuajo: él es el mejor narrador del mundo.
Tú y yo sabemos –continuó- cuanto nos apasiona la literatura, y ambos tenemos criterio para juzgarla; yo estoy vivo por ella, y tú has sacrificado casi todo por la misma. Simplemente te quiero decir que sé de lo que hablo, y que por una vez en mi maldita vida no exagero, sólo sufro.
La boca se me hizo agua amarga, esperaba ya entre mis yemas la obra del genial amigo pero algo no cuadraba. Su rostro parecía ahora dos resacas. ¿Dónde está el problema? –inquirí.
Él es el mejor narrador del mundo y sólo yo lo sé. También lo supo su tierna mujer Esperanza, y se suicidó precisamente porque sólo lo sabíamos ella y yo. Él es el mejor narrador del mundo, pero nunca escribió nada. Tratamos de convencerle para que lo hiciera pero no hubo manera. Incluso una vez le grabé sin su consentimiento (nunca me lo dio) en uno de sus accesos extáticos, pero Esperanza fue débil, o fiel, y confesó. Necesitó entonces siete el creador siete días de psiquiátrico hasta que destruí en su presencia la grabación, retornó ahí a su cordura, escasa, pero mágica.
Te lo puedes creer, -añadió con una mirada turbia- trabajaba de funcionario, sin apenas estudios, un hombre sencillo honrado humilde, sin pretensiones que se podía haber permitido, no como la mayoría, no como nosotros.
Si hubiera querido –interrumpí.
Tú lo has dicho. Tenías que haberle escuchado, era el arte mismo.
Haz que lo haga –supliqué- ¡Nárrame algo suyo!
No puede ser.
¿Por qué?
Por dos razones. Porque le traicionaría y porque me traicionaría; traicionaría sus palabras y traicionaría la mía, mi calvario ha sido asumirlo. Él es irrepetible, quizá, lo reconozco, habría perdido algo como escritor y se habría quedado a la altura de un clásico, pero en cualquier caso, y al margen de que le prometí el silencio sobre sus divinas palabras, no estoy dispuesto a manchar su gloria. Su recuerdo intacto es el paraíso más doloroso que quepa imaginar, pero un paraíso a fin de cuentas, y ya no me quedan muchos.
Al menos –insistí estúpidamente- dime de que hablaban sus historias.
De qué van a hablar, de la vida el amor la muerte el juego el viaje la pérdida, de todo aquello que habla la gran literatura, de cualquier cosa, bien sabes que el tema no importa, sino cómo lo haces.
Calló y callé. Tras unos minutos y una lágrima que nunca habría imaginado en el Alberto García que yo conocí, pregunté, ¿por qué me lo has contado?
Porque necesito compartir el dolor de la inútil sublimidad de mi amigo, su genio está perdido inexorablemente y me siento culpable por ello. Esto me está devorando por dentro y me has abierto la puerta para dejar de padecer yo solo.
Lo has conseguido, te compadezco, mas sabes que solamente en parte, yo tendré pesadillas por la pérdida de unas páginas magistrales que nunca conocí, pero tú, tú serás un sísifo, serás un tántalo ante esas páginas siempre cercanas, siempre visibles, pero nunca logradas, te compadezco y te doy las gracias.
Un silencio como réquiem, y salimos de ese ya para siempre triste hotel susurrando, él es el mejor narrador del mundo.
Francisco Díez del Corral
A continuación se toparán con algo quizá extraño, aunque probablemente discrepemos en la sustancia de esa extrañeza. A continuación se encontrarán con una cita, eso sí, de unas cuantas páginas. Se encuentran al final del libro «Lenin, una biografía» que Díez del Corral ha escrito en mi opinión con una total maestría. El por qué de tomarme la molestia de pasar al blog estas páginas finales se debe al estado anímico en el que me encontraba tras acabar el libro; un estado de gratitud por habérseme hecho ver con mayor claridad la figura de Lenin y de la historia de Rusia en aquella convulsa y definitoria época, así como por meterme el gusanillo de querer seguir inquiriendo en aquel mundo ya tan lejano. Lo que hago en el fondo no es sino una invitación para que vosotros hagáis lo mismo de modo que podamos eliminar muchas mentiras que la visión ganadora de la historia nos ha metido bien adentro. Es cierto que exige bastante esfuerzo pero el precio de la independencia intelectual cuesta más que todo el oro del mundo. No quiero seguir hablando pues lo que sigue se expresa por sí mismo, si bien…
¿Estoy quebrantando la ley por presentar estas líneas? No tengo ni idea. Desde luego no hay ánimo de lucro, y en todo caso sólo puede beneficiar al libro y a su autor en tanto que hago publicidad de los mismos. En cualquier caso no creo que moleste al escritor, y eso es lo que me importa, si así fuera, lo retiraría inmediatamente.
«A MANERA DE CONCLUSION
Sorprendente, aunque sin embargo anunciada ya de atrás por signos varios, la caída del muro de Berlín, minados sus cimientos por esas aguas subterráneas que preceden siempre a los grandes derrumbes y corrimientos de tierras, no fue solo el inicio del derrumbe del comunismo. Fue, también, el acta de defunción de una era histórica. 1989 anuncia el paso de lo que ha sido nuestra Edad Contemporánea a la edad, digamos, post-contemporánea. En este sentido, Lenin no es para nosotros ya pasado sino . Así, desde el punto de vista del -esa impalpable, pero real, amalgama de valores, tendencias y sueños de una cultura y una sociedad en un tiempo histórico determinado- nos encontramos frente a él de manera muy semejante a como él encaraba el mundo y la sociedad occidental de su época, lo antiguo, lo ruinoso, frente a la revolución comunista que los bolcheviques representaban, el porvenir, lo nuevo. Con una importante salvedad: que frente a nosotros no se dibuja aún nada que represente porvenir alguno, y lo que viene, más que futuro, por el momento se anuncia como una interminable serie de y más , prefijo por cierto de muy morados ecos funerarios. Por lo demás, lo que Lenin tomaba como inicio de nueva época en la historia de la humanidad resultó en definitiva ser la marca de la casa de la modernidad que su época representaba.
En cualquier caso, y esto es lo que se quiere aquí subrayar, ese carácter de que para nosotros tiene hoy el leninismo y el modelo de revolución que inaugura –cuestión distinta es que el pasado, por serlo, tenga o no que ser mejor o peor que el presente- invalida todo análisis y valoración de lo que representó y todo juicio sobre su significación histórica realizado con categorías del presente. Es obvio: ni personas ni ideas son realmente comprensibles aisladas de las situaciones concretas que las moldean y los contextos histórico-sociales concretos en que nacen y se forjan. El sujeto psicológico es inseparable del sujeto sociológico. (Lo que naturalmente no elimina el libe albedrío ni la responsabilidad que éste funda. La responsabilidad, y la posibilidad, también, de error o acierto en el comportamiento personal que su existencia permite.)
Los paradigmas, por así decirlo, políticos que conforman la acción de Lenin no son los mismos que los imperantes en nuestra época. Prometeo, para que nos vamos a engañar, está hoy muy mal visto y nadie espera ya –a Dios gracias- Mesías alguno. La sola certeza a la que nos podemos agarrar –o colgar, depende- es la de la incertidumbre de lo por venir: Y si desde 1917 hasta 1968 –por fijar dos hitos históricos- el ideal de la izquierda ha circulado bajo el signo de la igualdad, de entonces acá parece situarse bajo el signo de la libertad. Excepciones aparte respecto al predominio de la , puede afirmarse, en efecto, que del modelo productivista hemos pasado al modelo ecológico, de la mística insurreccional al más modesto anhelo participativo y de las metas rupturistas a los caminos consensuados o, lo que es lo mismo, al disenso controlado. Simétricamente a la de la derecha, la izquierda revolucionaria ha ido cediendo el paso a la izquierda dialogante, a la izquierda, también, liberal. El mercado es rey. La economía prevalece sobre la política, y la imaginación informática, por necesidades del guión, ha sustituido a la imaginación política revolucionaria. De la hemos pasado curiosamente al poder de eliminar la imaginación. Y la idea misma de revolución como enfrentamiento político que divide de un tajo la sociedad entre amigos y enemigos, como colisión irreparable entre clases irreconciliables, ha sido sustituida por las de , , etc. Lo que no implica, por lo demás, la desaparición de algunas o muchas de las condiciones que alumbraron aquella idea de revolución, que por el contrario subsisten y persisten, ni de las propias clases sociales, que siguen asimismo hoy existiendo en Occidente y fuera de Occidente.
Hechas estas elementales consideraciones, y situados en la perspectiva histórica que Lenin ocupa y desde la que actúa, cabrían en todo caso algunas reflexiones en torno a la Revolución de Octubre y su guía y principal actor. Y para empezar la relativa a esa opinión tan extendida que hace de él un demiurgo –un demonio más bien- que habría creado la revolución como Dios creó al mundo, con la diferencia que Dios lo creó, al parecer, en seis días, mientras que Lenin habría dejado todo listo en un par de semanas. Teoría que tiene la ventaja, a la hora de pasar factura por el pasivo, y mientras se pega fuego al activo, de poder pasársela directamente a Lenin. Ocurre solo que, en rigor, más que de la Revolución de Octubre, Lenin es criatura –excepcional y de decisiva importancia, desde luego- de un largo y complejo proceso histórico revolucionario. Crea, sí, las condiciones para que esa revolución se produzca, la pronostica y la hace posible, pero él mismo es resultado de ese proceso y va modelando su acción, como se ha señalado, a medida que la revolución se va produciendo.
La segunda reflexión sería que, pese al fiasco histórico –relativo en cualquier caso- que el movimiento comunista haya podido suponer, y contrariamente a lo que una historiografía más o menos de moda y de mayor o menor calidad afirma, ni todo el comunismo puede reducirse a estalinismo ni fue, para millones de hombres, ninguna en el sentido exclusivamente negativo de espejismo o percepción falsa de la realidad. La lucha contra el fascismo, y por la democracia, realmente existente y protagonizada por el movimiento comunista no fue precisamente un espejismo. Ni la victoria del pueblo soviético –lograda en nombre del comunismo, no se olvide-, sobre el nazismo, decisiva en el desenlace de la Segunda Guerra Mundial. Ni el gran salto adelante económico, cultural y social que en tantos casos supuso, empezando por el de la propia Rusia hasta convertirla, de un Estado en descomposición que había sido, en la segunda potencia industrial del mundo. Ni la liberación material de grandes masas que, antes sin trabajo ni pan, con el comunismo y por el comunismo los tuvieron. Por lo demás, el progreso social logrado en Occidente es difícil de imaginar sin esa revolución execrada hoy por tantos. La semana de 40 horas, comino ya de las 35, las vacaciones pagadas, la sanidad y la enseñanza públicas, entre otras muchas mejoras sociales decisivas –esas que hoy el liberalismo en plaza intenta precisamente demoler-, y que culminarían en el famoso , ¿habrían sido acaso posibles sin la presión de ese fantasma que recorría, no ya Europa, sino el mundo, y que con la revolución soviética no resultaba ya tan fantasmal?
No parece, en efecto, que nada de esto haya sido una . Sí lo fue en cambio, y para enormes masas, en el sentido positivo del término, en el de esperanza en una sociedad verdaderamente humana. Aunque, como tantas veces ha ocurrido en la historia, esa espléndida promesa se produjera y desplegara al tiempo con el sufrimiento y opresión traídos por el propio movimiento que lo hizo germinar. Suele ocurrir.
En cualquier caso, ese furioso reduccionismo a la moda que por una parte tiende a igualar toda idea del comunismo con el Gulag y, por otra, a hacer de Lenin en última instancia responsable del propio estalinismo, más allá del democrático entusiasmo que los reduccionistas muestran por la denuncia del , funciona como útil operación ideológica al servicio del orden constituido. Al hacer maleza de todo el monte, no solo se los infiernos económicos y sociales del liberalismo realmente existente -18 millones de parados y 50 millones de pobres, solo en el europeo- hasta convertirlo en el mejor de los mundos posibles, sino que se volatiza además, en el azufre indiscriminado de aquel , el ideal político y moral que en todo caso el concepto de comunismo representa. Así, tras el derrumbe, la lapidación del socialismo real lleva consigo la siega en agraz de toda aspiración igualitaria. Vade retro.
Por lo demás, la conversión más o menos expresa de Lenin en progenitor de Stalin, no parece, la verdad, un juicio demasiado legítimo. Pues una cosa es que el Estado que Lenin puso en pie –entre otras razones, obligado por un bloqueo y una intervención militar no precisamente humanitarios, y por una guerra civil en que se dirimía la existencia misma de la revolución y el pueblo revolucionario y que los bolcheviques, desde luego, habrían preferido ahorrarse- resultara un terreno propicio para que pudiera crecer en él la planta del estalinimo, y otra muy distinta hacer de éste algo ya contenido en aquel Estado e inscrito, por tanto, irremisiblemente en el futuro. Por el contrario, habida cuenta de la capacidad de reacción y flexibilidad táctica que Lenin mostró a lo largo de toda su vida, parece lógico pensar –como por lo demás muchos historiadores nada ilusos han señalado- que, de haber vivido, y teniendo cuenta las críticas y advertencias presentes en sus notables textos de 1921-1924, las cosas hubieran ido por otros derroteros muy diferentes.
En fin, por la vertiente izquierda, otra cuestión, y otra crítica, ésta de origen histórico menchevique, plantean asimismo interrogaciones: debido a su radicalismo, Lenin se habría lanzado a una revolución en un país que, por su mayoría campesina y su desarrollo económico, no estaría maduro para ella. Y de ahí que luego ocurriera lo que ocurrió. Tampoco esta apreciación resulta muy convincente. Parece aproximadamente cierto, sí, que, más allá de consideraciones generales sobre el destino de ruina que a todo espera, y con independencia de los muchos otros factores que influyeron en el proceso de pudrimiento del movimiento bolchevique, esa inmadurez resultó desde el primer momento un serio handicap que en alguna medida marcó el destino de la revolución rusa. Cosa, por otra parte, que el propio Lenin llegó a reconocer al final de su vida. Pero así como no se pueden pedir peras al olmo, parece un poco exagerado pedirle a un revolucionario, alguien que ha dedicado su vida entera a la revolución y sus ideales, que en el momento en que esa revolución y la posibilidad de realizar esos ideales pasan al fin frente a su puerta, la deje pasar sin agarrarla y apretarla frenéticamente para que no se escape a la espera mejor ocasión porque todavía no se dan las condiciones perfectas. Mas aún que exagerado, la verdad es que parece un poco idiota. Y los mencheviques que se muestran contrarios a la revolución socialista alegando esa inmadurez que no permitiría saltarse al etapa de la no lo hacen seguramente tanto porque su razón les asegure que eso no es posible, como porque la realidad –es decir, la revolución que en esos momentos se está produciendo ante sus ojos- les niega y desmiente su teoría. En cuyo caso, paradójicamente, los sensatos y tolerantes habrían sido más fanáticos que lo que hubieran podido ser Lenin y sus bolcheviques.
Para acabar, el proyecto leniniano de una democracia no parlamentaria, de clara raíz marxiana, -concebido, no hay que olvidarlo, en el marco general de una propagación revolucionaria europea que finalmente no se produjo-, una democracia obrera y campesina aunque asentada sobre todo en los obreros de la industria, era, sin duda, un proyecto revolucionario que contemplaba la dictadura transicional de la mayoría sobre la minoría explotadora, pero probablemente no tan utópico como posteriormente se ha querido hacer ver. La experiencia de los soviets, la creatividad, el dinamismo, la imaginación democrática y revolucionara que la clase obrera rusa mostró en 1917 y había ya mostrado en 1905 autorizaban la creencia de que tal proyecto fuera realizable. Pero la guerra civil arrasó esa clase y se lo llevó todo por delante. Después, el hambre, la contrarrevolución y el cerco internacional acabaron de apuntillarla. En este sentido sí podría afirmarse, a pesar de la supervivencia de la Revolución de Octubre durante 70 años, que el proyecto de Lenin habría muerto poco después de nacer. Lo que luego duró y resistió fue otra cosa. Tan distinta al menos del proyecto original leniniano como la Unión Soviética post-Stalin de la Unión Soviética de la época de Stalin. Que por lo demás, lo fue mucho.
Y queda, en fin, una última pregunta situada al tiempo más allá y más acá de toda explicación. La más radical. Visto lo visto sobre el destino que ha aguardado a todas las revoluciones ¿, dicho con palabras del propio Lenin en su Más vale poco y bueno, emprender y realizar una revolución, en el sentido también más radical y tradicional de la palabra? Y uno recuerda entonces la ingeniosa frase que hace muchos años oyó a un antiguo correligionario: [1]. Y tanto.
Sin embargo…»
En cualquier caso, y esto es lo que se quiere aquí subrayar, ese carácter de que para nosotros tiene hoy el leninismo y el modelo de revolución que inaugura –cuestión distinta es que el pasado, por serlo, tenga o no que ser mejor o peor que el presente- invalida todo análisis y valoración de lo que representó y todo juicio sobre su significación histórica realizado con categorías del presente. Es obvio: ni personas ni ideas son realmente comprensibles aisladas de las situaciones concretas que las moldean y los contextos histórico-sociales concretos en que nacen y se forjan. El sujeto psicológico es inseparable del sujeto sociológico. (Lo que naturalmente no elimina el libe albedrío ni la responsabilidad que éste funda. La responsabilidad, y la posibilidad, también, de error o acierto en el comportamiento personal que su existencia permite.)
Los paradigmas, por así decirlo, políticos que conforman la acción de Lenin no son los mismos que los imperantes en nuestra época. Prometeo, para que nos vamos a engañar, está hoy muy mal visto y nadie espera ya –a Dios gracias- Mesías alguno. La sola certeza a la que nos podemos agarrar –o colgar, depende- es la de la incertidumbre de lo por venir: Y si desde 1917 hasta 1968 –por fijar dos hitos históricos- el ideal de la izquierda ha circulado bajo el signo de la igualdad, de entonces acá parece situarse bajo el signo de la libertad. Excepciones aparte respecto al predominio de la , puede afirmarse, en efecto, que del modelo productivista hemos pasado al modelo ecológico, de la mística insurreccional al más modesto anhelo participativo y de las metas rupturistas a los caminos consensuados o, lo que es lo mismo, al disenso controlado. Simétricamente a la de la derecha, la izquierda revolucionaria ha ido cediendo el paso a la izquierda dialogante, a la izquierda, también, liberal. El mercado es rey. La economía prevalece sobre la política, y la imaginación informática, por necesidades del guión, ha sustituido a la imaginación política revolucionaria. De la hemos pasado curiosamente al poder de eliminar la imaginación. Y la idea misma de revolución como enfrentamiento político que divide de un tajo la sociedad entre amigos y enemigos, como colisión irreparable entre clases irreconciliables, ha sido sustituida por las de , , etc. Lo que no implica, por lo demás, la desaparición de algunas o muchas de las condiciones que alumbraron aquella idea de revolución, que por el contrario subsisten y persisten, ni de las propias clases sociales, que siguen asimismo hoy existiendo en Occidente y fuera de Occidente.
Hechas estas elementales consideraciones, y situados en la perspectiva histórica que Lenin ocupa y desde la que actúa, cabrían en todo caso algunas reflexiones en torno a la Revolución de Octubre y su guía y principal actor. Y para empezar la relativa a esa opinión tan extendida que hace de él un demiurgo –un demonio más bien- que habría creado la revolución como Dios creó al mundo, con la diferencia que Dios lo creó, al parecer, en seis días, mientras que Lenin habría dejado todo listo en un par de semanas. Teoría que tiene la ventaja, a la hora de pasar factura por el pasivo, y mientras se pega fuego al activo, de poder pasársela directamente a Lenin. Ocurre solo que, en rigor, más que de la Revolución de Octubre, Lenin es criatura –excepcional y de decisiva importancia, desde luego- de un largo y complejo proceso histórico revolucionario. Crea, sí, las condiciones para que esa revolución se produzca, la pronostica y la hace posible, pero él mismo es resultado de ese proceso y va modelando su acción, como se ha señalado, a medida que la revolución se va produciendo.
La segunda reflexión sería que, pese al fiasco histórico –relativo en cualquier caso- que el movimiento comunista haya podido suponer, y contrariamente a lo que una historiografía más o menos de moda y de mayor o menor calidad afirma, ni todo el comunismo puede reducirse a estalinismo ni fue, para millones de hombres, ninguna en el sentido exclusivamente negativo de espejismo o percepción falsa de la realidad. La lucha contra el fascismo, y por la democracia, realmente existente y protagonizada por el movimiento comunista no fue precisamente un espejismo. Ni la victoria del pueblo soviético –lograda en nombre del comunismo, no se olvide-, sobre el nazismo, decisiva en el desenlace de la Segunda Guerra Mundial. Ni el gran salto adelante económico, cultural y social que en tantos casos supuso, empezando por el de la propia Rusia hasta convertirla, de un Estado en descomposición que había sido, en la segunda potencia industrial del mundo. Ni la liberación material de grandes masas que, antes sin trabajo ni pan, con el comunismo y por el comunismo los tuvieron. Por lo demás, el progreso social logrado en Occidente es difícil de imaginar sin esa revolución execrada hoy por tantos. La semana de 40 horas, comino ya de las 35, las vacaciones pagadas, la sanidad y la enseñanza públicas, entre otras muchas mejoras sociales decisivas –esas que hoy el liberalismo en plaza intenta precisamente demoler-, y que culminarían en el famoso , ¿habrían sido acaso posibles sin la presión de ese fantasma que recorría, no ya Europa, sino el mundo, y que con la revolución soviética no resultaba ya tan fantasmal?
No parece, en efecto, que nada de esto haya sido una . Sí lo fue en cambio, y para enormes masas, en el sentido positivo del término, en el de esperanza en una sociedad verdaderamente humana. Aunque, como tantas veces ha ocurrido en la historia, esa espléndida promesa se produjera y desplegara al tiempo con el sufrimiento y opresión traídos por el propio movimiento que lo hizo germinar. Suele ocurrir.
En cualquier caso, ese furioso reduccionismo a la moda que por una parte tiende a igualar toda idea del comunismo con el Gulag y, por otra, a hacer de Lenin en última instancia responsable del propio estalinismo, más allá del democrático entusiasmo que los reduccionistas muestran por la denuncia del , funciona como útil operación ideológica al servicio del orden constituido. Al hacer maleza de todo el monte, no solo se los infiernos económicos y sociales del liberalismo realmente existente -18 millones de parados y 50 millones de pobres, solo en el europeo- hasta convertirlo en el mejor de los mundos posibles, sino que se volatiza además, en el azufre indiscriminado de aquel , el ideal político y moral que en todo caso el concepto de comunismo representa. Así, tras el derrumbe, la lapidación del socialismo real lleva consigo la siega en agraz de toda aspiración igualitaria. Vade retro.
Por lo demás, la conversión más o menos expresa de Lenin en progenitor de Stalin, no parece, la verdad, un juicio demasiado legítimo. Pues una cosa es que el Estado que Lenin puso en pie –entre otras razones, obligado por un bloqueo y una intervención militar no precisamente humanitarios, y por una guerra civil en que se dirimía la existencia misma de la revolución y el pueblo revolucionario y que los bolcheviques, desde luego, habrían preferido ahorrarse- resultara un terreno propicio para que pudiera crecer en él la planta del estalinimo, y otra muy distinta hacer de éste algo ya contenido en aquel Estado e inscrito, por tanto, irremisiblemente en el futuro. Por el contrario, habida cuenta de la capacidad de reacción y flexibilidad táctica que Lenin mostró a lo largo de toda su vida, parece lógico pensar –como por lo demás muchos historiadores nada ilusos han señalado- que, de haber vivido, y teniendo cuenta las críticas y advertencias presentes en sus notables textos de 1921-1924, las cosas hubieran ido por otros derroteros muy diferentes.
En fin, por la vertiente izquierda, otra cuestión, y otra crítica, ésta de origen histórico menchevique, plantean asimismo interrogaciones: debido a su radicalismo, Lenin se habría lanzado a una revolución en un país que, por su mayoría campesina y su desarrollo económico, no estaría maduro para ella. Y de ahí que luego ocurriera lo que ocurrió. Tampoco esta apreciación resulta muy convincente. Parece aproximadamente cierto, sí, que, más allá de consideraciones generales sobre el destino de ruina que a todo espera, y con independencia de los muchos otros factores que influyeron en el proceso de pudrimiento del movimiento bolchevique, esa inmadurez resultó desde el primer momento un serio handicap que en alguna medida marcó el destino de la revolución rusa. Cosa, por otra parte, que el propio Lenin llegó a reconocer al final de su vida. Pero así como no se pueden pedir peras al olmo, parece un poco exagerado pedirle a un revolucionario, alguien que ha dedicado su vida entera a la revolución y sus ideales, que en el momento en que esa revolución y la posibilidad de realizar esos ideales pasan al fin frente a su puerta, la deje pasar sin agarrarla y apretarla frenéticamente para que no se escape a la espera mejor ocasión porque todavía no se dan las condiciones perfectas. Mas aún que exagerado, la verdad es que parece un poco idiota. Y los mencheviques que se muestran contrarios a la revolución socialista alegando esa inmadurez que no permitiría saltarse al etapa de la no lo hacen seguramente tanto porque su razón les asegure que eso no es posible, como porque la realidad –es decir, la revolución que en esos momentos se está produciendo ante sus ojos- les niega y desmiente su teoría. En cuyo caso, paradójicamente, los sensatos y tolerantes habrían sido más fanáticos que lo que hubieran podido ser Lenin y sus bolcheviques.
Para acabar, el proyecto leniniano de una democracia no parlamentaria, de clara raíz marxiana, -concebido, no hay que olvidarlo, en el marco general de una propagación revolucionaria europea que finalmente no se produjo-, una democracia obrera y campesina aunque asentada sobre todo en los obreros de la industria, era, sin duda, un proyecto revolucionario que contemplaba la dictadura transicional de la mayoría sobre la minoría explotadora, pero probablemente no tan utópico como posteriormente se ha querido hacer ver. La experiencia de los soviets, la creatividad, el dinamismo, la imaginación democrática y revolucionara que la clase obrera rusa mostró en 1917 y había ya mostrado en 1905 autorizaban la creencia de que tal proyecto fuera realizable. Pero la guerra civil arrasó esa clase y se lo llevó todo por delante. Después, el hambre, la contrarrevolución y el cerco internacional acabaron de apuntillarla. En este sentido sí podría afirmarse, a pesar de la supervivencia de la Revolución de Octubre durante 70 años, que el proyecto de Lenin habría muerto poco después de nacer. Lo que luego duró y resistió fue otra cosa. Tan distinta al menos del proyecto original leniniano como la Unión Soviética post-Stalin de la Unión Soviética de la época de Stalin. Que por lo demás, lo fue mucho.
Y queda, en fin, una última pregunta situada al tiempo más allá y más acá de toda explicación. La más radical. Visto lo visto sobre el destino que ha aguardado a todas las revoluciones ¿, dicho con palabras del propio Lenin en su Más vale poco y bueno, emprender y realizar una revolución, en el sentido también más radical y tradicional de la palabra? Y uno recuerda entonces la ingeniosa frase que hace muchos años oyó a un antiguo correligionario: [1]. Y tanto.
Sin embargo…»
[1] J. Cerón Ayuso, fundador del FLP, organización revolucionaria que tuvo cierto protagonismo en la lucha antifranquista
Pecado mortal
La inteligencia por desgracia nunca estuvo demasiado de mi parte, y eso, como es lógico, trae sus complicaciones. Pero qué le vamos a hacer si somos los hijos de un mismo dios: el de la incompetencia.
¿Qué es eso? Me parece oir múltiples quejas nada veniales que gritan a coro: «eso lo serás tú, mi dios y el tuyo no es el mismo, ergo…» Esta bien, aceptamos la réplica, no compartimos la misma mesa, cómo vamos a compartir la misma Gracia.
¿Nuevas quejas?, ¿qué dicen?, Que no las trate condescendientemente, que odian la complacencia. Joder, ya no te dejan ni rectificar. Está bien, seré radical, soy un inútil y el peor de los hombres que ha hollado estas lindes, y por supuesto, mi naturaleza no salpica en nada al resto de la humanidad, de hecho soy humano por mala fortuna, iba para brizna. Vale así, ¿puedo continuar?
Decía que mi Yo nunca estuvo muy dotado, y que esto me granjeaba quebraderos de cabeza. Ahora bien, él podía transcurrir sin excesivos sobresaltos a causa de la eterna posibilidad de una huida hacia dentro. Quiero decir, si mi vida abandonaba el sendero de la normalidad, podía recurrir a la escritura más íntima en pos de la catarsis necesaria. Créase o no, funcionaba, al menos lo suficiente como para recuperar la apariencia de cordialidad ante una vida que no terminas de calibrar por más que lo intentas. El caso es, que mi ánimo por vender las entrañas en pos de no sé muy bien qué, ha terminado en camino ciego, en una encrucijada por la que no puedo seguir ni hacia delante ni hacia atrás cuando los sobresaltos se presentan y llaman a la puerta. Ya no hay escape hacia ningún lugar que no sea mi cabeza, y esto no es nada recomendable para mi estabilidad.
¿Qué ha ocurrido? Algo tan sencillo como que por muchas capas y censuras que presente detrás de las palabras, no todo se puede decir cuando existe la posibilidad de que otros ojos te miren. Hay intimidades ingobernables que no estoy dispuesto a soltar a la deriva, con la consecuencia de que yo, no pudiendo deslastrarme de ellas, me dirijo hacia la misma.
Una cálida voz vibra a través de las paredes, «siempre se puede depurar miserias en otros vomitorios». Cierto. Habrá que cambiar de estilo. Tendré que ampliar mi recetario. Cuidaos de que no me siente en vuestra mesa.
2
Kafka erró cuando invocaba un schopenhaueriano «El hombre está condenado a vivir, no a morir», mientras que Sartre acertó plenamente con, «El hombre está condenado a ser libre». Condenados porque no elegimos, porque nos arrojan al mundo sin preguntarnos, diría, y libres porque a cada segundo y a cada paso tenemos que elegir entre la multiplicidad de posibilidades. Esto es tan así que podemos ejercer la libertad incluso contra la vida, no sólo la propia o la ajena, sino contra la especie.
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Escribir es un modo de mantener la cordura.