Día claro

Apenas una hora, acaso unas líneas, con seguridad la música, y por qué no, el bocado que acaba de taponar el agujero del estómago, con eso y sin más el día negro se torna brillante.
Sigo sin que la memoria acuda a la llamada. Sigo sabiendo, ahora más que nunca, o tanto como siempre pues recorrer los polos es mi sino, que dependo de mi ánimo como las parcas de los vivos. Y sigo sin que mi Yo me termine de respetar.
Pero como digo, apenas algo de tiempo cargado con esa sustancia maravillosa que son los reflujos de la vida, y estalla mi ataúd por los aires, y me levanto con ganas no ya de llevar el mundo sobre mis hombros, sino de devorarlo, y empiezo a cabalgar las nubes más indómitas.
Ahí me quedo, al menos hasta que me caiga. No será tardando. Y vuelta a empezar
Qué difícil me resulta vislumbrar lo más mínimo a través de este proceso introspectivo al que sé jugar, quizá con gusto, mas no hay duda de ciertos rasgos: fragilidad, inestabilidad, delirio, miedo. Es el precio a pagar por no haberme sabido convertir en dios.

Día negro

Si la memoria me respetara lo más mínimo, recordaría sin dilación aquella frase sartriana escrita en latín que dice algo así como, ni un solo día sin escribir al menos una línea.
Si mi ánimo me respetara lo más mínimo, éste no me zarandearía por los abismos más extremos en busca de lo inefable del ser humano
Si yo mismo me respetara lo más mínimo, no odiaría la calma que en ocasiones duerme mi tragicomedia, sino que más bien la acariciaría con ternura.
Sin embargo, ni la memoria ni el ánimo ni el Yo, me respetan. Y sin éste resulta difícil mantener el mundo sobre los hombros, ni siquiera uno como el nuestro.
Así las cosas, hay días que desde luego no naufrago por la imperfecta pero existente sutil concatenación de la rutina, y cuando en uno de ellos falle ésta, puedo olvidarme de volver a mojar los labios en algo dulce, puedo olvidarme de volver a recuperar el más mínimo respeto.

Vísperas del desaliento

Las paredes me piden que consigne la fecha de mi arribo: 1981. Con el año basta. Por lo que respecta al lugar, es indiferente, pues si la fecha nos sirve de orientación a las víctimas para saber cuántos y cuándo hemos podido caer a lo largo de los siglos, el lugar, de bien poco sirve; estas líneas son el último consuelo, nunca nadie ha salido de aquí, ni vivo ni muerto, y yo no seré el primero.
Tras largas horas de arrastrarme por la angosta gruta de acceso pude enderezar mi cuerpo a unos cuantos metros de esta estancia, antes anhelada, ya maldita, ahora mi tumba. Entre este hecho y mi anterior sonrisa triunfal, se extiende un pasillo a cuyos lados hay horadadas una serie horizontal de cavidades de unos 40X10 centímetros, guardando distancia entre ellas de un palmo escaso. Los primeros huecos, tanto a un lado como a otro, estaban vacíos, pero llegado aproximadamente a la mitad encontré la razón de los mismos: ser depositarios de hachas. Luego de coger y despojar una de su abundante capa de polvo, pude observar su magistral decoración a base de extrañas filigranas. Así las cosas, -pensé- con una exigua luz de procedencia desconocida, mi linterna y ahora este hacha, se me garantizaba suficiente defensa contra la factible oscuridad futura.
Se acabó el pasillo y detrás del umbral de la gloria que supuse, percibí majestuosos dorados, pero fue poner un pie en la estancia y una enorme losa cayó tras de mí sellando herméticamente la sala y cegando el brillo de las paredes. El siguiente quizá nos llame locos, pero tanto yo como aquellos que lo escribieron y he sabido traducir, juramos que a la piedra le acompañaron estentóreas carcajadas.
Aterrado, esclavo, irritado con mi propia estupidez, sin apenas víveres más que para unos pocos días, y con la escasa luz de mis trebejos, la desesperación comenzó a adueñarse de mí. Ésta, por si no bastara, se acrecentaba cada vez que alumbraba uno de los muchos cadáveres, esqueletos más bien, que ocupaban el escaso espacio. Lo que de ellos me sigue dando miedo no son sus podridos harapos o sus visibles expresiones de horror en las que calculé víctimas más recientes, lo que en verdad me infunde terror es su solo presencia -la prueba irrefutable de que acabaré como ellos.
Las primeras horas las pasé penando con el rostro en las rodillas y el cuerpo inmóvil, no así el corazón que latía desenfrenado, como mi aorta, como mis párpados, como mi sien. Con el tiempo una relativa calma regresó, y aunque histérica, redescubrí la risa. Y tras aceptar tan crueles hados, decidí conocer mi tumba.
Se trata de un cuadrado perfecto en su base, de unos veinte metros cuadrados. En cuanto a la altura, es un abismo insoportable -prefería aquella lejana gruta de sabor a tierra. El suelo es perfectamente liso y negro como debe, quizá basalto. Y qué decir de las paredes, éstas son magníficas y a la luz del hacha ciertamente resplandecen doradas, o más bien lo hacen los textos que ellas contienen. Hasta siete son las lenguas que adornan los muros. Tres que conozca; griego, latín y arameo. Tres que intuyo; persa, escritura jeroglífica y chino mandarín. Y Una que desconozco absolutamente, es la única que aparece siempre la más arriba de todas, ya que el resto turnan su orden a cada lado. Cualquier filólogo mataría por verla aunque yo tengo la sensación de que moriré por ella, pues me quedan pocas dudas al respecto de que quienes construyeron este infierno hablaban esta lengua. Y si cuando muera, mi fantasma permanece eternamente encerrado en estas paredes, como así me anuncian, estoy seguro de que mis compañeros convendrán conmigo en que es la escritura de los Dioses.
Digo que tres son las lenguas que conozco, si bien con una me hubiera bastado, pues todas dicen lo mismo. Lo cual me hace suponer que en aquellas cuya procedencia vislumbro, ocurre igual. En cuanto a la que me condena, fantaseo con la posibilidad de que si la conociera, si pronunciara correctamente tan sólo uno de sus signos, esta trampa, estos muros, este horror, se harían ceniza. Nunca ocurrirá.
Apenas he manuscrito un par de páginas de mi libreta (lejos del desvencijado cuasi tratado en francés de uno de mis compañeros, miserere terriblemente insoportable, más aún que el mío) pero dos han sido los días que me ha costado, y no aguantaré mucho más, por lo que apremia traducir lo que los muros cuentan, no vaya a ser que el próximo arqueólogo, buscador de fortuna, o infeliz cualquiera, desconozca siete de siete, o aún las muchas lenguas que todos los que hemos caído hemos usado. Y es que otra cosa quizá no haya, pero solidaridad en esta jaula no falta: cada uno de nosotros nos hemos afanado a través de nuestras notas en transmitir la esencia de este lugar: la pérdida de toda esperanza.
Por lo tanto, antes de que el tiempo me rompa definitivamente, traduzcamos lo mejor que sepa. No estoy arrojando dudas sobre mi capacidad para ello, sino reflejando un hecho; el de la gran dificultad de encontrar paralelismos para lo que aquí se dice entre mi lengua y las que aparecen, e incluso, entre ellas mismas. Mi traducción en cualquier caso tendrá por base la griega, viéndose ayudada en momentos realmente penosos por el latín y el arameo. Como penúltima advertencia, digámoslo, no seré literal sino narrativo; el sentido se conserva pero la fidelidad no.
Tres serán las partes claramente distinguibles. La primera es un panegírico autocomplaciente sobre el logrado mecanismo de la trampa (razón por la cual me inclino a pensar que esta obra está del lado divino más que del demoníaco, pues mientras Dios siempre fanfarronea de sus frutos, el Diablo se limita a hacerlos -claro es asimismo que uso terminología anacrónica ya que en los tiempos de esta creación dudo que existiera la distinción tardo occidental entre númenes moralmente buenos y malos). Lo más destacable de ésta no son los kilométricos y minúsculos conductos a través de los cuales llega, este aire extrañamente puro en un lugar por poco herméticamente cerrado, y esta luz trémula que ciega toda promesa. Ni tampoco lo serán sus relativamente numerosas formas de acceso, ya que el pasillo por el que vine, según está escrito, no es el único. ¿Qué entonces? Si tuviera que destacar un elemento de esta obra de arte me quedaría con su funcionalidad: hecha para matar, mata. Y tal éxito se debe al supremo ingenio que he comprobado intacto después de tantos siglos, según el cual el acceso estuvo libre en los albores de su inmaculada concepción a la espera de su primer holocausto. Al entrar éste en la sala, la losa caería por primera vez y entonces un complejo dispositivo situado afuera de la estancia contará un mes lunar, pasado éste, otro dispositivo conjuntado con el anterior abrirá de nuevo la trampa en paciente espera, en acecho perfecto. Hay que reconocerlo, los gráficos explicativos que acompañan a este panegírico muestran un genio superior al de la antigüedad conocida, y por tanto, es muy superior al nuestro.
La segunda estructura textual es una descripción profética, tanto de los afortunados que contemplarán estos dorados trazos (al menos así ocurre en mi caso y en el del mítico y desaparecido -ya sé donde- arqueólogo alemán del siglo XIX que yace en una esquina; apenas queda de él una momia huesuda pero esto es más que suficiente ya que permanece aferrado, a la altura de la caja torácica, a cuatro tibias -huelga decir que ninguna de ellas suya-, donde se puede leer tallado obsesivamente su nombre, debió pensar que el olvido era el cobro definitivo de nuestra maldición, nada que objetarle, quizá en todo caso, un gusto tan truculento), como del relato de nuestro destino. Aquí se anuncia que aquellos megalómanos afanados en la búsqueda del Gran Tesoro, «la Vida y Gloria eterna en la Tierra», encontrarán numerosas señales por las que hollar el camino correcto que les conduzca hasta aquí, donde su sueño se cumplirá, condenados a vagar eternamente, primero los cuerpos luego los espíritus, por los confines gloriosos que marcan los límites de esta habitación. Cuando la celda se abre, -continúa el texto- las infelices almas nos arrojaremos prestas a escapar, pero seremos impedidas por la inexorable sabiduría arcana constructora de este sempiterno imperio. Finalmente, cansados de intentarlo, terminaremos por esperar la llegada de nuevos vanidosos que serán saludados por la risa de los vivos desesperados.
La tercera y última parte del tríptico comienza exhortándonos a dejar constancia de la fecha de nuestra llegada. Supongo que su vanidad es casi tan grande como la nuestra, o quizá sea realmente por lo que ellos dicen: para que sepamos aún vivos cuantos hermanos conviviremos juntos en esta inmortal tumba. Continua con un breve compendio de la sabiduría de esta cultura desconocida, mas hacedora de nuestra prisión. Si bien, qué nos importa ya a nosotros saber cuál sea la esencia y el verdadero color del tiempo, la justa llave de la felicidad, la forma de potenciar al máximo la sexualidad de los cuerpos, o la faz de Dios. Si todavía albergara esperanzas de sobrevivir afuera quizá… pero basta. El texto concluye del modo siguiente: «Aquel que venza al tiempo, aquel que no perezca por hambre, sed o miedo, aquel que sobreviva y vuelva al Sol y a la Luna, será igualmente maldito si no advierte a cada hombre de cada estrella sobre este lugar, pues hemos fracasado, y merecemos la maldición que sobre vosotros hemos conjurado».
Tengo la impresión de que los que aquí estamos somos todos y cada uno de los que hasta ahora hemos caído a lo largo de los tiempos. Los artífices pueden respirar tranquilos, y yo ya dejar de hacerlo. Aún queda el último aliento, aún falta mi nombre sobre estas líneas apenas inteligibles… pero no, aceptar mi terrible destino es tener la suma certeza de que aquí donde voy a estar de nada sirve un nombre.

Itinerario Existencialista

Historia de un olvido que toca sacar del cajón:
A continuación os toparéis con el primer y único trabajo original (lo que no quiere decir que sea bueno, ni siquiera novedoso, sino tan sólo que no está guiado o resulta obligatorio para tal o cual asignatura) del que he sido capaz hasta la fecha.
Tras decidirme a incluirlo en el blog, consideré conveniente no presentar el mazacote en su totalidad, quitando así la carta a Reincidentes, modificando la presentación -pues resulta ridículo hablar de «libreto-CD» cuando nunca ha existido éste-, y mejorar algunas frases y contenidos del trabajo una vez conozco algo mejor la obra de Sartre y Camus. Sin embargo, quizá por el ánimo que me embarga, el de un sábado que apesta a domingo cargado de malos augurios, quizá por cierto orgullo, no tengo nada de lo que arrepentirme y si no recibí lo único que no quería, el silencio, allá ellos (quien sabe si no tenía que haber seguido intentándolo), quizá por la estética literaria de no modificar algo ya acabado, o quizá por simple pereza, el caso es que al final nada toco, sino acaso el añadir este triste lloriqueo, y el poner la carta a Reincidentes al final.
Por último decir que me hubiera gustado poner las canciones según corresponden, pero si se puede hacer, desconozco como, así que me conformo con poner el nombre del grupo, de la canción y del disco. Nada más, que lo disfruten, o no.

CANCIONES Y EXISTENCIALISMO: MANERAS DE SOBREVIVIR

PRESENTACIÓN:

Es posible que aquellos que hayáis tenido la ocurrencia de haceros con este singular Libreto-CD, os estéis preguntando qué coño es lo que tenéis entre las manos; he aquí una posible respuesta:

Estáis ante un intento de mostrar cómo cierta filosofía y cierta música pueden estar entrelazadas en los caminos peligrosos, dulces, jodidos y bellos, por los que todos tenemos que pasar. Tal intento presentará dos partes, una objetivamente buena, las canciones, y otra, que está por ver, mi parte, el existencialismo que defiendo. ¿Y qué es lo que puede establecer la relación entre ambas? Algo que ya queda expresado en el título; son dos maneras más o menos sanas de sobrevivir a, y en este mundo, aunque sólo sea por un fugaz periodo de tiempo.

Sin embargo la conexión no sólo se establece en el objeto, la supervivencia, sino también –y aquí están las relaciones más interesantes- en el modo de la misma. Y es que en mi opinión, los temas que este disco recoge mantienen vivas las ideas de aquella corriente filosófica llamada existencialismo que hoy está prácticamente muerto. Qué sea éste es algo que se irá desglosando canción a canción, sin ánimo de completitud (en todo caso al contrario, como una modesta introducción), ni de academicismo (nada más lejos de mi intención), pero sí con cierto interés por la rigurosidad, hasta trazar un itinerario existencialista con la ayuda inestimable de unos magníficos temas que no por tratar ideas de esta corriente pasarán a formar parte de la misma, pero que a mí me bastará para iniciar este camino de travesía incierta.

ITINERARIO EXISTENCIALISTA

1. Ismael Serrano: “Papá cuéntame otra vez” [Principio de incertidumbre]

El existencialismo será la corriente filosófica que hundiendo sus raíces en el siglo XIX (Kierkegaard), y engordando saludablemente durante los primeros decenios del XX (gracias a Unamuno o a Heidegger entre otros), vendrá a eclosionar, con una fuerza pocas veces vista antes en filosofía, en la segunda mitad de ese amargo y variado siglo que cada día nos queda más lejano. Una fuerza filosófica y social que fue de más a menos hasta lograr su práctica extinción. Pero antes de ese momento, antes de este ahora, fueron días de “vino y rosas”, al menos para algunas cosas, y sin olvidar, por supuesto, enormes dosis de bilis. Y lo fueron probablemente porque el devenir histórico fundido en la fuerza inexorable del azar forjó personajes como Sartre o Camus, tipos que todavía hoy, son capaces de respirar en líneas como éstas, aunque sea de forma forzada y burda gracias a un servidor.

Cual fueran las propuestas más o menos concretas del existencialismo y sus autores, es algo que tendrá que esperar todavía unos pasos, pues en éste quisiera sobre todo hablar de su ocaso, de su derrota.

Si recordáis, aquellas convulsas primeras décadas de la segunda mitad del siglo XX, fueron tiempos de una encrucijada entre dos mundos; el malo y el peor. Tiempos de un capitalismo salvaje por un lado, y por otro de un comunismo histórico digno de lo peor de nuestra especie (y no es por falta de cosas indignas). Por si fuera poco, los posos de la Terrible Guerra tras la Gran Guerra aún quedaban recientes, aún dolían, todavía no habían cerrado las carnes. Así las cosas, tanta mierda y amargura combinaban perfecta y desesperadamente para que algunas conciencias buscasen soluciones más o menos nuevas a problemas siempre eternos.

Será aquí donde entra a escena esa corriente filosófica bautizada como existencialismo, portadora de un mensaje lúcido y brillante, que sin embargo, o precisamente por ello, iba de la mano de la mayor de las durezas. ¿En qué consistió esa dura lucidez? Pues no en otra cosa que en apelar a la idea de hombres y mujeres absolutamente libres y absolutamente responsables, con la nada como premio y el absurdo como motor. Como es lógico, y entre otras razones, este modo de pensar estaba destinado a derrumbarse, y así lo hizo. Digamos que por los ochenta ya había pasado la fiebre, pronto los últimos resquicios de esta extraña moda, y ya a mediados de los noventa, apenas si quedaba el humo como recuerdo.

Pero como canta Ismael Serrano a su padre, con y a pesar de todo lo malo, fueron tiempos bonitos. Y lo fueron porque se intentó que lo fueran, y precisamente se intentó porque existió un Sartre, y un Che, y un Mayo Francés, y una plaza de Tiananmen, y sus errores y sus horrores. Y tras todo ello, aunque duela reconocerlo, quedó el fracaso, quedó hoy. Quizá porque se persiguieron titanes y nos convertimos en sombras, quizá porque ganaron las pesadillas aunque se fueran otras, quizá…, dejemos los quizás, lo que cuenta es el resultado.

Entonces, ¿al final dio todo igual? Sí y no. Sí porque efectivamente las hostias siguen cayendo. Y no porque si la muerte es el olvido y el no haber aprendido nada, entonces aún quedan leves transpiraciones. Así las cosas, todavía se pueden sacudir las telarañas; esta música lo intenta, y este trabajo…, bueno, al menos lo quisiera dentro de sus posibilidades.

2. Los Suaves: “Parece que aún fue ayer” [¿Hay alguien ahí?]

El existencialismo ateo que aquí se defiende[2] parte de un momento de ruptura, ése en el que se asume la pérdida de toda fe, comenzando a extraerse las tremendas consecuencias de ello. Es el retomar el mensaje nietzscheano de que “Dios ha muerto” y de que no hay nada que pueda sustituirlo; ni el Estado, ni un Imbécil megalómano, ni la Ciencia, ni tan siquiera el mayor de los genios que quepa imaginar. Es el asumir la condena a la inmanencia (a menudo tan pueril), esto es, a una vida fugaz, penosa en tantas ocasiones, y gobernada por azares que no podemos controlar. Y lo que por supuesto es mucho peor, es interiorizar la condena eterna de que no habrá castigos pero tampoco recompensas en ningún “más allá” (he aquí por tanto la trascendencia que de cualquier tipo se niega en este existencialismo).

¿Qué nos queda entonces? El más acá. Ahora bien, éste se descubre como un fraude, sin aquél, sin un “más allá recompensa”, nuestro aquí y ahora carece de sentido: bienvenidos a la angustia existencial, la nausea nos invade.

Es así como siendo imposible hundirse más cobra sentido el brutal Camus: “La pregunta del siglo XX [extensible al nuestro] es la pregunta por el suicidio”. Resulta curioso pensar que nosotros ahora somos como los condenados del infierno de Dante, aquéllos que al atravesar el portón de su castigo eterno podían leer: “Los que van a entrar que abandonen toda esperanza.”

Pues bien, como dos gotas de agua reflejadas encuentro aquí a Los Suaves y al existencialismo. “La esperanza ya se fue”, cómo negar que en este tema se habla de ese momento de crisis y ruptura biográfica, sin marcha atrás ni escape a partir del cual ya no queda ningún sitio donde huir. “Pena le damos a la pena”, y no nos queda sino añorar de vez en cuando aquella época dorada donde en unos casos la inocencia y en otros la ignorancia nos acunaba.

“Qué triste un final sin fe”, es cierto, cruel y terrible. Pero se puede vivir sin fe y hasta sin esperanza, y es más, con esfuerzo, podemos responder como hiciera Camus: no, el suicidio no es la solución.

3. Antonio Vega: “Lucha de gigantes”

El camino recorrido hasta ahora es corto, pero en ningún caso fácil, las llagas ya están aquí y esto acaba de comenzar. Sigamos por tanto y seamos consecuentes con el tipo de existencialismo que defiendo. Tal como están las cosas, siendo éstas el rechazo de todo consuelo metafísico o religioso, toca enfrentarnos nada más y nada menos que a la “enormidad” o al infinito, y toca hacerlo –he aquí el problema- desde nuestra insignificante finitud. Como cabe imaginar, el miedo es lógico y la lucha es de enanos contra el Gigante, pero claro, aquí los davides ni tan siquiera portamos hondas y ni mucho menos nos convertiremos en reyes.

¿Por qué hablamos de lucha ante un combate tan desigual, no sería mejor hablar de masacre? Es posible, pero en cualquier caso, desde que el hombre es hombre, un principio de vida nos anima, y mientras duramos y aguantamos, y mientras no nos rendimos o nos rindan, no paramos de arrebatarle a la muerte su victoria segura.

La muerte por supuesto que llegará para fundirnos con la nada, pero hasta entonces la pesadilla final o la tranquilidad absoluta puede esperar, siendo el tramo que nos ha tocado, el lugar en el que debemos agotarnos y darlo todo, aunque sea sólo porque no hay otro.

Será así como junto a la angustia de saberte finito e insignificante, debe nacer en nosotros una necesidad por hacer algo con el tiempo que nos ha sido dado, y no, conformarnos con hacer cualquier cosa. O si, si así se elige, pero desde el reconocimiento de que lo que hacemos y somos, se debe a nosotros mismos y a nuestras elecciones, porque como dijera Sartre: “Estamos condenados a ser libres”[3]. No hay excusas ni pretextos (al menos aquí se quiere rechazarlos), sino tan solo y con Ortega, una vida que se nos dispara a quemarropa. El tiro puede salir más o menos bueno, o más o menos por la culata, pero me juego ese mismo tiro a que todos aquellos que estamos leyendo esto hemos alcanzado ese momento según el cual y como enseña el existencialismo, somos lo que hacemos de nosotros. He ahí el cruel pero maravilloso sentido de la responsabilidad existencialista. El duelo es doble y brutal, contra la enormidad y contra nosotros mismos, por tanto, es normal que Antonio Vega se sienta frágil.

4. Sinkope: “Con morir no pagan (lo sé)” [y, si quieres llorar, te hago reír]

No estamos recorriendo el cieno de nuestras miserias por casualidad o capricho, sino más bien para terminar señalando la piedra angular de las mismas: la conciencia. Esto es, nuestra facultad para conocer, y al mismo tiempo, nuestra capacidad para tomar pasado, presente y futuro, ponerlos como en una atalaya, y juzgarlos, el acierto o no de estos juicios es ya otro tema, pues aquí lo que interesa es el hecho de que así ocurre constantemente.

El resultado de este agotador ejercicio es devastador (he aquí una buena razón para que a menudo lo olvidemos, lo neguemos, o simplemente lo obviemos). Cierto que en ocasiones la conciencia nos muestra la capacidad que tenemos para lo imposible, pero de a diario lo que más bien enseña es que en términos de especie nos merecemos la extinción: capacitados para el placer, nos empeñamos en infligir dolor; buscadores de verdad desde tiempos inmemoriales, la mentira nos alimenta; bondadosos si cabe, pero malos hasta el vómito. ¡Claro! – se me reprochará- ¡de todo hay en la viña del señor! Pero lo que jode –respondo- es que al final casi siempre quede lo peor como recuerdo, ahí tenemos la Historia.

Todo camino tiene sus dificultades y más si se trata de senderos peliagudos como los que intentamos atravesar, así, cabe preguntarse qué entendemos por bueno y malo, pues si hay algo claro es que tú y yo no tenemos la misma idea de lo que estos significan. Ahora bien, ambos probablemente podamos llegar a un acuerdo que aunque sea de mínimos resultará provechoso. Qué sea lo bueno lo dejaré al margen (se trata de una empresa alejada de mis posibilidades), pero qué es lo malo, Sinkope lo borda; “vidas resumidas en un rato”, “guerras que se hacen por cojones” (los del dinero), “pueblos sin tierra”, “miseria a raudales”, “sufrimiento a lágrima viva”, “días sin orto ni ocasos”…, y por supuesto, “gente cruel que con morir no pagan”, ya que no hay justicia divina (ojalá me equivoque aunque sea solo para que ellos paguen –aun a riesgo de tener que penar eternamente por mis mundanos pecados) y la humana es una esfera, pero imperfecta, pretenciosa y llena de agujeros.

Pero tras cada caída hay que levantarse, después de todo, “hay perros que han matado coches”, ¿de qué no seremos capaces nosotros?

5. Benito Kamelas: “He decidido” [Sin trampa ni cartón]

Todas las canciones que en este experimento aparecen tienen mi más absoluta gratitud por diversos motivos con los que no aburriré al personal… ¡Salvo por uno! Y es que son capaces de girar ese estado de mala hostia y abatimiento para colocarme en una actitud donde la mirada, aunque sea por escasos momentos, se renueva y reconforta. Como digo, se lo debo a todas, pero es en este tema donde el matiz de alegría y catarsis se me aparece con mayor fuerza.

Es verdad, como bien advierte la canción el desastre nos circunda por doquier, sin embargo, éste no quita para que en determinados momentos podamos echar a volar y evadirnos sin tener la sensación de huir o de traicionar ningún ideal, ninguna causa perdida.

Decidimos entonces darnos un respiro y tomar tragos de alegría aunque no haya muchos motivos para ello. Así, quizá uno de los problemas con los que a menudo nos topamos, es que somos demasiado rácanos con nosotros mismos para disfrutar de estos momentos en los que en las hogueras arden nuestras penas y en el cielo brilla un feliz azul. Si bien es cierto que también cabe pensar que ocurre precisamente lo contrario, esto es, que habitamos una sociedad en la que somos demasiado generosos para con nosotros mismos en pro de una felicidad permanente que sólo se puede vivir como absolutamente trivial, de modo que cuando la tragedia nos visita en alguna de sus formas, nos hundimos irremediablemente, o lo que es peor, ni la sentimos al taparla con más frivolidad. Así las cosas, me parece claro que el dolor es un buen maestro y algo necesario para saber, bien lo muestra Benito Kamelas, de los extremos de la vida.

Pero quede algo claro, el desastre no nos debe agotar por mucho que nos zarandee, de modo que en los momentos precisos pongámonos a bailar sobre las olas y perdamos los papeles. Después de todo, aunque el existencialismo haya tenido siempre la vitola de un pesimismo insufrible e insuperable, lo que realmente persigue es precisamente el desarrollo de una existencia lo más plena posible, y esto es inviable sin un corazón alegre.

6. Saratoga: “Si amaneciera” [El clan de la lucha]

Pocas frases de Sartre son más conocidas que ésta: “El infierno son los otros”, pocas más geniales, y pocas más ciertas de acuerdo a determinados momentos de nuestra vida, y por desgracia, de acuerdo a determinadas y enteras vidas. Sin embargo, el propio Sartre y su filosofía supieron perfectamente que hay cosas peores que el infierno, por ejemplo, la total ausencia del otro.

Siguiendo esta línea podríamos decir de modo abstracto aquello de que somos seres inexorablemente sociales, o bien, a vueltas con Nietzsche, que los seres humanos para vivir solos necesitan ser un dios o un animal; no es mi caso. Lo que trato de decir no es que no nos guste vivir con los otros (tampoco que si), sino que genéticamente estamos condenados a ello.

Ahora bien, de modo concreto cabe apuntar que también hay condenas paradisíacas cuya liberación es el peor de los castigos, y es en este terreno donde Saratoga canta esta bellísima balada, en la que los demonios de la muerte no abandonan una vez que han llegado.

El existencialismo escribe a fuego que la vida es un absurdo, pero al igual que antes vimos que esto no significa que no se la pueda disfrutar, tampoco significará que no haya modo de crear sentido dentro de sus claros límites vida-muerte. Y si hay algo que puede darnos sentido, eso justamente son los otros. De ahí que duela tanto perderlos.

No hay filosofías, ni palabras, ni consuelo, ni drogas, ni lenitivos, ni tiempo, que nos cure de la pérdida de un Otro querido, con suerte hay cicatriz que sana bien, pero poco más[4].

Pues bien, aunque no haya nada terrenal (y el existencialismo lo es plenamente), que pueda sanar la pérdida irremediable de alguien querido, esto no quita para que esta propuesta ceje en su empeño de intentar crear sentido por encima del absurdo. Así, por esto y entre otras razones, el existencialismo es un humanismo.

7. Reincidentes: “La rabia” [Algazara] y
8. Barricada: “Tú con puñales [Hombre mata hombre]

“¿Quién habla de victorias? Sobreponerse es todo”[5]

Una vez que se llega a la conciencia existencialista los caminos a seguir son escasos, más bien diría que sólo dos; el nihilismo (de él se hablará más adelante), o la acción. Y si hay algo que verdaderamente decida por uno u otro, esto quizá sea el modo y la cantidad de rabia que cada uno de nosotros sobrelleva y criba. El existencialismo que aquí se defiende apuesta por lo segundo, y los dos temas que agrupamos ahora, así como en general todo el panorama del rock nacional, por supuesto que también.

Cuando se enseña filosofía tiende a decirse que la Edad Moderna (en este campo al menos), comenzó con Descartes y su proyecto perfectamente ejemplificado en su conocido: “Pienso, luego existo”. Lo que este ginebrino cambió con tan sencilla frase no fue sino el hecho de virar el foco del conocimiento. Me explicaré, hasta él los pensadores se habían dedicado a estudiar fundamentalmente el mundo externo, los objetos, y con y tras él, esto cambió para centrarse sobre todo en el sujeto, en el Yo. Pues bien, quien sabe si Camus no pensó la posibilidad de una nueva y mejor época no muy lejana, o al menos en un nuevo modo de conocimiento, cuando remedó a Descartes con el impactante y genial: “Me rebelo, luego existo”. Si realmente creyó en esta hipótesis que lanzo, lo cual por otra parte dudo mucho, se equivocó. Pero lo importante no es el dilucidar mi sobre-interpretación, sino el ver que tras esas cuatro palabras se dibuja un claro camino que conduce a un difícil modo de vida en el que la lucha y la rebeldía van aparejadas a la existencia.

Si algo tiene claro así el existencialista acogido a la batalla voluntaria, eso es la opción por la lucha[6] pero la inutilidad de la misma. A pesar de su apariencia no se trata de algo contradictorio aunque sí resulte tremendamente duro. En cualquier caso, es la raíz por la que se rechazará la esperanza, o al menos, aquélla que persigue un sentido absoluto (trascendencia) e incluso considerable, -dejemos al menos en pie las pequeñas ilusiones-, y el motivo por el que tanto Camus como Sartre nos recuerdan que para obrar no es imprescindible tal esperanza, e incluso tiende a ser perjudicial. Con todo, el intento de nuestro granito de arena surgido de nuestra débil carne nadie ni nada debería poder arrebatárnoslo, aunque claro, esto ni dios nos lo asegura, he aquí otra vez la incertidumbre existencialista.

Por todo lo dicho, nos resulta desagradable pero claro que “sobrevivir es lo único que queda”, siendo la clave entonces el modo de supervivencia y ante quién y qué se sobrevive. La respuesta es: ante ellos, y ellos son lo definitivamente imposible y los absolutamente indeseables. Lo primero tiene un nombre limpio y múltiples adláteres: la muerte. Lo segundo, que son en quienes queremos centrarnos ahora y para quien está dedicada especialmente la lucha, ya los mostramos anteriormente allá por el apartado cuarto con la denuncia que llevaba a cabo la conciencia.

Esos “ellos” son todos los que elegantemente portan los puñales, los que escriben nuestra sangrienta historia, los que ofrecen gusanos vestidos de golosina, y los que en definitiva tienen y manejan todos y casi cada uno de los resortes que mueven el sistema, o mejor aún, los sistemas. Válganos de ejemplo los dos que hoy arrasan el mundo de un modo bastante global; el sistema del fanatismo religioso y el sistema del fanatismo económico. ¿Y qué es lo que cabe oponerles, qué lo que tenemos? Pues frente a sus puñales “nosotros los gritos” y la rabia y la sangre y “los frutos de la no conformidad” y “el instinto de­l eterno perdedor” y el arte y la literatura y la libertad y…, y por supuesto la música. Desde luego no es poco y bien administrado es más que suficiente para sentirte vivo. Es más, si se consigue una buena mezcla y un buen discurso (digamos que estoy pensando en ejemplos como el modo de financiación de los micro créditos llevado a cabo en algunos países del tercer mundo, en programas de inserción y de reinserción, en la alfabetización de los niños allá donde ésta es casi un imposible, o en la labor en general de numerosas ONG´s) se les puede presentar cara –aunque en cualquier momento podrán rompértela.

Así, por mucho que sepamos que “ellos” tienen la fuerza y parte de la inteligencia (después de todo Dios no está aquí para prohibir que inteligencia y maldad vayan de la mano), a nosotros nos queda la otra parte y el ánimo inquebrantable de la contumacia, esto es, nuestra insistencia en el error, es decir, nuestra negativa a la conformidad y la manía de levantar una y otra vez la cerviz, porque, quién habla de vencer, con resistir les amargamos.

9. Andy Chango: “Lo mejor que le puede pasar a un cruasán”

Este impulso de sentido que estamos montando para hacer frente al todopoderoso absurdo tiene ya unos cuantos mimbres; la música y la literatura, el Yo y el Otro, o la rabia hecha acción inteligente. Como veremos unos pasos más allá hay otros muchos pero aquí llega el lugar de uno que considero imprescindible: la risa. Eso si, ni siquiera ahora elegimos un camino fácil pues lo gracioso del asunto es que para alabar a la diosa y saludable risa lo haré con un tema que presenta a lo menos gracioso del mundo: el nihilismo.

Por lo dicho, este tema de Andy Chango (perteneciente a la B.S.O de una película del mismo nombre y basada a su vez en un libro de título homónimo), nos servirá para conjugar lo aparentemente imposible: la carcajada y la raíz de todo llanto. Pero no rehuyamos por más tiempo la explicación. ¿Qué es el nihilismo? El nihilismo puede ser una corriente filosófica, un modo de pensar, o simplemente un estado de ánimo, en cualquiera de los casos, siempre se estará bajo la idea de que nada vale nada cual losa insuperable. De aquí, que lo mejor que nos pueda pasar sea el ser como los cruasanes; que nos coman “para no vivir en este mundo y desaparecer”.

Una rápida deducción sobre lo que estamos manejando nos pondría sobre la pista del parecido existente entre el nihilismo y el existencialismo. Así, cabe apreciar que los dos partirán del mismo presupuesto, el absurdo, y que ambos creen que no se puede salir de él. Ahora bien, discreparán precisamente en lo que se puede hacer con él; nada cierto y real para los primeros y sentidos útiles para los existencialistas.

Y cómo es posible que este tema presente dos caracteres tan contradictorios como son la risa y el nihilismo, pues tan fácil como que por un lado va la letra de la canción pero por otro su espíritu, poco nihilista y mucho viva la virgen. La culpa será de Cioran[7] o de Voltaire[8], pero una cosa está clara, Chango se cruzó con el placer y aunque sólo fuera por esa noche (lo dudo) se olvidó del cruasán.

Risa o muerte. O sabemos sobrevivirnos con ciertas dosis de humor, o no sabremos sobreponernos. La risa, o mejor aún, la risa absurda, es todo un lenitivo contra el omnipotente sinsentido que a cada poco llama a nuestros ojos, y saber salvarlos de cada terrible acometida dependerá en buena medida del humor con el que sepamos encajarlas.

10. Joaquín Sabina: “Más de cien mentiras” [Esta boca es mía]

Cada vez que pienso en el suicidio esta canción acude a mí. Queramos o no, las frías estadísticas y los corazones maltrechos muestran que el interrogante de Camus visto más arriba –“la pregunta del siglo XX es la pregunta por el suicidio”- se actualiza en muchos de nosotros y en cualquier momento, es entonces cuando conviene estar preparado y este tema sin duda contribuye a ello.

Hasta aquí hemos intentado mostrar que la vida merece la pena ser vivida aunque nos sintamos incapaces de creer en cualquier absoluto, en cualquier verdad incontestable, pues bien, esta canción es un paso más. Quede así claro que el existencialismo no cree en la Verdad (o al menos en las verdades que van más allá del hecho de ser hijos del azar y libres –algo que por otro lado, tengo que reconocerlo, no deja de ser una gran creencia), pero ello no quiere decir que no acuda a pequeñas verdades o a grandes mentiras, después de todo, sobrevivir es legítimo y para ello se necesitan razones.

En esta línea, Sabina nos habla de más de cien motivos, si no conté mal, de ciento quince con exactitud. Desde luego no son malos pero sí son los suyos, y si bien muchos coincidirán, cada uno sin embargo tendrá su particular prisma de razones para no mandarse al carajo. Pero lo importante quizá no esté en el tener los argumentos, sino en el trabajarlos. Así, una buena mentira o una pequeña verdad exigen un atento cuidado para que no se nos derrumben pereciendo bajo ellas. Todo aliento vital conviene por tanto combinarlo, someterlo a crítica, degustarlo, comprenderlo, embellecerlo, padecerlo, perderlo y recuperarlo, mejorarlo, y en definitiva, hacer con él todo lo necesario para generar un sistema o una estructura (más o menos consciente) donde encontrarse y desarrollarse a gusto, sabiendo de antemano que se pueden tener numerosos reveses pero que sin embargo no deben suponer un hundimiento total. Sin más rodeos, lograr una vida que nos gustaría volver a vivir y que no acaba en derrota debido a “más de cien mentiras que valen la pena”.

11. Jaime Urrutia: “Completamente feliz” [Patente de corso]

“Hay que imaginarse a Sísifo dichoso” Camus

Parece que vamos llegando al final del camino y espero haber dejado claro que, el existencialismo defendido es un desafío al absurdo y al infinito, un grito a lo injusto y a lo imposible, un brindis al Sol en el que sabes que te vas a quemar para siempre, pero donde se disfruta del trago bajo una sonrisa a veces de desprecio, a veces de incomprensión, a veces de lucha. ¿Es posible ser feliz así? Al menos se intenta.

Veamos, si un creyente convencido de su fe me cuenta lo seguro que está de que Dios su Señor le anima, no tengo nada que decirle salvo esto: qué suerte. Del mismo modo, si quien me habla es el tipo medio (en lo referente a la fe) de nuestra sociedad, es decir, aquél a aquélla que cree en un Dios más o menos difuso, no patentado en un libro ni en una tradición, y no tirano de leyes rígidas, anticuadas y a menudo incomprensibles, pero sí antropomórfico, sí Bueno, y por supuesto sí Existente, entonces tampoco tendré nada que añadir salvo si acaso: joder que afortunado, tienes las ventajas de Dios (consuelo, Justicia, inmortalidad) pero no sus inconvenientes (obligaciones morales extrañas, ritos aburridos, castigos divinos pero de recepción terrena, y por qué no decirlo, paraísos donde el Premio es la eterna contemplación de Dios).

Ahora bien, si la conversación con tales creyentes deriva en la intención de convencerme de su Dios y de su felicidad, (algo por otra parte más que factible) entonces les escucharé pero defendiéndome, y es que uno no elige la peor opción (el absurdo y el desconsuelo, o lo que es lo mismo, la muerte es el límite infranqueable y aún existen cosas peores) por masoquismo o estupidez, sino por una sencilla razón: por (severa) sinceridad con uno mismo. Y es que empezando por aquella sentencia de Jenófanes: “Si los leones y los caballos tuviesen manos y supiesen pintar, pintarían a sus dioses con formas de león o de caballo”, siguiendo por los argumentos teológicos y antiteológicos más enrevesados, y acabando por cualquier telediario, me resulta imposible creer en un Dios Bueno y Justo, y por lo tanto, no tengo Consuelo posible. Esta es mi desgracia, y aunque ocurra, no deseo compartirla pues no hay trago más amargo.

Así las cosas, repitamos la pregunta, ¿cabe ser feliz bajo estas condiciones? ¿“Feliz sin sentido, sin causa ni motivo, completamente feliz, feliz consigo mismo, sin misticismos”? Pues respondamos que como el tipo que describe Urrutia, también yo soy un vil gusano, y del mismo modo, algunas madrugadas quedan perdidas en el tiempo surcadas por mis carcajadas, y aunque no soy el hombre con el que Urrutia se topó en aquel cuchitril, tampoco debía andar muy lejos, pues después de todo, lo único que me separa en ciertos momentos de ese tipo, es el “completamente”; eso es a lo que no alcanza el existencialista.

Hasta los caminos inciertos gozan de un claro final, y a éste hemos llegado. Mas antes, deseo acabar por un lado con una invitación a la música, a la literatura[9], y al aliento; graves y grandes formas de sobrevivir. Y por otro, de acuerdo con el extraño orden seguido en estas líneas según el cual se empezó hablando de la muerte del existencialismo, terminaremos mencionando su nacimiento con la fórmula sartriana de que la “existencia precede a la esencia”, o lo que viene a ser lo mismo, que a pesar y por encima de las circunstancias, somos los culpables de nosotros mismos. Todavía hoy, muchos, tenemos la posibilidad de conocer y reconocer tal castigo y privilegio, la pregunta entonces será, ¿qué hacemos al respecto? Sin más, buen viaje.

[1] Como el proyecto finalmente os lo mando por internet no he incluido el CD con las canciones, pero este se compondría lógicamente de los once temas que presento, supongo que la mayoría las conoceréis y si no, podréis hacerlo con las referencias dadas o solicitándomelo si os interesa.
[2] En cualquier caso, no sé hasta que punto Dios sería un inconveniente excesivo para nuestra postura, puesto que en el caso de su existencia, ya dejó de actuar como si no lo hiciera, y por tanto, el todo de lo que somos capaces y de lo que hacemos, que como veremos es de lo que se trata, sigue en nuestras manos.
[3] Nuestro genio explica perfectamente qué significa exactamente esto, yo os invito a que lo comprobéis. Ahora bien, es posible que objetéis que muchas personas, demasiadas es ya una, están condenadas, pero a ser esclavas, por desgracia así es. Sin embargo, a pesar de todas las excepciones que se quiera, considero que al menos occidente puede escapar a todas las esclavitudes excepto a las que nos autoimponemos, e incluso a éstas, aunque no sea fácil.
[4] Mentiría si no añado que para muchos sí hay algo que puede curar tal pérdida; la fe, la religión y Dios. Pero como a tantos otros, me abandonaron, o les abandoné yo, que para el caso me es indiferente. En cualquier caso y puesto que no he abandonado la vida, debo seguir buscando soluciones para soportar todo lo que ella me da.
[5] “Wer spricht von Siegen? Überstehen ist alles” R. M. Rilke
[6] Muchas palabras exigen un infinito y algunas un imposible, como ya sabían los antiguos nadie está obligado a ello… pero todos deberíamos intentarlo. Así las cosas, ¿Qué quiero decir con “lucha” y cómo escribirlo en escaso espacio? No el exigir nuestra marcha al África, no que debamos acudir a todas las manifestaciones en pro de los derechos humanos, no que podamos romper cada cristal del Mc Donal´s,…y sí, que empecemos por tener un espíritu crítico con nosotros mismos y con lo que nos rodea, para acabar allí donde nuestras fuerzas nos lleven.
[7][1911-1995] Escritor y filósofo (aunque él lo negase) rumano, y habitante tanto de las fronteras como de las profundidades del nihilismo de un modo no superado por ningún otro autor reciente.
[8] [1694-1778] El gran pesimista –y realista- por excelencia que plasmaría en “Cándido o el optimista” su ideario y genio.
[9] Aquellos a los que mínimamente haya logrado interesar en este existencialismo les aconsejaría encarecidamente que acudieran a sus fuentes originales y formidables, Sartre y Camus, y más concretamente –al menos como introducción- a sus breves obras, “El existencialismo es un humanismo”, del primero, y “El mito de Sísifo”, del segundo. Entonces se comprenderá por qué hemos de imaginar al eterno penitente Sísifo feliz.

Acabado en Gudalajara, a 28 de agosto de 2006

C. Aymí R.
A REINCIDENTES:

El mayor de los fracasos es no intentarlo. Bajo esta consigna me he animado en los momentos de mayor desazón, aquéllos donde la realidad imperaba de modo cruel. No soy nada en la música y nadie en las letras, por tanto, este proyecto parecía nacer muerto. Sin embargo, de vez en cuando habitamos en el reino de las ideas obsesivas, y juntar dos de mis pasiones, la filosofía y la música, se convirtió en el billete de ida hacia él. Ahora, acabado el proyecto (parece simple pero estos escasos folios sacados a ratos después del trabajo me han hecho sudar), puede hundirse mi reino, pero yo sé que al menos fui capaz de ponerlo en pie mientras aprendía a luchar contra cada palabra, contra cada desaliento.

¿Cuál es ahora mi problema? Tengo un texto, y tengo unas canciones seleccionadas[1], pero no sé que hacer con ello. Evidentemente me gustaría que el esfuerzo realizado viera la luz, y por ello acudo a vosotros. En parte por gratitud a todos los buenos momentos que a lo largo de los años me habéis hecho pasar, y en parte porque creo que podéis darle cuerpo a estas intenciones, o al menos orientarlas (después de todo, no tengo ni puta idea de cómo se mueve el mundo musical). Si os interesa, mi gratitud aumentaría, si no, al menos me gustaría recibir una contestación de por qué no, con diferencia, prefiero que se me diga que esto es una puta mierda a que se me trate con indiferencia.

En el hipotético caso de que os interesara, ya hablaríamos para pulir defectos y ver que hacer, pero antes de ello quisiera exponer unas condiciones. En primer lugar y atendiendo a un reto personal, la única exigencia; que no se me pague nada en el caso de obtener algún beneficio. En segundo, que la producción y el coste del proyecto sea el más bajo posible, pues si sale un disco-libreto de todo esto no me gustaría que tuviera un precio prohibitivo, ni tan siquiera caro. Y en tercero, que cubierto el presupuesto de costes, si pudiera ser, se donara parte o todo de los beneficios a alguna causa por determinar. Por último, y esto ya no es ni condición ni nada, os comento que tengo en la cabeza una posible portada para todo este tinglado, pero puesto que como dibujante soy pésimo, me gustaría hablarlo con el que realizara tal portada en caso de llevarse a cabo.

Qué difícil resulta dar el paso definitivo para un alma tan insegura y perdida, sin embargo lo he dado y a cambio sólo pido una respuesta. Gracias si habéis llegado hasta aquí y hasta la misma, o hasta a algún concierto, que hasta sin ella estaré acechándoos.

Mi nombre es Carlos Aymí Romero, soy de Guadalajara y podréis localizarme en estos teléfonos (si bien el 25 de septiembre me marcho a Berlín para no volver en dos meses): 949 227183 / 660110821, o en mi email carlosaymi@hotmail.com Un saludo a quienes enseñan a sobrevivir luchando.

Viernes noche: desnudando el alma

Uno se cree raro, aunque cuando oye ve y calla, descubre su pasmosa normalidad. Al menos si hablamos de acciones y del plano psíquico más visible. Otra cosa es el inconsciente indómito, donde se rebelan las fuerzas más inefables, pero esto, al contrario de llevarme a la excepción, como mucho me podría llevar al diván que todos precisamos. Rarito, o no rarito, he ahí la cuestión a dirimir. Pues bien, partiré con ventaja en lo que nos atañe para la siguiente partida:
Hoy es viernes noche y en vez de jugar a beber cervezas y soltar la lengua, me dedico a quedarme solo con el ordenador, mi libido, y un cierto recuerdo de Pascal. Este último y tras el segundo me conduce a releer sobre el matemático y hombre de fe genial, de ahí paso a su «Memorial»: «Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob, no el dios de los sabios y filósofos», y termino leyendo sobre las conversiones de García Morente y San Agustín. No sé en qué escala de normalidad podría medirme pero parece difícil que logre el aprobado con los tiempos que corren.
Ahora bien, mejor no fiarnos mucho de tales tiempos. Pero sigamos.
Ser prácticamente ateo, o mejor, ser un agnóstico que rechaza toda posibilidad de divinidad antropomórfica, y disfrutar con estos textos religiosos, es algo que me encanta. Aunque por desgracia, del placer no paso al convencimiento (ser lo que soy en materia de fe -un descreído absoluto- no es plato de buen gusto), y es que probablemente a estas alturas de mi vida descarriada sólo una revelación del tipo de Morente, o una voz al estilo de san Pablo, podría incrustarme en el recto camino de la religión. Y aún así lo dudo. Y no porque tenga fe ciega en el dios de los filósofos, no hay dios más escuálido ni incierto, sino por simple orgullo e irreverencia. Después de todo, si Dios o Jesucristo se me presentaran, me serviría más para apostillar aquella tesis de Iván Karamázov en la que Dios existe y es perverso, que para llenarme la boca de glorias a mi Nuevo Señor.
No tengo ganas de justificar esa supuesta perversidad, sólo hay que abrir los ojos. Pero esto no quita para reconocer que Pascal, Kierkegaard, Agustín y tantos otros, llegaron a tocar con sus manos algo realmente grande del ser humano. Digamos que vivieron aunque sólo fuera por momentos una dimensión de espiritualidad para la que yo por desgracia no estoy capacitado. Y estoy convencido tanto de su gracia como de mi incapacidad. Por lo que respecta a la primero, porque debieron alcanzar una paz (que sólo se haya en ciertos tejidos del alma), que ya la quisiera para mí. Y por lo que respecta a lo segundo, porque no me veo cancelando lo que san Agustín sacrificó cuando tuvo su revelación: «Nada de comilonas ni borracheras, nada de lujuria ni desenfreno, nada de riñas ni pendencias. Vestíos del Señor Jesucristo y que el cuidado de vuestro cuerpo no fomente los malos deseos».(Rm 13,13) ¡Sino más bien secundándolo!
¡Ay de mi Señor, que perdido que camino, que hoy no encontré las cervezas!
No soy gracioso, y a menudo duele, pero es lo que soy. ¿Raro?
Berlín, a 26/1/07

Cuchillo en mano

Cualquier día me descuido y dejo escapar a todos los demonios que cohabitan en mí. Mientras eso ocurre les iré dejando salir de uno en uno y por poco tiempo, no vaya a ser que les guste el mundo exterior y no quieran volver. En cualquier caso cuando les vean no les tomen demasiado en serio, ni demasiado en broma.

Al Alba

Que la Gran Vía sea un absoluto desierto, parece tan sólo posible gracias al cine, sin embargo, a aquellas horas y en aquellas fechas, a la altura de la Casa del Libro, la soledad era cuanto menos aceptable. Soledad que empezó a truncarse con aquella misteriosa hoguera (las llamas crepitaban sonoras y el azul se alzaba hasta los tres metros), y su artífice. La gente empezó a arremolinarse en torno al peregrino espectáculo, unos, preguntándose quién era esa enjuta figura que hablaba sola y supuestamente alimentaba el fuego, otros, que con qué coño lo alimentaba, pues no veían combustible alguno. Nadie, extrañados como estaban, se acercó para alejar al individuo del peligro, ante el que se plantaba peligrosamente cerca, apenas al pie de la hoguera.
Al sonar de una sirena aún lejana, el extraño se arrancó, sin podernos explicar aún cómo, una careta que era más que una careta, era su piel, con la cual, las llamas ganarían todavía un metro más. Susurraría entonces, perfectamente audible -Tanto esfuerzo y al fin, mi última máscara arrojada al fuego. ¡Arded, mascaradas seculares!- gritó ahora frenético, para finalmente serenarse con un -Hora es de hollar libertad. El horizonte nos pertenece.
La policía llegó inmediatamente, arrestó, mudados la cara, al loco, y al ponerse de frente a nosotros, pudimos contemplar horrorizados que en su rostro se esculpía la nada.

Ernesto Sábato

Ernesto Sábato en «El escritor y sus fantasmas»:
«MARX Y LA LITERATURA BURGUESA:
Un conocido revolucionario del siglo XIX llamado Karl Marx, a quien nadie puede acusar de proclividad pequeño-burguesa, recitaba a Shakespeare de memoria, se extasiaba con Byron y Shelley, elogiaba a Heine y consideraba a ese reaccionario de Balzac como un admirable gigante. Y tanto él como F. Engels se lamentaban de que un genio como Goethe se rebajase al filisteísmo y a los honores de su pequeño ministeriazgo ducal. No ignoraban sus contradicciones humanas y filosóficas, sabían perfectamente hasta qué punto Goethe era un artista de las clases reaccionarias: pero no obstante lo amaban y admiraban, lo consideraban como una contribución definitiva a la cultura de la humanidad.
Hermosa lección para ciertos revolucionarios de bolsillo.
Pienso que el signo más sutil de que una sociedad está ya madura para una profunda transformación social es que sus revolucionarios se revelen capaces de comprender y recoger la herencia espiritual de la sociedad que termina. Si eso no sucede, la revolución no está madura».

¡Salud!

Un telediario cualquiera acaba. Carlos apaga su televisor, respira hondo, lo necesita. Se levanta despacio y mira alrededor buscando un sentido, lo encuentra: su telescopio.
-Por ti veo la verdad- se dice.
Ya es de noche, la náusea humana se disipa un tanto bajo las estrellas, lo agradece. Se acerca a su amigo, salen a la terraza, a lo lejos, la civilización más rancia.
-Bendita naturaleza- murmura.
Hombre y telescopio se enfocan, precisan las coordenadas y… Ahí está, brillante, ya considerable, ya imponente, Dios sin duda. Carlos habla, el telescopio escupa, Dios se acerca.
-¿Cuánto tardarán en descubrirte, o ya lo han hecho y no quieren trascender la noticia. Da igual, poco importa. Podrías llamarte Cosmos, pues correctos mis cálculos, en poco más de tres meses impondrás orden sobre el Caos humano. me duele por la inocencia del mundo, pero tu ira parece demasiado grande como para tener misericordia con nada.
Ya te escucho Dios clamar: ¡Justicia y amor, todos iguales, todos muertos!-.